Capítulo 2
Michael hundió el rostro en el cabello de Tara, perdiéndose en su aroma a seda y a miel. Parecía que había transcurrido una eternidad desde que sintiera la suave presión de sus pechos contra su torso, sus caderas alineadas contra las suyas. Parecía que habían pasado miles de eternidades.
Michael había visto todos los estados en los ojos de Tara: Desconfianza y negación, esperanza y amor cuando había caído entre sus brazos. Le daba igual que tal vez se hubiera tratado de una reacción involuntaria: lo único que le importaba era que por fin la tenía entre sus brazos.
—Michael... hijo.
Escuchó a Grant decir su nombre por segunda vez antes de levantar de mala gana la cabeza y volver a mirar a Tara. Le pasó el pulgar por la mejilla mientras le sonreía levemente antes de dirigirle toda la atención a su padre.
Grant parecía impactado, al menos tanto como Tara y Ruby.
Hijo. Grant nunca lo había llamado así duran te los cinco años que había estado casado con Tara. Michael tenía la sospecha de que la palabra se le había escapado, que era un indicador de cómo su presencia había desarmado por completo al gran Grant Connelly
—Hola, Grant.
—Michael... pero, ¿cómo...? —comenzó a decir Grant levantando la mano en gesto de total con fusión.
—Lo sé —lo interrumpió Michael girándose hacia Tara—. Sé que os estaréis haciendo muchas preguntas.
No podía dejar de mirarla. Quería perderse para siempre en sus ojos violetas. Quería llevársela a algún sitio y hacerle el amor, decirle todas las cosas que se moría por decirle desde que había recuperado la memoria, dos semanas atrás. Pero había tantas cosas que se había perdido...
Michael agarró con más fuerza la mano de Tara. Necesitaba tocarla y que ella lo tocara. Entonces bajó la vista hacia el niño que dormía en el suelo.
Su hijo.
Tragó saliva para intentar deshacerse de paso del cúmulo de emociones que lo consumían, tan complejas que era incapaz de ponerles nombre. Pero no quería dejarse arrastrar por ellas. Y me nos allí, delante de Grant Connelly.
—¿Puedo? —preguntó con un hilo de voz.
—Claro —respondió Tara en trémulo susurro tras una pausa—. Claro, por supuesto.
Michael se agachó y tomó entre sus manos el bulto que se ocultaba dentro de la colcha y lo apretó contra su pecho. El niño exhaló un suspiro de satisfacción y dejó caer la cabeza contra su torso, sin sentir ningún temor ante aquel extraño que era su padre.
Suave. Era muy suave, tierno y vulnerable. Olía a polvos de talco y a niño pequeño. El calor de aquel cuerpecito pequeño provocó en Michael sentimientos que nunca creyó posible albergar.
—Había oído que tener un hijo cambia a las personas —susurró sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.
Algo había cambiado definitivamente dentro de él el día que vio la foto de su hijo en el periódico. Fue una sacudida tan fuerte que le devolvió la memoria de un plumazo. En aquel momento se dio cuenta de que lo único que quería en el mundo era recuperar su vida.
—Lo siento —murmuró luchando contra sus propias emociones—. No estaba preparado para esto.
El amor que aquel niño le había provocado era tan profundo que lo sentía recorrer el interior de su cuerpo al ritmo de su corazón. Michael trató de contenerse, pero perdió la batalla. Hundió la cara en la dulzura del cuello de Brandon y se dejó llevar por una sensación de pérdida tan profunda que no pudo reprimir las lágrimas.
Cuando Emma Connelly entró en la habitación como un huracán conteniendo la respiración, Michael no se dio cuenta. Solo fue consciente de que Ruby, la vieja y querida Ruby, se limpiaba los ojos con un pañuelo de papel.
—Michael.
El tono de voz de Tara era amable y suave.
—¿Te gustaría..., te gustaría llevarlo a su habitación y acostarlo? —preguntó colocándole la mano en el hombro en gesto compasivo.
Ello lo había entendido. Había entendido que necesitaba tiempo y un poco de intimidad para recuperarse.
Michael cerró los ojos con fuerza y asintió con la cabeza. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y la siguió fuera del estudio.
Grant lo miró con sus ojos de granito cuando pasó delante de él. Emma lo agarró suavemente del brazo. Ruby compuso una mueca y final mente le sonrió.
Había regresado. Estaba en casa. Y nada, ni Grant Connelly, ni un divorcio, ni un hombre llamado John Parker iba a impedir que luchara por su mujer y se convirtiera en un padre pan su hijo.
Media hora más tarde, Michael estaba de regreso en el estudio familiar. No se había recuperado del todo, pero al menos estaba decidido a contestar a las preguntas de Grant Connelly.
Todos los ojos estaban fijos en él, que permanecía de pie junto al fuego con la copa de coñac que Ruby le había preparado sin él pedírselo.
—Lo siento. Sé qué es un shock que haya aparecido de esta forma —comenzó a decir mirando a Grant a los ojos—. Imaginé muchos escenarios para este momento, y traté de pensar en cuál se ría el más fácil para vosotros. Finalmente decidí que lo único que podía hacer era presentarme aquí esta noche. Supongo que esto debe ser muy duro para vosotros —aseguró mirándolos de uno en uno—. Para todos vosotros.
—Esto no es duro, Michael —aseguró Emma, que estaba sentada en el sofá con la mano de Tara sobre su regazo—. Lo duro fue perderte.
El brillo de sinceridad que Michael observó en los ojos azules de Emma le hizo sonreír. La madre de Tara no siempre había estado de su lado, pero cuando entendió que Michael amaba a Tara, sin embargo, había hecho todo lo que pudo para aplacar la rabia y el resentimiento de Grant. Y ahora haría lo mismo. Aunque estaba de espaldas, Michael podía sentir la ira de su toda vía suegro. Tal y como esperaba.
—Estuve en Ecuador, Michael —dijo el padre de Tara girándose bruscamente hacia él—. Y también Daniel, Justin, Rafe, Seth... todos los que pudimos ir. Te buscamos durante días, y regresamos a casa convencidos de que nadie había podido sobrevivir al accidente.
—Yo tampoco creo que nadie lo lograra —aseguró él desviando la mirada de su copa de coñac a los ojos de Grant—. Pero yo no estaba en aquel tren.
Aquella fue la primera bomba que solió. Michael escudriñó los rostros que tenía alrededor durante los largos instantes que les llevó digerir aquella impactante información
—¿Qué quieres decir con que no estabas allí? Esa era la razón por la que fuiste a Ecuador —insistió Grant cuando fue capaz de recuperar la voz—. Habías ido a inspeccionar un bosque de madera exótica, si no recuerdo mal... una nueva fuente de material para diseños exclusivos.
—Efectivamente —asintió Michael—. Aquella era la razón por la que la empresa me había enviado.
Michael miró a Tara. Cuando habían subido a la habitación de Brandon, tras el abrazo inicial, ella se había mantenido distante y silenciosa. Y ahora lo observaba con una mezcla de extrañeza y precaución que lo hubiera molestado si no comprendiera el golpe que significaba todo aquello para ella.
Era obvio que necesitaba tiempo para aclarar sus sentimientos. Por el momento, era suficiente con enfrentarse al hecho de que estaba vivo. Michael se figuraba que tampoco estaría preparada para escuchar el relato de su desaparición, así que se esforzó por suavizarlo lo máximo posible.
—Tenía una noche libre al llegar a Quito, así que para matar el tiempo decidí salir a dar una vuelta por la ciudad —comenzó a decir mirando a Tara—. Pero no resultó ser una buena idea salir yo solo. En pocas palabras, lo que ocurrió fue que me atracaron.
Tan cerró los ojos, y Michael se alegró de no haber contado que estaba tan furioso por las palabras que había escuchado en el aeropuerto que se había emborrachado completamente. No había salido a ver monumentos, sino a encharcarse en alcohol y a sentir lástima de sí mismo, convirtiéndose de paso en un blanco fácil para sus atracadores.
—¡Oh, querido! —se lamentó Emma con lágrimas en los ojos—. Te hirieron, ¿verdad? Te hirieron gravemente...
—No me resulta fácil hablar de esto —contestó Michael desviando momentáneamente la mirada—. Me dieron una buena paliza y me robaron todo, incluida la documentación. Tengo recuerdos borrosos, pero creo que me llevaron fuera de la ciudad y me arrojaron en la selva, dándome por muerto.
—Pero no estabas muerto —interrumpió Grant.
—No, no lo estaba —continuó Michael dándole un sorbo a su coñac—. Sé que esto es difícil de asimilar, igual que el resto de la historia. Trataré de resumirla. Un hombre llamado Vicente Santiago me encontró tirado al otro lado de la montaña. El y su esposa, María, me dieron de comer y curaron mis heridas.
—¿Y has estado todo este tiempo recuperándote? —lo interrumpió Grant de nuevo.
—No. Pasaron aproximadamente seis meses hasta que me recuperé físicamente.
—¿Seis meses? Eso fue hace un año y medio. ¿Por qué diablos no regresaste cuando te encontraste mejor? —contestó Grant con rabia mal disimulada—. ¿Por qué no intentaste al menos contactar con nosotros? Tara estaba fuera de sí de dolor.
—Grant, si hubiera podido ponerme en contacto con vosotros, lo habría hecho —aseguró Michael mirando a todos uno por uno a los ojos—. Pero no sabía que estuvierais preocupados. No sabía nada de nada. Me llevé algunos golpes en la cabeza durante la paliza —continuó tras tocarse la cicatriz de la sien en gesto inconsciente—. Cuando recobré el conocimiento, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni sabía de dónde venía. Ni si quiera sabía cómo me llamaba.
—Amnesia —murmuré Ruby—. Que Dios nos asista.
—Exacto, amnesia —repitió Michael—. Aunque creamos que es algo que solo ocurre en las películas, a mí me sucedió. Como os iba diciendo, me pasé seis meses curándome y aprendiendo español —añadió con una leve sonrisa—. Los Santiago apenas hablaban inglés. El hecho de que aquella fuera mi lengua era mi único signo de identidad. Me figuraba que yo era americano, pero no sabía más. Me quedé con los Santiago, ayudándolos en su negocio maderero.
—¿Cuándo… cuándo comenzaste a recordar?—preguntó Tara con el ceño fruncido, mientras se soltaba de la mano de Emma y colocaba las suyas propias sobre su regazo.
—Hace dos semanas —aseguré Michael—. Tú me hiciste recordar.
El rostro de Tara palideció.
—Fuiste tú —continué explicándose él—. Ya sabes que los Connelly sois como los Kennedy o los Trump, la aristocracia americana a los ojos del mundo. Todo lo que hagáis sale en las revistas, incluso en las internacionales. Un día, en un supermercado de Quito, me crucé con una de esas revistas. Tu cara...
Michael se interrumpió un instante para tomar aire.
—Tu cara y la de Brandon estaban en la portada, junto al anuncio de tu compromiso con John Parker. También estaba mi foto, junto a los detalles escabrosos de mi muerte.
—Dios mío —susurré Emma poniéndose en pie—. Qué horrible debió ser para ti.
—Sí y no. Al principio me sentí terriblemente asustado. El cúmulo de recuerdos que aquellas imágenes despertaron en mí fue aterrador. Todo vino de golpe, y fue tan intenso que me desmayé—recordó Michael con una sonrisa nostálgica—. Al despertarme estaba tumbado en el suelo rodeado de los comestibles que había tirado al caerme. Y comencé a recodar. Todo.
Michael miró fijamente a Tara, y supo por la expresión de su rostro que estaba pensando en su última conversación. Se puso todavía más pálida, aunque pareciera imposible.
—Han sido dos largos años —señaló Grant con cara de circunstancias—. No puedes ni imaginarte cuánto nos alegramos de que estés vivo.
—¿Pero…? —preguntó Michael, ofreciéndole la oportunidad de continuar.
—Pero han pasado dos años, Michael ¡Dos años!—enfatizó Grant con los dedos de la mano—. No hemos sabido nada de ti durante ese tiempo, nada en absoluto —aseguré antes de hacer una pausa—. La vida ha seguido su curso, y Tara también.
Michael la observó mientras su padre hablaba. A pesar de lo que Grant mantenía, ella no parecía haberse marchado a ninguna parte. Al menos no todavía. Y si de él dependía, la única dirección que Tara iba a tomar era hacia él.
Había regresado. Y estaba dispuesto a luchar, por su mujer y por su hijo. Por su matrimonio. Pero no era una batalla que pensara emprender aquella misma noche, y menos con Grant Connelly delante.
—Con el debido respeto, señor —comenzó a decir mirando al padre de Tara a los ojos—. No creo que su hija haya tomado todavía ninguna decisión. Y cuando lo haga, será una cuestión entre ella y yo.
Era medianoche, la hora reservada para los amantes. La luz de la luna bailaba sobre las paredes decoradas con dibujos de damasco grabados en marfil. Las sábanas finas de hilo rodaron hacia los pies de la cama del dormitorio de la segunda planta en el que dormía Tara Connelly Paige.
La seda cruda de su camisón se le enredó entre las caderas. Un delicado velo de transpiración le cubría el cuello y la frente. Los dedos de la mano derecha se enredaban entre las columnas del cabecero de forja mientras ella gemía. La mano izquierda se deslizaba sobre su pecho en inconsciente caricia. Soñaba con Michael, con sus ojos grises como el humo cargados de deseo, sus anchos hombros tapando la luz de la luna, sus brazos poderosos sujetándola mientras se colocaba encima de ella.
Tara pronunció su nombre, arqueó la espalda y se dejó llevar por la placer salvaje que él le daba y que pedía de ella. Sus caderas se acoplaban a las suyas y sus cuerpos se fundieron en uno cuando él le pidió que fuera con él a aquel lugar lleno de sensaciones en el que la pasión prometía hacerla de nuevo una mujer completa, una mujer real, lo que no había sido desde que él la había dejado.
—Michael... —gimió.
Y en su sueño, Tara deslizó la mano sobre sus costillas, hacia el vientre, hasta descender a aquel lugar íntimo que se moría por él, que suspiraba por él.
—Michael...
Se incorporó de golpe en la cama, despertándose súbitamente por sus propios gritos. Respirando con dificultad, echó un vistazo por todo el dormitorio.
Aquel no era el apartamento que había compartido con Michael. Era su habitación de la casa de sus padres, en la que llevaba dos años durmiendo. Sola.
Un sueño. Había sido solo un sueño.
Tara apoyó la espalda en c cabecero y dejó caer la frente sobre las rodillas, tratando de recuperar el aliento.
Michael no era un sueño. Estaba vivo. Lo había visto aquella noche, había hablado con él, lo había tocado. Y en aquel momento lo deseaba tanto que le dolía.
Echaba de menos estar tumbada en la cama con él. Echaba de menos su tamaño, su fuerza, el calor de su boca, las caricias de sus manos.
Pero ya no tendría que echarlo de menos.
Tan levantó la vista hacia el techo, temblando de ganas de llamarlo, de pedirle que fuera con ella, que le hiciera el amor.
Sería fácil.
Y sería un error.
Entonces comenzó a llorar. Eran lágrimas de alivio porque él estuviera vivo. Y lágrimas de tristeza que no había dejado salir desde aquel día, dos años atrás, cuando llegaron las noticias de su supuesta muerte. Lágrimas por lo que habían tenido y por lo que habían perdido.
Michael estaba vivo, y ella se alegraba mucho. Pero lo que él buscaba no tendría lugar. Había dejado claro que estaba decidido a retornarlo donde lo habían dejado, pero ella no podía volver a vivir con él. No podía volver a pasar por el calvario de amarlo de nuevo. Amar a Michael era demasiado doloroso.
Tara cerró los ojos y se dejó caer sobre un lado de la cama. Por razones que solo ella podía comprender, iba a seguir adelante con el divorcio. Tenía que hacerlo, porque ella sabía algo que nadie más sabía: Que era una farsante. Un fraude.
La imagen que la prensa e incluso su propia familia tenía de ella como de una mujer independiente, fuerte y segura de sí misma era una mentira. Una completa mentira.
La verdadera Tara Connelly era una gallina. No era lo suficientemente fuerte como para vivir sus emociones con todas sus consecuencias. Lo único que sabía hacer era seguir su instinto primario, que le decía que se mantuviera bajo el radar y viviera con la mínima implicación emocional posible. Lo que significaba que no era capaz de sobre vivir a otro intento de amar a Michael Paige.
Tumbada en la oscuridad, luchando contra el deseo y la necesidad, se avergonzó de saber que la verdadera Tara Connelly tenía miedo incluso de intentarlo.