XIV

Después de la ola

73

El viento se apoderó del mundo.

Esa tarde sopló exactamente de este a oeste, transportando las nubes, optimistas después de un día de lluvia, en la dirección del sol poniente, como si se apresurasen hacia algún apocalipsis al otro lado del horizonte. O quizá (esa idea era peor) corrían a convencer al sol para que volviera del olvido una hora más, un minuto más, lo que fuera para retrasar la noche. Pero este no volvía, por supuesto, sino que se aprovechaba de su pánico para secuestrarlas y llevarse sus cabezas de vellón más allá del borde del mundo.

Carys había intentado convencer a Marty de que todo iba bien, pero no lo había conseguido. Ahora, al apresurarse al hotel Orfeo una vez más, mientras caía la noche y las nubes se suicidaban, sentía que sus sospechas eran ciertas. Todo el mundo visible encerraba pruebas de la conspiración.

Además, Carys todavía hablaba en sueños. Tal vez no lo hiciera con la voz de Mamoulian, esa voz cauta, sinuosa e irónica que había llegado a conocer y a odiar. Ni siquiera pronunciaba palabras como tales. Solo emitía sonidos fragmentados: el ruido de cangrejos, de pájaros atrapados en un ático. Ronroneos y arañazos, como si ella, o algo en su interior, se esforzara por inventar de nuevo un vocabulario olvidado. Aún no tenía nada humano, pero estaba seguro de que el Europeo estaba escondido allí. Cuanto más escuchaba, más le parecía advertir un orden en el murmullo; y el ruido que hacía su lengua dormida se parecía cada vez más a un paladar en busca del habla. La idea le hacía sudar.

Y después, la noche antes de esa noche de nubes apuradas, se había despertado sobresaltado a las cuatro de la madrugada. Tenía sueños horribles, por supuesto, y suponía que los tendría durante muchos años. Pero aquella noche no estaban confinados en su cabeza. Estaban allí. En aquel preciso instante.

Carys no estaba tumbada junto a él en la estrecha cama. Estaba de pie en medio de la habitación, con los ojos cerrados y el rostro surcado de pequeños gestos inexplicables. Volvía a hablar, o al menos lo intentaba, y esta vez él supo, sin la menor sombra de duda, que de algún modo el Europeo seguía con ella.

La llamó, pero ella no dio muestras de despertar. Se levantó y se acercó a ella, pero entonces el aire a su alrededor pareció sangrar oscuridad. El parloteo de Carys adoptó un tono más urgente, y Marty sintió que la oscuridad se solidificaba. Empezaron a picarle la cara y el pecho; los ojos le escocían.

Volvió a llamarla, gritando ya. No obtuvo respuesta. Las sombras habían empezado a danzar sobre ella, aunque no había en la habitación luz alguna que pudiera proyectarlas. Clavó la mirada en su rostro balbuciente: las sombras se parecían a las que arroja la luz a través de ramas cargadas de flores, como si estuviera a la sombra de un árbol.

Algo suspiró encima de él. Levantó la vista. El techo había desaparecido. En su lugar, se extendía un entramado de ramas, que crecían ante sus ojos. Estaba arraigado en las palabras de Carys, no le cabía duda, y se hacía más fuerte y más intrincado con cada sílaba que pronunciaba. Las ramas se tensaban al hincharse, y brotaban ramitas que se cargaban de follaje en cuestión de segundos. Pero, a pesar de la aparente salud del árbol, todos los brotes estaban corrompidos. Las hojas eran negras, y su brillo no lo producía la savia, sino el sudor de la putrefacción. Los insectos recorrían las ramas; las flores fétidas caían como la nieve, revelando la fruta.

¡Qué fruta tan terrible! Un haz de cuchillos, atados en una cinta como si fueran un regalo para un asesino. La cabeza de un niño colgada de su cabello trenzado. Había una rama envuelta en intestinos humanos, y de otra colgaba una jaula en la que ardía un pájaro vivo. Todos eran recuerdos, recordatorios de atrocidades pasadas. ¿Estaría allí el recolector, entre sus recuerdos?

Algo se movió en la turbulenta oscuridad encima de Marty, y no era una rata. Oyó un intercambio de susurros. Allí arriba, descansando en la podredumbre, había seres humanos. Y estaban bajando para obligarle a unirse a ellos.

Alargó la mano a través del aire hirviente y cogió el brazo de Carys. Parecía blanduzco, como si la carne estuviera a punto de desprenderse en su mano. Bajo los párpados, la muchacha movía los ojos como un lunático en un escenario; su boca seguía formando las palabras que conjuraban al árbol.

—¡Para! —dijo, pero ella siguió parloteando.

La agarró con ambas manos y le gritó para que se callara, sacudiéndola. Por encima de ellos, las ramas crujían; algunas ramitas les cayeron encima.

—¡Despierta, maldita sea! —le ordenó—. ¡Carys! ¡Soy Marty! ¡Soy yo, Marty! Despierta, por amor de Dios.

Sintió algo en el cabello, y cuando levantó la vista vio a una mujer que le escupía un hilo perlado de saliva que le salpicó la cara, frío como el hielo. Presa del pánico, empezó a chillarle a Carys para que se detuviera, y como no funcionó, la golpeó con fuerza en la cara. Por un instante, el flujo del conjuro se interrumpió. El árbol y sus habitantes gruñeron su descontento. Le dio otra bofetada, con más fuerza. Advirtió que la fiebre bajo sus párpados había empezado a remitir. Volvió a llamarla, y la sacudió. Su boca se abrió; los gestos y la terrible intención desaparecieron de su rostro. El árbol tembló.

—Por favor… —le suplicó—. Despierta.

Las hojas negras se encogieron; los miembros febriles perdieron su ambición.

Abrió los ojos.

Murmurando su disgusto, la podredumbre se consumió y desapareció en la nada.

La marca de su mano se destacaba en su mejilla, pero al parecer ella no era consciente de sus bofetones. Tenía la voz borrosa a causa del sueño cuando dijo:

—¿Qué pasa?

La abrazó con fuerza, pues no tenía valor para responder. Se limitó a decir:

—Estabas soñando.

Ella lo miró, confusa.

—No me acuerdo —dijo; y entonces, adquiriendo conciencia de sus manos temblorosas—: ¿Qué ha pasado?

—Una pesadilla —dijo él.

—¿Por qué no estoy en la cama?

—Intentaba despertarte.

Ella lo miró fijamente.

—No quiero que me despierten —dijo—. Ya estoy bastante cansada. —Se soltó—. Quiero volver a la cama.

Le permitió volver a tumbarse en las sábanas arrugadas. Volvió a dormirse antes de que él llegase a la cama. No se unió a ella, sino que se quedó sentado hasta el amanecer, observándola mientras dormía, intentando mantener a raya los recuerdos.

—Voy a volver al hotel —le dijo mediado el día siguiente; ese mismo día. Había esperado que tuviese alguna explicación para los sucesos de la noche anterior (¡esperanza vana!), que le dijese que se trataba de una ilusión extraviada que al fin había conseguido escupir. Pero no le ofreció ese consuelo. Cuando le preguntó si recordaba algo de la noche anterior respondió que no soñaba nada últimamente, y que se alegraba de ello. Nada. Él repitió la palabra como una sentencia de muerte, y pensó en la habitación vacía de Caliban Street; en que la nada era la esencia de su miedo.

Al ver su inquietud, ella alargó la mano y le tocó la cara. Tenía la piel caliente. Afuera estaba lloviendo, pero en la habitación hacía un calor bochornoso.

—El Europeo está muerto —le dijo.

—Tengo que verlo con mis propios ojos.

—No hace falta, cariño.

—Si está muerto, ¿por qué hablas en sueños?

—¿Eso hago?

—Hablar; y fabricar ilusiones.

—A lo mejor estoy escribiendo un libro —dijo ella, en un malogrado intento de ligereza—. Ya tenemos muchos problemas sin necesidad de volver allí.

Era cierto; tenían que decidir muchas cosas. Para empezar, cómo contar aquella historia; y cómo hacer que los creyeran. Cómo entregarse a la Policía sin que los acusaran de asesinatos conocidos y desconocidos. Había una fortuna esperando a Carys en algún lugar; era la única heredera de su padre. Esa era otra realidad que debían afrontar.

—Mamoulian está muerto —le dijo ella—. ¿No podemos olvidarnos de él un rato? Cuando encuentren los cadáveres contaremos toda la historia. Pero todavía no. Quiero descansar unos días.

—Anoche hiciste aparecer algo. Aquí, en esta habitación. Yo lo vi.

—¿Por qué estás tan seguro de que soy yo? —replicó—. ¿Por qué tengo que ser yo la que sigue obsesionada? ¿Estás seguro de que no eres tú el que mantiene vivo esto?

—¿Yo?

—El que no puede dejarlo.

—¡Nada me haría más feliz!

—¡Pues olvídalo, maldito seas! ¡Déjalo, Marty! Se ha ido. ¡Está muerto! ¡Y se acabó!

Se fue, y Marty dio vueltas a la acusación en la cabeza. Quizá fuera él; quizá hubiera soñado con el árbol, y la estuviese culpando de su propia paranoia. Pero en ausencia de Carys, sus dudas conspiraban. ¿Cómo podía confiar en ella? Si el Europeo estaba vivo, de algún modo, en alguna parte, ¿no podría poner en su boca esos argumentos, para evitar que él interfiriese? Mientras ella estuvo fuera, sufrió una agonía de indecisión, sin discernir un modo de seguir adelante que estuviera libre de sospechas, pero sin fuerzas para volver a enfrentarse al hotel, y así demostrar una cosa o la otra.

Ella había regresado a media tarde. No se habían dicho nada, o muy poco, y al cabo de un rato había vuelto a la cama, quejándose de un dolor de cabeza. Había compartido la habitación con su presencia dormida, sin oír otro sonido que su respiración acompasada (ya sin parlotear), durante media hora, y luego había salido a por güisqui y un periódico, que ojeó en busca de noticias relativas a descubrimientos o persecuciones. No había nada. Destacaban las noticias internacionales; donde no había ciclones ni guerras, había dibujos animados y resultados de carreras. Volvió al apartamento, dispuesto a olvidar sus dudas, a decirle que había estado en lo cierto desde el principio, y encontró el dormitorio cerrado con llave y en el interior su voz, suavizada por el sueño, que buscaba a tientas una coherencia nueva.

Irrumpió en la habitación e intentó despertarla, pero esta vez ni las sacudidas ni las bofetadas causaron la menor impresión sobre su sueño poseído.

74

Y ya casi había llegado. No estaba vestido para el frío que se acercaba, y tembló al atravesar la desolación hasta el hotel Pandemonio. Ese año el otoño hacía sentir su presencia prematuramente, sin esperar siquiera al comienzo de septiembre para enfriar el ambiente. En las semanas transcurridas desde que estuviera allí por última vez, el verano había dado paso a la lluvia y al viento. No lamentaba su desaparición. El calor del verano en las habitaciones pequeñas nunca volvería a tener asociaciones benignas para él.

Levantó la vista hacia el hotel. Tenía el color del coral bajo la luz esquiva, y los detalles de las marcas de abrasiones y los grafitis parecían casi demasiado reales. El retrato de un obseso, en el que cada detalle tenía una precisión absoluta. Contempló la fachada durante un rato a la espera de alguna indicación. Quizá el parpadeo de una ventana, o la mueca de una puerta; cualquier cosa que lo preparase para lo que pudiera encontrar en el interior. Pero siguió siendo diplomático. Solo era un edificio sólido, ajado por la edad y por las llamas, que atrapaba las últimas luces del día.

El último visitante que abandonara el hotel había cerrado la puerta, pero no se había hecho intento alguno de reemplazar los tablones. Marty empujó la puerta, y esta se abrió, rechinando por encima del yeso y la suciedad. Dentro no había cambiado nada. La lámpara de araña tintineó cuando una ráfaga del exterior irrumpió en el lugar sagrado; una fina lluvia de polvo aleteó hasta el suelo.

Al ascender los dos primeros pisos, empezó a percibir un olor; algo más maduro que la humedad o la ceniza. Era de suponer que los cuerpos siguieran donde se habían quedado. Se habría producido una descomposición sustancial. No sabía cuánto duraban tales procesos, pero después de las experiencias de las últimas semanas, estaba preparado para lo peor; ni siquiera el olor que se intensificaba a medida que ascendía le afectaba demasiado.

Se detuvo a medio camino y sacó la botella de güisqui que había llevado consigo, desenroscó el tapón y sin apartar la vista de los restantes tramos de escaleras se la llevó a los labios. El sorbo de licor le empapó las encías y la garganta, y le abrasó hasta el estómago. Resistió la tentación de echar otro trago. Cerró la botella y se la metió de nuevo en el bolsillo antes de continuar.

Los recuerdos empezaron a asediarlo. Había esperado mantenerlos a raya, pero llegaron sin anunciarse, y no tenía fuerzas para resistirse a ellos. No había imágenes, solo voces, que reverberaban en su cráneo como si estuviera vacío, como si no fuera más que un bruto descerebrado que respondiera a la llamada de una mente superior. Le sobrevino el impulso de volverse y huir, pero sabía que si se rendía y volvía con ella, las dudas no harían sino profundizar. Enseguida sospecharía cada vez que moviera el brazo, preguntándose si el Europeo la estaba preparando para el asesinato. Sería una prisión de otra clase: sus muros la sospecha, sus barrotes la duda, y estaría sentenciado a ella el resto de su vida. Y aunque Carys lo dejara, ¿no seguiría mirando por encima del hombro cuando pasaran los años, por si apareciese alguien que tuviera otro rostro detrás del suyo, y los ojos inmisericordes del Europeo?

Y a pesar de todo, con cada paso que daba, sus miedos se multiplicaban. Se aferró al pasamanos mugriento, y se forzó a seguir adelante, hacia arriba. No quiero ir, protestó el niño de su interior. No me obligues a ir, por favor. Podemos dar la vuelta, podemos dejarlo para otro momento. ¡Mira! Tus pies lo harán, díselo. ¡Vuelve! Con el tiempo despertará; solo tienes que ser paciente. ¡Vuelve!

¿Y si no despierta?, respondió la voz de la razón. Y eso le hizo continuar.

Cuando dio el siguiente paso, algo se movió en el rellano frente a él. El salto de una pulga, nada más; un ruido tan suave que apenas podía oírlo. ¿Una rata, quizá? Probablemente. Habría toda clase de carroñeros esperando un festín, ¿verdad? También había previsto ese horror, y se había preparado para la idea.

Alcanzó el rellano. No había ratas que huyeran de sus pisadas, al menos no vio a ninguna. Pero había algo. En lo alto de las escaleras había un gusano pequeño y marrón que rodaba por la alfombra, retorciéndose de entusiasmo por llegar a algún sitio. Escaleras abajo, probablemente: a la oscuridad. No lo miró con detenimiento. Fuera lo que fuese, era inofensivo. Que encontrase un nicho donde engordar, y se convirtiera en una mosca con el tiempo, si tal era su ambición.

Recorrió el penúltimo rellano y emprendió el ascenso del último tramo de escaleras. Al cabo de unos pocos pasos, el olor empeoró de repente. El hedor de la carne fétida lo asaltó, y a pesar del güisqui y de toda la preparación mental, se le revolvió el estómago; dio vueltas como el gusano del rellano.

Se detuvo al cabo de dos o tres escalones, sacó el licor y echó dos tragos largos, engullendo tan rápido que se le humedecieron los ojos. Luego prosiguió el ascenso. Algo blando se deslizó bajo su talón. Bajó la vista. Había atajado con el pie el descenso de otro gusano, el hermano mayor del anterior: estaba aplastado, convertido en una pulpa grasienta. Lo observó durante un segundo antes de apresurarse, consciente de que la suela de su zapato estaba viscosa; o bien que al caminar aplastaba a otras larvas semejantes.

Los tragos de licor le habían puesto la cabeza ligera; recorrió las últimas dos docenas de escalones casi a la carrera, ansioso por que pasara lo peor de una vez. Cuando llegó al final de las escaleras, estaba sin aliento. Tenía una absurda imagen de sí mismo (una fantasía de borracho) como un mensajero portador de noticias, acerca de batallas perdidas y de niños asesinados, hacia el palacio de algún rey fabuloso. Excepto que el rey también había sido asesinado y había perdido sus batallas.

Se dirigió hacia el ático; el olor se había espesado tanto que casi podía comerse. Se miró en el espejo, como ya hiciera una vez; avergonzado por el rostro asustado, bajó la vista y ¡Dios!, la alfombra se movía. No había dos, ni tres, sino una docena o más de gusanos gordos y sucios que se afanaban, al parecer a ciegas, por abrirse paso en la alfombra, manchada con sus viajes. No se parecían a ningún insecto que hubiese visto antes, era imposible descifrar su anatomía, y tenían distinto tamaño: algunos eran finos como un dedo, otros del tamaño del puño de un bebé, informes y de color púrpura, pero con una veta amarilla. Dejaban rastros de baba y sangre como si fueran babosas heridas. Los evitó. Se habían cebado con la carne de personas a las que se había enfrentado en el pasado. No quería examinarlos muy de cerca.

Pero cuando abrió la puerta principal de la suite, y se adentró con cautela en el pasillo, se le ocurrió una horrorosa posibilidad, que se asentó en su cabeza, susurrando obscenidades. En la suite, las criaturas estaban por todas partes. Las más ambiciosas escalaban las paredes de color pastel, adhiriendo sus pequeños cuerpos al papel de la pared con los fluidos que segregaban, avanzando con lentitud de orugas, una peristalsis recorría su longitud. Seguían direcciones arbitrarias; algunas, a juzgar por sus rastros, daban círculos sobre sí mismas.

Bajo la tenue luz del pasillo sus peores sospechas simplemente bullían; pero empezaron a hervir cuando pasó lentamente junto al cuerpo tendido de Whitehead y entró en el matadero, donde la luz de la autopista producía un día artificial. Allí las criaturas eran aún más abundantes. La habitación entera estaba abarrotada, desde fragmentos del tamaño de una pulga hasta trozos del tamaño del corazón de un hombre, que arrojaban sucios filamentos parecidos a tentáculos para impulsarse. Lombrices, pulgas, gusanos, toda una nueva entomología se congregaba en ese cadalso.

Solo que no eran insectos, ni larvas de insectos: ya lo entendía a la perfección. Eran pedazos de la carne del Europeo. Seguía vivo. En pedazos, en mil pedazos inconscientes, pero vivo.

Breer había sido implacable y meticuloso en su destrucción, erradicando al Europeo lo mejor que había podido con el machete y sus manos decrépitas. Pero no había bastado. Las células de Mamoulian vibraban con demasiada vida robada; y esta seguía rugiendo, contraviniendo cualquier ley cuerda, insaciable. A pesar de su vehemencia, el Tragasables no había acabado con la vida del Europeo, solo lo había descuartizado, para que describiera esos círculos inútiles. Y en algún lugar de ese zoológico demente había una bestia con voluntad, un fragmento que aún poseía suficiente conciencia para proyectarse en la mente de Carys, aunque fuera de un modo vacilante. Quizá no fuera solo un trozo, quizá fueran muchos, la suma de esas partes errantes. A Marty no le interesaba su biología. Cómo sobrevivía esa obscenidad era un tema para debatir en un manicomio.

Abandonó la habitación y se quedó temblando en el pasillo. El viento soplaba contra la ventana; el cristal protestaba. Escuchó las ráfagas mientras se preguntaba qué hacer a continuación. Un trozo de escoria se desprendió de la pared del pasillo. Lo observó mientras se esforzaba por darse la vuelta, y emprendía de nuevo su lento ascenso. Whitehead yacía justo al otro lado. Marty regresó junto al cadáver.

Los asesinos de Charmaine se lo habían pasado en grande antes de irse: le habían bajado los pantalones y los calzoncillos, y le habían grabado la entrepierna con un cuchillo. Tenía los ojos abiertos; le faltaba la dentadura postiza. Miraba fijamente a Marty, con la mandíbula hundida como la de un delincuente juvenil. Las moscas se arrastraban sobre él; en su rostro había franjas de corrupción. Pero estaba muerto: lo cual era algo en este mundo. Los muchachos, como insulto final, habían defecado en su pecho. Las moscas también se congregaban allí.

En el pasado Marty había odiado a aquel hombre; también lo había amado, aunque solo fuera por un día; le había llamado papá, le había llamado cabrón; había hecho el amor con su hija y se había creído el rey de la creación. Le había visto en el poder: un señor. También le había visto asustado: escarbando como una rata que intenta escapar de un incendio. Había visto la peculiar integridad del viejo puesta en práctica, y la había encontrado viable. Tan fructífera, quizá, como el afecto de hombres más cariñosos.

Alargó la mano para encerrar su mirada, pero en su celo los evangelistas le habían cortado los párpados, y los dedos de Marty tocaron la viscosidad del globo ocular. No estaba húmedo por las lágrimas, sino por la podredumbre. Hizo una mueca; retiró la mano, asqueado.

Para apagar la mirada del rostro de papá, deslizó los dedos bajo el cadáver con el fin de darle la vuelta. Los fluidos corporales se habían asentado, y la parte inferior estaba húmeda y pegajosa. Apretando los dientes, puso de lado su mole, y dejó que la gravedad lo atrajese. Al menos el viejo no tendría que ver lo que sucediera a continuación.

Marty se levantó. Le apestaban las manos. Las remojó copiosamente con el resto del güisqui para eliminar el olor. La libación obedecía a otro propósito: le libraba de la tentación de la bebida. Sería muy fácil embotarse y perder de vista el problema. El enemigo estaba allí. Tenía que enfrentarse a él; desterrarlo para siempre.

Empezó allí mismo, en el pasillo, hundiendo los talones en los trozos de carne que se arrastraban en torno al cadáver de Whitehead, aplastando su vida robada lo mejor que podía. No emitían sonido alguno, por supuesto, de modo que la tarea era más sencilla. Solo eran gusanos, se dijo, estúpidos trozos de vida sin mente. Y así se le antojó aún más fácil recorrer el pasillo pisoteando la carne y convirtiéndola en manchas de grasa amarilla y músculo marrón. Las bestias sucumbían sin resistencia. Empezó a sudar, eliminando la repulsión que le inspiraban aquellos desechos humanos, mirando a todas partes para asegurarse de que no se le escapaba ni un solo pedazo miserable. Sintió que una sonrisa le torcía las comisuras de la boca, y a continuación una risa grave, sin humor, enajenada. Era una aniquilación sencilla. Volvía a ser un niño que mataba hormigas con los pulgares. ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! Solo que aquellas cosas eran más lentas que la hormiga más cargada, y podía aplastarlas a un ritmo reposado. Todo el poder y la sabiduría del Europeo se habían convertido en esa escoria, y él, Marty Strauss, había sido elegido para jugar a Dios y exterminarla. Había obtenido, al final, una terrible autoridad.

Nada es esencial. Las palabras que había oído, y dicho, en Caliban Street tenían por fin una lógica absoluta. Allí estaba el Europeo, demostrando el amargo silogismo con su propia carne y sus propios huesos.

Cuando terminó el trabajo en el pasillo regresó a la habitación principal y empezó a aplicarse allí, su repulsión inicial a tocar la carne menguó, hasta que con el tiempo empezó a arrancar los trozos de sus perchas en la pared y arrojarlos al suelo para pisotearlos. Cuando acabó en la sala de juego procedió a inspeccionar el rellano y las escaleras. Al final, cuando todo quedó en calma, volvió a la suite e hizo una hoguera con las cortinas del vestidor, que alimentó con la mesa en la que el viejo había jugado a las cartas, utilizando los naipes a modo de yesca, y recorrió la habitación echando al fuego de una patada los mayores trozos de carne, que escupieron, se retorcieron y se consumieron en poco tiempo. Rascó los trozos más pequeños, y los arrojó al centro de la conflagración como pequeñas lluvias de carne, riéndose aún de vez en cuando. La habitación se llenó rápidamente de humo y de calor, ya que no había ninguna vía de escape. El corazón empezó a latirle con fuerza en los oídos; los brazos le brillaban a causa del sudor. Era un trabajo arduo, y tenía que ser meticuloso, ¿verdad? No debía dejar con vida ni una pizca, ni un fragmento, por miedo a que siguiera viviendo, se convirtiera en un mito (creciera, tal vez), y lo encontrase.

Cuando el fuego se extinguió lo avivó con las almohadas, los discos y los libros de bolsillo hasta que no le quedó nada que quemar excepto a sí mismo. Hubo momentos, mientras contemplaba las llamas, fascinado, en que la idea de lanzarse al fuego le pareció atractiva. Pero se resistió. No era más que el agotamiento, que lo tentaba. En cambio, se agazapó en un rincón, observando el juego de la luz de las llamas en la pared. Los dibujos le hicieron llorar; o al menos, algo lo hizo.

Cuando Carys subió las escaleras a rescatarlo de su fantasía, en algún momento antes del amanecer, no la vio ni la oyó. El fuego se había extinguido hacía mucho. Ya solo eran reconocibles los huesos, destrozados por el descuartizamiento de Breer, ennegrecidos y resquebrajados en la hoguera. Trozos del fémur, o de las vértebras; la bóveda craneal del Europeo.

Ella se deslizó sigilosamente en el interior como si temiera despertar a un niño dormido. Quizá hubiera estado durmiendo, en efecto. Tenía imágenes plumosas en la cabeza que solo podían haber sido sueños: la vida no era tan terrible.

—Desperté —dijo ella—. Sabía que estarías aquí.

Apenas la veía a través del aire mugriento; era un dibujo de tiza sobre papel negro: tan vulnerable a emborronarse. Las lágrimas brotaron de nuevo al pensar en ello.

—Tenemos que irnos —dijo ella, que no deseaba exigirle explicaciones. Tal vez le preguntase con el tiempo, cuando esa mirada lastimosa hubiese desaparecido de sus ojos; tal vez no le preguntase nunca. Después de persuadirlo y arrimarse a él durante algunos minutos, Marty dejó de abrazarse las rodillas, meditabundo, y admitió sus cuidados.

Cuando salieron del hotel recibieron la bofetada del viento, tan antagonista como siempre. Marty levantó la vista para ver si las ráfagas habían desviado el curso de las estrellas, pero estas se mantenían firmes. Todo estaba en su lugar, a pesar de la locura que había golpeado sus vidas recientemente, y aunque ella le urgía, él se demoró, con la cabeza echada hacia atrás, mirando a las estrellas con los ojos entornados. Allí no encontraría revelaciones. Solo puntos de luz en un cielo plano. Pero comprendió por primera vez que eso era bueno. Que en un mundo que rebosaba pérdida y rabia las estrellas estuvieran lejos: el mínimo de gloria. Mientras ella le precedía por el terreno sin luz, no pudo evitar que su mirada se desviase una y otra vez hacia el firmamento.