Quizá fue su entrenamiento o quizás eso que sus compañeros, sobre todo su hermano, llamaban instinto. El caso es que Amy, asustada al no ver a Craig en el sillón, tensó los músculos de forma involuntaria y en cuanto notó el aliento en su nuca dio un salto. A pesar del movimiento, un latigazo de dolor le bajó por el brazo cuando recibió el golpe.
—¡Serás hija de la gran puta!
Se apoyó en la pared. Un dolor sordo le entumecía el hombro y apenas podía mover el brazo derecho. Se giró y vio a Craig, que tenía los ojos enrojecidos. Se acercaba a ella, tambaleándose como si fuera uno de esos zombis de las películas. Con el brazo inútil pegado al cuerpo decidió arremeter contra él, confiando en que ese movimiento le cogiera por sorpresa. Se agachó, cogió impulso e intentó clavar su hombro bueno en la mandíbula del sargento. Supo que había acertado cuando el gigante se tambaleó para luego caer hacia su izquierda. Un escalofrío le recorrió la médula cuando oyó el ¡crack! de la cabeza de Craig al chocar con la puerta. El sargento cayó al suelo como si le hubiera fulminado un rayo.
Miró el cuerpo de Craig, inerte, y se temió lo peor. Había sido una idiota al no salir corriendo cuando el idiota se colocó esos malditos auriculares. Horrorizada, contempló la fea herida de su frente, de la que no paraba de manar sangre que resbalaba sobre la mitad izquierda de su rostro, que se inflamaba por momentos. Aliviada, comprobó que respiraba en el momento en que su atacante abrió los ojos.
—¡Baddita dodzra! —balbucéo el sargento, escupiendo sangre de la boca al hablar.
El sargento comenzó a levantarse, pero con movimientos torpes. Se volvió, deseando que él estuviera tan aturdido como suponía y corrió en dirección al baño.
—¡¡¡Higga de bpudta!!! —oyó gritar—. ¡¡¡De boy a badtar!!!
Oyó pasos y golpes en la pared. Entró en el aseo y, con las manos temblando, cerró la puerta. Logró echar el pestillo en el momento en que un sonoro puñetazo la abombaba.
Cada latido de su pulso hizo que Max sintiera una nueva punzada en la parte frontal de su cabeza. A pesar de que en algún sitio debía de tener una llave del apartamento de su hermana, nada más llegar a su puerta no se lo pensó dos veces. Empujó a Mike a un lado y descargó una patada sobre la débil cerradura que le había dicho cien veces que cambiara. La puerta se astilló sin dificultad y con solo otra patada más la partió en dos. Entró al apartamento y vio al hijo de la gran puta de Craig, que tenía la cara inflamada y manchada de sangre. No vio ni rastro de Amy. Su campo visual se estrechó y notó cómo la sangre se agolpaba en su cabeza.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó, saltando y aplastando al sargento contra la puerta que estaba a sus espaldas.
Dio un paso atrás y cargó de nuevo contra él, deseando romperle la columna. Oyó un sonido sordo cuando clavó su hombro en el esternón de Craig, que gimió y cayó hacia atrás. Al grito del sargento se unió el chasquido que hizo la puerta de madera que había tras él cuando cedió, rompiéndose en varios pedazos. Sintió cómo perdía el equilibrio y vio pasar a toda velocidad las baldosas, los muebles del baño… y a Amy. La cabeza le retumbó con el impacto, aunque debajo habían caído restos de la puerta y el cuerpo de Craig.
Este alzó su torso, gritando y con los músculos del cuello a punto de reventarle por el esfuerzo. Lo siguiente que sintió fue cómo caía a un lado y un fuerte golpe con algo muy duro en el lateral de su cabeza, probablemente el retrete. Al abrir los ojos vio sangre alrededor. Se tocó la cara y sus dedos manchados le confirmaron que era suya. Notó movimiento y reaccionó gracias a su intuición, esquivando por milímetros la bota de Craig. Aprovechó el fallo para agarrar el pie del sargento con las dos manos y retorcérselo. Su rival cayó como un fardo, le sujetó la cabeza con ambas manos y comenzó a golpearla contra el mismo retrete donde aún había restos de su propia sangre. Lo hizo una y otra vez, pensando en lo que ese cabrón podía haberle hecho a su hermana. Con cada suposición que le venía a la mente, golpeaba más fuerte.
Tanta era su rabia, que Craig apenas sentía los golpes que Max le estaba propinando. Solo sabía que estaba en el suelo, humillado y derrotado por esa furcia y por su hermano, que había aparecido de la nada cuando él ya tenía a la chica prácticamente contra las cuerdas. Bueno, en realidad ella estaba encerrada en el baño, pero prácticamente a su alcance.
Un nuevo golpe seco, esta vez en la nariz, sí que le hizo gritar de dolor, y reaccionó. Estiró los brazos hacia delante con todas sus fuerzas, haciéndose daño en los hombros. El grito de Max le confirmó que había logrado que se golpeara con algo. Sin esperar más se levantó, echando a su rival a un lado, y corrió hacia la puerta del apartamento, empujando también a Amy y al mequetrefe que estaba junto a ella. Le dolían los brazos y las piernas, pero lo que de verdad parecía abrasarle era la cara, por culpa de la paliza de ese bastardo. Tuvo que apoyarse un par de veces en las paredes para no caerse al suelo, pero consiguió alcanzar la escalera. La voz de Max le taladró el cerebro.
—¡Quieto o te disparo, hijo de puta!
Apretó los dientes. Si conseguía salir, no habría nada que pudiera probar que hubiera estado allí esa noche salvo la palabra de esos desgraciados. Y su padre se encargaría de solucionar eso. Sin embargo, la posibilidad de que Max le pegara un tiro (y sabía que era capaz de hacerlo) hizo que sintiera un profundo temor. Se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Y acabar así en la cárcel? Qué bonito final para tu carrera… —dijo, sonriendo—. Que te despidan sin más suena bastante mejor, ¿no crees?
Antes de que nadie pudiera responderle se volvió de nuevo y, rezando para que Max no fuera capaz de dispararle, dio un salto hasta el siguiente descansillo. El dolor le hizo gritar y aumentó conforme bajaba el resto de los escalones del edificio, temiendo escuchar en cualquier momento un estampido a su espalda. Cuando alcanzó la calle tuvo que apartar a una mujer anciana con un perrito faldero y un abrigo de piel con aspecto caro, que se golpeó la cabeza contra un árbol y luego cayó al suelo. Sintió que la frustración le invadía al ver la sangre en la cabeza de la mujer, y le propinó una fuerte patada.
—¡Zorra! —gritó.
Luego siguió corriendo.
—¿¡Se puede saber qué parte de «mantén fuera de esto a tu hijo» no has entendido!?
Frank se sentía furioso. Duncan se había presentado en su casa cuando estaba a punto de marcharse a esa reunión en la que tanto se jugaba con el alcalde y sus hijos, y le estaba contando que había habido una refriega en el apartamento de Amy en la que encima estaba implicado Craig. Exactamente lo contrario de lo que le había pedido.
—¡Querías que averiguara qué habían hecho tus hijos durante todo el día aunque para ello tuviera que usar a Kate! No quiero ni imaginar lo que habrá tenido que hacer para sonsacar a Max… —Él pensó que esa parte era fácil de imaginar, pero se abstuvo de decirlo—. Respecto a Amy deduje que lo más rápido era utilizar a Craig: trabajan juntos y él es su superior. Lo que no contaba es con el hecho de que Max propinara una paliza a mi hijo a traición, la segunda de hoy, nada menos. Le odia, Frank, y eso le va a costar su puesto en la policía.
Estaba convencido de que Duncan había utilizado a Craig con Amy como venganza personal por lo de Kate. Definitivamente ese gordo seboso era un idiota bastante más peligroso de lo que se imaginaba. Un idiota que acababa de hacer definitiva su sentencia de muerte. Pero en ese momento no podía hacer más, tenía que salir para la reunión. Respiró hondo, conteniendo las ganas de golpear a ese inútil.
—De acuerdo, buen trabajo… —dijo a su pesar y masajeándose las sienes para simular agotamiento.
—¿Cómo que «buen trabajo»? ¡Mi hijo tiene la nariz y la cabeza rota, no para de sangrar y todo por culpa de Max! ¡Y no puede ir a un hospital, le harán preguntas! ¿Qué le digo que haga, que se ponga una tirita?
Refrenó las ganas de golpear la grasienta cabeza de Duncan. Ese idiota y su hijo le iban a crear más problemas de los que él mismo había pensado. No solo le había desafiado, sino que encima le obligaba a ayudar a Craig… Miró a su interlocutor a los ojos y se dio cuenta de que podía sacar partido de aquella situación. El muy imbécil se iba a arrepentir de haber puesto a Craig en sus manos.
—Llevas razón, Duncan —dijo sonriéndole—, me encargaré de que le atiendan como se merece. Haré una llamada y en un rato —amplió su sonrisa— estará todo solucionado.
Yeser Fishel sabía que su aspecto había cambiado. Tenía el pelo rasurado, la cara inflamada y plagada de heridas, su cuello estaba nudoso y su piel, donde la suciedad dejaba entreverla, había adquirido un tono amarillento. A pesar de su extrema delgadez tenía las piernas, los tobillos y las orejas hinchados. Decían que era porque ingerían pocas proteínas. Lo cierto es que no le importaba la causa, dado que todo había empeorado desde que entró a formar parte del sonderkommando.
Al principio se había alegrado de reencontrarse con Leon, que ocasionalmente era asignado a una zona anexa llamada Canadá, donde clasificaban las pertenencias de los presos. Pero la alegría le duró lo que tardó en aprender su nuevo oficio con su primera «selección», conducida por el kapo de la cicatriz que, nervioso por la presencia del Unterführer de servicio, no dudó en emplear toda su fuerza bruta con él: los prisioneros, todos judíos, llegaron de forma ordenada y silenciosa. Le explicaron que siempre sucedía de esa forma, y junto a esa explicación recibió el primero de los muchos latigazos que encajaría a lo largo de esa jornada. Estaba prohibido preguntar, por supuesto, aunque ninguno de esos castigos fue propinado en presencia de quienes iban a ser exterminados. A ellos era importante «no asustarles».
Lo primero era acercarse a la fila, en su mayoría compuesta por mujeres, ancianos y niños, básicamente los no capacitados para trabajar. Se les pedía educadamente que se desnudaran antes de entrar. «Es para recibir una ducha —les decían con voz calmada—. No se preocupen por la ropa, la recogerán al salir.» Esa y mil mentiras más salieron de sus labios con el fin de tranquilizar a esas personas confusas cuyo destino se encontraba al otro lado de la puerta de acero. Ordenadamente iban entrando en la construcción de piedra, que albergaba una red de tuberías que conectaban las supuestas «duchas» entre sí. Al verlas muchos se tranquilizaban y algunos hasta bromeaban con los nervios que habían pasado. Yeser tardó poco en aprender que de ellas jamás saldría una sola gota de agua.
A los inválidos se les daba un trato especial: solían llegar en sillas, ayudados por otros judíos que se habían ofrecido a empujarlas. Una de sus tareas, cuando atisbaba alguno, era avisar a otros miembros del sonderkommando para trasladar al minusválido a la parte posterior del caserón de piedra, lejos de la vista del resto. Allí otros miembros del comando le daban conversación hasta que todos habían entrado en la cámara de gas. Solo entonces un reducido grupo de oficiales de las SS los ejecutaba de un disparo en la nuca. Todo era rápido, silencioso y mortíferamente eficaz. La disciplina alemana que se aplicaba en todo el campo allí alcanzaba un rango de excelencia. No podían permitirse que un grupo entrara en pánico, ya que se verían obligados a dispararles y eso minaba la moral de los soldados. Era mucho mejor hacerlo de esa forma, era «más civilizado», según decían.
Lo peor de todo eran los niños. En muchos casos no querían desnudarse o entrar a las cámaras a pesar de que por lo general iban acompañados por su madre o por familiares, que hacían lo imposible para que no lloraran. Yeser se enfrentó a su primera «crisis» con dos hermanos, de cuatro y seis años, y no supo qué hacer. Los niños empezaron a llorar y el resto de personas de la cola empezaron a murmurar y a ponerse nerviosos. Alguno intentó asomarse fuera para ver si podía ayudar. Beppo, un judío italiano ya veterano del sonderkommando, se acercó rápidamente hasta ellos con dos muñecos de trapo en las manos. Yeser imaginó que estos debían de haber salido de las pertenencias de otros niños. Con una sonrisa los colocó en los brazos de los pequeños, que los abrazaron y parecieron calmarse. La madre, con lágrimas en los ojos, finalmente los convenció para que entraran, hablándoles sobre la «enorme suerte que habían tenido de que les hicieran un regalo». Ella, completamente desnuda y probablemente sabiendo dónde estaba metiendo a sus hijos, le dio las gracias a Yeser y a Beppo. Este se limitó a asentir con la cabeza y siguió atendiendo a otros miembros de la fila, a los que conminó, educadamente, a quitarse la ropa y entrar una vez resuelto el percance. Él no pudo evitar echarse a llorar, lo que le supuso una nueva oleada de latigazos.
Tras el cierre de la puerta y después de ejecutar a la tanda de inválidos, los cuatro SS que formaban parte del comando subieron al tejado, desde donde dejaron caer los cristales de ácido prúsico —el Zyklon B— a través de unos canalones. Beppo le explicó que era un pesticida hecho a base de cianuro que se disolvía al ponerse en contacto con la humedad del aire y que en ese estado era mortal.
Obligado por el kapo de la cicatriz «para que aprendiera», según le dijo entre golpes, observó el proceso a través de la mirilla de la portezuela. Los nazis vaciaron los sacos en las rejillas de ventilación y en breve comenzaron los gritos, los espasmos y las convulsiones como resultado de la asfixia. Los primeros en morir fueron los ancianos y los niños pequeños. Sobre ellos cayeron las mujeres, cuya agonía era terrible, al ver cómo sus hijos sucumbían primero. Los últimos en morir fueron los pocos varones jóvenes del grupo, más resistentes que el resto. Durante treinta largos minutos contempló cómo los presos gritaban ¡Schnell!, se orinaban encima, defecaban, e incluso algunas mujeres menstruaban antes de perder el conocimiento y caer sobre los cadáveres de los que habían sufrido menos. Muchos de ellos adquirían un color azulado o incluso negruzco, y la mayoría moría con los ojos fuera de las órbitas o con las manos rodeando su propio cuello en un claro gesto de ahogo. Las madres solían abrazar a sus hijos, a los que no soltaban hasta después de muertas.
Una nueva sarta de latigazos le sirvió de aviso para que abriera la puerta. Ahogando las lágrimas, fue el primero en entrar, temblando por si había restos de gas en el aire. El hedor a heces, orina, sangre y sudor se le ancló en los pulmones. Aquel día aprendió que la muerte tenía un olor, propio y brutal, que se te clavaba para siempre una vez que lo habías inhalado.
Beppo y el resto de sus compañeros entraron y, con la misma tranquilidad con la que habían hablado minutos antes a esas personas, comenzaron a cortarles el pelo y a arrancarles las muelas de oro. A él le tocó transportar los cadáveres en una carretilla hacia las fosas o a los crematorios, según le iban señalando. En el caso de las primeras volcaba la carretilla, tras lo cual tenía que ayudar a remover los cuerpos para que el aire penetrara bien entre ellos y así prendieran mejor. En caso contrario no se carbonizarían y el hedor sería aún más insoportable (cosa que le pareció imposible). En el caso de los crematorios se limitaba a amontonar los cuerpos en una esquina. Otros se encargaban de ir introduciéndolos en los hornos.
A mediodía, apenas pudo creer que sus compañeros estuvieran deseando que llegara el potaje. Lo que más le horrorizó fue comprobar que sus tripas también rugían. Devoró su ración con fruición y raspó el fondo de la escudilla con la cuchara, como siempre. Tras el rancho se reclinaron al sol y los más afortunados encendieron alguna hebra de tabaco, como hubieran hecho en cualquier otro trabajo que hubieran desempeñado como hombres libres. Olvidando que estaban apoyados en la pared de la edificación donde, hacía un rato, habían muerto cientos de judíos cuyos cuerpos ardían a unos metros de donde estaban fumando. Ese era su nuevo trabajo. Y por lo que había oído, el último que iba a desempeñar.
Mike apreció que el apartamento de Max era un reflejo de su vida: había cajas de cartón sin abrir apiladas por todos sitios, y un segundo vistazo a una montaña de prendas en una esquina del salón le permitió descubrir que se trataba de un cesto de ropa sucia. Las cajas con restos de comida china, turca y de otras nacionalidades peleaban por un hueco en la mesa, colocada entre el aparato de televisión (de tubo) y un sofá viejo. Por el suelo había paquetes arrugados de Marlboro. Y casi en cada rincón, un cenicero rebosante de colillas. El piso olía a tabaco y a humedad. En realidad, lo único que diferenciaba su casa de la de su amigo era que él la tenía un poco más ordenada. Pero el resto de signos de soltería eran igual de evidentes. Que él no tuviera luces fundidas y que su fregadero estuviera impoluto no ocultaban que su nevera estuviera casi vacía y que en su baño hubiera solo un cepillo de dientes. Al pensar eso miró de reojo a Amy, sumida en un profundo silencio desde que la rescataran de su propia casa. Max se había encargado de llamar para que arreglaran la puerta y había insistido en que ella pasara la noche en su apartamento. En ese momento hubiera deseado abrazarla.
—¿Estás bien? —preguntó Max a su hermana.
—Sí. No pienso dejar que ese loco me acobarde —dijo ella.
—Deberíamos denunciarle —dijo él.
—No, sería inútil.
Mike no pudo evitar insistir.
—¿Hablas en serio? Acaba de intentar…
Fue incapaz de decir esa palabra.
—¿Violarme? —dijo ella—. ¿Y qué? ¿Crees que su padre no le va a proporcionar una coartada? Vamos, Mike, no seas inocente. Esto no es como en las películas, aquí no siempre ganan los buenos, si es que queda alguien bueno en este mundo. ¿Quién va a reconocer que Craig hizo eso? Aparte de vosotros, el único testigo del incidente fue un vecino que vio cómo yo le agarraba del brazo y lo metía en mi casa. No parece un buen comienzo para una supuesta violación, ¿no crees?
Apretó los dientes al darse cuenta de que ella llevaba razón. Tenía que haber algo que él pudiera hacer para ayudarla. Entonces se acordó de lo que estaba haciendo cuando le había llamado Max. Sacó su teléfono del bolsillo y localizó el documento que había estado repasando.
—Creo que estos textos con las profecías de Nostradamus nos pueden ayudar bastante.
—Mike —dijo Max, señalando con la cabeza a su hermana—, no creo que sea el momento.
—Déjale —dijo Amy, suspirando—. No podemos hacer nada hasta que nos llame papá y creo que me ayudará el poder pensar en otra cosa.
Nervioso, leyó en voz alta la segunda de las cuartetas de Nostradamus que se consideraban relacionadas con Hitler:
Vendrá a tiranizar la Tierra.
Hará crecer un odio latente desde hace mucho.
El hijo de Alemania no observa ley alguna.
Gritos, lágrimas, fuego, sangre y arena.
—Acepto lo de «El hijo de Alemania» —dijo ella—, pero el resto me han parecido frases otra vez bastante generales.
—Llevas razón —dijo él—, su interpretación depende de que se conozcan una serie de datos históricos.
—Ilumínanos entonces —dijo Max.
Él sonrió, pero no fue por la frase de su amigo, sino al ver que Amy le miraba con atención. Sin duda esa mujer era fuerte, se dijo. Acababa de ser atacada por un loco y no solo no había perdido los nervios, sino que estaba de nuevo concentrada en la investigación… y pendiente de él.
—Hay historiadores que afirman —dijo— que la primera línea, «Vendrá a tiranizar la Tierra», hace alusión al intento golpista de Hitler, que fue un fracaso y acabó con él en la cárcel. Más tarde ganó las elecciones y promulgó la Ley Habilitante, que le dio poderes dictatoriales. Es decir, que siempre se comportó como un tirano, fuera por la vía legal o no. La segunda línea, «Hará crecer un odio latente desde hace mucho», haría alusión al resentimiento del pueblo alemán de posguerra, duramente castigado por el Tratado de Versalles, al obligarle a pagar unas deudas terribles a los países vencedores y al permitir también que, por ejemplo, Francia y Bélgica ocuparan militarmente la cuenca minera del Ruhr, el epicentro industrial de Alemania.
—¿Tan duro fue eso para ellos? —preguntó Amy.
—No te puedes imaginar cuánto, el ejército alemán quedó reducido a mínimos, no se les permitía ni tener fuerza aérea. Y Hitler demostró ser un gran estadista ofreciendo a los alemanes esa seguridad que habían perdido. Impulsó la economía y reforzó el marco, cuyo valor estaba por los suelos. Luego hizo lo más difícil, atraer a sus rivales políticos y lograr la reunificación del pueblo. Y lo consiguió buscando un enemigo común, un supuesto culpable para todas las desdichas de los alemanes.
—¿El pueblo judío?
—El mismo —respondió, satisfecho de concentrar la atención de Amy—. Hitler culpó a los judíos de la situación económica del país y de su mala imagen internacional, y esa fue la clave de su victoria electoral en 1933. Y como dice la tercera línea, «El hijo de Alemania no observa ley alguna», que también haría referencia a la Ley Habilitante y a sus consecuencias.
—Sí, que ese hijo de puta invadió Europa y mató a millones de judíos —dijo Max—. ¿Es eso lo que quiere hacer nuestro hombre?
—No —dijo él apesadumbrado—, en realidad pienso que lo que quiere hacer «nuestro hombre», como dices tú, es lo que Nostradamus describió al final de la cuarteta —añadió, mostrando el teléfono, donde la última línea ocupaba toda la pantalla.
Gritos, lágrimas, fuego, sangre y arena.
El mero gesto de abrir los ojos hizo que Craig sintiera un lacerante dolor. Con esfuerzo levantó los párpados y una cascada de luz inundó sus retinas.
—Tranquilo, señor Farrow —dijo una voz grave que parecía estar detrás de un denso muro de aire—. Está usted bajo los efectos de la sedación.
—¿Seee… dación? —dijo, sintiendo la garganta seca y un martilleo en la cabeza.
Parpadeando, se esforzó por visualizar sus últimos recuerdos: su padre llamándole y una furgoneta negra de la que había salido un tipo alto y calvo que vestía un traje blanco. Luego no había nada.
—Enseguida se le irán pasando los efectos. Le hemos sedado para colocar el tabique nasal en su sitio y suturar las heridas del rostro y el cráneo. Enseguida podrá usted irse, pero antes tenemos que hablar.
Con un considerable esfuerzo logró separar los párpados. Estaba tumbado en una sala de paredes metálicas que parecía una especie de laboratorio ultramoderno. Vio varios monitores, que de vez en cuando pitaban suavemente. Un hombre de piel morena y con el rostro cubierto por una mascarilla de cirujano apareció en su campo de visión. Una potente luz le cegó primero el ojo derecho y luego el izquierdo. Intentó alzar los brazos para apartar las manos de ese cabrón.
—Tranquilo, señor Farrow —dijo la voz grave—, es solo una linterna, está usted a salvo. Le hemos inmovilizado por su seguridad, nos hemos encargado de sus heridas.
Con un dolor que le subió desde el cuello localizó la fuente del sonido. Al fondo de esa especie de laboratorio de ciencia ficción vio al jodido tipo que le había recogido en medio de la calle.
—¿Qué… heridas?
—Ha sido golpeado brutalmente en circunstancias que desconozco —dijo el tipo, acercándose—. Mi jefe me ha ordenado que le recogiera y me encargara de sus lesiones.
En su campo visual apareció una mujer, también ataviada con una mascarilla y una especie de pijama de quirófano de color verde oscuro. De repente reaparecieron los recuerdos: Amy, la pelea con el hijo de puta de Max y la posterior llamada de su padre cuando estaba a punto de perder el conocimiento.
—¿Quién es… usted?
—Puede llamarme Jasper, y he de transmitirle un mensaje. —Lejos de querer escuchar ningún mensaje, solo deseó quitarse las ataduras de los brazos y estrangular a esas personas. Tiró de los brazos, sin éxito—. En este preciso momento le estamos administrando una dosis de un, digamos, analgésico experimental. Creo que está usted familiarizado con la farmacología binaural, ¿es así?
Tensó los músculos.
—Mire, Kojak… no sé quién es usted… ni lo que cree saber de mí. Pero como no me suelte de forma inmediata le voy a…
Un estallido partió desde la base de su nariz, expandiéndose por toda su cara. Era como si le estuvieran restregando cristales rotos dentro del cráneo. Un aullido le salió de lo más hondo de su garganta mientras los músculos de sus brazos y piernas se contraían de forma involuntaria.
—¡HI-JO-DE…! —En ese momento cesó el dolor. Lo hizo de forma tan brusca como había comenzado—. ¡… PUTA!
El tal Jasper se inclinó ligeramente sobre él.
—Creo que acaba de ver lo que sucede cuando dejamos de administrarle nuestro analgésico. —Sudando y con la respiración agitada se dio cuenta de que tenía puestos unos auriculares que no había notado hasta ese momento, y que estaba escuchando una frecuencia parecida a las que él usaba en sus chutes. Sin embargo, estaba despierto—. Como puede ver, podemos conseguir efectos eficaces sin que sea necesario alterar el estado de conciencia. Como por ejemplo, suprimir el dolor de sus heridas.
Se dio cuenta de que realmente estaba en manos de ese hijo de puta. Fatigado, asintió con la cabeza. Ya encontraría la ocasión de ajustar cuentas con ese hombre y con quien fuera su jefe.
—¿Qué… es lo que quiere?
—Muy poco, señor Farrow, tan solo que cumpla una pequeña, digamos, misión. Y también asegurarnos de que Mike Brenner no sufre ningún daño.
—¿¡Qué!? ¿Ese es el amiguito maricón de Max? ¿Ese hijo de puta que me ha ridiculizado junto a los dos hermanitos?
Una nueva descarga de dolor le hizo cerrar los ojos y la mandíbula con tal fuerza que oyó el impacto de sus propios dientes.
—¡¡¡BAS… TA!!! —El dolor cesó—. ¡Está bien… joder, no le haré nada! ¡Pero déjenme en paz de una puta vez! —Sintió lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Sabía que sería razonable. Por eso mi jefe me ha encargado que le transmita cuál va a ser su recompensa.
Jadeó unas cuantas veces, disfrutando del placer que suponía no sentir el dolor que por dos veces le había atravesado el cuerpo.
—¿Recompensa? —dijo con un atisbo de sonrisa—. Eso ya suena mejor…
—Si hace lo que se le indique, dispondrá de estas dosis sonoras de analgesia. Y cuando yo se lo indique, Max y Amy Brown quedarán a su entera disposición: podrá usted hacer lo que quiera con ellos. Con total impunidad.
Sintió que su corazón se aceleraba. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras miraba al jodido calvo.
—Creo que… vamos a entendernos.
Max gruñó por la densidad del tráfico en el bajo Manhattan. Se dirigían al Civic Center, donde estaba la oficina del alcalde. Tras gritarle a unos manifestantes y en el momento en que iba a encenderse un cigarro para templar los nervios, sintió cómo el aire salía expulsado de forma brusca de sus pulmones a la vez que su cuerpo se desplazaba a la derecha. Un estruendo de metal y vidrio se le incrustó en los tímpanos. Perdió la referencia del volante y sintió cómo el Volvo se elevaba unos centímetros sobre el asfalto. Durante un instante el vehículo pareció flotar en el aire.
El sonido de los neumáticos chirriando rompió esa sensación tan irreal y todo volvió a suceder a velocidad normal: el vehículo pareció inclinarse a la derecha, pero enseguida volvió a bambolearse hacia el otro lado, movimiento que hizo varias veces mientras el sonido de metal y amortiguadores sufriendo seguía llenando el aire. No había sido un golpe fuerte, pero sí suficiente para desviar el vehículo de su trayectoria. El Volvo aún no se había detenido del todo cuando una mano le tiró del pelo hacia atrás. Sintió algo frío y metálico sobre su sien izquierda, y no necesitó girar la cabeza para saber que tenía una pistola apoyada en ella. Oyó unas palabras, pronunciadas con un marcado acento de algún país del este de Europa.
—Si se mueve, disparo.
Un rápido movimiento de sus ojos le permitió apreciar varios hombres armados alrededor del Volvo, y un ruido de cristales rotos le hizo mirar de reojo a su derecha. El grito de su hermana fue ahogado por una mano con un guante negro de cuero. En un instante otra mano le arrancó el bolso y empezó a registrarlo. Ella logró abrir la boca.
—¿Qué es lo que queréis, hijos de put…?
No terminó la frase, ya que un rápido movimiento del individuo de los guantes terminó con el puño en su boca. Él a duras penas contuvo el impulso de darse la vuelta y descerrajarle un tiro al tío, pero se contuvo, recordando que tenía el cañón de una pistola sobre la cabeza. Sí pudo ver que el individuo llevaba un abrigo de cuero negro. Y que tenía bigote.
—La próxima vez que oiga algo —dijo el tipo del abrigo negro— habrá sesos por todo el coche. Dame el puto dispositivo ahora mismo o empiezo por los de tu amiguito, el que va sentado detrás.
Max sintió el sabor de la bilis ascender por su esófago, pero su instinto le obligó a permanecer quieto: esos tíos eran profesionales y estaban en franca desventaja. Si quisieran haberles matado ya lo habrían hecho. Esos tipos querían el dispositivo sin más, pero eso no quitaba que estuvieran dispuestos a dispararles, así que iban a ganar ese asalto, sí o sí. Lo único que estaba en juego era su vida, se dijo. Sin embargo, Amy no reaccionó a la petición del hombre.
—Amy… —dijo, a pesar de que la presión del cañón sobre su cabeza aumentó—, obedece.
Estuvo seguro de que ella le fulminó con la mirada. Tras unos segundos vio de reojo cómo su hermana sacaba el dispositivo del bolsillo de su camisa y lo depositaba sobre el guante negro del tipo.
—Una elección inteligente —dijo el hombre del bigote—, señor y señora Brown.
En ese momento sintió una súbita presión en la parte posterior de su cabeza y el volante pareció echársele encima. Lo siguiente que oyó fue el duro golpe contra el cuero. Aturdido, cuando logró enfocar la vista se dio cuenta de que a su hermana también la habían golpeado contra el salpicadero, pues se sujetaba la frente con ambas manos y tenía la boca abierta en un rictus de dolor. Cuando fue a mirar por la ventanilla solo pudo ver un todoterreno de color negro sin matrícula y alejándose.
El zumbido que se oía en la sala de espera estaba poniendo nervioso a Xenon. No estaba acostumbrado a esperar y los cinco minutos que llevaba allí sentado se le estaban haciendo eternos. Una puerta de un metal similar al del resto de la estancia se abrió y por fin una joven, bastante atractiva y con una carpeta en la mano, le invitó a cruzar la entrada. Respiró hondo y pasó a otra estancia mucho más grande y de paredes también metálicas donde había infinidad de aparatos electrónicos, consolas de ordenador y teclados y monitores de todos los tamaños. Al otro lado de un enorme cristal transparente había una especie de quirófano de factura moderna. Sobre la camilla vio un tipo rubio enorme. A su lado había un hombre alto, calvo y con un traje blanco. La chica se acercó a un micrófono de una de las consolas y murmuró algo. El tipo calvo caminó hacia una puerta apenas visible que se abrió sin hacer ruido. Oyó el sonido de varios pitidos suaves.
—Señor Kolesnikiewicz —dijo el tipo de blanco—, creo que tiene algo para mí.
Evaluó rápidamente a ese extraño individuo: fibroso, fuerte, de movimientos rápidos y seguros. Le gustó que fuera al grano —no se había molestado ni en presentarse—, pero desconfió de sus ojos. Parecían vacíos.
—Mis órdenes son entregárselo a una persona en concreto.
El rostro del tipo pareció endurecerse, y recordó que en el bolsillo del abrigo llevaba el sedal con el que había asfixiado al tarugo mental del depósito de cadáveres. Su pistola, por desgracia, la había tenido que dejar al entrar.
—Entonces tendrá que cumplir usted con sus órdenes —dijo una voz, quebrada.
Giró la cabeza a su derecha y vio a un anciano en una silla de ruedas de aspecto ultramoderno y equipada con una impresionante cantidad de aparatos. De uno de ellos salía un tubo que se introducía en su cuello. Calculó que ese hombre podría tener más de noventa años.
—Señor Candel —dijo, rebuscando en un bolsillo—. Mis órdenes son entregarle esto a usted en persona.
El hombre de blanco se interpuso entre él y el anciano. En el bolsillo de su abrigo llevaba el dispositivo y el sedal. En función de lo que sucediera cogería uno u otro. Un leve siseo rasgó el aire.
—Señor Kolesnikiewicz —dijo el anciano—, le recomiendo que siga las indicaciones de mi ayudante, Jasper. Sus órdenes también son concretas y bajo ningún concepto permitirá que nadie se acerque a mí. Por favor, entréguele el dispositivo. Es una medida de prudencia, espero que la comprenda.
Con movimientos tranquilos extrajo la cápsula del bolsillo y alargó el brazo en dirección al tal Jasper, que la cogió con un gesto también pausado. La luz verde del aparato había comenzado a parpadear de nuevo. Si ese maldito transmisor no hubiera fallado quizá no hubiera tenido tantos problemas en las últimas horas, pensó mientras el tipo de blanco le acercaba el transmisor al anciano, que lo miró y asintió. Inmediatamente apareció un técnico de laboratorio, ataviado con una bata de color gris, que cogió el objeto con cuidado y lo introdujo en una bolsa de plástico transparente que procedió a sellar. Tan rápido como había aparecido se marchó. La voz del anciano captó de nuevo su atención.
—Ese dispositivo ya no nos va a crear ningún problema. Ha sido muy efectivo, señor Kolesnikiewicz. He oído grandes cosas de usted. Quizá deberíamos hablar despacio, usted y yo… Pero en otro momento. Quizás en un par de días, si las cosas salen bien.
Un leve movimiento de la mano derecha de Wurt hizo que la silla girara sin emitir ningún ruido. El hombre de blanco dio un paso hacia él, señalando en dirección a la salida. La joven que le había acompañado al entrar apareció con su carpeta.
—Si es tan amable —dijo con una amplia sonrisa—, le acompañaré.
Miró atrás y vio que ya no había rastro del anciano. Aquel laboratorio, el viejo y ese hombre del traje blanco le daban escalofríos. Algo que le asombró hasta a él mismo. Pasó por delante de la chica y, unos minutos más tarde, estaba de nuevo frente al edificio de cristal de la calle 58 Oeste, encendiéndose un cigarrillo. Sorprendido, oyó cómo su móvil vibró. Su sorpresa aumentó cuando la misma chica que le había atendido le informó de que le llamaba de parte del anciano. Era curioso, pensó, el hombre al que Frank le había ordenado matar al parecer quería proponerle algo. Se dispuso a escuchar.
—¡Acércate, rata judía!
Leon obedeció sin decir nada. Hacía bastante tiempo que apenas hablaba, allí se vivía más si uno aprendía a tener la boca cerrada. Algo que era especialmente cierto cuando el sargento Sandor Brunner estaba cerca. Cualquier cosa que dijera siempre era motivo para recibir, en el mejor de los casos, un golpe. Alguna vez incluso le había visto echarse la mano al cinto, donde guardaba la pistola. Pero hasta el momento siempre se lo había pensado mejor. Aun así, era consciente de que la suerte de estar protegido por Mengele no le iba a durar siempre. Allí las únicas cosas que estaban aseguradas eran el sufrimiento y la muerte.
Pensó en cómo había cambiado su rutina. Los días que el médico no necesitaba de sus servicios le hacían alternar el trabajo en dos puestos diferentes. Uno era lo que denominaban Canadá, donde un grupo de mujeres jóvenes —que conservaban el pelo y el buen aspecto en general ya que comían mejor que el resto de los prisioneros— separaban y clasificaban las pertenencias sustraídas a los recién llegados al campo. Lo malo era que anexas a esta zona estaban las cámaras de gas, el lugar donde terminaban la mayoría de los deportados y donde en ese momento trabajaba su padre. Ese era el otro puesto donde le destinaban en ocasiones.
El trabajo en Canadá era mucho más sencillo, aunque —como todo allí— tenía un lado tenebroso que podía ser peor que el agotamiento, la hambruna o los castigos físicos. Con frecuencia algunos oficiales de las SS se daban una vuelta por allí y hurgaban de forma aparentemente casual entre los objetos con el único fin de echarse algo al bolsillo. A veces eran las propias mujeres quienes les ofrecían algo valioso que acababan de encontrar, como un reloj o un pequeño candelabro de plata, y que aún no había sido contabilizado. Pero lo que más llamaba la atención de Leon sucedía cuando uno de los soldados se acercaba a alguna de las chicas, generalmente las más jóvenes, y desaparecían con ellas. Él ya no era un niño y sabía lo que hacían. Las chicas solían reaparecer poco después y volvían a clasificar objetos como si no hubiera sucedido nada. De vez en cuando alguna de las «afortunadas» comenzaba con náuseas y a palparse la barriga con pánico. Por mucho que intentaran ocultarlo al final un kapo se chivaba de su estado y la joven simplemente era sustituida. Todos conocían el destino de las preñadas.
Por fortuna nadie se había acercado a él de momento. Muchos de los prominenz, los presos con derecho a privilegios, eran homosexuales. Lo eran a la fuerza, ya que pocos tenían acceso al block 24A, el burdel. Allí es donde iban las chicas realmente hermosas y donde los soldados (y unos pocos presos) podían satisfacer sus instintos. Por supuesto los judíos quedaban excluidos. Aunque hubieran podido acceder, algo impensable, tampoco hubieran tenido fuerzas suficientes para consumar nada.
Una explosión de dolor y un fuerte chasquido en la mandíbula le hizo volver a la realidad.
—¡Cuando doy una orden la quiero ver cumplida de forma inmediata!, ¿me has entendido?
—Jawohl —respondió él, con un hilo de voz—. Sí.
—Perfecto, judío. Coge una bolsa y echa dentro lo que yo te indique.
Con el ojo derecho aún palpitando por el golpe, Leon agarró una de las sacas de tela que una de las chicas se apresuró a alcanzarle y caminó detrás del nazi mientras las mujeres, que no dejaron de ordenar, se encogían a su paso. De vez en cuando el soldado cogía algo, generalmente un reloj, y lo examinaba de cerca. Si no era de su agrado lo devolvía al montón del que procedía. Si le gustaba, lo arrojaba a sus pies y él tenía que recogerlo, limpiarle la tierra y meterlo dentro de la bolsa.
Cuando la saca estaba a medio llenar el nazi se detuvo. Lo hizo delante de una chica de piel pálida, unos enormes ojos verdes y pelo moreno y liso. Él contuvo una maldición. Aunque allí la vida era efímera y era absurdo hacer planes de ningún tipo, no había podido evitar fijarse en ella. Aun a sabiendas de que ambos casi seguro morirían, había averiguado que se llamaba Therese y que tenía dieciséis años. En otra vida estaba seguro de que se hubiera enamorado irremediablemente de ella —de hecho, era posible que incluso ya lo estuviera, pues no se la podía quitar de la cabeza—. Pero estaban en Auschwitz, donde cualquier tipo de sentimiento parecía tan fuera de lugar como un plato de carne recién asada en la mesa de los prisioneros.
Con auténtico horror vio que Sandor se dio cuenta de cómo la miraba y, con una sonrisa retorcida, se acercó a ella. El nazi cogió uno de los relojes que ella sostenía entre sus manos, las cuales acarició ostensiblemente. Con la otra mano tocó el rostro de la prisionera lentamente para luego ir bajando por el cuello. Con el dedo índice abrió su camisa, ofreciendo una amplia visión de su pecho. Sin dejar de sonreír se volvió hacia él.
—Tienes buen gusto, judío… menudo cuerpazo gasta esta zorra.
Apenas pudo contenerse cuando el nazi tiró de la chica, que caminó aterrorizada detrás de él. Un momento después solo oía el tintinear de las monedas y el entrechocar de los objetos que el resto de mujeres seguía clasificando sin pestañear. Apretando los dientes y respirando de forma entrecortada no dejó de pensar lo que ese animal le estaría haciendo a Therese. Con las mejillas acaloradas por la sangre, sintió una inmensa rabia. Y entonces se dio cuenta de que quería matar a Sandor Brunner. Apretando los puños, imaginó cómo le abría la garganta con un trozo de alambre. O mejor, cómo le mataba a tiros con su propia pistola. Cada vez que imaginaba al nazi abusando de la chica discurría una nueva y mejor forma de acabar con él. Hasta que se le ocurrió algo mucho mejor.
Decidido a actuar, se dio cuenta de que no había calculado cuánto tiempo llevaba el sargento con Therese. Así que no sabía del que disponía ni el riesgo que corría si trataba de poner en marcha su plan. Tampoco tenía demasiado que perder, pensó. Su padre era el que peor parado podía salir si su intentona salía mal pero, dado el mal aspecto que tenía últimamente, tampoco parecía que fuera a durar mucho. Y lo que le sucediera a él hacía tiempo que había dejado de importarle. Imaginar al nazi embistiendo a Therese le hizo reunir la determinación que necesitaba.
Sin pensarlo más dejó caer la bolsa de tela sobre un montículo de ropa y se agachó para recogerla. Al hacerlo miró entre los relojes que estaban en el montón que Therese había abandonado y a toda prisa escogió uno de ellos que le pareció adecuado para su propósito. Usando el borde del saco para envolverlo lo atrapó y, con un rápido gesto, se lo introdujo en la boca. Durante todo el proceso, que apenas duró unos segundos, estuvo completamente seguro de que iba a oír un grito en alemán. O de una de las chicas, delatándole.
Cuando se irguió de nuevo estaba sudando y las manos le temblaban. Intentó captar con el rabillo de los ojos si alguien le estaba señalando. Aparentemente todas seguían con la mirada fija en sus montones. Un prisionero entró con una carretilla llena de ropa y la volcó al lado de una de las mujeres. Solo cuando se hubo marchado se atrevió a exhalar el aire, procurando que no silbara por culpa del reloj. Este le estaba destrozando el interior de la boca, pero se las apañó para mantenerla cerrada, concentrándose en respirar por la nariz. Cuando vio que Brunner aparecía de nuevo pensó que acababa de cometer una estupidez. Si le descubría —y bastaba con hacerle alguna pregunta— era capaz de matarle. Quizá fuera mejor echar el reloj en la bolsa y no arriesgarse. Pero al ver aparecer a Therese unos metros por detrás del nazi, el temor fue sustituido por una intensa furia. La chica lucía uno de sus ojos amoratado e hinchado, del que asomó una lágrima que resbaló por su rostro, pasando por encima de un cardenal, uno solo de los muchos que poblaban su cara y cuello, visiblemente inflamados y enrojecidos. Por el interior de uno de sus muslos caía un reguero de sangre. Haciendo esfuerzos para no morder la pieza que llevaba dentro de la boca miró al nazi, de reojo. Este le miró sonriente y echó a andar.
—Mala elección —le dijo al pasar por su lado—, es pésima en la cama.
Amy apenas reparó en la Governor’s Room, la sala destinada a las recepciones oficiales, que dejaron a un lado para acceder a otra más discreta donde esperaban su padre, el alcalde McCain y Scott Owen, el jefe de la policía de la ciudad de Nueva York. Habían llegado tarde por motivos más que obvios. Sintió los nervios a flor de piel y tuvo que redoblar sus esfuerzos para templarlos y detener a su hermano, que ya había comenzado a andar en dirección al capitán Duncan Farrow.
—¡Maldito hijo de puta! —masculló Max en voz baja.
La voz de su padre les interrumpió.
—Donald, Scott, Duncan, gracias por atender a mis hijos. Al parecer han obtenido una posible prueba de que mañana…
El abatimiento se apoderó de ella: aún no había podido contarle que ya no tenían el dispositivo. Le había llamado para decirle que llegarían tarde y cuando fue a explicarle por qué, él se había limitado a decirle con voz gélida que se apresuraran, tras lo cual había colgado. Ese comportamiento le había parecido extraño y había decidido esperar a verle para explicarle lo sucedido. En ese momento se dio cuenta de que ya era tarde para eso.
—Papá, yo…
Su padre la miró de forma severa, incitándola a que permaneciera callada. Se dio cuenta de que acababa de quedar como una estúpida cuando vio que Duncan sonreía.
—… un grupo terrorista pudiera atentar en relación con los actos del aniversario. ¿No es así, hija? Ahora sí es tu turno.
—Sí… digo, no… —Notó cómo los nervios la traicionaban. Algo normal, si tenía en cuenta que había sido amenazada y casi violada en su propio apartamento y que luego les habían arrebatado a punta de pistola el objeto sobre el que giraban sus suposiciones. Y para colmo, el tipo que había perpetrado esto último era un tipo con bigote y abrigo de cuero negro. Una coincidencia llamativa.
—Amy —dijo su padre—. ¿Te encuentras bien?
—¡No, no me encuentro nada bien! —Sintió que algo explotaba por dentro—. ¡Hoy hemos recorrido la ciudad de punta a punta para conseguir una prueba de que alguien está tramando algo para mañana! Hemos ido a la Oficina del Forense para examinar el cuerpo de un individuo que transportaba algo, que creemos podría ser una bomba, en una camioneta que casualmente ha desaparecido del depósito de vehículos en el contexto de una explosión. Y en el cuerpo de ese cadáver no solo hemos encontrado un tatuaje neonazi, sino también lo que parece un dispositivo de seguimiento electrónico implantado bajo la piel de su brazo. Claro que eso ha sido justo antes de que alguien decidiera quemar el cadáver. Dejaré aparte el hecho de que además alguien —miró a Duncan— me ha atacado en mi propia casa y me centraré en que no parece normal que los conductores de camionetas de reparto lleven implantados dispositivos de seguimiento bajo la piel.
Estaba respirando de forma entrecortada, sin saber si McCain y el jefe Owen habían captado su preocupación. Su padre se acercó al alcalde y le susurró algo al oído. Amy rezó para que le estuviera echando un cable. McCain asintió varias veces con la cabeza antes de hablar.
—Gracias, Frank, creo que voy entendiendo. Amy, a pesar de que os habéis saltado por completo el procedimiento, cosa que no apruebo, es posible que hayáis descubierto algo importante.
No pudo dar crédito a lo que estaba oyendo, ¡le estaba dando la razón! Miró a Mike, que sonreía aliviado. Sin embargo, al ver la expresión de su hermano se extrañó, pues él sí la miraba muy seriamente. Enseguida comprendió por qué.
—¿Podríamos ver ese dispositivo que dices que habéis encontrado? —preguntó el jefe Owen.
Sintió cómo un enorme peso se le venía encima. Max cerró los ojos, al contrario que Mike, que los abrió de par en par.
—Ya… —tragó saliva—, ya no lo tenemos.
—¡¿Cómo que no lo tenéis?! —preguntó su padre—. ¡Donald y Scott han sacado tiempo de una cena con el presidente… porque tú me has insistido en que tenías una prueba!
—Tranquilo, Frank —dijo McCain—, seguro que hay una explicación.
Max se adelantó.
—Cuando veníamos hacia aquí nos han atacado y nos han robado el dispositivo. Eran profesionales, han actuado con una eficacia brutal y no hemos podido hacer nada para…
—¿¡Qué!? —dijo Duncan—. ¡Eres un inútil! ¿Dos agentes de policía armados no os habéis sabido defender de unos rateros?
—¡Y una mierda unos rateros! —gritó Max.
Amy sintió que todo giraba alrededor suyo. Esa situación se le estaba yendo de las manos.
—Si ese aparato era un dispositivo de rastreo —dijo su padre mirando a Duncan—, tiene su lógica que quienes lo estuvieran buscando conocieran su posición. Si les han tendido una emboscada poco han podido hacer ellos desde el interior de un vehículo.
Enarcó una ceja. Algo en ese comentario no le encajó.
—Señores —la voz del alcalde le distrajo—, lamento informarles de que no dispongo de excesivo tiempo. Esta noche va a ser muy larga, ni siquiera sé si podré dormir unas pocas horas. Por lo que ha relatado la agente Brown puede que estemos ante una potencial amenaza, algo que tendría mucha repercusión en los actos de mañana.
—No hay ninguna prueba que apoye esa teoría —añadió Duncan—. Así que no veo la necesidad de generar miedo entre la población.
—A pesar de que entiendo que esta historia ha de ser investigada a fondo, opino lo mismo que el capitán —apostilló el jefe Owen.
Amy sintió la rabia ascender desde su estómago.
—Con todo el respeto —dijo, confundida—. ¿Qué me dicen de la explosión del depósito de vehículos? ¿Y de los asesinatos? ¿O del ataque a la Oficina del Forense? ¿O de ciertas visitas que he recibido en mi propia casa? —añadió, mirando a los ojos de Duncan, que desvió su mirada hacia el suelo.
—Amy —le interrumpió su padre—, todos esos hechos serán investigados, pero no podemos establecer un nexo común sin pruebas. McCain, Owen y Duncan hacen referencia a que cualquier decisión que se tome aquí tendría una repercusión no ya para la ciudad, sino a nivel nacional. Plantear suspender los actos o mandar al presidente de vuelta a Washington son palabras mayores. Tenemos que tener alguna prueba para plantear algo así. Si al menos hubiera algún tipo de llamada, amenaza o evidencia…
—El único nexo de todos esos sucesos —murmuró Duncan, con su voz abotargada— ¡es que vosotros habéis estado presentes en ellos!
—¿Se puede saber qué narices insinúa con eso? —dijo Max, dando un paso hacia él.
Amy pensó que aquello tenía que ser una pesadilla.
—¡Que lo único que queréis es hacer creer a todo el mundo que hay una conspiración en esta ciudad con el fin de ridiculizar el enorme esfuerzo que he hecho para garantizar la seguridad mañana! ¡Y para ello os estáis inventando esa historia!
—¡No nos estamos inventando nada! —dijo ella, con el corazón desbocado.
—¿Sí, agente? —dijo Duncan en tono burlón—. ¿Nos puedes aclarar entonces en qué os basáis para suponer que mañana estaremos todos en peligro?
—Este chico… —señaló a Mike— ¡ha visto una bomba en el interior de esa camioneta!
—¿Y cómo es que él ha visto esa bomba? —preguntó el jefe Owen.
Solo fue consciente de la gravedad de lo que estaba haciendo cuando oyó sus propias palabras saliendo de sus labios.
—¡Tiene la capacidad de recibir transferencias de pensamiento, puede leer la mente! Y es justo lo que ha hecho con el detenido esta mañana, antes de que lo asesinaran.
—Amy, quiero hablar contigo.
Frank Brown pronunció esas palabras mientras cogía del brazo a su hija y la acompañaba fuera. La noche era fresca y los jardines del City Hall amortiguaban el ruido del tráfico. Unos metros por detrás de ellos caminaban Max y el chico joven, visiblemente afectados por lo que su hija había revelado. No podía creerse la suerte que había tenido con todo aquello: no solo había desacreditado a sus hijos, sino que había conseguido una información terriblemente valiosa. Pero aún quedaba algo por hacer.
—Hija —dijo, fingiendo estar apesadumbrado—, no es fácil tratar con el máximo dirigente de una ciudad y menos en la antesala de un aniversario como el de mañana. Lo habéis hecho lo mejor que habéis podido.
—Papá, yo…
—Siento mucho que os hayan robado ese dispositivo. Pero sin pruebas no hay nada que hacer. Quiero que sepas que yo sí os creo.
—¿De verdad?
—Tengo motivos para hacerlo —dijo, pensando en la cara que pondría su hija si supiera la verdad—, sois mis hijos y siempre creeré en vuestra palabra. Hablaré con Duncan, le convenceré de que lo investigue. Y no os preocupéis por McCain, mañana le explicaré que hay indicios de que realmente haya un caso ahí. Le convenceré de que hacíais lo correcto.
—¿Y qué pasa con él? —preguntó Max, que les había alcanzado, señalando a Mike—. Quiero decir, con eso que ha contado ella, lo de que puede leer la mente. —Frank apreció la mirada furiosa que su hijo le dedicó a Amy.
Sonrió ampliamente y agarró a su hija del hombro.
—Estoy seguro de que eso no ha ocurrido así. Hija, creo que has malinterpretado lo que te han contado: acepto que Mike efectivamente haya interrogado al detenido. Y como experto en neuropsicología ha deducido que estaba sometido a un enorme estrés porque llevaba una carga terriblemente peligrosa. Como una bomba, por ejemplo. Es lo que casi con toda seguridad ha ocurrido, ¿verdad? —añadió, mirando a Mike—. Es algo mucho más lógico que intentar convencer al alcalde de que puedes leer la mente.
Los ojos de Mike brillaron.
—Oh, ¡sí, claro! —dijo, asintiendo—. Ha sido… justo así.
Aquello estaba saliendo a pedir de boca.
—Perfecto, entonces —dijo, dándole una palmada en la espalda al chico—. Mañana se lo explicaré al alcalde y aquí no habrá pasado nada, salvo una pequeña confusión.
—Gracias, señor Brown —dijo el chico.
Antes de despedirse les pidió que le contaran cualquier nueva averiguación o idea que se les ocurriera en referencia a todo ese asunto. Cuando se hubieron marchado encendió un habano y se quedó mirando el cielo mientras pensaba en Mike. «Capaz de leer el pensamiento», se dijo mientras exhalaba el humo. Por fin sabía por qué el viejo estaba interesado en ese chico. Lo siguiente que necesitaba averiguar, pensó mientras disfrutaba del aire fresco y del olor de su puro, era para qué necesitaba el anciano a alguien con esa capacidad. Sonrió al darse cuenta de que con un poco de suerte Mike podía ser la clave de su venganza. Esa que tanto tiempo llevaba deseando ejecutar.
—¡Lo siento! —le dijo Amy, cuando por fin se quedaron solos.
Mike apenas sintió el aire fresco o el sonido del borboteo de la fuente que dejaron atrás mientras caminaban hacia la parte sur de los jardines del City Hall. Ella (¡ella!) había traicionado su confianza. Entendía que hubiera sido una atrocidad guardar su «secreto» y con ello dejar que muriese gente, pero eso no quitaba que se sintiese traicionado. ¡Y encima por Amy!, la mujer que en solo unas horas le había hecho replantearse su solitaria vida.
Le llegó un leve olor a humo. Max, algo más retrasado en la marcha, sostenía un punto de luz anaranjado entre los dedos. Por un instante le resultó agradable aspirar ese olor. Entendió que Amy les había ayudado confiando en ellos, faltando a su puesto de trabajo y exponiéndose al ataque de un loco en su propia casa. Y había sido ella quien había organizado esa reunión para finalmente quedar en ridículo.
Inhaló de nuevo el olor del cigarro de Max, y de pronto comprendió por qué los fumadores necesitaban eso en momentos concretos. Ese era uno de ellos, y la idea le hizo gracia. Llevaba años investigando sobre drogas y después de cientos de artículos y experimentos iba a descubrir, gracias al cigarro de un amigo en el día más extraño de su vida, por qué algunas personas terminaban recurriendo a ellas. Para su propia sorpresa le arrebató el cigarro al policía, se lo llevó a los labios e hizo una inspiración profunda.
La tos le cogió por sorpresa, casi tanto como las náuseas. Pero en cuanto se recuperó se dio cuenta de que se sintió algo más relajado. Claro que también comenzó el mareo. Sintiendo los ojos vidriosos decidió devolver el cigarro a Max, que lo miró como si se hubiera transformado en la varita de Harry Potter, o algo así.
—Soy yo el que lo siente —dijo, mirando a Amy.
—Sí que te ha sentado mal el cigarro… —dijo Max, sin dejar de mirarlo.
—Eres una gran mujer —siguió él—. Cualquier persona en tu lugar, tras vivir lo que has sufrido tú hoy, se hubiera derrumbado. Algún día serás una de las mejores agentes de esta ciudad.
Sin dejar tiempo para que dijera nada más ella se acercó, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla. Él sintió como si una corriente eléctrica le bajara desde el cuello hasta la base de la espalda.
—Sin embargo —añadió él, apartándola ligeramente—, me he dado cuenta de una cosa: soy yo el que sobra aquí.
—¡¿Qué?! —dijo ella.
—Definitivamente —dijo Max arrojando el cigarro al suelo— esto te ha sentado fatal.
—Hablo en serio —insistió—. A menos que vuestro padre de verdad os eche un cable, vais a tener problemas por confiar en alguien que dice que es capaz de leer la mente. Suena bastante ridículo.
—No… no puedes hablar en serio —dijo ella, cogiéndole del brazo—. Mike, ya te he dicho que lo siento… Yo…
No sabía qué decir ni cómo reaccionar. Quería quedarse, abrazarla, incluso besarla. Pero le dolía lo que había hecho. Con el corazón encogido y negando con la cabeza dio un paso atrás. Ignorando las protestas de ambos se dio la vuelta y caminó hacia la salida, donde no tardó en encontrar un taxi, donde se hundió. Le gustaba esa chica, pero ¿cómo iba a fiarse de ella? Se arrebujó aún más en el asiento mientras las luces de los letreros de Broadway se reflejaban en su rostro. Qué idiota había sido. Esas cosas solo funcionaban en las películas.
—Solo quería ayudar…
Sintió cómo Max se acercaba y Amy se dejó abrazar. Al hacerlo no pudo evitar que las lágrimas se desbocaran y lloró. Lloró por la humillación que había sufrido en su propia casa, porque les habían robado el dispositivo y porque creía firmemente en lo que había visto Mike. Pero sobre todo lloró porque le había traicionado sin querer. Había pretendido ayudar y lo único que había hecho había sido perjudicar a su hermano y a Mike. Frustrada, golpeó el hombro de Max mientras este le susurraba que se calmara. El olor a tabaco de su ropa se le hizo extraño.
—Tranquila, se le pasará —dijo él tras unos minutos.
—¿Tú crees? He roto en horas una promesa que tú has mantenido durante años…
—Hoy está siendo un día duro para todos. Y aún te necesito, hermanita.
—¿A qué te refieres? —dijo ella, limpiándose el rostro.
—No sé tú, pero yo no pienso abandonar, aquí hay algo que no me gusta nada. Llevamos todo el día a la carrera, persiguiendo un fantasma que siempre se nos adelanta. Y cuando conseguimos una prueba material, nos la arrebatan con la misma facilidad con la que se le quita un caramelo a un niño.
—¿Y qué crees que tendríamos que hacer ahora? —preguntó, agradecida de tener algo en lo que pensar.
—El problema es que no sé ni por dónde empezar. No tenemos la más mínima huella o pista que seguir. El dispositivo era nuestra única línea abierta.
Meditó sobre las palabras de su hermano, dándose cuenta de que había dicho algo importante, algo que una parte de su cerebro sí había captado.
—Un momento —exclamó—. ¿Has dicho «huella»?
—Sí, he dicho que…
—¡Sí que tenemos unas huellas!
—¿Se puede saber a qué te refieres?
Hurgó en sus bolsillos con el corazón acelerado.
—¿No te acuerdas? —dijo con voz triunfal, mientras extraía una bolsita que contenía unas pequeñas cartulinas plastificadas—. ¡Sí que tenemos unas huellas! ¡Las huellas digitales del cadáver!
—¡Entra, rata judía!
La voz del sargento Brunner precedió a la patada que recibió Leon. Cada día se la daba en un sitio y en un momento diferente del camino. Muchas veces lo hacía al subir los escalones del block 10, cuando tenía el rostro a escasos centímetros de la puerta o cuando había un charco de aguanieve cerca. Ese día exageró su expresión de dolor para que el sargento se sintiera satisfecho y dejó, con morboso placer, que su rostro se despellejara contra la puerta. Eso le dolió de verdad. Excitado a pesar del dolor, vio con el rabillo del ojo cómo el sargento se daba la vuelta.
Entró apresuradamente en el pabellón y se encaminó hacia el despacho de Mengele. A pesar de que su puerta estaba abierta se quedó bajo el marco de esta sin mover un músculo. Al médico le molestaba sufrir interrupciones cuando estaba concentrado en la lectura de un documento. Se fijó en los objetos que había alrededor de su escritorio. Los que más le llamaban la atención eran los frascos, llenos de un líquido amarillento en el que flotaban restos humanos. En algunos incluso habían fetos que, según le había explicado el médico, había sacado con sus propias manos de los vientres de sus madres para estudiar el desarrollo de determinados rasgos genéticos.
—Adelante, no te quedes ahí —dijo su mentor.
Respiró hondo. Había sido el día de antes, cuando supo por una mujer de Canadá que Therese había sido «trasladada» tras comenzar con náuseas, cuando por fin se había decidido a ejecutar su venganza.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Mengele, alzando la vista.
—Sí, Herr doktor… —dijo, alargando su brazo mientras una gota de sudor le resbalaba por la frente—. Esto… se le ha caído al soldado que me ha acompañado. No he podido avisarle y…
El médico se levantó y le agarró la mano con un gesto brusco. Mostró una expresión de estupefacción primero y de furia después. Lógico, ya que en la palma de su mano descansaba el reloj que varias semanas atrás había sacado, oculto en la boca, de Canadá, y que había escondido enterrándolo al lado de su barracón.
—¿Estás seguro de que esto se le ha caído al sargento?
Notó cómo a la gota de sudor de su frente se le unían varias más. Estaba mintiéndole a un oficial nazi, en concreto a uno de los más sanguinarios del campo. Sintiendo su pecho a punto de explotar, intentó que no se le notara que estaba asustado. Tenía que sonar convincente, si fallaba era fácil intuir las consecuencias, así que cogió aire antes de contestar en tono firme aunque simulando preocupación.
—Me ha parecido oír cómo algo caía al suelo, ha sido cuando el sargento se ha dado la vuelta. Me he agachado y he visto esto. He pensado en avisarle, pero ya estaba lejos. Tampoco me he atrevido a correr tras él, no quería llegar tarde. Así que he pensado que lo mejor era dárselo a usted para que se lo devolviera al sargento. ¿He obrado mal, Herr doktor?
El médico le arrancó el reloj de la mano y lo sopesó durante unos segundos, tras los cuales le dio la vuelta, girándolo para ver el reverso. Se detuvo en seco y frunció el entrecejo, mirando el objeto de cerca. Finalmente resopló por la nariz, furioso. Él sabía el motivo, ya que en ese dorso estaba grabado el nombre de Vasyl Smolen. Por eso había elegido ese reloj. Aquel era un nombre judío, así que solo había una explicación para que ese objeto hubiera llegado hasta el bolsillo de un soldado alemán.
La noche antes le había dado mil vueltas a la posible cadena de pensamientos de Mengele. Este enseguida tendría claro que el reloj procedía de Canadá, pero le faltaría saber si realmente había sido el sargento quien lo había sustraído. De hecho, razonaría, había que ser estúpido para coger algo de allí y llevarlo en el bolsillo. Así que si alguien lo llevaba encima era porque probablemente venía de esa zona. Y solo una persona había hecho esa mañana el recorrido desde Canadá hasta el block 10, precisamente la que le había acompañado hasta allí. Rezó, intentando contener los nervios. Pero a medida que pasaban los segundos su idea le iba pareciendo más y más absurda. Un puñetazo del médico sobre la mesa le hizo dar un brinco.
—¡Maldito ladrón! —gritó—. ¡Tenía que haberme encargado de ese sargento hace tiempo! —Sin soltar el reloj descolgó el teléfono de su escritorio y habló—. Hauptsturmführer Josef Mengele. Quiero una conferencia con Berlín, ¡sí, inmediatamente! —Breve pausa—. ¿Que con quién quiero hablar? ¡Con el Reichsführer Heinrich Himmler! ¿Lo conoce usted? —Hubo una nueva pausa, esta vez mucho más breve, tras la cual añadió—: Bien, lo suponía, ¡páseme con él ahora mismo!
Estrelló el auricular contra el soporte y el metal repiqueteó durante unos segundos. ¡Había funcionado! Sin embargo, la euforia se disipó al ser consciente de lo que acababa de desencadenar. Cuando alzó la vista vio que el médico tenía su mirada fija en él. Todo el cuerpo comenzó a temblarle.
—Lo siento, Herr doktor… No quería enfadarle, lo siento si he obrado mal.
—En absoluto, hijo mío, esta llamada no tiene nada que ver contigo. Tú acabas de hacerle un gran servicio al Führer. Son otros los que van a pagar cara su traición al Reich.
Craig entró en su apartamento. Se sentía mareado y con la cara dolorida. Trastabilló para conseguir llegar al baño, donde vomitó por culpa del dolor. Cuando hubo terminado no tuvo fuerzas ni para evacuar el retrete y decidió quedarse tumbado allí mismo. Respirando hondo recordó la últimas dos horas, que había dedicado a cumplir el encargo del mamarracho del traje blanco: había ido a la comisaría, donde no esperaban verle, intentando pensar en una buena excusa para llevarse un furgón a esas horas. Al final apeló a una orden directa de su padre. Afortunadamente el encargado del turno de esa noche en vehículos era Dexter, uno de sus compañeros de promoción con el que compartía una particular afición por las putas que ofrecían servicios gratis a los polis que interferían poco en sus negocios. Unos minutos después salió de allí con unas llaves en la mano.
No le costó encontrar el garaje con aspecto abandonado que el hombre de blanco le había indicado. Nada más acercarse la puerta se abrió y unos tipos con pinta de proceder del este de Europa le invitaron a bajar. Le acompañaron a un cuartucho donde se limitó a fumar unos cuantos cigarros y a beber unos tragos acompañado por uno de ellos. Tenía el pelo cortado al cero, un poblado bigote y una esvástica tatuada en el brazo. De locos, había pensado. Tras veinte minutos de silencioso humo y whisky, uno de esos chalados de gimnasio por fin abrió la puerta.
—Puede llevar furgoneta —dijo en un inglés pésimo—. No entre parte trasera, ni abrir la puerta. ¿Ha entendido?
«¿Cómo voy a entender una mierda si apenas sabes hablar?», había pensado mientras asentía con un gruñido. Se levantó, tomó las llaves de la mano del mercenario, subió al furgón y, tras escupir por la ventanilla un espeso salivazo con alcohol, tabaco y un par de hilos de sangre —«¿De dónde cojones habrá salido eso?»—, arrancó el motor. Poco después pasó el control de acceso a Zuccotti Park sin dificultad, ya que el vehículo era uno de los autorizados a acceder a la zona restringida, y por fin estacionó el furgón en el sitio exacto que marcaba el GPS que le habían proporcionado. Era al lado de la tarima de autoridades. Cuando ya pensaba que iba a poder marcharse a casa a disfrutar de su más que merecida dosis (la cabeza ya la estaba empezando a machacar), apareció el entrometido de Bruce, que al parecer estaba cubriendo el turno de Max allí. «Mierda», pensó al verlo.
—¿Qué hace esta furgoneta aquí? —preguntó el viejo.
—Órdenes… del capitán —dijo él, intentando no mirarle directamente para que no le oliera el aliento—. Quiere proteger… —sintió su voz pastosa de nuevo— este acceso.
Bruce le miró, arrugando la nariz. Maldiciendo, pensó que no tendría que haber bebido. Se sentía espeso.
—¿Acaso prefieres llamarle a él directamente? —añadió, mostrando su reloj—. Estoy seguro de que le encantará que le despiertes.
Sintió un momento de terror cuando Bruce sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número sin dejar de mirarle fijamente. Respiró cuando se dio cuenta de que estaba llamando a la comisaría para comprobar el registro de salida de vehículos. Tras unos segundos que a Craig se le hicieron eternos y en los que notó cómo unas gotas de sudor se le empezaban a perfilar en la frente, Bruce asintió.
—Dexter lo ha confirmado. Aun así no me parece un buen sitio —dijo, señalando la furgoneta—. Podría bloquear la ruta de salida del vehículo presidencial.
—Es una orden directa de mi padre —insistió él—. Ya sabes lo que tienes que hacer si crees que es errónea —dijo, señalando el móvil de su superior.
—Mañana hablaré con tu padre largo y tendido. Esto me huele raro.
Él se limitó a encoger los hombros y a murmurar por lo bajo que se fuera a la mierda. Buscó a un agente al que ordenó que le llevara a comisaría, donde por fin pudo recoger su coche para volver a casa.
Consiguió levantarse del baño, aunque con bastante esfuerzo. Tenía que hacerlo para acercarse al jodido ordenador y descargar las nuevas dosis de su correo, si no quería que su cara terminara ardiendo de dolor. Apoyándose en las paredes, llegó a trompicones hasta la mesa donde estaba su portátil. Pulsó el botón de arranque. El minuto y medio de espera hasta que vio el escritorio se le hizo eterno. Desesperado, abrió su programa de correo electrónico. Una ventana se abrió en mitad de la pantalla.
Fallo de conexión con el servidor.
—¡¿Pero qué cojones es esto?! —bramó, golpeando la mesa con el puño.
Volvió a intentarlo varias veces mientras el sudor le bajaba por la espalda, pero en todas obtuvo el mismo resultado. Desconectó y conectó todos los malditos cables, cada vez con más dificultad debido a sus dedos torpes, que no dejó de maldecir. Tras reiniciar por tercera vez, angustiado, dio un grito y arrojó el ordenador hacia un lado. El sonido del plástico quebrándose le hizo darse cuenta de la estupidez que acababa de cometer. Respirando de forma agitada recogió los restos de la pantalla, ahora quebrada en pedazos.
—¡Mierda! —gritó, con la voz afónica—. ¡Mierda, mierda y mierda!
Tenía que pensar algo, pero era difícil con el dolor cada vez más agudo que le estaba atravesando el cráneo. Tenía que hablar con esos tipos, esos cabrones le debían sus dosis. No era culpa suya si no podía recibir correo. Agitado, cogió su móvil. Sí, eso era, bastaría con llamarlos, ellos lo arreglarían. Buscó la última de las llamadas recibidas. En vez de un número, había un texto.
Número sin identificar.
—¡Joder! —gritó, arrojando el móvil al suelo.
No tenía ningún jodido número al que poder llamar. Y no tenía claro que llamar a la centralita de la empresa fuera la solución. Le resultó fácil imaginar la conversación: «Hola, ya sé que es de madrugada, pero quisiera hablar con un tipo calvo con traje blanco, que podría llamarse Jasper o a lo mejor no y que se dedica a recoger policías de la calle, operarlos, drogarlos, y luego los envía a transportar furgonetas cargadas de vete a saber qué a lugares por donde van a pasar presidentes de Estados Unidos… ¿Sabe ya de quién le hablo?»
Maldijo en voz alta, había sido un estúpido. Se llevó las manos al rostro y se apretó las órbitas con los índices intentando mitigar el dolor, pero lo único que consiguió fue aumentarlo. Solo podía hacer una cosa, si no quería estar revolcándose de sufrimiento en poco tiempo. Respiró hondo y, apretando los dientes, abandonó su apartamento. No sin antes coger su pistola.
—Max, ¿sabes qué hora es?
La voz de Bruce se mezcló con el sonido de la cerilla que frotó contra el borde de la caja. El olor a fósforo impregnó el aire.
—Sinceramente, no. Y la verdad, me importa una mierda.
Bruce hizo un gesto con su mano, como dándole por imposible, y él sonrió. Se conocían desde que Max entrara en el cuerpo. Había sido Bruce quien le había enseñado, entre otras cosas, a insistir en un caso cuando las pistas estaban aún frescas. Bruce hubiera sido el sucesor ideal de Al Bronson, el antiguo capitán. Pero la llegada de Duncan lo trastocó todo. Los miembros de la denominada «vieja guardia» pronto empezaron a ser trasladados. Al principio contra su voluntad, pero tras unos meses, a petición propia. Aquella comisaría se había convertido en un infierno para cualquier veterano. O simplemente cualquier poli con ganas de trabajar.
—Me has hecho abandonar a toda prisa mi puesto en Zuccotti Park, donde precisamente me ha enviado el capitán porque tú no estás, para venir a ayudarte a identificar unas huellas en un caso que te han ordenado expresamente que no investigues. ¿De verdad quieres que contribuya a terminar de hundir tu carrera?
Exhaló el humo de su cigarro sin decir nada. Sabía que eso era todo lo que necesitaba explicarle a su amigo.
—Está bien, haré una llamada… —cedió al final este.
Sonrió, agradecido. Cuando su compañero hacía «una llamada» era capaz de movilizar al jodido responsable de la base de datos de Quantico si era necesario, y sin mirar la hora.
—¡Bill, qué alegría hablar contigo! —dijo Bruce.
—¿Crees que lo conseguirá? —preguntó Amy, acercándose—. Acceder a la base de datos de huellas dactilares del FBI no es fácil.
—Desde luego —dijo él—, y menos aún si no tienes permiso. Pero aunque lo veas mayor, con poco pelo, con unos kilos de más y arrinconado en un cubículo, trabajó durante años en el FBI y ha sido asesor de dos alcaldes y varios congresistas. Y sí —dijo señalando un monitor—, tampoco es un experto en esta mierda que ahora lo controla todo, pero se defiende bastante bien y conoce esta jodida ciudad como nadie. Si hay un poli al que casi todo neoyorquino le debe un favor, ese es él. Y lo más importante, es capaz de averiguar cualquier cosa usando un jodido teléfono. Recuerda que hubo una época donde esa mierda de Internet no existía y también resolvíamos casos.
Ella sonrió.
—¡Max, deja de contar batallas y pon a la chica a trabajar! —exclamó Bruce, tapando el auricular—. Tenemos que escanear las huellas. Más le vale a la agente hacerlo rápido, hay que enviarlas por correo electrónico. Sabrá hacer eso, ¿no? —añadió guiñando un ojo.
Amy se sentó frente a uno de los terminales y comenzó a teclear. En menos de dos minutos había hecho lo que Bruce, que seguía al teléfono, les había ido indicando.
—Ya le han llegado a Bill —dijo su amigo—. Ahora tenemos que esperar un poco.
Él le pasó un cigarro a su compañero y le ofreció una cerilla. Ambos lo encendieron casi a la vez.
—¿Aquí no estaba prohibido fumar? —preguntó Amy.
—No —respondieron ambos al mismo tiempo, su amigo con el auricular pegado a la oreja.
Bruce comenzó a garabatear en un papel, con el cigarro colgando del labio.
—Gracias, Bill, te debo una —dijo, tras lo cual colgó el teléfono y leyó en voz alta el papel que sujetaba en la mano—. Lo tengo, chicos, vuestras huellas pertenecen a un tal Daniel Thompson.
Sonrió a su amigo, que le respondió haciendo un gesto despectivo con la mano. Esos eran los buenos recuerdos que atesoraba de cuando un policía podía trabajar como un policía, no como un maldito abogado de Harvard. Amy se abalanzó sobre su teclado y escribió a toda pastilla. Él se acercó a la pantalla y vio, junto a sus datos personales, la foto del individuo que Craig había detenido.
—No puede ser… —dijo ella, separándose del teclado.
—¿Qué sucede, hija? —preguntó Bruce, que miraba el monitor sin comprender.
Max se esforzó en localizar el dato que había sorprendido a su hermana. Vio que en la ficha de Daniel Thompson aparecían su nombre, apellido, fecha de nacimiento, número de la seguridad social y, lo más importante para ellos, una dirección, el 462 de la calle 137 Este, apartamento 3B. Amy señalaba este último dato, y le miró con los ojos completamente abiertos y sin apenas color en la piel.
—¡Esta misma mañana he estado en esa casa! Dios mío, ¡creo que he hablado con su mujer!
Amy se sintió desconcertada: por segunda vez ese día estaba frente a la cochambrosa entrada del 462 de la calle 137 Este. Mientras subía las escaleras sacudió la cabeza, intentando centrarse en esa visita que le resultaba de lo más inquietante. Los golpes de su hermano sobre la puerta del apartamento 3B le ayudaron a volver a la realidad.
—¡Policía! ¡Si no abre, echaremos la puerta abajo!
Oyó algo de movimiento al otro lado de la puerta. Al cabo de unos segundos la puerta se abrió, al igual que esa mañana, desplazándose apenas unos centímetros. Por el hueco asomó el mismo rostro que ella recordaba, solo que ahora tenía un aspecto aún más pálido y ojeroso. Intuyó que no era solo por la hora intempestiva.
—Señora Thompson, quiero decir, Ann-Mary —dijo ella, intentando que su voz sonara amable—. ¿Se acuerda de mí?
—¡Es usted la policía de esta mañana! —dijo, empujando la puerta—. ¡¿No le he dicho que se fuera?! ¡Aquí no pasa nada, déjenme en paz!
—Señora Thompson —se adelantó Max—. Aquí sí que está sucediendo algo. Queremos hablar con usted, es referente a su marido.
Ann-Mary abrió la boca de forma desmesurada. Pero al igual que antes, esa reacción enseguida se transformó en un súbito y aparentemente poco espontáneo estallido de ira.
—¡Lárguense de aquí ahora mismo! —exclamó—. ¡No quiero saber nada de ese desgraciado!
Amy se fijó en sus ojos. Hubiera jurado que decían exactamente lo contrario que sus palabras.
—Ann-Mary, es importante —dijo, intentando evitar que la puerta se cerrara—. Hay algo que tiene que saber sobre él.
—¡Usted no lo entiende! —dijo la mujer, llorando—. Sea lo que sea, ¡no quiero saberlo!
Creyó ver una súplica en su mirada, esa mujer estaba intentando decirles algo. Y no tenía del todo claro que fuera precisamente que se marcharan de allí.
—Señora Thompson —dijo Max, agarrando el borde de la puerta—, ¡vamos a entrar!
Se alegró de detener a su hermano en el mismo momento en que Ann-Mary cerró la puerta. Si no lo hubiera hecho él hubiera sido capaz de arrancarla de cuajo. Y viendo la puerta parecía una tarea bastante fácil.
—¿Se puede saber qué haces? —le gritó Max—. ¡Tenemos que hablar con ella! No hemos venido aquí para…
Ella le miró fijamente a los ojos.
—Vamos —dijo en voz alta—. Si no quiere hablar, no tenemos nada que hacer aquí.
Le hizo un gesto con la cabeza y su hermano pareció comprender.
—De acuerdo, llevas razón, estamos perdiendo el tiempo —dijo él.
Comenzaron a bajar los escalones. Amy le recordó que no se pegara a las paredes, por donde correteaban insectos de todo tipo con total impunidad. Aparentando acercarse para sacudirle la chaqueta, le susurró al oído.
—Es la segunda vez que hablo hoy con esa mujer y en ambas ocasiones ha reaccionado exactamente igual. —Alisándole la espalda, siguió—. Creo que intenta decirnos algo pero tampoco tengo certeza. Y no podemos entrar en su casa a la fuerza. Ni siquiera podemos volver a tocar a su puerta. Si llama al 911 estaremos en un buen lío.
El sonido de una cerilla rasgó el aire, iluminando el descansillo. Decenas de minúsculos (y no tan minúsculos) seres corretearon por la mugrienta pared huyendo de la luz. Amy intentó no pensar en lo que podía estar escalando por sus botas.
—No vamos a abandonar —dijo él—. Esa mujer es nuestra única pista, hermanita.
—Pero si no nos deja entrar, estamos en una vía muerta.
Max parecía pensativo. Le llamó la atención esa imagen de su hermano, fumando tranquilamente en un edificio infestado de insectos y poblado de yonquis en uno de los barrios más peligrosos de Nueva York. No parecía sentirse incómodo. Unos segundos después, su voz, acompañada por una bocanada de humo que impregnó al aire, rompió el silencio.
—Y una mierda, una vía muerta —dijo, y comenzó a bajar los escalones a toda prisa.
Ann-Mary cerró la puerta temblando. No podía entender cómo esa agente había ido por segunda vez ese mismo día, esta vez además de madrugada y acompañada de un hombre mayor que ella y que sin duda también era poli. Habían mencionado a Danny, algo que no era una buena señal. Era cierto que no quería saber nada de él, ya que por su culpa sus hijos estaban en peligro, pero no quería imaginarse las consecuencias de que le hubiera podido suceder algo. Apoyó la cabeza sobre la madera de la puerta y deseó que hubieran entendido su mirada de súplica.
—¡Muévete, zorra! —Sintió un empellón en la espalda—. ¿O acaso quieres que vuelvan?
La voz del desgraciado que la apuntaba con el arma la hizo moverse. Había perdido su última oportunidad para intentar salvar a sus hijos. «A dos de ellos —se corrigió inmediatamente, ya que no sabía dónde podía estar su hija—. Ojalá el pequeño Daniel no hubiera vuelto a casa», pensó mirando de reojo el cuarto de estar. Hubiera estado más seguro durmiendo bajo un cartón en la calle que con ese asesino al lado. El sonido de un móvil le hizo dar un respingo.
—Diga, jefe —dijo el mercenario.
«Por favor, que todo haya terminado ya», rezó en silencio.
—De acuerdo, voy para allá.
Abrió los ojos súbitamente esperanzada, ¡ese fulano se iba! Eso solo podía significar que Danny había cumplido con lo que tuviese que hacer. Seguro que en unos minutos aparecería por la puerta con su pequeña en brazos y ella, tras mandarle a freír espárragos, haría las maletas y las de sus hijos, feliz por primera vez en muchos años. Ya se buscaría la vida, había cientos de trabajos de camarera esperándola en algún estado del sur. Allí podría empezar de nuevo con sus hijos. Los miró, rezando para que no se despertaran. Estaban durmiendo en el cuarto de estar, inconscientes del riesgo que corrían. Pero eso ya iba a ser por poco tiempo.
Sin embargo, se fijó en la expresión de ese hombre que había permanecido tres días en su piso comiendo, usando el baño mientras la apuntaba con el arma y poniendo los pies encima de la mesa, algo que ella no permitía ni a Danny. Y no le gustó lo que vio.
—Tu marido la ha jodido —dijo él, sonriendo y enseñando sus dientes amarillentos y estropeados. El momento de euforia se evaporó, dejando un vacío que le sepultó el ánimo—. El hijo de puta ha muerto, no ha sido capaz de cumplir lo que se le había pedido. ¿Sabes lo que significa eso?
Ella solo veía el oscuro agujero del cañón de la pistola apuntándola directamente a los ojos. Las piernas le temblaron.
—Te tengo que matar, zorra. Pero antes me voy a dar un pequeño festival contigo, ¿sabes? Llevo aquí metido tres días y tú tampoco estás tan mal. —El hombre introdujo la mano por debajo de su falda, ascendiendo por el muslo—. Si te portas bien todo será rápido. Ninguno de tus hijos sufrirá. Ni estos dos… ni la chiquilla.
A pesar de que iba a dejar a Danny, sintió una profunda tristeza. Habían vivido muchas cosas juntos y siempre había tenido la esperanza de que todo se arreglaría. Fue consciente de que eso ya era imposible, iban a morir todos. Por primera vez en su vida deseó no haber nacido ni haber traído al mundo a esos tres niños. Maldijo a sus padres y a Danny. Hasta que se quedó embarazada de él, su vida, aunque pobre e hija de un padre borracho y viudo, había sido como la de cualquier otra niña de su pueblo. Pero desde que se quedó embarazada todo se había convertido en un infierno sin sentido ni para ella ni para sus hijos, que iban a morir perdiéndose todo lo que tenían por delante. Entonces fue consciente de que iba a morir, pero violada antes por un matón despreciable. Y que sus hijos también iban a correr esa suerte.
—¡Ellos no! —gritó, lanzándose encima del hombre.
Intentó arañarle la cara y se agitó como pudo. Apenas se reconoció a sí misma, aunque eso poco le importó si podía dejar ciego a ese desgraciado. Consiguió arrancarle unas cuantas tiras de piel del rostro. Un golpe seco en el cuello la hizo caer al suelo de espaldas y volver a la realidad. «Pesará unos cien kilos —pensó—, ¿en qué momento se me ha ocurrido que iba a poder con él?»
—Joder, zorrita… —dijo él, con varios hilos de sangre cayéndole por la cara—. ¿Cómo podías saber que las niñas malas me ponen cachondo?
Parte de la sangre que le caía entró en su boca. El mercenario hizo un gesto, como saboreándola, y luego se la escupió a ella. Estaba tan asustada que ni siquiera se atrevió a girar el rostro.
—Te va a salir cara la broma, puta —dijo él, desabrochándose el pantalón—. Si te atreves a moverte un milímetro iré al salón y le pegaré un tiro a uno de ellos en el estómago. ¿Sabes lo dolorosa y lo lenta que es esa muerte? Mientras termino de follarte, oirás cómo tu hijo llora desangrándose dentro de sus propias tripas.
Ella no pudo aguantar más. Solo pensar en esa imagen le hizo abrirse de piernas mientras el llanto afloraba. Los niños iban a morir por culpa de Danny. Y si no obedecía a ese hombre, encima lo harían sufriendo. Gimoteando, se arremangó la falda.
—Buena chica…
Con un hilo de saliva cayéndole por la barbilla le dio un tirón a las bragas y se las arrancó. Ella no sintió el más mínimo dolor. Solo quería que todo aquello acabara de una vez.
—No les haga daño a ellos —suplicó.
Él se sacó el pene, que tenía completamente erecto, y se lo introdujo en la vagina de forma brusca, haciendo que un calambrazo de dolor le atravesara la cadera. Ella gritó, con lágrimas en los ojos, hasta que oyó un estampido al que acompañó un ruido como de cáscaras de huevo. Cuando volvió a mirar vio al hombre, que seguía sobre ella. Tenía los ojos fijos en los suyos y con la misma mirada de deseo que antes. Solo que ahora le faltaba la parte superior del cráneo y los sesos le resbalaban por el lado izquierdo de la cara. El mismo lado hacia el que el asesino cayó como un fardo. En su mano izquierda aún sujetaba su pene, ahora fláccido. Ann-Mary no entendió nada, salvo que el mundo se volvió oscuro.
Sandor Brunner se apeó del vehículo oficial y torció el gesto al inhalar de nuevo el hedor de Auschwitz. Era de madrugada y el silencio reinaba en el campo, iluminado por un puñado de focos que apenas dejaban entrever los jirones de niebla que flotaban a escasos centímetros del suelo. Acababa de regresar de uno de sus viajes a Berlín para transportar remesa de moneda. El dinero era recogido en Canadá y ordenado y clasificado según el país de origen por varios hombres a su cargo. Él era el responsable de llevarlo, junto a los otros objetos de valor requisados, a la capital. Ese dinero era esencial para hacer compras en el mercado negro extranjero y, mucho más importante, proveer de fondos a la vasta red de espías nazis que compraban información sobornando a funcionarios con el dinero sustraído, en muchos casos, a sus propios familiares deportados.
Aún faltaba un buen rato para el amanecer, por lo que se encaminó hacia su barracón para ducharse y cambiarse de uniforme. Apestaba, como constató mientras la nieve crujía bajo sus pies. Al entrar en la construcción sintió un bofetón de aire caliente. El olor a tabaco, a alcohol y a sudor de sus compañeros inundó su olfato. En una mesa baja había platos con restos de carne y patatas asadas que reposaban sobre un tapete de color verde sobre el que había monedas, billetes y cartas que cambiaban de las manos de los cuatro suboficiales que se sentaban alrededor. Había otros seis tipos más, con aspecto de haber bebido incluso más que los jugadores, que reían espoleando a sus compañeros para que arriesgaran en la siguiente apuesta. Una densa nube de humo flotaba sobre la partida.
Uno de los suboficiales, que en ese momento reía llevándose un vaso de whisky a los labios, le vio y su expresión cambió súbitamente. Solo con ese gesto supo enseguida que había ocurrido algo. Preocupado, vio que todos giraban la cabeza hacia él al ver la expresión de su compañero y el silencio se apoderó de la sala. Lo único que se movió fueron las volutas de humo de los cigarros. Nada bueno. Él mismo había mirado de esa forma a algún compañero en alguna ocasión, a sabiendas de que iba a ser detenido o degradado en breve. Habitualmente el afectado era el último en saberlo, se dijo apretando los dientes.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, escrutando a todos con la mirada.
Hans Gröning, un cabo joven con el rostro anguloso y el pelo de color rubio, tragó saliva antes de responder.
—Ha habido una inspección.
Fue como si le golpearan en el abdomen. Las inspecciones eran lo que más temían los agentes de los campos, especialmente aquellos que cogían lo que no debían, que eran casi todos. Eso constituía un delito de traición al Reich, algo igual de grave que desertar o pasar información al enemigo.
—¿Y qué han encontrado? —dijo, intentando aparentar una firmeza que en absoluto sentía.
—Han registrado las taquillas, en tres de ellas han encontrado cosas de esos malditos judíos. Los detenidos salen en unas horas hacia Berlín.
Notó cómo el sudor empezaba a bajarle por la espalda. En su taquilla escondía varios relojes, dinero y un par de collares que no había podido llevarse en ese viaje.
—La mía… —dijo, intentando no respirar agitado—, ¿la han abierto?
Gröning tragó saliva de nuevo.
—No, ya sabes que los registros se hacen en presencia del afectado.
Su corazón se aceleró de nuevo.
—¿Entonces no la han tocado? —inquirió a Gröning, con un nudo en la garganta.
—Pero la han precintado —contestó el suboficial, y Sandor cerró los ojos maldiciendo en silencio—. Sabían que volvías esta madrugada, han dado orden de que la abran en tu presencia en cuanto amanezca.
Maldijo para sus adentros, para él todo había terminado. En cuanto abrieran su taquilla no tardarían en ver la bolsa de terciopelo que contenía parte de su botín. El resto estaba algo más escondido, pero no soportaría un mínimo registro. Tenía que habérselo llevado todo en ese viaje, pero ya había ido con demasiada carga. Su maldita codicia le había derrotado.
—¡¿Quién ha dado la orden?! —dijo, sintiendo la furia crecer en su interior—. ¿Ha llegado de Berlín, acaso? ¡Maldita sea, vengo de allí! —gritó, con la frente cubierta de sudor.
Sabía que las delaciones eran comunes en el seno de la tropa, pero también los chivatazos (a cambio de dinero o favores, claro). Si alguien hubiera sabido de antemano que se había ordenado una inspección, él hubiera sido de los primeros en enterarse gracias a su red de sobornos. Dado el riesgo que corría con los robos, procuraba que parte de su botín fuera a parar a las manos adecuadas, tanto en Auschwitz como en la capital. Al fin y al cabo, los que «invitaban» al festín eran los judíos.
—No… —dijo Gröning, pálido— al parecer ha sido solicitada desde aquí.
El silencio fue sepulcral. Aquello sí que fue una sorpresa. Como todos, sabía que el comandante era un fanático de la disciplina, pero también un tipo mediocre y temeroso de las represalias.
—¡Eso es imposible! —gritó, palmeando la mesa y haciendo saltar las cartas y las monedas—. ¡Höss nunca solicitaría una inspección, se caga en los pantalones cada vez que viene una!
—Se rumorea que no ha sido él —dijo Gröning, con un hilo de voz.
—¿Quién, entonces? —masculló Sandor entre dientes y sintiendo deseos de dispararle al responsable de todo aquello.
—El médico, Josef Mengele.
—¿Mengele? ¡¿Por qué iba a pedir ese loco una inspección?!
—Se dice —continuó Gröning— que un chico judío se encontró con un reloj que alguien podría haber sustraído de Canadá. Y que él entró en cólera al enterarse. Ya sabes que es amigo del mismísimo Himmler y uno de los más firmes defensores del Reich. Dicen que llamó al Reichsführer personalmente, saltándose incluso a Höss.
Su respiración se aceleró. No necesitó pensar mucho para intuir quién había sido el chico que había puesto ese maldito reloj en las manos del doktor. Solo había una persona que le vinculara a él con el médico. Así que esa había sido su venganza por lo de la maldita chica judía o por lo de su hermana y su madre, pensó cada vez más furioso. Ese hijo del demonio había puesto en peligro su vida. Lo descuartizaría vivo y luego lo mataría lentamente, causándole un dolor que ni siquiera sabía que existía. Pero antes tenía que resolver aquella papeleta. Y rápido, pensó mirando su reloj. Faltaba poco para el amanecer. Y si no hacía algo antes, sería detenido… y probablemente ejecutado.
Joaquín Suárez no se extrañó demasiado cuando su móvil sonó de madrugada. Era algo relativamente normal en esa empresa de tarados en la que llevaba un año trabajando. Él era de Ciudad Juárez, México, pero había tenido que salir de allí con cierta premura cuando el cabecilla del clan de narcos para el que servía como médico murió por culpa de una indigestión de plomo. Concretamente fueron cuarenta y tres tiros, todos en el abdomen, los que le cortaron la digestión para siempre. Ese dato lo conoció al cruzar la frontera, con el pasaporte en una mano y el título de médico en la otra, y antes de que el cadáver de su ya ex jefe terminara de enfriarse en la morgue. El motivo «oficial» de su visita a Estados Unidos fue un repentino congreso médico, que averiguó se estaba celebrando mientras hacía cola para cruzar.
Sus primeras semanas allí fueron un desastre. Cayó en el error de pedir dinero a unos compatriotas para «arreglar» sus papeles y abrir una consulta privada. Pero antes de poder atender a su primer paciente ya le buscaban para cobrarse la deuda y los intereses de un dinero que había dilapidado, estafado por casi todo aquel que se le había acercado. Cuando ya no sabía dónde esconderse huyó a Nueva York, donde de la nada apareció un tipo con un traje blanco que le ofreció un trabajo en el campo de la investigación.
A Joaquín le pareció una gran oferta, incluso cuando el tipo dejó caer que esos estudios podían no ser del todo legales. Una nimiedad, se dijo, pensando en los compatriotas que andaban buscándole para abrirle el abdomen en canal. Aceptó a condición de que le adelantaran el dinero para pagar sus deudas. El tipo no solo lo hizo sino que le acompañó a saldarlas. Joaquín casi abrazó al tal Jasper, que era como le había dicho que se llamaba, cuando este puso en la mano de su prestamista los cinco mil dólares que le debía. El agradecimiento aumentó cuando le metió una bala en la cabeza a su acreedor y a los dos matones que se suponía tenían que protegerle. Para su sorpresa, su nuevo mentor ni se giró a recoger el dinero de nuevo. Se limitó a decirle que esperaba que comprendiera las consecuencias a las que podía tener que atenerse si les fallaba a partir de ese momento.
Al día siguiente comenzó su trabajo en Candy Systems, donde también viviría, comería y disfrutaría de todo lo que una ciudad como Nueva York podía ofrecerle, ya que no le pagaban nada mal. Pero eso sería en los escasos ratos que tenía libres. Casi todo el tiempo estaba «de guardia» para atender las súbitas necesidades de esa empresa. Entre ellas, experimentar con todo tipo de drogas en personas, incluyendo niños, o atender casos como el de ese policía al que había tenido que reconstruir la cara a toda prisa mientras miraba vídeos en YouTube para aprender cómo hacerlo. Había otros muchos médicos e investigadores en plantilla, pero esos eran licenciados en Harvard que analizaban sesudamente los datos que él les proporcionaba. Cuando le preguntaban, él decía que venían de laboratorios del extranjero. En conjunto estaba satisfecho, ya que ese trabajo le permitía vivir tranquilo salvo por llamadas como esa. Que tampoco le hubiera resultado tan extraña si no fuera porque el empleado de seguridad de la entrada le dijo que era un agente de policía quien quería hablar con él.
—¿Estás seguro? —preguntó, aún con la bruma del sueño en la cabeza.
—¿Tú qué crees? —contestó el vigilante, con un evidente tono de impaciencia en su voz—. Es el que ha estado aquí antes, el rubio de dos metros. Dice que no le ha llegado a su correo algo que tenías que haberle enviado y que viene porque necesita una copia de lo que sea que le habías prometido.
«Mierda», pensó. No esperaba volver a ver a ese animal en bastante tiempo y menos sin la protección de su jefe. Si efectivamente no había recibido la dosis, estaría rabiando de dolor. Pensando en las posibles represalias que podía sufrir si no atendía al poli, salió de la cama.
—Dile que suba.
En menos de dos minutos el policía cruzó la puerta del laboratorio. No lo recordaba tan ancho, tan alto… ni tan cabreado. Tenía los ojos inyectados en sangre, parecía que se le iban a salir de las órbitas. Se acercó a él en dos zancadas, y se arrepintió de haberle recibido él solo. Quizá si llamaba al guarda…
—¡No me ha llegado el puto correo! —dijo el policía—. ¡Y no tengo ni un jodido teléfono al que poder llamar!
—Yo… le he mandado el email —dijo él, intentando acercarse a un teléfono—. ¿Está seguro de que…?
El poli le agarró de las solapas de la bata y lo levantó del suelo.
—¡Seguro, so mierda! —dijo, con su rostro tan cerca que pudo apreciar sus cicatrices con todo detalle—. ¡No solo eso, sino que me he quedado sin ordenador donde recibir correos por tu culpa! Más te vale garantizarme una forma de disponer de esas putas dosis mientras consigo otro, ¿me has entendido?
Pestañeó, pero no por el asco que pudiera darle la saliva que le salpicó el rostro (su ex jefe, cuyo cuerpo ya estaría bastante podrido, también tenía la costumbre de escupir al hablar), sino por el miedo que sintió al ver los ojos de ese loco.
—Tranquilo, señor, estoy seguro de que podemos arreglarlo, pero para eso necesito que me deje sobre el suelo.
Por fin sintió agradecido cómo descendía. Lentamente dio un paso atrás y, algo más aliviado, suspiró. El policía extrajo un MP3 del bolsillo de su pantalón. Era de una marca muy común, con una conexión USB estándar y con varios gigabytes de capacidad.
—Las quiero aquí. Ahora mismo.
Joaquín respiró de nuevo, pensando en que no iba a ser difícil transferirle un par de dosis para quitárselo de encima. Cogió el aparato y lo conectó al ordenador donde tenía almacenados los miles de archivos sonoros que utilizaba a diario con los «voluntarios» de sus experimentos.
Amy le alcanzó el vaso de agua a la mujer, que abrazaba a sus dos hijos mientras Max registraba la casa. Tenía que reconocerle las agallas a su hermano: nada más salir del edificio se había encaminado hacia la escalera de incendios y la había hecho descender utilizando una vara de hierro del contenedor que había visto esa mañana. Tras unos minutos, y silencioso como un gato, el policía entraba por una de las ventanas del apartamento. Tras oír el disparo y subir corriendo, supo que se había encontrado con un tipo ocupado en violar a Ann-Mary y le había volado la cabeza. Ella supuso que esa acción le podía acarrear graves consecuencias, pero cuando se lo comentó a Max, este se limitó a encoger los hombros, argumentándole que había sido «en defensa propia».
También se emocionó cuando reconoció, entre los dos hijos de la mujer, al pequeño Daniel, el niño que había interrogado esa mañana y que seguía teniendo el mismo moco reseco pegado bajo su nariz.
—Señora Thompson, tenemos que hablar —dijo.
Ann-Mary pareció fijarse en ella por primera vez.
—¡Tienen a mi hija! —exclamó.
Se echó a llorar, y Amy pensó que si esa misma mañana hubiera estado más atenta hubiera podido poner en marcha una investigación por secuestro. «¡Estúpida novata!», se recriminó. Ese error le podía costar muy caro a esa familia… y a mucha más gente.
—Fueron ellos —dijo Ann-Mary, señalando al cadáver—, se la llevaron para asegurarse de que el desgraciado de mi marido cumplía con su encargo.
—¿Qué encargo era ese? —dijo, intentando adoptar un tono lo más profesional posible.
—Algo de un transporte… —dijo, sollozando—. Debía dinero porque estaba enganchado a una droga nueva… Unos extraños sonidos que le tenían sorbido el seso. —Anotó lo de esos sonidos, deseando que Mike hubiera estado allí. Aunque también había metido la pata hasta el fondo con él—. A través de un antiguo compañero del ejército, un tal Logan, mi marido conoció a unos tipos que necesitaban a alguien con experiencia en conducir camionetas. Él dijo que sabía manejarlas, aunque en su vida se había subido a una. Estaba contento, decía que le iban a pagar muy bien por un simple porte.
Sintió que el vello de los brazos se le ponía de punta al pensar en ese «simple porte».
—¿Sabe qué era lo que tenía que transportar?
—No, eso no me lo dijo… Me aseguró que todo se iba a arreglar, pero hace tres días se marchó y luego… —hipó—, luego vino ese hombre del abrigo negro y se llevó a mi hija. ¡Me la tuvo que arrancar de los brazos! Y con nosotros se quedó… —señaló al cadáver, sin acabar la frase—. El tipo de negro dijo que era para asegurarse de que no hacíamos tonterías. Y durante tres días, tres malditos días, he tenido que soportar a ese hijo de puta ¡y dormir atada a él! Mi único consuelo… —añadió entre hipos— ha sido que mi pequeño Daniel, tras fugarse de casa, esta mañana por fin ha vuelto.
—Creo que yo he tenido algo que ver con eso —dijo ella—. Señora Thompson, tengo una mala noticia —tragó saliva—, su marido ha fallecido esta mañana. Creemos que lo han podido asesinar las mismas personas que le habían contratado.
La mujer agachó la cabeza.
—Ya lo sabía —dijo, con voz entrecortada—. Por favor, encuentren a mi hija. Danny era un cerdo, ¡pero ella no tiene culpa de nada!
Amy sintió que las piernas le flaqueaban. Habían ido para investigar lo de esa maldita bomba y de nuevo se encontraba con lo de los secuestros. ¿Estarían relacionados con ese asunto? No podía ser casualidad, de alguna manera ese posible atentado del día siguiente parecía tener algo que ver con esos secuestros de niños. Por lo menos con el de esa niña en concreto, se dijo.
—Señora Thompson —insistió—, necesitaríamos una foto de su hija. Y aparte, cualquier tipo de pista o ayuda que nos permita localizar a esos tipos. ¿Tiene idea de cómo se ponía su marido en contacto con ellos? ¿Algún teléfono al que llamar, alguna dirección de correo electrónico?
—No, solo hablaba con ellos usando su propio móvil.
Lógico, pensó ella. A pesar de ello siguió preguntando.
—¿No hizo ninguna llamada por el teléfono fijo? ¿O alguna otra forma de contactar?
—No, no tenemos teléfono fijo ni Internet en casa, no podemos permitírnoslo, ni tampoco… —De repente la mujer alzó las cejas—. ¡Un momento! ¡Sí que hizo una llamada desde mi móvil! —Amy por fin suspiró esperanzada—. ¡Sí, poco antes de marcharse tuvo que llamar a esa gente pero, como le ocurría muchas veces, se quedó sin saldo en su teléfono, así que usó el mío!
—¿Y dónde está su teléfono?
—Él me lo quitó… —dijo Ann-Mary, señalando al cadáver.
Se levantó, nerviosa.
—¡Max, tenemos algo!
Mirando el suelo con los sesos del tipo esparcidos, pensó que no debía tocar nada si no quería estropear pistas. «Al carajo con los de la científica», se dijo mientras introducía las manos en los bolsillos de la cazadora. Sonriendo a pesar de las circunstancias, se dio cuenta de que se le estaban pegando las costumbres de su hermano.
Craig observó cómo ese tipo de piel morena conectó su MP3 a uno de los muchos ordenadores que había en aquel laboratorio y avanzó hasta situarse a su espalda. El matasanos le miró de reojo, pero él cruzó los brazos, así que el morenito volvió a centrar su atención en el monitor. Sentía la cara ardiendo de dolor, pero pronto iba a poner solución a eso. El pavo desplazó el ratón por la pantalla y, tras introducir un par de contraseñas, abrió varias carpetas hasta acceder a un icono con forma de semicorchea de color rojo con unos ojos y un par de colmillos. Hizo click y se abrió un programa con dos ventanas. En la de la izquierda vio infinidad de archivos con nombres como Éxtasis, Silencio, Seda y su anhelada Analgesia. En la ventana de la derecha reconoció inmediatamente las pocas dosis de DemonSound que le quedaban en su reproductor y que no le servían para su tremendo dolor. Entre ambas ventanas había un recuadro vacío y, debajo de él, una flecha de color verde que apuntaba hacia la ventana de su dispositivo.
El médico seleccionó el archivo llamado Analgesia. Pinchó sobre el recuadro en blanco que había sobre la flecha verde, tecleó «2» e hizo click en la flecha. En un par de segundos aparecieron dos archivos con los nombres Analgesia00001 y Analgesia00002 en la ventana de su MP3.
—¿Eso es lo que me vas a dar, dos dosis de mierda? ¿Para eso me habéis hecho jugarme el tipo con ese jodido furgón? ¡Mete más, hijo de puta! ¡Nadie se va a enterar! —dijo, acercándose al moreno.
Sonrió al ver que una gota de sudor se deslizaba por el cuello del matasanos.
—Lo siento, pero si lo hago quedará registrado en el sistema y mis órdenes eran enviarle hoy dos dosis. Ya tiene lo que quería. Ahora márchese, por favor —dijo, alargando la mano hacia un teléfono que había sobre la mesa.
Craig actuó cuando el médico se acercaba el auricular a la oreja. Con su brazo izquierdo cogió al tipo por el abdomen y con el derecho le estampó el cráneo contra la mesa. Bajo sus dedos notó perfectamente cómo la forma de la cabeza del tipo se aplanaba ligeramente y un reguero de sangre asomó por debajo de su cara.
El esfuerzo había disparado el dolor de su rostro a límites inimaginables. Aguantando las ganas de gritar echó al matasanos a un lado y se inclinó sobre el teclado. Aunque la imagen del monitor le bailaba, atinó a pinchar sobre el recuadro con el número «2», que sustituyó por otro bastante más interesante, «5.000». Con los dedos contraídos por el dolor hizo click sobre la bendita flecha verde. Una oleada de placer le recorrió el cuerpo cuando vio una barra de progreso avanzar a medida que el MP3 se llenaba de copias de Analgesia. Aguantó como pudo los tres minutos que tardó en aparecer un mensaje en pantalla.
«Memoria completa, 2.949 archivos copiados. Puede retirar el dispositivo con seguridad.»
—¡Por supuesto que voy a hacerlo! —exclamó, riendo.
Minutos después abandonó el edificio, sintiéndose en plena forma pues iba escuchando una de las dosis. Disponía de casi tres mil, suficientes para aguantar una buena temporada. Y eso significaba que por fin era libre y podía encargarse de los hermanitos y del idiota que iba con ellos. Sí, su hora había llegado, pensó mientras caminaba hacia su vehículo. Por fin era libre.
—Creo que lo tengo —dijo Max.
Enseñó a Amy el gastado Nokia que acababa de sacar de uno de los bolsillos del hombre cuyos sesos decoraban el suelo. Había encontrado otro teléfono marca Blackberry, pero la mujer le había dicho que ese no era el suyo.
—Toma, hermanita —dijo, arrojándole ambos móviles—, tú irás más rápida con ellos.
Sacó su paquete de tabaco y extrajo un cigarro con la boca. Con gestos rápidos terminó de registrar al fulano. Vio que Amy se acercaba a Ann-Mary y le preguntaba algo, mostrándole el Nokia. Dio el registro por concluido con una calada y se acercó a ellas.
—Max, deberíamos tener cuidado con las huellas que dejamos —señaló con la cabeza la ceniza que acababa de caer sobre el suelo—, en un rato estarán aquí los chicos de la científica.
Él exhaló el humo.
—Esos tíos se cagarían encima si tuvieran que enfrentarse a un hijo de puta como este. Creo que lo menos que me merezco es un cigarro. Tú intenta sacar algo en claro de esos cacharros, no nos sobra el tiempo.
—Imposible sacar a mano ninguna conclusión del móvil de este hombre —dijo, mostrando la Blackberry—. Borraba la lista de llamadas cada vez que lo usaba. Los de la científica podrán extraer algo, pero nosotros desde luego no.
—Mierda, no me digas que me he cargado a un tío para nada.
—Sabes que eso no es así —dijo ella, señalando con la cabeza hacia Ann-Mary y sus dos hijos—. Y tranquilo, creo que aquí sí he encontrado algo: hay un número de teléfono que ella no reconoce y que coincide con la fecha en la que dice que lo usó su marido.
—¡Joder, por fin una jodida pista!
—Por cierto, creo que estaba enganchado a esas ondas binaurales que Mike me describió.
—No me jodas, ¿qué pasa, están de moda?
—¿Recuerdas cuando te llamé para decirte que Craig estaba en mi casa? ¿Y que te dije que creía que él estaba drogado? —Él asintió, se acordaba perfectamente de cada palabra de esa llamada—. Pues antes de atacarme se puso los auriculares de su MP3 y escuchó algo. No sé qué era, pero le hizo entrar en una especie de trance. Y luego fue cuando me atacó. Parecía haber perdido los papeles.
—¿Crees que son los mismos sonidos que investiga Mike?
—No lo sé, solo recuerdo que me acerqué a él cuando estaba dormido y era un sonido extraño, como de estática, y sobre él parecía oírse una especie de corriente de aire pasando por un tubo estrecho, como una flauta o algo así.
Dio una nueva calada a su cigarro, ya casi consumido.
—Así es como las describe Mike.
—Si estuviera aquí podría ayudarnos.
—Amy —dijo él, poniendo sus manos sobre la cara de su hermana—. Se le pasará, hazme caso. Mientras, tenemos que investigar la mejor pista que hemos conseguido hasta el momento.
Ella bajó la mirada.
—Llevas razón, soy una estúpida. Y no tenemos tiempo que perder. Pero antes…
Vio que su hermana se acercaba de nuevo al cadáver.
—¿Qué haces? Ya tenemos lo que buscábamos.
Amy se agachó y le arremangó la manga del brazo izquierdo al tipo, apartando con los dedos los restos de sangre y masa encefálica que lo cubrían. Sonriendo, le mostró un tatuaje, AB+. Y debajo había una cicatriz.
—¡Joder! —dijo él—. ¿Dónde narices habré metido la navaja? —dijo, rebuscando en sus bolsillos.
—No, déjalo —dijo ella, levantándose de nuevo y limpiándose las manos con un pañuelo—. No creo que sea necesario mutilar otro cadáver. Será mejor que lo encuentren los chicos. La presencia del tatuaje y del dispositivo ya apoyan nuestra historia.
—Pero no nos proporcionan más tiempo —dijo él, mirando su reloj.
—En eso estamos de acuerdo. Llamaré a los chicos para que vengan. Y nosotros…
—Nosotros por fin tenemos algo que podemos localizar, gracias a tu genial idea de coger las huellas de ese tipo. Ahora, llama de una puta vez a la comisaría.
Cuando por fin salieron a la calle Amy vio multitud de luces rojas y azules alrededor del edificio de viviendas sociales. Un furgón negro esperaba pacientemente a que alguien llenara la bolsa negra que había sobre una camilla a su lado. Junto a ella estaba Max, que había relatado a los compañeros su particular versión de los hechos acontecidos en el apartamento. La parte menos consistente de la historia era por qué estaban allí a esas horas. Suspiró, pensando en las muchas explicaciones que iban a tener que dar en los sucesivos días. Pero al menos en ese momento Max se encargó de convencer a sus compañeros de que les dejaran marchar. Poco después se encaminaron al Volvo de su hermano y este arrancó el vehículo acelerando. Pensó que era un milagro que siguiera funcionando. Echó de menos a Mike.
—Tenemos que localizar ese móvil —dijo Max, por encima del ruido del motor—. El problema es que no podemos hacerlo por la vía oficial, tardaríamos horas en el mejor de los casos —miró su reloj—, y falta poco para el amanecer. Lo intentaré con Bruce —añadió, buscando su móvil entre los bolsillos mientras daba un bandazo con el volante.
Ella apretó los labios. No sabía si hacerle caso a su padre, que le había pedido que le avisaran si descubrían algo nuevo. No tenía claro que pudiera seguir confiando en él, había algo en la reunión de antes que le había chocado; su padre había hecho un comentario que le había llamado la atención, pero el alcalde les había interrumpido. Se estrujó los sesos, intentando recordar, pero perdió la concentración con cada golpe de volante que dio Max. Pensó que a lo mejor estaba exagerando. Su padre había sacado al alcalde y al jefe de policía de una cena con el presidente. Ese gesto decía mucho de su él. Si luego había tenido que mostrarse inflexible era porque su posición así se lo exigía. Sí, había sido eso, se dijo, seguro que había malinterpretado su actitud. Si no podían confiar en él, ¿en quién iban a hacerlo? Así que sin decirle nada a su hermano, que bastante tenía con no estamparse con nada, marcó su número.
A pesar de la hora su padre descolgó enseguida y escuchó su relato de las últimas horas. Esa vez sí habían hecho las cosas bien, llamando a comisaría y activando la correspondiente investigación, y por fin tenían pruebas de que algo estaba ocurriendo: el tipo que Max había abatido tenía un tatuaje y un posible dispositivo implantado bajo el brazo, seguramente similar al que les habían robado. Y dado que el padre de la niña secuestrada era el conductor de la camioneta, la que había desaparecido del depósito de Gowanus, por fin había un vínculo para indagar de forma más seria. Cuando llegó a ese punto notó un cambio en la voz de su padre. Este se hizo más llamativo cuando le explicó que el verdadero motivo de su llamada era que necesitaban localizar geográficamente la posición de un terminal móvil.
—Habéis hecho un trabajo impresionante —dijo él—. Pero ahora tenéis que dejarlo en manos de Duncan. —Esa parte le gustó menos—. Ah, y… dame ese número. Os echaré una mano con eso. Creo que ya habéis hecho suficiente, no quiero que os pongáis en peligro.
Ella oyó que Max comenzaba a hablar a gritos por su móvil. Dado que no disponía de un sistema bluetooth en el coche (¿para qué?), daba bandazos con la mano que le quedaba libre para conducir. Intentando agarrarse ella intentó protestar, sin éxito. Y entonces se dio cuenta de que en ese segundo que había transcurrido, algo le había hecho ponerse en guardia. Quizás era ese famoso instinto en el que cada vez confiaba más.
—Papá, verás… —intentó buscar una excusa rápidamente— creo que es mejor que no te involucres más. Ya te hemos hecho quedar mal con el alcalde y los compañeros ya están con ello, así que…
—Amy, dame ese número y déjalo en mis manos. ¡Y apartaos de esto de una vez!
Definitivamente ese tono de voz no era normal. Probablemente era porque quería protegerlos, pero no estuvo del todo segura. Sin saber exactamente por qué, decidió cortar aquello.
—¡Te estoy perdiendo! —dijo, sacando el móvil por la ventanilla para colgar un par de segundos después.
Lo apagó. Al parecer su hermano estaba hablando (por llamar así a los gritos que estaba profiriendo) con su amigo Bruce. Le pareció entender que este estaba tirando de nuevo de sus múltiples contactos, que parecían llegar a todos los rincones de la policía, las agencias federales y hasta las de espionaje si era necesario. Al menos, si su padre llamaba a Max la línea saldría ocupada. Necesitaba descansar, se dijo mientras apoyaba la cabeza en el respaldo. Quizá si cerraba los ojos durante unos segundos, tan solo unos pocos…
No supo durante cuántos minutos había dormido, si es que era eso lo que le había sucedido. Lo siguiente que notó fue el contacto de la mano de Max sobre su brazo izquierdo.
—¡Lo tiene!
—¿Qué? —dijo ella, sintiendo los párpados hinchados.
—¡El puto móvil al que llamó Danny! —dijo Max, arrojando un cigarro que no le había visto encender por la ventanilla—. Bruce ha conseguido que triangulen su maldita posición, ¡y acaba de decirme que el hijo de puta está en el Seaport, hermanita!
Sintió cómo la inflamación de sus ojos se desvanecía, probablemente por la adrenalina que le atravesó el pecho. ¡Habían localizado a una persona! ¡Alguien de quien obtener respuestas! Animada, se dio cuenta de que el cansancio parecía haberse evaporado. Palpó su arma, que estaba en su sitio. No supo por qué había hecho ese gesto, pero sintió un escalofrío cuando intuyó el motivo.
Incapaz de dormir, Mike tenía la mirada perdida en el monitor. Se sentía traicionado por Amy, aunque el enfado era más consigo mismo. Ella le gustaba cuando era un adolescente, pero había dejado de verla al agudizarse sus episodios de epilepsia. Creó una burbuja alrededor suyo —que sus padres fomentaron, pensando que así le protegerían de algún extraño y desconocido peligro que nunca llegó a entender— y se dedicó a estudiar neurociencias, pero también enfermedades raras, parapsicología y hasta algo de ocultismo. Así conoció la terrible historia de la Segunda Guerra Mundial, los experimentos nazis y lo de las profecías.
No debía haberle contado su capacidad a Amy. Lo había hecho porque en el fondo había pretendido que pensara que era especial, pero ella lo había revelado. Sabía que lo había hecho para intentar salvar las vidas que estaban en juego por esa hipotética bomba que él había visto, pero le había decepcionado que lo hiciera.
Pensar en la bomba le hizo suspirar y acordarse de sus amigos. Se restregó los ojos, cansado a pesar de que no tenía sueño. De hecho, sintió su corazón acelerado. Las imágenes de Amy, por la que sentía cosas contradictorias, las de la bomba y las de los símbolos nazis se mezclaban en su cabeza. Y para terminar de empeorar las cosas, esa reunión con Wurt Candel en la que todo le había resultado extravagante, incluida su propuesta. Había algo raro en ella, como en todo lo que rodeaba aquel día desastroso. Si el millonario estaba financiando sus trabajos, razonó, podría haber llegado a un acuerdo directamente con la universidad. Sin embargo, quería que él la dejara para integrarse en su organización. ¿Por qué?, se preguntó, ¿tan bueno era? Lo dudaba, ese hombre tendría auténticos genios en su empresa. Pero había muchas cosas más en esa entrevista que no le habían encajado. Como por ejemplo esos datos o citas absurdas que el anciano se había empeñado en…
Aquellos que queman libros acabarán quemando hombres.
El recuerdo de esa frase le golpeó de repente. Llevaba todo el día hablando de nazis. El hecho de que Wurt hubiera citado esas palabras tenía que ser casualidad. ¿Justo ese día? No, él no creía en las casualidades, pero era cierto que había miles de organizaciones neonazis repartidas por todo el planeta. Y que el hecho de que un anciano con pie y medio en la tumba citara a Heinrich Heine tampoco le convertía en un terrorista. No, era imposible que Wurt tuviera nada que ver con lo de esos supuestos nazis. Sin embargo…
Agarró un bolígrafo y comenzó a tamborilear con él sobre la mesa mientras pensaba. Mordisqueándolo, entró en Google y buscó información sobre Heine (toda anodina), organizaciones neonazis (había miles, con planes de todo tipo para destruir prácticamente cualquier cosa) y luego sobre los nazis en sí. Cientos de fotos en blanco y negro desfilaron por la pantalla. Nada que no conociera ya, a excepción de ese horror relacionado con el exterminio al que nunca terminaría de acostumbrarse.
De repente el dedo se le quedó congelado sobre el ratón al ver una foto de unos prisioneros judíos. Las ideas se agolparon en su cerebro y pelearon unas con otras. Entonces se acordó de otra cosa en la que se había fijado en esa reunión, un número que el anciano no sabía que conocía. Sudando, volvió a la parte superior de la página e introdujo nuevos textos en el recuadro de búsqueda. Aparecieron más imágenes, pero ninguna mostraba lo que él quería. Con el corazón agitado entró en YouTube e introdujo nuevos parámetros en la búsqueda. Al cuarto vídeo encontró lo que buscaba en una imagen bastante famosa que había dado la vuelta al mundo varias veces. Pegó los ojos a la pantalla para asegurarse de que no se equivocaba. A punto de caerse de la silla, buscó su móvil y marcó un número.
—¡Cógelo, maldita sea! —exclamó mientras seguía tecleando en el ordenador—. ¡Cógelo!
—¡Heil Hitler!
Sandor Brunner acompañó el saludo de un taconazo, lo que pareció divertir a los miembros de la Geheime Staatspolizei, más conocida como la Gestapo, al entrar en la cantina. Intuyó lo que estarían pensando: que sus alardes de adhesión al Reich no evitarían que terminara defenestrado. Realmente llevaban razón. Y él estaba agotado, no se había acostado desde su llegada al campo tres horas antes. Sin embargo, los oficiales estaban frescos y fumando tras disfrutar un desayuno que él no había podido ni probar.
—Sieg heil, Unterscharführer Brunner… —dijo el teniente Konrad Morguen dando una calada a su cigarro—. No sabe lo que me complace su llegada… Tengo ganas de acabar con esto de una vez —dijo, arrojando la colilla al suelo.
Respiró despacio, intentando que no se le notaran los nervios. Sabía que el resto de la inspección había sido una pantomima, que la acusación iba dirigida expresamente contra él. Lo peor de todo era imaginar quién la había desencadenado.
—Obersturmführer Morguen —dijo, preocupado—, el placer es mío, aunque lamento comunicarle que acabo de llegar de Berlín en misión oficial. He viajado durante toda la noche y, al dirigirme a mi taquilla, me he encontrado con que está precintada. La necesito para ducharme, cambiarme de ropa y continuar con mi labor en el campo al servicio de mi comandante.
Pronunció las últimas palabras con mucho mayor convencimiento, erguido, con los brazos en la espalda y los tacones juntos. Su intención era mostrar respeto pero también cierta indignación, aunque sin pasar ciertos límites, pues estaba ante un superior. Dentro de las SS las apariencias lo eran todo. Una voz más elevada o una mirada furibunda podían obrar milagros, pero cuidando de no cruzar ciertas líneas.
—Estupendo, sargento, procedamos entonces a desprecintar su taquilla. Lo haremos en su presencia y ante la del comandante Höss. Si todo está en orden, como es de suponer, podrá usted… continuar su labor, como dice.
Sandor tragó saliva, pero sin apenas mover ni un solo músculo. El teniente pasó por delante de él junto a sus hombres y él los siguió. Por el camino se les unió el comandante Höss, al que volvió a saludar haciendo chocar los talones. A pesar del frío que hacía, sintió el sudor correr por su espalda. En unos minutos llegaron al barracón. A una indicación del teniente, uno de sus hombres procedió a cortar la cinta que cubría la parte delantera de la taquilla. Él ya se había fijado en que la cerradura no parecía forzada. Esos hombres estaban cumpliendo el protocolo al pie de la letra. Meticulosos y ordenados, como siempre.
—Sargento Sandor Brunner —dijo Morguen, leyendo una hoja—. Esta es una inspección extraordinaria ordenada personalmente por el Reichsführer Heinrich Himmler a raíz de haber recibido indicios de que parte del personal podría estar sustrayendo bienes requisados a los presos. Estos son propiedad del Reich y su robo se considera alta traición. ¿Ha entendido lo que acabo de leer?
Miró de reojo a su comandante, que asistía impasible. Para Höss todo era burocracia, que había que llevar a cabo de forma eficiente. Tanto daba si se trataba de cavar zanjas, inspeccionar taquillas o quemar judíos, cumplía su cometido durante el día y por las noches regresaba a casa a jugar con sus hijos y sus perros. Le hubiera pateado su cuadriculada cabeza con gusto.
—¡Sí, señor! —dijo, en vez de obedecer a su impulso.
—Bien, proceda a abrir su taquilla —ordenó el teniente.
Con manos sudorosas extrajo la llave de su bolsillo y la introdujo en el candado. Este cedió con facilidad y dio un paso atrás. Los agentes de la Gestapo abrieron la puerta y extrajeron uniformes, cajas, paquetes, revistas y diversos materiales, que fueron expuestos sobre una mesa alargada. Ordenadamente fueron examinando, abriendo y rebuscando en todos los objetos. Cada vez que uno de ellos era manipulado Brunner no podía evitar que el corazón se le acelerara. Tras unos desesperantes diez minutos, el suboficial que acompañaba a Morguen por fin se dio la vuelta.
—Todo parece en orden, señor.
Dejó exhalar el aire y se fijó en la mirada de extrañeza de Morguen. Su corazón se aceleró de nuevo cuando el teniente se acercó a la mesa y cogió unos pañuelos con evidente aspecto de estar usados de una caja que ya había sido examinada por sus hombres. Tragó saliva, pues él mismo había escondido un collar de perlas en el interior de uno de esos pañuelos antes de marchar para Berlín. El teniente, sin ningún escrúpulo aparente por tocar sus fluidos, cogió los trozos de tela y, uno a uno, los extendió en el aire. No cayó absolutamente nada.
—Bien, parece que es usted un hombre leal, sargento Brunner —dijo, dejando caer el pañuelo.
Aflojó la presión en sus puños, exhaló el aire que estaba conteniendo y notó cómo su ritmo cardíaco descendía. Solo entonces fue consciente de que tenía la espalda empapada en sudor. Y es que el hecho de haber tomado sus precauciones no evitaba que hubiera podido cometer algún error. Una hora antes, y delante de esa misma taquilla, había estado a punto de desesperarse. Dentro había dinero, relojes, collares y otros objetos robados. Sudando de forma frenética mientras pensaba en si huía, se había dado cuenta de que el precinto cubría la parte delantera de la taquilla, impidiendo la apertura de la puerta. Con una repentina idea en la cabeza corrió a buscar a sus compañeros de barracón y encontró a tres que aún seguían jugando a las cartas. Les ofreció repartirse su botín a partes iguales si le ayudaban. En unos minutos consiguieron desplazar la taquilla entre los cuatro, dejando al descubierto la parte trasera, que era de madera, así que pudieron arrancar los clavos y acceder a su contenido sin tocar el precinto, que no llegaba hasta allí, solo hasta los laterales.
Implorando a los dioses para que no se le olvidara nada, retiró todos los objetos conflictivos. Cuando estaban clavando de nuevo la plancha de madera en su sitio se acordó del collar que estaba oculto entre los pañuelos sucios. Apresuradamente metió la mano para sacarlo, consciente de que se le podía haber olvidado algún otro objeto. Cerraron de nuevo la taquilla y la volvieron a colocar en su sitio. Solo una inspección de cerca permitiría ver que la plancha de madera trasera había sido manipulada. Pero para eso había que tener imaginación, se había recordado.
Los tres miembros de la Gestapo desfilaron ante él y solo entonces fue consciente del enorme riesgo que había corrido. Podía haber sido juzgado y condenado a muerte por culpa de ese insecto judío, el maldito protegido de Mengele, la rata que él mismo sacó de la fila para llevárselo al doctor, pensando que iba a ser su pasaporte para salir de allí. Ese niño había estado a punto de acabar con él. Así que iba a matarle. Pero antes, pensaba acabar con el padre. Ya pensaría en cómo esquivar las consecuencias. Pero esa afrenta no iba a quedar impune.
Max oyó el timbre de su móvil y descolgó sin mirar la pantalla. Al hacerlo tuvo que esquivar una furgoneta negra con una llamativa línea roja en el lateral. Le recordó vagamente a alguna que conocía de una serie de televisión que no supo recordar. Tampoco le importó demasiado.
—¡Dime, Bruce! —dijo—. ¿Has confirmado la posición?
—¡Soy Mike! —La voz de su amigo le dejó sin habla—. ¡Tenemos que vernos!
—¡Mike! —exclamó, y de reojo vio que Amy le miraba con expresión interrogante—. Esto… —dio un volantazo— nos coges en mal momento.
—¡Es muy importante!
—¡Dame eso!
Amy le arrebató el teléfono y pulsó un botón. Oyó a Mike por el altavoz del teléfono. El sonido era flojo, pero suficiente.
—Max, ¿me estás escuchando?
—Te escuchamos los dos —se adelantó Amy—, ¿qué sucede?
—¡Gracias a Dios! Amy, yo… me he portado como un idiota.
—¡Y yo! Lo siento, de verdad, no quería…
—¡Mike! —exclamó él, agarrando el volante con fuerza—. ¡Nosotros sí que hemos encontrado algo! ¡Así que abrevia y deja las disculpas para luego!
—¡Yo también creo …ber averiguado …lgo! —Su voz sonaba entrecortada—. ¡Es …portante! ¡Tengo que …trarme con vosotros!
—Mike, escucha —dijo Amy—, nos dirigimos al Seaport, pero no debes venir, podría ser peligroso. Creemos que hemos localizado a…
—¿… Seaport? —exclamó Mike—. ¡Voy para… ahora mismo!
—¡No! —gritó Max
—¡… un taxi!
—¡No, Mike, no vayas! —oyó que gritaba Amy—. ¡Puede que alguno de los asesinos esté allí!
Sin embargo, la comunicación se había cortado. El timbre del móvil sonó de nuevo y Amy se abalanzó sobre la tecla de descolgar.
—¡Mike, no vayas, puede ser peligroso!
—Lamento decepcionarte, hija. —Max reconoció la voz de Bruce—. Creo que no soy la persona que esperabas.
—¡Pero yo sí! —dijo él, agarrando el teléfono—. ¿Qué ocurre, Bruce? ¿Has confirmado la posición?
—Exacto, tengo completamente triangulada la ubicación del teléfono que buscáis, me han confirmado hace tan solo unos segundos que efectivamente está en el Seaport y que no se ha movido en los últimos cinco minutos. Vuestro hombre, sea quien sea, está allí ahora mismo. Si yo fuera tú, Max, me daría patadas en el culo. Y me andaría con cuidado.
—¡Agárrate, Amy! —dijo él.
A pesar de que había varios vehículos delante pisó el acelerador a fondo. El motor del Volvo rugió, demostrándole una vez más por qué podía confiar en él. De reojo vio cómo el teléfono de Amy salía volando de sus manos. Apenas oyó la voz de Bruce deseándoles suerte. La iban a necesitar, pensó.
Xenon inhaló el aroma del café que acababa de servirle el camarero, un chaval con espinillas que apenas había barruntado un par de monosílabos y que le había atendido sin ni siquiera quitarse sus auriculares. No era de extrañar que ese país estuviera en decadencia. Un declive al que él iba a contribuir, se dijo mirando su reloj de pulsera. Con suerte miles de chavales como ese desaparecerían. Sonrió al pensar en el favor que le iba a hacer al planeta. Bajo el toldo color crema de la cafetería alzó su vaso de plástico y miró el mar, que comenzaba a teñirse con los primeros rayos de luz. Sorbió su café, aún estaba muy caliente.
Repasó mentalmente los últimos detalles. En vez de utilizar la furgoneta de policía que habían robado y que hubieran podido detectar en el cordón de seguridad de la Zona Zero, su jefe había aprovechado la visita del capitán para improvisar una alternativa, hacerse con los servicios de su hijo, el rubio de dos metros y adicto a las dosis de DemonSound. Él había dudado pero Craig había demostrado ser tan estúpido como efectivo. Ahora el «paquete» estaba en su sitio. Y pronto ese imbécil estaría en el punto de mira de todas las fuerzas de seguridad del país. Cuando lo encontraran estaría muerto, fruto de una de las dosis «especiales» que el matasanos mexicano de Wurt Candel tenía orden de enviarle. Un drogata menos, pensó.
Miró de nuevo su reloj. Iba a tener que dejar el café, aún caliente por culpa de ese niñato, y volver a la fábrica abandonada que su jefe había acondicionado para la operación. En breve tendrían que desmontar aquello a toda prisa, borrar los discos duros, cargar las furgonetas con el equipamiento y salir en grupos aprovechando el caos que se iba a organizar. El que los vehículos portaran emblemas de Candy Systems les sería terriblemente útil para que las toneladas de equipos de alta tecnología no levantaran sospechas en caso de un registro. Aunque dudaba que nadie estuviera para registros en ese momento.
El sonido de su móvil le sacó de su ensimismamiento. No esperaba que nadie de su equipo le llamara, ya que acababa de confirmar que todo estaba en orden. Sacó el aparato y miró la pantalla. Con recelo vio que no conocía el número.
Se dio cuenta de que había cometido un error inmenso centésimas de segundo antes de que algo golpeara su rostro, haciendo que por un instante todo se volviera negro. Perdió el equilibrio. Al caer intentó agarrarse con el brazo a la barra de la cafetería, pero solo encontró el vaso de café ardiendo. De forma refleja lo lanzó al aire en la dirección que estimaba se encontraba la persona que le había derribado. Su rostro impactó con el suelo al mismo tiempo que oyó un grito.
Max apenas tuvo tiempo de esquivar el objeto que se le vino encima y del que salió una sábana de humeante líquido marrón. Parte del café le quemó la cara, provocándole un alarido de dolor que no le impidió echar la pierna hacia atrás y, tras coger impulso, clavar su zapato en el plexo solar del tipo al que acababa de tumbar. Era el mismo desgraciado que les había robado el dispositivo unas horas antes. Y lo peor de todo era que iba a tener que darle la razón a Mike, ya que ese mamarracho realmente tenía pinta de neonazi, sobre todo con ese abrigo largo de cuero negro. Se fijó en que era un hombre fuerte, de rostro anguloso, con un bigote bastante anodino y una mirada fría.
—¡Chalado psicópata! —dijo, propinándole una nueva patada, esta vez en el rostro.
El hombre se encogió y trató de gritar, pero él sabía que cuando se golpeaba esas zonas uno quedaba prácticamente paralizado. Otro de los trucos de la calle. Sin esperar a que el tipo reaccionara se agachó y lo tumbó boca abajo para cogerle las manos y colocarle unas esposas.
—¡Fin de la puta historia! —gritó, sintiendo cómo la tensión acumulada en las últimas horas emergía mientras le daba la vuelta al mamarracho.
El hombre pareció sonreír y, sin pensarlo, Max le golpeó el rostro con el puño.
—¡Lo vas a matar!
La voz de Amy le sonó lejana, aunque sabía perfectamente que estaba a su lado. Respirando de forma agitada, sujetó al hombre por las solapas de su abrigo. Vio que uno de los ojos empezaba a amoratársele. De un orificio nasal le manaba sangre que se mezclaba con la que le salía de una herida en el labio superior. Un ataque de tos del tipo le arrancó saliva con más restos de sangre. A pesar de todo ello el hombre no parecía nervioso. Se acercó a él.
—¿Vas a empezar a largar, hijo de puta, o prefieres que te borre el bigote a patadas?
El tipo cogió aire. Cuando parecía que al fin iba a decir algo, Max oyó un sonido húmedo y supo que eso caliente y viscoso que sintió en la cara era un escupitajo. Sin el menor remilgo se lo limpió con la manga de su abrigo y miró de nuevo al sujeto, que le sonrió con los dientes manchados de rojo.
—Cuanto antes me mates —dijo con acento extranjero—, antes me estaré follando a tu madre en el jodido infierno. Ya lo están haciendo amigos míos, ¿sabes? Me gustaría unirme a la fiesta.
Sintió como si el mundo entero se tiñera de rojo. Sin apenas ser consciente de lo que hacía, echó el brazo hacia atrás, deseando reventar a puñetazos la cara de ese hijo de la gran puta. Con todas sus fuerzas le asestó el primero.
—¡Deténgase! —le dijo Mike al taxista.
Estaba en el cruce de South Street con Fulton, al lado del muelle 17, y acababa de ver un Volvo de color marrón mal aparcado frente al Seaport Café. Era el que andaba buscando. Arrojó un billete en la bandeja del conductor y bajó del vehículo.
—¡Eh, su cambio! —oyó que gritaba el taxista.
Corrió, aunque en realidad no sabía hacia dónde dirigirse. Pasó al lado del Volvo y miró alrededor. Era sábado y todavía temprano, así que apenas había gente por allí. Con el corazón a más de cien pensó que ojalá aún estuviera a tiempo de impedir una masacre. Pero eso dependía en gran parte de que Max y Amy le escucharan y, lo que era más importante, les diera tiempo a actuar. Quizás aún podían evitarlo si su pálpito era cierto. Pero en ese momento, se dijo nervioso, tenía que encontrarlos. Cruzó los cuatro carriles de South Street, sorprendentemente vacíos, en dirección al muelle, cuyos quioscos de souvenirs estaban aún cerrados. Respirando agitado se asomó a través de ellos en dirección al East River. Y entonces los vio. Max estaba a horcajadas sobre un tipo con un abrigo negro al que no podía ver bien y con el que forcejeaba, agitando su gabardina con los movimientos de su brazo derecho, con el que descargó el puño sobre el rostro del tipo. A su lado, Amy gesticulaba. Echó a correr hacia ellos.
Xenon supo que tenía que mantener la cabeza fría. La rabia le ahogaba por haber cometido ese fallo propio de un pandillero novato, dejar sonar su móvil permitiendo que quien fuera que lo estuviese buscando, y que de alguna forma había encontrado su número, le hubiera localizado al oírlo sonar. En cuanto vio un número desconocido debía haberse puesto en alerta. No hacerlo le había costado ser derribado por ese desgraciado. Y encima el tipo sabía golpear. Los dos golpes que le había dado le habían dejado prácticamente fuera de combate y no había podido evitar que le pusiera las esposas. Por fortuna, justo antes del segundo golpe pudo contraer los abdominales a tiempo, amortiguando el impacto. Si no hubiera sido por eso estaba seguro de que habría perdido el conocimiento. El otro aspecto gracioso vino cuando reconoció a su agresor: era el hijo de su jefe.
Aun así, su posición era poco ventajosa. Para empeorar las cosas un nuevo puñetazo, esta vez en la cara, le había hecho ver las estrellas. Estaba seguro de que le había roto el labio y la nariz y posiblemente algún diente, aunque eso le importaba una mierda. Solo confiaba en tener alguna oportunidad. Y esta surgió cuando el detective le cogió por las solapas para hablarle. Entonces empezó a remover las manos, esposadas a la espalda.
Estaba entrenado en muchas habilidades, pero uno de los aprendizajes más curiosos de su «carrera» lo había recibido de un italiano que, antes de dedicarse a reventar cajas fuertes, había trabajado en Las Vegas como contorsionista liberándose de ataduras, cadenas y todo tipo de utensilios. Lo fichó precisamente por eso para un «trabajito» en casa de uno de los rivales de su jefe. Ese hombre, que se valía de sus habilidades para colarse por cualquier sitio, le enseñó unos cuantos trucos. Uno de ellos fue aprender a casi dislocarse las muñecas para sacar las manos de unas esposas. Un truco que en ese momento iba a comprobar si funcionaba. Apretando los dientes comenzó a retorcer ambas manos, recordando los movimientos y tragándose el dolor de la distensión ligamentosa que empezó a producirse. Sabía que ese gesto le rompería miles de fibras. Pero el dolor no iba a suponerle un castigo, sino un paso hacia su liberación.
—¿Vas a empezar a largar, hijo de puta, o prefieres que te borre el bigote a patadas?
No se dejó distraer y calculó sus posibilidades: tenía que ganar tiempo para conseguir soltarse. Si lo lograba, podría enfrentarse a ese gilipollas. En caso contrario tendría que suicidarse con la pastilla de cianuro que llevaba escondida entre los dientes. Otro viejo truco que había aprendido de sus antiguos compatriotas. Sonriendo, cogió aire y escupió en la cara del policía. Este se echó hacia atrás y se limpió lentamente con la manga, gesto que él aprovechó para retorcer de nuevo sus muñecas, provocándose un nuevo estallido de dolor.
—Cuanto antes me mates —dijo, intentando ganar tiempo—, antes me estaré follando a tu madre en el puto infierno. Ya lo están haciendo amigos míos, ¿sabes? Me gustaría unirme a la fiesta.
Sonrió, a pesar de lo que se le venía encima. Cuando Max echó el brazo hacia atrás, el terrorista ya sabía que iba a tener una sola oportunidad. Con todas sus fuerzas tiró de sus manos en direcciones opuestas y haciendo una brusca rotación que le laceró piel, músculo, tendones y hasta algunas fibras nerviosas. De estas ascendieron unos terribles calambres que se le clavaron en lo más profundo del tórax.
El puñetazo fue como si una apisonadora hubiera caído desde un tercer piso sobre su cara. El dolor del impacto se sumó al de las muñecas, por lo que el grito le salió de lo más hondo de su cuerpo. La única nota positiva fue que, al sentir por fin sus manos liberadas, una descarga de endorfinas inundó su cerebro, ayudándole a mitigar el dolor. Sabía que luego le dolerían como si el mismísimo diablo las estuviera abriendo en canal, pero en ese momento pudo moverse. Con todas sus energías giró el tronco, de forma que el segundo puñetazo del poli apenas le rozó la oreja. Era libre. Y tenía la ventaja de la sorpresa.
—¡Lo vas a matar! —gritó Amy, al ver cómo su hermano golpeaba al asesino.
Era, sin duda, el hombre que buscaban: grande, abrigo negro, bigote… «y que daba miedo». Era la descripción que le había hecho el hijo de Ann-Mary horas antes de que ese mismo desgraciado le descerrajara un tiro a su padre en plena comisaría. Se alegró de haberle sugerido a su hermano ese truco de llamar a su móvil. Habían conseguido un doble objetivo: por un lado, confirmar que ese era su hombre (algo de lo que a ella no le quedaba mucha duda); y por otro, distraerle el tiempo que necesitó Max para echársele encima y golpearle, esposándolo. Solo entonces Amy había respirado aliviada. Pero ahora, con el arrebato de furia de su hermano, tuvo la sensación de que todo podía descontrolarse de nuevo. Apenas tenían tiempo, tenía que detener a Max y pedir refuerzos para lograr que ese tipo les contara todo. Buscó su teléfono cuando sintió movimiento a su izquierda. Atónita, vio a Mike.
Mike contempló sorprendido el forcejeo entre Max y un hombre con un abrigo negro, sin duda el mismo que les había robado el dispositivo y que ahora estaba en el suelo. Dedujo que ellos también tenían cosas que contarle. Y bastante importantes, a raíz de lo que estaba viendo. Se acercó a Amy.
—¡Lo vas a matar! —oyó que gritaba ella.
Se acercó aún más y la chica le miró, sorprendida.
—¡¿Qué haces tú aquí?! ¡Te dije que no vinieras!
Pensó que hubiera ido aunque el mundo estuviera cayéndose a pedazos, pero antes de poder contestarle un movimiento brusco llamó su atención. El hombre del abrigo negro giró sobre sí mismo y, en un gesto sorprendentemente rápido, se puso en pie lanzando a un lado al policía, que gritaba de dolor sujetándose la mano derecha. Con la boca abierta, vio cómo las esposas colgaban de una sola de sus muñecas. El tipo metió la mano en su chaqueta para sacar un objeto de color negro. Se sintió paralizado al ver la pistola, que el hombre apuntó a su derecha.
—¡Amy! —gritó.
Y saltó en dirección a donde estaba la chica. Chocó con ella, llevándosela por delante. Oyó el disparo y lo siguiente de lo que pudo ser consciente fue de que sus manos y su cara ardían de dolor por la abrasión que habían sufrido al restregarlos por el suelo en su caída. Amy le empujó, echándole a un lado como si fuera un fardo. Vio otra pistola, afortunadamente en manos de la chica. Un nuevo estampido y su campo de visión se inundó de blanco, como si un potente flash le hubiera cegado. «¡No, joder, ahora no!», pensó mientras todo se desvanecía a su alrededor.
Lo siguiente que vio fue el interior de un vehículo. Estaba sentado en el asiento del conductor. Vio unas manos, cubiertas por unos guantes de cuero negro, abriendo un ordenador portátil. Esas mismas manos, que veía como si fueran suyas, teclearon una contraseña de dieciséis dígitos que lo desbloqueó. En la pantalla apareció un listado al lado de un mapa y con horror creyó saber lo que representaba. Las manos se movieron sin dejar de teclear. Se fijó en que su dueño vestía un abrigo de cuero negro. Tenía que volver en sí, pero no disponía del control de su mente. Ni de nada en absoluto. De repente el negro de la manga del abrigo, el que él parecía llevar puesto en esa imagen, lo envolvió todo. Tenía que recuperar la conciencia. Intentó gritar, moverse, despertar de una vez.
Durante su periodo de formación e incluso durante la ceremonia de graduación en el Madison Square Garden, Amy se había preguntado cómo sería el momento en que dispararía por primera vez a alguien. Siempre había supuesto que sería en el curso de una gran operación, que estaría inmersa en un gran peligro o, seguramente, que se vería obligada a hacerlo para salvar la vida de un tercero.
Lo que nunca había imaginado es que lo haría prácticamente sin pensar y apuntando casi a ciegas a un bulto de color negro que rezó para que fuera su objetivo. Ese hombre había sacado una pistola y Mike se le había echado encima. Cuando oyó el disparo fue consciente de que si el chico no la hubiera empujado quizás ahora ella estaría herida… o algo peor. Mike se estaba ganando su amistad (y quizás algo más) a pulso.
Estimulada por la acción, supo por sus estudios de fisiología que la parte del cerebro que tomó el mando en ese momento fueron los ganglios basales, donde se almacenaba el resultado de sus muchas horas de entrenamiento, tanto en la academia como por su cuenta. Por eso, desde el suelo y sin pensar desenfundó su arma, apuntó como pudo a la mancha negra, que alzaba de nuevo su arma. Soltó el aire de sus pulmones y disparó. Maldijo en voz alta, segura de que había errado el tiro, y se arrepintió de haber tirado casi a ciegas, ya que podía herir a un inocente. Sin embargo, el instinto de supervivencia había tomado el mando, obligándola a disparar aunque solo fuera para que ese hombre no abriera fuego de nuevo sobre ellos.
Debió de haber conseguido parte de su objetivo porque el tipo echó a correr. Apartando a Mike de un empujón se puso de rodillas y volvió a apuntar justo en el momento en que el hombre, sin dejar de avanzar cada vez más rápido, se giró y efectuó dos disparos en dirección a su hermano. Aterrada, se volvió y vio a Max rodar por el suelo, soltando su pistola. En el momento en que iba a gritar de desesperación, él se incorporó.
—¡Estoy bien! ¡Dispara a ese hijo de puta!
Apuntó de nuevo, pero por desgracia la silueta negra del abrigo ya había alcanzado South Street e iba serpenteando entre los vehículos, generando una cacofonía de pitidos a su alrededor. Saltó por encima de uno de ellos, apoyándose en el capó, y alcanzó el lado opuesto de la calle. Amy solo pudo ver cómo la mancha se hacía pequeña mientras sorteaba los parasoles de tela amarilla y las mesas de las terrazas de Fulton Street. En su huida, y ya a distancia, golpeó a un camarero con una bandeja. Tazas, platos, cucharas, leche y terrones de azúcar volaron por los aires. Apretando los dientes, bajó el arma.
—¿Por qué coño no has disparado? —gritó su hermano, resoplando.
Mike se levantó, aturdido.
—¿Te encuentras bien?
Amy tenía la pistola en la mano, apuntando al cielo.
—He tenido… —dijo, dándose cuenta de que se encontraba peor de lo que pensaba— otra de esas transferencias de pensamiento. Era… de ese terrorista.
—Tienes mal aspecto —dijo Max, a su lado—. ¿Seguro que no te han herido?
—No, estoy bien —dijo él, pensando que lo único que necesitaba era recuperar el resuello—. Escuchad, he visto a ese tipo… manejando un ordenador portátil en el interior de un vehículo.
Al levantarse notó que le dolía todo el cuerpo, especialmente la cara y las manos, que tenía en parte despellejadas por el asfalto. Y desde hacía unos instantes notaba pinchazos procedentes de una de sus costillas, probablemente donde se había golpeado contra el suelo. Caminó en dirección a South Street, pero le costaba respirar y tuvo que reducir la velocidad. El golpe había sido más duro de lo que pensaba, se dijo, llevándose la mano al costado.
—¿Dónde vas? —preguntó Amy.
Aún estaba confuso por la experiencia telepática y mezclaba los recuerdos de ese tipo con la realidad. Si se distraía podría perder esas imágenes; a veces se desvanecían como los sueños, aunque estuvo seguro de que esa no iba a ser una de esas ocasiones. Se acercó a la hilera de vehículos estacionados junto al Seaport: dos furgonetas, un pequeño camión, un Volkswagen rojo, un Honda blanco… «¡Honda blanco!», se dijo, y caminó hacia él, más animado. Sus dos amigos le acompañaron. Max intentaba ponerse en contacto con alguien. Oyó algo sobre una orden de arresto para el tipo del abrigo negro. Amy le miraba y a raíz de su expresión supuso que debía de tener mala cara. Tenía que hablar con ella, se recordó, pero ahora tenía algo aún más importante que hacer.
—Tranquilos… estoy bien —dijo, respirando de forma entrecortada—. Necesito… encontrar una cosa.
Se asomó al interior del Honda. Sobre el asiento del copiloto descansaba un maletín.
—¡Este es su vehículo! —dijo, respirando con dificultad—. Es… importante abrirlo.
—¿Estás seguro? —preguntó Max.
Él asintió con la cabeza y el estallido del cristal de la ventanilla le hizo dar un brinco. Como era de esperar, su amigo había sido expeditivo una vez más. Intentando sonreír vio cómo sacaba el maletín del interior del vehículo.
—Tiene una cerradura —dijo Amy—, espero que no sea de las que destruyen el contenido cuando se las intenta manipular.
—Apartaos —ordenó Max, depositando el maletín en el suelo y sacando su pistola.
—¡No, espera! ¿Qué es lo que…?
Dos rápidos disparos silenciaron a Amy e hicieron saltar por los aires el cierre. Él asintió, intentando con ese gesto agradecer a Max lo que acababa de hacer y se fijó en que Amy no protestó. A esas alturas ya no estaban para sutilezas. Sintiendo dolor, sacó el ordenador y pulsó el botón de encendido. Por un momento temió que no arrancara, pues el impacto de la bala había arrancado parte del plástico de la carcasa. Pero al cabo de unos instantes apareció el logotipo de Windows. A pesar del dolor de cabeza respiró aliviado. Nada más terminar de cargar el sistema la pantalla se bloqueó, quedando en negro y con una caja de texto en medio que pedía una contraseña. Cerró los ojos, se concentró y, muy despacio, tecleó una secuencia: 0109193911092010.
—¿Se puede saber de dónde has sacado ese número? —preguntó Amy.
Le había sido fácil de memorizar cuando lo vio en la mente de ese tipo, ya que tenía una explicación.
—Las primeras ocho cifras, 01091939, en realidad son una fecha, 1 de septiembre de 1939. La del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
—¡Oh, Dios mío! ¿Entonces, las ocho últimas…?
—Exacto, 11092010… es la fecha de hoy, 11 de septiembre de 2010. Y creo… que con ello insinúan que es el inicio de una nueva contienda. Algo de lo que ya hemos hablado… —Un latigazo le subió desde el pecho.
—¡Mierda! —exclamó Max—. ¡Llevabas razón con todas esas teorías de las profecías, hay alguien empeñado en cumplirlas!
—Sí, pero además…
—¡Mirad eso! —dijo Amy, señalando al monitor.
Vio que en pantalla había aparecido una larga lista de direcciones al lado de un mapa. En la parte superior había una etiqueta que ponía «Destinos recientes», y la comisaría de Pitt Street era uno de ellos. Así que ese ordenador tenía un GPS integrado. Se fijó en que el de la comisaría había sido marcado el día anterior, poco antes de que mataran al tipo con el que él había hablado.
—¡Es el hijo de puta que estuvo en la comisaría y mató a Danny Thompson! —exclamó Max, señalando ese dato—. ¡Y esa es la dirección de la Oficina del Forense!
—El problema —dijo Amy— es que hay cientos de localizaciones. Investigarlas llevaría mucho tiempo.
Mike, concentrado en respirar sin que la maldita costilla le doliera, les escuchaba mareado.
—Esperad… un momento —dijo, tosiendo mientras miraba concentrado la pantalla.
Pulsó sobre un par de iconos y accedió a otro listado denominado «Objetivos», que había visto en la mente de ese tipo y que era lo que más le había asustado. Nada más aparecer, sus amigos soltaron una exclamación: más de cien coordenadas geográficas inundaron la pantalla. Al lado de cada una de ellas estaba el nombre de una ciudad. París, México, Washington, Londres, Toronto, Madrid… Y a la cabeza de ellas, la posición 40 42 38.01 N y 74 00 58.02 O y el nombre de «Nueva York».
—Y estas se corresponden… —dijo Mike, pinchando en el mapa, que se amplió— con la Zona Zero.
Sus amigos hablaron, pero él sintió como si flotara. Tenía que decirles algo más, algo importante, lo que había acudido a contarles. Sin embargo, notó cómo caía al suelo mientras todo se volvía negro. Un fuerte dolor le ascendió desde el costado derecho. Al final sí que iba a tener una costilla rota.
Amy agarró a Mike al ver que se desplomaba. Con desolación vio cómo el ordenador caía al suelo e impactaba contra la acera con un sonido de plástico y de cristal resquebrajándose. Max se abalanzó sobre su amigo y le palmeó la cara.
—¡Mike!, ¿¡estás bien!?
Ella dejó caer el peso del chico sobre su brazo izquierdo y se las apañó para liberar su mano derecha, con la que buscó su pulso en el cuello.
—¡El corazón le late muy rápido!
—Qué raro —dijo su hermano—, no parece herido. Aunque… ¡un momento! —Se agachó y abrió la cazadora de Mike—. ¡Mierda!
Amy intuyó lo que ocurría cuando vio que Max se arrodillaba y apretaba una mano contra el costado derecho del joven mientras con la otra llamaba con su móvil. Se asomó y ahogó un grito. Oculta bajo la cazadora, la camisa de Mike estaba cubierta de una gran mancha de color rojo.
—No te retrases, Yeser, o nos golpearán.
Las palabras de Gienek le sacaron de su estupor, un estado del que cada vez le costaba más salir. Asintió con la cabeza y aceleró el paso. Habían empezado a llamarle muselmann, que era como denominaban a los que ya se habían rendido. «Tú ya medio kaput», le había dicho el kapo de la cicatriz unos días antes, señalando con el pulgar hacia el suelo. Lo malo es que eso era cierto. Desde su traslado al sonderkommando su vida se había transformado en un infierno aún mayor.
Una cosa era saber que allí morían miles de personas y otra muy diferente, formar parte de aquello. También era consciente de lo que ocurría con los judíos que formaban parte de esos comandos, ya que eran renovados cada cierto tiempo. Así que sus días estaban definitivamente contados. Ese era el motivo por el que el sargento Brunner, que les odiaba a él y a su hijo, había dictaminado su traslado. Con ello no solo había escrito su sentencia de muerte, sino que les había conminado a ambos a un sufrimiento indecible los días que les quedaran allí.
Su compañero le rozó con el codo. Él dio un par de pasos más rápidos y volvió a su andar cansino, arrastrando los pies. A esas alturas los bastonazos ya le importaban poco. Girando la cabeza para esquivar la mirada de Gienek, creyó captar movimiento con el rabillo del ojo. Se fijó y vio a un SS saliendo de un barracón que siempre estaba cerrado. Portaba un paquete bajo el brazo, parecía un uniforme doblado. Volvió a mirar al suelo para no llamar la atención del nazi ni del kapo, que ya se acercaba con el bastón en alto. Aceleró el paso para disimular y el tipo de la cicatriz pasó de largo, aunque receloso.
—¿Qué es ese barracón? —le susurró a Gienek.
Este era un judío de Varsovia que llevaba dos años en el campo, toda una hazaña. Antes de ser destinado al sonderkommando trabajaba en el taller de vehículos de las SS gracias a su dominio de la mecánica y del alemán. Era uno de los trabajos mejor considerados, ya que se hacía a cubierto, requería poco esfuerzo y el afortunado estaba en contacto con material que se consideraba delicado, lo que le aseguraba un mejor trato. Pero un mes antes el kapo del taller tuvo que hacer hueco para un prominenz, un preso político que había «comprado» ese puesto de trabajo mediante varias docenas de bonos canjeables en el prostíbulo del block 24A, y Gienek fue destinado al sonderkommando, donde una vez más se había adaptado sin protestar. El de Varsovia era un superviviente, aunque le quedara ya poco por vivir, pensó Yeser. Y en eso lo envidiaba.
—Es un almacén —dijo su compañero sin apenas mover los labios—. Y si te descubren merodeando cerca te disparan.
—¿Y qué guardan ahí dentro?
—Uniformes limpios, creo. —Mirando alrededor, añadió—: Pero lo que sea que estés pensando, no es una buena idea.
Miró de reojo al almacén en el momento en que pasaron a la altura de la puerta. Había un enorme candado cerrándola. «Uniformes…», pensó, dándole vueltas a una idea que él sí creía que podía funcionar.
—¿Crees que podrías conseguir un objeto del taller donde trabajabas?
—¿A qué te refieres?
Se lo dijo susurrando, y el polaco abrió los ojos de par en par.
—¿Estás loco? —masculló entre dientes—. ¡Eso es imposible!
—No lo es, es arriesgado pero no imposible, y te las apañarás para conseguirlo —dijo, con una súbita y fría determinación, que supo propia del que no tenía nada que perder—. También necesitaremos la ayuda de otra persona.
—Conseguirás que nos maten.
Le miró a los ojos, arriesgándose a que alguien se fijara en ellos.
—Ya estamos muertos, Gienek.
El polaco le aguantó la mirada durante un par de segundos. Tras ellos asintió con la cabeza, mientras apretaba la mandíbula. Yeser respiró más relajado. Siguieron caminando, alejándose ya del almacén.
—¿Y en qué consiste tu plan, si puede saberse?
—En que nos marchamos de aquí.
Max habló de forma rápida y precisa con emergencias, y con la ayuda de Amy tumbó a Mike sobre el suelo, esforzándose en no dejar de comprimir la herida. Apenas había gente, dada la hora y que estaban en una zona apenas visible desde South Street. El olor metálico de la sangre le aceleró el corazón, más al pensar que era de su amigo.
—¡Tenemos que hacer algo! —dijo su hermana—. ¡Hay que evacuar la Zona Zero!
Asintió, a pesar de que seguían sin pruebas. Aunque ese maldito ordenador no se hubiera estrellado contra el suelo, dudaba de que alguien aceptara un listado de ciudades como prueba irrefutable para generar una alerta de esa envergadura. Hacía falta una investigación minuciosa para vincular a Danny Thompson y el cadáver que habían dejado en el piso de su mujer con ese portátil. Ni siquiera él estaba completamente seguro de aquello.
—Maldita sea, no sé cómo convencerles.
—Max, ambos sabemos que casi con toda seguridad esos sitios marcan las ubicaciones de posibles atentados, ¡puede que esta no sea la única ciudad en la que hay bombas! ¿Sabes cuánta gente podría morir si es así?
Sabía que ella llevaba razón, pero no veía la forma de llevar a cabo todo aquello. Y menos aún viendo a su mejor amigo desangrándose en el suelo. Él lo había metido en aquel asunto.
—¿Y qué coño quieres que les diga? —gritó, sabiendo que estaba pagando con Amy su frustración—. ¿Que hemos visto una ruta turística de puta madre alrededor del mundo en un jodido portátil? ¿O que les hable del profeta ese, el Nostra-no-sé-qué, que no paraba de nombrar Mike?
—¡Di la verdad! ¡Que creemos que esta ciudad está a punto de volar por los aires! ¿O es que tú no has visto lo mismo que yo? ¡Era él, Max, era el tipo que mató al conductor de la camioneta y que nos robó el dispositivo a punta de pistola! ¡Ese hombre va a atentar en cientos de ciudades por todo el planeta!
Sintió un nudo en la garganta. Mike seguía perdiendo sangre. Esa imagen le hizo decidirse. Miró su reloj, un Casio que llevaba desde los ochenta y que nunca le había fallado. Marcaba las 8:31.
—La ceremonia comienza en quince minutos. Si hay una bomba, puede estallar en cualquier momento. Tengo que llegar allí como sea; tendré más opciones de convencerles de que evacúen si encuentro el maldito artefacto. Es la única forma de que me hagan caso.
Sintiendo una enorme opresión en el pecho apoyó la palma de su mano en el rostro de su hermana. Una lágrima descendió por ella, resbalando por el contorno de sus dedos. Cogió aire y lo exhaló lentamente. En las películas que le gustaba ver, las de polis de los años ochenta y con actores como Charles Bronson o Clint Eastwood, cuando se presentaban esas situaciones el protagonista siempre decía una frase ingeniosa. Pero él solo era un poli que había fracasado en su matrimonio y que estaba a punto de ser despedido, así que su repertorio de frases para la posteridad estaba un tanto desangelado. Respiró hondo al pensar que esa podía ser la última vez que veía a Mike y a su hermana.
—Amy… yo…
—Lo sé —dijo ella, abrazándole con el brazo que le quedaba libre—. Yo también te quiero, Max.
Él cerró los ojos, apretándolos con fuerza, y la abrazó.
—Haz el favor de salvar al mundo de una vez —dijo ella, entre lágrimas—, demuestra lo mucho que vales.
Sin ser capaz de responderle, se levantó y echó a correr hacia su Volvo. Solo entonces se dio cuenta de que él también estaba llorando.
Frank Brown sintió un escalofrío al ver el nombre de su hija en la pantalla de su móvil. Estaba afeitándose y no esperaba que volviera a llamarle, menos aún tras lo sucedido unas horas antes, cuando ella había rehuido hablar con él. Entonces se había inquietado por si tenían una pista. Pero había hecho unas cuantas llamadas, una de ellas a Xenon, y había comprobado que todo seguía en orden. Así que se había acostado tranquilo. Pero esa tranquilidad acababa de esfumarse. Nervioso, descolgó.
—¡Papá, escúchame con atención! ¡Hemos rastreado el móvil que encontramos en casa de la mujer del conductor asesinado!
Oyó cómo la cuchilla de afeitar, que había soltado sin darse cuenta, chocó contra el suelo.
—Pero, ¿cómo habéis conseguido…? —dijo, tartamudeando.
—Es una larga historia, nos han… ayudado. ¡Lo importante es que hemos localizado a ese tipo! —Él sintió como si el corazón se le detuviera—. Pero ha logrado huir tras disparar a Mike, que está aquí, herido. Y en su portátil hemos visto un montón de ciudades marcadas, ¡y Nueva York es una de ellas, justo en la Zona Zero! ¡Papá, esta vez va en serio, hay gente en peligro!
«Dios mío —pensó, sentándose sobre el retrete—. ¿Qué significa que os han ayudado? ¿Quién?», se preguntó. Tragó saliva y esta le supo amarga, por lo que dedujo que se había mordido el labio. La intervención de sus hijos (¡sus hijos!) estaba interfiriendo en un plan que durante años había desarrollado en el más absoluto secreto a las órdenes de Wurt Candel. Un plan que podía venirse abajo ¡por culpa de las dos personas a las que más quería! Y si eso ocurría acabaría en la cárcel. Y lo que es peor, el viejo probablemente quedaría impune, ya que no tenía pruebas materiales de su implicación. No, eso no podía suceder, tenía pensado otro destino para el maldito anciano. Apretó con fuerza su teléfono y meditó a toda prisa sobre las opciones de que disponía.
—Papá, ¿sigues ahí?
—Amy, escúchame —dijo, tratando de pensar a la vez que hablaba—. No me gusta nada todo esto que me has contado, aunque me duele que antes no hayas querido confiar en mí.
—Lo siento, papá… Yo…
—El mayor problema que tenemos ahora mismo —la interrumpió, mirando su reloj— es que si ese atentado está relacionado con la ceremonia, no nos queda mucho tiempo.
—Entonces, ¿me crees?
Él maldijo para su interior.
—Sí, pero es fundamental que tú confíes en mí y sigas mis indicaciones. En cuanto llegue la ambulancia y se lleve a tu amigo, aléjate del centro, ¿me has entendido? Dile a tu hermano que te lleve a…
Ella le interrumpió.
—¡Max va camino de la Zona Zero! —Sintió cómo el corazón parecía parársele—. Intenté impedírselo, pero dice que así tiene más opciones de que le hagan caso, cree que puede ayudar a localizar esa maldita bomba. Por eso he pensado que si tú llamaras, a lo mejor él no tendría que…
Apenas oyó el resto de las palabras de su hija. Sintió cómo su campo visual se reducía a un pequeño círculo y agachó la cabeza, intentando recuperar el riego sanguíneo. Sabía perfectamente dónde se ubicaba ese artefacto. Y conociendo a Max era posible que lo encontrara. Era un completo inútil para los tejemanejes políticos, pero sí un buen sabueso. El cuarto de baño comenzó a girar alrededor suyo.
—¡Amy, por Dios, al menos tú hazme caso, aléjate del centro!
Colgó sin ni siquiera oír la respuesta de su hija y, de memoria, marcó el número de Max. El muy idiota estaba fuera de cobertura. Desesperado, marcó otro número.
Duncan pulsó el botón de colgar de su teléfono y lo arrojó a un lado. Estaba en su despacho a pesar de que era temprano, ya que ese día iba a ser bastante largo, y la llamada de Frank ya le había puesto nervioso. Al parecer sus hijos habían estado a punto de atrapar a un tipo que, según ellos, podría estar involucrado en ese atentado que habían estado investigando. Y Max se dirigía a Zuccotti Park para localizar la hipotética bomba.
—¡Media ciudad está obsesionada con la posibilidad de un atentado! —había protestado él—. ¡Lo último que necesitamos es que un detective de la policía empiece a cacarear que va a ocurrir uno! ¿Qué vamos a decirle al presidente?
—Veo que lo has entendido perfectamente —le había contestado Frank—. Precisamente por eso creo que eres el único que puede hacer que todo esto se arregle, cuidando a la vez de la seguridad de todos, especialmente la de mis hijos. ¿Lo has comprendido? Quiero que esto se zanje con discreción.
—Dalo por hecho, Frank, trataré de frenar a tu hijo y de que no cunda el pánico por una amenaza inexistente.
Había colgado, sonriendo al pensar que tenía planes muy diferentes para los hijos de Frank. Ahora tenía un nuevo mentor, así que se regocijó con los múltiples cargos con los que pensaba acusarlos: desobediencia, rebeldía… la lista, con ayuda de los chicos de Asuntos Internos y los de la Oficina del Fiscal, sería muy larga. Luego le ofrecería a Frank mediar para reducir esos cargos, haciendo un informe positivo. Pero eso sería tras aceptar la solicitud de traslado de comisaría que tanto Max como Amy pedirían. Así, con el tiempo, Craig tendría el camino libre para ocupar el asiento de capitán. Y siendo él jefe de la policía de Nueva York eso terminaría ocurriendo. Así que, le ayudara quien le ayudara, Frank Brown o ese maldito viejo, se iniciaría el poder de la saga de los Farrow. Se palmeó la barriga satisfecho mientras llegaba su hijo, al que había hecho llamar nada más colgar con Frank. Le preocupaba su aspecto, iba a tener que indagar si el chico estaba fumando alguna de sus mierdas, pensó.
Craig llamó a la puerta de su despacho y Duncan vio confirmados sus temores cuando le dejó entrar: estaba pálido y tenía unas enormes ojeras. Pero estas no eran nada al lado de las heridas que lucía en el rostro. Al menos tenían pinta de haber sido curadas por un profesional. Así que Frank Brown parecía haberle hecho caso.
—¿Cumpliste con tu encargo de anoche?
Vio cómo Craig clavaba sus ojos en él y que su mirada era acuosa, casi distraída. Incluso siendo su padre sintió una punzada de temor al verla.
—Solo… en parte.
Tragó saliva, y por primera vez en su vida tuvo miedo de estar a solas con su hijo. Se dio cuenta de que si a Craig le daba por enfrentarse a él, no tendría la más mínima opción. Sí, quizá lo mejor sería poner algo de distancia entre ambos. Pero eso sería cuando Craig hubiese cumplido el cometido que le había encargado ese jodido anciano, Wurt Candel, en esa extraña reunión que habían mantenido el día anterior en el interior de una furgoneta.
—No me vale esa respuesta. Tienes una última oportunidad —dijo, dudando si su hijo estaba capacitado para hacer algo ese día—. Sé dónde está Amy ahora mismo. Encárgate de una vez por todas de esa sabelotodo.
Cuando le dijo que Mike estaba herido y que Amy estaba sola con él esperando a una ambulancia, vio que una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro.
—¿Cuánto hace… que han avisado a emergencias?
—Cuatro minutos —dijo él, mirando su reloj y sin saber adónde quería ir a parar su hijo.
—Perfecto… —exclamó Craig, dirigiéndose hacia la puerta mientras sacaba su móvil.
—Recuerda no hacerle daño a ese tal Mike Brenner. Al parecer es importante para la gente de Candy Systems, ¿me has entendido?
Craig no respondió, aunque confió en que le hubiera escuchado. La zorra de Amy le daba igual, de hecho casi prefería que le sucediese algo, pero no así al chico. El viejo se lo había dejado bastante claro, y era uno de los hombres más ricos de la ciudad. Y, lo que era más importante, tenía muchísima más influencia política que Frank. Así que si los hijos de este sufrían algún percance casi mejor, pensó sentándose en su sillón. Frank se estaba convirtiendo en un estorbo con tanta orden y tanto desplante. ¿Quién se había pensado que era?, se dijo, meditando sobre la suerte de tener un nuevo benefactor. Satisfecho de cómo estaban discurriendo las cosas, se sirvió un vaso de whisky. «Qué poco te falta para ser jefe de la policía de esta maldita ciudad», se dijo, mientras se tragaba el contenido de un solo trago.
Craig necesitaba otra dosis de Analgesia. Había perdido la cuenta de cuántas llevaba ya, pero no podía soportar el dolor. Le temblaban más las manos que antes, pero supuso que eso se debería al estrés. Palpar su reproductor MP3 en el bolsillo le hizo sentirse mejor. Pero antes de ponerse los auriculares tenía que hacer algo para acabar de una vez con esa imagen de Amy burlándose de él mientras se follaba a su nuevo amiguito. Así que en lugar del MP3 cogió su móvil y marcó el número de la central de emergencias.
—Emergencias, dígame qué le ocurre.
La voz pertenecía a un chico que aparentaba ser bastante joven. «Perfecto», pensó.
—Escucha atentamente, chico… —Intentó sonar firme—. Soy el sargento Craig Farrow, distrito siete de la policía de Nueva York. —Añadió su número de placa—. He solicitado… una ambulancia al Seaport… por una herida de bala hace unos cinco minutos.
Oyó ruido de pulsaciones de teclas.
—Sí, señor, es correcto. Aún no ha llegado. Estará allí en unos…
«¡Bien!», pensó él, cerrando el puño con fuerza en señal de triunfo.
—Ya no es necesaria —dijo en tono firme—, la persona herida ha sido evacuada.
—Entonces, ¿ya no necesita la ambulancia?
Ese chaval parecía idiota. Craig se lo imaginó: novato, delgado, con la cara llena de granos y en su primer día de trabajo.
—¿Es que no me has entendido? —replicó caminando en dirección a la salida—. ¡El herido ya ha sido evacuado! Hoy es 11 de septiembre y en un rato se inicia la ceremonia del aniversario de los atentados. ¡Y tanto tú como yo tenemos la orden de mantener los máximos efectivos disponibles y preparados!
—Yo… verá…
Sintió cómo una de las venas de su frente comenzaba a palpitar.
—¿Me puedes indicar tu nombre, chico? —gritó.
Durante dos segundos pareció que el operario no iba a contestar.
—Perdone, señor… Lleva usted razón. Verá, llevo poco tiempo en esto y…
—¡Y si continúas con esa actitud no vas a durar mucho!
Percibió el sonido de las teclas.
—Ya está anulada, señor. Perdone mi falta de reflejos… En realidad es mi primer día de trabajo.
No pudo evitar sonreír. Aún no había perdido del todo su intuición.
—Perfecto —dijo, subiéndose a un vehículo patrulla.
Nada más colgar se puso los auriculares de su MP3, subió el volumen y pulsó el botón de Play.
—¡Te he pillado, chaval! —dijo en voz alta, mientras soltaba una carcajada y pisaba el acelerador a fondo.
Sin parar de reír, activó las sirenas del vehículo.
—¡Era tu primer día, chico, lo he olido! —dijo, con lágrimas en el rostro a causa de la risa—. ¡Y ahora yo me haré cargo del evacuado… y de la zorra que está con él! ¡Yo!
Amy empezaba a desesperarse, hacía ya cinco minutos que su hermano se había ido y, a pesar de que había oído sirenas, no había aparecido ninguna ambulancia. Respirando de forma agitada y sin dejar de comprimir la herida miró a Mike. Su aspecto no le gustaba nada. Seguía inconsciente y sus esfuerzos para respirar habían sido cada vez mayores, pero en los últimos segundos ya no empleaba tanta energía para inhalar aire. Sus respiraciones habían pasado a ser más superficiales y no le gustó el color que parecía estar adquiriendo su piel, especialmente los labios, ligeramente azulados.
Ella apenas podía moverse para no dejar de comprimir la herida. Necesitaba que llegara la ambulancia de una vez. Estaba segura de que el problema de Mike no era tanto la hemorragia, que parecía haberse detenido, sino que hubiera entrado aire a través de la herida. Sus conocimientos de medicina aún eran escasos, pero sabía que uno de los riesgos de una herida en el tórax consistía precisamente en que podía entrar aire y comprimir los pulmones, era lo que se llamaba un neumotórax, cuyo mayor problema era que el aire retenido dentro podía llegar a aplastar al pulmón, algo que podía ser mortal. «¿Por qué no vendrá esa ambulancia?», pensó mirando alrededor y aflojando un poco la presión sobre la herida. Al hacerlo oyó un ligero silbido en el pecho de Mike, señal de que el aire efectivamente parecía estar entrando.
—¡Joder! —exclamó en voz alta.
Hizo un movimiento rápido con la mano en dirección a su bolsillo donde, afortunadamente, encontró su móvil. Sin embargo, estaba resbaladiza a causa de la sangre de Mike y tuvo que tirar del teléfono un par de veces para poder sacarlo. Al lograrlo giró el tronco un poco más de lo deseable y su mano izquierda resbaló unos pocos centímetros, pero los suficientes como para que la herida se abriera y la sangre empezara a brotar de nuevo. Rápidamente rectificó la postura pero con la mala fortuna de que el móvil se le escapó de entre los dedos, cayendo al suelo lejos de su alcance.
—¡Mierda! —gritó—. ¡¿Pero es que no va a venir nadie?!
Miró el rostro de Mike. Estaba aún más pálido y sus respiraciones eran todavía más superficiales. Se agachó y pegó la oreja al lado derecho de su tórax: no se oía absolutamente nada. Ese pulmón estaba a punto de colapsarse, si no lo había hecho ya. Sin dejar de comprimir repitió la misma operación al otro lado del pecho del chico. Apenas se oía una mínima entrada de aire. Estiró el brazo todo lo que pudo para intentar coger el móvil del suelo. Imposible, se dijo, tenía que soltar la herida. Quizá mereciera la pena intentarlo. Decidida a soltarlo un instante, examinó de nuevo el tórax de Mike. Se horrorizó al ver que no se movía.
Max golpeó el salpicadero maldiciendo en voz alta. Estaba en Maiden Lane, a tan solo media milla de su destino, pero el tráfico estaba prácticamente detenido.
—¡A la mierda! —exclamó.
Acelerando, subió los neumáticos del lado derecho del Volvo sobre la acera. El bramido del motor mitigó la oleada de pitidos e insultos que escuchó alrededor. Concentrado en la conducción con una sola mano, con la otra intentaba hacer aspavientos a los idiotas que no se apartaban. Su vieja sirena y el hecho de que su Volvo era conocido en casi toda la ciudad al menos permitieron que numerosos policías le dejaran paso.
Sin dejar de pisar el acelerador, por fin vio la intersección con Broadway, en la que giraría a la izquierda para alcanzar Liberty Street y al fin su destino, Zuccotti Park, donde en pocos minutos comenzaría la ceremonia. Y donde, casi con toda seguridad, había una bomba a punto de explotar. Giró para esquivar una boca de incendios a la vez que metía la mano en el bolsillo de la chaqueta y rozaba con los dedos un cigarro. Pensando que probablemente era el último que iba a fumar, se vio obligado a pisar el pedal del freno a fondo, clavando el vehículo en la calzada con un prolongado chirrido de neumáticos. Una barrera de policías le impedía el paso. Varios de ellos le apuntaban con sus armas.
—¡Baje del vehículo inmediatamente! —dijo uno de ellos a través de un megáfono.
Miró su Casio. Marcaba las 8:35. Faltaban once minutos.
Amy reaccionó inmediatamente y buscó el pulso de Mike, que era rápido y terriblemente débil. «Se le están aplastando los pulmones», se dijo intentando mantener la calma. Si no hacía nada, en un minuto su organismo empezaría a sufrir la falta de oxigenación. Y en unos dos o tres más el chico podía sufrir daños cerebrales irreversibles… y morir.
—¡¿Puede alguien llamar a una maldita ambulancia?! —gritó desesperada.
Pero aquello era Nueva York, estaba en el Seaport y a esas horas de un sábado estaba prácticamente desierto, a pesar de que a unas decenas de metros pasaban cientos de vehículos. Desesperada, intentó recordar sus clases de anatomía. En ellas le habían explicado cómo se actuaba frente a un neumotórax, el cuadro que casi con toda seguridad estaba sufriendo Mike. El problema residía en que el aire se acumulaba y comprimía al pulmón hasta aplastarlo, así que la solución era hacer otro orificio más grande para que el aire escapara a través de un tubo. Fácil de decir. Lo mejor de todo era que solo había visto cómo se hacía en unas fotografías que habían proyectado en clase.
A lo lejos oyó una sirena, pero era de un coche patrulla, no de una ambulancia. Tenía que hacer ese agujero o el chico moriría. Recordó que en otra clase el profesor había alardeado de haber practicado una traqueotomía de urgencia en un avión con la ayuda de un simple bolígrafo. Lo usó para perforarle la tráquea a un pasajero por debajo de la obstrucción que le había generado un pedazo de carne de ternera con el que se había atragantado. Con esa perforación el aire volvió a entrar, salvándole así la vida al pasajero.
«Si él pudo abrir una garganta con un bolígrafo…», pensó, echándose la mano al bolsillo de la camisa para coger uno de plástico transparente. Abrió la camisa de Mike y apoyó la punta del boli sobre el borde superior de la tercera costilla, más o menos bajo el punto medio de la clavícula. Ni siquiera estaba del todo segura de que ese fuera el sitio exacto. Apoyó la punta del bolígrafo y apretó. La piel de Mike se hundió un centímetro pero, sorprendentemente, ni siquiera le hizo una herida. Se quedó boquiabierta. No podía imaginarse que la piel fuera tan elástica. Si quería hacer un agujero iba a tener que apretar mucho más.
Entonces recordó que bajo de la piel había, además, una capa de grasa y otra muscular que también tendría que atravesar para alcanzar la pleura, la cual también tendría que romper para evacuar el aire. Tendría que hacer mucha más fuerza. Una opción era tomar impulso levantando el brazo, pero podía errar el sitio de punción y alcanzar el corazón, por lo que la desechó inmediatamente. No, lo que necesitaba era un objeto punzante. «Si tuviera una navaja como la de Max…», pensó, y una sensación parecida a una descarga le recorrió el cuerpo, ¡tenía una navaja, concretamente la de Max! ¡Se la había dado en la Oficina del Forense!
Agitada, comenzó a rebuscar en su cazadora y casi gritó de alegría cuando la encontró en un bolsillo. Apoyó la punta sobre la piel de Mike. Un atisbo de duda pasó por su mente, pero el horrible color de la piel del chico la ayudó a decidirse. Con pulso firme abrió una línea de un centímetro sobre el borde superior de la costilla, ya que ahí el riesgo de sangrado era menor. Encontró distintas resistencias que supo se correspondían con la piel, el músculo… ¿Cuánto había avanzado?, se preguntó. ¿Un centímetro, dos? Se dio cuenta de que no tenía ni idea de cuánto había que profundizar. «¿Cómo sabré cuándo he llegado a la pleura?», pensó con preocupación.
De repente su mano profundizó sin encontrar resistencia. Soltó una exclamación por la sorpresa y se dio cuenta de que tenía que estar en la cámara de aire cuando sintió cómo este salía. Con rapidez, desmontó el bolígrafo e introdujo el canuto de plástico, ahora hueco, en el agujero, al mismo tiempo que retiraba la navaja. Salió más aire y, sonriendo, vio cómo el tórax de Mike comenzaba a moverse de nuevo. Superficialmente, ¡pero se movía! En pocos segundos el color de sus labios mejoró. Aún emocionada, fue consciente de que se producía movimiento a su izquierda y de que había dejado de oír la sirena que parecía estar acercándose. Miró de reojo y vio un vehículo patrulla de su propia comisaría atravesado a unos pocos metros de ella. La puerta del conductor se estaba abriendo.
—¡Necesito ayuda! —gritó a su compañero, con voz afónica—. ¡Pide una ambulancia!
El hombre no respondió. Trató de ver quién era mientras mantenía las manos sobre el pecho de Mike, intentando mantener el canuto en su sitio para que siguiera saliendo el aire. Algo en la forma de moverse del policía hizo que un estremecimiento le recorriera la médula. Este se propagó por todo el cuerpo cuando distinguió el anguloso rostro de Craig.
Oscuridad. Y de repente dolor, en su mejilla derecha. Luego en la izquierda. Leon abrió los ojos bruscamente al sentir el rostro frío y húmedo. Le habían arrojado agua y le estaban palmeando la cara. La luz le hizo parpadear, molesto. Captó algunas imágenes —azulejos, tubos de ensayo, una bata blanca— e inhaló el inconfundible olor a desinfectante. Supo dónde estaba.
—Es curioso que pierdas el conocimiento cada vez que haces eso —dijo Mengele, con esa voz melosa que soportaba cada vez menos—. Además, has vuelto a convulsionar.
Una luz pasó de un ojo a otro, haciéndole parpadear. Inhaló el olor de su loción de afeitado cuando el médico se inclinó sobre él. Hasta su ropa olía a almidón. Entendió que las prisioneras judías no tuvieran reparo en ser objeto de sus atenciones. Lo que no sabían era que la que pasaba la noche con él, al día siguiente ya no estaba en el block 24. Ni en ningún otro.
—Lo siento, Herr doktor —dijo, con la boca espesa.
—¿Has visto algo?
Las imágenes pasaron como una exhalación por su mente. Recordaba la cámara de presión, con el preso dentro. El experimento consistía en ver cómo reaccionaba el organismo al aumento de presión atmosférica. Al principio el prisionero solo gritaba de dolor. Tras unos minutos comenzaban las convulsiones, con la víctima todavía consciente, y sus aullidos se mezclaban con el rechinar primero y el estallido luego de sus dientes chocando entre sí por las descontroladas contracciones de sus mandíbulas. Finalmente el cerebro estallaba dentro del cráneo. Durante todo el proceso la misión de Leon consistía en mirarle a los ojos, para ver si «ocurría» lo que él sabía hacer.
—Sí… —contestó, con la lengua pegada al paladar— lo he visto todo… como siempre.
—¡Estupendo! —exclamó el médico, sonriendo y acercándole una tablilla con un lápiz—. Anótalo, es importante que lo hagas cuando aún lo tienes fresco.
Aún aturdido, comenzó a garabatear en el papel. Cuando hubo terminado se lo entregó al médico. Tras unas cuantas preguntas adicionales (su alemán era tosco y le costaba expresar muchos matices), por fin le dejó marcharse, no sin antes regalarle un pastel de frutas que él devoró en su presencia.
Al salir del block 10 el recuerdo de lo que había visto le golpeó en el estómago y, a pesar de los esfuerzos que hizo para evitarlo, vomitó. Los restos del pastel cayeron al suelo y se mezclaron con la tierra helada. A pesar del hambre, fue incapaz de reaccionar y echó a andar en dirección a Canadá. Aunque le hubieran dado otro pastel no hubiera podido comérselo. Sabía que eso no era una buena señal.
Era casi mediodía cuando se integró al sonderkommando. Estaban repartiendo el potaje y ocupó un puesto en la fila. Tras enseñar su número tatuado le llenaron la escudilla. Tuvo suerte y le tocó de la parte del fondo, por lo que fue en busca de su padre para compartir con él parte de su ración.
—El médico me ha dado algo de comer —dijo a modo de explicación, para que aceptara su ofrecimiento.
—¿Te trata bien, hijo? Cada día tienes peor aspecto. Y no me refiero al físico.
Suspiró. Tras su discusión al poco de llegar allí su padre no había vuelto a preguntarle por lo que hacía con Mengele. Se limitaba a interrogarle sobre si le pegaban o si comía, pero cada vez con menos ganas. Sin embargo, ese día creyó percibir un brillo diferente en sus ojos.
—Sí, padre, yo… estoy bien —mintió.
Durante un rato comieron con fruición (constató con cierta alegría que el apetito había vuelto) y rasparon el fondo de sus escudillas con la cuchara. Cuando ya no quedaba nada que rascar, apoyaron la cabeza en el muro de piedra de la cámara de gas. Al lado de su padre y descansando a la sombra, se sintió algo mejor. Esos eran los únicos minutos del día en los que se sentía mínimamente como una persona. Notó que su padre estaba inquieto.
—Papá… —Yeser giró la cabeza hacia él—. Mamá y Martha, murieron el primer día, ¿verdad?
Su padre apretó los labios. Tras unos segundos asintió con la cabeza y le rodeó el cuerpo con el brazo.
—Sí, así es… Yo… No he encontrado la forma de…
—Ya lo sabía —dijo, mirándole a los ojos—. Mi preocupación era que no estuvieran pasando por todo esto.
Vio unas lágrimas aparecer en el rostro de su padre.
—Hijo… nosotros tampoco nos lo merecíamos. Nadie se lo merece. Este lugar es la materialización de la maldad que hay en el hombre, lo que ocurre cuando no se ponen medios para frenarla como leyes, normas o cualquier medida de control. Hasta las religiones son en sí sutiles formas de mantener refrenados a los hombres. Esto que ves —dijo mirando alrededor— es lo que sucede cuando el hombre se libera, cuando no encuentra nada que le obligue a moderar su maldad innata. Recuérdalo, Leon, el hombre es un depredador más, el peor de todos. Solo la inteligencia frena ese instinto. Y esto que ves es lo que sucede cuando se desobedece a esa cualidad que la naturaleza nos dio… tan inútilmente.
Él asintió, satisfecho al menos de saber que su hermana y su madre no estaban padeciendo aquel absurdo sufrimiento. Tras unos segundos miró de nuevo a su padre.
—Dicen que los que venimos a trabajar aquí —señaló la pared sobre la que se apoyaban—, no duramos mucho.
Su padre miró a los lados, y se fijó en que a unos veinte metros a la derecha estaba el odioso kapo de la cicatriz. Afortunadamente parecía distraído con otro prisionero, al que amenazaba con su bastón.
—Hijo, tengo un plan. —Leon sintió el corazón dar un brinco. ¿Un plan? Nadie hacía planes en el lager. No tenían sentido, cuando podías morir cualquier día. Su padre se acercó hasta casi rozarle la oreja con sus labios—. Mañana a esta hora, procura estar cerca de mí. —Con ojos brillantes, añadió—: Nos vamos.
Max necesitó tan solo un minuto para convencer al sargento (unos cincuenta años, escaso pelo blanco y prominente barriga) de que su historia era verdad. Para abreviar, lo que hizo fue amenazarle no ya con perder su empleo, sino con enviarlo a limpiar las letrinas de la prisión más putrefacta del estado de Nueva York. Esas palabras, junto con los aspavientos que hizo al hablar, sosteniendo en una mano su placa y en la otra un cigarro sin encender, terminaron de convencer al policía barrigón, que le dejó pasar.
—Es el detective Maxwell Brown, del distrito siete —oyó que decía por la radio mientras le franqueaba el paso—. Dice algo de un posible atentado, pero puede que haya perdido la chaveta.
Apenas le importaron sus palabras, mientras aceleraba de nuevo. En unos pocos cientos de metros ya no pudo avanzar más. Detuvo el vehículo y se bajó de él. Un agente le dijo algo sobre que no podía abandonar el coche allí. Él levantó el dedo medio de su mano izquierda como respuesta.
—¡Las llaves están puestas! —dijo sin detenerse—. ¡Muévelo tú!
De reojo vio cómo el agente llamaba por su radio. Hizo caso omiso y avanzó corriendo los metros que le separaban de su objetivo. Vio la tarima de autoridades en el preciso momento en que comenzó a sonar una música por los altavoces. Esta se detendría unos minutos después, justo a la hora del primer impacto del atentado que lo había cambiado todo nueve años antes. Miró su reloj. Marcaba las 8:40.
Amy se quedó paralizada al ver a Craig. La sonrisa que se dibujó en el rostro del sargento la aterrorizó.
—¡Maldita sea, llama a una ambulancia! —le gritó, aunque su voz le sonó quebrada.
El policía no se inmutó y siguió acercándose. Cuando estuvo a tan solo unos pasos, se dio cuenta de que algo no marchaba nada bien: no solo andaba de forma irregular, las manos también le temblaban ostensiblemente. Pero lo peor fue encontrarse con su mirada. Estaba acuosa, como ida. Eran los ojos de un autómata, pensó, de algo (y no alguien) que se mueve por voluntad ajena, más que propia.
—Vaya, la… zorra… y el marica —dijo, arrastrando las palabras al hablar—. Solo falta el fracasado de tu hermano… ¿Dónde ha ido, a por un vibrador para… satisfacerte? ¿Entre los dos… no te dan lo que necesitas?
Definitivamente algo no iba bien, pensó sin dejar de sujetar el bolígrafo. Al menos Mike seguía moviendo el tórax de forma acompasada, aunque la situación no parecía muy halagüeña para él, precisamente. Ni para ella, claro.
—¡¿Qué haces tú aquí, si puede saberse?! —gritó, intentando sonar amenazadora, aunque fue consciente de que estando de rodillas y con ambas manos ocupadas en sujetar un bolígrafo no debía imponer demasiado—. ¡Haz algo útil, llama a emergencias, ya tendría que haber llegado una ambulancia!
Notó cómo las axilas le ardían por el sudor. Si conseguía que él se intimidara, tendría una oportunidad.
—Ah, sí, tu ambulancia… —contestó Craig, mientras se ponía en cuclillas al lado de Mike—. Me temo que no va a venir.
Agitado, Max buscó algún indicio de dónde podía estar la bomba. Aquello era un hervidero de gente. Vio a las autoridades sobre la tarima, de espaldas a él y rodeados de agentes de policía y del Servicio Secreto. Sin darse cuenta se dio de bruces con alguien, perdiendo momentáneamente el equilibrio.
—¡Max!, ¿se puede saber qué haces?
Conocía esa voz casi tanto como la suya. Abrió la boca sin creer la suerte que había tenido.
—¡Bruce!, ¿qué haces aquí?
—Eso deberías explicármelo tú a mí, amigo —contestó su viejo compañero—. El capitán me llamó anoche, poco después de estar contigo. Estaba hecho una furia, me dijo que habías perdido la cabeza y que ocupara tu puesto aquí. ¡Me he pasado la noche preguntándome si hice bien en ayudarte! Precisamente acaba de volver a llamarme. Max, ¿se puede saber qué está ocurriendo?
—Es una larga historia —dijo, intentando recuperar el resuello—, pero se resume en que estoy seguro de que aquí, en algún sitio, hay una jodida bomba a punto de estallar. —Bruce se limitó a escudriñarle con la mirada—. ¿Qué ocurre? ¿Acaso no me crees?
—Duncan acaba de decirme que si venías diciendo algo de una bomba te detuviera inmediatamente.
Se quedó sin palabras. No entendía lo que estaba sucediendo, parecía como si todo el maldito mundo estuviera conspirando contra ellos. «O que nosotros nos hayamos vuelto realmente locos», se dijo. Miró a su amigo a los ojos.
—¿Y le vas a hacer caso?
Él siempre había considerado a Bruce como ese hermano mayor que no había tenido. No hubiera dudado en poner su vida en sus manos, y sabía que a su amigo le sucedía lo mismo. Tras unos segundos, Bruce por fin bajó la vista. Era todo lo que hacía falta para que se entendieran. Respiró aliviado; esos podían ser sus últimos minutos de vida, pero al menos el viejo Bruce estaría con él… Y le creía.
—Gracias, amigo —dijo, con la voz quebrada—. Pero no tenemos tiempo que perder, hay que dar la voz de alarma. A mí no me creerán, pero a ti sí.
Esta vez Bruce no dudó.
—¿Qué más necesitas?
—Encontrar la maldita bomba —dijo, feliz de poder actuar como en los viejos tiempos—. Por lo que sé la transportaban en una camioneta de reparto de color blanco y sin distintivos, aunque seguramente la habrán cambiado de vehículo después de saber que íbamos tras su pista.
Su amigo alzó la radio.
—Atención a todos los hombres, busquen por los alrededores una camioneta de reparto de color blanco y sin distintivos o cualquier vehículo sospechoso o no autorizado en la zona de seguridad. Podríamos enfrentarnos a una bomba. Repito, buscamos un posible vehículo con una bomba. Moved el culo ahora mismo, chicos, esto es prioritario y urgente.
—Gracias —dijo él—. Tiene que estar aquí mismo —añadió escrutando de nuevo a su alrededor, aunque solo vio vehículos policiales y de agencias del Gobierno—. Haz memoria, Bruce, ¿no has visto nada que te haya llamado la atención? Si han introducido un vehículo, ha tenido que ser en las últimas horas.
Vio que la expresión de su amigo cambiaba.
—¡Espera un momento! ¡Craig!
Notó cómo el corazón le golpeaba dentro del pecho. Más que en toda su vida deseó fumar y recordó que llevaba un cigarro en su mano derecha. Sin pensar en lo que hacía se lo llevó a la boca.
—¿Craig? —dijo, casi masticando el cigarro—. ¡¿Pero qué coño dices?!
—¡Hace unas horas ha traído un furgón de la comisaría! Cuando le he preguntado para qué era, me ha dicho que llamara a su padre, que era una orden directa suya. Era de madrugada y ya sabes que Duncan es un histérico, así que he mandado a ambos a freír espárragos, pensando en que ya hablaría más tarde con el capitán. Y luego, con este caos, se me ha olvidado preguntárselo, ¡joder, me estoy volviendo viejo!
Sintió un intenso frío que le recorrió el cuerpo.
—¿Dónde está ese furgón? ¡Rápido!
—Está justo al lado de la tarima de autoridad… —El rostro de su amigo palideció—. ¡Mierda! —añadió, acercándose la radio al rostro.
No tuvo tiempo de escuchar cómo Bruce alertaba a sus hombres. Miró su reloj y vio que eran las 8:42. En cuatro minutos se cumplirían nueve años exactos desde el impacto del primer avión. Y su intuición le dijo lo que iba a suceder en ese momento. Dejó a su amigo con la palabra en la boca y echó a correr hacia el furgón que le había señalado.
Un hilo de bilis subió por la garganta de Amy, dejándole un sabor que le pareció dulce comparado con el odio que sentía. Intentó llevarse la mano derecha a la cintura para sacar su arma, tarea que se le hizo complicada al tener que sujetar el bolígrafo que asomaba del tórax de Mike.
Se dio cuenta de que la fracción de segundo que había perdido había sido suficiente para darle ventaja a Craig cuando sintió un impacto en el rostro y el mundo se inclinó bruscamente. Soltó el bolígrafo y lo siguiente que notó fue el golpe contra el suelo. Sin tiempo para reaccionar se vio levantada como si fuera un fardo. La peste del aliento de Craig le ayudó a no perder el conocimiento.
Los ojos de ese hombre (si es que se podía llamar así a ese loco) apenas parecían tener un rastro de humanidad. Pero lo peor era la mezcla de odio y deseo que inundaba sus pupilas, dilatadas y fijas en las suyas. Una nueva respiración maloliente le hizo fijarse en que estaba sudando por todos los poros de su rostro. Definitivamente algo no marchaba bien en Craig, pero ella tenía problemas bastante más urgentes, pensó. Como por ejemplo que sus pies recuperaran el contacto con el suelo. Y que el dolor de su sien se mitigara para poder pensar con un mínimo de claridad.
—¿Sabes… lo que voy a hacer… preciosa? —dijo él, bajando la vista hacia su torso.
Se sintió desnuda. Pero enseguida él desvió sus ojos hacia el bulto que estaba en el suelo, encogido, respirando de forma superficial y con un bolígrafo de plástico asomando en su tórax.
—¡No!
Craig la dejó caer y ella apoyó mal el tobillo derecho, torciéndoselo. Se le escapó un gemido de rabia.
—Así me gusta oírte… gimiendo. Despídete de tu amiguito… creo que está muy grave, no parece… que vaya a sobrevivir… ¿Qué es esta mierda que le has clavado en el pecho? —Acercó su oído al bolígrafo, tras lo cual, sonriendo, lo agarró con la mano—. Muy ingenioso, sí señor… ¿Es que ahora eres médico?
—¡No! ¡Dime qué quieres, pero no lo hagas!
Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro del policía. Su párpado izquierdo comenzó a sacudirse.
—No sabes cuánto tiempo… llevo… deseando oír eso —dijo, soltando el bolígrafo.
—Craig, espera, yo…
—¿¡Vas a hacer lo que te diga o no… hija de la gran… puta!? —bramó él, agarrando de nuevo el plástico.
Este tembló, a la par que el brazo del sargento. Ella se tragó las ganas de echarse a llorar, junto con una inmensa rabia que apenas pudo contener.
—¡Sí, joder, sí! —gritó afónica—. ¡Haré lo que quieras! ¡Pero suelta eso!
Él abrió la palma de la mano y la dejó quieta unos segundos. El tiempo que tardó en poner todo el vello del cuerpo de Amy de punta.
—Ve bajándote las bragas… —dijo, relamiéndose.
Max arrojó al suelo la palanca que alguien había puesto en sus manos y con la que había forzado la cerradura de la furgoneta. Con un gesto brusco abrió las portezuelas y tras saltar al interior se quedó petrificado: frente a él había una estructura metálica de un metro y medio de altura y de color verde oscuro, cilíndrica y con una extraña forma ovalada en su parte superior que recordaba a un enorme supositorio, puesto de pie. Tenía dos refuerzos metálicos horizontales que recorrían la circunferencia del artefacto y una pegatina amarilla entre ambos, con forma de triángulo, mostraba un punto negro con tres aspas alrededor. No había que ser un experto en física para reconocer el símbolo universal de la radiación, se dijo, sin poder creer que todo aquello fuera realmente cierto: Mike le había leído el coco a ese tipo y el esfuerzo de las últimas horas no había sido en vano. Por un segundo sonrió, ya que probablemente no sobreviviría, pero había estado haciendo lo correcto.
Intentó concentrarse en examinar el artefacto y vio que sobre el refuerzo horizontal superior había un rectángulo de cristal ahumado. Sintió un escalofrío cuando vio lo que mostraba esa pantalla: una cuenta atrás en la que quedaban cincuenta y cinco segundos, que se transformaron en cincuenta y cuatro. Como si estuviera viviendo una pesadilla en la que el aire parecía hecho de algodón, consiguió darse la vuelta. Notó que los músculos de la cara se le contraían involuntariamente, probablemente fruto del pánico. Vio algo parecido reflejado en el rostro de Bruce, que en ese momento asomaba por la parte trasera de la furgoneta y acababa de ver lo mismo que él. El tiempo pareció detenerse mientras él corrió hacia su amigo.
—¡¡¡CORREEEEEEEED!!!
Su propia voz le sonó extraña, lejana. Sintió que se iba quedando afónico durante el tiempo que pudo sostener ese grito. Antes de que hubiera terminado de darlo, Bruce ya se había dado la vuelta y hacía aspavientos mientras daba órdenes como un loco a través de su radio. Él se volvió de nuevo y se enfrentó al objeto metálico. Las cifras del contador parecían ojos sangrientos. Le dio la sensación de que estaba mirando al mismísimo diablo a los ojos. Y de que este se reía de él con cada segundo que descontaba.
Durante unos instantes se hizo un silencio sepulcral en los asientos reservados para las autoridades. Duncan, que acababa de llegar, había escuchado el grito agónico de «¡Corred!», que había coincidido con esos segundos de silencio absoluto que precedían a la hora exacta del impacto del primer avión, justo antes de que sonaran unas campanadas.
Una gota de sudor le cayó por la papada y, de forma brusca, comenzó el caos: la multitud comenzó a correr y a gritar y su radio empezó a crepitar al mismo tiempo que su móvil sonaba. Incapaz de atenderlos se limitó a contemplar cómo los tipos del Servicio Secreto se abalanzaban sobre el presidente y comenzaban a correr cubriéndolo con sus cuerpos. Todo el mundo parecía haberse vuelto loco y corría, pero el problema, se dio cuenta mirando desde lo alto de la tarima, era que lo hacían en direcciones contrapuestas. Vio que muchos cayeron al suelo. El sonido, como si llegara con retraso, alcanzó sus tímpanos.
—¡Capitán, hay una bomba! ¡Tenemos que evacuar la zona!
Se giró como si le hubieran hablado en mandarín y vio a un sargento (un tal Winter que pertenecía a la promoción de Craig) frente a él. Tenía los ojos desencajados.
—¿Una… bomba? —dijo, intentando recuperar la compostura—. ¡Eso es imposible! ¿Quién ha dado el aviso?
—Creo que el detective Brown, señor —gritó Winter para hacerse oír, y señalando hacia algún lugar imposible de ver por la muchedumbre.
—¿¡Pero qué coño está pasando!? ¿Es que no le ha quedado claro a ese idiota de Bruce que él era el responsable de coordinar esto? ¿E impedir precisamente que ocurriera algo así? ¡Quiero un informe inmediatamente!
—Señor —contestó el chico, moviendo los pies como si quisiera echar a correr—. Con todo respeto, creo que no es el momento para un inform…
Duncan alcanzó el límite de su paciencia y de un manotazo empujó a Winter a un lado. Acercándose la radio a la cara se encaminó hacia el estrado. Pudo ver cómo la gente se aplastaban los unos contra los otros mientras sus hombres intentaban organizar una vía de escape. A raíz de los guiñapos sanguinolentos que empezaban a verse en algunos huecos visibles del suelo, dedujo que ese esfuerzo no estaba siendo del todo eficaz. Giró la cabeza hacia el coche presidencial y vio que los tipos de negro avanzaban hacia él, esquivando como podían a la muchedumbre, que a veces se acercaba demasiado a ellos. Oyó un disparo, pero no supo localizar de dónde venía.
—¡Bruce! —dijo al aparato—. ¿Qué está ocurriendo? ¡¿Quién ha dado la maldita orden de evacuar?!
La radio crepitó y se entrecruzaron un sinfín de órdenes. Cuando se disponía a gritar otra vez oyó la voz del viejo policía al que pensaba despedir, terminara como terminara aquel desastre.
—¡Duncan, hay una bomba! —oyó, con sonido de estática de fondo—. ¡Hay que evacuar YA!
Respiró hondo, pensando en los mochuelos que iba a tener que endosar para salir indemne de ese desastre.
—¿¡Y se puede saber dónde está esa jodida bomba!?
Más ruido de conversaciones y de estática.
—¡… su derecha! —oyó—. ¡Mire a su derecha, capitán!
Se giró y localizó, no sin cierta dificultad, a Bruce. Lo vio a unas decenas de metros, vociferando órdenes por su radio. Sus gestos con el brazo que le quedaba libre no podían ser más elocuentes, exhortando a huir. Estaba al lado de un furgón de la policía. Sintió el corazón latir con fuerza cuando vio que era precisamente hacia allí donde se dirigían los tipos del Servicio Secreto. Entonces vio que la furgoneta que señalaba Bruce estaba ubicada al lado del coche del presidente. Y por primera vez sintió una corriente de miedo recorrerle la médula.
Amy no pudo creer que Craig hubiera dicho aquello. Miró alrededor, pero no había nadie cerca y el coche patrulla les ocultaba de la vista de los bares y de la calle. Eso no podía estar sucediendo, tenía que ser una broma de mal gusto, se dijo, deseando poder pellizcarse y despertar en su cama.
—¡¡¡Que te bajes las bragas, he dicho!!!
La mano del sargento sobre el tórax de Mike le devolvió a la realidad, tenía que ganar tiempo. No podía violarla, pensó. Si lo hacía, le denunciaría. «No vas a poder denunciarle», pensó, y la idea le sacudió de repente: ese animal pensaba matarlos, tanto a ella como a Mike. Estaba fuera de sí. Notó que le faltaba el aire. Craig se acercó aún más y Amy pudo ver de nuevo cada uno de los poros de su piel, por los que rezumaba sudor provocado por los nervios, ese que huele tan mal. Contuvo la respiración e hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos abiertos a pesar de tener a ese asqueroso tan cerca. Él sonrió y pudo verle los dientes, amarillentos y manchados. Algo comenzó a ascender por la cara interna de su muslo izquierdo. No necesitó mirar para intuir que se trataba de su mano, yendo hacia…
—¡Estás loco! —gritó desesperada.
Le pareció como si ese grito lo hubiera pronunciado otra persona, mucho más valiente (e imprudente) que ella. Pero de alguna forma detuvo el ascenso de la mano del sargento. Vio que parte de su sonrisa se había esfumado. Pensando que esa podía ser su única oportunidad, levantó su rodilla derecha de forma brusca, golpeando la barbilla de Craig con todo el impulso que pudo. Sintió, más que oyó, un sonido seco recorrer sus propios huesos por dentro. Craig alzó la cabeza a la vez que dio un grito, corto pero pletórico de rabia, y se llevó ambas manos a la mandíbula. La sangre empezó a brotar de su boca, colándose entre sus dedos.
Sabía que si él hubiera estado en plenas facultades, ella jamás hubiera tenido la más mínima opción. Pero él estaba lento y torpe, así que intentó girar para zafarse del agente y golpearle de nuevo. Pero para su sorpresa sintió un terrible peso sobre los brazos y las piernas. Temblando y boca arriba, alzó la mirada y vio las anchas piernas de Craig sobre las suyas. Los brazos del sargento, anchos como columnas, caían a plomo sobre ella. Sintiendo una súbita sensación de pánico se dio cuenta de que no se podía mover. Un líquido espeso y caliente le cayó sobre la cara. Cuando alzó la vista gritó. Craig, con la camisa y el brazo empapados con su propia sangre, tenía el cañón de su pistola a escasos centímetros de sus ojos.
—¡Maldita zorra! Me has quitado hasta… las ganas de follarte. Pero hay algo que… me excita aún más que eso…
Vio perfectamente el dedo de Craig sobre el gatillo. Vio cómo lo apretaba. Y oyó el disparo. No pudo ni gritar.
Max, consciente de que no podía huir, buscó algún tipo de cable, conexión o panel de control. Sin despegar la vista del contador de tiempo —«¡Dios, qué rápido desciende!»— miró, palpó y escudriñó cada centímetro cuadrado del engendro que tenía delante. No vio ningún tipo de mecanismo que manipular. A lo lejos, como si pertenecieran a otro mundo, oyó gritos, sirenas y voces que salían de megáfonos y altavoces. No quiso ni pensar en el desastre que se habría organizado, dada la ineptitud de la persona que estaba al cargo. Se concentró en la jodida bomba, pero aquello era una misión abocada al fracaso.
Cuando en la pantalla apareció un solitario número cinco, apoyó los brazos sobre el frío metal del artefacto. El número, lenta y cruelmente, se transformó en un cuatro. Total, su vida era una auténtica mierda, pensó cuando vio el tres. Con la imagen de Kate y el último rato que habían pasado juntos en su cerebro, en el visor se dibujó el número dos. Sin poder contener las lágrimas (y a esas alturas, pensó, era absurdo sentir vergüenza por llorar), pensó en Amy, en su padre, en su madre ya muerta y en sus dos mejores amigos, Bruce y Mike. Con ellos en mente y con las lágrimas cayendo por sus mejillas, en la pantalla se dibujó el número uno. Con la imagen de las pocas personas a las que realmente quería, apareció el cero. Murmuró un «adiós». Fue en el preciso momento en que un estruendo le taladró el cráneo.
A las 8 horas, 46 minutos y 30 segundos del 11 de septiembre de 2010 se cumplieron exactamente nueve años desde que el vuelo 11 de American Airlines, un Boeing 767 con noventa y dos personas a bordo, se incrustara en la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York. Pero a diferencia de los ocho años anteriores, no sonó ninguna campana en la Zona Zero para conmemorarlo. Sí se activó un artefacto similar a otros ubicados en las ciudades más pobladas del planeta. En él, una potente y pesada batería de ion de litio proporcionó la energía necesaria a una placa base en la que un procesador comenzó a ejecutar una serie de órdenes que fueron replicadas por dos procesadores más trabajando en paralelo, con el único fin de garantizar el funcionamiento en caso de que alguno fallara.
En cuestión de nanosegundos las escasas (pero suficientes para su cometido) partículas de plutonio que albergaba cada uno de los dispositivos fueron comprimidas de forma brusca gracias a una pequeña explosión controlada que generó un potente chasquido, que fue el que oyó Maxwell Brown. Gracias a este proceso se produjo un incremento inmenso de la densidad del plutonio. Y eso produjo como consecuencia una reacción de fisión en sus átomos. El resultado de esta, si hubiera ocurrido de forma descontrolada, hubiera sido la aniquilación de todo lo que estuviera en un perímetro cercano y la propagación de descomunales dosis de radiactividad.
Sin embargo, en este caso la cantidad de plutonio era muy baja y su misión, calculada tras costosísimas y ultrasecretas simulaciones realizadas en cierta localización de un desierto de Kazajistán próximo al mar de Aral, era generar una enorme cantidad de energía electromagnética de forma inmediata, muy controlada y con un fin muy concreto. Esa energía se desplazó a la velocidad de la luz. Aunque fue frenada por elementos como paredes, metales, objetos o el propio cuerpo de Frank Brown, su tasa de penetración era altísima, tal y como habían demostrado las pruebas realizadas sin que nadie en todo el planeta se enterara. Por fortuna para Frank esa energía electromagnética no era en absoluto letal. Al menos, en ese estado inicial.
En el mismo instante en que la energía comenzó a ser liberada por los artefactos repartidos por todo el planeta, millones de mensajes comenzaron a circular por Internet y por casi todas las redes de telefonía móvil de los países afectados, avisando de inminentes atentados terroristas. La mitad de esos mensajes estaban escritos en inglés. La otra mitad, en árabe.
Por último, y antes de que se hubiera alcanzado el quinto segundo desde la activación de los artefactos, millones de aparatos eléctricos de todo el planeta recibieron una súbita descarga de energía electromagnética externa diseñada para activarlos. Como resultado comenzaron a emitir unos extraños sonidos. Teléfonos móviles, televisores, radios, ordenadores, dispositivos MP3 e incluso las líneas de telefonía fija (al ser afectados los ordenadores que las manejaban) comenzaron a emitir un ruido como de estática en el que, si uno se fijaba bien, parecía oírse una especie de tuba que oscilaba de tono de forma sutil. Varios miles de personas, repartidos por todo el planeta, hubieran reconocido estos sonidos sin dificultad. De hecho, muchas de esas personas tenían archivos con sonidos similares en sus ordenadores o reproductores de bolsillo. Una de las pocas que los hubiera reconocido inmediatamente, porque se dedicaba precisamente a estudiarlos, yacía en ese momento en el muelle del Seaport. Estaba inconsciente, respiraba con mucha dificultad y tenía un bolígrafo de plástico asomando por el tórax. Otra de las personas que hubiera reconocido esos sonidos sin dificultad estaba justo a su lado, sentado a horcajadas sobre una joven agente de policía y apretando el gatillo de su arma.
El rango de alcance de las ondas electromagnéticas resultó ser de varios kilómetros, superando los mejores pronósticos de los físicos que las habían diseñado. Habían puesto un empeño enorme en ese aspecto, obedeciendo así a las indicaciones de la persona que había puesto el dinero sobre la mesa. Ellos no le conocían, se habían limitado a seguir sus instrucciones y a diseñar unas ondas electromagnéticas de diferentes frecuencias que, al entrar en contacto con aparatos eléctricos capaces de emitir sonidos, los activaran para que comenzasen a emitir determinadas frecuencias. Las primeras fueron dos, una en los 400 y la otra en los 402 kHz. En el caso concreto de Zuccotti Park ambas se propagaron por los múltiples altavoces que había, destinados a amplificar unos discursos que jamás llegaron a pronunciarse. Bajo esos altavoces miles de personas corrían, aplastándose y haciendo caso omiso a las pusilánimes indicaciones de los agentes de policía, algunos más preocupados de no ser arrollados por la turba que por tratar de poner a salvo a nadie.
En cuestión de segundos, los cerebros de todos esos asistentes al acto, al igual que los de millones de personas en todo el planeta, se vieron bombardeados con una frecuencia sonora de 2 kHz, la correspondiente a las ondas theta, asociadas con estados de profunda relajación o inconsciencia. Sus cerebros, que funcionaban hasta en ese momento con ondas beta, las de alarma, intentaron discernir cuál era la opción correcta. En unos cuantos casos la elección de sus circuitos neuronales fue acertada, manteniendo el funcionamiento de forma normal y anulando, aunque fuera al menos en parte, esa súbita frecuencia nueva.
Pero por desgracia en la mayoría no fue así: cientos de personas, solo en las inmediaciones de Zuccotti Park, perdieron el conocimiento de forma inmediata nada más recibir el impacto de las nuevas ondas, siendo arrolladas de forma casi instantánea. Otros miles se llevaron las manos a la cabeza, intentando (inútilmente, claro) mitigar ese extraño sonido que pareció perforarles los tímpanos y que les desencadenó, de forma brusca, un dolor de cabeza similar al que les produciría un taladro agujereándoles el cráneo. Muchos de estos cayeron fruto del intenso dolor y fueron aplastados por los que seguían en pie, que en ese momento corrían todavía más desesperados.
Unos segundos después una de las dos frecuencias externas cambió a los 424 kHz. El resultado fue que, sin que nadie notara ningún cambio aparente en el extraño ruido, mezcla de estática y de tuba, sus cerebros comenzaron a recibir ondas a 24 kHz, correspondientes al estado beta. Este era el normal en vigilia, pero fue emitido con una enorme amplitud, más propia de los estados de hiperexcitación. Este cambio, imperceptible para el ser humano pero de graves consecuencias, generó incrementos bruscos de la tensión arterial con sus consiguientes hemorragias nasales, retinianas, renales y en otros muchos órganos, segando directamente la vida de cientos de personas o produciéndoles lesiones graves.
En muchos de los afectados la subida de tensión se produjo a nivel cerebral y sufrieron una muerte inmediata como consecuencia de las hemorragias que se sucedieron al reventar sus arterias cerebrales. Los que sobrevivieron a esas hemorragias, lejos de tener suerte, posteriormente sufrirían durante días o semanas las consecuencias de la reacción del cerebro ante esos procesos: una inflamación denominada edema que hacía que en muchos casos fuera necesario abrir la parte superior del cráneo de la persona afectada para descomprimir el cerebro e intentar evitar la muerte. Algo que muy pocos lograrían.
Y así, durante medio minuto que a millones de personas de todo el planeta se les hizo eterno, las frecuencias siguieron alternando entre alfa, beta, delta y theta. Los más débiles, los más expuestos o, sencillamente, los psicológicamente menos preparados, murieron rápidamente. Muchos dirían, luego, que fueron los más afortunados.
—¡Alto! —dijo el guarda, apuntándoles con su metralleta.
Era mediodía y Yeser empujaba un carro cargado de basura. Iba acompañado de Gienek, el mecánico, su hijo Leon y Kazimierz, otro polaco en el que habían confiado ya que trabajaba en el almacén que formaba el centro de su plan y que había accedido a intentarlo con ellos. Los cuatro estaban plenamente decididos a salir de allí o a morir en el intento. Sin embargo, conforme Yeser se había acercado a la puerta principal de Auschwitz I y vio hacerse grandes las palabras Arbeit macht frei, sintió un sudor frío bajarle por la espalda. Su plan hacía aguas por todas partes. Cogió aire intentando olvidar todo lo que podía salir mal.
—Somos de la escuadra de limpieza —dijo en alemán—. Vamos a tirar esto.
Habían conseguido sustituir a los presos que sacaban ese carro a diario pagándoles a cada uno una ración de pan, un precio desorbitado por hacer un trabajo que no les correspondía. Su temor era que el nazi, que en ese momento los escrutaba de arriba abajo, cotejara que sus números, los que llevaban tatuados en los brazos, se correspondían con los de su registro. Si lo hacía sería el fin de su aventura. Y por supuesto de sus vidas.
—Está bien, pasad —dijo el soldado, encendiéndose un cigarro.
Yeser disimuló las miradas de reojo que lanzó a todos sus compañeros cuando agachó la cabeza para empujar el carro. Apenas se pudo creer que estuvieran fuera del campo principal. Pero aún faltaba lo más difícil, se dijo intentando tranquilizarse mientras empujaba el carro. Unos minutos después llegaron al almacén de ropa. Gienek se separó para marchar en dirección al taller. En la mano llevaba una copia de la llave que se había agenciado durante el turno de la mañana para poder sacar lo que él le había pedido hacía dos días. Kazimierz miró a Leon y le señaló las ventanas superiores.
—Esta mañana he aflojado los tornillos de esa —dijo, señalando la de la derecha—. Es estrecha, pero te auparemos y podrás entrar empujándola. Para entrar necesitaremos una palanca. La encontrarás junto a la ventana, apoyada en la pared. Arrójanosla.
Él miró alrededor, nervioso. Aquello estaba desierto, como siempre a esa hora, pero en cualquier momento podía aparecer un nazi u otro preso dispuesto a dar el chivatazo. Intentó apartar ese pensamiento de su mente y ayudó a Leon a encaramarse. Le llamó la atención lo poco que pesaba su hijo, que se estiró todo lo que pudo y con sus dedos alcanzó el borde inferior de la ventana. Poniéndose de puntillas, le auparon y finalmente pudo encaramarse, aunque fue a costa de arañarse sus flacos brazos.
El minuto siguiente se le hizo eterno. No oyó nada salvo su respiración y la de Kazimierz que, a su vez, también parecía especialmente tenso.
—¿Por qué no aparece? —le susurró a Kazimierz.
Este se encogió de hombros. Cuando vio a Leon asomarse con la palanca en la mano estuvo a punto de gritar de alegría.
—Alguien la había cambiado de sitio —dijo su hijo, mostrándola—. He tenido que buscarla, pero aquí está.
Dejó caer la herramienta y él la cazó al vuelo. Segundos después, y con la ayuda de su compañero de fuga, lograron romper el candado. Sudoroso, abrió la puerta y se encontró con su hijo, al que abrazó.
—Vamos, no tenemos tiempo —les apremió Kazimierz.
Nada más poner el pie en el almacén, se quedó boquiabierto. Había cientos de uniformes nazis ordenados por graduación y tallas, y pulcramente planchados. También había botas, cinturones, cintos y cualquier complemento imaginable, todos relucientes. Pero lo que más le llamó la atención fue que también hubiera, en un armario, varias docenas de pistolas. No pudo evitar soltar una exclamación de asombro.
—¡Vamos! —le espetó Kazimierz, rebuscando entre los uniformes y alcanzándole uno—. Ponte este, creo que te vendrá bien.
Obedeció, y vio cómo le pasaba otro de menor talla a Leon. Iba a ser más difícil que su hijo pasara por un suboficial, pero no tenían otra opción. En ese momento se abrió la puerta y respiró al ver que era Gienek. Kazimierz le pasó un nuevo uniforme al mecánico, que se vistió a toda velocidad. Él se acercó al armario de las armas y tomó cuatro pistolas.
—Por si nos cogen —dijo, mostrándolas—. Ya os imagináis para qué son.
Si los atrapaban no tenía sentido enfrentarse a los nazis, que eran más y estaban mejor equipados y entrenados. Aunque abatieran a alguno su fuga estaría condenada. Las balas de esas armas estarían destinadas a ellos mismos en caso de fracaso. Todos asintieron y él repartió las pistolas. Se caló su gorra de Untersturmführer —segundo teniente— y salió al exterior. Al hacerlo vio un flamante Steyr 220 descapotable, negro y con matrícula de las SS. Sus precisas curvas y sus elegantes faros y adornos cromados le hicieron contener la respiración. Prácticamente había olvidado lo que era un automóvil. Y más uno como aquel.
—Cincuenta y cinco caballos —dijo Gienek, acariciando la parte delantera con la punta de sus dedos— y un motor de dos coma tres litros. No hay nada más veloz en todo el Reich.
Era incapaz de cerrar la boca del asombro. Le había pedido al polaco que sustrajera un vehículo rápido, pero nunca se hubiera imaginado que Gienek hubiera escogido, entre los muchos que había en el taller, precisamente ese.
—Yo… no creo que sea el adecuado.
—¡Pero si es perfecto! —dijo el mecánico, abriendo la portezuela del conductor del Steyr—. ¿Quién se va a atrever a darle el alto al vehículo del comandante Rudolph Höss?
Max se dio cuenta de que estaba en el suelo. Notó una sensación extraña que no supo reconocer. Seguía en la furgoneta, al lado de la bomba… «¡Y vivo!», se dijo, mirándose las manos sin creerse que las estuviera viendo. Miró la pantalla del dispositivo y vio que esta reflejaba una nueva cuenta, solo que esta vez era hacia delante: cinco, seis… parecían segundos. Se levantó a duras penas y con dolor en el cráneo, probablemente donde se habría golpeado al caer. Se llevó la mano y palpó un líquido caliente que reconoció antes de verlo con sus ojos. Supo que tenía que salir de allí.
Cuando se acercó a las puertas del furgón se dio cuenta de qué era esa sensación extraña que había notado: apenas podía oír, probablemente por el estampido que había escuchado antes de caer al suelo. Constató su sordera cuando abrió las puertas y se encontró un espectáculo dantesco frente a él. Miles de personas corrían en todas direcciones pisando sin ninguna piedad los cuerpos de las que estaban en el suelo, la mayoría inmóviles. A pesar de que casi todos estaban gritando (no le cabía la menor duda), él solo percibió un lejano murmullo y alguna detonación, pero que le sonó muy lejana. Le llamó la atención que muchos de los que corrían se llevaban las manos a los oídos. Parecían intentar protegerse de algo, que él no era capaz de escuchar.
Se preguntó qué podría ser, pero enseguida se fijó en varios agentes de policía, algunos con las pistolas desenfundadas e intentando dar órdenes sin éxito. Fue incapaz de saber lo que decían. Uno de ellos apuntaba al cielo con su arma y pareció dispararla en señal de advertencia. El sonido le llegó como si viniera de muy lejos. Una mujer de unos cuarenta años y con un vestido blanco cayó al lado del agente, siendo aplastada de forma inmediata por un hombre gordo que pisó su cara como si fuera una fruta. Al ceder parte de los huesos del macizo facial el hombre dio un traspié, apoyándose en el policía que acababa de disparar al aire. Este giró el brazo del arma, golpeando al gordo en el rostro con su codo.
Horrorizado, vio cómo el tipo caía, aún con su pie encima de la cara de la mujer cuyo vestido estaba ahora teñido de rojo, y sufrió los mismos efectos que él acababa de provocarle a ella unos momentos antes a pies de otras personas, que enseguida lo sepultaron. Aturdido, miró hacia la tarima de autoridades, situada a su izquierda, y vio a Duncan con la radio en la mano y mirando en su dirección. Este se volvió y comenzó a correr, alejándose. «Maldito cobarde», pensó. Falto de equilibrio —supuso que por la sordera—, bajó del furgón, procurando no acercarse demasiado a la muchedumbre que pasaba veloz a su lado.
Intentando enfocar (y escuchar algo), vio a cuatro individuos con traje oscuro y con pistolas en la mano acercarse mientras con sus propios cuerpos trataban de esconder a un quinto hombre que corría agazapado entre ellos. Había visto esa imagen en decenas de películas y siempre le había parecido de lo más irreal. Pero nunca tanto como en ese momento, más aún cuando comprobó que se encaminaban directos hacia él.
Miró alrededor y enseguida se dio cuenta del motivo: al lado del furgón de donde él acababa de bajar (y donde se encontraba el artefacto) estaba el coche presidencial, con el conductor ya maniobrando para buscar una vía de escape. Era evidente que no la iba a encontrar, ya que un amasijo de vallas bloqueaba el camino, parcialmente obstruido por la furgoneta que casualmente contenía una bomba o lo que demonios fuera aquel artefacto que parecía no haber dicho su última palabra. Pensó que quien hubiera elegido la ubicación del vehículo del presidente se había cubierto de mierda.
Haciendo aspavientos con los brazos se dirigió a los hombres de negro. Les gritó que se alejaran, que allí había una bomba. Alzó la voz todo lo que pudo, pero apenas era capaz de oírse a sí mismo. Tampoco debía tener muy buen aspecto, se dijo, así que no se fio demasiado de la imagen que debió mostrar a los agentes. Esto se lo confirmó el que dos de los tipos de negro levantaron sus armas, apuntándole sin dejar de avanzar. Su sentido común le hizo separar los brazos en alto y quedarse completamente inmóvil para intentar no aparentar ninguna amenaza. En menos de un segundo el grupo había pasado de largo, dejándole atrás y sin opción de volver a acercarse. Cosa que, por otra parte, hubiera sido un suicidio.
Desesperado, intentó buscar con la vista a Bruce o a alguien conocido. No tuvo éxito. Apretando los dientes, se dio cuenta de que solo podía hacer una cosa, intentar que todo el que fuera posible saliera de allí cagando leches. Lo último que vio antes de empezar a correr fue cómo el presidente era empujado dentro del vehículo. Sabía que ese coche era una ratonera. Pero no podía hacer más por él.
Amy oyó el disparo y supo que era el final. Algo que hubiera sido cierto si no fuera porque un segundo antes sus teléfonos móviles, sus radios, los altavoces del coche patrulla y los de los establecimientos cercanos comenzaron a emitir unas ondas con dos frecuencias ligeramente diferentes: una a 400 kHz y la otra a 402 kHz. Aun así hicieron falta dos cosas más para que no muriera. Si hubiera llegado a conocer el cúmulo de circunstancias que evitaron en ese momento que una bala desparramara su cerebro por el suelo probablemente hubiera pasado el resto de sus días atormentada por un síndrome de estrés postraumático que con toda seguridad le hubiera impedido volver a trabajar como policía e incluso tener una vida normal. Pero por suerte para ella nunca llegó a saber que el cerebro de Craig reaccionó de forma inmediata a las frecuencias sonoras, fruto de las innumerables dosis a las que se había sometido. Y que al sufrir la descarga de dolor que le paralizó y le hizo perder la conciencia, su lóbulo temporal envió una orden (similar a la de los ataques de epilepsia) que hizo que no solo los dedos de su mano derecha y concretamente el índice se contrajeran, sino, por suerte, todo el brazo.
Así, cuando oyó el disparo, el cañón apuntaba unos escasos dos centímetros por encima de su cabeza. Cerró los ojos en un absurdo gesto reflejo y lo siguiente que sintió fue el calor de la pólvora chamuscándole algunos pelos junto al ruido de piedra que generó el proyectil astillando el asfalto que había justo detrás de ella.
En el mismo momento en que Craig caía, con la cara contraída en un rictus de dolor y emitiendo un gutural sonido entre los dientes (que contraía de forma rítmica), ella fue consciente del ruido. Era como de estática, pero también parecía sonar una especie de flauta («¿o un instrumento más grueso?»). Era parecido al que había escuchado Craig en su apartamento, y comenzó a taladrarle los tímpanos, sintiendo un dolor agudo atravesarle el cráneo. Eso debía de ser lo que había tumbado a su agresor. Y dedujo que como no hiciera algo, a ella le sucedería lo mismo en breve. Rabiando de dolor oyó que su móvil pitaba varias veces, como si estuviera recibiendo mensajes sin parar. Con la cabeza martilleándole, fue consciente de lo que había estado a punto de ocurrir y por fin se incorporó, dándole una patada en el rostro a Craig.
—¡Hijo de puta! —le gritó, golpeándole dos veces más.
Apenas capaz de soportar el dolor, le quitó la pistola al sargento. Retrocedió un paso y vio que movía los brazos y las piernas con pequeñas y rápidas sacudidas. Los ojos miraban al infinito y de su boca colgaba un reguero de saliva. A pesar de que sabía perfectamente que estaba convulsionando no dejó de apuntarle. Dio un par de pasos atrás y se giró para mirar a Mike. Desesperada y gritando de dolor por esas malditas ondas, vio que no movía el tórax.
El agente Stanton, uno de los más jóvenes de los tres mil doscientos miembros del Servicio Secreto, empujó al presidente dentro del vehículo. Era una maniobra que había ensayado cientos de veces, pero en esa ocasión sintió un cosquilleo, fruto del miedo, que no mitigó el doloroso azote que sentía dentro de su cabeza.
No había sido nada fácil llegar a apoyar su mano en la nuca del presidente. Había pasado dos largos años en el Servicio de Inmigración del Departamento de Seguridad Nacional, del que también dependía el Servicio Secreto. Tras mucho esfuerzo y después de convencer a su jefe, que no quería dejarle marchar, por fin consiguió el traslado. Y en tan solo unos meses había protegido a varios jefes de Estado que habían visitado Estados Unidos, la familia del vicepresidente e incluso a la del propio presidente.
Pero había sido la semana anterior cuando recibió una de las mejores noticias de su vida: se iba a cumplir aquello con lo que tantas veces soñaban tantos jóvenes y tan solo unos pocos lo lograban; iba a cubrir la baja de un compañero que se había torcido un tobillo reparando el tejado de su casa, ¡escoltando al presidente! Lo haría durante los actos de conmemoración del noveno aniversario del 11-S, como hombre de refuerzo durante su estancia en Nueva York en segunda línea, aunque para él eso ya hacía que el esfuerzo de tantos años hubiera merecido la pena. Su esposa y su hija de tan solo tres años lo habían celebrado con una tarta en la que aparecía un dibujo donde varios hombres de negro corrían al lado de un enorme coche negro que portaba la bandera estadounidense. Junto a uno de los muñecos, con letras pintadas con sirope de chocolate, su hija, con la ayuda de su esposa, había escrito «papá».
La imagen de esas cuatro letras de chocolate fue la que le vino a la mente cuando cerró la puerta del vehículo, empujando al presidente mientras daba la orden de arrancar al conductor. Estaba a su lado porque habían caído dos de sus compañeros. El primero nada más comenzar ese extraño ruido, sangrando por los tímpanos. El otro lo había hecho segundos después, convulsionando. Stanton no sabía lo que estaba sucediendo, solo que había llegado su turno para formar parte de la comitiva más cercana al presidente, y actuó conforme al procedimiento. Por fortuna habían podido alcanzar el vehículo sin contratiempos. Había tenido que apuntar con su arma a un tipo con una gabardina, heridas en el rostro y que se tambaleaba, balbuceando algo y haciendo aspavientos con los brazos, como si intentara alejarles de su objetivo, al coche presidencial. Pero gracias a Dios el hombre había depuesto su actitud al ver el arma y no había tenido que dispararle.
Fuera lo que fuese que estaba ocurriendo allí fuera, no pintaba nada bien. Lo que menos le gustaba era precisamente que esa situación no se ajustaba a ningún protocolo que él hubiera estudiado. Al principio parecía que se trataba de una evacuación urgente por amenaza de bomba. Sin embargo, nadie había conseguido precisar aún dónde se encontraba el artefacto. Esto era algo que no le sorprendía, teniendo en cuenta la pésima respuesta que la policía de Nueva York parecía estar dando ante la situación. Pero asimismo le preocupaban mucho más otras dos cosas: por un lado, esos mensajes que no paraban de llegar a todos los teléfonos móviles avisando de un atentado inminente. Y por el otro, el extraño sonido que parecía irrumpir de todas partes, incluidos los altavoces del vehículo y hasta su propio auricular, que se había visto obligado a quitarse de la oreja, perdiendo así el contacto con sus compañeros. Era un ruido como la estática de la televisión o la radio, pero con una nota constante de fondo, como la ocarina de ese videojuego que tanto le había gustado siempre, el Zelda. Solo que aquí sonaba con una sola y escalofriante nota que subía y bajaba, haciéndole sufrir una intensa cefalea. Definitivamente, pensó mientras comprobaba por enésima vez que el presidente no estuviera herido, esa situación no se ajustaba a ninguna de las que recordaba en el manual. Aquello era un completo caos en el que se estaban moviendo prácticamente a ciegas.
—¿¡Por qué no avanzamos!? —gritó al compañero que estaba al volante.
Lo había conocido tan solo unos días antes, cuando se integró en el operativo. Se suponía que ellos dos apenas debían tener contacto, ya que en condiciones normales Stanton no hubiera subido a ese vehículo. Lo único que sabía de él era que se apellidaba Wilson y que le resultaba indistinguible del resto de los hombres más próximos al presidente. Y que aquello no eran, para nada, «circunstancias normales».
—¡Algo bloquea el paso! —contestó Wilson mientras miraba alrededor y volvía a girar el volante.
Se mordió el labio. Estaban perdiendo unos segundos preciosos. Aquello no le gustaba nada.
—¡¿Qué está sucediendo?! —le preguntó el presidente, mirándole a los ojos—. ¡Tengo la cabeza a punto de explotar!
—Tranquilo, señor, todo saldrá bien —dijo, mirando alrededor; sin embargo, tenía un muy mal presentimiento—. Solo tenemos que encontrar una vía de escape. Estaremos a salvo en cuanto podamos…
Interrumpió la frase al darse cuenta de que el sonido había dejado de escucharse. Tampoco se oían los pitidos de nuevos mensajes en los móviles. Lejos de tranquilizarse, miró alrededor suponiendo que aquello podía ser solo la calma que precedía a otra tempestad aún mayor. Supo que llevaba razón en el momento en que vio la bola de fuego ocupar todo su campo de visión. Su último pensamiento fue para las cuatro letras de chocolate que había visto en la tarta, dibujadas por su hija y por su esposa. Cuando el infierno devoró el vehículo, él ya se había despedido mentalmente de ellas. Apenas sintió dolor.
Max corrió, haciendo aspavientos y con la pistola en alto, intentando que la muchedumbre se alejara del artefacto. Ese maldito cacharro debía de estar haciendo algo terrible, dado que por todas partes había gente llevándose las manos a los oídos y cayendo al suelo con el rostro desencajado. Intuyó que su sordera, consecuencia del estampido que había escuchado, debía de estar protegiéndole de aquello. Mike había dicho algo sobre unas ondas sonoras peligrosas, así que podía tratarse de aquello. Fuera como fuese, trató de sacar provecho de su ventaja. Gritó y empujó a las personas que pudo para que marcharan en la dirección correcta, al mismo tiempo que él hacía lo propio sin dejar de avanzar. Ni siquiera sabía si su voz se oía por encima de la algarabía que seguro había alrededor, pero insistió y siguió dando zancadas, alejándose del artefacto y arrastrando a los que podía. Tenía que poner la mayor distancia posible entre él y el maldito aparato, pero era incapaz de olvidarse de los demás. Sin apenas detenerse ayudó a incorporarse a un hombre gordo, calvo y de mediana edad al que no había visto y al que había estado a punto de pisar. Al verlo así de indefenso se acordó de su hermana y de Mike, y rezó porque estuvieran bien.
Vio que el hombre continuó con su carrera, pero él no miró dónde pisaba. Al dar el siguiente paso notó que no había suelo bajo su pie. Antes de que su cerebro se diera cuenta de que estaba cayendo a una zanja, sintió cómo uno de los sueños de su infancia, poder volar, se hizo realidad durante un segundo, solo que hacia abajo. La ilusión se desvaneció cuando su cuerpo golpeó la tierra del fondo del agujero. Un latigazo de dolor le recorrió la espalda. Consciente de que estaba a punto de perder el conocimiento, oyó un estampido (que tuvo que ser fuerte porque hasta él lo oyó) y, casi al mismo tiempo, una vaharada de calor y humo pasaron por encima del agujero donde había caído. El aire se volvió apenas respirable. Vio una ola de fuego y todo se volvió negro.
Sintiendo el cerebro palpitarle de dolor, Amy se agachó al lado de Mike. Puso su oreja al lado de la boca del chico y le golpeó la cara, intentando estimularle. No ocurrió nada. Angustiada y con la sensación de que tenía dos chinchetas clavadas en las cuencas de los ojos, buscó su pulso palpándole el cuello. Pero al hacerlo se dio cuenta de que el bolígrafo estaba prácticamente fuera del tórax.
—¡No! —gritó con lágrimas en los ojos.
Lo cogió con firmeza, dejándose la piel de las rodillas en el asfalto y lo empujó hacia dentro. Sin embargo, notó una resistencia elástica y el bolígrafo volvió a salir en parte. «No, esto no puede acabar así…», pensó, sintiendo cómo lágrimas de rabia caían por su rostro. Intentando no mirar el horrible color que estaba adquiriendo el rostro del chico, agarró el bolígrafo con ambas manos, inspiró aire con fuerza (gesto que le produjo una nueva e intensa oleada de dolor en la cabeza) y empujó hacia abajo, dejando caer todo el peso de su cuerpo.
Con una especie de chasquido el canuto de plástico hueco penetró, avanzando fácilmente una vez superada la resistencia, que sospechó era muscular. El siguiente segundo pareció durar una eternidad. Y, con una emoción que le recorrió el cuerpo, oyó un silbido de aire.
—¡¡¡Sí!!! —gritó.
A pesar de la euforia buscó de nuevo su pulso: era rápido pero aparentemente estable. Cuando volvió a mirar el tórax vio que se movía de forma superficial. Pero volvía a respirar, y sonrió al ver que sus labios poco a poco recuperaban su tono rosado. Cerró los ojos, momentáneamente feliz a pesar del intenso dolor de cabeza que no dejaba de aumentar.
Entonces se dio cuenta de que algo había cambiado. Sorprendida, alzó la cabeza y escuchó atentamente. Ya no se oía ese extraño sonido; de hecho, todo parecía haber quedado en silencio. No sabía precisar cuándo se había detenido aquello. En el momento en que se disponía a intentar coger su teléfono para pedir ayuda vio cómo un súbito destello blanco cubrió el cielo de Manhattan. Giró su cabeza hacia el origen de esa luz cuando primero la onda expansiva y luego una detonación impactaron en sus tímpanos. Una bola de humo emergió de la zona financiera y un desolador silencio se apoderó de todo. Solo un segundo después, cientos —quizá miles— de sirenas y alarmas comenzaron a sonar. Sus siguientes lágrimas fueron de amargura. Max estaba allí. Sin soltar el bolígrafo, se arqueó sobre Mike. Y mientras, Manhattan lloró de nuevo.