Broadway Street, Nueva York
«Tranquilízate o te pararán», pensó Danny, restregándose por enésima vez las manos en la camisa para limpiarse el sudor. Miró a su alrededor, según el GPS estaba a menos de un kilómetro de su objetivo. Lo malo es que allí el tráfico era infernal y encima estaba plagado de policías.
Intentó no pensar en la remota posibilidad de que uno de ellos le obligara a detenerse. No, no podía tener tan mala suerte. Allí debía de haber miles de vehículos, ¿por qué iban a pararle precisamente a él? Se concentró en su misión: parar en la puerta del almacén, esperar a que los chicos descargaran el «paquete» y conducir de nuevo hacia un parking público. Una vez estacionada la camioneta de reparto activaría la bomba que había debajo del asiento para borrar el rastro y por fin podría volver a casa, a por su mujer y sus hijos. «Todo va a salir bien», se repitió mientras echaba un vistazo al GPS. Faltaban solo 950 metros.
Pero al levantar la vista sintió un intenso frío que le recorrió la médula. El tráfico se había detenido y él no se había dado cuenta. Al fondo vio un grupo de gente portando carteles. Parecían escritos en árabe, ¡era una maldita manifestación! Lo siguiente que vio fue que se iba a estrellar contra el vehículo que iba delante.
—¡Joder! —gritó, agarrando el volante con fuerza.
Con su visión estimulada por la adrenalina vio un hueco en el carril derecho. Giró bruscamente, pisó el freno hasta el fondo y esquivó por milímetros al otro vehículo. «¡Sí!», pensó eufórico. Pero la alegría se desvaneció al vislumbrar un bulto que inmediatamente se transformó en un repartidor montado en bicicleta. ¿De dónde narices había salido ese cabrón? ¡El desgraciado iba por delante del vehículo que acababa de esquivar y había visto el mismo espacio que él! Pésima idea, pensó Danny apretando los dientes. No tenía espacio para maniobrar, iba a aplastar a ese tipo, algo que en otras circunstancias le hubiera importado un pimiento. Pero no en pleno Manhattan, con una bomba atómica en la caja de la camioneta y la vida de su familia en juego.
De forma casi refleja volvió a girar el volante, esta vez a la izquierda, y pisó aún más el freno. Su habilidad, la diosa fortuna o el mismísimo diablo hicieron que la camioneta, ya casi detenida, ocupara el espacio que había ocupado el repartidor un segundo antes. No iba a chocar, no iba a arrollar a nadie, lo iba a conseguir.
Fueron sus manos sudadas las que le traicionaron. El volante se le resbaló apenas dos centímetros, apenas veinte malditos milímetros, pero los suficientes para que la camioneta embistiera la esquina trasera de un turismo. Un segundo antes de que su cabeza impactara con el volante, Danny logró ver el vehículo. Era de color blanco. Y en la puerta lateral llevaba impresas cuatro letras en color azul al lado de un escudo. Pudo leerlas antes de que todo se volviera negro: NYPD, Departamento de Policía de Nueva York.