Block 10.
Campo de Auschwitz-Birkenau

Sandor Brunner sintió un escalofrío al cruzar la puerta del block 10, el pabellón médico. Avanzó hasta el laboratorio principal y se detuvo, sin atreverse a llamar. La mano le temblaba. Al otro lado se encontraba uno de los hombres más despiadados del Reich. Si metía la pata estaría en el frente ruso en cuestión de horas, precisamente lo que quería evitar. Tenía veintidós años y era sargento de las Schutzstaffel. Tras alistarse se había presentado voluntario en las SS como forma de evitar el frente. Lo hizo porque sabía que ese cuerpo, creado originalmente como una guardia personal de ocho personas y que en ese momento se componía de más de doscientos cincuenta mil hombres, se encargaba de las tareas «delicadas», como la denominada «Solución Final» al problema judío. Esa que se aplicaba de forma tan eficiente en los campos, especialmente el suyo. Eran tareas no aptas para todo el mundo y para las que él no tuvo ningún problema en formar parte, con tal de que no tener que ponerse delante de una ametralladora soviética.

Gracias a sus conocimientos en materia de divisas (su padre le había conseguido un trabajo en un banco poco antes de la guerra) había sido asignado a la zona del campo conocida como «Canadá», contabilizando y catalogando el dinero y las pertenencias de los judíos que sus propias mujeres encontraban entre los equipajes. Sandor enseguida descubrió que trabajar allí tenía muchas ventajas. La más importante era que había conseguido juntar una fortuna con joyas que nunca llegaban a aparecer en los inventarios. La colaboración de las muchachas era fundamental. Ellas se escondían piezas de valor entre la ropa y estas acababan en los bolsillos de soldados como Sandor, generalmente tras acostarse con ellas, algo que formaba parte del intercambio. Como contraprestación las chicas comían bien y conservaban sus propias ropas y hasta el pelo, a diferencia del resto de prisioneros.

Lo mejor vino cuando le asignaron hacer viajes a Berlín para transportar los objetos y las divisas. En cada uno de esos portes Sandor también transportaba lo que había conseguido ocultar en su propia taquilla. En breve haría otro de esos viajes. Y este era especial, ya que portaría una bolsa de terciopelo granate llena de diamantes que una de las judías había encontrado cosida en el interior de unos pantalones. Un golpe de suerte que le había hecho tomar la decisión definitiva de largarse de allí. Con esos diamantes calculaba que tendría suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida. Pero para ello tenía que salir con vida de ese infierno, y los rusos cada día estaban más cerca. Y era fácil intuir lo que esas bestias harían con ellos en cuanto llegaran al campo y vieran a lo que se habían estado dedicando allí.

Era consciente de que las fuerzas aliadas avanzaban, él mismo había visto los bombarderos sobrevolar el campo, aunque nunca lo habían atacado. Algo sin sentido, ya que por mucho que intentaran camuflar los crematorios y las columnas de humo estaba seguro de que toda Europa sabía lo que estaban haciendo. La idea de que no bombardeaban para no matar prisioneros era absurda: todo el mundo sabía que de noche no se trabajaba por el riesgo de fugas. Y que la mayoría de los judíos que llegaban al campo terminaban en los crematorios. Así que los aliados hubieran podido evitar gran parte de lo que allí sucedía con tan solo bombardear las fábricas o los hornos durante la noche. Pero no lo habían hecho. Solo ellos sabían por qué, se había preguntado Sandor cientos de veces mientras miraba al cielo viendo pasar los aviones de largo. Pero eso no duraría siempre, así que tenía claro que debía volver con su esposa recién embarazada. Otro motivo para dejar todo aquello.

Pensar en su mujer y en su futuro hijo le dio las fuerzas necesarias para golpear la puerta. Intentó tranquilizarse, necesitaba el apoyo de un oficial de peso para conseguir una recomendación para el traslado y creía haber encontrado un buen motivo para hablar con uno de los hombres más influyentes del Reich. Pero también uno de los más peligrosos.

—¡Adelante!

Abrió la puerta y aspiró el olor a desinfectante. Levantó el brazo derecho y juntó los talones de sus botas.

—¡Heil Hitler!

Allí estaba, pulcramente peinado, afeitado y con su ropa y bata perfectamente planchadas. Olió su colonia pero no se relajó, conocía lo que era capaz de hacer el doctor Josef Mengele. Vio que llevaba puestos unos guantes negros, de goma y de los que goteaba sangre. Sin mediar palabra alzó uno de ellos con la palma abierta, en señal de que permaneciera quieto. Sandor obedeció y vio una camilla sobre la que yacía un prisionero, judío y sin apenas carne en el cuerpo. Tenía un color pálido, casi cerúleo. Su cabeza rapada estaba girada ligeramente hacia él. Tenía la boca semiabierta y con los labios secos y costrosos. Los ojos estaban hundidos y mostraban un rictus de sufrimiento. De las flexuras de sus brazos colgaban dos tubos de plástico. Y de ellos goteaba una sangre oscura, casi negra, en dos cubos que estaban casi llenos. Un débil gemido escapó de su boca y una sacudida recorrió su cuerpo.

—¿Tiempo? —preguntó Mengele.

—Ocho minutos —respondió un soldado que sostenía un reloj de pulsera en la mano.

El oficial le palpó el cuello al judío. Este apenas pudo mover los ojos. Sandor no entendió qué sentido tenía todo aquello. Era mucho más rápido utilizar el Zyklon B.

—Pulso, ciento sesenta latidos por minuto y apenas palpable. Estimúlelo —le indicó al soldado.

Este se acercó al preso con un cigarrillo encendido y apoyó la punta sobre su costado izquierdo. El judío ensanchó ligeramente los ojos. Un nuevo gemido apenas perceptible salió de su garganta. Sandor pensó que no debían de quedarle fuerzas. Esperó pacientemente. Fuera lo que fuese lo que allí estaban estudiando deseó que el experimento saliera bien. Eso pondría de buen humor a su interlocutor. Al cabo de un par de minutos volvieron a «estimular» al judío. Esa vez no hubo respuesta. Sandor vio que ya no goteaba sangre hacia los cubos.

—Tiempo en fallecer, diez minutos treinta y dos segundos —dijo Mengele—. Interesante.

El médico se quitó los guantes y los arrojó sobre el judío. Se lavó las manos y, tras secárselas, se sentó delante de su escritorio. Miró a Sandor y este se puso firme.

—¿Se puede saber qué es tan urgente como para interrumpir un experimento de la máxima importancia? ¿Sabe usted el interés personal que tiene el Führer en estos proyectos? ¡Pienso informar a su superior de esta falta de disciplina!

El temblor aumentó.

—Señor… —dijo él, intentando que su voz sonara firme—, he creído prioritario que conozca a un preso que… quizá pueda serle útil en sus experimentos.

—¿Acaso vienes a decirme cómo debo hacer mi trabajo? ¿Un sargento?

—¡Por supuesto que no! —respondió sudando—. Es solo que creo que este chico es… especial.

—¿Qué significa eso?

—Yo… creo… —tragó saliva—, es algo extraño. Algo que tendría que estudiar un hombre con su capacidad, herr doktor.

Se hizo el silencio. Pasaron los segundos y Sandor respiró hondo. Le vinieron a la mente imágenes de su taquilla, el saquito de terciopelo, su esposa, su hijo no nacido aún y la posibilidad de escapar de todo aquello. Una gota de sudor le cayó por la frente.

—Tráigame a ese chico.

Tenía que haber acabado con Max allí mismo, se dijo Craig con los puños crispados sobre el volante. Cualquiera lo hubiera entendido, estaba encubriendo a un terrorista. Sin embargo, una estúpida vocecilla que últimamente asomaba de vez en cuando por su cabeza se empeñó en decirle que el supuesto terrorista era un simple ratero. Y que acribillar a un detective delante de sus compañeros no hubiera sido una buena idea. Mandó a la voz, a Max y a todos al infierno. Sintió una incipiente jaqueca y en un gesto reflejo se llevó la mano al bolsillo donde guardaba su reproductor MP3. Ya faltaba poco para llegar a comisaría, donde se encerraría en el baño, se colocaría los auriculares y escucharía una dosis de Calm me, relajación por menos de cinco pavos. Un sentimiento de placer le recorrió la médula.

Había encontrado DemonSound hacía poco más de un año gracias a ciertos foros de Internet donde la gente buscaba experiencias nuevas. «No tienen efectos secundarios», «no generan adicción», prometían los que lo habían probado. Pero para él, el mayor aliciente fue enterarse de que no dejaban rastro alguno. Como cualquier poli, estaba obligado a realizarse controles y podía ser empapelado con un simple análisis de orina. Su padre ya le había salvado el culo siendo adolescente (aunque sus buenas palizas le había costado), así que no podía permitirse un nuevo fallo. Por eso la promesa de un chute potencialmente indetectable le resultó inevitablemente atractiva.

El resultado era que llevaba fundidos más de veinte mil dólares en dosis relajantes, excitantes, alucinógenas y muchas orgásmicas. Dosis baratas pero que valían lo que costaban, se dijo relamiéndose. Las Premium, como las que sumían en trances cercanos a la muerte, eran más caras, unos doscientos machacantes la dosis, y no eran aptas para principiantes. «Ni para mequetrefes como Max», pensó. Él las había probado todas. Estaban al alcance de cualquiera que tuviera un ratón y una tarjeta de crédito. Y para colmo eran legales, pensó excitado.

Lo que quizá no fuera tan legal era el tener que extorsionar a rateros, chulos, prostitutas o mirar hacia otro lado en ocasiones. Se encogió de hombros, ¿qué más daba si arreglaba con un ratero retrasarse un par de minutos en llegar a un aviso de atraco en una licorería? Solían tener el negocio asegurado y casi nunca había problemas en esos atracos. Aunque no siempre salían bien, recordó rascándose la cabeza. Hacía seis meses el yonqui con el que se había puesto de acuerdo se puso nervioso, el idiota le pegó un tiro al dueño de la tienda y todo quedó grabado en la cámara que sabían que había tras el mostrador. Craig tuvo que cargarse al ratero «en defensa propia», así que cuando llegaron sus compañeros ya no pudo hablar. Y por supuesto el dinero había desaparecido. Probablemente debía haberlo tirado a alguna alcantarilla, les dijo. Fin de la historia.

Esas dosis sonoras le habían servido para olvidarse de las jaquecas que venía padeciendo desde hacía unos meses. Las había achacado a la presión a la que le sometía su padre: «estudia», le machacaba, «céntrate», «deja de tratar con gentuza». Quería que él también llegara a capitán. Como si eso fuera un orgullo. Por su culpa no podía ni dormir bien. Había empezado a tener pesadillas en las que se acostaba con una prostituta pero no lograba una erección. Intentaba solucionarlo escuchando una dosis estimulante. Empezaba a pasarlo mal cuando la chica del sueño se reía, señalándole lo que colgaba fláccido entre sus piernas. Luego le decía que le pagara por sus servicios y le chantajeaba con contar lo de su impotencia y lo de las drogas. Solía despertarse cuando el cráneo de la prostituta empezaba a crujir entre sus dedos. Ya despierto, descubría que por fin había logrado su erección.

El impacto, súbito e inesperado, le lanzó contra el volante. Antes de golpearse la cabeza pudo ver cómo el parabrisas se fragmentaba en miles de pedazos y escuchar un ensordecedor ruido de metal y vidrio que le taladró los tímpanos. El vehículo se desplazó sin que él lo controlara. Antes de que se detuviera, supo que había sido embestido. Por fin todo quedó en silencio y abrió los ojos. Se palpó la frente y vio su mano manchada de sangre. Sintió una oleada de furia. Golpeó el parabrisas con el puño y miró a través del agujero. Vio una camioneta blanca empotrada en el lado izquierdo de su coche patrulla. Un maldito hijo de puta le había embestido, ¡a él! Algo que posponía de forma indefinida su dosis. La furia se extendió por todo su cuerpo. De una patada, arrancó la portezuela del vehículo.

Amy sorbió su café y contempló el cursor, parpadeando solitario en la pantalla. No encontraba la forma de redactar el informe de la entrevista con el niño. En el callejón todo le había parecido bastante creíble. Sin embargo, no había podido hablar con los padres del chaval, lo que hacía que en ese momento su conversación pareciera irreal. «¿Niños de seis años solos en la zona sur del Bronx? ¿Historias sobre secuestros que ningún adulto podía confirmar?», pensó desanimada. Su primer caso interesante y no era capaz de discernir la realidad de la imaginación de unos críos. El problema era que se trataba de unos harapientos que vivían en una de las zonas más deprimidas de la City. Muchos de ellos podían considerarse afortunados si sus padres eran capaces de mantenerse sobrios al menos durante el día. Pero lo que realmente le preocupaba era que a nadie pareciera importarle el posible secuestro de unos niños.

—Espero que no tengas la desfachatez de mentirme, si te pregunto qué te ocurre.

Sonrió al reconocer la voz de Rose, una compañera de promoción de raza negra y complexión fuerte que le había ayudado a entrenarse para superar las pruebas físicas en la academia. Ella le había devuelto el favor preparando los exámenes. Así que no había sido casualidad que acabaran en la misma comisaría. El montón de informes que Rose sostenía delataba la importante misión que le habían asignado: ordenar el viejo archivo.

—Mi primera misión y no consigo sacar nada en claro —dijo—. No sé si sirvo para esto, Rose.

—¿Pero qué tonterías estás diciendo, cielo? Trabajas de sol a sol, eres inteligente, despierta, de fiar y estás estudiando para forense. ¿Me quieres explicar para qué parte de este trabajo no sirves, cariño?

Amy sonrió. La forma de hablar de Rose y lo que decía siempre conseguía ese efecto.

—Esto es la realidad, no es lo mismo estudiar técnicas y normativas sobre investigación de homicidios que mirar a los ojos de un chaval de seis años y preguntarle si ha visto cómo era el hombre que supuestamente se ha llevado a su hermana. ¡Qué demonios, ni siquiera sé si de verdad tiene una hermana!

—Uuuuuh…. ¡el terrible caso de los niños secuestrados que nadie se cree! —Rose se sentó en el borde de su mesa—. Mira, caramelito, sé que para una persona como tú todo esto es un trago difícil. Esos idiotas de ahí —señaló a un grupo de detectives— están demasiado ocupados en pelearse por meter su lengua en el gordo culo de nuestro «amado» capitán.

Amy sonrió.

—Lo peor de todo —continuó su amiga— es que estoy segura de que si te han asignado a ese caso es porque piensan que no hay caso. Si no, ya estaría en manos de otros.

Se dio cuenta de que su amiga llevaba razón. Su principal enemigo no era el hipotético secuestrador, sino sus propios jefes. Allí había algo raro. De hecho, pensó, si realmente hubiera un secuestro, ¿por qué no intervenía el FBI? Era una situación absurda. Pero ese niño parecía tan sincero…

—De acuerdo, veo que no vas a dejarlo tan fácilmente —dijo su compañera—. Voy a tener que ayudarte.

Rose extrajo una carpeta azul del montón que había apoyado sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Cielo, mi misión, de la que depende el futuro de esta ciudad, es ordenar las carpetas que los detectives dejan tiradas por ahí. Pero mi culo de fisgona me ha permitido enterarme de que, precisamente en esta —dijo, apoyando el dedo sobre la carpeta azul— hay unos informes relacionados con esos secuestros que han sido desestimados por… el «bajo valor de los testigos» —dijo, levantando la esquina de la cubierta.

—¿Qué? —exclamó Amy, molesta al ver que ni le habían dado toda la información—. Rose, no puedes arriesgarte a…

—Tú escúchame —le interrumpió ella, inclinándose y hablando en voz baja—. Esta carpeta se me va a caer justo aquí, en tu mesa… ¡Oh, qué torpe soy! —dijo, empujándola con un dedo—. Dentro de una hora la echaré de menos y vendré a buscarla. Y más te vale que esté aquí, si no quieres desencadenar una crisis de graves consecuencias en el archivo…

Amy sonrió de nuevo y sintió ganas de abrazar a su amiga. Con los labios dibujó la palabra «gracias». Rose se levantó de la mesa y comenzó a alejarse. De espaldas, habló en voz alta.

—¡Busca un novio para este negro trasero y estaremos en paz, cielo!

Varios compañeros le profirieron unos cuantos silbidos a Rose, que se alejó contoneando las caderas. Sonriendo, Amy comenzó a leer el informe y cogió de nuevo su vaso de café. Un segundo después este se le cayó de las manos: no pudo creer lo que estaba leyendo.

Danny notó el sabor a sangre en la boca y como si tuviera alfileres clavados por todo el cuerpo. Amortiguados, como lejanos, oyó varios cláxones sonando, golpes… Intentó llevarse una mano a la cara y palpó algo duro: ¿un volante? «¡La camioneta!», recordó de repente, ¡se había estrellado! Sonaron más golpes. Y más cercanos, procedían de su izquierda. Un latigazo de dolor le atravesó la columna. «¡He chocado con un coche patrulla!» Aterrorizado, abrió los ojos.

Dos nuevos golpes le hicieron girarse hacia la izquierda. Al tercero le siguió un estallido de cristales. Aunque apenas vio la porra intentó esquivarla. Fue inútil. El arma bajó varias veces y los latigazos de dolor ascendieron desde el codo, el hombro y el cuello. Gritó y sintió cómo era arrastrado fuera. La luz del sol le cegó y todo retumbó cuando su cabeza dio contra el asfalto. Una nueva oleada de dolor le dejó casi inconsciente. Sintió un fuerte peso sobre su espalda mientras le cacheaban de arriba abajo. Algo húmedo y caliente le resbaló por el rostro y le alcanzó la comisura del labio. No le sorprendió el sabor a metálico de la sangre. El peso de la espalda desapareció y disfrutó del momentáneo alivio, pero una patada en las costillas le hizo volver a la realidad.

—¡Levántate despacio y con las manos en alto!

El dueño de la voz le pareció fuera de sí, algo que le preocupó más que la amenaza de estar encañonado por un poli al que aún ni había podido ver. Se incorporó, procurando no hacer movimientos bruscos. Una parte de su cerebro le decía que corriera. Otra, que no hiciera tonterías. El resto de sus neuronas aún estaban conmocionadas por el accidente. Sintió la sangre goteando por el cuello de la camisa y decidió no arriesgarse, ni siquiera sabía si podría correr. Se giró despacio y vio a un policía de casi dos metros. Sus hombros y sus brazos eran enormes, parecía más bien uno de esos strippers musculosos, disfrazado con un traje de policía, que un agente de verdad. Llevaba el pelo rubio cortado al rape y tenía los ojos azules e inyectados en sangre. Y desde luego su mirada no era la de un stripper. Más bien la de un loco a punto de disparar. Danny comenzó a temblar, pensando que quizás hubiera sido mejor correr.

—¡Hijo de puta! —le gritó el poli, salpicándole saliva—. ¡Has interferido en una misión de seguridad nacional!

El pulso de Danny se aceleró y el sudor comenzó a mezclarse con la sangre que le caía por el rostro. El problema no era haber chocado en pleno Manhattan con un vehículo patrulla portando una bomba atómica en la camioneta y que la vida de su familia estuviera en juego. Su mayor problema era que el tipo que tenía delante le iba a volar la cabeza de un tiro. Algo que tuvo la sensación de que iba ocurrir de forma inminente.

—¡Enséñame la jodida documentación! —El policía le acercó la pistola al rostro.

—Es… está en la guantera. Si me permite…

—Cógela, hijo de puta. Y si me das una sola excusa para apretar el gatillo, te aseguro que me alegrarás el día…

No le costó ningún esfuerzo creerle. De hecho, supuso que cualquier movimiento brusco podía ser la excusa que necesitaba ese loco. Lentamente se asomó al interior de la camioneta. Bajó la visera y extrajo los papeles. Menos mal que le habían proporcionado unos que formaban parte de su tapadera. Con ellos en las manos (y oscilando por el temblor) se dispuso a bajar. Se detuvo al oír la voz del agente, hablando por radio.

—Enviad una grúa para llevar la camioneta al depósito. Yo me llevo al tipo a comisaría.

Los papeles se le resbalaron entre los dedos. No, no podía ir a comisaría, se dijo aterrorizado. Si inspeccionaban el vehículo encontrarían lo que llevaba. No habría entrega y a él le enchironarían. Pero eso sería lo de menos, porque antes de ser siquiera juzgado su familia ya habría sido asesinada. Su respiración se agitó y el dolor de los brazos desapareció en parte. Tenía que hacer algo. Miró alrededor y vio las llaves en el contacto. El agente no las había retirado. El idiota seguía hablando por la radio y había bajado su arma. Era ese momento o nunca, le gritó esa parte de su cerebro que antes había tenido que acallar.

Sin pensar mucho más arrancó la camioneta, pisó el acelerador y giró el volante de forma frenética. El agente apareció en su campo de visión. Lo iba a embestir, su familia valía mucho más que él. Le faltaban solo novecientos malditos metros para su destino. Embestiría a ese loco y entregaría el paquete. Y luego quemaría la camioneta si era necesario. Tensó las manos sobre el volante y pisó el acelerador a fondo.

El policía abrió sus ojos de forma desorbitada. Alzó los brazos, le iba a disparar. Ya no había vuelta atrás, se dijo, apretando los labios. Sin embargo, el agente, en vez de apuntarle, hizo un par de amagos antes de saltar a un lado. «¡Mierda! —pensó Danny al no haber previsto su cobardía. Giró el volante buscando a su víctima y un placentero ¡PUM!— le confirmó que había alcanzado a ese cabrón—. Con suerte le he partido la columna», pensó. Miró por el retrovisor y vio el cuerpo del policía rodar por el suelo. Sonrió al ver que acababa de recuperar su libertad. Si se daba prisa podía hacer la entrega antes de que alguien levantara a ese fulano del suelo. Luego iría en busca de su familia.

Desbocado por la euforia se permitió mirar de nuevo por el retrovisor para ver si ese desgraciado estaba en el suelo, y («ojalá») sobre un charco de sangre. Abrió los ojos de par en par cuando lo vio incorporándose. «¿Pero es que ese tío es de acero?», pensó en el mismo momento que la rueda delantera derecha de la camioneta se subía en la acera. A esa rueda le siguieron las otras tres. Descontrolado, botó en el asiento y su cabeza chocó contra el techo. Cuando volvió a centrar la vista no pudo esquivar un quiosco de perritos calientes. La boca de incendios que había detrás supuso el final de su viaje. Cuando fue consciente de lo que había sucedido había agua, salchichas de frankfurt y panecillos por todas partes, y olía a salsa de mostaza.

«A la mierda», pensó. Iría a por su familia, aunque tuviera que liarse a tiros con la policía y con los malditos hijos de puta que le habían contratado. Intentó abrir la portezuela de la camioneta, pero en vez del tirador se encontró con un puño que le golpeó la cara. Un chasquido de huesos y un fogonazo de dolor tiñó el mundo de blanco. Apenas fue consciente de que le sacaban a rastras de la camioneta por segunda vez. Y casi no sintió las primeras patadas en la cara. Cuando empezó a asfixiarse con su propia sangre perdió el conocimiento.

Amy recapacitó sobre lo que acababa de leer: un anciano del Bronx creía haber visto un posible secuestro. Las palabras «creía» y «posible» prácticamente dinamitaban cualquier opción de que esa denuncia fuera considerada en serio. Esas llamadas eran frecuentes: ciudadanos con demasiado tiempo libre veían potenciales ladrones, secuestradores o terroristas detrás de cualquier esquina. El trámite normal consistía en mandar a un agente a tomar declaración. De hecho el barrio pertenecía a la Comisaría 42. Si la denuncia había acabado en Pitt Street era precisamente porque se hablaba de esos «posibles» secuestros de niños, caso que se suponía llevaban ellos. Si es que había caso.

El anciano creía (esa palabra fatídica) haber visto a un hombre llevándose, aparentemente a la fuerza, a uno de los hijos de la pareja que vivía en el apartamento contiguo. El señor contaba que la familia de por sí era un tanto extraña. Apenas los conocía, pero estaba harto de escuchar sus discusiones. El anciano no sabía a qué se dedicaban, pero relataba que no debía ser nada bueno, habida cuenta de la mala pinta de las pocas visitas que recibían. La última de ellas era la que le había sobresaltado. Un todoterreno nuevo de color negro había aparcado bajo la ventana del comedor del anciano. Un tipo con abrigo oscuro se había bajado del vehículo. Y antes de que el anciano hubiera podido pensar nada, oyó golpes en la puerta de sus vecinos.

Escuchó ruidos y unos gritos. Se asomó por la mirilla de la puerta y vio al tipo del vehículo tirando de la mano de una niña. Esta lloraba y extendía un brazo hacia su casa. No le pareció un familiar que se llevara al niño a jugar al parque precisamente. Asustado, esperó hasta que el vehículo se hubo ido. Solo entonces decidió tocar a la puerta de sus vecinos, temeroso de que aparecieran esos tipos de nuevo, pero nadie atendió a su llamada. Muerto de miedo pegó la oreja a la madera y escuchó perfectamente cómo la madre sollozaba. Entonces fue cuando llamó al 911. El agente que había redactado el informe también había llamado a la puerta de los vecinos con el mismo resultado. Sin embargo, él no notó nada. Pero el aspecto sucio y descuidado del anciano —y el hecho de que oliera a alcohol, añadía— le hacían sospechar que el hombre pudiera haber imaginado gran parte de la historia, si no toda.

Pero lo que la había consternado era lo que venía a continuación: toda esa historia parecía no tener mucho sentido si no fuera porque el anciano describía, al final del todo, al secuestrador como un tipo alto, fuerte, con el pelo corto, con un abrigo largo y negro… ¡y con bigote! ¡Un tipo que le había erizado el vello de la piel! Igual que como tenía ella el suyo en ese momento, ya que ¡era la misma descripción que había dado el niño del callejón! No podía ser una coincidencia: mismo barrio, misma descripción, y cronológicamente encajaba.

Pero nadie le creería, se dijo apretando los labios: tenía una declaración de un chico de seis años que no sabía ni dónde vivía y la de un anciano posiblemente borracho. Si acudía con esa historia al capitán la tomaría por idiota, máxime en un día como ese, en el que Duncan andaba obsesionado con la celebración del aniversario de los atentados. No, no podía decir nada, se dijo con amargura, si no quería pasar el resto de su carrera dirigiendo el tráfico.

Pero ese niño le había parecido sincero, y si no hacía nada sería como abandonar a ese chaval y a su hermana. Mordiéndose los labios, agarró el papel y volvió a leer la descripción: abrigo negro y largo, con bigote… Por primera desde que era policía, no tenía ni idea de qué debía hacer.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el agente de la entrada.

—Un gilipollas que ha intentado atropellarme —dijo Craig, dando un empujón al detenido.

El agente profirió un silbido. Craig supuso que estaba sopesando lo que le esperaba a ese fulano y no andaba desencaminado. La paliza que le había propinado en la calle era solo el aperitivo. Y dado que el hombre había sufrido dos accidentes de tráfico, sería normal que tuviera heridas. Habían sido hombres de su confianza los que se habían personado en el lugar del accidente, y si no le hubieran separado de ese idiota, en ese momento tendría unos cuantos huesos rotos. Afortunadamente podía contar con su silencio, esos chavales eran novatos que no querían ir a patrullar al Bronx y que harían cualquier cosa por ganarse el favor de su sargento. Les había ordenado que se llevaran la camioneta al depósito y despejaran todo aquello. Cuando le preguntaron si había registrado el vehículo, les gritó que si pensaban que era idiota. La verdad era que no lo había hecho, pero le importaba un carajo. Solo quería enchufarse una dosis y quedarse a solas con ese cabrón.

—¿Me permite pasar, sargento?

Una oleada de testosterona se disparó por su cuerpo al reconocer la voz de Amy, una novata con un cuerpazo muy apetecible. El hecho de que fuera hermana de Max solo aumentaba su excitación. Tirársela sería una buena forma de joder (y nunca mejor dicho) a los Brown. Era algo que ocurriría antes o después, pensó rozando su entrepierna con la mano sin disimular. Ella vio su gesto y su excitación aumentó.

—¿Vas a algún lado? —dijo avanzando hacia ella—. Se te ve con prisa.

—Eh… sí. Quiero decir… no, nada importante.

Sintió cómo su excitación aumentaba. No era habitual ver a Amy nerviosa, solía ser bastante fría, una sabelotodo. Verla dudar supuso una novedad. Tenía que sacar partido de aquello.

—Muy bien, monada. Si no te dirigías a una misión de la que dependan vidas —el agente de la entrada se rio por lo bajo— me vas a ayudar a interrogar a este gilipollas. Ha estampado su camioneta contra mi coche patrulla y luego ha intentado atropellarme.

—Bueno, en realidad es que… Iba a…

—¿Sí? —dijo él, acercándose—. ¿Ibas a algún sitio que quizá tu sargento deba conocer?

Oyó cómo el agente de la puerta se reía con menos disimulo.

—No… —dijo ella—. Nada importante.

—Perfecto. Ahora sí tienes una misión, acompaña al detenido a la sala de interrogatorios. Yo bajaré ahora mismo. Antes necesito… —se relamió— lavarme un poco.

Ella obedeció, y Craig se excitó aún más. Cuanto más se resistiera, mejor. Eso era algo que siempre le había gustado. El día había comenzado mal pero estaba mejorando por momentos. Crujió los nudillos. «Un Brown me ha jodido por la mañana, y quizá jodiendo a una Brown se me pase…», se dijo recreándose en el culo de Amy.

Craig sonrió al comprobar que no había nadie en los baños. Se introdujo en uno de los cubículos y cerró la puerta. Se sentó sobre la taza y con dedos temblorosos se colocó los auriculares. Buscó entre los archivos de su MP3 hasta que por fin encontró uno llamado Calm me. Con las manos humedecidas por el sudor pulsó el botón de play, cerró los ojos y respiró hondo. Esos cabrones de DemonSound lo tenían bien montado. Las primeras dosis eran gratis. Pero funcionaban, vaya si funcionaban bien. Y una vez consumidas, si querías más tenías que pasar por caja. Se relajó. Había llegado el momento de amortizar su dinero.

El ruido de estática alcanzó sus tímpanos. Con tan solo percibirlo sus neuronas se prepararon para segregar endorfinas. En pocos segundos casi todos sus músculos se habían relajado. La cabeza le cayó ligeramente sobre el hombro izquierdo. Un tono rítmico, secuencial y suave comenzó a sonar. Era un bajo que repetía unas cuantas notas graves. El ruido de estática continuó, ahí era donde estaban las maravillosas frecuencias. De fondo, debajo, bien ocultas. Se sumergió en ellas y se dejó llevar.

Craig no supo que el ruido de estática, ligeramente diferente en cada uno de los auriculares, hizo vibrar los tímpanos de sus oídos a diferentes frecuencias. Esa vibración llegó a los tres huesos del oído medio. Estos conectaban el tímpano a otro órgano llamado caracol, por su forma semicircular, y que estaba relleno de un líquido llamado perilinfa, que comenzó a agitarse gracias a las vibraciones que le estaban llegando. En el interior del caracol unos cilios recogieron ese movimiento. Estos cilios formaban parte de unas células que pertenecían al llamado órgano de Corti, que transformó la energía del movimiento físico del líquido en impulsos eléctricos. Estos fueron enviados a las neuronas del nervio auditivo hacia al lóbulo temporal del cerebro de Craig. Allí estaba el centro de la audición, y fue donde el sonido que estaba escuchando se hizo consciente: exactamente a 1.000 hercios en el lóbulo temporal derecho, y a 1.010 en el izquierdo.

Esa sutil diferencia en ambas frecuencias hizo que el cerebro de Craig, al superponer ambos patrones, los restara y percibiera una única onda sonora de solo unos diez hercios. Esta frecuencia, inaudible para el oído humano, se correspondía con las ondas cerebrales alpha, propias de estados de relajación. El resultado de recibir una onda en teoría no audible fue que sus ondas cerebrales comenzaron a variar su propia frecuencia para adaptarse a esa. Y su cerebro, olvidándose de que estaba en los urinarios de una comisaría del centro de Manhattan, comenzó a sentirse como si su dueño estuviera pescando en un lago de aguas tranquilas. Craig sonrió ampliamente y un hilo de saliva asomó por la comisura de sus labios entreabiertos.

El ritmo del bajo comenzó a difuminarse y en su lugar apareció otro sonido tubular, hueco, que parecía retorcerse sobre sí mismo. Agudo pero agradable a la vez. La diferencia entre las frecuencias bajó a cinco hercios (correspondientes a la denominada frecuencia theta) y las ondas del cerebro de Craig se adaptaron. En un par de minutos sus neuronas se encontraron en un estado similar al sueño profundo. Sus músculos se relajaron aún más. Su cuerpo se inclinó un poco hacia su izquierda y el hilo de saliva llegó a su barbilla.

Craig no fue consciente de cómo, progresivamente, el ruido tubular se volvió cada vez más grave. La diferencia de hercios entre ambos oídos siguió descendiendo: cuatro, luego tres, dos, y finalmente solo hubo un hercio de diferencia entre ambos lóbulos temporales. Era la frecuencia delta, el nivel más bajo de funcionamiento de las ondas cerebrales. Craig entró en un estado próximo a la inconsciencia. Apenas un hercio le separaba del estado de coma cerebral. Para entonces el cuello de su camisa azul estaba empapado de saliva y los brazos le colgaban fláccidos.

La dosis estaba diseñada de tal forma que volvería a frecuencias más elevadas progresivamente, sacando a Craig de su trance hasta despertarlo de nuevo. Y eso es lo que hubiera ocurrido de no haber elegido un baño para escucharla. En las instrucciones de la web de DemonSound se advertía de que las dosis debían escucharse con los ojos tapados y con auriculares, pero siempre tumbado. El motivo de esto último consistía en evitar caídas al alcanzar las fases más profundas de excitación o relajación.

Las neuronas del cerebro de Craig, funcionando a tan solo un hercio de frecuencia, no captaron el rápido descenso de su cabeza cuando el cuerpo del agente cayó como un fardo hacia un lado. Apenas un puñado de estas neuronas se habían reactivado cuando su cráneo impactó contra el suelo. Justo en ese momento la mayor parte de su cerebro, alertado por el estímulo del dolor, salió del trance. Abrió los ojos de par en par. Asustado y sin saber dónde estaba, sintió como si le acuchillaran en ambas órbitas. Sus neuronas, que habían pasado de estar cerca del coma a un estado de alerta inmediato, se retorcieron casi literalmente. Craig se llevó las manos a la cabeza, deseando arrancarse los ojos por el dolor. Y gritó.