Dos años después.
10 de septiembre de 2010, 4:45 horas. Nueva York
Danny apagó la radio de un manotazo y aflojó la presión sobre el volante un segundo, solo uno, pero suficiente para que la camioneta de reparto, blanca y sin distintivos, girara bruscamente hacia la derecha. Danny maldijo al ver uno de los cables de acero del puente George Washington echándosele encima. Sin pensar en lo que hacía dio un volantazo. No pudo apartar la vista del acero, que se hizo enorme a su vista. Detrás solo había negrura. Y bajo el chirrido de los neumáticos, las gélidas aguas del Hudson. «La he jodido —pensó mientras gritaba—, después de tanto esfuerzo la he jodido.» Pero lo peor eran sus hijos, ellos también morirían.
Al imaginarse a sus pequeños giró el volante, desesperado: el chirrido de los neumáticos se redujo y milagrosamente la camioneta se enderezó. Abrió los ojos y vio que, aunque el vehículo aún se tambaleaba, el morro volvía a mirar hacia Manhattan. Con el corazón desbocado corrigió la trayectoria con movimientos bruscos. Derecha, izquierda, derecha de nuevo hasta que todo volvió a quedar en silencio. Todo menos su corazón, que parecía estar dando golpes con un martillo. Respiró y fue consciente del hedor a tabaco y a su propio sudor. Las manos le temblaban.
Había apagado la radio porque estaba hasta las narices de oír hablar de los malditos atentados del 11-S. Estos habían jodido su vida. Intentó centrarse en la carretera: llevaba toda la noche conduciendo y debía mantenerse despierto si quería llegar a su destino, precisamente al lado de esa jodida mezquita de la que hablaban en la maldita radio. Esa por la que un reverendo quería quemar ejemplares del Corán y por la que había revueltas en varios países árabes. Pensó en su encargo e, irremediablemente, el tipo del abrigo de cuero negro se materializó en su mente.
—Entrega la caja. Luego aparca la camioneta aquí —le dijo, con su gélida voz y mostrándole unas coordenadas en el GPS—. Después podrás volver a por tu familia. Si la fastidias, moriréis. Y tú serás el último en hacerlo.
Danny hubiera deseado mandar a ese tipo a freír espárragos. Pero se contuvo: decían que era capaz de clavarte un cuchillo antes de que pudieras verlo brillar. Maldijo una vez más por haberse mezclado con esa gente. Eran neonazis como él, por eso los había conocido. Pero los desgraciados habían tomado a su familia como rehén. Formaba parte del trato, querían asegurarse de que cumplía con la jodida entrega y Danny necesitaba la pasta, así que había aceptado. Se había jurado que en cuanto tuviera el dinero y pagara lo que debía, cambiaría. Y esta vez sería verdad. Se lo había prometido a Ann-Mary. Y sobre todo a sus hijos.
Solo ellos hacían que su vida mereciera algo la pena. Suspiró al recordar que la misma noche en que fue expulsado del instituto por romperle la nariz a un compañero, dejó embarazada a Ann-Mary. Ambos tenían solo dieciséis años. Unos días después el padre de la chica, un granjero al que jamás conoció sobrio, enarboló el cañón de su escopeta a escasos centímetros de sus pelotas como principal argumento para que se casara con ella si era un hombre. Si no lo hacía, le aclaró, dejaría de serlo.
Por aquel entonces ya simpatizaba con los neonazis. Le encantaba ponerse ropa negra, raparse casi al cero y machacar a los negratas del instituto. Sin embargo, toda esa valentía se esfumó al ver la boca de la escopeta tan cerca de su virilidad. Sus lágrimas y los balbuceos convencieron al granjero. Minutos después el satisfecho padre desapareció con una botella en la mano. No volvió a verlo hasta la boda. Fue uno de los diez asistentes. La siguiente vez que lo vio fue en su funeral.
Cuando nació su hija, Danny era incapaz de encontrar un trabajo que le durara, ya que en todos terminaba faltando dinero de la caja. Ann-Mary, a escondidas, solía visitar a su padre para pedirle prestado. En una de esas visitas encontró el cuerpo del granjero medio devorado por sus propias gallinas. Había muerto mientras las alimentaba. Infarto, dijo el forense, aunque Danny dudó de que la autopsia hubiera durado demasiado. Lo importante era que el tipo había ido a alimentar a las gallinas y había cumplido, pensó él con sorna. Se había frotado las manos durante el funeral pensando en el valor de la granja y en los ahorros del hombre. Desgraciadamente esos ahorros no existían y sus propiedades estaban embargadas. Solo encontraron unos pocos dólares en la caja de uno de los sombreros de la madre de Ann-Mary, que guardaba en una estantería de uno de los baños. Danny supuso que su padre habría elegido ese sitio para ocultar el dinero de unos hipotéticos ladrones. Absurdo, había pensado mientras contaba los arrugados billetes.
A pesar de ellos el matrimonio pronto se quedó sin sustento. Ella, temerosa de que él la abandonara (ya no había quien le disparara a las pelotas), le insinuó la posibilidad de prostituirse. Esa fue la primera vez en su vida que le hizo daño físico a una mujer. Cuando la vio en el suelo, llorando y enjugándose la sangre de la nariz, se arrepintió de inmediato, aunque fue incapaz de admitirlo. Se largó de casa, se emborrachó y esa misma noche decidió volarse la cabeza de un tiro con la escopeta de su suegro. Pensó irónicamente que al final el arma iba a cumplir con su cometido, volarle una de sus pelotas, la más grande. Su anterior dueño debía haberle disparado un par de años antes y todo habría ido mejor para su hija. Se bebió doce latas de cerveza para celebrar su particular «última cena». Tras apurar la última apoyó la barbilla sobre la escopeta y comenzó a llorar. Lo siguiente que recordaba era despertarse con una resaca de campeonato. Mientras vomitaba en el baño se dio cuenta de que aún sujetaba la escopeta. Ese mismo día se alistó en el ejército. Lo hizo sin consultar a su mujer. Cuando volvió a casa unos días después le contó lo que había hecho. Ella lloró, pero le dijo que le quería, que estaba dispuesta a estar a su lado si él cambiaba.
Danny resopló, intentando seguir concentrado en la carretera. Durante un tiempo pareció que las cosas iban a salir bien: completó su formación como marine. Se le daban bien las pruebas físicas y no tenía que pensar demasiado. Tuvieron otro hijo y, a pesar de que su carrera militar era cualquier cosa menos prometedora debido a sus borracheras y a su mala suerte con las cartas, el sueño de formar una familia más o menos normal pareció alcanzable. Pero ese sueño se hizo añicos el 11 de septiembre de 2001, cuando un grupo terrorista del que nunca había oído hablar lo jodió todo a base de bien.
Danny supo que su país querría vengarse de aquel fatídico atentado. No tuvo que pensar demasiado para saber que le iba a tocar intervenir, y así ocurrió. Poco después de los atentados comenzó la invasión de Afganistán y él formó parte del contingente. Sabía que aquella inhóspita región del planeta era un matadero, pero se elevó a la categoría de pesadilla nada más llegar. En una escaramuza sin sentido él y otros dos compañeros mataron a sangre fría a un chico y violaron a su madre y a su hermana. El único gesto de humanidad que recordaba haber tenido nunca —perdonarles la vida a las mujeres— le terminó costando terriblemente caro.
Poco después de su «hazaña» en la casona de piedra unos compañeros encontraron el cadáver del chaval y a las dos mujeres violadas. Resultó que la joven de piel de terciopelo hablaba algo de inglés. Fue cuestión de tiempo que los encontraran, pero por fortuna solo fueron expulsados. Al parecer el ejército y el Gobierno prefirieron acallar ese tipo de actos, aunque luego muchos terminarían saliendo a la luz. Al menos el suyo no fue uno de ellos.
Ann-Mary no llegó a conocer la verdad, pero se sumió en una profunda depresión. Una vez más, él había perdido su trabajo y ella intuía que algo horrible debía de haber sucedido. Pero lo más importante fue que sus sueños de ser una familia volvieron a hacerse añicos. De nuevo sin dinero, comenzó a aceptar encargos como mercenario. Tiró de sus contactos neonazis del instituto y alguien le presentó a un tal Bielik, que le propuso un trabajo de conductor. Por su aspecto parecía un tipo peligroso, pero no fue el peor que conoció: días después descubrió que la palma se la llevaba el hijo de puta del abrigo de cuero negro. Un bastardo que tenía amenazada a su familia y que le había encargado conducir esa camioneta al corazón de Manhattan… en la que transportaba una jodida bomba atómica.