Una nota del autor… si te apetece leerla

Una calurosa noche de agosto de 2010, después de ver una película en el cine con dos amigos, y parados en la puerta de mi casa en la furgoneta de uno de ellos, hablábamos de historias, guiones, películas, libros, en uno de esos míticos debates post-cine que todos hemos tenido. Les comenté que para mí un buen comienzo era el que te metía de lleno en la trama, y cité un ejemplo: «Un tipo conduce una camioneta hacia el centro de Manhattan. Está a punto de tener un accidente porque está nervioso, algo normal, ya que lo que transporta en la parte de atrás es una bomba atómica programada para explotar en unas horas.»

Poco después nos separamos y pasaron unas semanas. Mientras esperaba que alguna editorial aceptara mi primera novela (aún no la había colgado en Internet ni sabía lo que me esperaba), en uno de esos tantos mediodías en los que sostenía una carta de rechazo en mis manos, dos de las noticias del mediodía de Antena 3 me llamaron la atención. Era 10 de septiembre, y el programa abría con las manifestaciones que se estaban sucediendo en varios países árabes por la amenaza del reverendo Terry Jones de quemar copias del Corán, como respuesta a la construcción de una mezquita cerca de la Zona Zero. La segunda noticia que atrajo mi interés pasó bastante más desapercibida; trataba sobre una nueva moda que arrasaba en Internet, las denominadas «drogas sonoras», unos sonidos que al parecer estaban enganchando a miles de usuarios. Ambas noticias cayeron de lleno en ese caldero que siempre está burbujeando al fondo del cerebro.

Un par de semanas más tarde disfrutaba de unas preciosas casas rurales de Moratalla, en Murcia. Sentado en el porche de la cabaña y de noche, devoraba Si esto es un hombre de Primo Levi, un judío superviviente de Auschwitz que relataba su cruda experiencia. Había visitado el campo unos años antes y me impresionó de tal manera que me fui de allí convencido de que debería ser un lugar de visita obligada para aprender hasta dónde nos podía llevar la estupidez humana. El libro de Levi me terminó de convencer de que tenía que poner mi grano de arena para que esa historia nunca se repitiera. Y en ese momento me di cuenta de que acababa de caer un nuevo ingrediente en ese caldero que llevaba semanas removiendo de forma inconsciente. El resultado de ese guiso, como habrás imaginado, es la historia que acabas de leer.

La primera conclusión que supongo que habrás sacado, lector, es tan cruda como verdadera: contrariamente a lo que pueda perecer, apenas hay ciencia ficción en este libro. El mundo efectivamente estuvo cerca de volverse loco en el aniversario del 11-S del año 2010. Y esas drogas sonoras, que parecen fruto de la imaginería de Hollywood, también existen. Es terriblemente fácil encontrar las webs donde las venden y los foros donde se habla de ellas. Te invito a que hagas un par de búsquedas y podrás ver esos llamativos vídeos que Mike Brenner mostraba a sus alumnos en clase al principio del libro. Lo malo es que esos sí que son reales. Y de hecho, si te molestas un poco podrás encontrar hasta dosis de prueba gratis. Y aunque muchos afirmen que no funcionan, personalmente no creo que sea una buena idea probarlas.

Y también existió Auschwitz. Aunque me tomo alguna pequeña licencia, como por ejemplo situar al comandante Höss en el campo durante periodos en los que estuvo ausente, todo lo demás que describo, absolutamente todo, sucedió como lo he relatado: los viajes en tren, las selecciones, el orden y el silencio con el que se hacía todo, las ejecuciones, la escasa presencia de SS, las heridas en los pies de los presos, la colección de ojos del despacho de Mengele, el llamativo intento de fuga robando el coche de Höss (que por cierto en la realidad fue un éxito), la rebelión del sonderkommando… todo, absolutamente todo, sucedió. Apenas me invento nada, salvo los personajes de mi novela. Aunque como habrás podido deducir, están inspirados en soldados y prisioneros reales.

Muchos de estos últimos fueron anónimos, por cierto. Tantos, que con toda la intención he dejado sin nombre a la madre de Leon, un detalle con el que quiero recordar a los miles de presos que no fueron ni siquiera documentados, al estar desbordados los nazis por las ejecuciones. Aún hoy se me saltan las lágrimas al recordar las escenas de los documentales, al ver a esas personas dirigirse a las cámaras de gas sin que nadie supiera ni cómo se llamaban, para morir de esa forma tan anónima como absurda. Y absurdo es la palabra que define todo aquello. Sencillamente absurdo.

Por último, me gustaría que supieras que «cocinar» esta historia hubiera sido imposible sin la ayuda y el apoyo de muchas personas. Entre ellas los amigos que estaban conmigo esa noche en la puerta de mi casa, José Luis y Miguel Ángel. Faltaba Javier, con el que tantas conversaciones similares he compartido.

Desgraciadamente, durante los dos años que he tardado en escribir esta historia, también he sufrido la pérdida de dos referencias fundamentales en mi vida: mi abuelo materno, Papa Pepe, y mi madre, Matilde. Gracias a mis hermanos, Antonio y Tati, seguimos luchando día a día para superar esas pérdidas y poder seguir bregando en este extraño fango que es la vida. Y mi mayor soporte, la persona que está a mi lado y que nada conmigo a diario en este caprichoso río, es la que más me ha ayudado y me ha «soportado» durante el tiempo que he estado pegado al ordenador, escribiendo y corrigiendo, corrigiendo y escribiendo. A Sonia, mi pareja, le debo más que a nadie en esta historia.

Hay muchos más. Solo en Twitter y Facebook podría contar a miles de geniales internautas que ayudaron a que mi primera novela fuera editada por Ediciones B, y a que esta haya visto la luz. A ellos les debo el poder estar viviendo este sueño y el que me hayan acompañado durante la escritura de este texto. Les tengo un enorme cariño a muchos de ellos. Y tampoco puedo olvidarme de mis dos cuñadas, María del Mar y Marta, que me ayudaron con correcciones la primera, y con cientos de fotos de Nueva York la segunda.

Otro genio es Lorenzo Silva, al que tuve la inmensa suerte de conocer unos meses antes de que recibiera el Premio Planeta. Genial autor e inmensa persona, me ha ayudado a mejorar como escritor. Y otros también geniales son Evaristo Martínez y el cariñoso y cercano David Bisbal, ambos también almerienses hasta la médula, que han apoyado este sueño desde el principio, de forma incondicional y absolutamente cariñosa. Un lujo poder conocer a personas así y saber que los tienes tan «cerca».

Pero jamás podría dejar de mencionar a Juan Gómez-Jurado y a Manel Loureiro, dos impresionantes escritores y mejores personas, que me han ayudado en casi todo, no ya solo en la faceta de escritor, donde espero que se note su influencia, sino en mi vida en general. Sé que les va a ir genial a ambos, de hecho ya son referencias de nuestro panorama literario y superventas internacionales. Y si por algún extraño motivo aún no los conoces, te invito a que lo hagas desde ya, te vas a sorprender con su calidad humana… ¡y además escriben muchísimo mejor que un servidor! Gracias a ambos, de corazón, Juan y Manel, os considero auténticos amigos. Ah, y a Itzhak Freskor, por su incombustible dedicación durante este tiempo.

Y cómo no, a Lucía Luengo, a la que llamar «editora» se le queda pequeño por lo grande que es, ya que cualquier proyecto cobra magia en sus manos. Y a Daniel Martín y sus geniales propuestas de correcciones para la trama. Y por supuesto a todo el equipazo de Ediciones B: Ilu Vílchez, Carmen Romero, Carmen Jover y a todo un caballero, Ernest Folch, al que agradezco enormemente la apuesta por un desconocido… que de corazón espero le salga bien. Trabajar con ellos es un placer, además de un lujo. Ojalá hayáis acertado conmigo.

Sé que me dejo a muchos más, pero es imposible incluir a todos.

Hay poca ficción en el contexto histórico de esta novela: existió el 11-S y las guerras que vinieron después. Y existen las drogas binaurales, otra prueba de nuestra ilimitada capacidad de automutilación. Y Auschwitz, que fue real y lo creó el mismo hombre que hoy sigue enfrentándose con su vecino por unas creencias religiosas, una dosis de droga o un pedazo de pan duro y gris en un campo de concentración. Con esta historia intento poner un minúsculo grano de arena para que no vuelva a suceder. Sé que es difícil, pero si nos empeñamos, puede que algún día consigamos que este tipo de historias sean solo eso, ficción.

Muchas gracias a ti también, paciente lector, por haberme acompañado en este viaje. Solo espero haberte transportado a otro mundo que, como has visto, al final no era tan diferente del que pisamos a diario.

BRUNO NIEVAS

Almería, enero de 2013