Vivienda de Rudolf Höss.
Campo de Auschwitz-Birkenau. Mayo de 1944

La mano temblorosa y desnutrida de Yeser Fishel empuñó la navaja con fuerza y la apoyó sobre el cuello de Rudolf Höss. Las notas del preludio de Tristán e Isolda llegaban desde el cuarto contiguo. Pero para él Wagner ya solo era un alemán más, y su música el desquiciado fondo de un escenario irreal. Los rostros de su mujer y de su hija se dibujaron en su cerebro: la muerte de Höss no se las devolvería, pero al menos haría justicia.

Sus nudillos palidecieron. Una gota de sudor resbaló por su cuello y se perdió bajo la chaqueta de rayas, su única posesión junto a unos sucios pantalones, dos zapatos diferentes de suela de madera cogidos de un montón a toda prisa y unos papeles arrugados que usaba para protegerse del frío. Rapado, sin sus gafas y hasta sin su nombre —ahora solo era el número 174511—, no quedaba nada de Yeser Fishel, salvo una piel adherida a sus huesos. Y pronto no quedaría ni eso.

Se aferraba a la vida gracias a Leon. Era un milagro que su hijo siguiera vivo. Después de que un soldado le golpeara y le pusiera una pistola en la sien, Leon se quedó mirando al nazi un instante y sucedió algo. El alemán dejó caer al chico y retrocedió. Tras unos segundos que se le hicieron eternos el soldado gritó a Leon que se levantara, sin dejar de apuntarle con su arma. Yeser estuvo seguro de que se lo llevaba a otro sitio para matarlo. Su mujer gritó desesperada. Martha, su hija, también lloró. Dos hombres con trajes a rayas las empujaron de vuelta a la fila. Él no supo qué hacer, y en ese momento de indecisión toda su familia desapareció de su vista. Durante una hora permaneció de pie, mientras la fila de las mujeres desaparecía lentamente. No volvió a ver a su mujer ni a Martha, y lloró en silencio.

Su corazón se aceleró cuando el nazi rubio apareció de nuevo con Leon. Deseó abrazar a su hijo, pero sabía que si movía un solo dedo acabaría con una bala en la nuca. El soldado acercó a su hijo al kapo de la cicatriz y le susurró algo. Este asintió, pero no pareció agradarle lo que escuchó a raíz de su mirada. Cuando el nazi se dio la vuelta el hombre escupió al suelo delante de Leon pero, para sorpresa de Yeser, no le tocó, se limitó a indicarle que permaneciera con el resto del grupo. Un rato después la fila por fin se movió y subieron a un autocar. Tras veinte minutos llegaron a unos barracones donde les desnudaron, les raparon el pelo y les hicieron ducharse junto al resto de su grupo. Esperaron varias horas desnudos, muertos de frío y de sed. Les dijeron que estaba prohibido hablar, moverse, beber agua del suelo o hacer algo que no fuera esperar. Incluso temblar por el frío estaba prohibido. Poco antes del alba por fin les hicieron coger ropa a toda prisa de unos montones, les clasificaron para el trabajo y les ordenaron alfabéticamente para tatuarles un número en el antebrazo. Como iba al lado de Leon les tatuaron números consecutivos, pero desgraciadamente les asignaron a barracones distintos. Consciente de que su mujer y su hija probablemente ya estarían muertas, en ese momento supo que ese número en la piel era lo único que le iba a mantener aferrado a la vida: gracias a él podría localizar a Leon en ese infierno… O fuera de él.

Una breve mirada fue su despedida y juró que, de una forma u otra sacaría a su hijo de allí. Desde entonces, y aferrado a esa idea y a la serie de puntos azules que conformaban su tatuaje, se había limitado a obedecer órdenes, a encajar golpes y a formar en las eternas y numerosas filas que se organizaban para salir del barracón, para recoger el trozo de pan gris de por la mañana, para ir a trabajar, para usar el aseo, para el potaje de mediodía o para volver al barracón por la noche. Todo en el lager —el campo— se hacía formando parte de una fila. Hasta para morir en las cámaras de gas había que guardar un turno. Su único consuelo durante esas semanas era que había visto varias veces a Leon, aunque cada vez más demacrado.

Pensar en su hijo le devolvió a la realidad: tenía la navaja apoyada sobre el cuello del comandante del campo, que había enviado a su mujer y a su hija a la muerte nada más bajar del tren. Apretó los labios.

—Tranquilo, no me voy a mover —dijo Höss.

Yeser tragó saliva y deslizó la hoja de la navaja. Pero lo hizo verticalmente y con un movimiento delicado, para rasurar la barba del comandante. Era un cobarde, podría acabar con la vida de Höss. Sí, le matarían a él, cosa que no le hacía perder el sueño, pero también a Leon, y esto sí que le importaba. Y Höss sería sustituido por otro oficial probablemente peor. Había escuchado que el «terrible» comandante era realmente un antiguo campesino reclutado por casualidad para las SS y que se limitaba a hacer su trabajo —exterminar judíos— igual que hubiera pegado sellos en una oficina de correos de Berlín: según el procedimiento que dictaran los jefes. Como casi todos los metódicos, no era brillante. Era un burócrata, de hecho uno bastante obediente, a la vista de las columnas de humo que ascendían al cielo a todas horas.

Yeser había conseguido el trabajo de barbero una mañana, cuando aún no había terminado de devorar el trozo de pan gris que les proporcionaban al amanecer. El kapo de la cicatriz apareció dando gritos y bastonazos como siempre. Preguntó —más bien rugió— en alemán quién era barbero. La mayoría de los presos no entendían el idioma o estaban demasiado asustados, así que nadie movió un dedo. Una nueva salva de golpes del kapo acompañó los gritos de «inútiles» y «malas bestias». Finalmente él se había atrevido a dar un paso al frente. Sus conocimientos de barbería se limitaban a los veranos de su juventud, durante los cuales había ayudado a su padre, que sí lo era, y del que había aprendido el oficio antes de erigir su propio negocio.

Así, en vez de arrastrar vigas, bloques de acero o empalmar raíles helados, él afeitaba, cortaba el pelo y rasuraba a los prominenz —los presos con privilegios—, a un puñado de oficiales y al comandante Rudolf Höss. Los primeros días lo había hecho en presencia de un soldado, pero tras unas semanas Höss había prescindido de él. Ya se había enterado de que su hijo estaba también en el campo, y el kapo de la cicatriz le había advertido —ración de bastonazos incluidos— que un solo rasguño en la piel del comandante le costaría la vida al chico.

Conteniendo el llanto, siguió deslizando la hoja delicadamente por el cuello de Höss, el hombre que le había arrebatado todo. Rezó y pidió tener fuerzas: las suficientes para no rebanarle el cuello de un tajo a ese hijo de mala madre, y condenar así a Leon a una muerte segura.

—¿Aquí no está prohibido fumar? —le preguntó Mike al ver que se encendía un cigarro.

—Vete tú también a la mierda —respondió Max.

Su amigo había llegado hacía tan solo unos minutos y acababa de contarle lo que le había sucedido en la sala de interrogatorios.

—Así que quieres que «lo haga» con él… —dijo el chico.

Dejó escapar el humo. Hacía muchos años que conocía a Mike y le apreciaba realmente. Era brillante, por algo daba clases en la Stony Brooks a pesar de su juventud, y el chico pensaba rápido. Sin embargo, no le había llamado por su inteligencia. De eso ya andaban «sobrados» en la comisaría, pensó con ironía.

—Sí —dijo por toda respuesta.

No le gustaba ir con rodeos, menos con una persona a la que quería como si fuera su hermano.

—Max, dudo de que hayas hecho bien en llamarme. Además, sabes que no debo…

—Lo siento, pero necesito que hables con ese hombre. —Aspiró el aire del cigarro—. Hazme caso, sabes que no suelo fallar: ese tío no ha mentido con lo de que estamos en peligro, pero el idiota del capitán no quiere escucharme. Lógico, teniendo en cuenta que le he pateado las pelotas al inútil de su hijo delante de él. Así que si me las apaño para hablar con el detenido apenas voy a disponer de tiempo, por lo que necesito que me ayudes. Con una afirmación como la que ha hecho, necesito estar seguro antes de hacer ningún otro movimiento. Y si hay alguien que puede ayudarme en eso eres tú. —Mike bajó la vista y se mordió el labio inferior. Max supo que le estaba presionando, pero también que estaba haciendo lo correcto—. Podríamos estar hablando de la vida de personas.

Era consciente de que ese era el punto débil de su amigo. Tras unos segundos de silencio Mike por fin habló.

—¿Está nervioso?

Max respiró aliviado.

—Después de lo que le ha sucedido debe de estar al borde de un ataque de histeria. Cualquiera que haya estado en contacto hoy con Craig lo estaría. ¿Crees que funcionará, esa telequinesia, o como se llame lo que sea que haces?

—Telepatía —le corrigió Mike—, se llama telepatía. Y es arriesgado, puedo perder la conciencia, sufrir un ataque de epilepsia… No debería hacerlo, lo sabes perfectamente. Y menos en un lugar donde puedan verme.

Max quemó casi una cuarta parte de su cigarro. No quería hacerle el más mínimo daño a su amigo, pero tampoco podía dejar de interrogar a un fulano que decía algo sobre una bomba. Él era el primero que estaba en un dilema.

—Lo sé —dijo tras meditarlo unos segundos—. Pero necesito que le leas el coco. Podrías salvar a miles de…

—Sí, ya me has dicho eso —le interrumpió Mike—. Pero no es exactamente «leer el coco». La telepatía es una especie de transferencia de pensamiento desde una mente hacia otra. Se basa en que en teoría es posible captar e interpretar la actividad cerebral ajena. El problema es que la ciencia no la acepta porque la energía que genera el cerebro es tan baja que es casi imposible percibirla. Por ejemplo, necesitamos aparatos ultrasensibles para realizar los electroencefalogramas, que recogen y reflejan de forma bastante burda el funcionamiento de las ondas cerebrales. Lógicamente, casi nadie acepta que un cerebro sea capaz de captar la energía eléctrica de otro. Y menos aún, interpretarla. Que es lo que se supone que puedo hacer yo.

Max notó que a su paciencia le debía quedar lo mismo que a su cigarrillo. Arrojó este al suelo y con el pie lo aplastó y lo empujó debajo del escritorio.

—Sí, cojonudo todo eso… Pero podrás hacer algo con él, ¿verdad?

Mike suspiró.

—En situaciones de elevado estrés, a veces puedo percibir algunas… imágenes, por llamarlas de alguna forma. Quizá, si me siento delante de él, pueda…

El teléfono de su escritorio sonó y le hizo un gesto a su amigo. Descolgó y oyó la voz de Bruce, un compañero de la denominada «vieja guardia», ese grupo de policías veteranos que cada vez tenía menos presencia en la comisaría y que, como él, también odiaban al capitán Farrow.

—Es el momento —dijo Bruce por el teléfono—, se ha quedado solo. Pero daos prisa, lo van a trasladar al hospital para hacerle una evaluación psiquiátrica. Creen que pueda estar mal de la azotea. Calculo que tendréis unos diez o quince minutos, como mucho.

—Gracias, te debo una —dijo colgando, y miró a Mike—. Es tu turno, chico.

Durante el trayecto hacia el sótano Mike se sintió observado.

—No les hagas caso —le dijo Max—. Desde que Al no está, en esta comisaría uno no puede dar un paso sin que le claven un cuchillo por la espalda.

Su amigo se refería a Al Bronson, el anterior capitán, un tipo chapado a la antigua pero admirado por sus hombres. Era estricto con la aplicación de la ley, pero lo que más le importaban eran las personas. Oficialmente no toleraba transgresiones, aunque pero solía hacer la vista gorda si estaban justificadas. El resultado era que los rateros de su zona se lo pensaban dos veces antes de actuar, que la conducta de sus hombres era bastante aceptable y que cuando alguno rebasaba ciertos límites solía ser por un buen motivo. Max se había sentido cómodo a sus órdenes.

Al tenía sobrepeso y todas las mañanas corría diez kilómetros. El día de su sesenta cumpleaños, y según los testigos que lo vieron, un individuo que parecía drogado apareció de la nada, se le acercó corriendo y le clavó un cuchillo bajo el esternón. Fue justo al comenzar el octavo kilómetro —según quedó reflejado en su podómetro; fue precisamente Max quien se fijó en ese detalle— y dedujeron que habría sido uno de los miles de detenidos por él. Buscaron al asesino durante meses pero no lo encontraron y se vieron obligados a relegar el asunto. Max siempre decía que el caso de la muerte de Al fue uno de esos que el fallecido capitán nunca hubiera dejado de investigar.

La fiesta de cumpleaños que le habían preparado en comisaría fue sustituida por otra celebración bastante diferente, un funeral, que pudo realizarse tras una autopsia nada concluyente: herida de diez centímetros en la parte alta del abdomen producida por un arma blanca, probablemente un cuchillo de unos quince centímetros y muy afilado. De un solo tajo le había abierto el corazón, y Al murió desangrado en apenas unos segundos. Max le había contado a Mike cómo todos lloraron aquel día mientras donaban la tarta y los regalos a una casa de acogida. Ese fue el final de la carrera de Al: una puñalada en el corazón y una tarta de cumpleaños que disfrutaron unos cuantos «sin techo».

El único que sonrió ese día fue Duncan Farrow. Con el cadáver de Al aún en la mesa de autopsias comenzó a dar órdenes. Y antes de que fuera enterrado ya ocupaba el asiento del capitán, anunciando que «allí las cosas iban a cambiar». Mike sabía por Max que efectivamente había sido así: muchos policías de la llamada «vieja escuela» habían sido obligados a pedir traslados o a jubilarse. Habían entrado nuevos agentes con mucho músculo, pocas luces y ninguna experiencia en la calle. El peor de todos había resultado ser el propio hijo de Duncan Farrow, una bestia de dos metros llamada Craig que se erigió como líder de los nuevos agentes, que comenzaron a hacerle la vida imposible al resto. Max era uno de los que repudiaba a Craig y sus «amigos». Si seguía en aquella comisaría se debía a que Amy —a instancias de su padre— había solicitado ir allí, y Max se había sentido en la obligación de quedarse para protegerla.

Mike conoció a Max y a su hermana, Amy, cuando el primero le rescató de una paliza que le iban a propinar unos adolescentes de su instituto. Ser un empollón era un imán para este tipo de actos, que alguien como Max, un vecino que casualmente pasó por allí en ese momento, era incapaz de tolerar. Fue entonces cuando —en secreto— se enamoró de Amy. Ella era una chica despierta y con un rostro precioso, pero siempre rodeada de chicos mayores. Él jamás se atrevió a decirle nada, ni tampoco a Max, que se había convertido en su mejor amigo, algo que no quería estropear por culpa de un amor adolescente. Pero todo cambió cuando comenzaron las «visiones» y las crisis de epilepsia. Se deprimió, inmerso en un sinfín de visitas médicas, y decidió olvidarse de las chicas. Especialmente de Amy, que parecía inalcanzable para él.

Pero en ese momento, solo el hecho de pensar que podía encontrársela allí en la comisaría le hizo sentirse aun más nervioso. Se preguntó cómo estaría, si habría cambiado mucho y si conservaría esa mirada, juvenil y pícara a la vez, que la hacía tan fascinante.

—¿Se puede saber en qué piensas? —le hizo reaccionar Max—. Ni siquiera me has contestado a lo que te acabo de decir.

—Yo… Pensaba… en una llamada que he recibido esta mañana —mintió—. Era un tanto extraña, me han llamado de Candy Systems, la empresa de tecnología médica. Querían que fuera a hablar con Wurt Candel.

—¿El viejo millonario? —Max lanzó un silbido—. Ese tío no habla con casi nadie. Sí, suena extraño.

—Les he dicho que en ese momento no podía, ya que ha sido justo después de hablar contigo. Pero el tipo ha insistido, dice que tiene que ser hoy.

—¿Qué más te ha dicho?

—Esa es la parte que no me ha gustado nada: dice que me necesitan por mi «habilidad».

—¡Mierda! ¿Y qué más?

—Le he preguntado que a qué se refería con eso, pero el que me ha llamado me ha dicho que sería el señor Candel quien me ofrecería las explicaciones oportunas.

El rostro de Max se arrugó.

—¿Quién sabe lo de esa cosa que haces?

—Esa «cosa», como tú dices, aparte de los médicos que me han visto, solo la conoces tú. Antes… —tragó saliva— también lo sabían mis padres, claro.

—No vayas.

Mike enarcó las cejas.

—¿Qué has dicho?

—Que si te quieren contratar, ¿por qué no te convocan a una entrevista con su departamento de Recursos Humanos, como hace cualquier empresa? Wurt Candel, que debe de tener unos doscientos años y está forrado de dinero, quiere verte en persona. Y hace llamar a un secretario para decirte que es por tu «habilidad». Amigo, creo que esa gente ha reventado unos cuantos archivos médicos y quieren estrujarte el cerebro. ¿Te has olvidado de a qué se dedican? Tecnología médica, esa gente no sabe lo que significa la palabra «escrúpulos».

—No había pensado en eso —admitió—. Pero, ¿y si no tiene nada que ver con lo de la telepatía? Recuerda que soy experto en neurociencias, un perfil que encajaría perfectamente en…

—Mike —le interrumpió Max—, eres un gran científico, estoy seguro de que eres uno de los mejores en tu campo. Pero ellos ya cuentan con grandes expertos, así que en esa empresa serías uno más. Si ese vejestorio quiere hablar contigo en persona, cosa que de por sí es extraña, es porque tú tienes algo que el resto de sus magníficos científicos no tiene. Y ese algo será lo que tienes dentro de tu testaruda cabecita —dijo, golpeándole suavemente con el dedo índice sobre la frente—. Y si lo sabe es porque alguien se lo ha contado. Probablemente alguno de esos malditos matasanos que te ha visto y que también trabaja para él.

Se quedó mudo. Él mismo había pensado en esa posibilidad, pero admitió que en boca de su amigo sonaba mucho más plausible.

—Y ahora —añadió Max, volviendo a caminar— necesito que me eches un cable con este tipo. No tenemos mucho tiempo.

Apesadumbrado, Mike bajó los escalones que faltaban para alcanzar el sótano. Max cruzó una puerta y le siguió. El corazón se le aceleró al entrar en la zona de las celdas y ver al detenido.

—Démonos prisa —dijo Max, abriendo la puerta de la celda.

Lo primero en lo que se fijó Mike fue en que el rostro de ese pobre hombre estaba inflamado, lleno de hematomas y con restos de sangre coagulada. El tipo alzó la cabeza. De sus labios caía un hilo de sangre. Se acordó de por qué odiaba las comisarías, sobre todo algunos de los tipos que las poblaban. Fue a preguntar quién le había hecho aquello pero Max se le adelantó, hablándole al individuo.

—Daniel, soy el detective Maxwell Brown, ¿te acuerdas de mí?

El detenido negó con la cabeza. Mike pensó que con esa inflamación en los párpados era bastante complicado que ese tipo viera —y menos aún reconociera— a nadie.

—Soy el que te ha separado del agente que te estaba golpeando. Siento lo que ha ocurrido, ese tío está loco. Voy a arreglar este embrollo, pero para ello necesito tu ayuda. —Un gemido escapó de la garganta del detenido. Imposible saber si estaba diciendo que sí o que no, pensó Mike. Se fijó en que las manos le temblaban. Max se acercó a él—. Solo necesito que me digas qué significa eso de que va a pasar algo terrible…

Mike dio un respingo cuando el detenido alzó bruscamente la cabeza y comenzó a hablar con voz gangosa.

—¡Todos… muertos! Tengo que… salvar… ¡mi familia!

Max sacó un cigarro, pero en vez de llevárselo a los labios se lo ofreció al tipo. Este dejó que el detective se lo pusiera en la boca. Su amigo cogió otro y con la misma cerilla encendió ambos. Sin dejar de sostenerlo entre sus labios, el detenido exhaló el humo lentamente y pareció relajarse ligeramente.

—No puedo… hablar más, si lo hago… me matarán.

Max asintió y le hizo un gesto con la cabeza.

—Es tu turno, no tenemos mucho más tiempo.

Sintió su corazón acelerarse.

—Señor —dijo—, creo que puedo ayudarle si…

—¡No! —exclamó el detenido, escupiendo saliva y sangre—. ¡No puedo decirles nada! ¡Necesito que me dejen ir! ¿Acaso no han comprobado mi historia? ¿No habían llamado a mi empresa? ¡Tengo que salir de aquí!

Aquello no iba a funcionar, se dijo Mike. Una parte de su cerebro le dijo que era mejor así, que ese tipo era solo un lunático. Nervioso, suspiró y miró a Max, pero este le hizo un gesto con la cabeza, insistiendo.

—Escuche, podemos ayudarle. Pero para ello es imprescindible que me ayude a…

—¡NOOOOOOO! —Dio un paso atrás, pero el hombre se levantó y le agarró de la pechera de la camisa, aun a pesar de ir esposado—. ¡Van a matar a mi mujer y a mis hijos! ¡Y todos van a morir! ¡Tengo que…!

Un flash le cegó y todo se volvió blanco. Los gritos del detenido se esfumaron y, poco a poco, la luz blanca se desvaneció. Vio una mujer delgada, pálida, ojerosa y con mechones de cabello pegados al rostro. Siguió su mirada y vio una niña pequeña, alejándose de la mano de alguien. Era un tipo con un abrigo largo que parecía de cuero negro. La niña lloraba. Sintió ira e impotencia, y vio otro chaval, de unos seis años, que salía corriendo. Un tercero, más pequeño, se removía entre los brazos de la mujer ojerosa, que lloraba y gritaba. Sintió rabia y todo se volvió oscuro. Lo siguiente que vio fueron las líneas de una carretera a través del parabrisas de un vehículo. Un cable de acero se le echó encima. Una maniobra brusca y recuperó el control, había estado a punto de caer desde algún sitio y se había salvado milagrosamente. La imagen cambió de nuevo. Se vio fumando un cigarro en un almacén mientras hablaba con unos tipos que cargaban algo grande en una camioneta blanca. Alguien le regañó por fumar cerca del «paquete». Se vio reír. ¿Cómo iba su cigarro a hacer explotar «eso»? Le dijo a ese alguien que quería terminar con ese encargo y recuperar a su familia. Siempre en la mente del conductor, vio cómo este arrojaba el cigarro al suelo y se asomaba a la caja de madera. Dentro había una mole de metal de color verde con una pegatina circular amarilla, en la que había tres triángulos negros con el vértice hacia el centro. El símbolo de la radiactividad, justo debajo de un temporizador. Marcaba treinta y seis horas. Y en ese preciso momento, se puso en marcha.

Xenon aparcó al lado de un Volvo 850 de aspecto destartalado. Dos agentes pasaron por su lado pero no le prestaron ninguna atención, ya que su vehículo patrulla era indistinguible de cualquiera de los que estaban aparcados en el 19 y medio de Pitt Street, la comisaría del Distrito 7. Detuvo el motor y se bajó del vehículo, pero no cerró la puerta con llave, sabía que luego necesitaría abrirla con rapidez. Subió los cinco escalones que daban acceso a la entrada y se palpó el cinturón, donde llevaba una pistola reglamentaria. Tan reglamentaria como la camisa, los pantalones de poliéster azul, la corbata de clip, el gorro azul e incluso las botas negras. Bielik había hecho un buen trabajo. Ese tipo era útil cuando se le «presionaba».

Tuvo que detenerse al ver a un hombre vestido con minifalda de cuero y un top rojo ceñidos, que golpeaba con su bolso a un par de agentes que intentaban conducirlo al interior. Era evidente que acababa de ser detenido. Llevaba una peluca rubio platino que se le había movido y le cubría parte del rostro, donde se veían unos labios pintados de un rojo brillante. Reprimió el impulso de agarrar a ese individuo del cuello y romperle la tráquea. Sin duda hacía falta un nuevo exterminio, se dijo, apretando los dientes. Los verdaderos agentes lograron agarrar al individuo y lo llevaron a rastras al interior. Él se echó a un lado, a pesar de lo cual no pudo evitar inhalar el perfume barato del travestido.

—Menuda mierda, ¿eh? —le dijo uno de los policías sin apenas mirarle.

Él asintió y echó andar. No quería hablar, ya que su acento podía resultar sospechoso. Recorrió la planta baja, teñida con el amarillo de los tubos fluorescentes del techo y oyó decenas de conversaciones, teléfonos sonando y ruido de teclados. Aspiró el olor a sudor y humedad, y avanzó entre las mesas en dirección a las escaleras que se dirigían al sótano. Hizo como si saludara a un par de personas para que su paseo pareciera natural. No fue necesario, nadie se fijó en él.

Max contempló atónito cómo el detenido se arrojaba sobre Mike y actuó de forma refleja abalanzándose sobre él. El conductor cayó hacia atrás y Mike se desplomó, fláccido. Max se agachó y pegó el rostro a su nariz. Respiraba, se dijo aliviado. Pero su alegría duró el tiempo que tardó en palmearle la cara, ya que no reaccionó.

—¡No te muevas! —le gritó al detenido, señalándole con el dedo.

—¡Yo no he hecho nada! —dijo este, con su voz gangosa.

Cogió a Mike por debajo de las axilas y lo arrastró fuera de la celda sin dejar de mirar al conductor de la camioneta. Daniel permaneció pegado a la pared.

—¡Se ha desmayado solo! —insistió—. ¡No ha sido culpa mía!

Vio la puerta de los aseos y, haciendo acopio de fuerzas, levantó al chico y lo arrastró fuera de la celda, que cerró con esfuerzo. Unos pinchazos en los hombros le recordaron que esa mañana ya había forzado sus músculos, y tras unos cuantos pasos por fin lo introdujo dentro del baño. Apretando los dientes cargó el peso de su amigo sobre su hombro izquierdo y consiguió tirar de la puerta con la mano derecha. Mil alfileres parecieron perforarle los brazos cuando hizo un último esfuerzo, con el que sentó al chico en el urinario. A través de la puerta, ya cerrada, llegaron los gritos ahogados del detenido. De nuevo decía algo de salvar a su familia.

—Vamos, Mike —le palmeó la cara—, ¡despierta de una puta vez!

Abrió el grifo y arrojó agua al rostro del joven. Esa situación era ridícula, masculló. Estaba encerrado en un aseo de su comisaría y con su amigo inconsciente, por culpa de una corazonada que le había hecho abusar de una habilidad que Mike no quería que nadie conociera. Se giró para coger agua de nuevo cuando un movimiento del chico le hizo detenerse.

—¿Estás bien? —le dijo, cogiéndole el rostro con las manos.

Este le miró abriendo súbitamente los ojos. Pareció no saber dónde estaba.

—Tranquilo, soy yo —dijo—. ¿Quieres un poco de agua…?

—¡No! —dijo Mike, incorporándose y cogiéndole de los brazos—. ¡Ha funcionado! He visto algo… una mujer llorando, niños…

Sintió una mínima relajación. Con suerte aquello habría merecido la pena.

—La familia a la que no para de nombrar —masculló—, ¿qué más?

—Y… un hombre de negro.

—¿Un hombre de negro? ¿Quién era, el jodido Will Smith persiguiendo marcianos o qué?

—No… vestía un abrigo negro de cuero. Y se llevaba… a uno de sus hijos. Es cierto, su familia está en peligro.

—¿Algo más? —preguntó Max, nervioso. Si eso era todo lo que había visto Mike, no le iba a ser de gran ayuda.

El chico cerró los ojos, concentrándose.

—¡Sí, espera, había también una carretera! Creo que era el puente de Brooklyn, ese hombre conducía una camioneta, ha estado a punto de caer al Hudson…

Nervioso, Max miró su reloj, no tenían demasiado tiempo.

—Continúa —le apremió.

—Transportaba algo… Traía algo a Manhattan.

—¿Qué era ese «algo»? ¿Lo sabes, Mike?

Los ojos de su amigo se abrieron de par en par.

—¡Radiactividad!

Sorprendido, echó la cabeza hacia atrás, golpeándosela con un botiquín que estaba colgado en la pared.

—¡Joder! ¿Qué coño quieres decir con «radiactividad»?

—Ese hombre… transportaba un artefacto de casi un metro y medio de altura, con una pegatina amarilla de radiactividad pegada… ¡Ha traído una bomba atómica a Manhattan!

Max sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Estás seguro? No sé si eres consciente de lo que estás diciendo.

—¡Era real! Llevaba un temporizador que marcaba treinta y seis horas, ¡pero es imposible saber a qué momento corresponde esa transferencia de pensamiento!

—¡Maldita sea! —exclamó, golpeando el botiquín con el puño—. ¡Lo sabía, voy a tener una conversación con ese tipo!

Abrió la puerta del aseo con un gesto brusco y salió del baño. Ya no se oían los gritos del detenido. Lo primero sería registrar esa camioneta, y luego… luego Nueva York sería una locura. Pero para activar el plan de emergencias antiterroristas necesitaba que ese tipo confesara. No podía hacerlo basándose en que había traído a su amigo de la adolescencia para leerle el coco. Caminó hacia la celda, sudando y buscando las llaves en el interior de su bolsillo. Cuando las introdujo en la puerta se detuvo en seco. El prisionero estaba tumbado en el suelo.

—¡Mierda! —exclamó.

Había un charco de sangre bajo él. Y en su frente, un orificio de bala.

Una voz hizo que Xenon se detuviera a mitad de la escalera.

—¡Yo no he hecho nada!

Aguzó el oído. Él jamás olvidaba un rostro ni una voz, y aunque sonaba pastosa, reconoció enseguida la del inútil de Danny. Estaba ahí abajo, pero acompañado. Eso complicaba ligeramente las cosas, pero era algo con lo que ya contaba. Sacó una de las dos pistolas que le había encargado a Bielik y le acopló el silenciador.

—¡Se ha desmayado solo! —oyó de nuevo—. ¡No ha sido culpa mía!

Bajó los escalones que le quedaban procurando no hacer ruido y avanzó hacia donde procedía el sonido. Oyó movimiento y se pegó a la pared. Ese era el peor momento: podía verse sorprendido entre la escalera y la puerta que tenía a su lado. Tenía que moverse rápido.

—¡Sacadme de aquí, joder! ¡Por lo que más queráis, tengo que salvar a mi familia!

Ese era el momento. El grito de Danny debía de haber atraído la atención de quien estuviera con él. Los cogería por sorpresa y con suerte, de espaldas. Con la velocidad y el silencio de un felino alzó el arma, sujetándola firmemente con ambas manos pero con la relajación suficiente como para apuntar con precisión, y entró en la antesala de las celdas. Realizó un barrido y su primera sorpresa fue que, a excepción del paleto, allí no había nadie.

Danny le miró sorprendido desde el interior de su celda. Su aspecto era lamentable, le habían dado una buena paliza. Deseó terminar de machacarle el rostro a ese inútil, pero no tenía tiempo. Sin bajar el arma avanzó un par de pasos y se llevó el dedo índice de la mano izquierda a los labios. Confió en que ese retrasado mental le entendiera y no hiciera el más mínimo ruido. Por fortuna Danny no dijo nada, probablemente más por la sorpresa que por su capacidad de reacción. Se acercó a la puerta de la celda.

—¿Han descubierto el cargamento? —susurró.

Danny negó con la cabeza.

—Creo que aún no han registrado la camioneta… Nadie me ha preguntado por la carga.

Xenon respiró algo más aliviado. Aún podía solucionar aquello. Se alegró de haber ido personalmente.

—¿Quiénes estaban contigo?

—Dos tipos, se han metido allí. —Danny señaló hacia una puerta ubicada a la derecha de Xenon sobre la que había una etiqueta que ponía «WC».

Pensó con rapidez. No podía ir en busca de esos tipos, su prioridad era otra. Se giró hacia Danny. A través de sus inflamados párpados le pareció ver un brillo de esperanza en los ojos. «Menudo idiota», pensó, alzando el arma.

Danny apenas podía ver, le dolía todo el cuerpo y oía un zumbido persistente en su oído derecho. Pero lo que realmente le torturaba era que su familia estaba en peligro y que no encontraba la maldita forma de salir de allí. Estaba seguro de que todavía podía arreglar aquel embrollo, que la policía aún no había encontrado lo que transportaba en la camioneta, probablemente ni la habían registrado, ya que en ese caso se habría armado una bien gorda. Su suerte, si es que podía decirlo así, era que ese tipo que le había golpeado, el gigante rubio, parecía no estar bien de la azotea. Y gracias a eso quizá tenía una posibilidad.

—¡Sacadme de aquí, joder! —gritó desesperado—. ¡Por lo que más queráis, tengo que salvar a mi familia!

Apenas entendió su propia voz, que sonaba como si tuviera una esponja en la garganta. Iba a gritar de nuevo cuando notó movimiento. Giró la cabeza y dio un paso atrás. El zumbido, el dolor y hasta el reguero de sangre que le caía de la nariz parecieron detenerse. Ahí, en la puerta, estaba el hijo de puta que se había llevado a su hija, el tipo que le había encargado su misión. El cabrón del bigote, la mirada acerada y el abrigo de piel negro. Solo que ahora llevaba un uniforme de policía y una pistola con un silenciador que sujetaba en alto. Contrajo los músculos al verlo aparecer tan silenciosamente.

Entró sin hacer el más mínimo ruido y haciendo un barrido con el cañón del arma. Un par de minutos antes y los dos polis hubieran pasado a mejor vida, pensó. Quiso avisarle de que no estaban lejos, pero el hombre al que todos llamaban «jefe» —aunque él sabía que se llamaba Xenon— se volvió hacia él llevándose el dedo índice a los labios. Cerró el pico. No parecía buena idea llevarle la contraria a ese tipo, y menos si tenía el dedo índice sobre el gatillo de una pistola.

—¿Han descubierto el cargamento? —le susurró, acercándose.

Negó con la cabeza. Solo la voz y el acento extranjero del mercenario le intimidaban, por no hablar de su aspecto. Si ahora mismo apareciera un poli tenía claro lo que sucedería. Y lo que le sucedería a él, si no daba las respuestas adecuadas.

—Creo que aún no han registrado la camioneta… —dijo en voz baja—. Nadie me ha preguntado por la carga.

—¿Quiénes estaban contigo?

Las palabras sonaron frías y duras como el acero. Tragó saliva, y un millar de cristales parecieron abrasarle la garganta.

—Dos tipos… se han encerrado allí. —Señaló hacia su izquierda, hacia la puerta del baño.

Vio cómo su «jefe» dudaba un momento. Estuvo seguro de que se iba a dirigir hacia la puerta del baño y acribillar a los polis a tiros, pero en vez de eso se giró hacia él. Se alegró, lo iba a sacar de allí. Se lo llevaría simulando un traslado o algo así. Iba a poder recuperar la camioneta, hacer la entrega y recoger a su familia. Quiso sonreír pero el dolor se lo impidió. Le dio igual. Por fin todo iba a salir bien.

Xenon pensó que ese paleto se merecía una muerte lenta y dolorosa. Había comprometido un plan magistral que iba a cambiar la historia, a devolver las cosas a su sitio. Un plan que cambiaría la faz del planeta… si no lo estropeaban retrasados como ese. Era lo que había ocurrido en la Segunda Guerra Mundial: el mayor fallo que había cometido Hitler fue confiar en gente incapaz. Débiles, corruptos que desvirtuaron su glorioso Reich. Pero no disponía de tiempo para darle a ese payaso su merecido. En cualquier momento podía aparecer alguien y no quería salir a tiros de allí, era demasiado arriesgado. Apuntó a la cabeza de Danny y el brillo de esperanza que había visto en sus ojos se transformó en miedo. Oyó que su objetivo balbuceó unas palabras.

No las escuchó. Tensó su dedo, un ¡plop! rasgó el aire y una flor de color rojo brotó en la frente de Daniel Thompson. Sin esperar siquiera a que este cayera al suelo, caminó de espaldas hacia la salida, apuntando a la puerta tras la cual se suponía que había dos agentes de policía y dispuesto a apretar el gatillo si se abría. Alcanzó los escalones y los subió de dos en dos mientras desenroscaba el silenciador y lo escondía bajo su camisa, caminando con tranquilidad hacia la puerta. De nuevo, nadie se fijó en él. Adoraba Nueva York, pensó, alcanzando la salida de la comisaría.

La esperanza de Danny se transformó en sorpresa al ver a Xenon alzar el arma. Ese fue el penúltimo sentimiento que albergó su cerebro. El último fue de ira, al comprender lo que iba a ocurrir cuando le apuntó a la cabeza. Sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, fruto de la rabia.

—Púdrete en el infierno… —dijo, sintiendo los ojos llorosos.

No oyó el disparo pero sí notó un impacto que se le incrustó en el cráneo. Un fogonazo blanco lo inundó todo y un terrible dolor le taladró la cabeza. Por fortuna todo empezó a teñirse enseguida de un negro denso, llevándose consigo el dolor. Sintió que perdía el conocimiento. Entonces vio a su mujer y a sus hijos, y rezó para que alguien les ayudara. Si existía un Dios, estaba dispuesto a aceptar ir al infierno de cabeza si alguien los salvaba. No se merecían morir a manos de aquella gente. De hecho, no se merecían a un hombre como él. Deseó no haber hecho tanto daño en su vida. Ni a su familia, ni a aquella mujer afgana ni a sus hijos. Ojalá hubiera tenido otra oportunidad, pensó; lo hubiera hecho todo de forma diferente.