CAPITULO XII

Anthony Hurley se adelantó al encuentro de los recién llegados.

—¿Qué le trae por aquí, sheriff?

Apartó los ojos de Don Murray para fijarlos en Edmund Cash y Benny Steele, a quienes reconoció de inmediato.

—Queremos hablar con su patrón, Anthony —dijo el comisario al capataz de Stanley Wegat.

—No sé si está en la casa...

—Estoy seguro que sí. Y, además, dígale que le conviene recibirnos —intervino Edmund, con firmeza.

Desmontaron los tres frente a la casa central.

A su alrededor, un grupo de vaqueros les contemplaba desde diversos lugares.

—Veré si está en su despacho...

Anthony Hurley se dirigió a la casa, pero Don Murray y sus dos acompañantes le siguieron de cerca.

—Iremos con usted, Anthony.

El pelirrojo les precedió a través del amplio vestíbulo.

Golpeó un par de veces la alta puerta de caoba oscura del despacho del ranchero antes de que se escuchara una voz desde el interior invitándole a entrar.

—Adelante.

Stanley Wegat tenía cuarenta y cinco años. El pelo intensamente negro, los ojos duros y el mentón firme, voluntarioso.

—Pase, sheriff —invitó a Don Murray—. ¿Qué le trae a mi casa?

—Les dije que esperaran fuera, señor Wegat —se justificó el capataz—. Pero no...

—Debiste hacerles pasar inmediatamente, Anthony —le cortó el ranchero—. Ya sabes que el sheriff y sus amigos son siempre bien recibidos en esta casa.

Edmund Cash observó con curiosidad a Stanley Wegat.

Era el típico hombre de presa.

Su modo de hablar era suave, lleno de amabilidad, pero resultaba evidente que su pacífica apariencia podía transformarse a la menor provocación, convirtiéndose entonces en un hombre temible.

—Dígame cuál es el objeto de su visita, sheriff. Le escucho... ¿Quiere beber algo?

—Estoy aquí por un doble motivo, señor Wegat —empezó a decir Don Murray, cuyos nervios se habían serenado en los últimos minutos.

—Veamos de qué se trata.

—A este hombre —dijo, señalando ,a Benny Steele— le han incendiado hoy la granja.

—Lo lamento. Ya le he dicho muchas veces, sheriff, que debía extremar la vigilancia sobre todos los indeseables que cruzan por nuestra región.

Su cinismo hizo estallar a Benny Steele.

—¡Aquí no hay más indeseable que usted! —chilló—.

¡Fueron sus hombres los que atacaron a nuestras mujeres y mataron al muchacho! ¡Canalla!

Edmund tuvo que sujetar al colono para evitar que se avalanzara sobre Stanley Wegat, cuyas mandíbulas se marcaron bajo la piel de sus mejillas.

—Repórtese, amigo —pidió, con voz tensa—. No estoy dispuesto a que nadie venga a insultarme a mi propia casa.

Anthony Hurley, junto a la puerta, tenía la vista fija en el ranchero, esperando cualquier indicación suya.

—Este hombre tiene motivos más que sobrados para hablar así, señor Wegat. Y usted lo sabe muy bien.

Por primera vez se cruzaron las miradas de Stanley Wegat y Edmund Cash, cuyas palabras restallaron como un latigazo.

—¿De qué está hablando, amigo?

—Hace días envió usted a sus pistoleros para invitar a este hombre y a su socio a que abandonaran las tierras del valle. Por lo visto no desea que nadie venga a disputarle la propiedad de unos terrenos que ocupa sin ningún derecho ni documento.

—¡Hace muchos años que me establecí en el valle!

—Pero eso no le da derecho a que este individuo —Edmund señaló al capataz—, y otros tres de su misma calaña, amenacen a unos honrados colonos y los golpeen brutalmente.

Se volvió hacia Anthony Hurley, cuyos ojos llameaban de ira.

—Espero que no irá a negarlo, ¿verdad? Yo mismo tuve que disparar sobre uno de sus hombres para impedir que asesinara al hijo de Ty Mac Crary.

—¡Hoy volvieron a nuestra granja! —gritó de nuevo

Benny Steele—. Y esta vez se salieron con la suya. Mataron al muchacho y quemaron la casa.

—¿Está acusándome?

La pregunta de Stanley Wegat sonó como una burla cruel.

—No importa que los asesinos fueran enmascarados. Uno de ellos fue herido y estoy seguro que entre sus hombres encontraremos a alguno con un balazo reciente. Y, además, está esto...

Edmund Cash arrojó sobre la mesa el adorno de plata que había encontrado entre los pastos.

—Voy a examinar las monturas de sus hombres, señor Wegat —anunció el sheriff—. Quizá encuentre la silla a la que le falta este adorno.

—No voy a consentirlo, sheriff. Tendrá que fiarse de mi palabra. Sabe que le interesa hacerlo.

—¿Por qué, Wegat? —le preguntó Edmund Cash—. Acaso si lo hace le quitará del puesto de comisario. O quizá envíe a uno de sus pistoleros para que le mate por haber cometido la osadía de enfrentársele. ¿No es cierto?

Stanley Wegat palideció ante aquel rosario de acusaciones.

—Ustedes lo han querido —chilló—. Ocúpate de ellos, Anthony.

Edmund Cash fue, sin embargo, más rápido que el capataz.

Desenfundó el «Colt» antes de que el pelirrojo llegara a empuñar su arma y le empujó al centro del despacho, donde Don Murray se encargó de desarmarle.

—No puede acusarme de nada, sheriff —insistió Stanley Wegat, con calma—. Incluso en el caso de que encuentre a uno de mis vaqueros herido y otro sea el dueño de esa silla mexicana de que hablan, ninguno de ellos dirá que fui yo quien les ordenó atacar a los colonos.

—Confían en que sabrá recompensar su silencio, ¿verdad, Wegat? —intervino Edmund, con desprecio—. Quizá unos meses en la cárcel, pocos, porque usted les traerá el mejor abogado, y luego volverán como si nada hubiera pasado.

—Así ha sido hasta ahora, señor Wegat —dijo Don Murray—, Pero esta vez hay algo contra lo que usted no podrá luchar.

Las palabras del comisario de Holyoke hicieron que, por primera vez, se tambaleara la seguridad de que Stanley Wegat estaba haciendo gala.

—¿Qué quiere decir, sheriff?

—Ahora lo sabrá.

Edmund Cash se acercó a la ventana del despacho, que ya era sólo un rectángulo oscuro al haber desaparecido la última luz del día en el exterior.

Hizo un par de rápidos disparos al aire.

—¿Qué hace ese hombre? ¿Qué significa esto?

Don Murray estaba encañonando al ranchero y a su capataz.

—Muy pronto lo sabrá.

Era la contraseña convenida con Ryan y el grupo de obreros del ferrocarril que le acompañaban.

—Será mejor que salgamos fuera. Tiene visita.

Al llegar los cinco a la puerta de la casa advirtieron el movimiento de los vaqueros por la explanada, alertados sin duda por los dos disparos que acababan de escucharse.

—Diga a sus hombres que se mantengan en calma, señor Wegat —ordenó Don Murray.

—No van a salir con vida de aquí —masculló, rabioso, al verse encañonado.

La presencia de un grupo de caballos le hizo volver la vista hacia el camino que llevaba a la casa.

—¿Quiénes son? ¿Qué hacen en mi rancho?

Eran cerca de una docena de jinetes los que llegaban formando un compacto grupo, con las armas en la mano.

La oscuridad de la noche impedía reconocer sus rostros a aquella distancia.

—Dispararemos sobre el primero que se mueva —anunció Edmund Cash—. Tenemos la casa rodeada.

Los vaqueros se quedaron paralizados ante la inesperada presencia de los hombres del ferrocarril, que ahora se habían distribuido en torno a la explanada, mientras Ryan avanzaba con George Nixon hacia la casa.

—¿Conoce a este hombre, Wegat?

—¡Nunca le he visto!

Estaban alumbrados por un par de lámparas de petróleo que lucían a ambos lados de la puerta principal, colgadas de la fachada.

—¿Está seguro, Wegat? —insistió Edmund—. El dice lo contrario. Ha estado recibiendo dinero de usted a cambio de boicotear las obras del ferrocarril.

—¡Es falso! ¡Está mintiendo, sheriff! —se defendió el ranchero, con violencia.

—Diga la verdad, señor Nixon —le pidió Don Murray—. ¿Conoce a este hombre?

El ingeniero cabeceó afirmativamente.

—Sí, me mandó llamar hace varias semanas para ver la forma de que el ferrocarril no cruzara por sus tierras. Fue idea suya sabotear la construcción del ramal...

—¡Es falso! ¡Todo falso!

Al tiempo de gritar aquello, Stanley Wegat salió hacia adelante, arrollando a Don Murray y a Benny Steele, que salieron despedidos contra el grupo formado por Edmund y el capataz del ferrocarril.

—¡Fuego contra ellos! ¡Que no quede ninguno vivo!

Edmund Cash se puso en pie para lanzarse en persecución del ranchero.

—¡Cuide a Nixon, sheriff!

La orden de Stanley Wegat pareció desencadenar toda la furia del infierno sobre la explanada.

El fogonazo de las armas iluminó la noche, mientras algunos vaqueros de Stanley Wegat rodaban por tierra.

Los hombres del ferrocarril tenían las armas empuñadas y se adelantaron a sus enemigos en la primera descarga.

—¡Cúbranse, muchachos! —les gritó Ryan, corriendo

a lo largo de la fachada de la casa.

Llevaba a George Nixon agarrado del brazo, protegiéndole con su propio cuerpo.

Stanley Wegat dobló la esquina de las cuadras, volviéndose unos segundos para ver si era seguido.

Descubrió a Edmund Cash, cuyo rostro barbudo apenas destacaba en la negrura de la noche.

Su dedo se cerró con rabia sobre el gatillo del arma y el joven teniente tuvo que arrojarse al suelo para no ser alcanzado por el proyectil.

—¡No vas a escapar, Wegat! —le gritó, incorporándose para seguir tras él.

El tiroteo, en la explanada, seguía siendo intenso.

Anthony Hurley, con un balazo en el muslo, continuaba disparando caído en tierra, animando a los hombres con sus gritos.

—¡Acabad con todos! ¡Los enterraremos con el ferrocarril!... ¡Fuego contra ellos!

Don Murray estaba parapetado detrás de una de las columnas del porche.

—Espero que el teniente Cash no le deje escapar —comentó con Benny Steele, que luchaba a su lado.

—Confíe en él, sheriff.

Un balazo se estrelló a los pies del colono, que tuvo que saltar hacia atrás mientras levantaba su arma para buscar al autor del disparo.

Vio una sombra sobre el tejado del granero.

—¡No volverás a disparar! —gruñó, al tiempo de hacer fuego contra el tirador.

Este cayó desde lo alto con un grito de muerte. La resistencia de los pistoleros de Stanley Wegat iba debilitándose.

Un buen número de ellos había caído al principio de la lucha, sorprendidos por la inesperada presencia de los obreros del ferrocarril, y el resto estaba siendo superado por la mayor acometividad de éstos.

Quizá no fueran tan expertos tiradores como sus adversarios, pero luchaban con rabia y decisión frente a aquel puñado de coyotes.

—¡Deténgase, Wegat! —gritó Edmund Cash desde la puerta de las cuadras—. ¡No saldrá con vida de ahí!

Un par de disparos le hicieron apartarse a un lado mientras el caballo de Stanley Wegat intentaba ganar el exterior.

Se lanzó hacia el jinete en un salto, abrazándose a su cintura.

—¡Voy a llevarle a prisión, Wegat!

La bota del ranchero se estrelló en su cuerpo, pero el golpe no le hizo abandonar su presa.

Se vio así arrastrado durante unas cuantas yardas hasta que, al fin, consiguió arrancar al ranchero de la silla.

Los dos rodaron por el polvo...

Los puños de Stanley Wegat se movieron con precisión y potencia.

Pero Edmund Cash sabía cubrirse para evitar verse afectado por la dureza de los impactos, a los que replicó en una rápida contraofensiva.

Logró conectar un golpe al hígado de Stanley Wegat, quien se dobló hacia adelante, permitiendo que su adversario le «cazara» con un seco directo al mentón.

Su rostro se desencajó por el dolor, cayendo hacia atrás...

—¡En pie, rata! Se acabó tu imperio de terror. No vas a impedir que el progreso llegue al valle ni que otros hombres se beneficien con la riqueza de estas tierras... ¡Arriba!

Al otro lado de las construcciones, el tiroteo estaba acabando.

Algunos disparos espaciados señalaban la resistencia desesperada de los últimos supervivientes del equipo de Stanley Wegat, mientras que los restantes habían preferido entregarse.

Don Murray se hizo cargo de ellos, dando la lucha por terminada.

—Hay que buscar al teniente. Se fue por allí...

Benny Steele se encaminó hacia las cuadras cuando la voz de Taylor le hizo volverse.

—¡Aquí está, sheriff! Y trae a ese ranchero.

Stanley Wegat avanzaba a empellones, resistiéndose a aceptar el fin de su dominio sobre la comarca.

Ryan, con algunos de sus hombres, custodiaba a los prisioneros, entre los que se encontraban Anthony Hurley y George Nixon.

—¡Lo conseguimos, Edmund! Los Mac Crary dormirán esta noche mucho más a gusto sabiendo que los asesinos de Andy han sido capturados —exclamó Benny Steele, jubiloso.

—Hacía mucho tiempo que soñaba con esto —comentó Don Murray con el teniente—. Realizar una buena operación de limpieza. Pero hasta ahora me había sido imposible.

—Estas hermosas tierras lo serán mucho más cuando se vean libres de alimañas semejantes —respondió, empujando a Stanley Wegat hacia el grupo de prisioneros.

Don Murray asintió.

—Cuando el coronel Denwen me habló de su presencia en Holyoke y me dijo que con usted venía Lewis Rider, me molestó saber que otra vez teníamos a ese reptil por aquí. Pero creo que podemos sentirnos afortunados de que su viaje desde Yampa haya terminado en Holyoke.

Edmund Cash estaba de acuerdo.

También para él había sido una suerte.

Recordó a Susy Steele y sintió unos enormes deseos de verla de nuevo, de escuchar su voz, de sentirse envuelto en la suave luminosidad de su mirada.

—Organizaré el grupo y saldremos hacia el pueblo. Voy a tener problemas de espacio en la cárcel para acomodar a todos mis «huéspedes».

Ryan había escuchado atentamente el diálogo.

—Así que nos engañó a todos, teniente —comentó con Edmund—. Nunca pensé que un militar fuera tan buen dinamitero.

—Al salir de West Point serví durante algunos meses en una brigada de explosivos. Eramos los dinamiteros del ejército...

—Llevo muchos años en este oficio, teniente. Y he visto a pocos hombres que manejaran la dinamita como usted.

Edmund agradeció los elogios del capataz y se acercó a ver cómo iban los preparativos de Don Murray para regresar a Holyoke.

Estaba impaciente por hacer un par de cosas.

«Ya es hora de que me afeite esta barba. Ahora ya no hay peligro de que nadie me reconozca», pensó, rascándose la barbilla.

Su otro deseo se llamaba Susy Steele.

Pensó en las heridas de la muchacha, en su estado cuando la había dejado aquella tarde en la granja...

La fortuna le había sonreído en los montes de la Santa Cruz al ponerle en contacto con la caravana de los colonos.

No sólo por la ayuda que los carros le habían prestado a la hora de llevar a Lewis Rider hasta el pueblo, sino porque en ellos había conocido a la mujer capaz de colmar todas sus ilusiones.

—¿Qué opina de los militares, señor Steele? —preguntó al colono—. ¿Ha pensado alguna vez en tener uno en la familia?

Benny Steele le apretó el brazo en silencio, alegrándose al escuchar sus palabras.

Amaba a Susy, y hacía muchos días que sabía que la felicidad de la muchacha se hallaba ligada a Edmund Cash.

El hombre al que iodos habían creído un fugitivo de Yampa...

F I N

 

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