CAPITULO IV
Unas cuantas piedras sirvieron para cubrir el montón de tierra bajo el que Peter Rockfy fue enterrado.
—Fue un imbécil al unirse a nosotros. Sólo nos trajo problemas y encima le ha costado la vida —comentó, furioso ante la obligada parada, Lewis Rider.
Había muerto de madrugada.
Y Edmund tuvo que enfrentarse una vez más al manco para que aceptara detenerse a dar sepultura al cadáver.
—No hemos salido de Yampa para hacer de enterradores —gruñó.
—No podemos dejarle tirado ahí.
—Ya se encargarán los buitres de él.
—Sigue adelante tú, si quieres. Yo voy a cavar una tumba.
—Le ayudaré —se ofreció Benny Steele.
Sólo les había quedado un pequeño azadón, después del percance de los carros en el fango.
—Está bien —aceptó, de mal grado, el manco—. Cava tanto como quieras. ¡Pero hazlo aprisa! No quiero pasarme aquí todo el día.
El viaje estaba tocando a su fin.
Y a medida que aumentaba la distancia entre ellos y Yampa, se sentían más seguros.
—Debimos despistar a las patrullas en los montes de la Santa Cruz. Seguro que no se fijaron en la hendidura.
—Sí, tuvimos suerte.
Edmund dijo aquello mientras pensaba que no todo había sido suerte.
Había también otros factores, aunque Lewis Rider lo ignorara.
Pero la persecución había sido lo suficientemente tenaz los primeros días como para dar la impresión de un decidido propósito de apresarlos.
Gran cantidad de hombres, perros sabuesos y continuadas batidas por los montes de la Santa Cruz habían hecho que Lewis Rider, Edmund Cash y Peter Rockfy tuvieran la sensación de ir a caer en cualquier momento en manos de sus perseguidores.
—Sobre todo, ha sido una suerte toparnos con los carros —comentó el manco.
—Debemos separarnos ya de ellos —señaló Edmund, después de reanudar la marcha tras haber enterrado a Peter Rockfy.
—¿Separarnos de ellos? Ni lo sueñes...
Edmund se enderezó sobre la silla del caballo.
—Mañana llegaremos a Holyoke —dijo a su compañero—. Ya no tiene objeto continuar en su compañía.
—Te equivocas, muchacho. Precisamente ahora es cuando nos serán de gran utilidad.
—¿Para qué?
—Son colonos. Y van a establecerse en las tierras que hay al norte de Holyoke.
—Ya lo sé.
—¿No lo entiendes? Quedándonos con ellos estaremos cerca del ferrocarril...
Edmund empezó a comprender.
Pero quería librar a los colonos de la peligrosa compañía del pistolero.
Dijo:
—Pero cualquiera que nos vea con ellos puede sospechar.
—No lo creas. Lo tengo todo muy bien pensado. En primer lugar las autoridades buscarán a tres fugitivos. Y sólo quedamos dos.
—Pero nuestra presencia en esas tierras llamará la atención.
—¿Por qué? Esta gente se establecerá en algún lugar solitario. Y mientras permanezcamos con ellos no se atreverán a denunciarnos.
Hizo una pausa y contempló los dos carros que avanzaban bajo el sol del mediodía.
—Será la única manera de tenerlos con la boca cerrada. Yo me encargo de eso.
Edmund buscó una buena razón para hacer cambiar de idea al pistolero.
—Entretanto, tú irás en busca del dinero. Tenemos que recogerlo cuanto antes.
La mirada de Lewis Rider se perdió hacia el horizonte.
Ya podían distinguirse a lo lejos las altas cumbres de los montes Holyoke.
—Espero que esos bastardos del ferrocarril no hayan llegado aún al lugar donde dejé el dinero.
Había escondido los 60.000 dólares robados al ejército, pensando en regresar a los pocos días para recogerlos.
Por eso no se había preocupado ante los proyectos de perforar la montaña para hacer el tendido del nuevo ramal del ferrocarril de Colorado.
Sin embargo, conocía los preparativos que se estaban realizando, y desde el momento de ser enviado a Yampa, su pensamiento había estado puesto en los hombres que, con ayuda de la dinamita, iban horadando los montes Holyoke.
—Sería gracioso que esos sesenta mi! dólares fueran dinamitados —murmuró—. ¡Tienes que sacarlos del escondite antes de que lleguen las cuadrillas de obreros del ferrocarril!
Miró a Edmund y añadió:
—Ya he visto que te gusta esa chica. ¿No es cierto?
Se sintió inquieto ante el nuevo giro de la conversación, pues sabía que Lewis Rider decía siempre las cosas con intención.
—Cuando uno se ha pasado varios meses encerrado, lejos de las mujeres, cualquiera te gusta... —comentó, indiferente.
—Ya habrás visto que no he vuelto a acercarme a ella —señaló el manco—. Y no creas que ha sido por falta de ganas. Yo también me he pasado los últimos meses encerrado...
Soltó una carcajada antes de añadir:
—Sólo quería decirte que yo velaré por ella mientras tú vas en busca del dinero.
Era una advertencia.
—No creo que sea necesario —replicó Edmund, cerrando los dedos sobre las bridas del caballo.
—Quiero decir que la chica estará a salvo durante tu ausencia. Pero si ésta se prolongase demasiado...
Lewis Rider dejó su frase sin acabar.
Edmund adivinó el sentido de sus palabras.
—¿Acaso piensas que voy a desaparecer con los sesenta mil dólares del botín?
El manco hizo un gesto indiferente.
—En cualquier caso, esa chica no viviría para verlo.
Edmund fue ahora quien soltó una carcajada.
—¡Eres un estúpido, Lewis! Si de verdad tuviera la intención de apoderarme de tu dinero, lo que le ocurra a esa chica no iba a hacerme cambiar de opinión. Sería agradable divertirse un rato con ella, pero no vale sesenta mil dólares.
Lewis cerró los ojos hasta formar con ellos una fina línea.
Durante largos segundos, contempló a su compañero de fuga.
—Quizá te importe, entonces, lo que pueda pasarte a ti si intentas engañarme.
—¿Estás amenazándome?
Se contemplaron desafiantes.
—No, no es una amenaza. Sólo es una advertencia...
La mirada de Lewis Rider cayó sobre su manga vacía mientras un juramento de ira subía a sus labios.
A causa del brazo que le faltaba, se veía obligado a confiar en Edmund Cash.
Estaba seguro que todo el mundo en los montes Holyoke sabía que era un hombre manco quien había asaltado el convoy militar, fugándose después de Yampa.
Caerían sobre él apenas se asomara a cualquier pueblo de la región.
Por eso necesitaba a Edmund Cash.
—De acuerdo, muchacho —dijo, de mala gana—. Te diré dónde escondí el dinero.
Los sentidos de Edmund se alertaron.
—¿Dónde? —preguntó, calmosamente.
—Hablaremos de ello cuando estemos en Holyoke...
Lewis Rider hizo una pausa mientras su mirada seguía el lento avance de los carros.
—Nos quedaremos con esa gente. Sus tierras serán nuestro punto de reunión.
La mirada de ambos se aguzó ante la nube de polvo que se veía en lontananza.
Estaban acostumbrados a viajar sin cruzarse con nadie y la presencia de un grupo de jinetes les hizo ponerse en guardia.
—Es un carro... —señaló Edmund, al distinguir el origen de la polvareda.
—Vamos con los colonos. Hay que advertirles.
Pusieron los caballos al galope y, en unos segundos, se reunieron, con Ty Mac Crary y Benny Steele.
Lewis Rider pasó directamente el carro de este último.
—No olvide que estaré encañonándole por la espalda —le advirtió—. Trate de no pararse con esa gente.
Edmund dio idénticas instrucciones a los Mac Crary, aunque se quedó sobre la silla del caballo.
Era un viejo carromato, conducido por dos hombres, abarrotado hasta los topes de herramientas, comestibles, ropas y cajas de botellas.
—Ustedes serán nuestros primeros clientes desde que salimos de Holyoke —comentó uno de los vendedores ambulantes, poniéndose en pie sobre el pescante.
—Llevamos de todo. Ropas para las señoras y buen whisky...
Edmund Cash indicó con la mano a Ty Mac Crary que siguiera adelante.
—No necesitamos nada —dijo a los buhoneros.
—Eso no es posible, amigo. Por su aspecto veo que vienen de muy lejos, y su esposa bien se merece que le haga un obsequio. Una toquilla para el invierno o un frasco de perfume.
Lewis Rider apoyó la boca del «Colt» en la espalda de Benny Steele.
—¡Siga adelante! —le ordenó a través de la lona—. Edmund se encargará de quitárselos de encima.
Pero Verónica Mac Crary no pareció dispuesta a dejar pasar la ocasión de reponer su ajuar.
—Compremos al menos lo más necesario, Ty. No sabemos a qué distancia están las tierras, y esos hombres nos han dejado sin nada.
—Vuelve aquí, Verónica...
La llamada del colono no sirvió para detener a la animosa mujer.
—¿Llevan ropa de cama? —preguntó a los vendedores—. Enséñenme algunas piezas...
Lewis Rider masculló:
—¡Esa estúpida va a echarlo todo a perder!
Edmund se acercó al carro de los Steele.
—Puede bajar a comprar lo que desee, señorita —dijo a Susy.
Adivinó la duda en los ojos de la muchacha.
—Déjala que vaya, Lewis —dijo a su compañero a media voz—. Ya que nos hemos parado hay que dar la impresión de que somos una caravana normal.
Ayudó a Susy Steele a descender del pescante mientras Verónica Mac Crary regateaba con los vendedores como buena ama de Casa.
—Es demasiado cara la vara de rector —se quejó—. No me quedaré con la tela si no me la rebajan.
Ty Mac Crary se limpió el sudor que humedecía su frente.
—Tu madre está completamente loca —dijo a Andy—. Estamos a punto de perder de vista a ese par de asesinos y ahora se pone a comprar sábanas.
Media hora más tarde se alejaban los buhoneros con su pesado carromato.
—Voy a darle un consejo, señora Mac Crary —gritó Lewis Rider, parándose ante ella—. Si no desea que su esposo se quede viudo, no vuelva a desobedecerme.
—La culpa fue de ustedes —se defendió Verónica Mac Crary—. Nos obligaron a dejar todas nuestras cosas en el fango.
—¡Suba al carro! Y sigan adelante...
—Creo que hubiéramos llamado más la atención no parándonos —terció Edmund—. No hay mujer que sea capaz de resistir uno de estos almacenes rodantes. A no ser que tenga un arma apuntándola.
Lewis Rider tenía la vista clavada en la silla de su compañero de fuga.
—El rifle —señaló.
—¿Qué pasa con él?
—Estuviste cerca del carro de esos hombres, hablando con ellos, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Pudieron ver las marcas de la prisión... ¡Seguro que las vieron!
La culata del «Winchester» que habían robado a uno de los celadores de la prisión llevaba grabado en la madera un número y la inicial de Yampa.
—No creo que se fijaran en ello —comentó Edmund.
—¿Por qué estás tan seguro? Quizá no hayan sospechado nada ahora, pero lo harán en cuanto oigan hablar de nuestra fuga.
—Para entonces estaremos lejos de su alcance.
—No sabes cuándo sucederá eso. Esa gente se para en todos los pueblos a vender su mercancía... Y a estas horas la noticia de nuestra huida debe ser conocida por todos los comisarios de Colorado.
—Eran muy viejos. Y no creo que tuvieran tan buena vista como para apreciar el número y la «Y» grabados en la culata del rifle —quitó importancia Edmund a lo sucedido.
—Dices eso porque no fuiste capaz de hacer que esa mujer te obedeciera. ¡Te dije que te ocuparas de los Mac Crary! —gritó Lewis, furioso—. Y no sólo dejaste que bajara a comprar, sino que, además, tú mismo invitaste a la chica a que lo hiciera.
—¡Deja ya de gritarme! No estoy aquí para escuchar tus intemperancias.
Las pupilas grises de Edmund Cash brillaron con dureza.
—No pienses que puedes darme órdenes. Salimos juntos de Yampa y allí terminó todo. Tú me necesitas y de momento yo estoy a tu lado... ¡Nada más!
—Ojalá se maten entre ellos —masculló Ty Mac Crary, escuchando la disputa.
—No tendremos esa suerte, papá.
En el otro carro también había dos espectadores atentos.
Pero al contrario que los Mac Crary, Benny Steele y su hija temieron que la discusión degenerase en violencia.
Sólo era un oscuro presentimiento, algo sin fundamento, pero, sin saber por qué, consideraban a Edmund Cash como un amigo.
A pesar de que todos sus actos, todas sus palabras, indicaran lo contrario.
Pero ambos recordaron su intervención el día de la lluvia y la promesa hecha a Susy Steele.
—Me gustaría saber lo que ha hecho para que le llevaran a Yampa—comentó con su padre.
—Quizá nos lo cuente él mismo algún día, hija.
Susy le miró, sorprendida.
—¿Algún día, papá? Sólo estarán utas cuantas horas más con nosotros.
La noche estaba cayendo y Lewis Rider había ordenado acampar a orillas de un riachuelo.
Al día siguiente llegarían a la región de Holyoke.
—Mientras estabas con Verónica en la carreta, hablé con Edmund Cash.
—Le vi que marchaba a tu lado. ¿De qué hablasteis?
—De sus planes para los próximos días.
Susy se alegró que las sombras de la noche ocultaran su rostro.
Un gesto de tristeza cubrió sus facciones.
—¿Cuándo se irá? —preguntó.
—No van a irse...
—¿Qué quieres decir?
—Se quedarán con nosotros en la granja.
—¿Los dos?
—Sí, Edmund y el otro. Piensan que es el lugar más seguro para permanecer escondidos hasta que ceda un poco la búsqueda.
—¿Crees que los encontrarán, papá?
Susy hubiera dado cualquier cosa por obtener una respuesta negativa a su pregunta.
Al pensar en Edmund Cash, se olvidaba de las circunstancias en las que éste había llegado hasta la pequeña caravana, de su uniforme de presidiario, de los grilletes que rodeaban sus muñecas...
—Sí, Susy. Pueden tardar más o menos en hallarlos, pero al final serán enviados de nuevo a Yampa.
El corazón de la muchacha dio un vuelco.
Sus dedos se cerraron sobre el halda del vestido y una muda oración subió a sus labios.
«¡Que tarden mucho, Dios mío!...»
Su corazón de mujer se rebelaba ante la idea de que Edmund Cash pudiera ser llevado de nuevo al penal de Yampa.
Era tan distinto a Lewis Rider...