CAPITULO IX

Las explicaciones de George Nixon convencieron a todos.

—Intentó atacarme —empezó a decir—. Se abalanzó sobre mí para escapar. Igual que antes lo había hecho contra usted, Edmund. Quiso sacar su arma.

Ryan mandó sacar el cadáver de Wyne.

—No tuve más remedio que disparar —siguió diciendo el ingeniero—. Lo que siento es haberle matado. Debí herirle solamente. Así habríamos sabido para quién trabajaba.

—Sí, no podía actuar por su propia cuenta —asintió Ryan.

Edmund Cash estaba en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando fijamente a George Nixon.

Este evitó su mirada.

—La compañía le está muy agradecida —le dijo sin mirarle—. De no haber sido por usted, esta noche habría sufrido el cuarto atentado...

—Y en esta ocasión habría sido desastroso —comentó el capataz—. Hubiéramos tardado muchos meses en poder reanudar las obras.

Poco después amanecía el nuevo día y la actividad volvía a enseñorearse del campamento.

Todos los comentarios giraban en tomo al suceso protagonizado por Wyne.

La condena hacia el comportamiento del obrero era unánime.

Edmund, silencioso, procuró terminar temprano su trabajo.

Después, con la tarde libre, ensilló su caballo y marchó del campamento para visitar a los colonos.

Estaba dispuesto a terminar de una vez el asunto que le había llevado hasta Holyoke.

Aunque terminarlo no significara alejarse para siempre de la región, pues la presencia en ella de Susy Steele había creado unos lazos indiscutibles entre ellos.

Desmontó frente a la casa.

Pero no llegó a reunirse con la muchacha, pues Lewis Rider salió a su encuentro.

—¿Qué noticias traes?

—Será esta noche.

Las pupilas del manco brillaron con excitación.

—¿Estarás de guardia tú en el promontorio?

—Sí, nadie te molestará.

Había pedido a Ryan que le permitiera volver a montar guardia en su puesto habitual.

—¡Magnífico! En cuanto me sitúe en el lugar iré directo hasta el dinero.

El pistolero golpeó la espalda de Edmund.

—Esta noche seremos ricos, muchacho. Nos largaremos de Colorado y nadie podrá echamos el guante. Mujeres, whisky...

Soltó una carcajada ante sus propias palabras.

—Eso es vida, muchacho. Y no el infierno de Yampa...

Se alejó de Edmund para ensillar su animal.

—¿Qué le. pasa a ese hombre? ¡Parece muy contento!

Edmund besó a la joven antes de responder a su pregunta.

—Le he traído una buena noticia.

Susy palideció.

—¿Cuál?

Sabía que la presencia de ambos hombres en Holyoke obedecía a unos motivos determinados.

Temió que el momento de su marcha estuviera próximo.

—Salió de Yampa para recuperar sesenta mil dólares que había robado a un convoy militar. Y ahora está a punto de conseguirlo.

—¿Vas a ayudarle tú?

—Sí, para eso me escapé con él. Esta noche le llevaré hasta el lugar donde, hace ocho meses, escondió el botín.

—¡No lo hagas, Edmund! Ese dinero es del ejército. Y te traerá disgustos...

Dijo aquello con los ojos empañados por las lágrimas.

Y Edmund la amaba demasiado para seguir haciéndola sufrir.

Además, aquella noche Lewis Rider se iría para siempre de la granja.

El peligro, por lo tanto, era mínimo.

—Precisamente por eso voy a hacerlo, querida. Ese dinero es del ejército y debe serle reintegrado. -

Susy parpadeó, sin comprender.

Pero en el fondo de su corazón se abrió un rayo de esperanza.

—Una vez me preguntaste por qué me habían enviado a Yampa. Voy a decírtelo...

Estaban muy próximos el uno al otro, protegidos por la alta hierba que casi les cubría por completo.

Sentados en el suelo, con las cabezas juntas y las manos enlazadas.

—Fui a Yampa por propia voluntad. Era la única forma de ganarme la confianza de Lewis Rider y conseguir averiguar dónde había escondido el dinero robado.

—¡Oh, Edmund...!

—Sé que te he hecho sufrir mucho durante estas semanas, pero no me atreví a decirte la verdad. Si ese hombre hubiera llegado a sospechar que todo era una trampa habríais corrido un grave peligro.

—Nunca me había sentido tan feliz —musitó la muchacha.

—El alcaide me facilitó la fuga de la prisión. Y las patrullas que durante días nos persiguieron no tenían otra misión que hacer creer a Lewis Rider que éramos acosados...

—¿Y el otro hombre?

—Peter Rockfy se unió a la fuga en el último momento. Descubrió nuestros planes y tuvimos que llevarle con nosotros. Pero su presencia en el grupo fue casual.

—¿Quién eres entonces?

—Sólo un simple teniente del ejército de Estados Unidos, querida. Un partido no demasiado brillante para una muchacha tan bonita como tú. Estoy seguro que en cuanto visites la ciudad te asediarán los pretendientes.

Susy se sentía feliz. Inmensamente feliz.

—Bésame, Edmund... —le pidió Susy, ofreciéndole los labios entreabiertos.

Era la primera vez que se entregaba a la caricia sin sentir que la duda la corroía el corazón.

Ahora sabía cuáles eran las verdaderas motivaciones de Edmund para actuar como lo estaba haciendo.

Y se alegró al ver que su intuición de mujer enamorada no la había engañado.

—Papá va a alegrarse tanto cuando se lo diga.

—No, Susy. Tienes que prometerme no decir a nadie una sola palabra sobre lo que acabo de explicarte. ¡Tienes que prometerme que guardarás silencio, Susy!

—Confía en mí.

Regresaron a la casa donde Benny Steele y Ty Mac Crary le aguardaban para mostrarle sus avances en la preparación del terreno que pensaban sembrar.

—Mañana bajaremos al pueblo para comprar granos y semillas.

—También necesitamos un par de arados y varias herramientas más.

Dijeron aquello sin rencor, a pesar de que las simientes las habían perdido durante la tormenta.

—Espero que tengan suerte. ¿No han vuelto los hombres de Stanley Wegat?

Benny Steele sacudió la cabeza.

—No, sin duda la lección que recibieron el otro día les ha hecho cambiar de idea.

Andy Mac Crary se reunió con ellos.

—¿Va a irse ese hombre? —preguntó a Edmund—. Está preparando su caballo.

Los colonos se miraron aliviados, pues estaban impacientes por librarse de la presencia del pistolero.

—¿Sabe algo sobre sus planes, Edmund? —le interrogó Benny Steele.

—Esta noche tiene algo importante que hacer. Y quizá no vuelvan a verle nunca más.

—¡Ojalá sea cierto! —exclamó Ty Mac Crary—, No respiraré tranquilo hasta que le pierda de vista para siempre.

Se alejó hacia la casa seguido de Andy mientras Benny Steele se quedaba con Edmund.

—¿Qué ha querido decir? —le preguntó—. ¿También se marchará usted?

Sabía lo que Susy sentía hacia el joven y quiso conocer sus planes.

—¿Tantas ganas tiene de perderme de vista? —bromeó, sin responder.

—Sabe que no, Edmund. Usted es completamente distinto a ese indeseable.

—Los dos procedemos del mismo sitio. De Yampa.

Se asombró ante la perspicacia de Benny Steele.

—Mire, no voy a analizar sus razones, Edmund, pero en la vida hay muchas circunstancias que justifican el proceder de una persona. Y estoy seguro que ése es su caso.

—Gracias por confiar en mí, señor Steele. Espero que podamos seguir esta conversación muy pronto.

Se despidió de los colonos, después de hacerlo de Susy, para volver al campamento antes de que anocheciera.

Ya sobre la silla del caballo, habló con Lewis Rider.

—Estaré esperándote después de la medianoche en la parte este de la cornisa rocosa. Desde allí nos será fácil alcanzar el lugar donde escondiste el dinero.

—¡De acuerdo, muchacho! Seré puntual.

Sacudió las riendas del caballo y se alejó hacia la salida del valle recordando la promesa que, meses atrás, hiciera a Max Denwen.

«Recuperaré ese dinero, coronel. ¡Se lo prometo! Mi padre murió por defenderlo y lo menos que puedo hacer en su memoria es terminar lo que él no consiguió.»

Max Denwen había accedido a la petición del joven teniente.

«De acuerdo, teniente Cash. Pero recuerde que le espera una dura prueba en Yampa. No disfrutará de ninguna prerrogativa especial y estará sometido al mismo régimen que los demás reclusos. Y no olvide que un error puede costarle la vida. Lewis Rider ha matado a muchos hombres y no dudará en asesinarle si sospecha que trata de engañarle. ¡Suerte!».

Edmund Cash recordó, una vez más, aquellas palabras ahora que se disponía a enfrentarse a la última parte de su misión.

Una misión que le había hecho cambiar el uniforme militar por el de presidiario.

Unas horas más y volvería a ser el teniente Edmund Cash...

 

* * *

Salió hacia la parte este de la cornisa mucho antes de la medianoche.

Después de lo sucedido con Wyne el día anterior no creía que nadie acudiera al roquero en las horas siguientes.

Sin embargo, quiso asegurarse de que los movimientos de Lewis Rider por el promontorio gozarían de una total impunidad.

El campamento, a sus pies, dormía un sueño tranquilo y apacible.

Escuchó los cascos de un caballo al galopar sobre el suelo de granito.

Salió al encuentro del jinete.

—¿Todo bien, muchacho?

Lewis Rider desmontó mientras la manga vacía de su camisa se agitaba al aire.

—Sin novedad. Vamos...

Dejaron el caballo sujeto a unas raíces y comenzaron la ascensión hacia lo alto del roquero.

—La última vez que anduve por aquí no estaba esto tan tranquilo —comentó el pistolero.

—¿Te rodearon cerca de aquí?

—Sí, me perseguían como lobos desde la quebrada. Llegué a pensar que no saldría con vida de estas malditas rocas.

—Tuviste mucha suerte. Más que los hombres que murieron durante el asalto.

En la voz de Edmund Cash vibró un temblor de odio.

Pero Lewis Rider sonrió en la oscuridad de la noche.

—¡Al infierno con ellos! —gruñó—. Quisieron impedir que me llevara el dinero y lo único que consiguieron fue ganarse un par de plomos.

La mano del teniente se cerró en un gesto de ira sobre la culata del «Colt».

Durante los últimos meses, cada vez que tenía ante él a Lewis Rider, debía dominar el odio que hervía en su sangre.

Aquel hombre era el asesino de su padre. Un modesto sargento del ejército, cumplidor de su deber hasta la muerte, que sólo a costa de muchos sacrificios había conseguido enviar a su único hijo a la academia militar de West Point.

—¿Reconoces el paraje?

Hizo un esfuerzo por sobreponerse a sus sentimientos personales.

Aún estaba desempeñando la misión para la que se había ofrecido voluntario.

Vio cómo Lewis Rider examinaba las rocas que le rodeaban.

—Sí, ya estoy situado. Recuerdo que bajé por aquel lado para alcanzar la salida del valle. Entonces me cerraron el paso y tuve que retroceder por aquel borde...

Señaló un estrecho paso que se abría entre dos imponentes moles de granito.

—A la salida decidí esconder el dinero. Estaba herido y la bolsa me molestaba para moverme con facilidad entre las rocas.

Cruzaron el estrecho paso al que acababa de referirse.

—¡Ahí fue! —exclamó con excitación, señalando una angosta grieta—. ¡Estoy seguro!

Se tiró al suelo para meter el brazo por la hendidura y tantear en busca de la bolsa que contenía los 60.000 dólares.

Edmund Cash, de pie a su lado, le contempló con frialdad.

—¿Lo encuentras? —preguntó con voz tensa.

Lewis Rider metió medio cuerpo dentro del corte rocoso para alcanzar el fondo con sus dedos.

Durante unos segundos .sólo se escuchó su jadeo.

—¡Ya lo tengo, muchacho! Ayúdame a levantarme.

Edmund le agarró del muñón y tiró con fuerza de él para que se incorporara.

Lo hizo con la bolsa de cuero en la mano.

Sus ojos brillaron con codicia.

—Aquí hay sesenta mil dólares —exclamó—. Mucho más de lo que un hombre puede gastar en una buena temporada.

Se arrodilló sobre la roca para abrir el bolsón y sacar parte de su contenido.

Un puñado de billetes apareció entre sus dedos.

—¡Mira esto, muchacho! Durante todos estos meses, en Yampa, sólo he pensado en este momento.

Edmund Cash movió lentamente la mano hacia la pistolera.

Su objetivo estaba cumplido.

—Y ahora soy rico. Nadie volverá a encerrarme. ¡Sesenta mil dólares son capaces de hacer las cosas mucho más fáciles! Me iré desde aquí...

Edmund Cash terminó la frase del pistolero.

—...A Yampa.

—¿Qué dices? ¿Estás loco?

Lewis Rider levantó la vista hacia su compañero de fuga, encontrándose con la negra boca del «Colt» frente a sus ojos.

—¿Qué significa esto, Edmund? ¿Acaso quieres el dinero  para ti solo?

—El dinero le será devuelto al ejército. Y tú volverás a Yampa para seguir cumpliendo tu condena. ¡En pie!

La mano de Lewis Rider estaba apoyada en el borde de la bolsa de cuero.

Y su siguiente movimiento hizo que ésta saliera despedida contra Edmund Cash, golpeándole en las piernas.

—¡Eres un perro traidor! Te mataré...

De un puntapié arrebató el «Colt» a Edmund Cash, que luchaba por mantener el equilibrio sobre la roca.

Los dos hombres se miraron con odio mientras el dinero se derramaba por el suelo.