CAPITULO II

Susy Steele retorció la ropa que acababa de aclarar en la artesa de madera y se dirigió a la cuerda tendida entre las carretas para ponerla a secar.

—Pronto estará la cena dispuesta —anunció Verónica Mac Crary desde el otro lado del carro.

Los hombres se hallaban reparando el eje de una de las ruedas, dañado al chocar con un pedrusco aquella mañana.

—Fue una suerte que esto no nos ocurriera en la montaña —comentó Benny Steele.

—Sí, al fin y al cabo, éste es un buen lugar para acampar. A todos nos vendrá bien un poco de descanso —asintió Ty Mac Crary, comenzando a machacar.

El rítmico golpeteo del martillo se unió al alegre crepitar del tocino en la sartén que Verónica Mac Crary mantenía sobre el fuego.

Un delicioso olorcillo se extendió por el campamento.

—Dejémoslo para mañana —decidió el viejo Mac Crary—. Tengo la boca hecha agua.

—Sí, es una buena idea. ¡Yo también tengo hambre!

Los dos hombres dejaron las herramientas y se acercaron a la hoguera.

—¿No ha vuelto aún Andy? —preguntó Ty Mac Crary a su esposa.

—No, aún no. Quería traer algo de caza.

—¡Susy! La cena está lista.

Susy Steele se secó las manos en el delantal después de colgar la última camisa.

Durante los últimos días habían avanzado sin detenerse para evitar que la temporada de lluvias les sorprendiera en las montañas y había aprovechado la forzada parada en el valle para hacer la colada.

—Ahora mismo voy...

Se interrumpió al ver surgir una larga sombra ante sus pies.

Levantó la vista y un gritito se escapó de sus labios.

—¡Silencio, nena! No te pasará nada...

Lewis Rider estaba encañonándola con el rifle.

La empujó con el cañón mientras Peter Rockfy y Edmund Cash se situaban a su lado.

—¿Qué quieren? ¿Quiénes son ustedes?

Las cadenas sonaban lúgubremente a cada movimiento de los tres fugitivos, quienes avanzaron entre las carretas para sorprender a los colonos.

—¡Quieto todo el mundo! No quiero matar a nadie.

Verónica Mac Crary se abrazó, asustada, a su esposo mientras Benny Steele corría hacia Susy.

—¡Hija! —exclamó, situándose entre ella y los tres hombres—. ¿Qué desean?

La última luz del día iluminaba difusamente los contornos y las llamas de la hoguera daban un tinte rojizo a las figuras.

—Huele muy bien esa sartén —comentó, con hambre, el manco, que seguía manteniendo el riñe con su única mano—. Tienen tres invitados a cenar.

Peter Rockfy se avalanzó hacia el cubo de agua para hundir el cacillo en el líquido y beber con avidez.

Edmund Cash se acercó a los colonos.

—No les haremos ningún daño. Sólo queremos agua y comida —les dijo.

Supo que las cadenas y los uniformes de la prisión les habían denunciado.

—¡Son unos fugitivos, Ty! —chilló Verónica Mac Crary, asustada.

—En efecto, señora.

Lewis Rider se sentía tranquilo, seguro de sí mismo, con el rifle empuñado y el dedo presto a cerrarse sobre el gatillo del arma.

—Somos fugitivos. Vea estos grilletes que rodean nuestras muñecas. Allí nos tienen aherrojados como bestias.

Un destello de odio brilló en sus pupilas, iluminadas por la luz cambiante de la hoguera.

—Busca algo para quitamos estos hierros —ordenó a Edmund mientras Peter Rockfy se unía a ellos después de haber calmado su sed.

—Tomen lo que quieran y lárguense.

Lewis Rider sonrió burlón.

—No tenga tanta prisa en perdernos de vista, amigo dijo a Benny Steele.

—Les daremos tanta comida como quieran. Y pueden llenar sus cantimploras para el camino —ofreció Ty Mac Crary mientras contemplaba las sombras que les rodeaban.

Edmund se metió entre las carretas para buscar un martillo y algo con que cortar la argolla de su muñeca.

Antes se había detenido junto al balde de agua para refrescar su reseca garganta.

Ahora se sentía mejor.

Seguía con hambre, pero estaba impaciente por sentirse de nuevo un hombre libre, sin aquel aro de hierro acoplado a su muñeca.

Estaba inclinándose sobre un montón de herramientas cuando vio un par de botas por debajo del carro.

Agarró los eslabones con la otra mano para evitar que su sonido le denunciara y, lentamente, rodeó la carreta.

Lewis Rider, con la boca llena de comida, estaba diciendo a los colonos:

—Tendrán que disponerlo todo para partir en cuanto amanezca.

—No vamos a salir hasta dentro de un par de días. Los animales necesitan reposo y...

—¡Saldrán cuando yo lo ordene! —se impacientó el pistolero—. Y no olviden que podemos terminar la cena con un balazo.

Peter Rockfy estaba vigilando ahora a las dos parejas, después de recibir el rifle.

—Viajaremos con ustedes. Y más vale que se vayan haciendo a la idea de llevarnos como invitados.

—¡Tire el arma!

La mano de Lewis Rider se movió con rapidez hacia su cadera, olvidando que, desde hacía varios meses, no llevaba la pistolera sujeta al muslo.

—No se muevan. ¡Estoy encañonándoles!

—¡Muy bien, hijo! —exclamó Ty Mac Crary—. No los pierdas de vista.

Peter Rockfy carecía de la rapidez de reflejos necesaria para enfrentarse a la situación.

El rifle quedó inservible en sus manos mientras Lewis le fulminaba con la mirada.

De haber tenido el arma en su mano, aquel chico estaría ahora muerto.

—¡Ten cuidado, Andy! —le advirtió Benny Steele—. Hay un tercer hombre.

Ty Mac Crary corrió hacia una de las carretas para tomar su arma mientras Benny Steele se acercaba al calvo.

—Deme ese rifle —le pidió.

Apenas había dicho aquello cuando Edmund Cash se situó a espaldas de Andy Mac Crary.

—¡Cuidado, Andy! —chilló su madre.

—Detrás de ti...

La advertencia de Susy Steele llegó demasiado tarde.

Y el brazo potente de Edmund Cash se cerró sobre el cuello del joven, doblándole hacia atrás.

Metió la rodilla en sus riñones y le arrojó a tierra con un hábil volteo.

Lewis Rider había saltado ya, como impulsado por un resorte, hacia Ty Mac Crary.

Con su único brazo, le apartó de la carreta, arrojándole a tierra de un puntapié.

—¡Mata al que se mueva, Peter! —gritó.

Levantó su único brazo en el aire y golpeó con el extremo de la cadena el rostro del colono, que gimió de dolor.

Verónica Mac Crary luchó entre sus deberes de madre y esposa.

Durante unos segundos, se quedó inmóvil, con las manos crispadas sobre el vestido, sin saber adónde acudir.

Pero Edmund Cash sólo se limitó a derribar al joven Mac Crary, arrebatándole después la pistola que empuñaba.

Luego se apartó de él y se acercó a Lewis Rider, que se disponía a golpear de nuevo al colono con la gruesa cadena.

—¡Ya está bien, Lewis! —le ordenó, apartándole de su víctima.

—A este perro le faltó tiempo para correr en busca de su «artillería» —masculló, con odio—. De buena gana nos habría llenado la barriga de plomo.

—¡No le pegue más! —suplicó Verónica, arrodillándose junto a su esposo.

La mano de Edmund Cash tuvo que sujetar con firmeza al manco para evitar que éste, cegado por la ira, golpeara a la mujer.

—¿Viaja alguien más con ustedes? —preguntó a los Steele.

Había conseguido apartar al manco del matrimonio de colonos y ahora Verónica Mac Crary estaba limpiando la sangre que cubría el rostro de su esposo.

Edmund Cash repitió su pregunta.

—¿Viaja alguien más con ustedes? Quiero saberlo.

—No, nadie más —replicó con viveza Susy Steele—. Tendrán bastante con cinco balas para apoderarse de los carros. ¡Asesinos!

—¡Sujeta tu lengua, nena! —gruñó Lewis Rider, que había vuelto a acuclillarse junto a la sartén.

—Sólo nosotros cinco —explicó Benny Steele, enviando a la muchacha junto a Verónica—. Uno de los carros lo ocupamos mi hija y yo, y en el otro viajan los Mac Crary.

—Espero que no nos engañe.

—¿Hacia dónde van? —quiso saber Edmund, mientras colocaba su muñeca sobre un pedrusco para golpear la argolla con el martillo.

—Será mejor que lo hagas con esto. Antes de coleccionar muescas para mi pistola trabajé en una herrería.

Lewis le ofreció un cortafríos, que colocó de forma que cayera sobre la parte más estrecha del aro.

—Golpea ahora.

Edmund lo hizo por dos veces y la argolla saltó con facilidad. Después repitió la operación con sus dos compañeros mientras los cinco colonos les observaban a cierta distancia.

—Ahora se siente uno mucho mejor —comentó el manco—. Y eso que yo sólo tenía puesta una argolla. Vosotros, en cambio, llevabais dos...

Rió su propia broma y, con el rifle bajo el brazo, se aproximó a los dueños de los carros.

—Saldremos al amanecer. Y viajaremos hacia el Oeste.

—¿Adónde iban ustedes?

Edmund hizo la pregunta en tono amigable, queriendo romper el muro de desconfianza que existía entre ellos y los colonos.

—También hacia el Oeste.

—Magnífico. Así no tendrán que desviarse de su ruta —aprobó el manco.

—¿Cuál es su destino?

—Holyoke.

Lewis Rider cambió una rápida mirada con Edmund Cash.

—Creo que también nosotros iremos hacia allá —comentó.

Edmund se ciñó la canana que Peter Rockfy había sacado de uno de los carros, entregando otra al manco.

—¡De ahora en adelante, no intenten jugar a los héroes! La próxima vez no nos andaremos con miramientos.

Andy Mac Crary evitó la mirada, del manco.

—El primero que cometa una tontería recibirá un balazo y así los carros irán más ligeros de peso.

Se volvió hacia el antiguo cajero para ordenarle:

—Busca ropas para cambiarnos. Estoy deseando enterrar este uniforme lleno de piojos.

Edmund Cash se quedó solo frente a los colonos mientras sus dos compañeros de fuga se cambiaban de vestimenta.

—Unicamente queremos alejarnos de los montes de la Santa Cruz —les dijo—. Y pensamos que es más seguro hacerlo en su compañía.

—Darán con ustedes de todas formas.

—Puede ser —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero tardarán más en hacerlo.

Lewis tenía razón.

No sólo habían conseguido quitarse los grilletes y cambiar sus uniformes de presidiario, sino que, además, ya no eran tres hombres solitarios moviéndose a pie entre las montañas.

Ahora formaban parte de una pequeña caravana que viajaba hacia el Oeste.

«Quizá haya sido una suerte que Lewis descubriera los carros. Llegaremos mucho antes a Holyoke», pensó, mientras reparaba en la suave belleza de Susy Steele.

Era muy joven, morena y esbelta.

Pero sus ojos, intensamente negros, miraban con orgullo, sin doblegarse ante el miedo que podían inspirar los tres prófugos.

—Tenemos una rueda averiada —señaló Ty Mac Crary, hablando con dificultad a través de su labio partido.

—¿Qué le pasa?

Lewis Rider no esperó a conocer la respuesta.

Ahora vestía una camisa verde oliva y unos pantalones negros. Sobre su cabeza casi redonda, un sombrero gris.

—¡Comiencen a repararla! Si es preciso, trabajarán durante toda la noche —gritó a los colonos—. Pero saldremos apenas amanezca.

—Vengan conmigo —pidió Edmund a Benny Steele y a Andy—. Veamos lo que le pasa.

Una hora más tarde, la avería estaba reparada.

Llevaban cinco días sin apenas dormir y todos necesitaban unas horas de descanso.

—Tú y yo nos turnaremos para vigilar —decidió el manco—. No me fío de Peter. Fue una desgracia que se uniera a nosotros.

Edmund asintió en silencio.

—Duerme un rato. Yo velaré esta primera parte de la noche —se ofreció.

Los colonos se habían retirado al interior de los carros después de que Lewis Rider se asegurara que no llevaban más armas que las que teñían controladas.

Peter Rockfy, tumbado cerca de la fogata, se agitaba en un sueño intranquilo, sacudido por frecuentes accesos de tos.

Lewis Rider se tendió a su lado.

Muy pronto, su respiración acompasada hizo adivinar a Edmund Cash que el pistolero estaba dormido.

Se retiró del círculo luminoso de la hoguera y quedó sentado, con la espalda apoyada en un tronco y el rifle entre las piernas.

Miró a su alrededor, dejando que los mil ruidos de la noche llenaran sus oídos.

Durante los últimos meses no había contemplado las estrellas en el firmamento.

Aquellos pequeños puntos luminosos, que parpadeaban en la distancia como lejanos amigos.

Respiró profundamente y se acarició las marcas de los hierros en sus muñecas.

El régimen penitenciario de Yampa era uno de los más duros del país, más severo incluso que el de Yuma.

Los reclusos permanecían con los grilletes durante las veinticuatro horas del día, y la vigilancia extrema que se ejercía sobre ellos daba al penal el máximo de seguridades.

Sin embargo, de vez en cuando se producía la fuga de algún recluso.

Pero tal cosa sucedía tan de tarde en tarde que el penal de Yampa era considerado como uno de los más seguros.

Allí había permanecido Edmund Cash durante los últimos seis meses.

Sus dos compañeros de fuga llevaban, respectivamente, diez años y siete meses.

Lewis Rider había sido enviado a Yampa convicto del asesinato de una mujer cuando escapaba después de haber asaltado un convoy militar cerca de Holyoke.

Sus dos cómplices habían muerto durante el tiroteo con los militares, y sólo Lewis, con el botín, había conseguido burlar el cerco tendido en torno suyo durante una semana.

Después, cuando se acercó a una granja en busca de comida, la mujer del granjero le había reconocido por las proclamas distribuidas por la zona pidiendo su captura.

Lewis Rider no titubeó en disparar sobre ella antes de que le denunciara.

Pero el ruido de los disparos atrajo hacia la casa a un grupo de jinetes que le buscaban por los alrededores, y después de una lucha sangrienta, Lewis Rider había caído en poder de la justicia..

Todos esperaban que los militares consiguieran una rápida sentencia de muerte.

Pero sólo cayó sobre el pistolero una condena de trabajos forzados a perpetuidad.

Fue enviado a Yampa para cumplirla.

Y allí permanecía desde entonces sin que los esfuerzos de las autoridades militares, ni de los sheriffs de la región, hubieran conseguido dar con el paradero del botín robado al convoy militar.

Aquellos 60.000 dólares del ejército, por los que habían perdido la vida media docena de hombres, seguían escondidos en algún lugar cercano a Holyoke.

Había sido el trato que Lewis Rider había ofrecido a su compañero de celda.

—Ayúdame a salir de aquí y repartiré contigo ese dinero. Necesito a alguien de confianza que vaya a recogerlo. Yo, con este brazo de menos, soy demasiado fácil de reconocer.

Edmund Cash aceptó la oferta.

Al fin y al cabo, había ido hasta Yampa con la única idea de fugarse del penal en cuanto le fuera posible.

—¡De acuerdo, Lewis! Nos iremos de aquí.

Sólo en el último instante, la fatalidad había hecho que Peter Rockfy se uniera a ellos.

Pero ahora ya era demasiado tarde para lamentarse.

Debían llegar a Holyoke.

Allí les esperaban los 60.000 dólares del ejército.