CAPITULO VI

A través de la puerta entreabierta, escucharon las voces de los recién llegados.

—Todas estas tierras pertenecen al señor Wegat —dijo uno de ellos.

Era un tipo zanquilargo y huesudo, de abundante cabellera rojiza y rostro pecoso.

—¡No es cierto! —exclamó Benny Steele, frente a los tres jinetes—. Tenemos una opción legal de compra sobre estos terrenos.

—Escuche, amigo —volvió a decir el pelirrojo, inclinándose sobre la silla—. No me importa si tienen o no opción sobre estas tierras. ¡Pero están en la propiedad de Stanley Wegat!

—Y tendrán que marcharse de aquí —apuntó otro de los hombres.

Ty Mac Crary estaba junto a su socio.

—Pueden decir a Stanley Wegat que no vamos a abandonar lo que es nuestro.

—Y si tiene alguna duda sobre nuestros derechos —intervino de nuevo Benny Steele—, que se dé una vuelta por el Registro de Tierras de Holyoke. Hace siete meses que presentamos nuestra opción.

Anthony Hurley sonrió burlón.

—Todo el mundo sabe en Holyoke que las tierras del valle pertenecen al señor Wegat. Y no habrá nadie que apoye a unos sucios colonos en su contra.

Los dos vaqueros del Wegat Ranch contemplaron la recién construida vivienda de los colonos.

—No vale la pena que sigan trabajando en la casa. No van a tener ocasión de habitarla.

—¡Fuera de nuestras tierras! —gritó Benny Steele, cansado de escuchar a los tres hombres.

—Además, esto está demasiado solitario para que se queden aquí con sus mujeres...

Verónica Mac Crary y Susy seguían la conversación desde lejos.

Pero la mirada de los vaqueros se posó en ellas.

—Sobre todo cuando una es tan joven y bonita cómo esa morena...

Benny Steele dio un paso hacia los caballos.

—¡Largo de aquí! —repitió la orden—. ¡Y digan a Stanley Wegat que hemos venido a las tierras del valle para quedarnos en ellas!

—Es un error que lo hagan.

La voz de Anthony Hurley era calmosa.

—Al final se arrepentirán de tal decisión— añadió.

—Eso es cosa nuestra.

Ty Mac Crary levantó el rifle hacia sus tres visitantes.

—Les han dado una orden. ¡Fuera de nuestras tierras! Si no se van, les echaremos a balazos.

Anthony Hurley sonrió.

Pero el movimiento de uno de los vaqueros fue tan rápido que sorprendió a los dos colonos.

Clavó las espuelas en los ijares de su animal, lanzándolo contra Benny Steele, que fue arrollado entre las patas.

Después se tiró desde la silla sobre Ty Mac Crary, a quien derribó a tierra.

Allí le hundió el puño en el estómago, arrebatándole el rifle.

Anthony Hurley y el otro vaquero tenían las armas en la mano.

—¡Quédese donde está! —ordenó éste a Benny Steele—. Y tú también, muchacho.

Andy Mac Crary no obedeció la orden del capataz de Stanley Wegat.

—¡No pegue más a mi padre! —chilló, enfurecido—. ¡Suelte eso...!

El vaquero tenía agarrado el rifle por el cañón para descargar un culatazo sobre el colono.

Andy cerró sus dedos sobre el arma y trató de arrebatársela.

Al mismo tiempo metió la rodilla en los riñones de su adversario, haciéndole doblarse hacia atrás con un grito de dolor.

Pero los Mac Crary carecían de experiencia en peleas.

La reacción del hombre de Stanley Wegat fue tan fulminante que arrojó por tierra a Andy Mac Crary, quien quedó maltrecho junto a su padre.

—¡Voy a enseñarte a atacar por la espalda, maldito! —chilló enfurecido—. Esto te servirá de lección.

Ante la pasividad de Anthony Hurley y el otro vaquero, desenfundó el «Colt».

Acababa de amartillarlo para disparar contra el joven Mac Crary cuando Verónica profirió un grito de angustia.

—¡No le mate! —chilló.

Pero no fue su súplica la que evitó que Andy Mac Crary recibiera un balazo.

Edmund Cash estaba en la puerta de la casa.

Las piernas levemente abiertas en compás y el revólver humeante en la mano cuando el fulano que amenazaba a los Mac Crary se retiró con los dedos ensangrentados.

—No queremos asesinos aquí —les dijo, encañonando a los dos jinetes.

Anthony Hurley parpadeó, sorprendido, ante la inesperada intervención de aquel hombre.

Su precisión de disparo había hecho que la bala se estrellara entre los dedos del vaquero, desarmándole y dejándole inutilizado para la lucha.

Dio un par de pasos hacia los caballos.

—¡Enfunden sus armas! —ordenó a los jinetes—. Y no vuelvan por aquí.

Anthony Hurley hizo un gesto a su hombre para que montara.

—Piensen en lo que les he dicho. En estas tierras no queremos colonos.

—¿Por eso se dedican a asesinarlos?

Anthony Hurley sonrió:

—Nadie ha querido asesinarles —aclaró con calma—. ¡Sólo era una advertencia!

—Pues ahora escuchen la nuestra —le interrumpió Edmund—. Estos hombres van a quedarse aquí. Y nadie, ni siquiera Stanley Wegat, va a echarlos contra su voluntad. Aunque utilice a pistoleros como ustedes.

—¿Está seguro?

—Le aconsejo que no lo intenten. Ya ve que sabemos defendernos.

—Creí que éramos sólo nosotros quienes utilizábamos a los pistoleros. Pero también los colonos pueden pagarlos...

Edmund Cash no se inmutó ante el insulto.

—Quizá han oído hablar de los métodos que utiliza Stanley Wegat —replicó—. Y quieren defenderse usando sus mismas armas...

Sus ojos grises, duros como el acero, aguantaron la mirada del pelirrojo, que parecía resistirse a abandonar las tierras como vencido.

Pero Edmund Cash no le dio la oportunidad que estaba aguardando.

Sabía que aquellos tres hombres aprovecharían su primer descuido para volver la situación a su favor.

No les perdió de vista mientras su dedo seguía cerrado amenazadoramente sobre el gatillo del «Colt».

—Les doy cinco segundos para que se marchen de aquí.

Anthony Hurley sacudió las riendas del caballo y se alejó seguido por sus dos hombres.

—¡Gracias, Edmund! —exclamó Benny Steele, acercándose a él.

Verónica hizo algo que trastornó profundamente a Edmund.

—Nunca olvidaré lo que ha hecho por Andy —murmuró mientras le besaba la mano que empuñaba el revólver.

—¡Por favor, señora Mac Crary! No vuelva a hacerlo.

Ty Mac Crary, con la cara hinchada y cubierto de polvo, se aproximó a ellos llevando a Andy abrazado.

—Le estoy muy agradecido. Ese canalla habría matado a Andy de no ser por usted.

Susy no dijo nada. Estaba silenciosa, apoyada en un montón de. maderos, mirando fijamente a Edmund.

—¿Por , qué quieren echamos de estas tierras? —les preguntó Verónica.

—Somos sus legítimos dueños.

—Sí, los títulos de propiedad nos acreditan como tales. Así que sus reclamaciones carecen de fundamento.

—Cuando se usan las amenazas y la violencia es porque se carece de otros argumentos más válidos —señaló Edmund.

Lewis Rider salió de la casa.

En su expresión se leía la ira que le dominaba.

—¿Hasta cuándo vas a estar buscándonos problemas? —gruñó de mal humor—. No tenías ninguna necesidad de salir mientras estaban aquí esos hombres.

—Para usted no significa nada una vida humana, ¿verdad? —gritó Ty Mac Crary, con desprecio.

—Exacto, amigo. Sobre todo cuando puede poner en peligro mi pellejo.

—Ya ves que no pienso igual que tú —replicó Edmund, volviéndole la espalda.

La mano de Lewis Rider se cerró con fuerza sobre el brazo de su compañero de fuga.

—¡Escúchame, Edmund! Haz otra estupidez como ésta y seré yo quien te mate.

—¡Suéltame! Te dije el otro día que no me gritaras. ¿Lo has olvidado?

Se miraron con intensidad entre las primeras sombras de 1a noche.

—Eres tú, con tu brazo de menos, quien debe permanecer oculto. Pero a mí no me conoce nadie. Nunca he estado antes por estas tierras y no hay peligro de que me identifiquen.

No era sólo aquélla la causa de haber procedido así.

—De todas formas no iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo asesinaban al muchacho... —dijo, secamente.

—¿Sabes que tienes un corazón demasiado compasivo? Eres muy blando y no creo que en Yampa hubiera muchos como tú...

Por unos segundos, Edmund Cash se preguntó si no habría sido demasiado sincero.

Sonrió con sarcasmo.

—Escucha, Lewis. No se trata sólo de buen corazón. Necesitamos a esta gente para que te escondan hasta que tengamos el dinero... Y malamente podrían hacerlo si hubiera dejado que esos tres tipos les expulsaran de sus tierras.

Los colonos se habían retirado a la casa, dejando solos a los dos hombres.

—Ahora te entiendo, muchacho —asintió Lewis, sonriente—. A veces creo que eres más listo que yo...

Edmund respiró aliviado.

Una vez más, Lewis Rider volvía a confiar en él; al menos, confiaba tanto como pudiera hacerlo con un compañero de penal.

—Mañana empezaré a trabajar en el ferrocarril. Y aprovecharé los ratos libres para husmear entre las rocas hasta dar con el escondite.

—Volveré a explicarte los detalles...

Después de la cena se reunió con Benny Steele.

—¿Oyó hablar de Stanley Wegat cuando estuvo en Holyoke?

—Sí, su nombre es bien conocido en estas tierras.

—Es uno de los propietarios más importantes de la región —explicó Ty Mac Crary, tomando parte en la charla.

—Hace muchos años que explota todas las tierras del valle. Hasta hace muy poco era el único propietario establecido aquí.

—Y ahora no quiere que otros le hagan sombra, ¿verdad?

—Cuando viajé hasta Holyoke para adquirir los terrenos, ya me hablaron de su oposición a los colonos —recordó Benny Steele.

—¿Por qué?

—El es ganadero. Y quiere los pastos para sus reses.

—No creo que éstas se vayan a morir de hambre porque ustedes se establezcan en un puñado de acres.

—¡Claro que no! Hay sitio para todos.

—Además, si tanto interés tiene en que nadie venga a estas tierras, podía haber empezado por registrarlas a su nombre. No lo ha hecho y ahora ya es demasiado tarde para lamentarse.

—Nos quedaremos aquí.

Edmund recordó el mar de hierba que había contemplado aquella tarde de regreso del promontorio.

—Tienen una difícil tarea ante ustedes —les dijo—. Antes de poder sembrar tendrán que arrancar todo el pasto que cubre el terreno.

—Sabemos las dificultades con las que nos enfrentamos —exclamó, animoso, Benny Steele—. Y eso no nos asusta.

—Siempre será mejor trabajar duro en un terreno fértil como éste que hacerlo en unas tierras baldías como las que teníamos en Nebraska.

—Sólo queremos que nos dejen trabajar en paz.

Aquello era lo más difícil.

Edmund no conocía a Stanley Wegat, pero resultaba fácil imaginarse cómo era.

Rico, poderoso, sediento de ambición. Acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

—Lo de hoy íes habrá servido de lección —comentó con los Colonos—. No creo que vuelvan a molestarles.

No era eso lo que pensaba, pero prefería no preocupar más a los dos hombres.

Sabía que los próximos días iban a ser difíciles para ellos.

—Mientras yo esté aquí pueden contar conmigo —se ofreció.

—Gracias, Edmund.

Era la primera vez que Ty Mac Crary le llamaba por su nombre.

Se puso en pie.

—¡Buenas noches! —se despidió de ellos.

Caminó hacia la casa para acostarse cerca de los caballos, sobre una manta tendida en el suelo.

—Edmund...

Se detuvo al escuchar la voz de Susy Steele.

—No sabía que estuvieras aún levantada.

Por primera vez la tuteó.

—Quería hablar contigo antes de dormirme —respondió la muchacha a media voz.

Estaban protegidos por la sombra que la construcción de troncos arrojaba sobre aquel lado de la explanada.

—Antes no quise decirte nada delante de todos —siguió hablando Susy—. Pero creo que no podría dormirme sin que habláramos.

Sus cuerpos estaban muy próximos, y el suave perfume de la muchacha llenaba los sentidos de Edmund Cash.

—¿Qué quieres decirme, Susy?

—Voy a volverme loca si no contestas a mi pregunta.

Edmund se puso tenso en la oscuridad.

—¿Qué quieres saber sobre mí?

—Sólo, dime una cosa, Edmund... —le pidió Susy, acercándose a él hasta que sus cuerpos se rozaron—. ¿Por qué te enviaron a Yampa? Tú no eres como ese otro hombre...

Edmund Cash sintió que una infinita alegría desbordaba su alma.

Desde los primeros momentos de su llegada a la caravana había sentido una creciente inquietud ante la opinión que su comportamiento pudiera merecer a los ojos de Susy Steele.

Sin saber bien por qué, consideraba que era muy importante para él lo que la muchacha pensara.

Sintió deseos de confesarle toda la verdad.

Sabía que haciéndolo la haría feliz.

Sin embargo, dijo:

—No te engañes por lo que he hecho hoy. Los hombres de mi clase estamos tan acostumbrados a manejar el revólver que aprovechamos cualquier oportunidad para hacerlo.

Adivinó que Susy se estremecía, sintiéndose herida por aquellas palabras.

Pero no podía hacer otra cosa más que seguir desempeñando el papel que, voluntariamente, había aceptado meses atrás.

—No hay nada que me diferencie de Lewis Rider. A no ser que él es más viejo y tiene un brazo de menos...

—No era eso lo que esperaba oír...

Edmund Cash lamentó haber hablado de aquella forma.

Pero si no podía decir la verdad a Susy Steele, no había nada que le impidiera besarla.

Y lo hizo con tal pasión que la muchacha se entregó por completo a la caricia.

Había muchas cosas que podían decirse sin necesidad de palabras.

Y aquélla era una de ellas...