Durante unos días no pasó nada.
Nada, salvo ese regresar de Miryam sobre sí misma. Ya no sonreía, ni comía. Decidieron ingresarla en la enfermería instalada en la misma casa.
Dejaron que Ivo y yo fuéramos a verla, tal vez le siente bien, dijo uno de los médicos.
—¿Qué ha pasado, Ivo? —preguntaba sin comprender casi nada.
—Volvió a tropezarse con el maldito pasado. —Mi hermano mordía las palabras.
Los dos vivimos las mismas situaciones, pero la guerra no fue igual para los dos. En realidad, nunca es idéntica ni se repite para todos como algo uniforme. Durante los años que pasamos habitando aquel edificio en ruinas, de alguna manera, todo se transformó para mí en un juego. Un juego que nos permitían sin normas y en salvaje libertad.
También gozábamos de libertad para morir, pero la muerte era algo remoto, algo que Camil y yo veíamos sobre las aceras, pero sin sentirlo como algo real.
Todo había sido irreal.
Un sueño plagado de dragones, niños corriendo para esquivar los disparos, muertos a quienes robar los zapatos, números para contar los segundos que faltaban para escuchar las explosiones. También era un sueño de hambre y frío.
Pero un sueño.
En realidad, yo iba comprendiendo qué cosa había sido aquella guerra, después de llegar la paz.
Una paz que no terminaba de ser real.
Sentados cerca de Miryam, cada día más pálida, cada día un poco más lejana, yo intentaba, en vano, comprender por qué se habían terminado los días de música y de baile.
—¿Y si nos marchamos? —pregunté un día.
—¿A dónde? —preguntó Ivo sin separar los ojos de su amada.
—Pues a las montañas otra vez.
—Ya terminó la guerra.
—Y qué.
—Ahora nos buscarían.
—Pues a otro país.
—¿Como huérfanos?
—No sé. Pregúntale a ella.
Pero Miryam ya estaba más allá de nuestras preguntas, más allá del amor que Ivo trataba de transmitirle a través de las manos, o besando, muy suave, los labios resecos y agrietados de ella.
Vinieron más médicos a verla.
Hablaban de trasladarla.
Incluso de llevarla a otro país.
Eso sonaba casi a esperanza, porque yo imaginaba que podíamos escondernos con ella y salir de la ciudad.
No hizo falta.
Miryam decidió regresar.
De manera muy lenta, comenzó a recuperarse. Al cabo de unas semanas, incluso comía sin necesidad de que le inyectaran suero.
Ivo recuperó la sonrisa.
Yo regresé a la reciente cotidianidad. Incluso olvidé aquel encuentro en la plaza.
Para cuando llegó el verano, Miryam volvía a caminar, despacio, como si se hubiera vuelto vieja en solo unos meses. Caminaba apoyada en Ivo y sonreía.
Su sonrisa volvía a ser triste. Ya no era la sonrisa de los domingos de baile en el jardín del museo, pero sonreía.
Incluso nos acompañó el día que nos llevaron hasta las piscinas.
Ahora, Miryam había cambiado, me parecía mucho más alta, casi transformada.
—Ya es una mujer.
No sé por qué lo dije, tal vez porque era una frase escuchada en algún lugar. Lo cierto es que me pareció cierto nada más pronunciarla.
—En un mes, yo seré mayor de edad —dijo Ivo ese día de la piscina—. Entonces, veremos el modo de largarnos.
No pregunté a dónde. En realidad, mientras estuviéramos juntos, el lugar carecía de importancia. Mi casa, mi patria todas mis pertenencias, se limitaban a Ivo y Miryam.
Algo pasó ese día.
De repente, cuando salimos del agua, no la encontramos en el lugar donde la habíamos dejado. La buscamos, preguntamos a todos. Los cuidadores comenzaron a preocuparse y a buscarla también.
Nada.
Nos obligaron a regresar a la casa. Ivo caminaba con los puños apretados.
—La encontrarán —decía para tratar de calmarlo, sin creer en mis palabras.
Mi hermano no decía nada, se limitaba a mirar al frente, pero como si estuviera en otro lugar, en otro mundo.
Pasamos la noche en blanco.
Nadie la encontró.
Amanecía cuando la vimos llegar hasta la verja que separaba la casa del resto de la ciudad.
Ivo gritó su nombre y salió corriendo.
Yo detrás.
Antes de que llegaran para abrirnos la verja, Ivo ya tenía el cuerpo de Miryam entre sus brazos, separados por los barrotes, pero abrazados.
Tenía el vestido manchado de sangre.
Estaba muerta.
Desde dónde quiera que la hirieran, había encontrado fuerzas para caminar hasta la casa, para encontrar a Ivo.
Para despedirse.
Yo sabía quién había asesinado a Miryam. Ivo también.