Ya sé, Oviedo está llenita de músicos callejeros. Sobre todo, de intérpretes de música clásica. Debieron de llegar creyendo la leyenda de esta ciudad «musical» y se tropezaron con el paro, puro y duro. Alguno es realmente bueno. Cloe y yo tenemos dos favoritos: un violinista que toca maravillosamente y una cantante de ópera con una voz que para sí quisieran muchas de las cantantes repollo que triunfan.
Cloe siempre lleva monedas que va depositando, junto con una sonrisa y una ligera inclinación de cabeza, a los músicos que tocan bien. Cuando le pregunté por qué lo hacía, esta francesa, cínica y enlutada dijo algo así como «no sé bien, creo que me imagino terminando así y me gustaría que me pagasen la interpretación».
No dije nada.
Tampoco anda tan descaminada si esto sigue como ahora.
Aquí, sentado en el murete que rodea el Jardín de los Peregrinos, al que por cierto le han quitado el olivo, este chico ni toca ni pide ni parece siquiera estar vivo; se limita a sostener con sus manos, sobre el regazo, una flauta dulce.
Tal vez lo hayan soltado de algún psiquiátrico.
Me debo de haber quedado alelada. El chico continúa inmóvil, pero yo tengo la sensación de que alguien nos mira. ¡Bingo! Por el rabillo del ojo, un tipo oculto tras una cámara de fotos, ¡me está haciendo fotos!
No es un móvil, ni una de esas cámaras digitales propias de guiris o estudiantes de vacaciones; es una cámara grande con objetivo, profesional.
¿Qué rayos hace con una cámara en semejante lugar?
Qué ganas de partirle la cara.
Debo de estar muy cansada porque, en lugar de acercarme y partirle la cámara en la jeta, me doy la vuelta. Decido ir a la biblioteca, llevo retraso total con todo lo que no es instrumento. Dos partituras para Análisis sin mirar y el trabajo de contrapunto según Fux, para Armonía, sin abrir. ¡No sé cómo se las arreglan Carmen y Carla cargadas con el instituto!
Bueno, como nos hemos arreglado todas: volviéndonos casi monjas de clausura. Y eso se paga, ¡vaya si se paga!
Me queda una hora antes de Repertorio. Esa es otra, la interina esa, Raquel de mis dolores, que no llega lúcida ni un solo día, en lugar de preparar algo decente para el curso que viene, que será el definitivo y más crudo de todos, se limita a «cositas fáciles». Por pura conveniencia personal, claro, porque así evita implicarse.
—¡Eh, oye!
Me giro. El fotógrafo. El tipo ha salido corriendo tras mis pasos.
—Perdona, no sé tu nombre.
—Yo tampoco el tuyo. —A ver, que ya se han inventado frases mejores para ligar, chaval.
—Martín. —Extiende una mano libre, menos mal que no se ha lanzado a besarme la mejilla—. Martín Rojo. —Debo de poner cara rara—. Ya sé, suena raro…
—Por mí. —Me giro para largarme.
—Espera, porfa. —Me giro, suspiro—. Quisiera tu permiso para la foto.
—Un poco tarde, ¿no? Me parece que ya la hiciste.
—Pero puedo no usarla.
—Pues mejor.
—Es que…
—Lo siento, tengo prisa. —Casi me arrepiento, no tengo un buen día, pero tampoco tengo por qué darle explicaciones.
—Bueno, pues, porfa acepta mi teléfono. —Saca un lápiz de uno de sus múltiples bolsillos, ¡lleva un chaleco de reportero!—. Me gustaría contar con tu ayuda…
—No creo que pueda. —No se puede ser más cardo.
—Vale, por si te apetece. —Anota el número en una hoja arrancada de un cuadernito—. Estoy haciendo el trabajo de fin de carrera sobre los músicos callejeros, aunque la música no es mi fuerte…
—Ya. —Vaya, otro listillo.
—Porfa, piénsalo, ¿vale?
Me extiende el papelito, lo recojo sin demasiadas ganas. Tiene unos preciosos ojos verdosos, bueno, dorados con chispas de un verde muy claro; creo que son los típicos ojos celtas. ¡Lástima de mal día! Me giro en dirección al conservatorio.
—No me has dicho tu nombre.
Me giro, sonrío como una mala bruja y le suelto muy, muy bajito.
—Pues no.
En un manual para ligar, acababa de ganarme un cero redondo y enorme.
A veces, tengo la impresión de que yo misma busco el lado retorcido de las cosas, o sea, como diría Pedro, que me salgan mal, y así justificar este enfado con el mundo. O eso, o ganas de tirarme por un barranco.
Tal vez sea una suicida de sentimientos. ¡Me gusta! Se lo contaré a Cloe. Claro que ahora, con lo feliz que anda ella, mirando el móvil para ver los mensajitos de Alberto…
¡Dios, qué harta estoy de mí misma!
Y aún me quedan cinco clases para terminar el día. Y eso, sin contar con que la escenita de mi madre hablando con el cadáver de mi padre me ha dejado sin tocar las dos horas de la mañana.
—La cena será este sábado, ¿cómo lo llevas?
—Como el propio culo, Cloe.
—¿Los estudios, o algo más?
—La vida, mismamente la vida.
—¡Venga, te invito a comer! Porque, si no me equivoco, las dos tenemos clase a las cuatro y no te dará tiempo a subir a casa.
—Lo que no tengo son ganas de subir.
—Ya.
—Antes, ven conmigo, tengo que comprobar algo.
Literalmente la arrastro hasta el callejón donde suelo ver al músico mudo. Me sigue arrastrando el chelo.
No está.
—¿Qué buscabas?
—El destino —no sé por qué lo digo.
—Vale, ¿y además?
—¿No has visto al chico que lleva días sentándose aquí con una flauta?
—Pues no, pero no veo la rareza… ¿Está bueno? —Niego con la cabeza—. ¿Entonces?
—No toca, Cloe. Se sienta ahí —le señalo el trozo de muro—, con la flauta dulce en el regazo, la cabeza baja. ¡Y mudo!
—Igual no sabe tocar.
—¿Y la flauta?
—Psss. —Encoge los hombros—. Cada uno pide como mejor se le ocurre. Como el viejecito ese que, supuestamente, toca un violín…
—Ese que parece estar aplastando el rabo a un gato.
—¡Ese!
—No, no es lo mismo. —Decido contarle lo del fotógrafo—. Además, hoy había un tipo haciendo fotos. Creo que me hizo una mirando al flautista mudo.
—¡Qué buen título para un cuento! —Me mira y cambia de tercio—. Bueno, sería para algún reportaje de prensa sobre esta musical ciudad, o algo así.
—No. Se llama Martín y, por lo visto, está haciendo un trabajo de fin de carrera.
—¿Cómo es?
—¡Joer, Cloe! —Me azoto la cara con los rizos: siempre terminamos en el mismo lugar.
—¿Qué? No me mires así, Celia. Que yo sepa, hasta no hace mucho compartíamos la misma necesidad de encontrar a quien nos abrazara, ¿no?
—Cosa que ya has conseguido.
—¡No! A estas alturas, tú y yo no vamos a discutir, ni por tíos, ni por celos, ni por mierdecillas de envidias, ¿verdad?
—Tienes razón. —La tiene, voy a tener que ir a un loquero, si puede ser, mejor—. Lo siento, tengo un día de perros.
—¿Qué pasó?
Se para en mitad de la calle, me mira con esa carita de diosa gótica, me acaricia la cara y me derrumbo. Se me desliza un lagrimón impresentable y casi comienzo a gritar.
—¡Celia! —Y me abraza.
—Mi madre me supera, te lo juro.
Hago esfuerzos por contenerme. Servidora llora a solas y bajo la ducha.
—Bueno, no eres la única, ¡te la cambio por la mía!
—Mira, tía, ni punto de comparación.
—No, claro, cada una en su estilo.
—Pero es que la mía va de sacrificada mártir en el altar del amor. ¿Te quieres creer que le habla a mi padre como si pudiera escucharla?
—Tal vez, sí la escuche.
—¡Otra como Pedro! —Si no fuera mi Cloe de toda la vida, la dejaba plantada allí mismo—. Mi madre tiene cuarenta y dos años, o sea, está en el mejor momento de su vida. ¡Su vida! Lo que ella tiene no es vida, Cloe, es un infierno, encadenada a un viejo que, para colmo, está medio muerto. ¡Ni me compares con la tuya!
—Lo eligió ella, Celia.
—Ya.
—Y estás hablando de tu padre.
—Estoy hablando de un egoísta que se buscó una tonta jovencita a quien engatusar para que lo cuidara como una madre. O como una monja. —Casi me doy asco al escuchar tanta rabia salir por mi boca.
—Otros dirían que tu madre aprovechó la debilidad de todos los hombres maduros por un culo joven, para heredar su fortuna y seguir la estela de su prestigio. Porque tu padre, querida mía, te guste o no, es una institución en esta comunidad.
Me la quedo mirando. Nunca lo había visto así.
—Anda, vamos a comer algo, aquí mismo, en Los Lagos, que tienen un menú mu apañao.
—Vale.
—Y hablamos de la cena del sábado, porque se trata de que Pedro asista y no sospeche.
—No creo, además, ya lo llevamos a la cena de Navidad. ¡Y aquello fue un espectáculo!
—¿Crees que vendrá?
—¡Seguro! En cuanto se entere de que estará Ana. —Aún no se lo había dicho a mi hermano, buscaba el momento.
—O sea que a él también le gusta.
—Me temo.
—¡Bien!
—Somos unas celestinas, Cloe.
—Pues no veo que tenga nada de malo.
—En este caso, no.
Al menos consigue que me olvide de la escena de esta mañana. ¿Quién se aprovechó de quién? No había mirado a mi madre bajo semejante prisma de Lolita en busca de viejo, porque lo de madurito de Cloe no le pega a mi padre, con pasta y prestigio. No debería importarme, pero no logro zafarme de esa sensación de estafa que me revuelve el estómago cada vez que veo escenas como la de esta mañana.
¡Padres!
Comimos, nos reímos, que es lo bueno de amigas como esta: te curan la neura en dos patadas, o, por lo menos, te la arrinconan. Vivir sería mucho más difícil sin ella. Bueno sin el cuarteto, en general.
—Oye, Cloe, sé que las otras tienen bien preparado el repertorio para los próximos bolos, pero convendría repasar en conjunto. Pa no hacer el ridi, vaya.
—Ya. —Se muerde el labio inferior—. Una cosa de jueces, o algo así, ¿no? —Afirmo con la cabeza—. ¿Dónde será esta vez?
—Pues en el Auditorio.
—¿En el Príncipe? —Se le iluminan los ojos.
—Sí, bonita, pero no en la sala para los grandes conciertos, sino en un saloncito. Ya sabes, cóctel acompañado de música.
—¡Somos unas titiriteras!
—Ya. ¡Y que no falte! Porque, el futuro, lo pintan crudo.
A veces lo pensaba: catorce añitos de carrera; todo un sacrificio de vida inmolado al instrumento, para terminar en el duro paro. O en la calle.
Recordé al chico de la flauta.
—¿Tienes modo de localizarlo?
—¿A quién?
Me imaginé buscando al chico mudo de la flauta.
—Pues al fotógrafo.
—¡Joer, Cloe! Qué pesadita te pones. Me dio su teléfono, que ni sé dónde lo puse.
—Vale.
Miré a la francesita. Curioso, cuando las amigas encuentran rollo, pareja o lo que sea, les entra la prisa para que todas estemos en el mismo lugar. Cierto, no recordaba dónde había guardado el papelito del ojos casi verdes. Martín, se llamaba Martín Rojo.
Regresamos al conservatorio. No sé para qué rayos iba cargando con la viola si no tenía clase de instrumento. Bueno sí, por lo de siempre: costumbre y aprovechar cualquier hueco para entrar en una cabina y seguir tocando.
Vimos al dúo Carla, Carmen. Quedamos para ensayar el domingo después de la cena.
—Se nos irá el tiempo en cotilleos, seguro —dijo Carmen.
—¿Sobre la vida privada del bueno de Haydn? —pregunté para incordiarla.
Hizo un gesto con la boca: algo similar a una sonrisa.
Entré en casa sintiendo flojera en las rodillas y espesa la cabeza: tenía tanto trabajo pendiente que ya no coordinaba bien.
—¡Hola peque!
Miré a Pedro haciendo equilibrios sobre las muletas. Me parecía tan guapo como para que, incluso así, no desluciese nada. Era cierto, nos dábamos un aire, de donde se deducía la influencia genética de mi padre, único progenitor que compartíamos.
—¿Estás ocupada?
—Siempre, Pedro. ¡Yo siempre estoy ocupada! —Resoplé, caminé hasta mi cuarto—. Anda, ven, y me cuentas.
Mi casa es antigua, enorme y casi un laberinto de cuartos, pasillos y recovecos. Un lujazo semejante casa en pleno centro de la ciudad. Eran dos pisos, ya grandes, unidos por mi padre porque para él solo necesitaba casi uno entero.
—No te interrumpiré, en serio, además, cenaremos en breve, pero quisiera preguntarte algo. —Se sentó en mi butaca favorita y yo solté amarras de viola, ceño fruncido y manos estrujadas tan solo significaban algo importante que comunicar. Me alarmé pensando en el hospital montado en casa—. Bueno, esto entre tú yo, ¿vale? —Asentí en silencio—. Verás… ya sé que no es del grupo. —Respiré aliviada, ya imaginaba por dónde iba, pero me negué a echarle una mano—. Ana —puse cara de pregunta—, sí mujer, la hermana de Carmen.
—¿Qué? —El pobre tragó saliva, a veces soy una bruja.
—Pues, no sé. —Ahora rojo como un tomate, ¡aquel tiarrón!, en serio, los tíos son la caña—. ¿Os veis?
—No mucho. —Su carita era un cuadro, tomé aire—. Pero, casualmente, nos veremos todas, Ana también, el sábado. —Dibujó una sonrisa de angelote—. Bueno, una cena, en casa de Carla. —Mudo y sonriente—. O sea, si te apetece…
—¿Puedo?
No le contaría, ni bajo tortura, que aquella cena la estábamos organizando justo para que ellos dos pudieran dar algún pasito por su cuenta. Me divertía verlo sufrir un poco. En realidad debería haber contestado: ¡debes!
—Supongo que si te llevo, no habrá problema.
—Gracias, preciosa.
—Menos coba. Y, porfa, déjame con mi dura tarea.
—Cenamos en breve.
—Vale.
—Por cierto, papá sí se entera.
—¿De qué?
—Imagino que de todo.
—¿Cómo lo sabes?
—Pues, me senté a su lado, le cogí una mano y cuando le conté alguna cosa de Afganistán, te lo juro peque, sus dedos se movieron. —Abrí la boca y me sentí fatal—. Le miré la cara y, ¡por mi vida, Celia, le brillaba una lágrima en el ojo derecho!
—No hace falta que jures. —En realidad deseaba decirle, no hace falta que me lo cuentes.
Bajé la cabeza y casi lo empujé hacía la salida de mi cuarto. Si mi padre se enteraba de todo, imaginé que conocería mi rabia, incluso mi asco por aquella situación.
¡Quedé horrorizada!
Necesitaba llorar. Lo necesitaba de manera violenta. El mejor sitio, desde siempre, la ducha. Para evitar que incluso bajo el agua me escucharan, puse música a todo volumen, la que últimamente me relajaba: Kroke; aquel Tomasz Kukurba me ponía los pelos de punta con la viola. Bueno, y con el violín. ¡Me llevaban a otro mundo!
Y yo, necesitaba estar en otro mundo.
Un grupo curioso, croata y que llegó al estrellato desde la música callejera. Tal vez, de alguna manera, ese fuera el sueño de todos los músicos apostados en las aceras, que alguien los descubriera. Y también comer todos los días, claro.
Entré en el baño, por suerte uno para mí sola, me quité la ropa y entré bajo la ducha para llorar. No se por qué, desde pequeña, me relaja llorar sintiendo el agua correr por todo mi cuerpo.
¡Mi padre se enteraba de todo! Y si no de todo, al menos de bastante.
Recordé algunos momentos de mi infancia, cuando él aún era un hombre sano y divertido. Matías Seoane, o como se lo conocía en el mundo del arte, Masé.
Un cuadro es una sinfonía, o una cantata, o una sonata… Es música con luz. Sobre todo la luz.
Y recorría con su mano, sosteniendo la mía, la superficie de los cuadros, señalando puntos de luz, de sombra, huecos, superposiciones. Y de fondo, siempre, ópera.
Me enamoré de la música mucho antes de comprenderla en el estudio de mi padre.
Lo miraba, tan alto, tan sabio, tan imponente, siguiendo con las manos en el aire algunos compases de música y ¡me parecía la encarnación misma de la música! Quise entrar en ese mundo tan solo para acercarme a mi padre.
Ya sé, debería ser la pintura, pero no: a mi padre y a mí, nos unía la música.
No sé qué lo une a sus otros hijos. Desde luego, con los dos mayores, imagino que poco, ni están en ningún mundo artístico ni visitan demasiado a su padre; imagino que vienen, de vez en cuando, para comprobar que los cuadros no vendidos continúan en el mismo sitio y alguno podrán llevarse. ¡Los encontrarán todos! Mi madre se niega a vender ninguno a los muchos compradores que aún insisten. Pertenecen a sus hijos, asegura. No, no se casó por el dinero de mi padre.
Debió de enamorarse hasta el tuétano.
Siento un poco de pena. Tal vez, lo que en realidad me duela es ese luto silencioso que la rodea como una mortaja. Ya no canturrea, ni se ríe, al menos no con las carcajadas que yo recuerdo.
¡Joder!
A Pedro sí lo siento como a un hermano. Era el único que, a veces, compartía esas horas en el estudio de papá. El único de los tres que no me miraba como a una usurpadora, sino como a una hermana. ¡Mi Pedro del alma! Nunca sintió celos por los privilegios que tuve siempre con papá.
Mamá decía que me trataba como si fuera su princesa de cuento, y yo lo recuerdo soportando todas mis peticiones, incluso tocando sus cuadros, sin que jamás me echara, ni de su estudio, ni de su vida.
Yo sí lo expulsé de la mía.
Desde el mismo día en que regresó a casa en una silla de ruedas y mudo. Yo tenía once años.
¡Y lo odié!
Lo odié porque bajo aquel cuerpo inmóvil y aquella boca muda, se escondía mi padre: el padre que jugaba conmigo y mezclaba pinturas a mi lado mientras hablaba de los colores, las texturas y la perspectiva como si no fuera una niña, sino un adulto como él.
Debía de llevar mucho tiempo bajo la ducha cuando escuché a mi madre llamando a la puerta.
—¡Ya voy!
Incluso yo misma me sorprendí de la dureza de mi voz. Debí de cargarle alguna culpa a ella y, desde aquel día, levanté un muro entre ellos y yo, aunque, en el fondo, creía que había sido mi padre quien había construido ese muro con su quietud y su silencio.
Mientras me secaba recordé, con una nitidez casi dolorosa, al flautista mudo.
¡Tenía que haber una razón muy gorda para estar sumido en ese silencio!
Algo similar al accidente vascular de mi padre, para impedir que ni sus labios ni sus dedos tocaran la flauta. Cuando sabes tocar, la música resulta un consuelo. Como lo era la pintura para mi padre.
Salvo que la flauta fuera un adorno, o, como diría Cloe, una excusa para pedir ayuda, si aquel chaval sabía tocar, o estaba muy enfermo, o muy loco para no soltar ni una nota.
Cuando yo me siento al borde de unos de esos abismos grises, mi mejor consuelo siempre es la música.
En realidad, el único.
Me puede faltar todo lo demás, incluido mi padre, eso no depende de mí; pero la música sí depende de mí. Por eso estará siempre. Como los buenos amantes.
Eso de los amantes, lo supongo, claro. O le hago caso a las novelas de Carla.
Lástima que la vida no sea ni una novela, ni un cuadro, ni una triste sonata.