8

La ambulancia pegaba sacudidas por culpa de los baches y Judith se despertó y se incorporó en el asiento. Había pedido que la llevaran desde donde la había dejado el camión de abastecimiento en el que había viajado desde la estación hasta unos cuarenta y cinco kilómetros del frente en territorio francés. Ahora el hedor que tan bien conocía flotaba en el aire y supo que se estaban aproximando a las trincheras. Miró por la ventanilla y vio la campiña llana que se extendía a su alrededor, los álamos de follaje verde pálido alineados en los caminos, aquí y allí dos o tres muertos y desprovistos de hojas.

—Ya me imaginaba que eso te despertaría —dijo el conductor alegremente. Era un hombre de poco menos de cuarenta años con un bigote de cepillo a quien le faltaba un dedo en la mano izquierda—. La nariz te ha dicho que ya estamos en casa, ¿eh?

Judith sonrió torciendo las comisuras de la boca hacia abajo.

—Me temo que sí. No es que una olvide exactamente cómo huele pero da la impresión de ser peor cuando has pasado un par de noches lejos —confesó atribulada.

— ¿Qué tal por Inglaterra? —preguntó el conductor. Había una emoción contenida en su voz, cosas que no se atrevía a permitir que subieran a la superficie de su mente.

Judith vaciló sólo un instante. Si no hubiera una patria a la que regresar, ningún ideal por el que luchar, ¿qué sentido tendría todo aquello?

—De maravilla —contestó con firmeza—. Los mismos atascos en Piccadilly, los mismos escándalos en los periódicos y los mismos temas de conversación: el tiempo, los impuestos y el críquet. Hasta pasé un par de días en casa. Los pueblos también siguen igual que siempre: los granjeros se quejan de la lluvia como de costumbre, que si demasiada, que si demasiado poca; las mujeres discuten sobre a quién le toca arreglar las flores de la iglesia pero siempre acaban arreglándolas y siempre están preciosas; sigue habiendo quien pasa por la calle en bicicleta demasiado deprisa, y los perros de los vecinos no han dejado de ladrar. Sí, Inglaterra sigue tal como era y no la cambiaría por nada, ni siquiera a este precio. —Y agregó con suma gravedad—: Al menos estoy bastante segura de que no lo haría.

—Yo tampoco —contestó el conductor mirando de frente hacia la carretera que corría recta entre dos acequias. Un molino a lo lejos era el único elemento que interrumpía la monotonía de la llanura—. ¿Dónde quieres que te deje, guapa? —preguntó.

—En Poperinge —contestó Judith sin titubear—. O tan cerca de allí como pueda.

Iba a buscar a Cullingford para entregarle la carta de la señora Prentice y reanudar el trabajo como su conductora. Se dio cuenta del entusiasmo con que lo había dicho. Iba echada hacia delante como si estuviera a punto de apearse cuando aún faltaban por lo menos cinco kilómetros. Seguramente conocía mejor todas aquellas carreteras que el conductor que iba sentado a su lado. Éste le echó una ojeada.

—Tienes novio aquí, ¿verdad? —dijo sonriendo.

Judith notó que se sonrojaba. Su compañero debía de preguntarse por qué estaba tan contenta de estar de vuelta allí cuando acababa de disfrutar de un permiso. ¿Qué otra explicación cabía?

—Algo por el estilo —contestó Judith. Eso era lo bastante próximo a la verdad como para que él la creyera, y no quería que la siguiera interrogando al respecto. No podía decir la verdad, ni siquiera a sí misma.

El conductor se rió.

— ¡Apuesto a que él también piensa «algo por el estilo»!

La condujo hasta el mismo Poperinge. Judith le dio las gracias y se apeó en la plaza mayor. Hacía un día templado, unas pocas nubes cruzaban el horizonte y el sol brillaba en los adoquines. Había un par de bicicletas aparcadas frente al escaparate del estanco. Las mujeres hacían cola en la panadería. Oyó voces y un fragmento de canción procedentes de The Rats Nest en la esquina del callejón. Se dirigió hacia allí y al verla una media docena de soldados reunidos en la taberna cantaron en voz más fuerte, marcando el compás con palmas y acabaron con un coro entusiasta aquella versión subida de tono de Goodbye Dolly Gray.

— ¿A quién andas buscando, preciosa? —preguntó un soldado con fingida esperanza. Aparentaba unos veinte años y tenía los ojos azules y la cara torcida.

— ¡Toma una cerveza con nosotros! —instó otro—. Si bebes lo suficiente olvidarás que esto es un maldito matadero y creerás que a la vuelta de la esquina vas a ver un par de vacas y un estanque con patos en vez de un cráter apestoso lleno de cadáveres de antiguos camaradas.

Alguien le dijo bruscamente que se callara.

—Necesitaría algo más que cerveza para conseguir eso —contestó Judith con una sonrisa breve—. Estoy buscando al general Cullingford. Soy su conductora. Al menos lo era hasta que me dieron unos pocos días de permiso. Pero ya estoy de vuelta.

Uno de los hombres la miró de arriba abajo y murmuró algo entre dientes. Otro le arreó al mirón un golpe que le hizo callar de golpe.

—Lo siento, guapa —dijo el primer hombre—. Me parece que has perdido el empleo. El general salió de aquí ayer por la tarde con un conductor nuevo. Un tipo menudo y muy arreglado con el uniforme impecable y cara de colegial, aunque bastante cortés y capaz de conducir un coche como si lo hubiese construido con sus propias manos.

No era posible. Judith se quedó atónita, como si hubiese chocado contra un muro y se hubiese magullado hasta los huesos. ¡Él no le haría eso!

—Lo siento, guapa. Me parece que vuelves a las ambulancias o lo que fuera que hicieras antes.

— ¿Cómo?

Judith lo miró como si lo viera por primera vez. Era delgado y moreno, quizá de veintitantos años, mayor que muchos de los otros, y la insignia que llevaba en la manga indicaba que era cabo.

— ¿Qué conducías antes de llevar al general? —preguntó—. ¿Ambulancias?

—Sí.

—Pues mejor será que vuelvas a ellas. Como voluntaria puedes hacer lo que quieras, supongo, pero ahí es donde se te necesita más si sabes conducir.

Judith asintió con la cabeza. Era ridículo que perder el empleo le doliera tanto. Si lo pensaba con sinceridad, sabía que no podía seguir llevando al general de una parte a otra. Era un trabajo de hombres.

—Gracias —agregó distraídamente.

— ¿Estás bien, guapa? —preguntó el cabo, preocupado—. Pareces un poco... No sé, abatida.

Judith se obligó a sonreír.

—Sí, gracias. Es que resulta raro volver a estar aquí. Hay que acostumbrarse a la peste otra vez.

— ¡Y que lo digas! Ven, siéntate un momento. ¡Wally! Trae un coñac enseguida, ¿quieres? Esta muchacha tiene que recobrar el ánimo antes de salir a la carretera. Yo no sabría conducir una de esas malditas ambulancias tan grandes y tú tampoco. Puede que la necesitemos... ¡Dios no lo quiera!

Los soldados rieron a carcajadas y un momento después Judith tenía una copa en la mano. El licor le quemó la garganta y la sacó de golpe de su estupor. Cayó en la cuenta de lo amables que estaban siendo con ella y se avergonzó de mentir en cuanto al motivo de su desánimo. Pero la verdad era un secreto, tenía que serlo. No quería admitirla. Les dio las gracias, terminó el coñac y fue en busca de alguien que quisiera acompañarla al cuartel general de los conductores de ambulancia voluntarios.

Llegó por la tarde temprano. Aprovechando la calma de aquella hora casi todos los conductores efectuaban tareas de mantenimiento y pequeñas reparaciones en sus vehículos. Judith encontró a Wil Sloan asomado al motor de la ambulancia que solía compartir con él, mirando con expresión atribulada la mugre que cubría el conmutador. El rostro de \Vil se iluminó al verla. Dejó la lata de aceite a un lado y la abrazó.

— ¡Hola, cariño! ¿Dónde has estado?

La apartó de sí sosteniéndola por los hombros y la miró muy serio a los ojos.

—En mil sitios —contestó Judith—. Y luego un par de días en Londres.

— ¿Qué te pasa?

Habían pasado juntos tantas experiencias buenas y malas que Wil enseguida notó que algo iba mal. Juntos habían reído de chistes malos, compartido la última pastilla de chocolate, leído las cartas que recibían de casa.

—Fui a ver a la señora Prentice, la madre del corresponsal que mataron —contestó Judith—. Cené con mi hermano y luego pasé dos noches en casa, en. St. Giles. Y ya está. Creo que lo más importante es que me he dado tres baños calientes. ¡Lo primero es lo primero!

— ¿Y cenaste en un restaurante donde no se oían cañones de fondo? —inquirió Wil—. ¿Qué tomaste?

— ¡Una ración gigante de pudín con helado!

— ¡Torturadora!

Judith sonrió. A pesar de que disfrutaba en su trabajo con el general había añorado a Wil.

—Sí —admitió con una sonrisa.

— ¿Y qué es lo que va mal, entonces?

— ¿Piensas limpiar eso o no? —preguntó Judith señalando el conmutador con el mentón—. ¡No vas a llegar muy lejos si lo dejas tal como está!

Wil comprendió que Judith quería cambiar de tema y le pasó la lata de aceite antes de poner su atención en la limpieza del conmutador. Trabajaron juntos un rato, volvieron a ponerlo en su sitio, luego lubricaron los pernos del eje y engrasaron el soporte de la dirección. Cuando hubieron concluido la tarea, las piezas quedaron limpias y relucientes y ellos sucios en la misma proporción.

— ¿Y qué haces otra vez aquí? —preguntó Wil por fin mirándola tan fijamente que Judith no pudo eludir sus ojos.

—Conducir ambulancias, espero —contestó la muchacha frotándose las manos en vano con un trapo manchado.

— ¿Es eso lo que va mal? —insistió Wil.

—Me figuro que sí. El general tiene un conductor nuevo, recién salido de la escuela según me han dado a entender. Aunque de todos modos yo sólo era una suplente a corto plazo.

Wil la miró de soslayo mostrando la mancha de aceite que tenía en la mejilla.

—Estás que echas chispas. ¿Por qué? ¿Han herido tu orgullo?

Judith apartó la vista.

—No... —De pronto no supo cómo continuar. Le daba miedo que Wil la conociera lo suficiente como para adivinar sus sentimientos aunque no le dijera nada, pero seguía prefiriendo no sincerarse con él, al menos por el momento. Había cosas de las que era mejor no hablar, ni siquiera con los mejores amigos.

Con un tacto innato Wil adivinó la verdad y disimuló.

—Te gusta el trabajo, ¿verdad? Seguro que lo haces mejor que ese tío, además. ¿Qué va a saber él?

—Todo sobre los coches, según parece —replicó Judith. Wil sonrió de oreja a oreja.

— ¿Sólo eso? ¡Pues ya le arreglaremos la carreta cuando haga falta! Esto es Ypres, no Piccadilly Circus.

— ¿Tú nunca has estado en Piccadilly Circus! —señaló Judith. Conocía muy bien las aventuras que Wil había vivido en el periplo desde su Missouri natal, donde su temperamento explosivo se desbocó más de la cuenta en una ocasión, si bien era cierto que en defensa de alguien más débil. El caso fue que la pelea que tuvo lugar a continuación dejó a otros dos muchachos maltrechos, uno de ellos de bastante gravedad. A Wil le advirtieron que sería muy insensato quedarse a plantar cara a las situaciones desagradables que sin duda acarrearía el altercado. Tenía que dejar transcurrir al menos uno o dos años para que la gente olvidara.

El tío que le dio tal consejo también le dio el dinero para el pasaje hasta Francia, pero Wil tuvo que buscarse la vida para cruzar el Medio Oeste de Estados Unidos hasta Nueva Inglaterra y luego Nueva York. Viajó en trenes de mercancías, trabajó en lo que pudo y vio más de su país que la mayoría de sus compatriotas. Pero su objetivo fue siempre servir en la guerra, y aunque tardó casi tres meses por fin llegó a Calais y de allí siguió hacia el norte hasta Ypres.

Judith había escuchado fascinada sus relatos de una tierra inmensa poblada por una increíble variedad de gentes, llenas de compasión e ingenuidad. Había llorado por sus desgracias, por aquellos que habían resultado heridos de cuerpo o alma, y también reído de sus escapadas. Más de una vez durante las noches más frías, calados hasta los huesos y con el viento azotando la tierra desprotegida, Judith se había dado cuenta de que Wil iba inventando cosas sobre la marcha por el mero afán de entretenerla.

Pero lo esencial de sus historias era bien cierto y sus andanzas no lo habían llevado hasta Londres. Ése era un sueño que mantenía vivo para hacerlo realidad antes de regresar a Missouri: conocer Londres y París.

Ahora Wil le estaba sonriendo.

— ¡Caray! Pareces adivina. Algún día iré. Me llevarás tú. ¿Quieres recuperar tu trabajo?

—Sí —contestó Judith, y lo dijo tan rápido que se alarmó. Wil enarcó las cejas.

— ¿No tienes las ideas muy claras, verdad?

Judith le dio un puñetazo en el brazo y de repente notó que estaba al borde del llanto.

—No está a mi alcance, Wil. Tiene otro conductor.

— ¡Un pardillo!

— ¿Un qué?

—Un tío que no se entera de nada —explicó Wil—. Que está verde, vamos. ¡Venga! Lavémonos y en marcha. Averiguaremos dónde está ese saldo y nos libraremos de él.

Judith sintió una repentina punzada de inquietud al recordar a Prentice.

— ¿Librarnos de él! ¿Cómo?

Wil se medio encogió de hombros.

—No sé, ya se nos ocurrirá algo.

—En realidad tengo una carta que debo entregar al general —dijo Judith caminando a su lado hacia el agua y el jabón—. Y puesto que es personal y debo hablarle de su hermana, lo cierto es que necesito dar con él.

—Pues claro que sí —convino Wil—. No hay que dar explicaciones.

Judith le dedicó una sonrisa radiante.

—Nada de explicaciones. Al fin y al cabo no somos militares, ¿verdad?

— ¡Exacto! —Wil le hizo el saludo con elegancia—. ¡Vayamos en busca del general!

Fue una larga tarea. El día anterior se había lanzado una gran ofensiva sin éxito y el número de bajas era muy elevado. El general Plumer se había visto obligado a batirse en retirada y reinaba un caos considerable. No resultaba fácil batallar contra el enojo y la desesperación. El segundo ataque alemán con gas había hecho que fuera aún peor.

— ¿El general Cullingford? —preguntó Wil a un agobiado brigada.

El hombre se frotó la frente con la manga dejando una mancha de sangre y tierra.

— ¡Jesús! ¡Y yo qué sé! ¡Si dependiera de esta gente todos los generales estarían a dos metros bajo tierra! Y yo no se lo discutiría. ¿Para qué lo buscáis, por cierto? Hemos evacuado a todos los heridos de aquí y casi todos los muertos están enterrados, al menos los que hemos encontrado.

Wil permaneció inmóvil con el rostro muy pálido.

—Cullingford no está tan mal para ser general. Tenemos un mensaje para él. Un miembro de su familia ha fallecido.

El brigada enarcó las cejas.

— ¡Venga, hombre! ¿Quieres decir que los generales tienen familia? Y yo que pensaba que salían gateando de unos agujeros del suelo.

— ¡Alguien tendría que enseñarle la realidad de la vida, brigada! —espetó Judith—. Por raro que pueda parecer, una vez hasta usted tuvo una madre que le limpiaba los mocos y todo lo demás. Y lo más probable es que pensara que usted merecía eso y más.

El brigada se puso rojo como un tomate, aunque resultaba imposible decir si se avergonzaba de su actitud o de lo que Judith pudiera imaginar acerca de él.

—Sí, señorita. He oído que se iba hacia Wulverghem pero no estoy seguro.

—Gracias —contestó Judith con fría formalidad.

La siguiente persona a quien preguntaron era un comandante que se mostró mucho menos dispuesto a cooperar. En cambio les ordenó que llevaran a Poperinge a media docena de hombres con heridas de metralla y huesos rotos.

Resultaba extrañamente familiar volver a tratar con hombres heridos, soldados rasos que obedecían órdenes sin tomar más decisión que la de templar sus nervios y seguir adelante para cumplir con lo que se esperaba de ellos, no ya por parte del ejército o de sus seres queridos en la patria, sino de los hombres con quienes vivían día a día.

Judith sólo se había avenido a hacerlo como un acto necesario de obediencia. Seguía empeñada en encontrar a Cullingford y relatarle la visita a su hermana, en cuya actitud había notado el principio de un relajamiento, los primeros pasos hacia la reconciliación. No intentaba pensar qué podía hacer para reemplazar a su nuevo conductor. Eso era idea de Wil, quizá sólo su manera de hacer que se sintiera mejor.

Entre los heridos había un hombre pelirrojo con una brecha en la cabeza. Había perdido la oreja derecha y un tajo muy profundo le cruzaba la mejilla, pero el lado de la cara que quedaba a la vista debajo del vendaje presentaba una expresión bastante jovial. Si le costaba un gran esfuerzo mantener el tipo no lo demostraba. Hablaba sin parar con otro hombre cuya pierna estaba destrozada a la altura del muslo. La llevaba entablillada pero tenía el rostro transido de dolor y apretaba los dientes con tanta fuerza que los músculos de la mandíbula le sobresalían.

Otros dos tenían heridas de metralla, uno en la pierna y el otro en el hombro. Aguardaban su turno sentados uno al lado del otro en silencio.

—Tendré que dejarme crecer el pelo —iba diciendo el pelirrojo, hablando por hablar, quizá para distraer al hombre más malherido del grupo, dándole a entender que no estaba solo ni nadie se había olvidado de él—. De todas formas mi madre siempre decía que nunca escuchaba, así que una oreja menos no creo que se note mucho. ¿Estás bien, Taff? Ha venido una ambulancia. Van a llevarte al hospital para que te curen eso.

Judith le sonrió y luego se agachó junto al hombre que llevaba la pierna entablillada.

—Vamos a levantarte —le dijo—. Lo haremos con todo el cuidado que podamos.

—No se preocupe, señorita —contestó el herido con voz ronca—. Duele, pero no demasiado. Me pondré bien.

—Pues claro que sí —convino Judith—, pero puede que nos tambaleemos un poco durante un rato. Haré lo posible para evitar los baches.

— ¿Conduces ese cacharro? —dijo el pelirrojo sorprendido—. Pensaba que eras enfermera.

—Soy mejor conductora que enfermera, créeme —le aseguró Judith.

Wil estaba a su lado y uno por uno, con todo el mimo posible, cargaron a los heridos y regresaron a Poperinge conduciendo con mucho cuidado. Desempeñaban su labor conjunta con serena camaradería, trabajaban hasta el agotamiento por una causa común. No necesitaban hablar y cuando lo hacían empleaban una especie de lenguaje abreviado, referencias a experiencias del pasado, chistes compartidos, un gesto o una palabra de complicidad.

Ya casi había anochecido cuando por fin se detuvieron en la plaza mayor de la villa de Wulverghem y Judith vio el coche del general delante de The Seven Piglets. El corazón le latía con fuerza y respiraba deprisa mientras Wil aparcaba la ambulancia y ella se apeaba y avanzaba por el adoquinado oyendo el ruido de sus tacones sobre las piedras.

Las carcajadas fueron audibles antes de que llegara a la puerta, hombres que levantaban la voz, alegres, llamándose de una mesa a otra, un grito, otra risotada. Empujó la puerta para abrirla y la envolvió el olor a cerveza y humo. El interior lo alumbraban lámparas de gas anticuadas con fanales de cristal. Las mesas tenían manteles a cuadros y había media docena de hombres en cada una.

Pocos de ellos se volvieron a mirarla; suponían que el recién llegado sería otro soldado; entonces alguien reparó en que era una mujer y uno tras otro se fueron callando.

Judith vio la luz de la lámpara reflejada en el pelo rubio de Cullingford y reconoció la forma de su cabeza sin necesidad de ver en el uniforme el galón indicativo de su graduación. Frente a él se sentaba un muchacho de cara redonda y expresión insulsa. Tenía la tez muy blanca y las manos apoyadas en el mantel eran suaves y limpias.

El resentimiento que Judith notaba hervir en su sangre era irrazonable y absolutamente injusto, pero el hecho de saberlo no cambiaba las cosas en lo más mínimo.

Las conversaciones se reanudaron de nuevo aunque con menos volumen. Ahora ya era imposible batirse en retirada. Por más que le costara tenía que adentrarse en el local, caminar entre las mesas y hablar con Cullingford; y entregarle la carta de su hermana.

El general levantó la vista cuando la sombra de Judith se proyectó sobre la mesa. Abrió un poco los ojos y su expresión apenas cambió pero no pudo evitar que un leve rubor le subiera a las mejillas.

—Señorita Reavley —dijo en voz baja. Por un instante Judith pensó que iba a ponerse de pie como si ambos fueran civiles, sólo un hombre y una mujer que se encuentran por casualidad en un restaurante. Pero el general recordó la realidad antes de moverse.

—Buenas tardes, general Cullingford —dijo Judith con más formalidad de la que se había propuesto, como si quisiera evitar que hiriera sus sentimientos. Pero se dio cuenta con asombro de que esa herida ya se había producido, quizá meses atrás. Incluso aquella misma tarde en la ambulancia había fingido que sólo estaba enojada por haber perdido un empleo que le gustaba, aunque resultara duro porque le permitía tener una visión de conjunto y estar enterada de la gravedad de las pérdidas y de la posibilidad de una derrota. Pero en otros aspectos conducir el coche del general era más llevadero que ver a hombres concretos con heridas reales, no cifras de una estadística sino sangre, dolor y miedo contra los que nada podías hacer salvo tratar de llevar a los soldados al hospital antes de que fuera demasiado tarde.

Al mirarlo en ese momento y ver sus ojos, su rostro, sus manos encima de la mesa, supo que su enojo se debía a que quería estar allí donde estuviera Cullingford. Quería observarlo mientras hablaba con los hombres, ver cómo renacía en ellos la esperanza mientras le escuchaban, sentir el estremecimiento del orgullo al constatar que creían en él. Judith había presenciado sus momentos de descuido; se había formado una idea bastante aproximada y dolorosa de lo mucho que a veces le costaba mantener esa fachada ocultando números que la tropa desconocía, datos y cifras que sólo invitaban a la desesperación.

Sus poco frecuentes bromas mordaces hacían más llevadero su cometido. Las cosas de las que rara vez hablaba, como los paseos, sus perros, caballos a los que había querido o citas que le complacían, otorgaban sentido a aquella batalla que tanto estaba costando librar.

Ahora estaba esperando que ella se explicara, que le dijera algo acerca de su familia, del entorno al que pertenecía. Judith se obligó a mirarlo a los ojos y esbozó una sonrisa como si fuese un mero mensajero y no supiera ni comprendiera nada más que los datos del recado. Era plenamente consciente de la presencia del nuevo conductor en la mesa.

—Mientras estuve en Londres tuve ocasión de visitar a la señora Prentice —le dijo—. Escribió una carta para usted y me pidió que se la entregara personalmente, señor. Tenía miedo de que tardara demasiado en llegarle si la enviaba por correo ordinario.

Sacó el sobre de un bolsillo y se lo tendió.

Cullingford alzó el brazo y lo cogió. No mencionó al muchacho, ni siquiera lo miró de reojo. A juzgar por la intensidad con la que miraba a Judith parecía que hubiese olvidado la existencia del nuevo conductor.

—Gracias, señorita Reavley. Ha sido muy amable. ¿Acaba de regresar?

—Sí, señor. Primero he ido a Poperinge y luego a mi unidad de ambulancias. — ¿Entendería con eso que había solicitado regresar a su trabajo anterior? Oyó un eco acusatorio en su voz y se avergonzó. No quería que él supiera que le importaba—. Luego me han ordenado que llevara a un grupo de heridos de vuelta a Poperinge —agregó.

—Por supuesto —dijo Cullingford imprimiendo a su voz un montón de matices distintos. Judith no supo interpretar ninguno de ellos.

—Gracias por visitar a la señora Prentice y por traerme la carta —repitió Cullingford. Pareció ir a añadir algo más pero cambió de parecer. Carecía de sentido preguntar cómo estaba una mujer desconsolada; sólo podía estar atormentada por la pena. La cuestión se reducía a cuán abiertamente lo demostraba y eso no significaba nada—. Debe de estar cansada después de su viaje y tendrá que ocuparse del mantenimiento de su vehículo. Buenas noches.

¿Eran sus palabras tan distantes como parecían? ¿O sólo era lo que las circunstancias exigían?

—Sí, señor.

Judith se cuadró y acto seguido se volvió para no darle tiempo a ver nada más que un favor cumplido tal como lo habría hecho cualquiera.

Al salir a la calle encontró a Wil aguardándola. Cruzó la plaza hacia la ambulancia furiosa consigo misma por la emoción que bullía en su interior empujándola al borde del llanto, con una sensación de rechazo tan angustiosa que casi la dejó sin aliento.

Wil la alcanzó y le agarró el brazo.

—Tienen razón —dijo Judith con esfuerzo, manteniendo la vista apartada de él pese a la oscuridad—. Parece un colegial.

—Entonces no tendría que costarnos mucho deshacernos de él —replicó Wil.

—Puede que el general Cullingford prefiera que un hombre conduzca su coche —dijo Judith fríamente abriendo la portezuela de la ambulancia.

Wil fue a la parte delantera, hizo arrancar el motor con la manivela, ocupó el asiento del conductor y se pusieron en marcha sin prisa.

—Mi madre siempre creía que mi padre no sabía lo que le convenía hasta que ella se lo ponía delante —dijo Wil con actitud despreocupada evitando mirarla, para darle ocasión de fingir que no estaba llorando—. Una gran mujer, mi madre.

Judith percibió el afecto, el orgullo y la ternura que transmitía su voz pese a que su rostro apenas resultara visible a la luz de las escasas farolas mientras traqueteaban por el adoquinado para salir de la plaza.

—Gracias, Wil —dijo Judith en voz baja.

Habían recorrido unos tres kilómetros de carretera cuando Wil volvió a hablar.

—Me parece que tendría que hacerme amigo suyo. En realidad ambos deberíamos.

Judith había estado sumida en sus pensamientos.

— ¿De quién?

—Del nuevo conductor del general, ¿de quién va a ser?

—La verdad es que no me muero de ganas de ser su amiga. .

— ¡Venga, mujer! Tenemos que ser amables con él. Llevarlo a tomar una copa... o varias. Darle algunos consejitos. Al fin y al cabo, es nuevo en esto. Necesita aprender algunos trucos, que le echen una mano.

— ¿Wil?

¿Había entendido bien?

Wil estaba sonriendo. Judith sólo veía el resplandor de sus dientes en la tenue luz de la cabina.

— ¡Venga, cariño, tienes que luchar por lo que deseas! ¡Si no lo haces significa que no lo deseas lo suficiente como para merecerlo! ¡No te tenía por una rajada!

— ¿Cómo vamos a hacerlo? —dijo con aire razonable, aunque ya se le estaban ocurriendo un montón de ideas descabelladas—. Estará en todo momento con el general. Yo lo estaba. Cuando no lo llevaba a alguna parte lo estaba aguardando.

—Eso hará que sea más fácil dar con él —respondió Wil—. Siempre andará cerca de donde esté el coche.

Wil ya había parado a un lado de la carretera y estaba maniobrando para dar media vuelta.

— ¿Ahora? —dijo Judith horrorizada. Todavía no estaba preparada, no lo había meditado ni tomado en consideración todas las consecuencias posibles.

— ¡Pues claro! —Wil pisó el acelerador y la ambulancia salió disparada—. Mañana podría ser demasiado tarde. Puede que andemos ocupados colaborando con el ejército. ¡Hay que pillar las oportunidades al vuelo!

Judith tomó aire para discutir pero se encontró con que no tenía nada que decir. Un par de días de asueto en Inglaterra habían bastado para que olvidara la urgencia del frente, la conciencia de que el mañana quizá no existiría. La única pregunta era: ¿deseaba recuperar su empleo como conductora de Cullingford o no? Sí, por supuesto.

— ¿Cuánto dinero tienes? —preguntó Wil.

—Unos treinta francos. ¿Por qué?

— ¡Treinta! —exclamó Wil asombrado—. ¿Pero qué crees que pienso darle, coñac Napoleón?

La excitación de Wil estaba comenzando a contagiársele. Ahora la ambulancia iba a toda velocidad por la carretera dando bandazos a cada bache.

Veinte minutos después estaban de nuevo en la plaza de Wulverghem y aparcaron en un rincón oscuro. Judith vio de repente la enormidad del plan. ¡Era una insensata si seguía adelante con él! Y una cobarde si se rajaba. Quería volver a conducir el coche de Cullingford. Le sería más leal de lo que pudiera llegar a serlo el conductor nuevo. Le entendería mejor y creería más en él. Ella percibía su soledad, la necesidad de contar con una persona a quien poder explicarse si lo deseaba pero a quien no debiera ninguna explicación.

Cruzó la plaza detrás de Wil. Había unas pocas ventanas iluminadas, un resplandor aquí y allá derramándose en la oscuridad. Alguien más caminaba por la plaza, sus pisadas resonaban en las piedras.

Estaban llegando demasiado deprisa. Y se estaba mintiendo a sí misma. Quería estar con Cullingford porque lo amaba. Aquélla era la primera vez que lo reconocía. Le doblaba la edad y estaba casado. Se estaba portando como una loca de remate. ¿Pero acaso seguía imperando la cordura en el mundo? ¿Qué había de malo en amar si no esperabas nada a cambio?

Estaban en la puerta de The Seven Piglets.

—Espera aquí —ordenó Wil bruscamente—. No quiero que te vean todavía.

Acto seguido empujó la puerta y entró a la taberna. Diez minutos más tarde media docena de soldados salieron a la calle entre bromas, uno de ellos riendo a carcajadas y haciendo eses. Judith se ocultó en las sombras. Los soldados se alejaron y volvió a quedarse sola. Un anciano cruzó la plaza por el otro extremo empujando una carretilla cargada con un bulto enorme. Avanzaba como si estuviera infinitamente cansado. Judith lo compadeció y trató de imaginarse cómo se sentiría si un ejército estuviera estacionado en St. Giles, si soldados extranjeros desfilaran por las calles en las que había crecido y el fuego de la artillería destrozara la paz de sus campos; cuánto le dolería ver su tierra arrasada y envenenada, empapada en sangre y donde futuras generaciones de campesinos encontrarían huesos humanos al arar.

Otra media hora transcurrió lentamente. Entonces la puerta se volvió a abrir y por fin salió Cullingford. Iba solo. Judith lo reconoció de inmediato pese a ver sólo su silueta recortada contra la luz. Su porte, el ángulo de sus hombros, no se parecía al de nadie más.

Pensó en hablarle: ahora podría hacerlo a solas. Pero resultaría indigno, como si le estuviera yendo detrás. La idea la avergonzó.

Cullingford se alejó sin darse cuenta de que lo observaban y el momento pasó. Cuando hubo doblado la esquina, probablemente camino de su alojamiento para aquella noche, Judith entró en The Seven Piglets. La taberna estaba mucho menos concurrida y enseguida vio a Wil sentado junto al conductor nuevo, ambos con vasos en la mano.

Vaciló un momento sin saber si interrumpirlos o no. Entonces

Wil levantó la vista y la vio. Su rostro se iluminó de placer y le hizo señas. El conductor se volvió para ver a quién saludaba con tanto entusiasmo.

Judith se acercó a ellos.

—Claro que te ayudará —estaba diciendo Wil alentadoramente—. Judith, te presento al cabo Stallabrass. Es un conductor de primera. Sabe todo lo que puede saberse sobre motores pero no sabe nada de nada sobre Flandes, al menos por el momento. Siéntate.

Apartó una silla para ella.

—La verdad es que no espero. —comenzó Stallabrass.

—Aquí todos nos ayudamos unos a otros, cabo —le dijo Judith viendo con el rabillo del ojo que Wil estaba llenando de Pernod con muy poca agua el vaso de, Stallabrass sin que éste se diera cuenta. Era un brebaje letal. No tenía ni idea de lo que Wil se proponía pero hizo lo posible por seguirle el juego—. Lo compartimos todo —agregó.

—Si yo te contara...

Wil se embarcó en el relato interminable de un viaje a Armentières lleno de divagaciones. Era pura invención suya y le fue incorporando cuantos percances uno podía sufrir en un viaje en coche, algunos de ellos del todo imposibles.

—Pero... —intentó rebatir Stallabrass en repetidas ocasiones tratando de demostrar sus conocimientos de mecánica. Se mostraba muy serio y al parecer no caía en la cuenta de que Wil lo estaba enredando.

Judith se levantó sin decir nada y fue a la barra. Pagó el resto de la botella de Pernod y regresó a la mesa con una jarra de agua. Llenaría su vaso sobre todo de agua y rellenaría el de Stallabrass con Pernod sin que la viera.

El relato de Wil era cada vez más inverosímil y divertido y se les juntaron otros dos soldados, a todas luces achispados tras haber estado bebiendo a buen ritmo durante toda la velada.

— ¡Eso no me lo creo! —dijo Stallabrass con voz entrecortada cuando Wil terminó una anécdota especialmente morbosa según la cual había engrasado un tapacubos de ambulancia con queso Brie para acabar atascado en medio de un campo rodeado por un rebaño de vacas.

Uno de los soldados, que se llamaba Dick, intentaba aguantarse la risa y las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Me gustan las vacas —dijo su amigo con mucho sentimiento—. Tienen unos ojos preciosos. ¿No estás de acuerdo, cabo Stallabrass? ¿Alguna vez te has fijado en las pestañas que tienen?

Pero Stallabrass tenía la mirada perdida, la mente encerrada en un sueño particular.

—Preciosa —repitió.

Wil echó un vistazo a Judith y luego a Stallabrass.

— ¿De veras? —preguntó con interés.

—Nadie se da cuenta —dijo Stallabrass negando muy despacio con la cabeza como si temiera que se le bamboleara y le cayera—. Sólo la ven como una mujer corriente, sellos y cartas y dinero, y cosas.

Se sorbió la nariz y dio un hipido de lo más cursi.

—Sellos y cartas —dijo Wil, quien obviamente no tenía ni idea de qué estaban hablando—. ¿Pero no lo es?

—No —dijo Stallabrass con honda emoción—. Tiene ideas, sueños... ¡Tiene pasión! —Suspiró— . No he visto nada tan bonito como sus... —Se interrumpió con expresión melancólica, agarrando con ambas manos el vaso de Pernod.

Todos contuvieron el aliento a la espera de lo que iba a decir. Judith estaba un poco avergonzada por si resultaba ser algo demasiado íntimo.

Wil sonrió burlonamente.

— ¿Ojos? —sugirió a Stallabrass—. ¿Qué pasa con las cartas? ¿Te escribe a menudo?

Stallabrass se quedó perplejo.

— ¡No, no! ¡Las cartas forman parte de su profesión!

— ¿Qué? —Wil estaba totalmente perdido.

—Cartas —dijo Stallabrass con paciencia—. Sellos. Es la jefa de la sucursal de correos. Eso es lo que hace. Es un trabajo muy importante. ¿Qué sería de nosotros sin el correo? Mantiene unido al mundo. La cabeza del rey en cada sello. ¿Sabes lo grave que es robar o estropear el correo?

—Sí, claro —convino Wil enseguida—. Es un trabajo muy importante para una muchacha. Debe de ser muy especial. ¿Cómo se llama?

—Jeanette. ¿Tiene cuarenta y uno...

Wil tragó saliva y se puso a toser. Uno de los otros soldados, en parte para disimular, comenzó a darle palmadas en la espalda con mucho brío.

— ¿Pero es guapa? —preguntó Dick con gravedad.

—Guapísima —aseguró Stallabrass asintiendo con la cabeza. Cogió por error el vaso de Dick y le dio un trago—. Gilbert Darrow cree que va a casarse con ella sólo porque lleva uniforme y está en la armada. Bien, ¡pues yo también llevo uniforme! —Hizo ademán de sacar pecho pero cambió de parecer—. ¡Y aquí estoy, en Francia!

—Flandes, en realidad —corrigió Wil—. Aunque eso poco importa, ¿verdad?

— ¡Estoy aquí! —insistió Stallabrass—. ¡Veré la acción! En el frente, con el general. Ganaré medallas y entonces ya veremos de qué puede presumir Gilbert. —Soltó un hipo—. ¡De nada!

— ¡Tienes razón! —convino Dick sonriendo de oreja a oreja—. Llenas la pechera de medallas, vuelves a casa y conquistas a Jeannette. ¡Te la llevas en brazos! O al menos lo intentas. ¿Es una dama corpulenta con hermosos...ojos?

— ¡Sí, eso es lo que haré! —dijo Stallabrass sorbiendo ruidosamente otra vez—. Se van a enterar. ¡Se van a enterar todos!

— ¡Por el amor! —brindó Dick levantando su vaso.

Wil rellenó el de Stallabrass y le añadió unas gotas de agua.

— ¡Por el amor verdadero! —dijo, llevándose el vaso a los labios—. Al final siempre vence. ¡Apura el vaso, muchacho!

— ¡Por... el amor verdadero!

Stallabrass bebió su vaso hasta la última gota y resbaló de la silla al suelo.

—Sí, quizá —dijo Dick—. Pero me da que no será esta noche. ¿Te echo una mano para llevarlo a la cama?

—Gracias —aceptó Wil levantándose lentamente—. Dudo que pueda hacerlo por su propio pie.

—No vamos a dejarlo aquí como un niño abandonado —convino Dick, y se agachó para cargar a Stallabrass sobre un hombro—. Con su permiso, señorita —agregó dirigiéndose a Judith—, creo que será mejor que deje que nos ocupemos nosotros de esto. Está como una cuba. ¡Bienvenido al ejército, cabo!

Judith se apartó a un lado. Ya no podía hacer nada más. Eran las tres de la madrugada y el único sitio que tenía para dormir era la ambulancia. Haría frío pero al menos estaría seca y podría tumbarse. Por la mañana la despertó Wil sacudiéndola con apremio. Se incorporó mientras trataba de recordar dónde estaba.

—Es hora de levantarse —dijo Wil en un susurro ronco como si alguien pudiera oírlos pese a que no había un alma en un radio de cincuenta metros. La ambulancia estaba aparcada en un callejón lateral. Hacía poco que había amanecido. Los adoquines aún refulgían húmedos de rocío y la luz tenía esa claridad dura y pálida de primera hora de la mañana.

Se frotó la cara con las manos y se echó el pelo hacia atrás. La cabeza le martilleaba y notó un sabor repugnante en la boca. ¡Entonces se acordó de la taberna, del cabo Stallabrass y del Pernod! No era de extrañar que se encontrara tan mal. Ella no había bebido mucho, pero el cabo sí y la reconcomía la culpa. ¿Cómo se encontraría Stallabrass?

— ¡Levántate, preciosa! —dijo Wil con firmeza—. Me parece que hoy el cabo Stallabrass no va a ganar ninguna medalla. De hecho, puede que no esté en condiciones de conducir y no nos gustaría que el general se quedara tirado en la cuneta, ¿verdad?

Judith se sonrojó e hizo un esfuerzo para aclararse la vista. Necesitaba agua abundante para lavarse la cara, un cepillo para peinarse, y alisar el uniforme para que no resultara obvio que había dormido vestida. Luego una taza de té bien caliente la ayudaría a sentirse considerablemente más humana. En realidad cualquier cosa le sentaría bien con excepción del Pernod.

Media hora después, mientras ella estaba aún en la plaza, el general Cullingford cruzó el adoquinado hacia su coche, donde aguardaba un desaliñado y profundamente desdichado cabo Stallabrass. Se había vestido fatal. Daba la impresión de haberse puesto el uniforme todavía dormido, cosa que seguramente era cierta, ya que lo llevaba mal abotonado.

Intentó saludar y pareció un ahogado pidiendo auxilio.

Cullingford se detuvo. Una mueca de repugnancia cruzó su semblante antes de mostrar todo su enojo. Al parecer el pobre cabo apestaba a alcohol.

—Cabo, vaya a dormir la borrachera —dijo Cullingford con frialdad—. Después, cuando esté sobrio, preséntese ante el oficial de servicio para que le asigne un puesto bien lejos de mí.

Dio media vuelta y vio a Wil a unos veinte metros; se dirigía hacia él con un bollo en la mano.

— ¡Buenos días, señor! —dijo Wil jovialmente. Fingió sorpresa y preocupación—. ¿No se encuentra bien su conductor?

Cullingford lo miró con frialdad. Wil se encogió un poco de hombros.

— ¿Necesita a alguien?

—Qué perspicaz —replicó el general—. Pero no creo que usted hable francés.

—No, señor, yo no. Pero tengo a la señorita Reavley conmigo, si quiere, y ella está al tanto de todo, señor.

—No me diga. —Cullingford suspiró profundamente—. Pues vaya a buscarla. Tengo que estar en Ploegsteert antes de las ocho.

— ¡Sí, señor!

Wil saludó olvidando que llevaba el bollo en la mano, dio media vuelta y se marchó resueltamente a avisar a Judith.

* * *