CAPÍTULO 33
 

Coral llegó acompañada de Pablo, quien había pasado a buscarla por la casa del doctor Argerich para decirle que podían viajar a Córdoba cuando ella quisiera. Desde que había aceptado su proposición, el Payo lucía una eterna sonrisa en los labios sabiendo que por fin alejaría a Coral de Buenos Aires y de Gabriel Izaguirre. Ella no le había explicado el porqué de aquel cambio tan repentino; sin embargo, cuando le había dicho que necesitaba irse, no quiso indagar más. Pablo se rehusó a pasar, pero Coral insistió en que entrara para saludar a Almudena. Obedeció para no contrariarla, parecía que últimamente ella quería involucrar a la jovencita en todas sus actividades. Si salían a dar un paseo, trataba de que los acompañara. Cuando la visitaba, nunca podían estar solos, así que la única oportunidad que tenía de disfrutar en exclusiva de la compañía de la gitana era cuando la pasaba a buscar a la Casa de Niños Expósitos, donde llevaba casi dos meses leyéndole a los niños, o la esperaba afuera del dispensario del doctor Argerich para acompañarla hasta la casa de Barracas. Al ingresar al vestíbulo, Coral se frenó en seco. El abrigo de Gabriel colgaba de la percha… había vuelto. Pablo le rozó el hombro y ella se sobresaltó.

—¿Pasa algo? Te has puesto muy pálida de repente.

—No, es sólo que recordé un episodio que sucedió hoy con los niños —respondió mientras dejaba que Pablo le ayudara a quitarse la capa.

No le creyó, y cuando la puerta del despacho de don Vicente se abrió y él y su hijo salieron al pasillo, comprendió qué pasaba en realidad. De repente, Coral se abalanzó encima de él y lo besó. Al Payo no le importó que lo hiciera porque Gabriel Izaguirre los estaba viendo; la estrechó entre sus brazos y sólo se concentró en saborear la dulzura de sus labios por primera vez. Él profundizó el beso a pesar de que Coral intentaba cerrar la boca pero luego se relajó y cerró los ojos.

Don Vicente tosió detrás de ellos, obligando a Pablo a soltarla. Ella se volteó fingiendo sorpresa, aunque no se alejó del Payo sino que se recostó ligeramente en su pecho. Trató de enfocar su mirada en el padre de Almudena y no en Gabriel que estaba a su lado, enfurecido por la escena que acababa de presenciar.

—Discúlpenos, don Vicente —pidió Coral agachando la cabeza.

—La culpa es mía, pero le prometo que no volverá a pasar, señor —dijo Pablo colocando la mano en el hombro de la gitana y mirando de refilón a Gabriel.

Don Vicente no estaba molesto, al contrario; saber que Coral y Pablo Medrano estaban envueltos en una relación amorosa le quitaba un gran peso de encima; era un problema menos con el cual lidiar. Ella se iría seguramente detrás de él, y con el tiempo su hijo la olvidaría.

—No se preocupen. —Les guiñó el ojo—. Yo también fui joven y apasionado alguna vez. ¿Se queda a cenar, señor Medrano?

Pablo no necesitó pensar su respuesta.

—Me encantaría.

—Le diré a mi esposa que disponga que esta noche haya un plato más en la mesa…

—No se moleste, padre —intervino Gabriel con una sonrisa socarrona—. El señor Medrano puede ocupar mi lugar. —Taladró a Coral con sus ojos negros, buscando alguna explicación lógica a su comportamiento, pero ella no fue capaz de sostenerle la mirada. Pasó cerca de ellos para tomar su abrigo y enfiló hacia la salida—. Buenas noches, espero que disfruten de la velada.

—Hijo, ¿vas a salir con lo cansado que estás del viaje?

Gabriel ni siquiera se dignó a responderle y se fue dando un portazo. Se subió el cuello del abrigo para protegerse del frío y buscó a Toribio. El criado también se sorprendió de que el niño Gabriel saliera esa noche cuando acababa de llegar del campo aunque, como siempre, él sólo se limitó a obedecer sus órdenes. Supuso que le pediría ir hasta el hotel donde lo había llevado tantas veces, o a algunos de los burdeles que solía frecuentar antes de su viaje a España, pero le indicó que lo llevara al Club del Progreso. Saltó al interior del carruaje y se dejó caer en el asiento. Se mesó el cabello bruscamente como si con ello consiguiera borrar de su mente la imagen de Coral besándose con el Payo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Lo que más le enfurecía era no saber por qué la gitana había terminado en los brazos de otro hombre después de haberse entregado a él con tanta pasión. Le había dicho que lo amaba y durante los casi dos meses que había estado alejado de Buenos Aires, eran sus palabras de amor las que lo hacían levantarse cada mañana con una sonrisa en los labios, era añorando sus besos que se dormía por las noches tras una intensa jornada de trabajo. Soltó un suspiro. Coral no podía haber borrado de un plumazo todo lo que habían vivido. ¿Acaso le habían bastado dos meses para olvidarse de él y caer en los brazos de Pablo? Se negaba a creerlo aunque lo hubiese visto con sus propios ojos. Sabía que el compromiso con Mercedes O’Brien era algo inminente, pero no se resignaba a perder a Coral. ¿Por qué no podía enfrentarse a su padre y casarse con la mujer que realmente amaba? Tal vez si hablaba con él y le confesaba que estaba enamorado de Coral, desistiría de casarlo con la hija de su amigo. Don Vicente tenía que entender que él no podía vivir sin ella, que Coral era suya y que siempre le pertenecería. Ella era su destino, se lo había asegurado la gitana del barco, y estaba dispuesto a aferrarse a esa verdad con uñas y dientes con tal de no perderla. El carruaje dobló por Perú y se detuvo unos cuantos metros más adelante justo frente al Club del Progreso.

—Llegamos, niño Gabriel —le anunció Toribio asomándose desde el pescante.

Gabriel se dio cuenta de que el cansancio físico que cargaba encima le afectaba la movilidad cuando intentó levantarse y las piernas apenas le respondieron. Cualquiera en su lugar hubiera regresado a su casa para darse un buen baño y meterse en la cama. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió bajarse. El aire frío de la noche no lo espantó, al contrario, le dio el vigor que necesitaba para despabilarse. Se cuadró de hombros y se acomodó el abrigo; aunque sabía que debía tener un aspecto algo desaliñado por la falta de higiene y el cansancio, enfiló hacia el edificio con la cabeza en alto. Saludó fugazmente a algún que otro conocido y se dejó caer en el primer sillón que encontró. Pidió una botella de whisky y bebió la primera copa de un solo sorbo, luego se sirvió otra y otra hasta casi vaciar la botella. Con la vista nublada y los sentidos embotados por el alcohol, no se dio cuenta de que alguien se había sentado a su lado. Distinguió un traje oscuro y cuando enfocó la atención en la figura masculina descubrió que se trataba de su amigo Jaime Sequeira.

—Buenas noches —lo saludó soltando una carcajada y alzando la copa de whisky hacia él.

Jaime intentó quitársela pero desistió rápidamente cuando Gabriel le lanzó una mirada asesina.

—Estás completamente borracho, Gabriel. —Oteó a su alrededor, reconoció a uno de sus clientes y le sonrió. Tanto para él como para el resto de los concurrentes al Club del Progreso, su amigo Gabriel se había convertido en la atracción principal de la noche.

Él se encogió de hombros.

—¿Y qué si lo estoy? Tengo derecho a emborracharme cuando quiera —despotricó levantando la voz.

Se reclinó en el sillón y miró con displicencia el líquido amarillento contenido en su copa. Había llegado hasta allí con la intención de olvidar, de ahogar todas sus penas en alcohol, sin embargo no podía borrar de su mente el beso que se habían dado Coral y el Payo en el vestíbulo de su casa. Se maldijo por ser tan débil.

—¡Brindemos, mi amigo! —Le sirvió un poco de whisky y Jaime alzó su copa, chocándola con la suya—. ¡Por las mujeres, por esos seres divinos y crueles que tienen el poder de llevarte hasta el cielo con un beso o arrojarte al más terrible de los infiernos con una traición! —Tras brindar se zampó la bebida de un solo trago.

Jaime sintió curiosidad por saber a qué se refería con eso de la traición. Por un instante se sintió aludido, aunque era imposible que Gabriel se hubiese enterado de su aventura con Beatriz. Si así fuera, ya le habría reclamado por meterse con quien no debía. Conocía muy bien a su amigo y sabía que jamás le perdonaría que le hubiera clavado un puñal en la espalda acostándose con su mujer.

—¿Vas a decirme qué pasó o tendré que adivinarlo? —inquirió dejando la copa casi llena encima de la mesita, apenas se había mojado los labios con el whisky. Le tocaba a él permanecer sobrio esa noche para acercar luego a Gabriel hasta su casa.

—¿Por dónde querés que empiece? —retrucó mirando fijamente su copa vacía.

Jaime se cruzó de piernas y apoyó el brazo en el respaldo del sillón.

—Contame, ¿cuándo regresaste del campo?

—Volví hoy y me llevé varias sorpresas.

Jaime pensó de inmediato en la gitana. Juan Antonio le había contado que su amigo, el del circo, solía pasarla a buscar todas las tardes.

—¡Vamos, desembuchá! —lo exhortó cuando se quedó algo meditabundo.

—¿Sabés quién se apareció en mi casa y habló con mi madre mientras yo estaba fuera?

Jaime negó con la cabeza. No tenía ganas de jugar a las adivinanzas.

—Beatriz —le soltó.

El abogado frunció el entrecejo.

—¿Beatriz estuvo en tu casa?

Gabriel asintió.

—Lo tenía todo planeado, Jaime… desde el principio. Sospecho que ya sabía cómo iba a engatusarme aún antes de dejar Madrid. Beatriz es de esas mujeres que no soportan perder y se valió de los medios más viles para asegurarse su futuro… Le soltó a mi madre que está esperando un hijo mío.

Jaime se quedó de piedra. ¿Embarazada? No era posible… De pronto, se sintió el más estúpido de los hombres. Beatriz lo había estado engañando todo ese tiempo; mientras jugaba a la amante complaciente, pensaba en la manera de atrapar a Gabriel con un hijo.

—Pero el tiro le salió por la culata. No voy a casarme con ella, mi padre me dijo que el compromiso con Mercedes O’Brien sigue en pie…

—¿Y qué pasará con Beatriz?

—Le voy a dar el apellido a ese niño y le daré dinero para que vuelva a España.

—¡No podés hacer eso! —replicó Jaime.

—¿Qué te pasa? ¡Claro que puedo! —saltó Gabriel asombrado por la reacción de su amigo—. No la quiero, Jaime y nunca me casaría con ella. Beatriz no es trigo limpio y que se haya quedado embarazada con la única intención de convertirse en una Izaguirre, lo demuestra.

—No entendés… —dijo Jaime pasándose la mano por la cabeza.

—¿Qué es lo que no entiendo? ¡Hablá, carajo! —Las personas que estaban a su alrededor se voltearon para ver por qué se había exaltado, pero Gabriel ni se inmutó. Toda su atención estaba en Jaime, quien se comportaba de una manera muy extraña esa noche.

Jaime lo miró. En ese preciso momento se dio cuenta que ya no podía seguir callándose. La visita de Beatriz a casa de Gabriel había precipitado las cosas… se negaba a creer que ella fuese capaz de llegar a tanto, pero el hijo que decía estar esperando podía ser suyo.

—Gabriel… Beatriz y yo nos hemos estado viendo a tus espaldas.

En otras circunstancias, herido en su orgullo de macho y dolido por la traición de un amigo, se hubiera abalanzado encima de él para partirle la cara de un puñetazo; pero ni siquiera tenía fuerzas para reaccionar. Beatriz hacía rato que había dejado de interesarle, la única mujer que realmente le importaba se había besado con otro delante de él.

—¿Desde cuándo? —preguntó sólo para saciar su curiosidad.

Jaime estaba sorprendido de la impavidez de su amigo. Habría esperado un golpe, un reproche, una mirada asesina… algo, pero no percibió ni siquiera resentimiento en su mirada.

—La primera vez fue la noche en que debutó en el teatro y la acompañé hasta el hotel.

—Es decir que yo mismo te empujé a sus brazos —ironizó Gabriel.

Jaime asintió.

—Y se siguieron viendo después de esa noche —afirmó.

—Sí, en el hotel o en mi estudio… Gabriel, yo no quise…

—Ahórrate tus explicaciones, no me interesa oírlas. —Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios—. No te culpo, Jaime, caíste en sus brazos, al igual que lo hice yo hace un año cuando la conocí en Madrid. Beatriz es una mujer astuta, que no se detiene ante nada con tal de salirse con la suya. Si se propuso acostarse con vos, le bastó chasquear los dedos para conseguirlo.

Jaime asintió.

—Lo sé, pero yo me enamoré de ella —confesó, dejando sorprendido a su amigo.

—Beatriz no te conviene, mirá hasta donde fue capaz de llegar para tratar de que me casara con ella.

—Gabriel —Jaime miró por encima de su hombro para asegurarse de que nadie lo oyera—, el hijo que está esperando puede ser mío.

Gabriel sonrió. Su amigo tenía razón. ¿Quién le garantizaba que fuese el padre de esa criatura cuando Beatriz también se acostaba con Jaime?

—¿Crees que haya sido capaz de mentir en algo tan importante?

—Sí, Jaime, la creo capaz de eso y mucho más pero… ¿cómo haremos para que diga la verdad?

—Eso es lo más fácil —manifestó Jaime. Como abogado estaba acostumbrado a usar diversas tretas para sonsacar verdades hasta al delincuente más reticente a soltar la lengua. —¿Tenés prisa en volver a tu casa?

Gabriel negó con la cabeza.

—Beatriz tiene función esta noche. —Sacó de su bolsillo el reloj y miró la hora—. Si nos vamos ahora llegaremos antes de que regrese al hotel.

—¿Cuál es tu plan?

—Te lo cuento en el camino. —Ayudó a Gabriel a levantarse y lo condujo del brazo hasta la calle en donde lo esperaba su cochero. Le indicó que los llevara hasta el Teatro Argentino y haciendo un gran esfuerzo metió a su amigo borracho en el interior del carruaje.

 

Beatriz entró a su camerino con una sonrisa en los labios. Otra función exitosa, en donde ella se había llevado casi todos los aplausos. El director de la obra estaba más que satisfecho con su trabajo y sabía que se lamentaría mucho cuando le dijese que dejaba el teatro para casarse con Gabriel Izaguirre. Se quitó el pesado abrigo que usaba en la última escena y lo arrojó encima de la silla; poniéndose de lado se contempló en el espejo mientras se pasaba la mano por el vientre. Al principio no le tentaba la idea de convertirse en madre. En su profesión, conservar una buena imagen era fundamental. Ella tenía talento, pero sin dudas había llegado lejos más gracias a su belleza que a su prodigiosa voz. Un embarazo podía ser un obstáculo y no una bendición, aunque en su caso, el hijo que cargaba en sus entrañas era la llave para conseguir su objetivo. Se arqueó hacia adelante pero todavía tenía el vientre plano. La comadrona le había asegurado que llevaba casi dos meses de gestación, por lo que creía que había concebido a su hijo la primera noche que pasó con Jaime en el hotel. Él insistía en tener algo más que una aventura con ella, pero no iba a echar todo por la borda ahora que estaba tan cerca de alcanzar lo que tanto tiempo había anhelado: un buen matrimonio y una posición social privilegiada. Se sentó en la butaca y empezó a quitarse los accesorios del cabello. Seguía esperando que Gabriel viniera a verla, ya había pasado una semana de su visita a los Izaguirre y empezaba a impacientarse. Unos golpes en la puerta la hicieron ilusionar. Se peinó rápidamente con los dedos y se echó unas gotitas de perfume antes de abrir. Tuvo que correrse cuando Jaime irrumpió en el camerino como una tromba. Con rabia, arrojó su sombrero encima del tocador. Beatriz cerró la puerta y se acercó.

—Jaime, querido, ¿qué pasa?

Él, con los brazos en jarra, se volteó bruscamente y la taladró con la mirada.

—Supe que estuviste en casa de los Izaguirre —le espetó—. ¿A qué fuiste, Beatriz? ¿A seguir humillándote? Gabriel no te quiere y no va a volver con vos, cuanto antes lo entiendas, mejor.

—Tú no sabes nada, Jaime —replicó ella poniéndose a su altura—. ¡Aunque no quiera, Gabriel va a casarse conmigo!

Jaime soltó una carcajada; si iba a representar su papel, lo haría bien.

—Te creía más inteligente, Beatriz. ¿Cómo vas a lograr que eso pase?

Ella respiraba con tanta fuerza que su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal.

—Gabriel no tendrá más remedio que casarse. —Se acarició el vientre—. Estoy esperando un hijo de él…

Jaime no la dejó concluir, salvó la distancia que había entre ellos de una zancada y la asió con fuerza de la muñeca.

—¿Cómo podés estar segura de que es suyo?

Beatriz trató de zafarse pero Jaime no se lo permitió.

—Lo es —aseveró desafiándolo con sus ojos verdes.

—No te creo, sabés muy bien que yo puedo ser el padre de esa criatura. Es más, estoy seguro de que me usaste para quedar embarazada y endilgarle el hijo a Gabriel —la zarandeó un poco para asustarla.

—¡Suéltame, Jaime! —le exigió.

—¡No hasta que me digas quién es el padre!

—¡Me haces daño! ¡Déjame! —Beatriz se retorció en un intento inútil por soltarse, sin embargo, Jaime no cedía.

—Decime la verdad, Beatriz. Me lo merezco, ¿no te parece?

—Insistió sin aflojar un ápice la presión alrededor de su muñeca.

—¿Qué es lo que pretendes, Jaime? —Era su turno de hacer preguntas—. ¿Es esta tu manera de vengarte porque no quiero quedarme contigo?

—Sólo te pido que seas sincera conmigo. —Ya no estaba interpretando el papel de amante despechado para ayudar a su amigo; por su propio bien, necesitaba saber la verdad—. Te prometo que después me iré y no volverás a saber de mí, podrás casarte con Gabriel y convertirte en una Izaguirre.

—¿Realmente vas a dejarme en paz si te lo digo?

Jaime tragó saliva. Le dolía ver con qué frialdad le hablaba, como si fuera una ficha de ajedrez que ya no le era útil a sus propósitos.

—Tenés mi palabra.

—Es verdad… tú eres el padre de mi hijo, pero él crecerá como un Izaguirre.

Jaime la soltó y se apartó de ella. En ese momento la puerta se abrió y Gabriel, quien apenas podía sostenerse en pie, entró en escena.

—¿Qué significa esto? —Beatriz retrocedió. Sus ojos verdes iban de un hombre a otro, buscando una explicación. En un arrebato de furia se arrojó sobre Jaime y empezó a golpearlo con los puños en el pecho. Le habían tendido una trampa y ella había caído como una ingenua.

—¡Lo siento, Beatriz pero no podía permitir que engañaras a Gabriel de esa manera! —espetó Jaime mientras intentaba calmarla.

De pronto se alejó de él y se aproximó a Gabriel, quien observaba todo en absoluto silencio.

—Gabriel… yo te amo. —Alzó la mano para tocarlo pero él se la sujetó en el aire y la miró con desprecio.

—No quiero volver a verte, Beatriz y si te acercás a mí o a mi familia, vas a saber de lo que soy capaz. —No era agradable amenazar a una mujer, pero ella había jugado sucio y no iba a tolerar que siguiera haciéndolo.

—¡Gabriel, por favor, perdóname! —suplicó agarrándose a la solapa de su abrigo.

Él se quedó quieto, impávido ante su llanto. Jaime entonces la asió de los hombros y la apartó.

—Decile a mi cochero que te lleve hasta tu casa… yo me quedaré con ella esta noche —dijo Jaime conteniendo entre sus brazos la rabia de Beatriz.

Gabriel lo miró. En sus ojos no había reproches ni rencor, sólo gratitud. Abandonó el camerino y cerró despacio la puerta tras de sí.

Mientras se alejaba por los corredores del Teatro Argentino, podía escuchar a lo lejos el llanto desgarrador de Beatriz.

 
 
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