CAPÍTULO 32
 

Estancia Las Rosas, Chascomús,

fines de agosto de 1867

Gabriel se arrebujó con el poncho para evitar que el frío se le calara en los huesos. Se había levantado bien temprano junto con la peonada, y el sol apenas empezaba a asomar entre las nubes. Les esperaba una intensa jornada de trabajo; debían trasladarse hasta un campo en la laguna de Monte para buscar una nueva remesa de ovejas que engrosaría el número de la borregada a doscientas cabezas. Una de las criadas se le acercó con un mate y lo aceptó gustoso.

—¿No quiere que le traiga unos buñuelos, patroncito? —preguntó la mulata sonriéndole con desfachatez.

—No, Paquita, pero sí te voy a aceptar otro mate.

—Enseguida se lo traigo.

La observó cruzar la galería en dirección a la cocina balanceando exageradamente las anchas caderas al compás de sus pasos ligeros. Había llegado a Chascomús hacía tres semanas, y el primer día Paquita se ocupó de dejarle bien en claro que estaba más que dispuesta a cumplir con todas sus exigencias. Asumía que acostumbraba a atender todas las demandas de su patrón, y según los rumores que circulaban tanto en el campo como en Buenos Aires, Enrique De La Cruz era de los patrones que se metía en la cama de sus criadas sin preguntar. Paquita era una morena apetecible, con la piel un poco más clara que los de su raza y de curvas generosas, pero él no planeaba enredarse con nadie durante su estadía en Las Rosas. Sólo tenía cabeza para pensar en una sola mujer y ansiaba el momento de volver a tenerla entre sus brazos. Al final del día, cuando caía rendido en su cama, cerraba los ojos y recordaba la tibieza de su piel o la dulzura de sus labios… todo su cuerpo rememoraba la pasión que habían compartido la noche antes de su partida. Sin darse cuenta susurró el nombre de la gitana con los ojos cerrados.

—Buenos días.

Se volteó al oír la voz de Enrique detrás de él, estaba tan ensimismado en sus recuerdos que no lo había sentido llegar.

—Buen día, De La Cruz. En un rato salimos para la laguna de Monte, los peones están ensillando los caballos.

Paquita regresó con el mate y mientras Gabriel se lo tomaba la mulata miró disimuladamente a su patrón. Hacía tiempo que don Enrique había dejado atrás sus años mozos, pero las finas hebras de plata que cubrían su barba y salpicaban su cabello negro a la altura de las sienes le conferían un atractivo especial. A ella le fascinaban el color de sus ojos y el ímpetu con el cual la tomaba por las noches, cuando después de unas cuantas copas de vino se metía a hurtadillas en su cuarto y en su cama. Pero desde que había llegado el señor Gabriel Izaguirre apenas la visitaba y andaba extrañando el calor de un hombre, por eso se paseaba toda oronda delante del joven huésped, pero él apenas le hacía caso. Recibió el mate vacío y tras ensanchar sus labios en una sonrisa, entró a la casa.

—Esa mulata ladina no se va a quedar quieta hasta que te metás en su cama —dijo Enrique soltando una carcajada.

Gabriel no celebró su inoportuno comentario, en cambio prefirió guardar silencio para no generar un posible conflicto con el flamante socio de su padre. Ahora que había tenido la oportunidad de conocerlo mejor, se convencía todavía más de que había algo en él que no le terminaba de cerrar.

—He visto que la tratás con indiferencia —aseveró insistiendo en seguir hablando de aquel desagradable asunto—. Decime, Gabriel, ¿nunca te acostaste con una mulata?

Él lo miró de reojo mientras se ponía el sombrero.

—No —respondió tajante.

—No sabés lo que te perdés, muchacho. Las negras son bien fogosas y aprenden enseguida cómo complacer a un hombre. Deberías probar, creo que Paquita estaría encantada de calentarte la cama por las noches.

—Yo no necesito acostarme con las criadas —replicó—. Creo que es sólo una manera más de degradarlas como mujer.

A Enrique se le borró la sonrisa de la cara. ¿Qué se creía ese libertino devenido en hombre serio de negocios al hablarle así? Lo traía atravesado en la garganta desde la vez que lo había visto besar a Coral. Esa misma noche comenzó a planear cómo hacerle pagar el haberse metido con la mujer equivocada. Cuando don Vicente le había comentado acerca de asociarse con él para expandir su negocio de cría de ovejas, no dudó en aceptar su propuesta. Aunque toda la vida había criado ganado vacuno, decidió asumir el riesgo. La oferta de Izaguirre era la oportunidad que estaba buscando; sabía que el viejo delegaría todas las funciones en su único hijo varón y sería con él con quien tendría que tratar. Su llegada a Las Rosas parecía propiciar la ocasión perfecta para cumplir con su objetivo, sin embargo si algo le sucedía a Gabriel Izaguirre mientras se hospedaba allí todas las sospechas podrían recaer sobre él. Debía actuar con cautela y no dejarse dominar por la ira. Se acarició la navaja que siempre llevaba en el bolsillo trasero de sus pantalones y lo observó; en ese momento Gabriel oteaba los galpones, esperando que aparecieran los peones con los caballos. Hubiera sido tan fácil sorprenderlo por la espalda y rajarle el cuello con la navaja… se obligó a tener la cabeza fría; no era prudente dejarse llevar por la sed de venganza. Ya encontraría la oportunidad perfecta para deshacerse del muchacho; tal vez ni siquiera sería necesario mancharse las manos con su sangre. Una buena cantidad de dinero y alguien dispuesto a hacer el trabajo sucio por él era lo único que necesitaba. Luego, sin nadie que se interpusiera en su camino, Coral terminaría cayendo en sus brazos.

—¿Nos vamos?

Enrique asintió mientras soltaba la navaja dentro de su bolsillo. Aurelio, el capataz de Las Rosas, envió a uno de los peones más jóvenes para que les avisara que estaba todo listo para partir hacia la laguna de Monte. Si el buen tiempo los acompañaba, pensaban regresar esa misma tarde. Conformaban la comitiva media docena de hombres, la mayoría de ellos baqueanos en cubrir grandes distancias en el traslado de ganado. Todos habían participado en la primera excursión, que resultó exitosa a pesar de haber perdido medio día por culpa de una tormenta. Gabriel había conseguido encontrar a las personas idóneas para hacerse cargo de la borregada y de enseñar todo lo que sabían sobre la esquila de ovejas a los demás peones de la estancia que estuvieran interesados en aprender. Se trataba de Severo Garrido y Álvaro Paniagua, dos hombres de mediana edad que venían del sur y buscaban arraigarse en la pampa escapando del clima crudo de la Patagonia. Confiaba en que para octubre contarían con personal suficiente y entrenado para llevar adelante las tareas del esquilado y la separación de la lana. Severo Garrido trataba a las ovejas con esmero y nadie se atrevía a contradecirlo cuando afirmaba que la esquila era un arte. Dedicaba el tiempo necesario para arrear la hacienda hacia los corrales, seleccionar las tijeras adecuadas y luego empezar con la esquila en la barriga del animal. Gabriel había sido invitado a una demostración que Garrido ejecutó en un ejemplar joven, y aunque en España había visto cómo se realizaba la faena, siempre era un placer ver a los esquiladores manear a las ovejas para cortarle el vellón y, tras pelarle la panza, hacer el desgarre.

Gabriel todavía no había decidido cuándo marcharse a San Pedro; tampoco sabía cuándo Enrique De La Cruz planeaba volver a Buenos Aires. Según los peones, solía llegar a la estancia los lunes por la tarde y se iba los viernes temprano por la mañana. Supuso entonces que partiría a la ciudad después de volver de la laguna de Monte. Montó su caballo, un brioso ejemplar de pelaje renegrido y patas blancas al que alguien había bautizado Mandinga, y partió al frente de la comitiva, seguido muy de cerca por Enrique De La Cruz.

En la mente de ambos, sólo había espacio para una mujer… Coral.

 

Esa tarde de principios de septiembre, las mujeres de la casa se encontraban en la sala de costura mientras afuera soplaba un viento endemoniado. Doña Teresa tejía una bufanda para su nieta Manuela; Almudena y Coral estaban entretenidas con sus bordados. La hija menor de los Izaguirre bordaba un poncho que luego regalaría a su padre para el cumpleaños; Coral, en cambio, trabajaba en un pañuelo para Gabriel, aunque había dicho a las demás que era para Pablo. Victoria no hacía nada, simplemente yacía en un sillón con los ojos clavados en el techo y de vez en cuando respiraba hondo como si le fuera la vida en cada suspiro. Nadie decía nada pero todas sabían que estaba así por la propuesta que le había hecho el doctor Argerich, propuesta que según sus propias palabras no pensaba ni siquiera considerar. Se tocó la alianza que tenía grabados su nombre y el de Esteban… ¿cómo podía aceptar a Juan Antonio si todavía lloraba a su esposo muerto?

La aparición de Eudocia interrumpió los pensamientos de Victoria y la labor de las demás mujeres.

—Señora, hay una mujer allá afuera que quiere hablar con su esposo —anunció, despertando la curiosidad de las muchachas—. Le dije que el patrón duerme la siesta pero insiste en hablar con él.

—¿Pero quién es, Eudocia? Supongo que te dijo su nombre —replicó doña Teresa, intrigada por la inesperada visita.

—Se llama Beatriz Moncada y es extranjera porque habla igualito que la señora de Aguirre —respondió haciendo referencia a doña Leoncia Bustos de Aguirre, una española que regenteaba junto a su esposo el almacén de ramos generales.

Coral dejó su bordado a un lado al oír el nombre de esa mujer. Era española y se llamaba Beatriz… tenía que ser la misma que había mencionado el Payo.

—Está bien, Eudocia. Llevala al despacho y decile que yo voy a hablar con ella, no voy a molestar a Vicente por cualquier nimiedad, sobre todo cuando no sabemos quién es esa mujer y qué es lo que busca.

La negra salió enseguida para cumplir con su pedido.

Doña Teresa regresó la bufanda al canasto y se puso de pie. Echó una rápida mirada a las muchachas antes de abandonar el cuarto de costura.

—Ustedes se quedan acá…

—Doña Teresa —la interrumpió Coral—, yo tengo que ir a la Casa de Niños Expósitos —le recordó mientras abandonaba el bastidor junto a otras piezas bordadas aún sin terminar—. Salgo con usted. —Le dedicó una sonrisa a Almudena y siguió a doña Teresa hasta el pasillo. Fingió que subía las escaleras pero cuando sintió que la puerta del despacho se cerraba, se desvió de su camino y se acercó sigilosamente para tratar de enterarse qué estaba haciendo allí esa mujer.

Beatriz Moncada se puso de pie cuando la madre de Gabriel ingresó al despacho. No era con ella con quien había pedido hablar, pero doña Teresa de Izaguirre le serviría igualmente para echar a rodar la segunda parte de su plan. La observó detenidamente; se parecía mucho a su hijo.

—Mi nombre es Beatriz Moncada y es un placer conocerla por fin, señora —dijo apretando entre sus manos un bolsito de terciopelo verde oscuro.

Fue sometida a un intenso escrutinio antes de recibir una respuesta. Doña Teresa de inmediato percibió que a pesar del elegante vestido que llevaba y del collar de perlas que lucía en su cuello, aquella joven no pertenecía a su misma clase social. Tal vez era el exceso de maquillaje o el perfume que se había echado encima, pero a leguas se podía adivinar de dónde venía. Rodeó el escritorio y se sentó en la butaca de su esposo, indicándole a la joven que también tomara asiento.

—¿Qué desea, señorita Moncada? Por sus palabras deduzco que ha oído hablar de mí, en cambio yo no sé quién es usted.

Beatriz se aclaró la garganta. Se preguntó si alguien le ofrecería algo de beber, pero más allá de la criada que le había abierto la puerta y había guardado su abrigo, no había visto a nadie más.

—La conozco a través de las palabras de su hijo, señora.

La mujer frunció el entrecejo.

—¿Gabriel? Conoce usted a mi hijo…

—Sí, doña Teresa. Puedo llamarla así, ¿verdad?

La otra asintió.

—Gabriel y yo nos conocimos en Madrid, más o menos un año después de su llegada. Empezamos a frecuentarnos y nuestra amistad pronto se convirtió en algo más… —buscó la palabra correcta para describir su relación con Gabriel sin ofender la moral de su madre— …intenso —manifestó esbozando una sonrisa que apenas le curvaba los labios.

Doña Teresa se revolvió en su asiento. ¿Acaso el insensato de su hijo había sido capaz de traerse con él a Buenos Aires a una de sus conquistas?

—¿Dónde exactamente conoció usted a mi hijo, señorita Moncada?

—En el Teatro Real de Madrid, doña Teresa.

—¿Teatro? —preguntó sorprendida; luego, al salir de su asombro, rápidamente empezó a atar cabos—. Es usted artista… —afirmó.

Beatriz asintió.

—Cantante de ópera —le aclaró—; precisamente en estos momentos participo en una obra en el Teatro Argentino. Me sentiría muy complacida si usted y su esposo asistieran a una función.

—No nos gusta la ópera —respondió de muy mal talante. —Supongo que no vino hasta acá para invitarnos al teatro, señorita Moncada.

—Supone bien, doña Teresa. El motivo que me trajo a su casa es mucho más grave, créame que no hubiese querido venir a molestarla, pero me vi obligada a tomar una decisión.

Las palabras de la joven, pronunciadas con excesiva seriedad, le causaron una gran inquietud.

—Usted dirá.

—Cuando llegué a este país, al que sólo conocía de nombre, lo hice con la esperanza de convertirme algún día en la esposa de Gabriel. —Hizo una breve pausa para observar a su interlocutora, vio que empezaba a palidecer y antes de que la interrumpiera, continuó con el discurso que había ensayado en su habitación de hotel toda la mañana—. Su hijo no quiso dejarme en España y yo no quería separarme de él, así que resolví abandonar Madrid para seguirlo hasta aquí.

—¿Gabriel y usted se estuvieron viendo todo este tiempo? —Conocía la respuesta pero necesitaba confirmarla para tratar de comprender hasta dónde había llegado el atrevimiento de su hijo.

—Sí, doña Teresa. Es más, él es quien se hace cargo de pagar la habitación del hotel donde me estoy alojando.

Teresa Manzanares de Izaguirre ya no podía escandalizarse más, o eso es lo que creía. ¡Gabriel tenía una amante, nada menos que una artista y había sido capaz de traérsela desde España! Si su esposo se enteraba iba a poner el grito en el cielo.

—¿Cuál es el motivo de su visita entonces? Si lo que busca es dinero, no pienso darle un centavo —le advirtió.

Beatriz la miró con altivez, haciéndose la ofendida.

—No es su dinero lo que quiero, señora —dijo olvidándose del “doña Teresa”—. Lo que quiero es que su hijo se haga responsable de sus actos…

—¿A qué se refiere con eso?

Beatriz se llevó la mano hasta su vientre y se lo acarició por encima del vestido. El rostro de doña Teresa se tornó más pálido todavía.

—No me diga que…

—Sí, señora, estoy esperando un hijo de Gabriel.

—¡Eso no es posible! —Se levantó de la silla como impulsada por un resorte y se dirigió hasta la ventana. Miró hacia el patio donde los rosales se mecían violentamente por causa del viento. Se masajeó las sienes para intentar calmarse. Esa mujer no podía estar embarazada de Gabriel… él no podía darles semejante disgusto. Cómo deseó que ya estuviera de regreso para amonestarlo por su conducta amoral. Si en ese momento lo hubiese tenido frente a ella, le habría cruzado la cara de una bofetada. ¡Dios, ni siquiera se atrevía a imaginarse qué diría Vicente cuando se enterara! ¿Dónde quedaría el compromiso con Mercedes O’Brien, ahora que aquella mujer pregonaba que el hijo que llevaba en su vientre era de Gabriel?

—Sí, señora, lo es, y espero que su hijo sea tan hombre como para cumplir con su deber. Antes de marcharse al campo fue a verme al hotel para terminar conmigo, pero esto… —volvió a colocarse la mano en el vientre— esto lo cambia todo, ¿no lo cree usted, señora?

Doña Teresa ya no sabía qué creer; en lo único que podía pensar era en el escándalo que supondría tener que desistir de la boda con la hija del coronel O’Brien por haber dejado preñada a una cantante de ópera.

—Entonces mi hijo no lo sabe…

—No, descubrí que estaba embarazada hace apenas unos días. No fue fácil para mí enfrentarme a la posibilidad de convertirme en madre, sobre todo después de que Gabriel me dejó, pero como comprenderá él es tan responsable de esta criatura como yo, y no puede desentenderse de mí de la manera en que lo hizo. —Se puso de pie para hablarle desde la misma altura—. Tomé la decisión de venir a verlos para que hablen con él y le hagan ver que su única opción es casarse conmigo. Mi hijo no va a crecer sin un padre, señora.

—Será mejor que esperemos a que Gabriel regrese para ver qué es lo que haremos —dijo resignada a que su sueño y el de Vicente de ver a su hijo casado con Mercedes acababa de irse al demonio—. Por lo pronto le pido absoluta discreción, señorita Moncada. Mi esposo no puede saber nada todavía, prefiero hablar con él cuando mi hijo ya esté en Buenos Aires. —Sabía que posponer el asunto no evitaría el escándalo, pero quería ganar tiempo antes de soltar semejante bomba.

—Como usted quiera, señora.

—¿Dónde se está hospedando?

—En el hotel San Telmo.

—Bien, ahora le pido por favor que se retire. Apenas mi hijo vuelva del campo, la mandaré a buscar. —La condujo hasta la puerta y la acompañó hasta el vestíbulo para asegurarse de que nadie la viera.

—Un placer, señora. Me hubiese gustado conocerla en otras circunstancias…

—No se ofenda, señorita Moncada, pero yo hubiese preferido no conocerla nunca.

Beatriz fingió que su comentario no la había afectado y se puso el abrigo. Abandonó la casa de los Izaguirre con una sonrisa en los labios, sabiendo que faltaba poco para conseguir su objetivo. Doña Teresa, en cambio, no sabía cómo hacer para pretender que nada sucedía cuando se estaba por desatar una nueva tragedia encima de sus cabezas. Respiró hondo, irguió los hombros y se dirigió nuevamente al cuarto de costura, donde seguramente sus hijas la acribillarían a preguntas.

Coral había alcanzado a ocultarse en la biblioteca antes de que la puerta del despacho se abriera. En su mente aún resonaban las palabras de aquella mujer que aseguraba que esperaba un hijo de Gabriel. Se dejó caer en el confidente… cuando se cubrió la boca con la mano, descubrió que sus mejillas estaban mojadas. No quería llorar, pero cómo no hacerlo si acababan de romperle el corazón en mil pedazos. Ahora ya no era el compromiso con Mercedes O’Brien lo que impedía que estuvieran juntos, tampoco la oposición de sus padres o la opinión de la gente… lo que los separaba era mucho más grande. Un hijo… Gabriel iba a tener un hijo con otra mujer. ¿Cómo iba a luchar contra una realidad tan abrumadora? ¿Dónde quedaba el amor que él decía sentir por ella?

Se secó las lágrimas de un manotazo. No iba a quedarse allí para ser testigo de cómo el hombre que amaba terminaba casándose con otra… Resuelta a tomar de una vez el rumbo de su vida, supo que la respuesta estaba más cerca de lo que imaginaba: hablaría con Pablo y aceptaría su oferta de irse a Córdoba con él.

 

Se armó un gran revuelo en la casa de Barracas cuando Gabriel volvió del campo después de casi dos meses de ausencia. Llegó a la tardecita, cuando empezaba a oscurecer, agotado del viaje, hambriento y ansioso de volver a ver a Coral. Su madre y sus hermanas lo recibieron con abrazos que no terminaban nunca, la pequeña Manuela se había prendido de sus pantalones y no quería soltarlo, Eudocia enseguida mandó a Amparito a la cocina para decirle a la cocinera que se esmerara con el puchero. Ella misma se encargaría de preparar el arroz con leche que tanto le gustaba a su niño para agasajarlo después de un viaje tan largo. Gabriel miró por encima de los hombros de sus hermanas en dirección al salón, buscando afanosamente a su gitana, pero Coral no salió a recibirlo. Iba a preguntar por ella pero se topó con la mirada fría de su padre, quien de pie junto a las escaleras parecía que lo estaba esperando.

—¿Tío, no me trajiste nada? —chilló Manuela dando saltitos en medio de la gente adulta para que le prestaran atención.

Gabriel se agachó y le dio un beso en la frente. Luego, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un caballito tallado en madera que le había comprado a uno de los peones de la estancia de Enrique De La Cruz por unas pocas monedas.

La carita de Manuela se iluminó.

—¿Te gusta?

—Sí, tío. Es muy lindo —dijo acariciando su nueva adquisición.

—¿Qué se dice, hija?

Manuela miró a su madre, después se volteó hacia Gabriel y lo abrazó.

—Gracias, tío.

—De nada, pequeña. —La tuvo abrazada durante unos cuantos segundos, hasta que Manuela empezó a moverse inquieta. Apenas la soltó, salió corriendo hacia la cocina para presumir de su caballito de madera con los criados.

—¡Gabriel!

La voz firme de su padre acabó con la algarabía. Eudocia levantó la valija de su niño del suelo y la llevó raudamente hasta su habitación; Victoria y Almudena, que sospechaban que algo grave estaba a punto de suceder, se excusaron con Gabriel alegando que tenían cosas que hacer. Su madre, en cambio, lo miró con tanta angustia que se preocupó. De repente, asoció aquel extraño recibimiento con la desaparición de Coral.

—Madre, ¿dónde está Coral?

Doña Teresa no le respondió.

—¡Por lo que más quiera, dígame dónde está!

—Supongo que en casa del doctor Argerich, como todas las tardes —dijo por fin—. ¿Por qué tanto interés en la gitana?

Gabriel soltó un gran suspiro de alivio. Por un momento se le había cruzado por la cabeza que se hubiese ido con el Payo; pero no… Coral no le haría eso, no después de haberse entregado a él.

—Hay cosas más urgentes de las que ocuparse, hijo.

—Tu madre tiene razón, Gabriel. Ven al despacho, necesitamos hablar largo y tendido —intervino don Vicente, con una expresión impávida instalada en su rostro. —Teresa, que nadie nos interrumpa.

Gabriel buscó la ayuda de su madre, pero ella sólo agachó la mirada y escapó a la cocina para supervisar la cena. Siguió a su padre hasta el despacho, lo observó mientras se servía una copa de jerez y se la bebió de un solo trago.

—¿Qué pasa, padre? ¿Por qué tanto misterio? —preguntó, dejando caer su cansado cuerpo en la butaca. Necesitaba un baño con urgencia, pero al parecer lo que su padre tenía para decirle no podía esperar.

Don Vicente dejó la copa en su sitio y se acercó al escritorio, se inclinó encima del mueble apoyando ambos brazos y lo perforó con la mirada.

—¿Cómo pudiste tener el tupé de traerte a tu amante de Madrid?

Gabriel se quedó pasmado. No era posible que su padre supiera de la existencia de Beatriz, aunque conociéndola, no le extrañaba que hubiese aprovechado su ausencia para presentarse en su casa y proclamarse frente a su familia como su mujer. Pensó en Coral… ¿cuál habría sido su reacción al enterarse de que había llegado a Buenos Aires con una amante? En ese momento le importaba más saber qué pensaba Coral de él que la opinión de su padre sobre algo que ya no tenía remedio ni marcha atrás.

—No voy a pedirle perdón si eso lo que espera de mí, padre —le aclaró.

Don Vicente se apartó del escritorio y comenzó a caminar en círculos con las manos en los bolsillos.

—Ni siquiera preguntás cómo me enteré de lo de Beatriz — manifestó sin poder dar crédito a su desfachatez. Su hijo se había convertido en un competente hombre de negocios, de eso no tenía ninguna duda, pero seguía siendo un inepto en todo lo relacionado con mujeres. ¿Cómo un conquistador nato como él terminaba embarazando a su amante?

—Imagino que habrá venido a verlo.

—Suponés bien, hijo. Esa muchacha se presentó aquí y habló con tu madre.

Maldijo en voz baja a Beatriz por haberle jugado tan sucio. Sabía que tarde o temprano le haría pagar por haberla dejado.

—Ya terminé con ella, padre. Fui a verla al hotel antes de irme a Chascomús para decirle que lo nuestro no podía seguir, si vino a hasta aquí fue sólo por despecho…

—Está embarazada, Gabriel. Esa muchacha espera un hijo tuyo.

Lo primero que hizo Gabriel después de escuchar aquella terrible noticia fue ponerse bruscamente de pie, al hacerlo la butaca terminó cayendo al suelo. Miró a su padre con una expresión de incredulidad, luego soltó una carcajada. ¡Era una broma! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Don Vicente quería que pagara por su osadía. ¡Sí, era eso! No era posible que Beatriz estuviese embarazada. Simplemente no podía creerlo.

—Padre… dígame que no es verdad —le demandó mientras la sonrisa se le iba desdibujando rápidamente del rostro.

—Jamás podría bromear con un asunto tan serio, Gabriel. Esa muchacha asegura que el hijo que espera es tuyo y exige que te hagás cargo de él. Ni tu madre ni yo estamos felices con la noticia, pero si cometiste la zoncera de dejar preñada a tu amante, ahora tendrás que asumir las consecuencias —sentenció dándole a entender que no estaba dispuesto a tolerar otra insensatez de su parte.

—No voy a casarme con Beatriz, padre —afirmó. No estaba dispuesto a caer en su trampa porque eso era precisamente todo aquel asunto; una trampa que ella había urdido pacientemente, esperando el momento oportuno para atacar.

—No queremos que te casés con ella —aclaró don Vicente—. Una mujer como esa no merece convertirse en la esposa de un Izaguirre. Formalizaremos tu compromiso con Mercedes O’Brien lo antes posible para acallar cualquier posible rumor. En cuanto a Beatriz Moncada, le darás tu apellido al niño cuando nazca porque la criatura no tiene por qué pagar por la imprudencia de sus padres, y procurarás que regrese a Madrid con una importante suma de dinero para que pueda vivir cómodamente durante un largo tiempo; después de todo, dinero es lo que una mujer de su calaña busca en un hombre como vos. Igualmente estaremos al tanto del niño; aunque ocultemos su existencia enviándolo a Europa no podemos olvidar que lleva nuestra sangre, y crecerá como un Izaguirre.

Gabriel asintió. En lo referente a Beatriz, estaba totalmente de acuerdo con él, pero no pensaba comprometerse con Mercedes O’Brien.

—Padre…

—No pienso tolerar más tonterías, Gabriel. Vas a hacer lo que te digo y punto —dijo tajante.

Y Gabriel guardó silencio, tragándose la rabia y la impotencia. Una vez más, su padre tenía la última palabra.

 
 
Embrujo gitano
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