CAPÍTULO 16
Coral no se sorprendió cuando una de las criadas de la quinta, una muchacha de cabello negro trenzado y enormes ojos castaños entró a la habitación seguida de Pablo.
Se cubrió los hombros con un chal de lana y lo miró.
—No voy a regresar, Pablo…
Él esperó a que la criada de los Izaguirre se marchara; una vez que la puerta se cerró a sus espaldas, se acercó a Coral y sin mediar palabra la estrechó con fuerza entre sus brazos.
—¡Por todos los santos, Coral! No vuelvas a desaparecer así nunca más. —Colocó su mano en la cabeza de la gitana hasta que ella se recostó en su pecho—. Tu madre está desesperada y si no se lo hubiese impedido habría salido ella misma a buscarte.
Coral se quedó quieta, podía escuchar cómo su corazón latía ligero. No quería echarse a llorar en los brazos de Pablo; mostrarse débil en ese momento era lo único que no podía permitirse. No iba a volver a un lugar al que ya no pertenecía… al que nunca había pertenecido.
—Coral, le prometí a tu madre que te llevaría conmigo —le dijo echándose hacia atrás para poder mirarla a los ojos. Tenía una venda en la frente; Sixto, el muchacho con el cual se había topado en el camino, le había comentado que uno de los carruajes de los Izaguirre casi la había atropellado—. ¿Te encuentras bien? —cuando intentó acariciarle la mejilla, Coral se apartó de él.
—Sí, estoy bien, me vio un doctor y dijo que sólo fue el susto —respondió asumiendo que ya conocía las circunstancias que la habían llevado hasta allí.
—Entonces ya no hay nada que te retenga en este lugar. —Miró a su alrededor como si estuviera buscando algo—. ¿Dónde está tu ropa?
Coral se encogió de hombros.
—No lo sé, Pablo pero no voy a irme contigo —insistió.
El Payo negó con la cabeza.
—Coral, sé que estás triste por lo que ocurrió en el campamento… Aitana no tenía derecho a contarte la verdad. —Aún no podía creer que la hermana menor de los Heredia se hubiese valido de aquel terrible secreto para lastimarla—. Debes volver para al menos hablar con los Amaya, permite que te cuenten su versión de la historia, no te quedes con lo que te dijo Aitana en un arranque de furia.
Coral se alejó de él y se refugió contra el pesado cortinado de brocado.
—Tú también lo sabías… —Le dolía comprender que Pablo, a quien siempre había querido como a un hermano, era una pieza más en el círculo de mentiras en el que había vivido todos esos años.
De una sola zancada, Pablo se aproximó a ella nuevamente.
—No, nunca supe realmente cómo llegaste al circo, pero todos en el campamento murmuraban por lo bajo que no eras hija de los Amaya. —Hizo una pausa para respirar hondo antes de continuar, lo que le diría a continuación no se lo había dicho nunca a nadie—. Yo me enteré de casualidad, poco después de la muerte de mi madre, y aunque te parezca absurdo de inmediato me identifiqué contigo. No conocí a mi padre, y llevar su sangre significó para mí una especie de maldición; medio calé, medio payo… siempre sentí que no pertenecía a ningún lugar. Sé que no es fácil, Coral, pero no puedes borrar de un plumazo todos los años de amor y de cuidados que te brindaron tus padres. Hazlo por ellos, dales la oportunidad de que te cuenten la verdad.
Las palabras de Pablo, aunque sentidas, no lograron torcer su decisión de no volver al campamento. Sus historias eran similares, pero él contaba con una gran ventaja; conocía sus orígenes, cuando ella ni siquiera sabía de quién era la sangre que corría por sus venas.
—Lo siento, Pablo pero no vas a convencerme —respondió sin vacilar.
—Pero Coral… ¿qué vas a hacer entonces? ¿Dónde piensas ir?
No tenía respuesta a sus preguntas; por el momento pensaba quedarse con los Izaguirre hasta recuperarse del todo, después… sólo Dios sabía qué vendría después.
—No te preocupes por mí, Pablo, estaré bien —lo tranquilizó.
—¿Cómo me pides algo así, Coral? —Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y le acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Sabes lo que significas para mí… lo mucho que te quiero.
—Yo también te quiero, Pablo, eres mi mejor amigo. —Cubrió su mano con la suya y le sonrió—. Pero ahora necesito tomar distancia, al menos por un tiempo, Gabriel me dijo que podía quedarme cuanto quisiera…
—¿Crees que estos ricachones van a dejar que permanezcas en su casa? —la increpó, sulfurándose por la familiaridad con la que se había referido al tal Izaguirre—. Si te ayudaron fue sólo para tranquilizar su conciencia, ese carruaje pudo haberte lastimado seriamente si no se detenía a tiempo. Dudo que gente como esa se preocupe de verdad por alguien como nosotros —aseguró.
—Conmigo se han portado muy bien, y si no me permiten quedarme puedo irme a Buenos Aires.
—¿Y qué demonios vas a hacer tú en Buenos Aires? —Había perdido la paciencia hacía rato y ya no tenía argumentos para hacerla entrar en razón—. ¿Te vas a dedicar a vender tus brebajes milagrosos o piensas vivir gracias a tu belleza? —Eso último había estado fuera de lugar, pero se dio cuenta demasiado tarde. La mano de Coral, la misma que había acariciado apenas unos minutos antes, se estampó contra su mejilla. No le dolió tanto el golpe como la mirada furibunda que le dedicó la gitana.
Coral le dio la espalda y se arrebujó con el chal de lana, de repente sintió mucho frío. Había evitado derramar ni una sola lágrima frente a Pablo, pero el llanto se le había acumulado en la garganta formando un nudo que comenzaba asfixiarla. Quería que se marchara cuanto antes, porque tenerlo cerca le recordaba todo lo que había perdido. No estaba preparada para volver y enfrentarse a la verdad… no todavía.
—Dile a mi madre que pronto sabrá de mí —dijo sin voltearse—. Ahora necesito tiempo para pensar…
Pablo guardó silencio; sabía que cuando una idea se le metía en la cabeza, nadie le ganaba a tozuda. Si Coral había tomado la decisión de no volver, no había nada más qué él pudiera hacer.
—Está bien, pero prométeme que si decides irte a Buenos Aires, antes me buscarás para contármelo. Marchena dijo que nos quedaremos aquí un par de semanas más y luego nos trasladaremos al norte.
Coral asintió; al menos eso sí podía hacer por él. Escuchó que se acercaba y cuando le dio un beso en la frente, cerró los ojos para retener las lágrimas que pugnaban por salir.
—Hasta pronto, Coral.
—Adiós, Pablo.
El Payo cruzó la habitación con el paso cansino. Le dolía tener que marcharse sin ella; antes de cerrar la puerta, la miró una última vez. Coral le daba la espalda, pero supo que estaba llorando. Cuando llegó al campamento, Sara y Jesule Amaya lo esperaban fuera de su carromato, acompañados por su fiel amigo Tibo. La pobre mujer no soportó enterarse de que su hija no pensaba volver y se derrumbó entre los brazos de su esposo.
Soledad abandonó la casa aprovechando el escaso movimiento de criados que se producía a la hora de la siesta y se dirigió hacia las caballerizas con una sonrisa en los labios. Nadie esperaba con tantas ansias la llegada de la familia Izaguirre a la quinta como ella. Trató de no pensar en su padre; Gervasio Acevedo conocía sus sentimientos hacia Gabriel, y aunque insistía en aconsejarle que lo olvidara, ella, quien siempre lo había obedecido en todo sin chistar, cuando se trataba de Gabriel hacía caso omiso a sus consejos. ¿Cómo podía pedirle que dejara de pensar en él si cada vez que lo veía partir hacia Buenos Aires moría de las ganas de que ya estuviera de regreso? Detuvo su andar para cortar una margarita silvestre y se la prendió en el cabello. La cuadra estaba en penumbras, uno de los caballos resopló al notar su presencia; avanzó hasta el final del pasillo, entró a uno de los cubículos vacíos que se usaba para guardar los fardos de heno y se sentó a esperarlo. Su padre podía decir misa, pero ella no pensaba renunciar a lo que sentía por Gabriel. A pesar de que los demás creyeran que había puesto sus ojos en el hombre equivocado, se sabía deseada por él y eso le bastaba. Lo esperó ansiosa, con ese cosquilleo en el estómago que sólo Gabriel solía provocarle. Había aceptado el cortejo de otros muchachos para darle el gusto a su padre, incluso una vez había dejado que Sixto le diera un beso. Ella ya había probado los apasionados besos de Gabriel y el de Sixto le pareció de lo más soso. Aunque Gabriel nunca fuese completamente suyo, jamás dejaría de soñar con él. Cuando escuchó los pasos de alguien acercándose a la caballeriza, su corazón se detuvo. Con un rápido movimiento desprendió los primeros botones de su camisa de algodón y se levantó la falda hasta la altura de las rodillas, luego se reclinó hacia atrás apoyando los codos en el fardo de heno.
Gabriel entró, cerró despacio la puerta de madera tras de sí y se volvió hacia ella.
Soledad lo miraba fija y provocativamente, con los ojos medio cerrados y vidriados por el deseo. Él cubrió la distancia que los separaba de una zancada, se quitó la chaqueta y se tumbó a su lado, no deseando otra cosa que tomarla. En aquel momento… con fuerza y rapidez. Necesitaba desesperadamente desahogarse y Soledad siempre estaba más que dispuesta a complacerlo. Los labios de Gabriel reclamaron de inmediato los de ella y su control se disolvió bajo la furia de su respuesta. Acarició el cuerpo flexible de Soledad y ella se retorció de placer ante aquel contacto experimentado y a la vez tan ansiado. Su cálida piel lo obnubiló de deseo, no pudo evitar gruñir con la necesidad de poseerla y devorarla mientras hundía el rostro entre sus pechos. Exploró cada uno de sus rincones con avidez hasta que sus dedos alcanzaron los rizos enredados de su sexo. Él los introdujo en los frágiles pliegues de su carne, empapándose con su humedad, temblando de necesidad, y suavemente acarició el delicado brote de su femineidad. Soledad gritó de sorpresa y placer. Sus manos agarraron las de él convulsivamente y Gabriel comenzó a mordisquearle el lóbulo de la oreja.
—¡Por favor, Gabriel… ahora! —reclamó mientras se cimbreaba hacia arriba, incitándolo a poseerla.
Él vaciló un momento antes de liberar de la estrechez de sus pantalones la exigente y palpitante erección. Era esa mínima ráfaga de segundos en la cual un atisbo de sensatez le decía que se detuviera, pero Soledad sabía encenderlo como pocas, con su sencillez y su apasionada entrega era mucho más complaciente que cualquiera de las putas por las que pagaba en los burdeles de Buenos Aires. Ella lo miró y supo que no había marcha atrás, ya no. La penetró despacio, sintiendo cómo las tibias paredes de su vagina se friccionaban alrededor de su miembro. Se echó hacia atrás, prolongando la enloquecedora expectación, después se hundió una y otra vez, mientras sus embestidas se volvían más fuertes y rápidas.
Una sombra se deslizó por la caballeriza, alertando a los caballos. Siguió avanzando por el pasillo, buscando el origen de aquel extraño lamento que la había obligado a desviarse de su camino. Cuando llegó al último de los cubículos, se detuvo. Alguien gemía al otro lado de la puerta, no pudo discernir con claridad si se trataba de un hombre, de una mujer o de ambos; quería asomarse para sacarse la duda pero al mismo tiempo, tenía ciertas reservas en hacerlo. La parte prudente de su cerebro le decía que era mejor que no descubriese lo que ocurría detrás de aquella puerta de madera; pero como solía sucederle a menudo, su innata curiosidad fue la que ganó la batalla. Se asomó con cuidado y a pesar de que el resto de la caballeriza estaba en penumbras, el interior de aquel reducido espacio se hallaba iluminado gracias a un ventanuco en la parte superior por donde se colaban los tibios rayos de sol que habían terminado de espantar a la tormenta. Lo primero que divisaron sus inquisitivos ojos fue la espalda de un hombre. Tenía los pantalones a la altura de las rodillas y sus brazos se sostenían de un fardo de heno mientras empujaba las caderas hacia delante en un frenético vaivén. De pronto, dos piernas femeninas se enroscaron a su cintura. La muchacha, quien no dejaba de emitir gemidos ahogados, se retorcía debajo del cuerpo de su amante. Coral sabía que tenía que marcharse y olvidar cuanto antes lo que ahora veían sus ojos; sin embargo, se sintió inexplicablemente fascinada por esos cuerpos en movimiento, por los gritos reprimidos y los intensos jadeos que parecían reverberar contra las paredes de la caballeriza. Respiró hondo, buscando poner fin a la extraña agitación que nacía en su pecho y moría en la zona de su entrepierna. El hombre, a quien no había conseguido verle el rostro todavía, asió a su amante de la barbilla para que lo mirase mientras se refregaba en ella y entonces descubrió que se trataba de Soledad, la joven que un par de horas antes había acompañado a Pablo hasta su habitación.
—¿Te gusta así? —preguntó él, respirando entrecortadamente.
Reconoció su voz… el hombre que montaba a la criada era nada más y nada menos que Gabriel Izaguirre.
—¡Sí… sí! —balbuceó la muchacha ahogando sus palabras en un intenso gemido.
Coral cerró la puerta despacio procurando no hacer ruido, pero tuvo tan mala suerte que al girarse su codo chocó con una cincha de cuero y argollas de metal que colgaba de un listón de madera. Creyendo que finalmente la atraparían espiando, se quedó petrificada, apretando con fuerza los párpados; pero los segundos pasaron y nadie vino a reprenderla. Los amantes seguían con su faena, ajenos a cualquier rumor, sumidos en sus propios gemidos. Coral se levantó la falda del vestido y abandonó corriendo las caballerizas; se acercó hasta el aljibe del patio, oteó hacia la casa para asegurarse de que nadie la viese y se mojó la cara con agua fría para aliviar el sofoco.
Almudena se ofreció a cumplir con el recado de su madre y subió hasta la habitación de la gitana para avisarle que esa noche deseaban que los acompañara a cenar. No había tenido oportunidad de hablar con Coral a solas todavía y sentía curiosidad por saber de ella, de su vida en el circo, pero sobre todo quería preguntarle por el joven que había venido a buscarla. El gitano la había impresionado, y cuando intentó preguntarle a Gabriel su nombre, su hermano le respondió con evasivas, diciéndole que se olvidara del sujeto, porque si de él dependía nunca más volvería a poner un pie en la quinta. No entendía por qué le molestaba tanto su aparición; después de todo, sólo había venido a buscar noticias de Coral. Sacudió la cabeza; muchas veces el comportamiento de Gabriel sólo conseguía confundirla. Se la pasaba dándole disgustos a sus padres; primero había abandonado sus estudios, luego había salido con esa absurda idea de enlistarse en la Guardia Nacional para pelear en la guerra contra el Paraguay bajo el mando del coronel Mitre, y ahora se marchaba a España para hacerse cargo de los negocios de la familia, escapando del compromiso con Mercedes O’Brien. Sentía pena por ella, la muchacha le caía bien y le constaba que se desvivía por el cabeza fresca de su hermano. Dejó escapar un suspiro. ¿Por qué era tan complicado el amor a veces? Ella, con sus dieciséis años recién cumplidos, aún ignoraba qué se sentía ser besada en los labios… Una de sus amigas, María Justina Arancibia, quien ya había tenido el privilegio de que un muchacho le robara un beso, le contó que cuando a una la besaban el estómago se llenaba de mariposas y parecía que el cuerpo flotaba en el aire. Aquella explicación le había arrancado una carcajada. ¿Mariposas en el estómago? ¿Flotar en el aire? Aunque sonaba absurdo, María Justina lo expresó con tanta vehemencia que no dudó que fuera verdad. Dio unos golpecitos en la puerta y al no recibir respuesta decidió entrar.
Coral yacía en la cama, durmiendo plácidamente. Sobre el baúl había un camisón de algodón que pertenecía a Victoria; seguro su hermana se lo había prestado a la gitana mientras se secaba su ropa. Almudena se quedó fascinada por el extravagante colorido de la falda y las enormes monedas que colgaban de su cintura. Le daba pena interrumpir su sueño, pero su madre había dispuesto que cenara con ellos y tanto doña Teresa como don Vicente odiaban la impuntualidad. Se acercó y le tocó el hombro.
—Coral, despertate. —Como la gitana no abrió los ojos, la zamarreó suavemente para tratar de despertarla.
Coral se removió inquieta y musitó algo ininteligible entre dientes, aun así, Almudena creyó escuchar el nombre de su hermano.
—Coral… —insistió.
La gitana por fin abrió los ojos y la miró algo confusa; respiraba agitada y un rubor intenso le teñía de rojo las mejillas. Frente a ella, una muchacha de cabello rubio la observaba fijamente. Notó en ella cierto parecido con la pequeña Manuela.
—Soy Almudena Izaguirre. —Hizo una reverencia a modo de presentación—. Mi hermano Gabriel fue quien evitó que terminaras debajo de las ruedas del carruaje.
Coral bajó la vista al oír el nombre de Gabriel.
—Mi madre quiere que cenes con nosotros —le anunció Almudena ante su prolongado silencio. Se sentó en la cama—. ¿Estás bien? Parece que has tenido una pesadilla.
Coral se incorporó lentamente mientras trataba de enfocar la mente; todavía seguía afectada por lo que acababa de soñar. Después de salir huyendo de las caballerizas volvió a su habitación con el corazón dándole brincos en el pecho. No lograba borrar de su retina la imagen de los cuerpos enredados de Gabriel y esa muchacha por más que se había empeñado en olvidar el incidente. Había intentado pensar en otra cosa o distraerse con el libro que alguien había dejado encima de la mesita de noche; sin embargo, por más esfuerzo que hiciera su mente estaba invadida de gemidos, respiraciones aceleradas y ese perturbador sonido que le recordaba al constante traqueteo del carromato cada vez que se echaba a andar por los caminos.
—Sí, es sólo que salí a dar un paseo y me cansé, pero es que el doctor me dijo que me haría bien tomar un poco de aire —explicó.
—Me hubieses avisado, habría ido con vos. Los terrenos de la quinta son inmensos, más allá de la plantación de frutales hay un pequeño arroyo con un salto de agua que cae justo en la entrada de una cueva. Victoria y yo solíamos escondernos cuando no queríamos que nuestro hermano nos encontrara —le contó antes de soltar un suspiro, seguramente recordando buenas épocas—. También están las caballerizas, hace unos días nació un potrillo y…
—Ya habrá tiempo para conocer todos esos lugares que mencionas —cortó. Bastó que Almudena mencionara las caballerizas para que volviera a ruborizarse.
—¿De verdad estás bien? Te has puesto colorada otra vez —comentó la hija menor de los Izaguirre intrigada por el comportamiento de la gitana.
Coral se escabulló fuera de la cama para evitar tener que responderle. Las monedas de su falda y la gran cantidad de brazaletes que adornaban sus muñecas tintinearon mientras se ponía las botas.
—Coral, ¿puedo hacerte una pregunta?
La miró por encima de su hombro con cierto recelo, luego se giró hacia ella y la miró. Era más joven quizá de lo que había imaginado; debía tener quince años o un poco más. No se parecía en nada a su hermano mayor; mientras que Gabriel tenía el cabello negro y los ojos oscuros, Almudena ostentaba una hermosa melena dorada y enormes ojos verdes que en ese momento la escudriñaban atentamente esperando un sí de su parte.
—¿Qué quieres saber?
—Hoy vino alguien del circo a buscarte, un muchacho alto que vestía un curioso abrigo de piel de cordero.
—Es Pablo Medrano, uno de los volatineros.
—¡Ah! —exclamó Almudena. Se llamaba Pablo… le gustaba su nombre, aunque desconocía qué quería decir exactamente volatinero.
—Pablo es un artista de los juegos acrobáticos —le explicó—. Su número en la cuerda floja es de los más aplaudidos. Yo era su partenaire, la primera vez que lo acompañé en la pista tenía seis años y él apenas once, es uno de los mejores acróbatas que he visto. Quisieron contratarlo de una compañía inglesa muy importante, le prometieron que sería la estrella de su circo, pero Pablo no aceptó.
—¿Por qué no? —preguntó Almudena interesada en saber más de él.
—No lo sé, en el circo todos somos una gran familia. —Se detuvo, ya ni siquiera estaba segura de que ese concepto con el que había aprendido a convivir prácticamente desde que tenía uso de razón fuese verdad—. Además no creo que el señor Marchena lo hubiese dejado ir.
—¿Quién es el señor Marchena?
—Es el dueño del circo, él y su hijo dirigen la compañía. Es un hombre poco agradable que piensa sólo en ganar dinero; por eso nunca permitiría que Pablo abandonase la troupe; su espectáculo es el que más le llena los bolsillos.
—Yo fui a una función de circo una vez cuando era niña —manifestó Almudena algo contrariada—. Recuerdo que había unos domadores de osos que eran gitanos, tenían el cabello y los ojos negros, el tono de su piel también era oscuro… Vos y Pablo son muy distintos. Él es rubio y vos sos pelirroja, si no fuera por la ropa vistosa o los adornos, nadie diría que son gitanos.
Coral sonrió con amargura ante la inocente observación de Almudena. La muchacha había dicho aquellas palabras sin ninguna doble intención; guiada por la curiosidad y aunque no era para ella más que una desconocida, había algo en su mirada y en el tono dulce de su voz que le inspiraba confianza. No supo si fue la necesidad de desahogarse o la falta de un hombro amigo en el cual llorar, pero terminó contándole todo, desde su origen incierto hasta la trágica historia del Payo.
Almudena escuchó con mucha atención su relato; tras unos segundos de cavilación manifestó:
—Yo pienso que deberías volver al campamento, al menos para hablar con tus padres.
—Pablo me dijo lo mismo.
Almudena sonrió.
—¿Vas a volver?
Coral negó con la cabeza. Aunque ahora no estaba tan segura de que alejarse era lo mejor para ella, tampoco quería regresar. Llevaba la magia del circo en la sangre, se sentía gitana de los pies a la cabeza, y sin embargo no sabía adónde pertenecía. Durante diecisiete años había vivido una mentira, creyendo que era una Amaya, amando a unos padres que la habían engañado…
—No, no voy a regresar —afirmó—. Necesito tomar distancia para pensar bien lo que voy a hacer. Tu hermano me dijo que puedo quedarme aquí todo el tiempo que quiera.
Almudena se mordió el labio.
—Nosotros volvemos a Buenos Aires en unos días —le anunció—. El barco de Gabriel zarpa la semana que viene hacia Europa…
—¿Gabriel se marcha? —No había contemplado aquella posibilidad ni por asomo. Era normal que los Izaguirre volvieran a su rutina diaria tras pasar unos días en la quinta; tampoco podía pretender que siguieran pendiente de ella cuando no era más que una extraña a la cual habían socorrido en un momento de necesidad. Recordó entonces las palabras de Pablo…
—Sí, se va para hacerse cargo de los negocios que nuestro padre tiene en España. La verdad es que mi hermanito decidió viajar a Europa porque está huyendo de una boda no deseada —le reveló sin siquiera escandalizarse por lo que acababa de decir—. Hay una muchacha, se llama Mercedes O’Brien y es la hija de un coronel amigo de papá. La pobrecita se desvive por Gabriel, siempre soñó con convertirse en su esposa y aunque las dos familias estarían encantadas de emparentar, lo cierto es que mi hermano no es hombre de compromisos. Dudo realmente que Gabriel algún día llegue a casarse. —Se acercó a la gitana para susurrarle al oído—. Le gustan demasiado las mujeres como para atarse sólo a una por el resto de su vida.
La escandalosa escena que había presenciado en las caballerizas entre Gabriel y la criada no hacía más que reafirmar los dichos de su hermana.
—Pero estoy segura que podrás quedarte en la quinta hasta que nos vayamos —la tranquilizó Almudena; luego, como si se le hubiese ocurrido una gran idea, agregó—: Quizá si hablo con papá pueda convencerlo de que te permita regresar a Buenos Aires con nosotros. ¿Tenés a algún conocido en la ciudad?
Coral negó con la cabeza.
—Bueno, vos no te preocupés, ya vamos a encontrar una solución. —La asió de los hombros y la arrastró hacia la puerta—. Bajemos antes de que vengan a buscarnos.