CAPÍTULO 23
 

Almudena despertó cerca del mediodía y sonrió al ver a Coral de pie junto a la ventana. Intentó incorporarse pero una punzada cortante en la pierna le impidió moverse.

—Deberías levantarte y caminar un rato —dijo la gitana cuando ella se mordió los dientes para no gritar de dolor.

—¿Llueve todavía?

La gitana asintió y no reparó en la cara de alivio de la muchacha.

El intenso aguacero que empezó a caer sobre Buenos Aires fue la excusa perfecta que encontró Almudena para pedirle a don Vicente que permitiera que Coral, su padre y el perro se quedaran al menos hasta que amainara la tormenta. Vicente Izaguirre no pudo negarse y mandó a uno de los criados a buscar a Jesule para que esperara a su hija dentro de la casa; sin embargo Almudena tenía otras intenciones.

—¿Me ayudás?

Coral vio el brazo extendido de Almudena; estaba muy débil todavía, pero que quisiera dejar la cama era sin dudas una muy buena señal. Se aproximó a ella y la ayudó a ponerse de pie.

—Sólo unos cuantos pasos para no cansarte —le advirtió Coral mientras la sujetaba de la cintura. Fueron hasta la puerta, luego hasta la ventana y volvió a acostarse cuando empezó a marearse.

—¿Cómo te sientes?

—Bien… un poco agotada pero es la primera vez que camino tanto desde que caí enferma.

—Voy a traerte un poco de leche con azúcar para evitar cualquier molestia muscular. Regreso enseguida…

—¡Coral, esperá! —La sujetó del brazo antes de que se fuera—. Le podemos pedir a Eudocia que me la traiga, ahora quiero que vos y yo hablemos.

La gitana entonces volvió a sentarse en la cama.

—¿De qué quieres hablar?

“De tantas cosas”, se dijo a sí misma; pero no quería asustarla, así que empezó por lo más sencillo.

—Coral, no quiero que te vayas cuando pase la tormenta. Me hace mucho bien tu compañía y quisiera pedirte que te quedes… al menos hasta que me recupere. Hasta ayer estaba convencida de que esta maldita enfermedad iba a vencerme, pero hoy me siento un poquito mejor y sé que te lo debo a vos.

—Almudena… no puedes pedirme eso.

—¿Por qué no?

—Yo no estoy sola; mi padre y mi perro vienen conmigo —le recordó.

—Eso no es problema; estoy segura que a papá no le importará que se queden los tres. Desde que estoy enferma satisface todos mis caprichos y si se lo pido no se va a negar. Hay varias habitaciones desocupadas en la casa, pero si te sentís más cómoda se pueden instalar en alguno de los cuartos de servicio, aunque me gustaría que durmieras aquí al lado, en la habitación de mi hermana Victoria, al menos hasta que ella vuelva.

Coral se sorprendió de que Almudena tuviera todo prácticamente resuelto, cuando ella todavía no sabía qué hacer con su vida. No estaba tan convencida de que quedarse en su casa fuese lo mejor, pero como quería cuidarla hasta que se recuperara, era la opción más sensata. Tendría que hablar con su padre para ver qué opinaba al respecto, aunque si les daban a elegir entre partir hacia un destino incierto o permanecer con los Izaguirre, no tenían que pensarlo demasiado. Como había previsto Almudena, no le costó nada persuadir a don Vicente para que los dejara quedarse. Jesule se instalaría en uno de los cuartitos del fondo y Coral, atendiendo al pedido de su amiga, ocuparía la habitación de su hermana Victoria hasta que ella volviese de la quinta. Eudocia fue la que puso el grito en el cielo cuando supo las novedades, pero tuvo que tragarse la bronca para no preocupar a su niña Almudena. Para colmo, además de tener que soportar a la gitana y a su padre, también estaba el dichoso perro, que no tenía otra cosa mejor que hacer que echarse en el piso de la cocina para espiarla mientras ella preparaba la comida. Allí, tirado junto al fogón, Tibo se deleitaba con los olores que despedían las cacerolas y de vez en cuando, gracias a la complicidad de Toribio, recibía algún hueso de puchero o un trozo de pan. Apenas dejó de llover Jesule se encargó de llevar los bártulos al cuarto del fondo. Era bastante grande y había espacio para acomodar todas sus pertenencias; había hablado con don Vicente Izaguirre para dejarle una cosa en claro: él no quería limosna de nadie, así que al día siguiente saldría a buscar trabajo. Quien estaba más contenta con toda aquella situación era Almudena; se había salido con la suya y había logrado convencer a Coral de que no se marchara. Eudocia pasó a verla para ver si necesitaba alguna cosa y aprovechó para preguntarle por Gabriel.

—Su hermano fue a encontrarse con sus amigos, niña Almu, pero dijo que venía a almorzar. ¿No quiere que le traiga un té?

—No, Eudocia, voy a dormir otro rato mientras Coral ayuda a su padre a instalarse.

—Bien, mi niña, que descanse. —Le dio un beso en la frente y la bendijo.

Almudena se durmió imaginando la cara que pondría su hermano Gabriel cuando se reencontrara con Coral.

 

—¿Te sientes a gusto aquí, hija? —preguntó de repente Jesule observando cómo Coral guardaba las mantas dentro del ropero. Aunque le había dicho que no podía negarse al pedido de Almudena porque estaba en deuda con los Izaguirre por lo hecho por ella dos años antes, la conocía muy bien y sabía que algo la inquietaba. 

Coral cerró la puerta del ropero y se volteó hacia su padre.

—No sólo se lo debo a la familia, papá, también está doña Ana. Ella confió en mí al traerme hasta aquí y no puedo defraudarla. Además siento un gran afecto por Almudena y mi única preocupación en este momento es su salud.

—¿Estás segura que eso es lo único que te preocupa, chabí?

Ella asintió mientras rogaba en silencio que su padre dejara de hacerle preguntas que sólo conseguían incomodarla; luego separó su ropa y la metió dentro de una sábana que anudó por la parte de arriba para llevársela a su habitación.

—Te veo en un rato en la cocina, quiero que almorcemos juntos.

—Yo preferiría almorzar aquí, hija… me parece que a Eudocia no le caemos bien. Le ahorraremos un disgusto si no tiene que compartir la mesa con nosotros.

Coral sonrió.

—Como quieras, papá. —Lo abrazó y cargando su ropa salió al patio. Había empezado a llover nuevamente; alcanzó a cubrirse la cabeza con la caperuza antes de que las primeras gotas la mojaran. Caminaba tan de prisa, tratando de sortear los charcos de agua que se habían formado en el piso, que ni cuenta se dio de que alguien se dirigía directamente hacia ella.

El encontronazo entre Gabriel y Coral se produjo en el primer patio, cerquita del aljibe y bajo una intensa llovizna. Aunque ella tenía el rostro parcialmente cubierto por la caperuza, Gabriel la reconoció de inmediato.

—Coral, sos vos… —Había perdido la esperanza de encontrarla después de lo que le habían dicho en el circo y ahora, de repente, se topaba con ella en el patio de su propia casa. Nunca había creído en milagros ni nada que se le pareciera, sin embargo estaba convencido de que alguna intervención divina había obrado a su favor al poner nuevamente a Coral en su camino.

La gitana ni siquiera levantó la cabeza; en cambio concentró toda su atención en los globitos de agua que se formaban alrededor de sus pies. Ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué nadie le había dicho que había vuelto de España? Cuando intentó seguir su camino, Gabriel se lo impidió asiéndola del brazo. Entonces para distraerlo, Coral dejó caer al suelo el fardo con toda su ropa, pero él adivinó cuál era su propósito y se rehusó a soltarla.

—¿Vas a escaparte de nuevo? ¿De qué tenés miedo, Coral?

Ella finalmente levantó la cabeza y lo enfrentó. No estaba preparada para el torbellino de sensaciones que se desató en su interior cuando sus ojos se encontraron; tragó saliva al descubrir que a pesar de no haberlo visto durante dos años, Gabriel seguía perturbándola con su cercanía, con esa intensa manera de mirarla que hacía que se sintiera desnuda. Quiso salir corriendo, pero comprendió que de nada servía escapar porque, inexplicablemente y casi sin que se diera cuenta, Gabriel se le había metido debajo de la piel, derribando sus defensas y adueñándose hasta de sus pensamientos.

—Yo no estoy huyendo de nada… ni de nadie —respondió con actitud desafiante.

Se estaban empapando pero a ninguno de los dos parecía importunarles la lluvia.

Gabriel recorrió cada centímetro de su rostro con la mirada, asombrándose gratamente con los cambios que se habían producido en la gitana. Su extraordinaria belleza volvía a cautivarlo; se deleitó con su mentón redondeado y las mejillas salpicadas de pecas. Los labios carnosos que brillaban a causa de las gotas de lluvia, incitaban a ser besados, pero logró vencer la tentación de hacerlo por temor a que intentase huir de nuevo. Cuando vio sus ojos, se sintió sobrecogido. Había soñado tantas noches con esa mirada salvaje… no era sólo su fascinante tonalidad violácea o las gruesas pestañas rizadas, lo que en verdad lo volvía loco era esa combinación de candor y sensualidad que podía trasmitir con apenas una mirada. Siguió un poco más abajo con el escrutinio; a pesar de la capa y del vestido oscuro que llevaba pudo distinguir cómo sus pechos subían y bajaban al ritmo de su respiración. Sintió un cosquilleo en la mano al recordar la vez en que la había tocado; cuando la misma sensación se trasladó a otra parte de su cuerpo, se obligó a levantar la vista.

—¿Cómo viniste a parar acá?

—Una mujer me buscó esta mañana al campamento para pedirme que fuese a ver a su ahijada porque estaba enferma, yo no la conocía y no supe que se trataba de Almudena hasta que entré al vestíbulo de la casa y vi por casualidad que la correspondencia estaba dirigida a tu familia.

Gabriel se apartó de la cara el flequillo mojado; la lluvia había cedido un poco y ahora caía una tenue cortina de agua.

—Yo también estuve allí pero me dijeron que te habías ido.

Coral frunció el ceño, al hacerlo su nariz se movió ligeramente hacia arriba, gesto que provocó la sonrisa de Gabriel.

—¿Fuiste a buscarme? ¿Para qué?

—Supongo que quería volver a verte —reconoció, mirándola directamente a los ojos—. Regresé ayer de España y esta mañana me reencontré con mis viejos amigos; Juan Antonio me dijo que había estado con vos hace poco porque había atendido a tu madre… a propósito, siento mucho que haya muerto, debió ser un momento terrible. —Sin dudarlo la tomó de la mano y le acarició suavemente la muñeca con el dedo pulgar—. Yo volví precisamente cuando me enteré de que había un brote de cólera en Buenos Aires; hacía tiempo que no tenía noticias de mi familia y quería asegurarme de que se encontraban bien, pero al llegar fui recibido con la terrible novedad de que mi hermana pequeña había enfermado.

Coral parecía haberse quedado suspendida en el aire, viendo cómo el dedo de Gabriel la rozaba con tanta delicadeza. Cuando trató de decir algo, sólo fue capaz de tartamudear. Se maldijo para sus adentros por ponerse en evidencia de aquella manera tal infantil.

—No… no sé si mis hierbas resulten, pero hoy he conseguido que Almudena se levante de la cama y camine un poco; la recuperación no será sencilla, aunque confío en que se pondrá bien muy pronto.

—¿Qué dice mi amigo el doctor al respecto? —Sonrió ante su reacción; los dos estaban igual de afectados por aquel contacto que a la vista de cualquiera podía parecer casual pero que para ellos implicaba una intimidad que no les era desconocida; no quería soltarla, y mientras Coral no lo apartara seguiría disfrutando de tenerla así, tan cerca y tan vulnerable.

—No ha venido el día de hoy todavía, supongo que se retrasó por la tormenta. —Gabriel no le quitaba los ojos de encima y no podía pensar con claridad—. Al doctor no le molesta lo que yo haga con mis plantas y brebajes, es más, escuchó con mucho interés mi historia…

—¿Cuándo hablaste con él? —Juan Antonio le había contado sólo una parte de su encuentro con la gitana; si no supiera que el corazón de su amigo latía solamente por su hermana Victoria, hasta habría sentido celos del momento compartido con ella.

—Cuando fue a ver a mi madre.

Gabriel asintió.

—¿Has venido sola? —miró por encima de su hombro hacia el pasillo por donde había aparecido con el envoltorio de ropa que todavía seguía en el suelo.

—No, mi padre y Tibo están conmigo.

—¿Tibo?

—Mi perro.

Soltó un suspiro de alivio, por un momento llegó a pensar que el tal Pablo la acompañaba.

—Don Vicente nos invitó a quedarnos mientras Almudena se recupera; no teníamos adonde ir por eso aceptamos su ofrecimiento… pero apenas ella esté bien, nos marcharemos —le aclaró.

Lo que más deseaba en el mundo era ver a su hermana totalmente curada, pero no se resignaba a que cuando ese momento llegase Coral volviera a desaparecer de su vida.

—Sólo espero que si te vas, esta vez te despidas de mí.

¿Si se iba? ¿Qué clase de pregunta era esa? ¡Por supuesto que se iría! Cuando Almudena ya no la necesitara, ella y su padre juntarían sus bártulos y abandonarían la casa de los Izaguirre para siempre.

—Debo regresar con Almudena. —Se apartó y se agachó para recoger el bulto con su ropa antes de que Gabriel volviera a impedírselo, pero él se puso en cuclillas para ayudarla. Se puso roja de la vergüenza cuando lo vio con uno de sus calzones en la mano; se lo quitó de un tirón y lo metió rápidamente con las demás prendas donde él no pudiera verlo.

—¿Querés que te lo lleve? —se ofreció con la oscura intención de saber en qué cuarto la habían hospedado.

—No hace falta, gracias. —Se puso el fardo debajo del brazo y con la otra mano se levantó un poco la falda para poder caminar mejor en el agua.

Mientras atravesaba el patio podía sentir los ojos de Gabriel clavados en su espalda; fue consciente por primera vez del efecto que podía causar al menear sus caderas; no lo hacía adrede y deseó caminar de otra manera, pero no sabía cómo. Antes de cerrar la puerta lo espió de refilón, pero cuando él le sonrió se metió en la casa inmediatamente.

 

En el Club del Progreso solía congregarse la crema y nata de la sociedad porteña. El lujoso edificio de estilo renacentista estaba ubicado en el Palacio Muñoa, en las intersecciones de la calle Perú y Victoria, y su imponente silueta se asomaba por detrás del Cabildo. Don Diego de Alvear, regular anfitrión de tertulias y uno de los terratenientes más importantes de la provincia, no sólo había sido el fundador del club, sino también su primer presidente. Tras la batalla de Caseros, con un país dividido por las ideas políticas, convocó a varios vecinos ilustres de la ciudad y les propuso la creación de un club, con la intención de acabar con la desconfianza que se respiraba esos días entre los seguidores de Urquiza y los porteños. Así, don Diego de Alvear logró cumplir su objetivo, y el Club del Progreso rápidamente se convirtió en uno de los puntos neurálgicos de Buenos Aires, donde asistían las celebridades más importantes del momento. Se realizaban diversas actividades sociales, entre las que se destacaban los bailes mensuales y de carnaval. Había tertulias, grandes conciertos y también un espacio para el ocio individual, en donde podía optarse por jugar una partida de billar o una de ajedrez.

La llegada de Beatriz al lugar de inmediato atrajo todas las miradas masculinas; iba prendida del brazo de Gabriel y sonreía encantada de ser el centro de atención. Lucía un atrevido vestido de terciopelo verde oscuro escotado y sobre los hombros una estola de seda negra. Un coqueto tocado de florcitas rojas adornaba su oscura cabellera recogida en un elaborado rodete en lo alto de la cabeza. Jaime Sequeira había llegado temprano a la cita; después de pasar toda la tarde en el estudio apenas había tenido tiempo para ir hasta su casa de la calle Cochabamba para cambiarse de ropa y acicalarse un poco. Cuando vio a la deslumbrante morena que acompañaba a su amigo Gabriel casi se atraganta con su propia saliva. La contempló a sus anchas mientras avanzaba por el salón contoneando exageradamente las caderas. Cabello color azabache, enormes ojos verdes y unos pechos generosos que amenazaban con desbordarse del escote de su vestido de un momento a otro. La palmadita que le dio Gabriel en la espalda fue lo que lo sacó de su ensimismamiento; de no ser por eso, se habría quedado mirando a aquella mujer el resto de la noche.

—Jaime, te presento a Beatriz Moncada. Beatriz, uno de mis mejores amigos, Jaime Sequeira.

Ella extendió su brazo izquierdo cubierto con un guante de seda y Jaime se inclinó para depositar un ligero beso en su mano.

—Un placer, señorita Moncada. —Se detuvo más de lo necesario mirando cómo el vestido le marcaba la forma de los senos.

Beatriz sonrió al darse cuenta hacia donde apuntaban sus ojos, pero interpretó su atrevimiento como una muestra de admiración.

—Llámeme Beatriz, por favor. ¿Puedo llamarlo Jaime, verdad?

Un escalofrío le recorrió la espalda al oír su voz. Era tan sensual como toda ella.

—Por… por supuesto.

—¿Carlos y Juan Antonio no llegaron todavía?

—Me encontré con Carlos más temprano y me avisó que no puede venir. Juan Antonio estará al caer —respondió haciéndole caso a su amigo por primera vez desde que había llegado.

—¿Nos sentamos? —sugirió Gabriel poniendo su mano en la cintura de Beatriz para escoltarla hasta una de las mesas.

Jaime los siguió, sin apartar la vista de la española. Rápidamente toda su atención volvió a enfocarse en el sinuoso movimiento de su andar y se encontró imaginando lo que se ocultaba debajo de la ancha falda de su vestido. Volvió a maldecirse por el peligroso rumbo que estaban tomando sus pensamientos.

—Me dijo Gabriel que podrías ponerme en contacto con alguien relacionado al mundo artístico. ¿Es eso cierto?

Beatriz lo miró directamente a los ojos con una intensidad que lo sorprendió. ¿Eran figuraciones suyas o estaba coqueteando con él?

—Así es, precisamente esta tarde me he encontrado con el señor Pestalardo y le hablé de vos. Está buscando reemplazo para una de sus actrices, te espera mañana en el teatro para hacerte una prueba, estrena su nueva obra la próxima semana y necesita con urgencia suplir el rol que quedó vacante.

—Sería estupendo poder trabajar en el Teatro Argentino, me han dicho que es el más prestigioso de Buenos Aires. —Buscó conocer la opinión de Gabriel pero él permanecía en silencio, completamente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Desde hacía un par de días lo notaba distraído y sospechaba que no era sólo la preocupación por la enfermedad de su hermana; había algo o alguien más que ocupaba su pensamiento y lo estaba alejando de ella. Le molestaba que la hubiese relegado a un segundo plano cuando de su familia se trataba; desde que habían puesto un pie en Buenos Aires parecía que a Gabriel lo único que le importaba era mantenerla alejada de los suyos. ¿Acaso ella no estaba a la altura de los Izaguirre? No iba a tolerar vivir en la clandestinidad por mucho más tiempo; si quería convertirse en su esposa debía moverse dentro del círculo más íntimo de Gabriel. Ya conocía a uno de sus amigos; el siguiente paso sería convencerlo de que le presentara a sus padres.

Le rozó la mano para atraer su atención.

—¿Qué piensas, querido? ¿Crees que me darán el papel?

Gabriel apartó la mirada de su copa de licor y le sonrió.

—Por supuesto, Beatriz, cuando vea lo talentosa que sos no querrá contratar a nadie más.

Sabía que ser condescendiente con ella era su manera de pedirle disculpas por haber estado ausente durante la conversación, sin embargo se estaba cansando de aquel juego que no los llevaba a ninguna parte. Tenía las armas necesarias para luchar por lo que siempre había soñado; sabía que Gabriel no podía resistirse a sus caricias, y la cama, como en otras tantas ocasiones, sería el mejor lugar para convencerlo de hacer su voluntad. Observó de refilón a Jaime Sequeira mientras encendía un cigarro. No era tan guapo como Gabriel pero debía reconocer que tenía cierto encanto; tal vez era el ridículo bigotón que se curvaba en las puntas y que le cubría casi toda la boca o su larga cabellera oscura que llevaba atada en la nuca. Puso la atención en sus manos, eran grandes y fuertes. Se removió inquieta en la butaca cuando se las imaginó acariciando su piel. Por la manera en que él la miraba, tampoco le era indiferente; sabía que lo había impresionado y podía valerse de esa inesperada admiración para lograr sus propósitos. En aquella ciudad en donde no conocía a nadie, necesitaba desesperadamente un aliado, y sospechaba que acababa de encontrarlo.

 

Coral observó cómo Almudena dormía plácidamente; le estaban volviendo los colores a la cara y empezaba de a poco a recobrar su habitual lozanía. Su padre había tenido razón al convencerla de que aceptara el pedido de ayuda de Ana Manzanares de De La Cruz; ver que Almudena se recuperaba gracias a sus cuidados alivianaba un poco la culpa de no haber podido hacer nada por su madre. Se acercó al brasero para calentarse un poco las manos; había colocado entre las brasas unas hojitas secas de laurel, pétalos de rosas, ruda y corteza de limón para que la ayudaran a relajarse. Se volteó rápidamente cuando escuchó que la puerta se abría. Gabriel entró y se acercó hasta la cama; miró a su hermana durante unos segundos en silencio.

—¿Qué es ese olor?

—Un incienso que preparé para que Almudena pudiese dormir sin sobresaltos —respondió mientras se lavaba las manos en la jofaina.

—Huele bien.

Coral asintió. Había sido difícil esquivarlo durante los dos días que llevaba viviendo en la casa; se levantaba bien temprano y desayunaba con su padre en la cocina. Sabía que él no se levantaba hasta las diez, así que después de pasar a ver a Almudena aprovechaba un rato en la mañana para jugar con Tibo o salir a buscar hierbas. Cuando volvía, si Almudena no requería de su compañía se encerraba en su habitación para bordar. Por las noches cenaba con ella y se iba a dormir temprano. Se habían cruzado un par de veces y cuando Gabriel intentaba entablar una conversación con ella, simplemente se excusaba diciendo que su hermana la esperaba.

Todo su cuerpo se tensó al sentir que se acercaba.

—¿Hasta cuándo vas a evitarme, Coral? —le preguntó inclinándose hacia ella para susurrarle al oído.

No dijo nada, se acomodó un mechón de cabello y se alejó hacia la ventana. No pensó que Gabriel iba a seguirla por eso se sorprendió cuando se paró detrás de ella. Esta vez no tenía escapatoria, apenas quedaba un espacio libre entre ambos. Miró a través de la ventana y vio a Tibo escarbando junto a la higuera en el primer patio.

—¿Qué es lo que quieres, Gabriel? —Habló con la voz baja para no despertar a Almudena.

—Podría querer tantas cosas de vos, Coral… —Percibió su estremecimiento y supo que estaba a punto de derribas las barreras que había erigido a su alrededor para alejarlo de ella. Entonces se animó a dar el siguiente paso; le puso la mano en el hombro y ascendió lentamente por su cuello hasta rozarle la mejilla. Coral no lo rechazó, tan sólo se limitó a sentir su caricia. Confiado, se acercó más hasta que sus cuerpos entraron en contacto—. Por ahora me conformaría con un beso.

La gitana se giró hacia él de repente y se preparó para recibir una bofetada.

—Bueno, adelante, hazlo —dijo ella en cambio, con voz tensa. A Gabriel, asombrado por su reacción, se le iluminaron los ojos con una repentina idea. Le colocó la mano bajo la barbilla y se la levantó, y ella se encontró mirándolo a los ojos.

—Coral, ¿te han besado alguna vez con… con intención amorosa?

—No —contestó ella, incapaz de develar la dolorosa verdad. Recordó el ataque de Román Marchena y agradeció que no hubiese sido él quien le robara su primer beso.

Le acarició la boca con el pulgar.

—Tranquila, Coral. Mi deseo es persuadirte, no aterrarte.

Ella relajó los labios y los entreabrió un poco; involuntariamente, como por instinto, le tocó el pulgar con la lengua, y sintió un sabor salubre y masculino. Entonces se ruborizó, avergonzada al darse cuenta de su descaro.

—Si éste es un primer beso —dijo él, sin hacer caso de su sutil repliegue—, comenzaré con sencillez.

Le colocó las manos en los hombros e inclinó la cabeza. Coral tensó la cara. Pero en lugar de besarla en la boca, él apoyó sus labios en la suave piel de la garganta. Coral ahogó una exclamación ante la seductora presión de su boca. Se había creído preparada, pero descubrió que no tenía ninguna defensa contra esa inesperada caricia. Ardientes sensaciones le corrieron hacia abajo, debilitándola y haciendo que su cuerpo palpitase en lugares secretos y vergonzosos. Miró hacia la cama donde Almudena seguía durmiendo. ¿Y si despertaba de repente y los sorprendía? Tenía que apartar a Gabriel pero no pudo; lo que él le provocaba la había dejado sin fuerza de voluntad.

—Tenés la piel preciosa —susurró él recorriéndole con los labios la sensible zona entre el cuello y el hombro—. Como la seda, suave y seductora.

Ella pensó que debía hacer algo, pero no sabía qué. Titubeante, le colocó las manos en la cintura, palpando los tensos músculos bajo la fina batista de la camisa. Él le echó el aliento cálido en la oreja y después le mordió suavemente el lóbulo; ella le recorrió el tórax con dedos inquietos. Cuando Gabriel comenzó a sobarle los hombros y los brazos, Coral cerró los ojos y se dejó llevar, como flotando en un mar sensual, moviendo sus manos inexpertas por el torso masculino. Sobre los hombros le cayeron mechones de pelo suelto, que le rozaron la sensibilizada piel con ligereza de plumas. Se sintió como si estuviera hecha de cera que podía modelarse al antojo de él. Sintió un suave tirón en la nuca y luego la mano de Gabriel bajó hasta el hueco de su hombro. Él, olvidándose por completo de donde estaban, le había desabotonado el botón superior del vestido; cuando sintió que comenzaba a desabotonar el siguiente, Coral se giró, apartándose. Gabriel no hizo ningún ademán de retenerla. Aunque no había llegado a probar el sabor de sus labios; le bastaba con saber que lo deseaba con la misma intensidad que la deseaba él. Se alejó hacia la puerta y antes de marcharse le dedicó una última mirada; alcanzó a ver que ella trataba de abotonarse el vestido con manos temblorosas.

 

Por la tarde, después de dormir su siesta, don Vicente convocó a su hijo al despacho para que lo pusiera al tanto de los negocios en España. Gabriel, quien había traído consigo unos cuantos documentos concernientes a la hilandería que habían abierto en Madrid, se preparó para brindarle cuentas a su padre, tras aumentar considerablemente el patrimonio de su familia durante los dos años que había estado ausente. Don Vicente Izaguirre no podía quejarse; Gabriel había hecho prosperar el negocio de la lana en menos tiempo de lo estipulado, y si todo seguía así era probable que pronto abrieran una sucursal de Hilados Izaguirre en Barcelona. Si bien dedicarse a la cría exclusiva de ganado ovino en un país sacudido por la guerra contra el Paraguay y por la Revolución de los Colorados en las provincias del oeste había sido un acto temerario de su parte, el riesgo había valido la pena. Los negocios le iban tan bien que planeaba asociarse con su primo Enrique De La Cruz, quien era dueño de varias estancias en la región. Él necesitaba tierras para aumentar las cabezas de la borregada y a Enrique le podía interesar entrar en el mundo de la industria textil.

—Arturo López Hidalgo confía en que podamos expandirnos no sólo a Barcelona, padre, sino también a otras ciudades de España. Yo me atrevería a ir por más y tal vez en un par de años podríamos abrir una sucursal en París o Londres —manifestó Gabriel entusiasmado al tiempo que cruzaba las piernas.

Desde el otro lado del escritorio, don Vicente contemplaba a su hijo con el pecho henchido de orgullo. Le parecía increíble estar escuchándolo hablar de negocios con tanta seriedad; se había convertido en el hombre de provecho que él quería y se lo demostraba con creces. Gabriel no lo sabía, pero durante su estadía en España le había pedido a su socio que lo vigilara. Después de verlo dilapidar buena parte de su fortuna en mesas de juerga y mujeres, su mayor temor era que volviera a las andadas, por eso cada seis meses Arturo López Hidalgo le enviaba un informe detallado de todos sus movimientos. Gabriel había aprendido a la fuerza a no despilfarrar el dinero a manos llenas y no le había quedado otra opción más que conformarse con la cantidad que él había estipulado se le entregase religiosamente todos los meses para solventar sus gastos. Sin embargo, la pasión por el sexo opuesto era algo que no podía controlar. Las mujeres seguían siendo su perdición. Así, gracias a los informes de López Hidalgo, supo que se había enredado con una cantante de ópera llamada Beatriz Moncada. Sin embargo, después de hacer buena letra, un lío de faldas era algo que le podía perdonar.

—Te miro y me parece estar viendo a otra persona, hijo.

Gabriel sonrió.

—Dos años en Europa sirvieron para hacerme madurar, padre. Reconozco que me fui muy enojado con usted por esa manía suya de querer hacer siempre su voluntad, pero no me arrepiento de haberle hecho caso. Aprendí mucho al lado de don Arturo y le puedo asegurar que no hay nadie en Buenos Aires que sepa de ovejas, lanas e hiladoras más que yo.

—No lo pongo en duda, muchacho, sé que cuando yo ya no esté sabrás hacerte cargo del negocio sin la ayuda de nadie. —Se reclinó en la butaca y se mojó los labios con un poco de jerez—. Mi plan es aumentar la materia prima para abastecer la demanda que viene de Europa, aunque no contamos con la infraestructura necesaria para albergar tantas ovejas y había pensado que en vez de invertir dinero en la compra de tierras podríamos asociarnos con Enrique De La Cruz; supe que acaba de adquirir unos campos en Chascomús.

Aunque don Vicente era quien siempre tenía la última palabra, él había aprendido a no precipitarse en los negocios. Enrique había criado ganado toda su vida y no sabía nada de ovejas. Su esposa Ana era prima de su madre y además la madrina de Almudena, pero la verdad es que el hombre nunca le había caído demasiado bien.

—No decís nada. ¿Te parece una mala idea?

—¿Cree que Enrique podría estar interesado en la cría de ovejas, padre? Lo suyo son las vacas —alegó Gabriel poco convencido.

—Él no se encargaría de criar a la borregada, hijo. Contrataríamos a gente experimentada para ello, lo que necesitamos de Enrique son sus tierras, o al menos parte de ellas.

El planteamiento de su padre no era malo, pero lo veía demasiado entusiasmado con el proyecto y De La Cruz ni siquiera había oído hablar de él.

—Si le parece que es la mejor inversión, cuente conmigo, padre.

—Muy bien, organizaremos una tertulia la semana que viene para celebrar tu regreso y aprovecharemos para hablar con él; confío que para entonces tu hermana se encuentre mejor. Si no te molesta, me gustaría invitar a mi amigo, el coronel O’Brien y a su familia. Su hija Mercedes también acaba de regresar a Buenos Aires…

—Padre, no empiece —le advirtió. Debía haber sospechado que algo se traía entre manos.

—No voy a obligarte a comprometerte con ella, Gabriel, sólo te pido que al menos consideres la posibilidad de tratarla. La muchacha no es ningún adefesio; tiene belleza, inteligencia y un apellido importante, cualidades que sin duda la hacen uno de los mejores partidos de la ciudad. No perdés nada y podés ganar mucho. —Lo observó por encima de la copa de jerez, nunca había renunciado al casamiento de su hijo con Mercedes O’Brien y ahora que era todo un hombre de provecho, lo único que le faltaba para sentar cabeza de una vez por todas era formar una familia.

Gabriel soltó un suspiro. No tenía caso discutir con su padre nuevamente sobre aquel asunto que tan nervioso lo ponía; accedería a su pedido y empezaría a tratar a la muchacha, pero de ahí a casarse con ella había un enorme abismo que no estaba dispuesto a sortear.

—Está bien, padre, invite a los O’Brien —dijo por fin para beneplácito de don Vicente. Miró su reloj; Beatriz lo esperaba en el hotel y si no se daba prisa, en vez de recibirlo con los brazos abiertos lo haría con una retahíla de reproches.

Antes de irse pasó por la habitación de Almudena con el velado deseo de ver a Coral, pero se quedó con las ganas porque la gitana había salido a recolectar algunas hierbas acompañada de su padre. Besó a su hermana en la frente y se marchó por la puerta de la cocina para no cruzarse con su madre, quien seguramente no lo soltaría hasta que le dijera adónde estaba yendo. Aunque doña Teresa nunca le había preguntado abiertamente si se estaba viendo con alguna mujer, tenía la certeza de que empezaba a sospechar de sus continuas y misteriosas escapadas. Era Beatriz quien lo esperaba, pero durante el trayecto hasta el hotel no había podido apartar a Coral de sus pensamientos. Se mesó el cabello con furia al recordar la manera en la que había reaccionado a sus caricias para luego alejarse de él; lo desconcertaba su actitud… no estaba acostumbrado a que las mujeres lo rechazaran. Sabía que mientras más se resistiera la gitana, más se empeñaría en perseguirla. Como todo buen cazador, le gustaba que la presa no se dejara atrapar fácilmente; así al final la recompensa sería más placentera. Le pidió a Toribio que lo llevara hasta el hotel San Telmo y cuando el negro quiso quedarse a esperarlo, le dijo que volviera a Barracas porque no pensaba dormir esa noche en su casa. Subió a la habitación de Beatriz y abrió la puerta con la llave que ella misma le había dado; siguió directamente hasta la habitación donde se imaginó que lo estaba esperando. Ella yacía boca abajo en el centro de la cama, tenía puesto ese camisón de seda roja que tanto lo excitaba. La fina tela se perdía entre sus muslos y cuando Beatriz se movió, descubrió que no llevaba nada debajo. Al acercarse vio que no dormía; lo miró con descaro mientras se pasaba la lengua por los labios.

—Buenas noches —le dijo Gabriel con una sonrisa.

Ella se incorporó lentamente y avanzó por la cama como un felino a punto de saltar sobre su presa.

—Pensé que ya no vendrías. —Quedó de rodillas frente a él, le quitó la chaqueta y la arrojó sobre el confidente, le siguió el chaleco, luego la camisa—. ¿Vas a quedarte toda la noche?

Gabriel le puso las manos en la cintura, la atrajo hacia él y empezó a besarle el cuello con los ojos cerrados.

—Sí… —musitó mientras le soltaba el cabello.

Dio un respingo cuando sintió la mano de Beatriz dentro de sus pantalones. Él respondió hurgando debajo de su camisón, le apretó los pezones entre sus dedos, arrancándole un gemido de placer. Beatriz dijo su nombre y por un instante Gabriel creyó oír otra voz; como si hubiera alguien más con ellos en la habitación. Tuvo que abrir los ojos para cerciorarse que sólo había sido su imaginación… ¡Dios, se estaba volviendo loco! ¡Acababa de escuchar a Coral susurrando su nombre!

Asió a Beatriz de los hombros y la apartó; ella lo miró confundida.

—¿Qué pasa, Gabriel? —Su mano continuaba apretando el miembro que se negaba a reaccionar.

No podía continuar con aquella patraña; ya ni siquiera conseguía olvidar a la gitana en los brazos de Beatriz. Su recuerdo lo afectaba de una manera irracional, al punto de no responder a las caricias de su amante. Bajó la vista hasta su entrepierna en donde ella friccionaba con más intensidad sin ningún resultado.

—Beatriz… basta. —La sujetó de la muñeca, obligándola a retirar su mano. Era la primera vez que le sucedía y no supo qué hacer. Por lo pronto buscó su ropa y empezó a vestirse.

Ella, con el cabello alborotado y la respiración agitada, se quedó mirándolo. Todavía estaba excitada así que se desnudó y se acercó a Gabriel nuevamente. Le impidió que se pusiera la chaqueta tomando su mano, la trasladó hacia abajo hasta que los dedos masculinos entraron en contacto con la humedad de su sexo. Hizo que la tocara; aquello siempre lo había excitado, sin embargo él no tomó la iniciativa como otras veces, más bien parecía un títere sin voluntad. Beatriz maldijo para sus adentros. ¿Qué demonios le sucedía? Estaba perdiendo el único poder que ejercía sobre él y no le convenía para sus planes. Debía cambiar la estrategia si quería alcanzar su objetivo. Hizo un último intento por estimularlo besándolo en el cuello pero él volvió a alejarla.

—Será mejor que me vaya, Beatriz. —Se dirigió hasta la puerta y permaneció unos cuantos segundos sujetando el pomo de la puerta sin abrirla.

—¿Vendrás a verme al estreno, verdad?

Gabriel se volteó.

—¿Conseguiste el papel?

Ella asintió y Gabriel se sintió aún peor. Ni siquiera le había preguntado por el resultado de la audición; la falta de dialogo se hacía cada vez más notoria, parecía que el único lenguaje que compartían era el de la cama, y empezaba a darse cuenta de que ya ni siquiera un buen revolcón lo satisfacía. El único vínculo que los había mantenido unidos durante esos dos años se rompía lentamente y no podían hacer nada para evitarlo.

—El debut es el jueves a la noche, tu amigo Jaime irá —dijo ella ante su prolongado silencio.

—Allí estaré, te lo prometo.

Beatriz sonrió; estaba todavía desnuda, parada en el medio de la habitación, deseando que Gabriel se apartara de la puerta para volver a sus brazos. Pero él se marchó dejándola sola y furibunda.

 
 
Embrujo gitano
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