CAPÍTULO 7
 

Doña Francisca llamó a la puerta de la habitación de Rosa María pero no obtuvo respuesta. Volvió a golpear para asegurarse de que realmente no estuviera y entró. Sabía que estaba tramando algo a sus espaldas; la notaba extraña desde hacía varias semanas y lo que fuese que le estuviera ocultando, contaba con la complicidad de Inés y de su nana. Había tratado de sonsacarles información a las criadas pero ambas se negaron a traicionar la confianza de la muchacha.

Atravesó la habitación hasta la ventana, se asomó detrás de las cortinas pero tampoco había señal de Rosa María en el patio. Fue hasta el secreter y hurgó en los cajones. En un pequeño alhajero de porcelana encontró el medallón decorado con una rosa roja que había pertenecido a Davinia McLaine. Lo tomó y lo observó más de cerca; no era una joya cara, sin embargo el delicado relieve en dorado de los bordes y la rosa pintada a mano la hacían una pieza única. Sabía que John McLaine se lo había regalado a su esposa después del nacimiento de Rosa María; cuando Estanislao halló a la niña, lo tenía escondido entre su ropa. La joya se convirtió así en el único lazo que la unía a sus padres. Muchas veces había sorprendido a Rosa María contemplando el medallón en silencio, con los ojos vidriosos y la mente muy lejos de allí.

Pasó por delante de la cama para curiosear dentro de la mesita de noche. Había una biblia y justo debajo, como si fuera una burla, un libro de Esteban Echeverría, que estaba segura no formaba parte de la biblioteca de la casa. ¿De dónde lo habría obtenido? Lo sacó para hablar luego con ella sobre esa clase inapropiada de lectura, y al hacerlo un papel se desprendió de entre las hojas y voló hasta debajo de la cama. Doña Francisca se arrodilló para recogerlo. Descubrió que era una carta que Leandro le había escrito a Rosa María; estaba fechada semanas después de haber abandonado Buenos Aires. La emoción de saber de él aunque fuera a través de aquellas líneas fue demasiado abrumadora. Se le escapó una lágrima cuando leyó que añoraba sus abrazos… Siguió leyendo y a medida que iba acercándose al final, la expresión de su rostro se fue transformando drásticamente. Siempre había sido testigo de la devoción que su hijo mayor le profesaba a Rosa María pero en aquella carta había algo más profundo que un afecto fraternal… Leandro estaba enamorado de la muchacha. Sus palabras, aunque medidas, se parecían a un sentimiento tan intenso como el amor. Según su relato, la misma noche en la que había dejado la estancia, él y Rosa María habían estado juntos. ¡Dios, no podía ser verdad lo que empezaba a imaginarse! Como impulsada por un resorte, se puso de pie y fue hasta el enorme baúl de madera labrada que su esposo había mandado a traer de Europa especialmente para Rosa María. Levantó la pesada tapa y lo que vio no dejaba lugar a la duda. Metió la mano entre las diminutas prendas de lana perfectamente dobladas en un rincón; revolvió en el otro extremo donde estaban las sábanas de batista bordadas y en el fondo encontró la muñeca de trapo con la que solía jugar Rosa María cuando era pequeña, también un sonajero de madera que había pertenecido a Leandro y luego a Enrique.

Estrujó la carta con la mano hasta formar un bollo. Sentía tanta indignación que se hubiera puesto a gritar allí mismo hasta llamar la atención de todos. ¿Cómo habían podido cometer semejante imprudencia su hijo, nada más y nada menos que con Rosa María?

Lo sucedido venía a confirmar lo que había pensado durante todos esos años… Rosa María había entrado a su familia sólo para causar desgracia; el alma de la muchacha estaba signada por la tragedia y había logrado engatusar con sus encantos a Leandro, nublando su buen juicio, arrastrándolo al camino de la tentación y ahora debía afrontar la consecuencia de sus actos.

Hablaría con Rosa María para deshacerse del problema cuanto antes; esa criatura no podía nacer.

 

—Sientese, mi niña, que debe estar agotada —sugirió Felicia mientras le quitaba la mancha de harina del rostro a Rosa María con un trapo húmedo. Llevaba buena parte de la mañana metida en la cocina, ayudando a Brígida a hornear el pan. Luego se había empeñado en aprender a hacer los pastelitos de membrillo que tanto le gustaban y la mulata fue incapaz de decirle que no. Se dejó caer en la silla y en un movimiento inconsciente se llevó la mano el vientre. La apartó enseguida cuando descubrió que las esclavas la observaban con curiosidad. Felicia le alcanzó la fuente con el dulce y ella se dedicó a cortarlo en pequeños trozos con los que Brígida después rellenaría la masa de los pasteles. Se robó un pedacito y se lo metió en la boca; estaba delicioso, y aunque había desayunado opíparamente esa mañana después de estar alimentándose como un pajarito durante tantos días, volvía a tener apetito. Decidió abandonar la cocina para no tentarse con nada más y fue hasta su habitación para bordar la capota de lana que había terminado de tejer la tarde anterior. Subió las escaleras despacio; desde que sabía que esperaba un niño, hacía todo con el doble de cuidado. Trataba de descansar lo necesario porque por las noches le costaba dormirse; había empezado a alimentarse mejor y por consejo de su nana desayunaba todas las mañanas con un tazón lleno de leche fresca. Al entrar en la habitación se paró en seco. El baúl estaba abierto y de pie junto a la ventana, doña Francisca observaba hacia el patio con la mirada fija en un punto muerto.

—Cerrá la puerta, Rosa María —le ordenó.

Ella obedeció y se colocó junto al baúl, notó que había revuelto las prendas y el sonajero de madera ya no estaba en su sitio sino encima de una de las mantas. Alzó la cabeza cuando escuchó que doña Francisca se acercaba. Se plantó delante de ella y sin mediar palabra le dio vuelta la cara de una bofetada; Rosa María trastabilló con la alfombra y cayó de bruces en el suelo.

—¿Cómo pudiste, muchacha? —la increpó doña Francisca desde lo alto.

Rosa María no tuvo el coraje de mirarla a la cara, no quería que se enterase de aquella manera, ella pensaba dejarles una carta antes de marcharse a la estancia contándoles toda la verdad.

—Mamá Francisca… yo…

—Si vas a abrir la boca para tratar de justificar la barbaridad que has cometido, ahórrate tus palabras.

La joven se asió con firmeza del baúl para levantarse.

—Estanislao y yo te cobijamos en nuestra casa, te aceptamos como un miembro más de nuestra familia y vos nos pagás abriéndote de piernas con nuestro hijo… ¡sos una furcia, igual que tu madre!

Rosa María retrocedió; las palabras hirientes de la mujer que la había criado le dolieron más que la bofetada que acababa de propinarle. Quiso hablar pero le temblaban los labios.

—Me alivia saber que al menos mi Leandro está lejos…

La mención de aquel nombre la hizo reaccionar.

—¿Leandro? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

Doña Francisca pasó por al lado suyo, rodeó la cama y recogió el bollo de papel del suelo. Lo desplegó y se lo puso delante del rostro.

—¿Cuándo pensabas contarnos que él te había escrito desde Montevideo? —le reclamó furiosa.

Ella intentó quitarle la carta pero al hacerlo, el papel magullado por las arrugas se rompió.

—No tenía derecho a leerla, tampoco a esculcar entre mis cosas —dijo Rosa María contemplando enojada los dos pedazos de papel esparcidos por el suelo.

—¿Cómo diablos no lo vi antes? —se regañó a sí misma por haber ignorado las señales que siempre habían estado ahí, debajo de sus narices.

Rosa María comprendió que era mejor hablar con la verdad de una vez por todas.

—Me enamoré de él casi sin darme cuenta, sin buscarlo…

—Era tu hermano, creciste bajo su amparo todos estos años —manifestó en un último intento por hacerle ver el inmenso error que había cometido al poner sus ojos en quien no debía.

—Nos unía un lazo de amor, no de sangre. Quise arrancarme del pecho este sentimiento pero no pude, mamá Francisca. Bastaba verlo para que mi corazón se agitara y todo mi cuerpo se estremeciera…

—Leandro jamás se hubiese atrevido a faltarle el respeto a la familia de esa manera, ¿qué hiciste para que cayera bajo el influjo de tu hechizo? ¿Te metiste en su cama?

Rosa María, como solía hacer de niña cada vez que Leandro o Enrique le gritaban “zanahoria” debido al color de su cabello, se cubrió las orejas para no escucharla. Doña Francisca le apartó los brazos de un tirón.

—Ahora vas a oírme, muchachita —le advirtió—. Si tuviste el descaro de seducir a mi hijo, tené el valor también de afrontar las consecuencias de tus actos.

—¡Yo no seduje a Leandro, jamás estuve en su cama! —le gritó, luego se tocó el vientre—. ¡Pero este niño que crece en mis entrañas sí es nieto suyo porque es hijo de Enrique!

Doña Francisca sintió la irrefrenable necesidad de volver a cruzarle la cara de una bofetada por atreverse a soltar semejante blasfemia, pero se contuvo.

—No puede ser Enrique el padre de esa criatura; él está comprometido con Ana Manzanares, la boda ha sido planeada para dentro de tres meses y nada va a impedir que ese matrimonio se lleve a cabo, mucho menos una mentira como la tuya. —¿Qué pretendía Rosa María al endilgarle a Enrique la paternidad de su hijo?

—¡Yo no miento! Enrique es el padre de mi hijo… él me tomó por la fuerza la última noche que pasamos en El Capricho —reveló perdiendo por completo el control. Le dolía cada palabra pero era mejor enfrentarla a la verdad hasta las últimas consecuencias.

Doña Francisca se quedó muda; aunque se negaba a creer en la muchacha, en el fondo sabía que le estaba hablando con la verdad. Ella conocía muy bien las debilidades de su hijo menor. Dos años atrás, ella misma lo había sorprendido cuando intentaba forzar a una de las negritas que servían en la casa a acostarse con él. La muchacha, de apenas quince años, huyó despavorida hacia la calle y nunca se la volvió a ver. Unos meses después se enteró de que trabajaba a las órdenes de una familia en el barrio de San Nicolás, y así el incidente fue rápidamente olvidado. Enrique había jurado que no volvería a hacerlo y ella se había conformado con su palabra.

—Tiene que creerme, mamá Francisca —le suplicó al tiempo que la tomaba de las manos—. Fue Enrique, él me forzó. —En un gesto impensado, sobre todo para Rosa María, doña Francisca la abrazó. Le acarició el cabello y luego, acercando los labios a la oreja de la muchacha susurró:

—Te creo, Rosa María, pero no voy a permitir que traigas la desgracia a esta familia —la apartó de repente, asiéndola con fuerza de los hombros—. Recoge todas tus cosas, te vas de esta casa hoy mismo. —Le acomodó uno de los bucles y le sonrió—. Que Dios te acompañe, muchacha.

—¿Por qué nunca me quiso? —le reclamó.

—Te dimos un hogar, nunca te faltó nada…

—Me faltó el amor de una madre.

Las lágrimas de Rosa María no llegaron a conmoverla.

—Pero yo no soy tu madre, querida.

A paso firme se dirigió hacia la salida, se detuvo durante un segundo frente a la puerta pero no se volteó a verla; en cambio, abandonó la habitación dejando a Rosa María completamente devastada.

 

Francisca entró al despacho de su esposo sin llamar y cerró la puerta tras de sí. Lo encontró reclinado sobre el sofá isabelino tapizado de rojo con una mano cubriéndole los ojos y la otra colgando del apoyabrazos. Sabía que estaba preocupado por Leandro aunque fingiera lo contrario y ahora venía ella con aquella terrible novedad. Con el estómago en un puño, fue hasta él y se sentó a su lado.

—¿Qué querés, mujer? Si venís a hablarme de la boda, no tengo cabeza para escucharte…

—No quiero hablarte de la boda de Enrique, Estanislao. —Juntó ambas manos sobre su regazo—. Es de Rosa María de quien quiero hablarte.

El nombre de la muchacha captó su atención de inmediato. Apartó la mano y la miró con el entrecejo fruncido.

—¿Qué sucede con ella?

Ni siquiera sabía por dónde comenzar. El disgusto que estaba a punto de causarle sólo podía compararse con la traición de la que había sido víctima por parte de su hijo mayor.

—Está embarazada —le soltó sin andarse por las ramas. Aguardó su reacción; esperaba un grito, una exclamación de horror o un gesto de incredulidad, todo menos su enigmático silencio.

Estanislao se puso de pie, fue hasta la mesa donde estaban las bebidas y se sirvió un poco de aguardiente. La bebió de un solo sorbo, luego respiró con fuerza y volvió a mirar a su esposa.

—¿Quién es el padre?

Francisca tragó saliva.

—Ella… ella asegura que es Enrique y que nuestro hijo… que él…

—¡Decilo de una vez, Francisca! —la exhortó levantando la voz por primera vez.

—Rosa María afirma que Enrique la hizo suya por la fuerza. —Agachó la cabeza para no tener que enfrentarse a la ira de su esposo. En cierto modo, tras el incidente con la esclava, ella se sentía culpable. Tal vez si en ese entonces se lo hubiese contado a su esposo, él habría sabido como encauzar al muchacho para que no volviera a cometer la misma infamia.

—¿Cómo ha podido hacer algo así? ¡A Rosa María, que es como su hermana! Pobre muchacha, con todo lo que ha sufrido ya…

Francisca tenía la sensación de que el reproche iba dirigido a ella.

—Le he pedido que se vaya de la casa, Estanislao, no podemos dejar que este hecho arruine la boda de Enrique con Ana Manzanares.

La mirada furibunda que Estanislao De La Cruz le dedicó a su esposa bastó para que ella se quedara callada.

—Rosa María no tiene la culpa de lo que pasó y no va a pagar por la vileza que cometió nuestro hijo —manifestó—. Coincido con vos en que no es bueno que se quede en Buenos Aires pero no la vamos a echar a la calle; la enviaremos a El Capricho para que tenga a su hijo allí —resolvió.

—¿Y después?

Dejó escapar un suspiro.

—No lo sé, Francisca, de verdad no lo sé —respondió abrumado. Su hijo menor, el mismo que le hacía henchirse el pecho de orgullo, el que se pondría al frente de los negocios cuando él ya no estuviera, le provocaba la pena más espantosa. Pensó en Rosa María, su pequeña, a quien había criado con tanto amor y se le estrujó el corazón. De tenerlo a Enrique enfrente en ese momento, le habría partido la cara de un golpe y sabía que ese puñetazo le hubiese dolido más a él.

Esa misma tarde se dispuso el viaje de Rosa María a la estancia. La muchacha, en compañía de Inés y la negra Felicia, partiría hacia La Matanza bien temprano a la mañana siguiente para no llamar demasiado la atención de los vecinos. A Rosa María no le angustiaba la idea de recluirse en El Capricho durante los próximos meses, porque su plan de buscar a Leandro una vez que diera a luz seguía en pie. Pensaba dejar a su hijo al cuidado de Inés o de su nana mientras ella se iba a Montevideo. Decidió no bajar a cenar para no tener que enfrentarse a la mirada condenatoria de mamá Francisca o a la compasión de su padre. Le debía su vida a Estanislao De La Cruz, y le devolvía todo lo que había hecho por ella causándole un dolor tan grande. De eso era de lo único que se sentía culpable, de lastimar a quienes más la querían.

Sin embargo, antes de que acabara el día, su padre fue a verla.

Supo que era él aun antes de que llamara a su puerta.

—Adelante.

Él entró y avanzó hacia Rosa María con el paso cansino y una sonrisa amarga en los labios. No había sido sencillo para don Estanislao tomar la decisión de alejar a la muchacha de la familia y de cualquier rumor malicioso; aunque se consolaba pensando que lo hacía por su bienestar, sabía que también buscaba evitar el escándalo que pudiera poner en jaque una vez más la reputación de su familia. Primero lo de Leandro y ahora esto, que además amenazaba con desbaratar la boda entre Enrique y la hija de Joaquín Manzanares. Se sentó junto a ella en la cama y tomó su mano fría; durante unos cuantos segundos la sostuvo con fuerza entre las suyas hasta darle calor.

—¿Cómo estás, pequeña?

Rosa María respiró hondo.

—Estoy bien, papá Estanislao —respondió cuando el nudo en la garganta le permitió hablar.

Se miraron a los ojos, los de Rosa María, empañados por las lágrimas; los de su padre, entristecidos por tener que dejarla partir. De repente, ella se arrojó a sus brazos y el llanto se hizo más intenso. Entre gimoteos repetía una y otra vez que la perdonara. Don Estanislao empezó a acariciarle la espalda con movimientos suaves hasta que Rosa María lentamente se fue calmando.

—Lo que pasó no fue tu culpa, Rosa María. —La asió del rostro con ambas manos, levantando su cabeza para que lo mirara—. No sos vos la que tiene que pedir perdón. Lamento tanto lo sucedido… —se le quebró la voz al contemplar aquellos inmensos ojos azules que solían fulgurar de alegría y ahora estaban eclipsados por una gran tristeza.

Rosa María trató de sonreír para aligerar su angustia. Sabía que a él le dolía más que a ella tener que enviarla a El Capricho.

—No se preocupe por mí, papá Estanislao, Inés y la nana sabrán cuidarme muy bien. Me ilusiona regresar a la estancia, usted sabe que me gusta más vivir allí que en Buenos Aires.

Don Estanislao asintió, al tiempo que sus ojos verdes, tan parecidos a los de Leandro, se posaron en el vientre de la muchacha. Sin titubear, extendió su mano hasta tocarlo. Era su nieto quien crecía allí dentro; el primero… quizá las circunstancias de su concepción habían sido terribles y vergonzosas; sin embargo, sabía que el día que lo acunara entre sus brazos, lo amaría con todo su corazón.

—Iré a verte pronto, te lo prometo —iba a decirle que lo haría después de la boda de Enrique pero prefirió no mencionar su nombre. Todavía no había tenido la oportunidad de hablar con él, y aunque en ese momento sentía mucha rabia hacia su hijo, intentaría hacerlo tranquilamente, sobre todo por el bien de su esposa. Luego de dejar a Rosa María, se dirigió al despacho para esperarlo, pero Enrique no apareció.

 
 
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