Esta crisis no es un caso aislado
Vivimos una crisis de gran envergadura. Las finanzas de todo el mundo han saltado por los aires, han quebrado bancos que hasta hace poco se enorgullecían de su fortaleza y de sus inmensos beneficios y detrás de ello ha venido un repentino incremento del paro y del cierre de empresas de todo tipo.
Cuando sucede algo tan grave tendemos a pensar que nos encontramos en un hecho novedoso y nunca antes visto, pero no es así.
En realidad, las crisis, es decir, los momentos en que toda la economía se viene abajo, son algo muy antiguo y podríamos decir que consustancial al capitalismo.
Se han estudiado mucho y hoy día sabemos que sea cual sea el factor que en cada ocasión las desencadena siempre terminan produciéndose.
¿Quién no hay oído hablar de la crisis de 1929 que trajo consigo el desempleo de millones de personas? ¿O de la crisis de los años setenta y más recientemente, de las crisis financieras de México, de Rusia, de los entonces llamados “Dragones Asiáticos”, de Japón... o de la que sufrimos en España en 1993?
Todas las economías sufren crisis con más o menos recurrencia.
Eso es así porque el capitalismo se guía por la búsqueda del beneficio individual y eso dificulta, cuando no hace imposible, que haya mecanismos que regulen el sistema de un modo armónico, conjugando los intereses y las estrategias de todos.
Los viejos liberales pensaban que de esa forma, buscando cada uno su propio beneficio, se podría conseguir el beneficio general pero lo cierto que es eso no ha sido así. Puesto que no todos tenemos las mismas posibilidades, el mismo poder, la misma capacidad de decisión, resulta que al final las soluciones que impone la búsqueda individual del beneficio son también muy desiguales.
Un ejemplo sencillo sirve para aclarar cómo la lógica del beneficio individual no regula adecuadamente al conjunto de la economía.
Cuando un empresario busca solamente su beneficio particular trata de imponer costes más bajos a su producción y pagará los salarios más bajos que pueda a sus trabajadores. Pero si todos los empresarios hacen eso lo que ocurre es que la capacidad de compra del conjunto de los trabajadores disminuye y entonces los empresarios venderán menos.
Actuando sin coordinación para obtener más beneficios, terminan por tener muchos menos.
También ocurre algo parecido con el empleo. A los empresarios les interesaría que todos los trabajadores tuvieran puestos de trabajo bien retribuidos, para que así hubiera una gran demanda para sus productos, como acabamos de decir. Pero el pleno empleo envalentona a los trabajadores y los hace fuertes, porque cuando no hay miedo a perder el puesto de trabajo sus reivindicaciones son mucho más potentes y tienen menos dificultades para organizarse.
Eso lo saben los empresarios y por eso prefieren políticas que en lugar de crear empleo mantengan tasas de paro altas o niveles de trabajo precario elevados porque en esas condiciones los trabajadores corren gran riesgo si reivindican más derechos laborales y eso debilita sus demandas. Es decir, los mismos empresarios provocan que haya menos beneficios con tal de no tener enfrente a trabajadores con poder de negociación.
Lo que eso muestra es que, curiosamente, cuando se busca el beneficio aisladamente se termina por producir menos ganancias, que es lo que hace que se venda menos y lo que lleva a las empresas a reducir plantillas. Es decir, a las crisis que más o menos periódicamente se producen en el capitalismo.
Solo la intervención del estado ha permitido, como ocurrió en los llamados “años gloriosos del capitalismo” posteriores a la segunda guerra mundial, que la evolución cíclica hacia la crisis se suavizara y que se viviera una época más larga de estabilidad económica y de crecimiento de la actividad prolongado (lo que, naturalmente, no quiere decir que desaparecieran entonces otros problemas que produce la economía capitalista, como las desigualdades).
Pero el triunfo de las ideas y las políticas neoliberales de los últimos treinta años hizo que la intervención estatal perdiera fuerza como instrumento “estabilizador” y eso ha multiplicado el número y la amplitud de las crisis.