26
«Hablemos claro, mi Rey:
toda España va de rota,
el portugués más se engríe,
el catalán más se entona,
lo militar no se ejerce,
lo político lo estorba,
los que pierden nos gobiernan,
los que ganan se arrinconan».
FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS
Sátira
Corrimos al alcázar para ver cómo el rey se lo tomaba. Nada más llegar, lo encontramos rodeado de un gran séquito, dispuesto a salir de caza y ajeno a todo lo que en las calles se comentaba. Como siempre ante un gran problema, el tirano había organizado deprisa y corriendo aquella partida para apartarle de la corte, mantenerle a un lado y distraer sus ánimos lo suficiente como para que no se enojase.
Agradecí no tener que acompañar a la reina a la cacería, pues quisiese o no, siempre que lo hacía a mi memoria acudía el intento frustrado de aquel día lejano en que intentamos envenenar al tirano y en vez de atentar contra él lo hicimos contra don Felipe.
Entre la guardia y la carroza de la reina montaba el regio cazador su corcel; como siempre, junto a él marchaba Olivares. Al abrirse la puerta, todos pudimos ver como una gran muchedumbre esperaba afuera el paso del séquito real.
El tirano, cerrando los ojos, se santiguó de inmediato. Sin duda rogaba a Dios para que aquellas gentes no se le adelantaran a la hora de dar la noticia de la pérdida de Portugal a don Felipe.
En el preciso momento en el que espolearon a los caballos para ponerse en movimiento, un silencio sepulcral se apoderó del pueblo. Al percatarnos de ello, Ruy, la viuda y yo salimos de palacio por una puerta lateral para adelantarnos a la regia procesión y esperarles a la altura de la puerta de Guadalajara. Mezclados entre las multitudes, nos enteraríamos de lo que la muchedumbre tramaba.
Según se acercaban, pudimos ver sus semblantes. El rey miraba a un lado y a otro hacia los cientos de gentes andrajosas que formaban pasillo a su tránsito. Acostumbrado como estaba a sus vítores, el miedo se reflejó en su cara ante el sepulcral silencio. Los cascos de los caballos, silenciados usualmente por el bullicio de las calles, atronaban contra el suelo como si la muerte se cerniese sobre la corte y villa.
La reina, asomada a la ventana de la carroza y presa de una total desconfianza, se abrazó al príncipe Baltasar Carlos a la espera de una aclaración. El rey de inmediato miró hacia su valido. Olivares permaneció erguido como una espada cabalgando a su lado hasta que se dio cuenta de ello. Bajó por un segundo la vista y una sombra de desesperanza cruzó repentinamente su semblante.
Todos deseábamos inconscientemente que se desmoronase allí mismo, y aguardábamos impacientes a que así sucediese. Los mentideros decían que había encargado un féretro para acostarse en él todos los días rodeado de cirios mientras dos monaguillos le recitaban el De Profundis.
El cobarde, cada vez que sentía la soga apretada alrededor de su cuello, se refugiaba en una vida mística huyendo como de la peste de aquellas vanidades terrenales que antes tanto le atrajeron. Muchos eran los que aseguraban que sólo se doblegaba ante las diversiones cuando no le quedaba más remedio por acompañar al rey. Ni siquiera era original en lo del ataúd, porque lo mismo se contó en su día del abuelo de nuestro rey, Felipe II, en sus macabras devociones.
El susurro de la viuda de Calderón me trajo a la realidad.
—Miradlo, altanero como siempre. Ardo en deseos de ver cómo le dice al rey que ha perdido Portugal. Bien haría encerrándose en su caprichoso lecho de muerte para siempre, que los únicos dignos de lástima son todos los que con su vil proceder ha ido dejando muertos o maltrechos en las cunetas de su dañino camino.
Le chisté para que se callase, señalándole el lado opuesto de la calle. Allí, junto a los caballos de la guardia, pudimos distinguir a la Guevara rodeada de un corro de mujeres. Al vernos alzó la mano saludando con el ceño fruncido.
Desde que nos dejó plantadas en el laberinto del jardín de Guadalajara no la había visto, y me impactó lo que había envejecido. Era como si dos décadas hubiesen irrumpido en su cuerpo, corrompiéndolo como nunca.
Le pregunté a la viuda:
—¿Ha estado enferma?
Asintió.
—A punto de morir, pero al final sanó a pesar de su vejez. Ahora dice a todo el que quiere escucharla que durante su enfermedad la muerte acordó con ella no regresar de nuevo a recogerla hasta que hubiese terminado con el tirano.
La miré asustada.
—¿Tan obcecada está?
La viuda suspiró:
—Tanto que asegura haber unido a nuestra conjura a la misma muerte. Sin duda ve, desesperada, que su fin está cercano y aún no ha vengado a Olivares.
En ese momento, corrompida por el odio, fijaba su blanquecina mirada en el rey y Olivares, que por una mera casualidad se detuvieron justo frente a nosotras.
Al parecer la presión del gentío sobre el conde duque por fin le empujaba a vomitar el secreto que guardaba para con el soberano. Acercándose a él, le habló en un tono lo suficiente alto como para que los más cercanos pudiésemos oírle.
—Señor, traigo una buena noticia. Hoy y sin esperarlo, ha ganado vuestra majestad un ducado con muchas y muy buenas tierras.
La indignación fue general. ¿Qué tramaba Olivares? El rey, ante el silencio, no pareció creérselo del todo.
—¿Cómo es eso? —le preguntó al valido.
El tirano ni siquiera titubeó.
—El duque de Braganza ha perdido el juicio arrebatándoos el reinado de Portugal.
Ante la expresión del rey, Olivares continuó:
—Mirad el lado bueno. Al cometer ese delito, ha perdido en vuestro beneficio todas sus haciendas. Éstas ascienden a un total de doce millones, de los cuales a partir de ahora vos sois el dueño.
Don Felipe contuvo su enojo a pesar de que le trataba como al más ingenuo de la corte en público. Ante la expectación de todos, que esperábamos ansiosos su destitución, sólo contestó:
—Vos veréis lo que hacéis, pero es menester que pongáis remedio inmediato en ello.
Al oír esto, el silencio circundante empezó a desaparecer hasta que la voz de la Guevara se alzó entre las demás. Ella sabía que el rey la reconocería de inmediato, por lo que se cubrió la cara con el manto antes de gritar entre los demás abucheos:
—¡Ya hemos perdido Portugal y nuestros hombres luchan por Castilla en Cataluña mientras vuestra majestad se divierte! ¡Dad ejemplo a los que por vuestra causa entregan sus vidas!
Otro grito sonó entre la muchedumbre:
—¡Dejaos de cacerías y perseguid a los franceses, que son de verdad los lobos!
Doña Isabel, desesperada ante la parsimonia de su esposo, le instigó con un gesto a que tomase cartas en el asunto, pero él sólo escuchaba como una estatua petrificada.
De alguna manera, la reina se sentía directamente involucrada desde que los catalanes, contrarios al nombramiento del marqués de los Vélez como su nuevo virrey, se habían unido a los franceses en la batalla de Perpignan, ofreciéndole al hermano de doña Isabel, el rey Luis XIII de Francia, la soberanía de todas sus tierras si conseguía vencer a Castilla.
Sabían los rebeldes que sin la ayuda de Francia nunca vencerían a Castilla, y preferían ser súbditos de Francia que de Castilla. Richelieu había enviado a dos de sus ejércitos para apoyar la causa de Cataluña, uno al mando de Condé, que ya se había apoderado de Elna, y el segundo al mando de Montte, que camino de Barcelona había sitiado a los nuestros en Tarragona.
Muchas de las mujeres que allí se congregaban habían perdido en la contienda a sus esposos, hijos y hermanos. Otras esperaban con desazón a que llegasen las listas de los que, habiendo caído, aún no habían sido notificados. La última noticia que habían recibido de ellos era que cada vez que los franceses tomaban una ciudad lo primero que hacían era entrar en los hospitales de la plaza conquistada para degollar a todos los soldados castellanos que allí pudiesen estar heridos. Los últimos fueron unos cuatrocientos, y la congoja de no tener aún las listas las había enloquecido.
Otra voz sonó muy cercana a mí. Era la viuda de Calderón, que embozada como la Guevara se envalentonaba.
—¡Olivares, explicad al rey cómo habéis perdido Portugal sin que nadie lo defendiese! ¡Viva el rey y muera el tirano!
Olivares, al oír los gritos en su contra, espoleó a su corcel obligando al séquito a salir raudo de aquel tumulto enardecido mientras la guardia procuraba a base de mandobles disipar el gallinero. La solemnidad del paso lento del séquito también se disipó, y cruzaron la puerta de Guadalajara casi a galope, dejando tras de sí una nube de polvo que enterraba las verdades.
A su regreso, quince días después, fuimos llamados para cenar en el alcázar. Por primera vez el rey parecía querer rodearse de amigos y enemigos del tirano para oír las dos versiones y tomar la decisión más acertada. Así lo hizo su abuelo con sus secretarios, y siempre gobernó acertadamente.
Aquella noche cenamos mujeres y hombres en la misma mesa. En total seríamos una veintena entre nobles, consejeros y miembros de la casa real. Olivares se había excusado, y sólo su mujer estaba sentada. Fue precisamente la reina la que tomó la palabra cuando el rey habló de lo que más le gustaba: las obras del palacio del Retiro.
—Señor, creo que hoy deberíamos dejar a un lado construcciones y algazaras para conversar de temas más importantes, como la revuelta de Cataluña.
El rey frunció el ceño incómodo.
—Ya he puesto remedio y precisamente el conde duque está en ello. Traeremos a nuestros desperdigados ejércitos para concentrarlos en el asedio a Barcelona.
La reina se impuso.
—¡Buena idea, pero absurda y tardía! El empeño en mantener este imperio que heredasteis nos ha llevado al declive más absoluto. Hay que terminar lo antes posible con esta revolución, ofreciéndoles una salida lo más honrosa posible. Creo que deberíais aceptar los antiguos privilegios del principado y concederles una amnistía general a cambio de que los catalanes nos ayuden a expulsar a los franceses y a someter a los portugueses.
La Olivares osó interrumpirla en un intento de desviar la conversación.
—Oyéndoos hablar, parece, señora, que no sois francesa.
La reina se indignó.
—¡Qué más da el lugar de nacimiento si ya llevo más de media vida en España! Si es menester renegar de los míos, lo haré defendiendo a mi reino.
Bajó la cabeza.
—El rey irá allí, y en cuanto los barceloneses vean al rey llegar, Pau Claris se arrepentirá de haberse aliado con Richelieu y le rendirá la pleitesía debida.
El rey le contradijo de inmediato.
—Desvariáis, Isabel. ¿Pretendéis que quiebre la antigua costumbre de mis antepasados? Quizá ignoréis que desde que el emperador Carlos decidió no acudir a las batallas en persona ningún rey lo ha hecho.
La reina fue tajante.
—Vos lo haréis si no queréis que Cataluña, Aragón y Andalucía consigan sus propósitos al igual que Portugal.
Sonrió sarcástica, se levantó y comenzó su panegírico.
—Pero si hasta Medina Sidonia la ha pretendido erigiéndose rey de sus señoríos. ¿Por qué no habría de intentarlo si sus antepasados lucharon reconquistando aquellos lugares a los moros para que los vuestros pudiesen ser reyes? Menos mal que descubrimos su intento a tiempo
»¿Qué súbditos pretendéis tener, si hasta los nobles están convencidos de que no vale la pena luchar por un rey que se empeña en olvidar los favores pasados? ¿Adónde queréis llegar con todo esto? Muchas vidas se perdieron para conseguir la unidad de España, muchos de vuestros antepasados matrimoniaron sólo para conseguirlo, y ahora vuestro valido, a pesar de sus juntas Centrales, sólo consigue resquebrajar la unidad. ¿Queréis acaso que regresemos en la historia a antes de los Reyes Católicos para que nuestros sucesores comiencen de nuevo?
Tomó aire de nuevo, esta vez para hablar con él como si estuviesen a solas.
—No, Felipe, la unidad nos erigió uno de los reinos más poderosos del mundo y no estoy dispuesta a permitir un retroceso tan grande y buscado. Somos el símbolo de una España y nuestro deber no está sólo en conservar lo que heredamos, sino en engrandecerlo. Sed realista, nuestro imperio se desmorona y la lepra de esta grave enfermedad ha soslayado fronteras para contagiar a los que aquí moran. Centraos en los reinos peninsulares, que ya habrá tiempo de soñar con alianzas extranjeras.
El rey tiró la servilleta sobre el plato sumamente indignado, se levantó con estruendo y nos dejó a todos con la comida atravesada en el gaznate.
—¡Dejadme en paz!
Doña Isabel le imitó encolerizada.
—¡Os dejaré cuando me prometáis que iréis a Cataluña para ver con vuestros propios ojos lo que acontece! ¡Vuestros súbditos os esperan desde hace demasiado tiempo!
Contestó furibundo:
—¡Olivares no lo cree necesario!
La reina Isabel, sumamente enervada, miró a la mujer de Olivares e importándole poco su presencia, se explayó:
—¡Sólo sois su títere! ¡Demostrad a todos por una vez que tenéis voluntad propia!
Apretando su abanico en el puño, se esforzó en cambiar el tono antes de abandonar la sala.
—¡Felipe, como siempre os disipáis eludiendo vuestros deberes! Si el conde duque no quiere que vayáis, es precisamente para ahogaros en vuestra ignorancia. ¡Pensad en vuestro hijo! Si de verdad amáis a Baltasar Carlos, allanadle el camino a la sucesión.
Cansada de tanta negativa, se fue dejando al rey extrañamente pensativo.
A finales de abril supimos que el rey se disponía a partir con rumbo a Cataluña. ¡Por fin escuchaba a la reina! Al menos aquello fue lo que todos pensamos al verle salir de la corte a caballo armado con dos pistolas en el arzón. De nuevo nos había pedido a todos nuestra colaboración, pero esta vez los enemigos del tirano decidimos negársela con vanas excusas para que el rey asimilase la verdadera realidad. La mayoría de los nobles no estábamos dispuestos a luchar junto al valido.
Nuestra alegría inicial y sobre todo la de la reina fue menguando cuando comprobamos que Olivares dilataba conscientemente el urgente avance del real cortejo tentando a su majestad con mil divertimentos.
Sus noticias nos llegaban por medio de dos rufianes que muy de cerca les seguían por los caminos, escondiéndose a un lado y al otro para evitar el peligro de ser descubiertos. La vil calaña cumplía diligentemente con su cometido, mandándonos emisarios que nos informaban regularmente a la espera de la recompensa que les prometimos.
Por ellos supimos que don Felipe, al día siguiente de su partida, durmió en Barajas para detenerse de nuevo a las pocas horas de reiniciada la marcha en Alcalá de Henares. Allí, en vez de partir al día siguiente, aprovechó como si de un paseo se tratase para visitar durante dos días sus conventos.
Su siguiente parada fue en Loeches, tierras del valido, donde pasó tres jornadas más, y al llegar a Aranjuez, invirtió media semana en una cacería. En Ocaña pernoctó otra semana más con la excusa de que tenía que hablar con su tía, la recién expulsada virreina de Portugal, que allí se había refugiado después de haber sido libertada por los rebeldes en la frontera para que fuese ella precisamente la que contase cual testigo directo cómo aconteció la revuelta.
Doña Isabel se enojó muchísimo al saber que de nuevo se había detenido en Villarrubia. Cuando dos semanas más tarde llegó a Cuenca, estalló en cólera al saber que su esposo, allí mismo, había decidido eludir su visita a Valencia desviándose hacia Molina de Aragón para terminar en Zaragoza. Justo en este trayecto supe por la viuda de Calderón que nuestros pícaros espías habían aprovechado una noche de acampada durante ese trayecto para envenenar las aguas del botijo de Olivares.
Me extrañó su arriesgada iniciativa hasta que la misma viuda me confirmó que lo hicieron por encargo de la misma Guevara, que al reclutarlos meses antes en su mancebía les había prometido engrosar sus bolsas con un puñado de monedas si además de informar sobre el viaje del rey conseguían matar al valido en un momento de despiste. Los rufianes, tentados por la codicia, actuaron precipitadamente y con tan mal tino que el tirano, nada más saborear el agua, la escupió sin haber tragado ni un buche. Gracias a Dios, pidió que se la cambiasen sin dar más importancia al tema.
Me enfadé con las dos al saber de ello sin que ni siquiera me lo hubiesen comentado. Pero la viuda, como siempre me dejó sin argumentos al convencerme de que lo hubiese hecho si de verdad hubiese existido un plan preconcebido y no una mera insinuación. Al parecer, lo acontecido vino de la mano del azar y del deseo de aquellos malhechores por cobrar un poco más.
Don Felipe no llegó a Zaragoza hasta pasados tres meses. Ni el más lento de los caballos, deteniéndose en todas las paradas de postas y posadas del camino, hubiese tardado tanto. Doña Isabel escribió una larga carta a su esposo rogándole premura. El mensajero y embajador de su enojo fue el marqués de Grana, que, a sabiendas de la animadversión que tenía al valido, gozaría cumpliendo con tan delicada misión.
Al llegar a esta ciudad, el emisario comprobó cómo el conde duque tenía al rey prácticamente incomunicado de los descontentos nobles, no fuesen a descubrirle lo que él ansiaba ocultarle. Éstos, cada vez más alterados por esta situación, sólo disfrutaban de su regia presencia cuando acudía a los juegos de pelota o a la organización de la tropa.
Su forzada reclusión le había robado el color de sus mejillas, y según contaban sus sirvientes, se pasaba las horas en balde, con la cabeza apoyada sobre las manos y pensando entre suspiros de melancolía. Olivares, preocupado por su estado, seguía tentándole con algazaras y divertimentos, pero su majestad por primera vez en su vida las despreciaba, consciente de que la guerra estaba demasiado arraigada en Cataluña.
En Madrid, la reina ejercía la regencia sobrada del arrojo que a su esposo le faltaba. Día tras día salía a las calles para ganarse al pueblo. A menudo la solía acompañar en sus paseos diarios a cuarteles y otros lugares concurridos de la corte. Allí, subida a un púlpito, se abrigaba de dulzura para rogar al pueblo un donativo de fuego que sufragase los gastos que la guerra ocasionaba. Ella misma, para dar ejemplo, solía abrir el arca que los alguaciles disponían depositando al fondo alguna pieza de sus mejores joyas y doblegando así las voluntades más tacañas.
Al ver colmado su afán, agradecía en persona cualquier dádiva por muy cicatera que fuese, pues era consciente de que la reciente bajada de valor de la moneda de vellón, de doce maravedíes a dos, había empujado a la miseria a muchos de los que ya vivían con lo justo y necesario. Las mujeres del pueblo, al sentirla más cercana, se sinceraban rogándole su ayuda para expulsar al valido, y le culpaban de todas sus desgracias.
La reina escuchaba a estas mujeres prometiéndoles entre susurros su intercesión en la medida que pudiese. Al retirarse, la ovacionaban gritando:
—¡Tres Isabelas reinas han salvado a España, la de Portugal mujer de Juan II, la Católica y la que ahora tenemos por reina!
Hacía casi nueve meses que el rey se había ausentado de la corte cuando recibimos la nueva de que regresaría antes de Navidad. Para celebrarlo, se representaría una comedia de magia en el coliseo frente al estanque del Buen Retiro. Doña Isabel, intrigada por los aparatos, la tramoya y la decoración, antes de la puesta en escena quería saber cómo falsearían la realidad y qué ardides utilizarían para simular los engaños. La acompañé; la mañana de invierno era espléndida, y después de descubrir los secretos del tramoyero mayor, decidimos aprovechar el paseo continuándolo por la rosaleda.
Charlando de unas y otras cosas, salió a colación el grave caso del duque de Medina Sidonia. Nuestro pariente había sido descubierto en su afán de independizar Andalucía de España, aliándose con el duque de Braganza y su hermana la duquesa Leonor de Guzmán. Al parecer, Olivares, al sospechar de él, había infiltrado en su propia casa a un hábil espía, tipo Miguel Molina, que le descubrió y dio al traste con el plan. En ese momento el duque se pudría preso en la cárcel de la corte. Inmediatamente le pedí clemencia.
—Tened piedad de él.
Fue solemne en su contestación:
—La tendría si no hubiese aprovechado el desastre de nuestro denostado ejército en Elvas y Olivenza al intentar recuperar Portugal para tramar la independencia de Andalucía. ¡Cómo íbamos a triunfar si el grueso de nuestros tercios estaba en la otra punta del mapa!
Bajó la cabeza, ligeramente indignada.
—No os creáis, doña María, que no me acuerdo de que vos fuisteis una de las que me recomendaron concentrar nuestras fuerzas en Cataluña dejando desatendido Portugal, que de no haber sido así, al menos hubiésemos podido defenderla.
Fingí sorpresa e indignación.
—Por Dios, señora, no estaréis culpándome de semejante desgracia. Si en su día os recomendé aquello, fue con mi mejor intención.
La reina cortó una rosa y la olió pensativa. Insistí con la esperanza de disipar por completo aquella intuición que tan cerca estaba de la realidad. Si descubriesen que sabíamos de la inminente revuelta en Portugal y no hicimos nada al respecto, acabaríamos todos presos.
—¡Cómo podéis decir eso, si sabéis que entre los pocos nobles que acudieron en auxilio de Castilla estaba don Ruy, mi señor!
La reina me miró muy seria.
—Según tengo entendido, se presentó como cualquier otro voluntario, vestido de soldado raso con pica al hombro y sin aportar un solo hombre a las filas.
Me desesperé.
—¡La multa que se le impuso para regresar a la corte después de su destierro nos ha arruinado por completo! Y los pocos hombres de guerra que había entre nuestros lacayos ya fueron destinados a otros frentes.
Doña Isabel no terminaba de convencerse.
—Y es de agradecer, pero ¿por qué me pedís entonces la salvación de Medina Sidonia?
Presa de la congoja, dudé un instante si seguir insistiendo. Quizá el mismo duque, ya preso y bajo el doloroso yugo de la tortura, hubiese delatado a Ruy para clamar benevolencia y demostrar su arrepentimiento. Normalmente las penas del Santo Oficio menguaban cuando la información era satisfactoria, y aquélla lo era.
Medina Sidonia, antes de ser detenido, supo por nuestras cartas que mi esposo acudiría a Badajoz para alistarse. Lo haría para tener una buena coartada que le salvaguardase de la duda de nuestra anterior complicidad con el alzamiento portugués, al tiempo que procuraría advertir una vez más a Pedro de Mendoza de la contraofensiva que Olivares estaba organizando en contra de Braganza.
Miguel Molina le esperaba desde hacía semanas escondido a la espera de noticias en una pequeña aldea del otro lado de la frontera. Él aprovecharía una noche sin luna para cabalgar desde el campamento español; cruzaría al otro lado y entregaría un billete a nuestro espía en el que alertaría a los portugueses de que un puñado de nuestros más adiestrados soldados muy pronto se presentarían en Lisboa de incógnito para tomar el palacio y matar al duque de Braganza, apresando a Leonor de Guzmán, su mujer, y a sus hijas.
Al llegar al campamento de los españoles, supo por un amigo de Molina que no le haría falta arriesgarse porque los portugueses ya estaban al tanto. Ahora la reina parecía saberlo todo. Presa del pánico, intenté disimular respirando hondo antes de continuar.
—¿Por qué os extraña mi insistencia? Si pido clemencia para el duque es, simplemente, porque aparte de parientes somos amigos. Hoy que todo anda desbaratado, los malos propósitos se contagian y son muchos los que no le dan un segundo pensamiento a su ambición. Es un buen hombre, pero el poder le tienta tanto como a la mayoría de los que nos rodean. Es lógico que Medina Sidonia, siendo dueño de media Andalucía y gobernador de estas tierras, se viese cegado por este pecado. ¡El error fue de Olivares al no tomar medidas sabiendo que la nueva reina de Portugal era su hermana!
La reina por primera vez bajó la guardia.
—No lo sé. Olivares a veces me desconcierta.
Más calmada al comprobar que mis temores eran infundados, recuperé el aliento.
—Tened en cuenta a la hora de excusarle, si es que lo hacéis, que su arrepentimiento al verse descubierto fue instantáneo. ¿Sabéis que antes de ser detenido retó a muerte a su cuñado el rey de Portugal en un llano cercano a Valencia de Alcántara?
La miré fijamente a los ojos implorando clemencia.
—Si no hubo duelo, no fue por su culpa. Él acudió puntual al enfrentamiento, esperó durante ochenta días a que apareciese su adversario, y sólo cuando se convenció de que Braganza nunca lo haría, decidió regresar para pedir perdón al rey. ¡Qué más queréis!
La reina suspiró.
—Sé que debería perdonarlo, pero son muchos los que dicen que debe cumplir con su pena.
Me desesperé.
—Dicen, dicen. ¡Ay, señora, si hiciésemos caso a todo lo que dicen, Olivares ya no estaría a vuestro lado! Obrad según vuestra conciencia, ahora que el rey parece escucharos más que nunca. Ignominia y bochorno ante el tirano es lo que verdaderamente todos sienten.
Doña Isabel no me contradijo.
—No sabía que le apodasen el tirano, pero Dios os oiga.
Aproveché el momento de debilidad para al fin hacerla partícipe de nuestro proceder. Acercándome a su oído, bajé el tono de voz:
—Hay una conjura en torno a él. Una conjura cargada de venganza. Un desafío de mujer que es el más enrevesado nunca visto. En ella participamos varias que a pesar de ser de diferente calidad compartimos el mismo sueño y nos hemos aunado en este afán. Llevamos décadas queriendo derrocar al conde duque para cerrar las heridas que él nos provocó en el alma, la bolsa o el honor. Pero no podemos solas.
La reina dudó un segundo antes de mirarme a los ojos.
—¿Por qué me lo decís?
Olvidando el protocolo, la así de las manos para que se sintiese cercana.
—Porque vuestra majestad bien podría ayudar si su empeño es el mismo.
Soltándose de mis manos, se distanció un poco para cortar otra rosa e iniciar un ramo. Incapaz de mirarme a los ojos, sólo me contestó:
—Al regreso del rey os llamaré para que me traigáis a esas mujeres. Quiero oírlas.
Sumamente complacida, le besé las manos arañándome el rostro con las púas del rosal. Frotándome la mejilla, me imaginé por un segundo cruzando la puerta principal del alcázar junto a la viuda y la andrajosa Guevara. Aquello levantaría sospechas, y le advertí:
—Alguna de ellas no es digna de entrar en el alcázar.
Resoluta, me contestó:
—Tampoco lo son muchas de las que allí residen creyéndose con derecho a intimidarme. Vos traedlas, que yo os facilitaré una discreta entrada.
—¿No queréis saber quiénes son?
Negó.
—No me importa si su intención es la que aseguráis.
Ardía en deseos de revelarle el nombre de cada una y sus motivos de venganza, silenciando, claro estaba, a la Calderona, que de haberlo hecho, quizá se hubiese echado atrás en su propósito. De repente, una inoportuna voz salió de entre las ramas de unos arbustos disipando por completo la seriedad de nuestra plática.
—Necio el ciego que no desfallezca ante tanta beldad.
La reina sonrió por el piropo al tiempo que disimulaba coartando al atrevido. Reconocí de inmediato la voz.
—¿Cómo osáis asustar a vuestra reina?
Ruy salió de entre el seto.
—No la asusto, sino adulo.
La reina le siguió el juego.
—Lisonjas con poco poder, o es que no recordáis lo que le ocurrió a Villamediana al insinuárseme con tanto descaro ante el rey. Aquí está vuestra esposa y vos no os recatáis ante su presencia.
Ruy rió de nuevo.
—Doña María sabe que os exalto con el máximo respeto. Nunca lo haría como el pobre Villamediana, que acabó ensartado por descarado.
La reina intentó disimular el gozo que le producía ser halagada. Otra rama crujió por debajo de los rosales que nos parapetaban.
Doña Isabel se alertó.
—¿Quién os acompaña?
Antes de que Ruy pudiese contestar, mi hermano el duque de Pastrana surgió de entre el seto que había a su lado, quitándose las briznas del pelo y colocándose los anteojos para parecer más digno.
—No os alarméis, señora. Hace meses que no vengo a la corte y no me he querido marchar de nuevo sin ver los adelantos de las obras de estos jardines del Buen Retiro.
De nuevo rieron como niños al ser descubiertos en una travesura, la reverenciaron y desaparecieron en dirección al estanque.