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«Rodrigo en poder estás

de la muerte a quien mandaste

todo el tiempo que privaste,

y a los médicos que es más

si por dicha al cielo vas,

poco seguro estaría,

aunque posible sería

que permita Dios que tenga

dimas en quien se entretenga,

y que le hagas compañía».

CONDE DE VILLAMEDIANA

El mismo 21 de octubre, quiso doña Inés salir de la larga agonía secándose los lagrimales. Esa misma mañana acudió a nosotras enlutada de pies a cabeza para rogarnos que la acompañásemos. Seguíamos sin comprender cómo aquella mujer insistía de un modo u otro en mortificarse.

¡Debía de existir una prohibición expresa para que la esposa de un ajusticiado acudiese a su tormento! Los tambores comenzaron a tocar, indicando el inicio de un macabro paseo. Nos despojamos de adornos y joyas, rápidamente nos cubrimos con andrajosos mantos, nos ensuciamos el rostro con la ceniza de la chimenea y la seguimos. Procuramos como siempre, una vez en la calle, pasar desapercibidas entre la multitud, no fuesen a tomar represalias en nuestra contra al reconocernos como parientes y amigas del reo, pues muchos son los que se dejan llevar por el fragor que la ejecución de estas penas produce en algunos desalmados.

Nada más girar en la calle Mayor el gentío nos guió. Habían pasado por las plazuelas de Santo Domingo, de Santa Catalina y de los Herradores para atravesar la calle de las Fuentes y de los Boteros antes de entrar en el territorio acotado para cebar a la muerte con otra inocente ánima.

Don Rodrigo se dirigía hacia la plaza Mayor subido en una mula. Iba escoltado por el alcalde, Julio Fernández Mansilla, sesenta alguaciles de la corte, dos pregoneros y el sonido de las campanillas que alertaban a todos de su paso.

Me indigné.

—¡No es ya suficiente humillación arrastrarlo así como para encima…!

Me callé, consciente de mi estupidez.

Aún no podíamos verle entre la multitud, pero por el alborozo que le rodeaba, sabíamos exactamente en dónde estaba. Ruy consiguió abrirnos paso a empujones. Doña Inés andaba de puntillas para atisbar entre tanta cabeza, hasta que de repente quedó paralizada. Todos alcanzamos a divisarlo en lontananza.

Iba vestido con un capuz y una caperuza de bayeta negra; el cabello lo llevaba largo y revuelto. En las manos apretaba el mismo crucifijo que le veló la noche de su tormento hacía ya tantos meses. Un pregonero gritaba desgañitándose una y otra vez lo mismo, como si la calumnia se tornase verdad a la hora de repetirla.

—¡Ésta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor! ¡Está aquí porque mató a otro alevosa y clandestinamente, y por otros delitos que del proceso resultan y por lo cual se le manda degollar! ¡Quien tal hizo, que tal pague!

Los más despistados, al oírlo, salían de inmediato a los zaguanetes y balcones para ver quién era el reo. Al reconocer a Siete Iglesias, se compadecían de él, pues muchos pensaban que ya había cumplido pena por sus pecados y no hacía falta proseguir.

El griterío, como por arte de magia, se fue calmando hasta que don Rodrigo subió al patíbulo. Sólo las campanillas sonaron. Al contrario que en otros ajusticiamientos, no se oyeron gritos de vítores ni le arrojaron nada, porque en realidad ya sólo veían la venganza de su ejecutor, el conde duque de Olivares. Don Rodrigo, hasta el momento cabizbajo, recuperó la dignidad abrigado por aquel extraño silencio, y alzó el mentón dispuesto a enfrentarse a su pena sin pronunciar una queja. Al llegar al patíbulo, su entereza era admirable. Un criado le despojó de su capa poniendo cuidado en plegarla para que la cruz de Santiago que en ella tenía bordada quedase a la vista de todos, porque de esta orden era el reo caballero. Después, le cortó las trenzas del cuello dejándole sólo un botón para estar más desahogado.

Al ir a confesarse por última vez, todos pudimos oír su voz al preguntar al padre sin titubeos ni temor:

—¿Es pecado de altivez despreciar a la muerte? Si lo es, sólo me confieso de ello.

Violó el secreto de confesión por su propia voluntad, lo que no impidió que le impartiesen la absolución.

Don Rodrigo besó al confesor, abrazó dos veces a su verdugo, se sentó muy recto en el borde del banquillo, echó sobre el respaldo parte del capuz, volvió el rostro despacio hacia los que allí acudimos a verlo y se dejó atar de pies y manos, inclinando la cabeza hacia el verdugo para darle el ósculo de paz. El gentío, hasta el momento en silencio, comenzó a gritar desaforado.

—¡Soltadle, que ya ha cumplido con creces su pena!

El verdugo miró por un instante al capitán de los alguaciles, rogando indulgencia al igual que el resto de los presentes. El alguacil se mostró erguido y distante, y con un gesto de exasperación ante la tardanza, ordenó al sanguinario que continuase.

Éste le tapó los ojos con un pañuelo de tafetán negro y levantó su cabeza para dejar el cuello al descubierto; mientras, el reo rezaba una oración con voz firme y pausada. El verdugo esperó a que terminase y le sesgó la voz y la vida.

Doña Inés, a nuestro lado, quedó muda como sin respiración, mirando el cuerpo inerte de su marido. Una mujer que estaba muy cerca del patíbulo, en un despiste del alguacil, se agachó para mojar sus dedos en el río de sangre que ya se filtraba por entre los tableros. El alguacil le pegó un pescozón, empujándola hacia la multitud, donde desapareció gritando.

—¡Esta sangre es casi reliquia, ya que nadie ha mostrado más orgullo que don Rodrigo en la horca!

Al girarme hacia doña Inés para ver si reaccionaba, reconocí a la mujer que hacía sólo un segundo había protagonizado aquel altercado. Parada junto a la viuda, le manchaba su mano con la sangre de don Rodrigo susurrándole al oído:

—Guardad una gota en un frasco porque la necesitaremos para la pócima que fragüe nuestra venganza. Vuestro señor murió con orgullo un martes, al igual que hace casi cuatro años ya en martes hizo su último viaje libre de Madrid a Valladolid y un martes le detuvieron en aquella ciudad.

Doña Inés, manteniendo su palma de la mano hacia arriba, sin pestañear la miraba perpleja como si ni siquiera la escuchase. Me enfurecí.

—¡Ni de una viuda os compadecéis! Dejadla en paz, que nosotras no creemos en pócimas y maleficios.

Me sonrió, mostrándome la mellada dentadura para continuar asustándola.

—Recordáis como fue también un martes cuando entró en la fortaleza de Montánchez, otro martes fue trasladado a la de Santorcaz y como en martes le tomaron confesión, en martes le dieron tormento y en martes le leyeron la sentencia de muerte. ¿Por qué no habría de ser ajusticiado un martes? Su destino estaba escrito y en martes ha muerto. Os aconsejo, señora, que os guardéis de los martes de aquí en adelante.

La separé de su lado, asiéndola fuertemente del brazo.

—¿Por qué nos seguís? Cada vez que salimos, queramos o no, topamos con vos, que aparecéis y desaparecéis como el diablo. Guevara, erais una mujer de bien y ahora os tornáis bruja y celestina.

Su mirada me trepanó.

—Ya os he dicho que de mí requeriréis al igual que doña Inés. Aunque lo ignoréis, un propósito nos une y hemos de cumplirlo.

Acarició a doña Inés, acercándose tanto como para que su aliento fétido se mezclase con el aire que ella respiraba.

—Guardad una gota de esta sangre, que os beneficiará, os lo aseguró.

Tapándose la cara con la capucha, dio un paso atrás. Dos hombres se cruzaron entre nosotras, y como siempre solía hacer, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.

Doña Inés tiró de una cadenita que de su cintura pendía para rebuscar en la pequeña bolsa de terciopelo negro que aquélla sujetaba. Sacó un perfumero diminuto, vació su contenido y arrastrando fuertemente el borde de su boca por la palma de su mano, introdujo la sangre de su marido en él.

—¿No haréis caso a esa mentecata?

Mirándome de reojo, me ignoró.

Una vez en casa, preparamos un discreto funeral por el alma de don Rodrigo. Cuando los pocos que se atrevieron a asistir se retiraron, fui la encargada de llevar a la viuda a sus estrados para que descansase. La única manera de conseguir que conciliase el sueño sería recordando dulces tiempos que la hicieran olvidar su penar. Quise alentarla.

—Ahora debéis centraros en vuestros hijos. Contadles cómo don Rodrigo, nada más llegar de Flandes, entró de paje en la casa del abuelo de mi señor don Ruy, hoy el cardenal duque de Lerma, y a partir de allí llegó a ser secretario de cámara del rey Felipe III.

»Narradles cómo fue agraciado con el hábito de la orden de Santiago, la encomienda de Ocaña y los títulos de conde de la Oliva y marqués de Siete Iglesias. Recordad con ellos cómo su padre fue capitán de las guardias alemanas y tudescas, demostrando su valentía. Explicadles el porqué hoy vivís en nuestra casa y cómo don Rodrigo fue un ejemplo para la fidelidad en su entrega absoluta para con el rey y la Casa de Lerma durante toda su vida.

»¡Quién iba a decir que el simple hijo de un capitán de nuestras huestes en Flandes, habido con una doncella alemana, fuese a llegar tan lejos! Intentad hacerles comprender que su padre fue un buen hombre y que fueron precisamente las mercedes recibidas las que tejieron el oscuro manto de envidia ajena que acabó cubriéndole.

»Si la privanza de Lerma era tolerada con rencor, ¡no os quiero decir el odio que surgió en contra del valimiento de don Rodrigo! Se desataron lenguas y plumas en su contra con verdaderos libelos. Su único error fue el no verlo a tiempo para poner remedio.

Doña Inés musitó pensativa:

—¡Si al menos hubiese cuidado a la priora del convento de la Encarnación! Todo el mundo sabía que la madre Mariana de San José era confidente de la reina Margarita. Le advertí que precisamente por eso la respetase, pero él continuó tratándola con desprecio y altanería hasta que la monja convenció a la reina madre en su contra.

La abracé, intentando consolarla.

—No penséis en el pasado y mirad hacia el futuro. ¿Quién iba a saber que la madre de nuestro rey moriría al poco tiempo después?

Doña Inés negó con la cabeza.

—Lo intento, Dios sabe que lo intento, pero no puedo. He intentado descubrir ahondando en el recuerdo cuándo se iniciaron nuestros problemas y en qué momento enraizaron, y después de mucho pensar he llegado a la conclusión de que todo comenzó cuando ciertos enemigos acusaron a Rodrigo mi señor del regio envenenamiento. ¿Es que no estaba claro el motivo de la muerte de la reina? ¡Por Dios, cientos de mujeres mueren al parir y no se busca un culpable! De poco le sirvió esforzarse en recuperar su crédito de antaño con el rey. ¡Si hubiésemos pujado por la embajada en Roma como pensamos al principio, al intuir el peligro, quizá aún estaría vivo!

Sólo pude abrazarla, desplegando un pésame que acababa de llegar desde Lerma y tendiéndoselo.

—Se lo agradezco a vuestro abuelo, que aún ha de penar en este purgatorio terrenal hasta su muerte. Mi único consuelo es pensar que mi señor ya no sufre.

Se sonó antes de continuar.

—Todo es traición. Aún recuerdo cómo el gran duque de Lerma le dijo a su hijo al ver cómo le traicionó: «Yo me iré y vos os quedaréis con todo, y todo lo echaréis a perder». Al menos fue más vivo y audaz que mi señor marido, porque en cuanto temió por su vida después de 53 años empleado en los oficios de la corte y de veinte casi gobernando, decidió cubrirse con el hábito cardenalicio con el beneplácito del papa Paulo V Esta sagrada armadura cumplió con su cometido, convirtiéndole en príncipe de la Iglesia y protegiendo su vida durante todo el tiempo que ha mantenido y mantiene el sabor del destierro pegado al paladar.

Sollozó doña Inés.

—Bien hubiese hecho mi señor esposo siguiendo sus pasos si eso hubiese servido para salvarle la vida. Bien sabe Dios que antes de que fuese detenido tuvimos tiempo y avisos suficientes como para poner pies en polvorosa y no lo hicimos. Él prefirió quedarse como un caballero afrontando su injusto destino antes de perder el honor frente a una fuga. ¡El ingenuo creía en la justicia y ésta le traicionó!

Sostuve sus manos entre las mías y bajé el tono de voz, no fuesen las paredes a escucharnos.

—El fallo amañado por tribunal penándole con la muerte es sólo el comienzo de una gran conjura que fraguan con saña y odio. El que traiciona una vez es muy capaz de repetir, y creo que cuando Olivares termine con todos los que en su camino se interpusieron en el pasado, irá contra los que hoy saben algo de su persona que pudiese malograr sus ambiciones. Aun así, no debemos dejarnos influir por el temor con estas suposiciones. Sería más prudente callarlas porque el mejor secreto es el que no se pronuncia ni ve el aire.

Doña Inés se echó a llorar.

—No me consuela en absoluto. Para mí ya es tarde. No estoy para tramas, venganzas o rencores. Me han confiscado los bienes y he de pensar en qué hacer con mis hijos.

—Sabed vuestra merced que en esta casa siempre velaremos por ellos. Sé que necesitan ropas nuevas, tomad estos doscientos ducados para encárgaselas.

De repente, como si el diablo la hubiese poseído, cambió la expresión. Su tristeza se hizo furia, y su perdida mirada se clavó en la mía inyectada en sangre.

—Os lo agradezco y los tomo, pero no es mi intención vivir de la caridad ajena. Bastante deudora me habéis hecho ya de vuestros favores. Sólo hay algo que me queda por hacer en la corte para librar mi desagravio e intentar compensaros por todo lo que por mí habéis hecho. Cuando cumpla con ello, espero que sólo Dios nos ampare.

En aquel momento vi cómo sacaba el diminuto perfumero de debajo de su almohada para apretarlo contra su corazón como el bien más preciado y comprendí que sus intenciones no podían ser buenas. Antes de abandonar sus aposentos para dejarla dormir, un escalofrío me recorrió el cuerpo. ¿Para qué quería la sangre de un muerto? ¿Por qué la custodiaba ella con tanto cuidado? Sólo podía servir para un maléfico conjuro en el que yo no me quería ver involucrada ni por asomo. Antes de salir, de una manera sutil se lo dije:

—Doña Inés, sea lo que sea lo que os traéis entre manos, quiero que sepáis que a mí no me debéis nada. El teneros en nuestra casa es una obligación para con vuestra familia que cumplimos con gusto. Dar es señorío y recibir es servidumbre, ése es el lema de los Mendoza desde hace generaciones y no dejaremos de rendirle los honores debidos.