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«Truécanse los tiempos,
Múdanse las horas,
Unas en placeres,
En pesares otras».
FRANCISCO DE BORJA Y ARAGÓN
El día anterior al final del luto declarado fuimos a recoger a don Ruy a la puerta de la cárcel. Como la reina nos había prometido, no sólo le liberaron, sino que también le indultaron, por lo que esa vez se vio librado del destierro al que había sido condenado por desorden público. De regreso a casa le contamos todos los detalles de nuestra audiencia en las Descalzas Reales, incluida nuestra rápida despedida por la llegada del rey.
—¿No andaba recluido en señal de luto en San Jerónimo del Real?
Sonreímos.
—Ahí anda, pero al parecer hasta mañana 9 de mayo que se declara oficialmente terminado el luto con un solemne Tedeum en la iglesia de Santa María. No puede estar un día sin verla, y así, a espaldas de los corrillos, pasan todos los días un par de horas con las cortinas del dosel de la cama echadas.
Mi ingenuidad se hizo evidente.
—¿Insinuáis que holga plenamente con ella, tan preñada como anda?
Don Ruy y su amigo Francisco de Quevedo, que nos había acompañado a recogerle, se miraron a través de sendos anteojos arqueando las cejas para mofarse de mi incredulidad. Fue el escritor el que contestó:
—Sin duda el rey quiere recuperar los cuatro años en los que aun estando casados los han tenido separados. Imaginaos al príncipe encerrado en el alcázar de Madrid, ansioso de poder dar rienda suelta a sus instintos juveniles, mientras que su mujer, un par de años mayor que él, esperaba pacientemente en El Pardo el momento idóneo para dejar de ser doncella. ¡Aún recuerdo cómo les obligaron a vivir separados sin catarse, no fuese el diablo a tentarlos demasiado jóvenes! ¿No es eso tentar a la naturaleza? Actuando así, sólo consiguieron que don Felipe enardeciera en unos deseos que sin duda tardará en saciar. Debió de fantasear tantas veces con una travesura deshonesta y prematura que ahora no puede dejar de realizar su sueño ni un solo día, bien sea con la reina o con cualquier otra mujer. No pude contener mi lengua.
—Dios quiera que la criatura de sus entrañas no sienta las embestidas del fogoso ímpetu que padece.
La carcajada de don Ruy me molestó.
—Mientras sólo escape a hurtadillas para colarse en las Descalzas Reales para visitar a su mujer y no a otra hermana…
Su abuela le recriminó de inmediato.
—¡No escarmentáis! ¡La estupidez os priva! Mientras no contengáis vuestra lengua, no llegaremos a ninguna parte. Si os obcecáis en vuestra actitud, acabaréis otra vez en el calabozo, y os aseguro que del próximo saldréis solito.
Lejos de amedrentarse, mi señor le replicó:
—¿Me vais a decir abuela, que no hay caballeros que alardean de visitar con regularidad los claustros de las monjas aprovechando las sombras?
Doña Ana frunció el ceño, enfureciéndose.
—¡Si lo hacen, mal hecho está y peor el comentarlo!
Don Ruy sonrió de nuevo, agarrándome de la mano.
—Tenéis razón. Tenemos que preservar la inocencia de la juventud, que cuanto más tiempo se conserva, más feliz se es.
Le miré con dulzura y parpadeé como la párvula más ingenua del mundo. A mis dieciséis años sabía que la inocencia encubierta era mi mejor arma en el supuesto de que yo alguna vez decidiese mantener algún capricho en secreto. El primero se estaba fraguando en mi mente.
Nuestro amigo Francisco de Quevedo intervino en el chismorreo.
—Hoy don Felipe le estará contando a la reina entre arrumacos que durante el almuerzo en los Jerónimos ha ordenado cubrirse a Olivares en su presencia. ¡Don Gaspar por fin es grande! ¡Un triunfo más a su ambición, que choca con la oposición que en su día plantearon a dicha pretensión vuestro abuelo el duque de Lerma y el marqués de Siete Iglesias! Es tal su ansia de venganza que casi se huele en el aire de la corte.
Doña Ana habló como para sí misma.
—Sólo es el principio de todas las mercedes que ansía.
El carruaje se detuvo en la plaza de la Cebada debido al paso insoslayable de un numeroso rebaño que cruzaba frente a nosotros; repentinamente, se abrió la puerta. Don Ruy echó mano de inmediato a su daga, el cochero gritó alertándonos y un lacayo intentó retener a la asaltante, pero al reconocerla, mi abuela hizo una señal para que la soltasen, ordenando calma.
—¡Guevara! No están los tiempos como para aparecer de sopetón y sin previo aviso.
La mujer, haciendo oídos sordos, posó su mano mugrienta sobre la de doña Ana. Sin tocas, me costó reconocer a aquella mendiga desaliñada y andrajosa. La duquesa se sorprendió al verla de esa guisa.
—¿Qué hacéis aquí? Aún falta un día para que la reina regrese al alcázar. ¿No deberíais estar a su lado?
—Debería, pero como temía, Olivares me ha apartado de su lado y me ha rebajado de mi oficio mandándome a cocinas y prohibiéndome pisar las salas nobles nunca más. Mi orgullo me ha llevado a preferir la calle.
—No hagáis tonterías y regresad de inmediato antes de que nadie sepa de vuestra ausencia. Estoy segura de que en cuanto el rey conozca de vuestro infortunio, pondrá el remedio pertinente. ¡Con el cariño que os tiene desde niño!
La Guevara se enfureció aún más.
—¡El rey lo sabe y no ha movido un dedo! ¡Ni siquiera se ha despedido de mí! Está hechizado, mi señora.
Se hizo el silencio mientras los cascabeles del rebaño se alejaban. Doña Ana, después de pensarlo un instante, miró directamente a la Guevara.
—Id a mi casa, lavaos y presentaos como es debido. Yo os daré un trabajo.
Una carcajada cascada y desagradable retumbó en toda la plaza.
—¡No es caridad lo que os vengo a pedir! Aunque os lo agradezco. Sólo he querido, al ver pasar vuestro carruaje, alertaros sobre lo que se nos viene encima. Hasta ahora eran meras suposiciones, ahora son realidades. Vuestro pariente Lerma sólo se ha librado de la muerte por su vestimenta cardenalicia, pero los demás están por caer. Esto sólo ha comenzado. ¡Miradme!
La Guevara se irguió, como queriendo que nos regodeásemos en su miseria.
—Si es esto lo que Olivares ha hecho con una noble convertida en humilde plebeya por amor y cuyo único defecto fue el procurar que el rey la quisiese desde niño, ¡qué no hará con los nobles cercanos a la corona! Estrecha tan sibilinamente el cerco de los antiguos afectos del rey que nadie parece percatarse de ello.
»Hacedme caso. En muy poco tiempo estrangulará la menguada voluntad real con el mismo tino que un asesino apresa un fino e indefenso cuello entre sus garras. Se hará dueño de cada uno de sus latidos, del fluir de su sangre azul, y sólo aflojará su mano para permitirle respirar de vez en cuando y cuando le convenga. ¡Debemos impedírselo como sea!
Mientras hablaba, estrujaba su delantal entre las dos manos mostrando la podredumbre de su mellada dentadura.
Doña Ana se indignó.
—Una vez no hace mucho tiempo os dije que os cuidarais de haceros cautiva de vuestras palabras. Ahora os veo más presa del delirio y de la locura. ¡Cochero, adelante!
La empujó para separarla de la ventana, pero la vieja no se dio por vencida.
—¡Si me necesitáis y queréis uniros a mi en el odio hacia el valido, me encontraréis en la casa de la Margaritona!
Aquello despertó cierta curiosidad en la duquesa, que ordenó al cochero que parase para asomarse de nuevo. La Guevara, al verlo, se acercó para escucharla.
—Mirad que nacisteis con noble y sola os ahogáis en el pozo más misérrimo. ¿Estáis en casa de la alcahueta?
—Si dedicarse como matrona al pingüe oficio del celestineo es ser alcahueta, sí. Veo que la conocéis. No es extraño, ya que no hay alma en la corte que no haya acudido a ella.
Mi abuela, incómoda ante la pública revelación, intentó alterar el rumbo de la conversación.
—¿Por qué he de estar yo en contra de Olivares?
La mujer arqueó las cejas.
—Si aún no tenéis motivos, los tendréis; y decid a vuestro pariente, el duque de Uceda, que se ande con cuidado, pues os aseguro que se arrepentirá muy pronto de haber traicionado a su señor padre el duque de Lerma poniéndose del lado de «ese gran señor» que vuestra merced aún defiende. Que de gran señor tiene lo que yo de dama.
Mi abuela disimuló atacando.
—Deslenguada. ¿Es que acaso no veis que estoy acompañada? ¿De dónde sacáis semejantes embustes?
Sonrió, bajando la voz a un susurro.
—Sólo os digo que los corredores del alcázar por donde transité hasta hace bien poco repiten entre susurros todo lo que en los salones se mienta. Ya vendréis a buscarme con vuestro acompañante Francisco de Quevedo, que su señor el duque de Osuna tampoco se librará.
Ana de Guevara se embozó en su manto y desapareció entre la muchedumbre. Mi abuela gritó:
—Demasiadas predicciones para una sola mujer. Tened cuidado o cualquier día os veremos montada a horcajadas sobre un gran pollino, azotada por el verdugo y tocada con una goroza que os cubrirá la cabeza.
Guevara se dio la vuelta, mirándonos con descaro. No pude reprimir mi lengua.
—¡Terminaréis en la casa de galeras!
Segura de sí misma, sonrió antes de cubrirse la cara con una mantilla agujereada. Desapareció cual espíritu maligno. Las bridas de los caballos sonaron y comenzamos a andar de nuevo.
—¿Quién es la Margaritona? —pregunté.
Quevedo fue el que me contestó, al comprobar que mi abuela estaba inmersa en sus pensamientos y ajena al mundo.
—La Margaritona es conocida por hacer estragos o milagros, según convenga, en el complicado negocio del amor. Sabe tornar doncella a la que ya perdió la virginidad, desembarazar de su preñez a la mujer que se lo solicita, y enamorar con sus pócimas a quien se resiste. En definitiva, da soluciones a los desesperados modelando voluntades a su gusto.
A los pocos días, las predicciones de Guevara se empezaron a cumplir una a una sin que pudiésemos hacer nada al respecto.