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«Que la cortés estrella que os inclina

a privar sin intento y sin venganza,

milagro que a la envidia desatina,

tiene por sola bienaventuranza

el reconocimiento temeroso,

no presumida y ciega confianza».

FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS

Epístola satírica y censoria contra las

costumbre de los castellanos

Con el sosiego y los ánimos más calmados, empezamos a pensar en cómo llevar a cabo todas las ilusiones de venganza que manteníamos paralizadas. Aquella noche aproveché que don Ruy mi señor estaba ausente en Guadalajara visitando a nuestra abuela y que mi sacrificado cargo de dama de la reina me daba un respiro para acompañar a la viuda de Rodrigo de Calderón a ver a la Guevara.

Sabía que desde hacía tiempo las dos se querían reunir conmigo en la clandestinidad, pero siempre eludía sus ruegos excusándome ante las constantes obligaciones que me tenían ligada a la corona. El temido aunque deseado momento llegó.

Como antaño, salí embozada en mi manto para mejor ocultar mi identidad y seguirla hacia donde me guiase. Para mi sorpresa, tomamos la dirección opuesta a la de la mancebía que regentaba la Guevara. De inmediato detuve mi acelerado paso para tomar a mi guía de un brazo, y aprovechando el refugio de unos soportales, la obligué a parar. Al mirarme a la cara comprendió mi desconcierto.

—Doña Inés, los tiempos en los que cerraba los ojos y me dejaba gobernar ciegamente ya han pasado. ¿No estaba la casa de la Guevara por allí?

Señalé a una calleja angosta que dejamos atrás. Ella se mantuvo en silencio.

—No es por llevaros la contraria, pero cada vez que os sigo en busca de esa tusona, me llevo una sorpresa. Hace mucho tiempo que no la veo sino por casualidad, pero aún recuerdo claramente dónde vivía. ¡Cómo olvidarlo!

Eludió mi mirada.

—No vamos a su casa, sino a la de su amiga.

Me indigné ante la persistencia que demostraba en no hacerme partícipe de sus planes con anterioridad. Creía que el secreto de nuestra intención estaba bien guardado, pero me equivoqué. Debía haber previsto que aquellas dos impacientes no se someterían voluntariamente a la larga espera que yo les venía demandando, pero de ahí a engrosar nuestra lista sin ni siquiera preguntarme… Apretándole aún más el brazo, me enojé.

—Acaso olvidáis que en esto estoy tan comprometida como vos. ¿Quién es la nueva? ¿Por qué me ocultáis su identidad?

Soltándose para frotarse el antebrazo dolorido, me contestó:

—Mi señora, sabéis que no desconfío de vos, pero si ahora os digo a quién vamos a visitar, quizá os neguéis a seguir adelante. Siempre quedamos en que vuestra merced se encargaría de atraer a nuestras filas a las más altas damas mientras yo me ocuparía de las de baja estofa. Dejadme al menos presentárosla y después decidid si la queréis junto a nosotras.

Le contesté de inmediato.

—Creo que no lo habéis pensado detenidamente. Esa mujer, quien quiera que sea, una vez nos haya visto y sepa de nuestras intenciones, sabrá de nuestro secreto. En su mano estará el desvelarlo y sólo tendremos dos opciones para con ella. O matarla o aceptarla.

La súplica emergió de sus ojos.

—Vos misma decís a menudo que nuestra próxima venganza hacia Olivares ha de ser más sutil que la anterior. Que esta vez no sólo nos limitaremos a idear una manera de arrancarle la vida, sino que además nos regodearemos con su tortura, haciéndole indigno a los ojos de todos. Que para ello tendremos que recurrir si es necesario a artimañas políticas, a triquiñuelas económicas e incluso a la voluntad de la reina. ¿Y por qué no a las más fuertes debilidades del rey? Permitidme llevaros ante ella sin más preguntas y os prometo que os alegraréis de tenerla a nuestro lado.

Le tendí la mano para que me guiase de nuevo. Dudaba de que una simple plebeya pudiese llegar a influir de alguna manera en las altas voluntades que pretendíamos acallar, pero la curiosidad sobre a qué debilidades se refería me tentó.

—Os mostráis tan segura que se me hace imposible contradeciros.

Animada por mi recuperada sumisión, continuamos caminando. Al tomar la calle de la Cruz, pensé saber adónde nos dirigíamos. Nos detuvimos tres casas antes de llegar a la corrala de este mismo nombre y llamamos a la puerta. Ésta no tardó en abrirse. La Guevara sonrió al vernos.

—Me alegro de veros, mi señora. Hice mal en dudar de la palabra de esta condenada viuda que lleváis a vuestro lado cuando juró que os traería. ¡Lo que no se proponga doña Inés!

La viuda de Rodrigo de Calderón sonrió modestamente.

—Me ha costado, pero aquí la tenéis. ¡El día que vea muerto a…!

La misma Guevara le tapó la boca de un manotazo. Tras ella los pasos calmados de mujer bajaban las escaleras. La casa, de estructura pobre, en su interior estaba ricamente decorada con tapices, alfombras y cortinajes, e incluso tenía un brasero de plata centrado entre un montón de almohadones de seda dispuestos para sentarnos.

Pensé que aquella mujer, si conocía a la Guevara, debía de tener a un hombre poderoso que la mantuviese. Guevara nos azuzó para que tomásemos asiento antes de que la dueña entrase. Al descorrer el cortinaje de la puerta, me quedé perpleja. Si me habían ocultado su identidad, era precisamente porque ya la conocía de vista. ¡Quién no la conocía! La mujer más popular de la corte se presentaba ante mí, vestida con una rica bata de seda encarnada ceñida a la cintura con un fajín brocado de plata. Su larga melena trigueña le cubría toda la espalda, llegándole las puntas a la parte alta de sus nalgas.

Prendido de su mano traía a un pequeño patizambo, que, a pesar de no conocernos, corrió a tumbarse en medio de nosotras sin ningún pudor ni vergüenza. No podía negar de quién era hijo. Esos ojos claros, el pelo rubio y un mentón levemente pronunciado delataban su austriaca ascendencia. La Calderona avanzó hacia nosotras como si siguiese suspendida en el escenario con la vestimenta adherida a cada curva de su cuerpo. Sus pasos resbalaban suavemente sobre las losas de barro encerado del suelo como si volase. Al agacharse para revolver el pelo de su hijo, satisfecha del desparpajo que demostraba ante nosotras, el escote cruzado que portaba nos mostró su pecho desnudo.

Al ver hacia dónde mi mirada se desviaba, se irguió para recolocarse la vestimenta. Tomó un cazo para revolver el agua con aroma de azahar y jazmín que perfumaba el ambiente, lo tapó y tomó asiento.

Pensé que no debía de agradecer en absoluto nuestra visita, puesto que con suma insolencia fingió ignorarnos. Absorta, paseaba su mirada por la estancia como si estuviese actuando sobre un escenario, observando a una nada repleta de almas invisibles.

¿Por qué aquella mujer quería unirse a nosotras? El rey acababa de reconocer a su hijo Juan José de Austria, y aunque sabíamos que su ardor inicial se había calmado después del nacimiento del príncipe Baltasar Carlos, eran aún muchos los que aseguraban que no había dejado de verla. Con ello había superado con creces el ambicioso sueño de cualquier farandulera. ¿Qué más pedía su desmesurada ambición? Pasado un eterno instante de silencio, a lo largo del cual su manifiesta altivez estuvo a punto de truncar la entrevista, la comedianta por fin se dignó saludarme.

—Si estáis aquí esta noche, sólo es por el empeño que en ello ha puesto la Guevara.

A pesar de que la curiosidad me roía las entrañas, estuve a punto de levantarme. La viuda detuvo mi impulso al tirar de mis faldas hacia abajo, forzando así mi asiento. Le contesté con las mismas palabras.

—No creáis que, siendo dama de la reina, para mí es plato de buen gusto estar en casa de la mujer que tantas noches en vela le ha causado y sigue causándole.

La joven sonrió sarcásticamente.

—Ya podéis decir a vuestra señora que no ponga tanto cuidado en ello, porque si las cosas siguen así, muy pronto dejará de saber de mí.

De repente sus carnosos labios se apretaron en una mueca de dolor que contuvo sólo aparentemente, pues una lágrima traicionera recorrió la fina piel de su mejilla hasta derramarse al final de su barbilla, dibujando una mancha oscura y minúscula en la seda de su bata.

La Guevara acudió a su vera, le apartó los mechones de pelo que a la cara se le habían pegado, le secó los ojos con los puños de encaje de su camisa y le levantó el mentón.

—¡Qué os he dicho! Así lo único que demostráis es debilidad y precipitáis vuestra despedida, porque ningún hombre quiere a una llorona en su lecho.

Descubrí en ese momento cuál era la verdadera cara de la comedianta; estaba claro que hasta el momento sólo había estado actuando. Fue precisamente la madre de la mancebía la que tomó la palabra para dar un tiempo a recuperarse a la entristecida.

—Doña María, sé que os parecerá extraño que estemos aquí. Nunca cabría una alianza entre la Calderona y su majestad la reina, aunque el propósito fuese común, pero también os digo que no es menester que doña Isabel lo sepa nunca. Nosotras doblegaremos los sentimientos más pasionales del rey mientras que ella pueda someterle en todos los demás.

No pude contenerme.

—¿Por qué la Calderona ha de querer la desgracia del tirano, si fue él mismo el que impulsó al rey a reconocer a su hijo?

La Guevara me contestó:

—Parece mentira, mi señora, que aún no conozcáis del todo al valido. ¿O es que no sabéis que Olivares no hace nada sin una segunda intención?

Pensé rápidamente para no quedar como una ingenua.

—Que yo sepa, Olivares sólo lo ha hecho para reconocer sin problema al que un día tuvo fruto de un amor juvenil.

Sus carcajadas me exasperaron.

—Quizá lo haya hecho por eso, pero lo que no sabéis es lo que hay detrás de todo ello. La misma reina posiblemente también lo ignore. Don Gaspar estuvo aquí hace tan sólo dos noches para dejar claro que si este niño se llamaba desde ahora Juan José de Austria, nunca más podría seguir a la vera de su madre. Que muy pronto vendrían a por él para llevarle a criar como es debido a la casa de un noble caballero, y que además su madre tendría que desaparecer inmediatamente de la corte para calmar las afiladas lenguas de los mentideros.

La Calderona la escuchaba apretando las mandíbulas, y no pudo reprimir su interrupción.

—¡A un convento de un pueblo llamado Valfermoso, cercano a Guadalajara! ¡Quieren hacerme priora!

Se levantó, abriéndose el escote para dejar al aire sus turgentes pechos, y dando una vuelta sobre sí misma para que los admirásemos, prosiguió.

—Sin haber cumplido los veinte años y con este cuerpo que Dios me ha dado, ¿creéis de veras que tengo porte o vocación de monja?

Tal y como estaba, se desplomó de nuevo sobre el almohadón. La Guevara la consoló como si fuese la más hermosa de sus desconsoladas hijas.

—Pensad que es la salida más digna para quien optó a lo inalcanzable. Recordad que hubo un día en que soñasteis con legitimar a vuestro hijo al igual que muchas amantes de rey, y sólo vos lo conseguisteis. En una ocasión os hablé de Leonor de Guzmán, la amante de Alfonso XI que consiguió que su propio hijo Enrique reinase en vez del legítimo Pedro el Cruel. Entonces os dije que vivierais la vida como venía y no ansiaseis más de lo que teníais, porque es bien conocido que la avaricia rompe el saco y ni vos sois ella ni España es la misma.

Repentinamente otro arrebato la invadió, y empujando a un lado a su amiga, se incorporó.

—¡No me vengáis con recuerdos absurdos! Aquella amante regia murió asesinada en un calabozo, y yo no pienso dejar que nadie me quite la vida.

De nuevo bajó el tono de voz, pensando para sí misma:

—¿Qué es lo que le hice al rey? Sólo quise lo mejor para él, procurándole todo el insaciable placer que me demandó. ¿Qué pecado hay en ello? En un mundo en el que el precio de una hogaza de pan duro paga a cualquier asesino para que ejerza su mercenaria profesión, y en el que el robo de comida en el mercado es la costumbre de la mayoría de los buenos padres de familia que no saben cómo alimentar a los hambrientos polluelos de sus nidos, yo sólo intenté hacerle olvidar los ronquidos y quejas que los gobiernos de sus reinos le acarrean.

Fue calmándose poco a poco.

—Cada vez que cierro los ojos le veo. El rostro de Olivares viene a mí una y otra vez, y todo en él me produce náuseas. ¿Cómo alguien así puede ser el dueño de la voluntad real? Chantajea sutilmente con esa mirada ladina incapaz de delatar el pensamiento que por su sesera pasa. Ese mostacho cuidado y remilgado, el vanidoso movimiento de cada uno de sus miembros…

Sujetándose el estómago, dio una arcada.

—¡Agh! Traedme una escudilla, que el asco me revuelve las entrañas. Quiero vomitar la repulsión que el solo recuerdo de su rostro me produce. La venganza será mi único consuelo desde ese claustro que ni quiero ni deseo. Yo ahora me veo obligada a renunciar a la libertad, pero hay algo que el conde duque no ha calculado: sé cosas de él que, bien mezcladas y aderezadas, pueden herirle de muerte. Su vanidad y sed de poder últimamente le han cegado y ha bajado la guardia.

Tuve que intervenir:

—¿Qué es lo que sabéis?

Me miró estrujando la lazada de su fajín con rabia en su puño y prosiguió como si no me hubiese oído.

—Para mí las corralas, el estreno del teatro del Buen Retiro, las alhajas, las lisonjas y las risas quedarán relegadas, pero para él…

Apretó los dientes de nuevo.

—Para él sólo empieza la bajada vertiginosa de unos escalones tan desgastados que se tornarán rampa resbaladiza en cuanto menos se lo espere.

—¿Tan fuerte os creéis?

Arqueó sus cejas, cargadas de melancolía.

—Lo fui. Lo fui de la misma manera que mi confidente la Guevara lo fue mientras amamantaba a mi amante de niño, al igual que vos mientras erais la nieta política del cardenal duque de Lerma antes de caer en sus zarpas, o del mismo modo que la viuda antes de ser testigo del injusto degüelle de su marido Rodrigo de Calderón.

»Lo fui, al igual que todas vosotras, y consciente de mi actual posición y vuestro pasado, siento vértigo. Quizá os parezca demasiado joven para hablar así, pero la vida me ha enseñado rápido y sé que yo nunca podría hacerlo sola; por eso he decidido unirme a vuestra causa, cualquiera que sea, aportando la poca influencia que me pueda quedar.

Miré a la Guevara sumamente enojada. Era evidente que había descubierto nuestro secreto sin consultarnos previamente. La iba a reprender cuando afuera un gran griterío interrumpió nuestra conversación. ¡La plaza Mayor estaba ardiendo! Quedamos precipitadamente en que la reina por el momento no sabría nada ni de nuestra intención, ni de nuestra conjura, ni de la participación de la Calderona en ella; y salimos dispuestas a ayudar en la extinción del fuego.

La farandulera partiría hacia su convento en Guadalajara hasta que el momento fuese oportuno. Le prometí mantenerla informada sobre el estado del pequeño en cuanto supiese adónde le llevarían a criarse, y nos despedimos.

En la calle pudimos divisar la gran claridad que el fuego había abierto en el oscuro cielo. La gente corría desaforada hacia la plaza portando cubetas vacías con la esperanza de hallar agua en las cisternas que justo debajo de ella había. El humo, en forma de nube negra, iba apoderándose del aire que respirábamos, y el olor a quemado se impregnaba en nuestros sayos.

Todo fue en vano. Ante la mirada impotente de los madrileños y la escasez de agua, aquella inmensa pira refulgió durante tres eternos días devorándose entera la manzana de casas que había entre la calle Toledo y la Imperial. Sólo los más devotos pudieron salvar las imágenes de los Santísimos y Vírgenes de las iglesias de San Ginés y Santa Cruz.

Apenas había transcurrido un mes cuando Olivares quiso borrar de nuestros semblantes la consternación con la celebración de un juego de cañas en la misma plaza Mayor. Le advirtieron de que aún humeaban las ruinas de la desgracia pasada y manaban lágrimas de los ojos de los damnificados, pero aun así se empeñó. Su afán por cubrir con divertimentos los sufrimientos era ineludible, y siempre había almas frívolas con las que contar para que le secundasen.

Esta vez la ira del fuego se rebeló ante la ignominia, y recién comenzados los juegos, se prendió fuego otra casa reavivando los temores de todos y provocando el pánico entre los presentes. Ya ni siquiera estos festejos conseguían hacer olvidar al pueblo sus desatinos. Ahora faltaba que también el rey se convenciese de ello.