15. La Habana, enmendando el infortunio
Cuba, mi amor, qué escalofrío
te sacudió de espuma la espuma,
hasta que te hiciste pureza,
soledad, silencio, espesura,
y los huesitos de tus hijos
se disputaron los cangrejos.
PABLO NERUDA,
Ahora es Cuba
Apenas me adentré por las callejas de la Habana, oí a un pequeño ofreciendo a voces La Gaceta de la Aurora.
—¡Comprad, comprad el diario más leído de Cuba! ¡Sabed a qué han venido el doctor Balmis y su gente!
Ansiosa por saber a qué se refería, rebusqué en mi bolsa, saqué una moneda y se la tendí. El pequeño se agachó para posar en el suelo el cesto que llevaba sobre la cabeza, rebuscó un ejemplar en buen estado y me lo entregó. El dibujo de una goleta semejante a la María Pita ilustraba el artículo de la portada. En cuanto encontré un banco, cerré la sombrilla, me quité los guantes de paseo y me dispuse a leer. Poco a poco y según avanzaba, mi inicial euforia fue declinando.
¡Aquel cronista de pacotilla en vez de alabar nuestra llegada se mofaba de nosotros con comentarios un tanto sarcásticos! Y es que, al parecer, una vez más la vacuna se nos había adelantado.
Me desesperé porque no sabía si esta vez sería capaz de afrontar a solas las trabas contra las que luchamos en Puerto Rico. Una vez más eché de menos a Salvany. Desde que partió, había intentado asirme al único consuelo posible convenciéndome a mí misma de que el tiempo y la distancia entre los dos iría difuminando los contornos de su recuerdo, pero para mi mayor desesperanza no era así. Por más que lo intentaba no conseguía pasar un día entero sin pensar en él.
Con la mirada fija en una de las flores blancas del magnolio de enfrente, sacudí la cabeza para despegármelo. Suspiré antes de continuar leyendo. Los tentáculos de la maldición a la que estuvimos sometidos en Puerto Rico eran mucho más largos de lo que nunca hubiésemos imaginado y la gaceta se regodeaba en nuestra frustración. Entre dientes leí en alto.
Alguien debería informar al tal doctor Balmis de que aquí ya conocemos su medicina. Convendría aplacar sus aires de grandeza contándole cómo la Junta Económica del Consulado hace tiempo que ofreció dos importantes premios a quien trajese la vacuna a la isla. Los premios eran de cuatrocientos pesos para quien localizase una vaca enferma de viruela que pudiese generar el fluido y de doscientos para quien consiguiese traer el milagroso remedio desde cualquier otro lugar, no importaba la manera de conseguirlo ni de dónde lo trajesen.
Como recordarán los lectores, las albricias de su llegada acontecieron el pasado 10 de febrero. Una fecha memorable para todos los cubanos ya que el segundo galardón por fin tuvo un merecedor. Fue María Bustamante, la que desde Aguadilla en Puerto Rico llegó al puerto de La Habana portando la preciosa linfa de salvación en el cuerpo de su hijo de diez años y de dos esclavas mulatas de ocho y seis años. A ella y no a este doctor es a quien debemos toda nuestra gratitud.
Con rabia arrugué la gaceta entre mis manos. ¡No podía ser! No era tanto mi enfado por la falta de reconocimiento como porque, si aquello era cierto, de nuevo me las vería y desearía para encontrar pequeños vacuníferos que nos acompañasen a México sin recurrir a la mercaduría humana.
Solo por el bien de nuestra empresa me alegré de que en América no se aplicasen del todo los ideales libertarios de la Revolución francesa. Allí, la esclavitud seguía en boga a pesar de llevar mucho tiempo abolida en el viejo continente y no tenía visos de desaparecer ya que los grandes señores necesitaban como el agua manos baratas en sus plantaciones. Por muy en desacuerdo que estuviese con aquella práctica, nuestra causa era lo principal y cualquier medio para conseguirlo justificaba el fin. Allí, al contrario que en otros lugares, si no encontraba niños siempre podría comprarlos. Ya me encargaría yo de buscarles un buen amo a la hora de revenderlos.
Seguí leyendo aquel liviano noticiario. A la prepotencia del escritor solo le quedaba hablar en mayestático y no tardó en hacerlo.
Sí, señores lectores. Deberíamos presentar hoy mismo al recién llegado al doctor Tomás Romay, Él fue el verdadero encargado por orden del capitán general, el marqués de Someruelos, de propagar por toda esta isla el precioso tesoro que María Bustamante nos regaló.
En una pequeña nota al margen derecho se leía: «Para más información, lean en el papel periódico de La Habana el último artículo del doctor Romay».
¿De quién hablaba ese idiota? ¿De él y de Dios?, ¿de él y del gobernador?, ¿de él y de sus secuaces? ¿Quiénes eran esos que cuestionaban con tanta ligereza una orden real? No esperaría a averiguarlo.
Ni corta ni perezosa, decidí encaminarme a la casa de vacunación que el tal doctor Romay debía de haber constituido. Pregunté aquí, allá, en un par de paladares y no me costó llegar a la calle del Empedrado número 71, porque estaba justo al lado del hospital de San Juan de Dios. Era su residencia.
Me abrió una negra. El susodicho, en cuanto oyó cómo me presentaba, se asomó a la balaustrada que rodeaba el piso de arriba. Por su vestimenta le localicé de inmediato.
—¿Podéis recibirme ahora?
Resultó mucho más amable de lo que esperaba.
—¡Os aseguro, señora, que es un honor para mí la visita de cualquier miembro de la expedición de Balmis! Me gustaría bajar, pero en este momento estoy ocupado.
¡Cruzad el pórtico del patio y subid por las escaleras de enfrente!
Llevaba las gafas puestas sobre la punta de la nariz, enfundados los guantes y lo que desde la distancia parecía una lanceta bien sujeta entre el índice y el pulgar.
En los peldaños bajos de la escalera había varios niños que tuve que sortear. La mayor fue la que me acompañó derrochando buenas maneras. Debían de ser sus hijos. Nada más verme entrar con la gaceta hecha un gurruño en mi bolsa, se lamentó.
—No hagáis caso del noticiario. Conozco al escritor de esa noticia y es un hombre sin escrúpulos que lo único que busca es escandalizar. Os aseguro que si hubiese sabido antes de esa portada, mi amigo don Salvador de Muro y Salazar hubiese detenido su publicación sin necesidad de que nadie se lo pidiese. Ya comprobaréis vos misma que el marqués de Someruelo, a diferencia de otros gobernadores, es un hombre tan apacible que no hace otra cosa que luchar por la justicia de todos. ¡Si incluso se atreve a defender a los esclavos de algunos abusos! Muchos de los maltratados por sus amos en Santo Domingo celebran su venta a cualquier señor de estas plantaciones porque saben que se les dará un mejor trato.
Estaba solo, lavándose las manos en un cubo de estaño. Se las secó con un paño y me tendió la derecha.
—Bienvenida seáis vos, doña Isabel, y todos los que os acompañan. ¡Estaba deseando conoceros porque no sabéis cómo admiro a vuestro jefe! ¡De él he aprendido todo lo que sé y he practicado estos últimos meses en Cuba!
Segura ya de su buena intención no me anduve con rodeos.
—¿A cuántos habéis vacunado, doctor?
Como haciendo memoria, dirigió la mirada al techo al tiempo que dejaba la toalla con la que se había secado las manos sobre la espaldera de la silla.
—Los primeros fueron mis cinco hijos. Pensé, como muchos antes, que sería la mejor manera de disipar el recelo y los miedos a lo desconocido de los demás. Después de ellos, mmm…
Abrió por la última página un gran libro parecido a los míos y me contestó alegre.
—Exactamente a cuatro mil personas en las costas de la isla. Son las más fáciles de encontrar, ¿sabéis? De las zonas más recónditas del interior aún hoy se están ocupando el puñado de practicantes que adiestré para ello. Además de esta en La Habana, tengo filiales abiertas en Trinidad, en Villa de Santa Clara, Santiago y Puerto Príncipe. Estoy deseando conocer a Balmis para mostrarle este libro y explicarle con precisión qué es lo que hemos hecho antes de su llegada.
Más que a envidia o recelo, su tono sonó amistoso, tanto que rozaba la veneración. No hacía ni cinco minutos que le conocía y había conseguido disipar por completo la inicial desconfianza que aquel desafortunado artículo me había provocado. Tardé media hora en beber el refrigerio que me ofreció, y la conversación no decayó en ningún momento. El tiempo corrió raudo hasta que el doctor dio por concluido nuestro encuentro. Al despedirme fue claro.
—Doña Isabel, ha sido un placer que no dudo se repetirá pronto. Espero entonces conocer a don Francisco Xavier Balmis.
No pude negarme a ello.
—Si no tenéis nada mejor que hacer, acompañadme. Es mejor que le conozcáis en persona antes de que esa dichosa gaceta tergiverse su verdadera imagen.
Sin dudarlo un segundo bajó de dos en dos los peldaños de la escalera. Se dirigió a un perchero que había a la derecha del zaguán, dejó que le vistiese la joven esclava que hacía las veces de portera con la casaca que distinguía a los médicos-cirujanos, se cubrió precipitadamente con un tricornio negro y salió despendolado. Al segundo se asomó de nuevo.
—Lo siento, doña Isabel. Es tanta mi ilusión por conocer a vuestro director que se me olvidaba lo principal. —Me tendió el brazo para que me agarrase de él—. Mi embajadora e introductora.
Una pizca de vanidad me sobrecogió al sentirme importante.
Cuando Balmis me vio llegar asida de su brazo le recibió a la defensiva, pero Romay, con esa sinceridad que le caracterizaba, no tardó más de cinco minutos en disipar su suspicacia. En un abrir y cerrar de ojos se erigió en su máximo valedor en esa tierra afable que acabábamos de conocer.
Por primera vez, nuestro director parecía deleitarse con la compañía de otro hombre, tanto que a los pocos días se convirtieron en inseparables. El uno disfrutaba haciendo partícipe al otro de sus logros, y el otro dejándose empapar de la ilusión que La Habana rezumaba por cualquiera de sus grietas y recovecos.
Comprobada la efectividad de la vacuna de Romay, Balmis simplemente se limitó a darle el plácet y la enhorabuena. Él daba todo tipo de explicaciones.
—No fue difícil convencerles para que se sometiesen a la operación, porque aproveché la coyuntura de que muchos en realidad acudían a mí en busca de otros remedios para sus males. A cambio de dejarse vacunar, yo les proporcionaba otras curas de diferente índole. Un simple trueque forzado por la necesidad.
Entusiasmado por hacernos de introductor, nos presentó al gobernador y a todo hombre o mujer insigne en la ciudad, mientras que nosotros nos dejábamos guiar.
Pasado casi un mes, la María Pita ya estaba arbolada, todas las piezas que el temporal había arrancado, repuestas, y solo quedaba que fijásemos un día para zarpar.
Estaba cerrando las contraventanas del barracón cuando a mis espaldas oí el paso arrastrado y cansino de alguien. Al darme la vuelta, un hombre con el rostro amarillento vomitó salpicándome los zapatos y el bajo de las faldas. Al ver que se tambaleaba a punto de caer, corrí a sostenerlo. Me arrodillé y posé su cabeza de lado en mi regazo a la espera de que el doctor Balmis acudiese a diagnosticar su mal. Solo tuve que gritar una vez su nombre para que apareciese inmediatamente.
—Está amarillo. ¿Qué es, doctor?
A pesar de los escalofríos que tenía, le tocó la frente para medir la calentura. Estaba ardiendo. Le abrió la boca repleta de llagas negras y al momento le empezó a sangrar la nariz. Solo entonces tragó saliva.
—Vulgarmente se le conoce como vómito negro o pútrido-bilioso, para nosotros es fiebre amarilla, maligna, nerviosa y contagiosa. Suele atacar cuando el clima es caluroso y se contagia por la picadura de los mosquitos.
El hombre se movía de manera compulsiva debido a la alta fiebre y procuré sostenerlo. Balmis me miró preocupado.
—Isabel, hay que aislarle de inmediato.
Creo que aquella fue la primera vez que prescindió del tratamiento ante mi nombre.
—¿Tan contagiosa es?
Su silencio recalcó la evidencia de mi absurda pregunta. Improvisando una angarilla con una sábana y dos palos, tomó al enfermo por las axilas para colocarlo en la sábana. Incapaz de mantenerme quieta, le ayudé tirando de sus piernas. Una vez seguro, me dispuse a levantar los dos asideros traseros al mismo tiempo que él hacía lo propio con los delanteros.
—Desgraciadamente no es la primera vez que me enfrento a esta enfermedad —me confesó entre jadeos—. Hace años, cuando yo impartía clases en la universidad gaditana, arribó un barco procedente de aquí cargado de esta desgracia. Se habían deshecho ya de la mitad de la tripulación que había fallecido durante la travesía, pero nos lo ocultaron para que no les declarasen en cuarentena. Su secreto trajo la epidemia a la ciudad. Jamás había visto una enfermedad tan letal. —Suspiró—. Procuramos ser discretos para no asustar a la población, pero llegó el momento en que nos fue imposible: si no hay nada más difícil que esconder un féretro, ¡imaginad una procesión de ellos! Cuando llegaron a doscientos los caídos, las autoridades prohibieron a las iglesias tocar a difunto para no aumentar la alarma. De nada sirvió, ya que para entonces el fantasma del pánico había obligado a muchos a abandonar la ciudad despavoridos. Fue lo peor que podía pasar, ya que su miedo logró expandir la enfermedad por toda Andalucía.
»El usual bullicio de la ciudad se hizo eco del silencio y en las calles desiertas de Cádiz solo se oía el fúnebre traqueteo de las ruedas de los carros sobre el empedrado. Estos, cargados a rebosar de cadáveres, tomaban el camino a extramuros de la ciudad porque en el cementerio no quedaba un hueco más donde enterrarlos.
Mirando con temor al enfermo, solo pude preguntar:
—¿Y cómo terminaron con ella? ¿Tiene algún tratamiento? El cese del tañer de los campanarios no me parece una medida muy resolutiva.
—Siguiendo los consejos de los doctores Moreau y Smith, conseguimos mitigar levemente la epidemia pulverizando a cañonazos de vapor de cloro y oxígeno las zonas más afectadas de la ciudad. Pero como siempre suele suceder, la inconsciencia de los que aún quedaban en la ciudad y el cansancio de una clausura impuesta para un pueblo que normalmente vive puertas afuera hicieron que muchos se saltaran la cuarentena. —Suspiró de nuevo—. Al final fueron más de siete mil gaditanos los que perdieron la vida.
Me sorprendía la naturalidad con la que Balmis narraba semejante atrocidad. Ni un quiebro en su voz delataba la angustia que un recuerdo así suele provocar en cualquier persona.
Di un paso atrás nada más dejar al enfermo sobre el suelo de una cuadra abandonada lo suficientemente lejos de los demás. Sabía que yo era inmune a la viruela, pero quién me decía que también lo era a la fiebre amarilla.
—Nunca leí nada al respecto.
El doctor, tan poco temeroso como expresivo, mojó un paño en un barreño de agua para pasárselo por el pecho al enfermo antes de inclinarse a escuchar sus latidos. Hizo un silencio y luego me contestó.
—No dejaron que las gacetas lo publicasen por el mismo motivo por el que silenciaron las campanas. Ya sabéis el refrán: «De lo que no se habla no existe». El caso es que hablando de ella o no, aún hoy en día hay casos aislados de fiebre amarilla por toda Andalucía.
Chasqueando la lengua me miró fijamente a los ojos. Ya empezaba a conocerle y siempre lo hacía en el momento más preocupante. Antes de que Salvany nos dejase, era con él con quien se explayaba. Ahora era yo quien había cogido el relevo de José, más por obligación que por deferencia, pues en absoluto ansiaba escuchar un segundo más de lo debido al hombre que nos había separado. Balmis prosiguió vistiendo de nuevo al enfermo.
—¿Os dais cuenta de cómo todo es recíproco en la vida? Si alguien nos acusa en estas tierras de haberles traído a las Indias la viruela y la gripe, siempre podremos contraatacar hablándoles de la fiebre amarilla.
Tras una arcada, el hombre tiñó de un negro viscoso las sábanas que le cubrían. Balmis me gritó esquivando los espumarajos.
—¡Poneos de inmediato un pañuelo empapado en vinagre sobre la boca y traedme otro a mí! ¡Haced como sea aceite de tomillo y mandad a todos los miembros de la expedición que se impregnen con él! Es el único remedio que conozco para repeler a estos malditos insectos.
Yo ya salía corriendo cuando oí sus últimas órdenes.
—¡Y decid a todos que no se acerquen a menos de diez varas de aquí a no ser que se encuentren mal! ¡Que eviten las charcas y lugares húmedos y que rieguen con agua de borra de café todas las macetas de la casa! ¡No hay otro modo de matar sus larvas!
Como siguiese ordenando remedios a destajo no sería capaz de recordarlo todo. Al salir precipitadamente, topé con un grupo de curiosos que atisbaban desde el alféizar de la ventana y no pude evitar despacharme con ellos.
—¡Y vos, los de ahí, desapareced si no queréis terminar igual!
Después de un murmullo el gentío fue disgregándose.
En su ignorancia y pensando que aquel era un efecto de la vacuna de la viruela, muchos indios prefirieron irse sin preservarse de ella. Podía haber intentado detenerlos pero estaba demasiado ajetreada en ese momento. El susurro de las palabras de Salvany me vino a la mente recordando lo que un día me dijo: «Isabel, tened en cuenta que los indígenas, por sus creencias ancestrales, suelen interpretar cualquier mal que les ataca como un castigo de Dios por su impío proceder y lo aceptan con suma resignación. Pero si intuyen por un casual que la enfermedad puede venir de nuestra mano será sumamente difícil convencerlos de lo contrario».
Rascándome el antebrazo me di cuenta de que la amenaza era mucho más grande, ya que mientras atendía al enfermo uno de aquellos diminutos asesinos me había picado. Por la tensión del momento ni siquiera lo sentí.
Rápidamente me dirigí a la botica. Empapé un pañuelo en vinagre, me froté la picadura y me cubrí la nariz y la boca con él. Tomé la garrafa de aceite de tomillo de la balda correspondiente y ayudada por un embudo y con pulso firme rellené un pequeño frasco para llevárselo al doctor junto a otro pañuelo avinagrado.
De camino a la cuadra y desde una distancia prudencial le pedí a mi María, aún vestida de grumete, que se hiciese cargo de los niños hasta mi regreso embadurnándolos y procurando llenar las dependencias de borra de café, macetas de albahaca y limones con clavo. Si además hacía corriente en los cuartos, mejor que mejor porque sabido es que los mosquitos la aborrecen.
Sorprendida por mi frenético proceder solo asintió.
—¡No será fácil, pero por favor te lo pido! ¡Cubre mi vacío al menos hasta que esté segura de no haberme contagiado! Será menos de una semana, te lo aseguro.
Al día siguiente enterramos al enfermo. Pensé entonces que ya habría terminado todo pero el doctor estimó oportuno que permaneciésemos aislados en aquellas dependencias al menos tres días más. Como si fuésemos los únicos habitantes de la Tierra, él pasaba las horas dibujando plantas en su cuaderno. Yo cubría los silencios rezando, zurciendo, remendando y cuadrando cuentas con todo lo que el practicante me había mandado en el mismo cesto en que nos envió las viandas que comeríamos. Apenas cruzábamos unas palabras de vez en cuando y la verdad es que yo tampoco tenía ganas de sincerarme en absoluto con el hombre que tanto había contribuido a la pérdida de mi amor.
Al atardecer me alertó el grito de mi pequeño Benito llamándome desde la lejanía. Me asomé con la esperanza de que Balmis no lo hubiese escuchado. Vocalicé gesticulando.
—¡Vete!
—¡No podré dormir sin mi señal de la cruz en la frente! —insistió el pequeño.
Tragué saliva. Ya no había nada que hacer: seguro que el doctor lo habría oído. Estaba siendo testigo de mi debilidad y eso era algo que me molestaba sobremanera, principalmente desde el instante en que me dio a elegir entre Salvany y mi pequeño ángel. Por mucho que lo intentase, nunca olvidaría aquel momento. Sin importarme ya nada le grité.
—¡Si todo va bien, pasado mañana tendrás tres!
Tras lanzarme un beso al aire salió corriendo.
Al darme la vuelta, topé con Balmis. Esperé a que hiciese algún comentario pero no lo hizo; de nuevo me sorprendió con una medio sonrisa que me dio que pensar.
Al anochecer, el tedio de esa compañía impuesta fue disipando la incomunicación a la que nos aferramos en un primer momento y a la luz de la candela Balmis empezó a abrirse. Tuvimos tiempo para pensar, discutir y dialogar. Él me hizo partícipe de sus proyectos más inmediatos y yo, evitando recordar a Salvany, le confesé abiertamente mi intención de adoptar a Benito para algún día afincarme y formar una familia. No era un secreto, pero sí era la primera vez que se lo decía sin tapujos.
Durante estas conversaciones, con frecuencia el doctor mantenía mi mirada más tiempo de lo debido. Era como si intentase decirme algo incapaz de pronunciar. Algo que yo prefería no imaginar siquiera.
Este acercamiento hizo que los demás días transcurriesen veloces. Al final Balmis parecía haber comprendido todos y cada uno de mis desvelos y lo más extraño es que ahora no le importaba implicarse.
—Isabel, no quiero que os angustiéis por este tiempo que hemos de permanecer aislados porque aquí en Cuba no tendremos problemas para encontrar niños servibles. Ya veréis, tengo una idea para que en solo un día de mercado podamos acceder a ellos. No tenemos síntomas, así que los insectos que nos picaron no debieron de transmitirnos la fiebre, pero no está de más prevenir. En menos tiempo de lo que pensáis podremos salir y os diré qué tengo en mente.
Sin que me lo revelase tenía una vaga idea y resultó ser la acertada.
Al amanecer del tercer día, con esa vergüenza que una mujer recatada siente al descubrirse, le dejé inspeccionar pulgada a pulgada cada recoveco de mi piel para cerciorarse de que ningún insecto más me hubiese picado.
Allí prácticamente desnuda ante sus ojos, una vez finalizado el reconocimiento, me fue masajeando el cuello, la espalda y las extremidades hasta donde el recato lo permite con el aceite de tomillo. Sin poder evitarlo, sus caricias me estremecieron de tal manera que la calentura del rubor debió de iluminar mis mejillas. Al terminar, sin demostrar más sentimiento que el de un médico sanando a un paciente, me pidió que hiciese lo mismo con él. Fue la primera vez que le veía a pecho descubierto y mi nerviosismo debió de ser palpable ya que fui incapaz de tomarme el mismo tiempo que él.
Volcando las últimas gotas de aceite de tomillo en la palma de mi mano le fregué el pecho y la espalda en cuestión de un segundo a la vez que evitaba mirarle a la cara. Al terminar con aquel suplicio, por fin me dio permiso para salir. En un segundo me vestí, cogí todos mis enseres y me dispuse a poner un poco más de tierra de por medio entre los dos. Lo necesitaba, y como un preso liberado después de años en un calabozo dejé que la luz del exterior apaciguase mis alterados sentidos.
Caminando ya en dirección al barracón de los niños, me detuvo su voz.
—Isabel, aunque os parezca imposible han sobrevivido a vuestra ausencia. Permitidles estar un tiempo más y disponeos de inmediato a buscar nuevos portadores. Aquí tenéis las monedas para comprar los cuatro esclavos que nos faltan. Esta vez podéis aumentar su edad entre los doce y los quince. Así serán más fuertes, resistirán mejor el viaje.
Tras una leve inclinación de cabeza, cogí la bolsa y me dispuse a cumplir.
Ante mi inexperiencia en esas subastas humanas el doctor Romay se ofreció a acompañarme. Al saberlo, María, que aún esperaba nuestra partida para arrancarse sin dar demasiadas explicaciones el disfraz del grumete, acudió a nuestro encuentro. En su ausencia el sobrino de Balmis se había hecho cargo de los pequeños.
Como aún faltaban dos horas para que diese comienzo la venta, decidimos visitar por última vez la residencia de beneficencia de niñas indigentes y el consulado para asegurarnos de que los niños que mandábamos de vuelta a Venezuela habían llegado bien, y terminamos paseando por el jardín botánico para deleite personal.
La joven grumete no se separó de mí ni un instante. Estaba agobiada, ya que sabía que al día siguiente nos iríamos sin ella y aún no le había conseguido el trabajo que le prometí. Lo que ignoraba era que desde que llegamos a La Habana había hablado con varias señoras sobre ella, pero por desgracia ninguna necesitaba a nadie para servir en sus casas. Se lo oculté para evitarle la frustración de falsas esperanzas.
De repente, me di cuenta de que si había alguien a quien podría ayudar sería precisamente a Romay. No tenía ni idea de cómo iba a convencerle de aquello, pero de lo que no había duda era de que tendría que ser rápido. Pensando en cómo lo haría para ser concluyente y certera, miré a mi alrededor.
La Habana se había ganado a gala el apodo de la Perla del Caribe. Las calles estrechas en perfecta cuadrícula tenían unas veinte varas de ancho mientras que la principal doblaba su tamaño. Las habían construido de tal manera que el viento predominante subía por ellas para refrescar el ambiente.
Decenas de palacetes flanquearon nuestro paso hasta llegar a la plaza mayor, donde habían dispuesto el mercado bajo los soportales que protegían del sol a sus vendedores. En el centro de ella había una gran fuente de piedra formada por un gran tazón al que cuatro delfines escupían chorros de agua turbia. Sedienta, paré a un aguador, y este al ver la moneda en la mano me tendió el vaso a rebosar de agua fresca.
Allí estaban los edificios más representativos. La iglesia, el palacio del marqués de Someruelos, la casa capitular, la cárcel, la escuela mayor y el teatro. Sentí no haber tenido tiempo para asistir a una sola representación. En el centro, la mercaduría bullía de agitación.
Entre golpes y empujones, sorteamos los primeros tenderetes de frutas, granos y raíces. El colorido de los limones, las mazorcas de maíz, los mangos, las guayabas, los plátanos, las coles, los boniatos y los largos «hacecillos de culantro» pintaban un vistoso cuadro que según avanzábamos fue degenerando en hermosura y olores. Un poco más allá, el aroma a fruta fresca y verduras fue solapándose con el fuerte olor a pescadería y carnicería. En las primeras abundaban los pargos y la rabirrubia; en las segundas, la vaca, los puercos y las aves. Colgados en los ganchos de la pared, los animales iban siendo descuartizados sobre unas mesas con tapa de mármol según la demanda.
Procurábamos evitarlos cuando un ladronzuelo con un chicharrón entre las manos me empujó mientras huía de su captora. No pude evitar resbalar y caer sobre un montón de endebles jaulas de caña y cuerda. Una de ellas se abrió liberando a un montón de gallinas que escaparon despavoridas. Sobre mí bailaron nubes de plumas al son del guirigay. La dueña de las aves, una negra desarrapada y medio desnuda, me insultó y me lanzó un puntapié antes de salir corriendo tras ellas.
—¡Berraca, tochera! ¡Vete a otro lao a dar la chucha!
Por su acento apenas pude descifrar lo que decía y menos entenderlo. Tampoco necesitaba de un traductor para interpretarlo.
Aturdida como estaba, fue el doctor Romay el que me despegó de aquella resbaladiza alfombra de barro, plumas y pútridas cascaras de fruta. Mientras tiraba de mí, un burro cargado con dos alforjas repletas de cachivaches le pegó un pisotón que le hizo saltar de dolor. Visto lo visto me tomó de la mano y sin decir nada más aceleró el paso abriéndose camino a empellones hasta un lugar donde pudimos parar sin ser arrollados. Juanillo nos siguió de cerca.
Aún jadeando, no pude dejar de reparar en dos mujeres que, sentadas sobre unos fardos de piel curtida, amamantaban a un bebé de pocos meses directamente de las ubres de una cabra. Una sostenía al pequeño boca arriba, mientras que la dueña del animal sujetaba sus patas traseras para inmovilizarlo. Otras tres criollas con sus pequeños en brazos esperaban en fila su turno, y es que todo ese tipo de cosas no se vendían en las limpias pulperías y confiterías que muchos catalanes habían abierto en las calles principales.
Desde allí ya se veía el estrado adonde nos dirigíamos. A su alrededor, multitud de negras con grandes canastas sobre la cabeza ofrecían a los señores que como nosotros esperaban el comienzo de la subasta quesos, carne ahumada, empanadas, butifarras, talangas y algún que otro corte de ajiaco aderezado con un sainete de ají. Viandas cubanas que la mayoría comía en la calle y a destiempo.
Detrás de aquella tarima, justo al lado de un montón de sacos de yute llenos de azúcar y de otros tantos barriles de miel, había una treintena de hombres, mujeres y niños provenientes de las costas africanas maniatados y fuertemente custodiados. Esperaban tan asustados como hacinados a que los ingenieros de las plantaciones de caña pujasen por ellos. Me extrañó el interés con que Romay miraba al grupo.
—¿Buscáis algo en particular?
Se acarició la lazada del cuello al tiempo que se ponía de puntillas para divisar sobre las cabezas.
—Desde que Mariana nos dejó al desangrarse en el último parto, todo está manga por hombro y necesito una esclava más para que se haga cargo de mis hijos más pequeños.
Mirando de reojo al camuflado grumete, le hice un guiño.
—¿Cuántos esclavos tenéis, contando a la porterita que conocí?
—Once —me contestó como sin darle importancia.
Después de aquel primer día había visitado muy a menudo la vivienda de Romay. Era el clásico palacete colonial, con dos columnas flanqueando el pórtico que presidía la entrada principal. Contando los salones, el comedor y la biblioteca, tendría unas veinte estancias de las cuales cuatro apenas se utilizaban. Si a eso le añadíamos que de sus cinco hijos, los dos mayores ya se valían por sí mismos, me parecían demasiados esclavos. Pensé rápidamente en cómo conseguir mi objetivo.
—Perdonad por mi indiscreción, pero… ¿con cuántos esclavos se bandeaba vuestra mujer?
Frunciendo el ceño, pareció recapacitar un segundo, apartó la mirada de aquellos desgraciados y me miró buscando en mis pupilas una solución a sus problemas.
—Con solo ocho todo funcionaba a las mil maravillas, pero, desde que murió, todo se desmadra. Nunca mejor dicho.
Quiso bromear con sus últimas palabras pero fracasó rotundamente al quebrársele la voz. Aproveché que bajó la mirada con añoranza para asirle del brazo.
—Doctor Romay, como sabéis, antes de embarcarme en esta aventura fui la rectora del hospicio de La Coruña y eso si algo enseña es a administrar una casa para aprovechar al máximo sus recursos. Vos, si me permitís decíroslo, no necesitáis más esclavos sino a una mujer de confianza que los dirija y vele por vuestros hijos en vuestra ausencia. Y eso no lo encontraréis aquí.
Repentinamente se hizo el silencio y sonó el mazo para anunciar al primer infeliz que subastarían. A empujones subió al estrado un hombre tan joven, fuerte y alto como asustado. Cuando las pujas empezaron a sonar entre el gentío, le susurré al oído.
—Yo tengo la persona perfecta para ello. Es una joven española, sumisa, fiel y tremendamente cariñosa con los niños. Sabe contar, sumar y restar y jamás os robará porque conoce bien desde muy niña del sacrificio que cuesta ganar una moneda. Ella es bien mandada y sabrá imponerse a vuestros esclavos. Solamente tendréis que darle un tiempo para conocer los entresijos de vuestro hogar y os aseguro que no os arrepentiréis de haberla contratado a vuestro servicio.
Detrás de él y aún vestida de grumete, María se agarró el cuello de la raída camisa negando con la cabeza. Por nada del mundo quería que la presentase así. Esbocé una sonrisa. Romay lo pensó solo un segundo.
—Me fío de vos, doña Isabel, pero mañana partís, así que no tenemos mucho tiempo. ¿Podríais traérmela esta tarde?
Asentí.
—Siempre que antes me ayudéis a seleccionar a los niños que debo comprar para poder soltar amarras.
María pegaba brincos de alegría. Subió al estrado un grupo de seis pequeños.
—La primera y la cuarta y la quinta me parecen muy sanas y sé que Lorenzo Vidat no os las dejará demasiado caras —me susurró Romay—. Si las queréis revender después en México, no tendréis problema. Yo mismo pujaré por ellas ya que el negrero me conoce.
Mostrándole sobre la palma de la mano los doscientos cincuenta pesos como el máximo al que podía llegar mi puja, asentí y le dejé hacer.
En cuanto nos las entregaron bastaron unas camisolas para cubrirlas y un par de galletas de queques que engulleron para que nos siguiesen sumisas.
Junto a ellas venía un niño que hacía de tamborcito en el regimiento de Cuba. Se llamaba Miguel José Romero, aún no estaba vacunado y sus padres me lo dejaron allí mismo a condición de su posterior regreso. Este pequeño se hizo muy amigo de Benito en cuanto se conocieron.
Temí que Balmis rechazase a las niñas por no ser varones, pero Romay se adelantó asegurándole que no había niños en sus mismas condiciones. Sin discutir los aceptó a todos.
Poco antes del atardecer llamé a Juanillo para que viniese a mi cuarto a hurtadillas, apenas le quedaban unos minutos para convertirse definitivamente en María. Le ayudé a desliarse la cincha que durante tanto tiempo le había tenido oprimido el pecho, a frotarse la mugre de la piel y a lavarse el pelo en mi palangana. Le regalé un vestido lleno de remiendos que se me había quedado estrecho hacía tiempo pero que una vez en su cuerpo me pareció más hermoso que nunca, y terminé buscándole un gorro de faena lo suficientemente fruncido y cuajado de puntillas como para disimular su drástico corte de pelo.
Al salir nadie la reconoció, ni siquiera el doctor Romay, que esa misma mañana había estado a su vera durante toda la subasta. Después de una charla con ella, le pidió que se incorporase al trabajo lo antes posible. Quedó perplejo cuando le dije que aquella misma noche dormiría en su domicilio, solo le quedaba ir a por sus cosas y traerlas.
Ya a solas, María me cubrió la cara de besos al tiempo que me juraba que no sería la última vez que nos veríamos porque a mí me debía la oportunidad de haber encontrado una vida digna por la que luchar. Por mi lado me comprometí a escribirla asiduamente desde donde me encontrase y a excusar su repentina deserción ante el capitán Pedro del Barco.
Esperé a hacerlo al momento del embarque, no fuese este a buscarla por toda La Habana. En su rostro percibí un viso mudo de añoranza por tener que prescindir de su compañía, pero nunca me lo reconocería y es que, en aquel peculiar contrato que habían firmado entre los dos, ella siempre le dio mucho más de lo que recibió. Su oportunidad había llegado al fin y lo mejor sería olvidar el pasado.
A punto estaba de subir en la falúa que me llevaría al barco junto a los niños cuando la vi llegar. Venía a despedirse rozagante y rezumando alegría. Las dos miramos a nuestro alrededor con una sonrisa de complicidad. Ninguno de sus compañeros de tripulación pareció reparar en ella excepto el capitán Pedro del Barco, que desde la otra embarcación disimulaba su sorpresa al comprobar que yo andaba enterada de todo. Prometimos hacer lo imposible por vernos de nuevo a lo largo de nuestras vidas y nos abrazamos.
Una vez a bordo esperamos a que largase amarras un bergantín correo llamado El Palomo que estaba abarloado por la amura de babor. Los niños que regresaban a sus hogares en la Guaira gritaron despidiéndose de los galleguitos, y una vez desplegadas velas, su capitán Diego Prieto se despidió del nuestro. Pedro del Barco le devolvió el saludo al tiempo que vigilaba la maniobra y a la espera de que terminara para iniciar la nuestra.
Ese 18 de junio, allí junto al castillete de proa, de nuevo me vino Salvany al pensamiento; me disponía a recorrer otro tramo en la distancia que nos separaba. Aquel día se cumplía un mes y diez días desde nuestra despedida y aún no había recibido noticias suyas. Quizás él supiese cómo olvidar con más facilidad.
Pedro del Barco dirigió una última mirada al puerto, justo donde estaba María, y suspirando gritó:
—¡Levad anclas!