9. Pasión prohibida

Puerto Rico, 9 de febrero de 1804

Yo volaré; que un Numen me lo manda,

yo volaré: del férvido océano

arrostraré la furia embravecida,

y en medio de la América infestada

sabré plantar el árbol de la vida.

MANUEL JOSÉ QUINTANA,

A la expedición española para propagar la vacuna

en América bajo la dirección de don Francisco Balmis

La calma del mar era absoluta. El trapo de las velas flameaba al socaire tan huérfano de viento como nuestros niños de padres. La humedad penetraba en nuestros poros haciéndonos sudar constantemente y aún era más insoportable en los días de calma chicha cuando ni una brizna de viento soplaba. A los que no habían conocido otro clima que el gallego aquello les abotargaba.

Absorta en el infinito del horizonte pensaba en cómo la convivencia había limado las asperezas y la desconfianza que en un principio nos guardábamos los unos con los otros había desaparecido, cuando sentí la osada presencia de una mano posada sobre la parte baja de mi nuca.

El día anterior el calor había sido tan angustioso que hasta la mantilla y el sombrero con los que solía protegerme me sobraron. Me los quité recogiéndome el pelo en un moño con la esperanza de que la brisa aligerase mi sopor. Craso error, porque las consecuencias fueron justo las contrarias y el astro rey se cebó con aquellas zonas de mi piel que normalmente le ocultaba. El cogote me ardía y aquella caricia inesperada me escoció.

—Lo siento.

Procuré sonreír sin darle importancia.

Sacando un pañuelo de su bolsillo, Salvany limpió las gafas que llevaba prendidas del cuello y me miró la piel más de cerca. Me pareció distinguir un atisbo de rubor en sus mejillas.

—Tengo un ungüento en el botiquín que sin duda os aliviará.

Procuré restarle importancia.

—Es igual.

Apretando con un dedo sobre mi piel, insistió.

—No lo es, esta quemadura no os ha debido de dejar pegar ojo esta noche y el cansancio es el peor enemigo del buen humor. ¿Qué vamos a hacer hoy si nuestra única dama nos priva de su sonrisa?

¿Me estaba cortejando? Desde que salimos de Canarias, en más de una ocasión le había sorprendido mirándome fijamente, y él, al verse descubierto, siempre desviaba su atención disimulando. Y es que José poco a poco había ido abandonando su cascarón protector. ¿Sería porque aquella pequeña goleta nos unía sin remisión? Para entonces la brisa marina había tostado su piel y el justiciero sol descolorido aún más su rubia cabellera. Así el clima marítimo había conseguido borrar de su semblante aquel aspecto enfermizo que tenía el día que le vi por primera vez borracho en la cantina del puerto de La Coruña.

—Tenéis que cuidaros si queréis asistir a los demás.

Acariciándome la parte dolorida, antes de retirarme quise echar una ojeada a los niños. Andaban tranquilos y entretenidos jugando a las tabas. Por si acaso, le pedí a Juanillo que no les quitase la vista de encima.

Ya en el camarote de Salvany tomé asiento en la única banqueta que había. En cualquier otro lugar nuestra situación habría sido tremendamente comprometida dado que una mujer como Dios manda nunca ha de quedarse a solas en un cuarto con un hombre, no obstante aquel no era cualquier lugar. Intenté dejar la puerta abierta para no dar la oportunidad a insidiosos comentarios, pero el tope estaba roto y al primer vaivén esta se cerró estrepitosamente aislándonos del resto de la tripulación.

Salvany sacó de su maletín un frasco de pomada, hundió los dedos en ella y me pidió permiso con la mirada para untármelo. Cierta vergüenza me obligó a bajar la vista, consciente de que ya sería inevitable nuestro contacto. Desatando mi corpiño lo aflojé para poder tirar de la camisa y ensanchar su escote hasta el inicio de mis hombros.

Con sumo cuidado, Salvany fue extendiendo el ungüento muy despacio. Sus caricias sobre la parte alta de mi espalda me produjeron un extraño y descontrolado escalofrío que fue apoderándose de todo mi cuerpo.

Con la mirada aún baja, comprobé angustiada cómo todo el vello de mi antebrazo se erizaba y todavía fue peor cuando al cruzar los brazos bajo mi pecho noté que no solo estos estaban tiesos, pues también mis pezones se empitonaron. Y es que desde que me quedé viuda ningún hombre me había tocado hasta entonces. Al menos de aquella manera.

Ladeándome ligeramente, busqué mi toquilla para esconder todo aquello que no quería hacer evidente…

—¿Buscáis algo? —me preguntó al percibir mi tensión.

Esperanzada de que no notase mi congoja, procuré que la voz no me temblase.

—Mi toquilla. Tengo un poco de frío.

Según pronunciaba esas palabras me di cuenta de que, en caso de hallarla, nunca me la podría echar sola sobre los hombros sin soltarme la embocadura de la camisa y dejar al descubierto mi pecho.

—Está aquí, colgada sobre el respaldo —me contestó separándose unos centímetros—. Os la podría dar pero tengo las manos demasiado pringadas. Aguantad un poco que termino enseguida e intentad relajaros. Tenéis los músculos altos de la espalda tan duros como el granito.

Si lo que pretendía era tranquilizarme, aquello había terminado por ponerme aún más nerviosa. En silencio comenzó a masajearme la nuca. Cerré los ojos intentando acorralar aquellos sentimientos para empezar a disiparlos. Por un lado mi tentación deseaba fervientemente que José continuase, que no cesase nunca, que siguiese expandiendo esa pomada hasta sobrepasar los límites de aquella quemadura que nos había servido de pretexto. Por el otro, la prudencia y la arraigada castidad me frenaban.

Sentí cómo el borde de mi camisa resbalaba hasta la altura de mis codos. No hice nada para evitarlo, ya que mi contenida entrega seguía ocultando mis vergüenzas. Voluntariamente, mis brazos cruzados sobre el pecho fueron aflojando su abrazo a pesar de todo lo que aquello pudiese desvelar.

Al entreabrir los ojos pude ver nuestra imagen en el espejo. Yo medio desnuda; él deleitándose con pasión en aquel remedio que tanto me aliviaba. Sentí pudor ante tan bella escena y fue entonces cuando se atrevió a mirarme fijamente a los ojos a través del reflejo. Sostuve su mirada haciendo un leve amago de cubrirme, mientras José ya me acariciaba los antebrazos.

Agachándose un poco pegó sus labios a mi oído. Detrás como estaba de mí, no podía verle de cuerpo entero, pero su respiración sonaba excitada.

A punto estaba de susurrarme algo cuando una voz nos interrumpió. Todo el calor de nuestros cuerpos se hizo hielo en un segundo. Era Balmis.

—¿Qué sucede aquí?

Nos separamos el uno del otro como si fuésemos dos niños descubiertos en plena travesura. Salvany trató de disimular pegándome unas gasas al pringue de la espalda. Su voz sonó insegura.

—Señor, estoy aliviando las quemaduras de doña Isabel.

Al acercarse a comprobarlo me subí la camisa hasta el cuello manchándola de pomada. Incapaz de pronunciar una sola palabra, esperaba que el rubor no me delatase.

Sin remilgos ni licencias de ningún tipo, Balmis me descubrió de nuevo, quitó las gasas y comprobó la veracidad de la dolencia palmoteándome con fuerza la zona dolorida. ¡Siempre tan rudo! Musité un quejido.

—Espero, doña Isabel, que hagáis lo posible para que este ardor no se repita, porque las consecuencias pueden ser tan graves como vuestro desembarco inmediato en el siguiente puerto. Y vos, Salvany, acompañadme a la sala de vacunación, que tenemos que inocular a otro niño.

Al salir los dos me quedé pensativa. ¿Cómo podía haberme dejado llevar por semejantes sentimientos? Si Balmis me había permitido embarcar era precisamente porque estaba convencido de que serviría a la causa como cualquiera de sus hombres sin plantear ningún problema por mi condición de mujer. Sabía que me había defendido en la corte. Que lo había hecho a ultranza frente al capitán del barco que se negaba a embarcarme por ese temor, y yo ¿cómo le correspondía? Traicionándole a la menor oportunidad. No era mi intención.

Dios sabía que cuando quedé viuda me prometí a mí misma no volver a enamorarme o sufrir por un hombre. Aquello me había sorprendido débil, sola y desprevenida.

Antes de levantarme para correr a preparar a los niños, me propuse no dejarme llevar por el corazón, por muy necesitada que estuviese de cariño. Las necesidades egoístas se curan precisamente dando a los demás lo que a uno le falta y eso es lo que haría. Desde ese preciso momento, cuando la tentación me llamase me abrazaría a mis pequeños con todas mis fuerzas. Ellos ya me habían salvado en alguna ocasión de esos desatinos incontrolados y no me fallarían esta vez.

Al entrar en la sala, ninguno de los dos doctores me miró. El terror me invadió al ver quiénes eran los niños elegidos como los siguientes eslabones de la cadena de vacunación. Pastor, el enfermero, con sumo cuidado desinfectaba una a una las pústulas ya vacías de los niños hasta entonces portadores. Estos habían cedido su preciada linfa a la lanceta mientras que otros dos aguardaban. ¡Uno de ellos era mi particular ángel custodio! Benito, que con el brazo extendido me miraba asustado.

Días antes habíamos acordado cuáles serían los siguientes, y Benito no estaba en la lista. Es más, aprovechando que el equipo médico estaba reunido al completo, les supliqué un trato de preferencia para mi pequeño y al final acordaron no infectar a Benito hasta haber terminado con el resto de los expósitos de La Coruña, pero… ¿por qué ahora en apenas unos minutos Balmis había cambiado de opinión? ¡Si esa era la manera que tenía de castigarme por mi desliz con Salvany, estaba claro que aquel hombre no sabía ejercer el mando! La pena era desmesurada comparada con la falta cometida. ¡Si ni siquiera me había dado tiempo a enmendarlo!

¿Cómo iba a decirle a Balmis que era mi niño por mutuo acuerdo? Si precisamente me aceptó por no tener parientes a quien añorar o sentirme vinculada. Si hasta entonces nunca había tenido preferidos.

Incapaz de defraudar al jefe de la expedición por segunda vez en un día, corrí a abrazar a Benito por detrás mientras Balmis le arañaba la piel con aquella lanceta infectada de pus. Cuando terminaron, el doctor me miró a los ojos.

—He cambiado el orden de los niños en esta cadena para que aprendáis a no encariñaros con nadie en especial en este barco.

Le odié con todas mis fuerzas. Aquel hombre sin familia, hijos o mujer que le quisiesen parecía regodearse en su soledad deseando la de todos los demás. Lo que no sabía era que allí donde desembarcase a mi Benito, yo me quedaría.

El resto de la travesía fue una verdadera tortura. Al principio procuré no cruzarme con Salvany, pero independientemente de dónde estuviese mi cuerpo, mis pensamientos volaban una y otra vez a su encuentro. Más que adultos parecíamos adolescentes encelados con un amor prohibido. Ante el creciente deseo, pronto comprendí lo efímera que podría resultar aquella absurda situación ya que no era mucho el espacio que teníamos para desandar lo andado e imposibles las probabilidades de desaparecer.

Cada día se nos hacía más difícil despistar a nuestro corazón pero el espíritu de sacrificio de José y mi completa entrega al cuidado de los pequeños nos ayudó a lograrlo. Teníamos mucho que ganar pero también mucho que perder y el miedo resultó un efectivo acicate. Mantener las distancias sería la única manera de atenuar el rencor que Balmis nos profesaba. Tácitamente y en silencio acordamos arrinconar esos dulces sentimientos en favor de nuestro trabajo. Yo albergaba la secreta esperanza de que no fuese definitivo pero nunca me atreví ni siquiera a insinuárselo. Quizás al pisar tierra firme pudiésemos de algún modo abrazar la libertad sin renunciar a ese amor que tanta falta nos hacía a ambos.

Incapaz de hacer otra cosa, me esmeré en el cuidado de Benito, ya que la vacuna le dio calenturas y dolor de cabeza. Al cuarto día, justo cuando las pequeñas manchas de la viruela hicieron su aparición, resultó mejorar de las otras dolencias. Andaba tan descontenta con el mundo en general, que aborrecí el día en que esas máculas empezaron a crecer porque pronto la enfermedad tocaría a su fin.

Solo una idea me rondaba la cabeza. Desde que quedé viuda y mi hijo murió, la vida no me había brindado una oportunidad semejante para alcanzar la felicidad y no pensaba desperdiciarla. La muerte esta vez no era la amenaza y, exceptuándola a ella, me sentía capaz de luchar con cualquiera que intentase frustrar la probabilidad de abrazarla de nuevo; incluido Balmis. No pensaba renunciar a Benito, como tampoco pensaba renunciar a Salvany. Sabía que la travesía duraría en torno a un mes y ahora que estaba a punto de cumplirse el plazo, no veía el momento de llegar a Puerto Rico. La angustia de la estrechez se me hizo verdaderamente insostenible, y la obligación del silencio, claustrofóbica.

Para evadirme, a menudo soñaba con la idea de encontrarme a José a solas caminando por un puerto, una calleja o un frondoso bosque.

Con tres días de retraso conforme a la fecha esperada, por fin el vigía gritó. Aquel 9 de febrero, allí en lontananza se dibujó una sombra en el horizonte. Era la isla de Puerto Rico. Las tinieblas se hicieron aún más oscuras cuando comprobamos que ni un alma nos aguardaba en el muelle.

Era como si a nadie le importase nuestra llegada; peor aún, parecían ignorarnos a propósito. ¿Tan rápido habían olvidado las nefastas consecuencias de la última epidemia de viruela? ¡Si hacía menos de un año que había matado sin tregua en las cercanas ciudades de Santa Fe y Bogotá! ¿Qué era lo que pasaba? Por la estructura de la bahía, los fareros, vigías y demás población cercana a la costa debían de estar divisándonos pero las campanas no sonaban. ¿Cómo era posible? Llegábamos con un barco cargado de salvación y nadie acudía a abrazarnos para recibir un poco de nuestra medicina. ¡Qué diferencia con la bienvenida que tuvimos en las islas afortunadas!

Confundida por la segura traición de mis ojos, le arrebaté el catalejo al joven grumete. Nada, a excepción de unos niños medio desnudos encaramados a los cocoteros, no había un alma. Sentí las ásperas manos de Pedro del Barco sobre las mías.

—¿Os importa?

Con cierto disgusto le entregué aquel peculiar anteojo. Al fin y al cabo, él era el dueño legítimo del artilugio.

—Capitán, ¿estáis seguro de que hemos llegado a nuestro destino? Mirad que no hay tanta distancia entre las islas del Caribe y quizá por un ligero error de cálculos hayamos arribado a otra isla.

Una taladrante mirada de despotismo fue su única respuesta antes de tenderme de nuevo el catalejo y alejarse.

La tierna voz de Benito vino a importunarme como la perfecta réplica de conciencia. Para entonces estaba cuajado de pequeños granos. Faltaba muy poco para que fuese el protagonista y más valeroso de nuestros custodios. Después de aquello, nada. Para todos, ese niño ya habría servido a la causa y solo sería una carga similar al resto de los niños ya vacunados a los que debíamos alimentar y aposentar hasta encontrarles un lugar digno donde dejarlos. Me rebelaba ante este temor, y el deseo de mantenerlo a mi lado por más tiempo me servía de acicate para agudizar el ingenio.

El fatídico día que lo vacunamos procedí a aislarle como era menester, pero Benito era diferente a los demás. En vez de creerse el efímero rey de la expedición por unos días y disfrutar con el colmo de atenciones que a los enfermos brindábamos, desconfió. A las pocas horas de su intervención, lo encontré sollozando por su obligado cautiverio. No comprendía por qué tenía que estar encerrado y sin poder ver a sus compañeros de juegos. Le consolé y traté de convencerle de que a nuestra llegada a Puerto Rico tendríamos un gran recibimiento porque gracias a su sacrificio solo a él le tratarían como a un héroe, ya que la enfermedad que portaba salvaría a otros niños de la muerte. Aquello le sirvió de excusa hasta ese preciso momento en que faltó a su promesa de no salir de la camareta de aislamiento salvo que yo se lo permitiese.

—¿Por qué no hay fiestas como en Canarias? ¿Es que ya no me van a poner una corona de flores? ¿Tampoco tendré dulces?

Fruncí el ceño incapaz de desvelarle la verdad. Lo peor de todo no era la falta de algazaras, aquello podría afectar a los orgullosos, pecado que aquel niño desconocía. Me dolía que justamente él nunca pasase a los anales por haber sido uno de los ángeles custodios de la viruela tal y como le prometí, porque ¡no hay nada peor que ilusionar a un niño con vanas esperanzas!

¿Qué pasaba con los habitantes de aquel lugar? El gobernador general, un tal Ramón Castro, debía de haber recibido hacía ya mucho tiempo las cartas del Consejo de Indias advirtiéndole de sus obligaciones para con nosotros y por lo que parecía se pasaba por el forro de la casaca las órdenes del rey. Había oído que muchos capitanes, virreyes y gobernadores de las colonias al poco tiempo de llegar se amparaban en la distancia y la pérdida de muchos correos de España para obrar según sus propios criterios, pero aquello era demasiado.

Descargué mi furia con el pequeño.

—¿Qué haces aquí? ¡Me prometiste que no saldrías! ¿Sabes lo que sería de nosotros si contagiases a los demás incontroladamente?

Benito borró la sonrisa de su boca, sus ojos oscuros brillaron por un viso de lágrimas, bajó la mirada y se dispuso a regresar sobre sus pasos. El arrepentimiento me sobrecogió antes de que diese dos. Sin importarme que nadie me viese, corrí a abrazarle y sentí la humedad de su lloro sobre mi pecho. Le besé en la mejilla y le aparté el pegajoso flequillo de su frente.

—Son pocos días más. Si aguantas y te portas bien, te contestaré a aquella pregunta que me hiciste.

Limpiándose las lágrimas con el puño de su camisa, me devolvió el beso y a paso ligero se dirigió sin rechistar a su impuesta clausura seguro de que le adoptaría definitivamente.

Me apoyé en la tapa de regala mirando de nuevo a la costa. Al sentir el calor de tan deseada compañía no quise ni siquiera mirar. Su voz me puso aún más nerviosa. Era Salvany.

—Está claro que los indígenas están dispuestos a que la enfermedad se la mande Dios pero se niegan a recibirla de nosotros. La mayoría de ellos son gentes demasiado simples como para aceptar estos novedosos avances de la medicina por mucho que nos afanemos en explicárselo. Quizá por eso no están allí.

Tragué saliva y le contesté intentando mostrar frialdad.

—Razón no les falta, porque tanto vos como yo sabemos que los seguidores de Cristóbal Colón desde hace casi tres siglos les hemos ido contagiando muchas enfermedades que hasta nuestra llegada nunca padecieron. Es lógico que desconfíen, si ya se cuentan por decenas de miles los muertos por gripes, enfermedades producidas por vicios venéreos o viruela. Las crónicas son espeluznantes. Afirman que a veces las epidemias no dejaban sanos ni a los sepultureros. Sus vecinos, al saberlo y temerosos del contagio, esperaban a que no quedara un alma viva para proceder a la quema y derrumbe de todas las chozas de la población en cuestión convirtiendo los escombros de sus viviendas en auténticos panteones familiares.

—¿Sabéis que rebautizaron las enfermedades según el lugar, el idioma o el mal que los asolase? —me contestó pasándome delicadamente tras la oreja un mechón que se me había escapado del gorro, como si no nos hubiésemos estado evitando desde hacía semanas.

No pude evitar el sonrojo. ¿Qué estaba haciendo? Habíamos hecho un pacto de silencio, de separación, de ni siquiera mirarnos. Lo había respetado hasta entonces pero qué sucedía ahora. ¿Es que no podía esperar a un encuentro fortuito y solitario en tierra sin el peligro de ser descubiertos? Oía su voz sin escuchar realmente.

—Por ejemplo, los aztecas llamaban a la viruela Huey Zahualt, que significaba «gran lepra». Los mayas la diferenciaban entre la mortal y la que no llegaba a matar. Apodando a la primera Kak y Ixthuchkak si el enfermo conseguía curarse con los perjudiciales remedios de sus barberos. ¡Y qué curiosa su particular medicina! Son tan ingenuos, Isabel, que algunos aún creen que los baños de vapor en las lagunas de Temazcalli son milagrosos. Vos y yo sabemos que aquello solo es un foco de infección y contagio, ¿verdad?

No podía esperar respuesta a tan absurda cuestión. Sabía que aguardaba mi acercamiento, pero antes de seguir adelante a escondidas teníamos que convencer a Balmis de que entre nosotros no existía nada. José persistía a pesar de mi silencio.

—Aunque hay gustos para todos. Según he oído, algunos curanderos les lavan la cara con la primera orina caliente del día. Otros se la hacen beber como una infusión y otros les cubren el cuerpo de emplasto de chile amarillo. No conozco el chile amarillo pero creo que pica mucho más que la pimienta. ¿Os imagináis los aullidos de dolor?

Otra pregunta a la que contestar y otro incómodo silencio. Solo al oír la campana avisando para el almuerzo le respondí reblandecida por su insistencia.

—José, hacedme un favor. No me volváis a dirigir la palabra, al menos hasta que Balmis olvide lo nuestro.

Debí de disimular muy mal mi pesar.

—¿Lo nuestro? ¿De verdad sentís algo por mí? ¡Decidme que sí!

Al tiempo que soltaba mi muñeca de su mano, tragué saliva confiando en que nadie más le hubiese escuchado, me arropé en la pañoleta y bajé a los comedores. A veces se notaba demasiado nuestra diferencia de edad. Quizá los cinco años de experiencia en la vida que le sacaba fueran los que a él le faltaban para aprender a contener su impulso.

Nada más desembarcar, deambulamos de un lado al otro de la escollera en busca de una explicación razonable a nuestro abandono, hasta que topé con un aduanero que entre susurros y ante mi desesperanza quiso sincerarse.

—Señora, os aconsejo que os marchéis por donde habéis venido.

Compadecido ante mi mudo asombro, se cercioró de que nadie pudiese oírle antes de continuar.

—Hacedme caso y decidle al capitán de vuestra nave que leve anclas lo antes posible porque aquí todos saben lo que habéis venido a hacer y han sido advertidos para que nadie en absoluto se os arrime.

Sonreí. Aquel hombre me hablaba como si fuésemos delincuentes.

—Debe de haber un error, señor, porque nosotros no traemos otra cosa e intención que la salvación desinteresada para uno de sus mayores males.

Quitándose la gorra se limpió el sudor de la frente para mirarme a los ojos sin un atisbo de sombra que le tapase.

—Si os referís al mal de la viruela, hace meses que no lo tememos. Exactamente desde que doctor Oller nos trajo la vacuna.

El corazón se me encogió como una esponja de mar disecada. Aquel aduanero me arrancó de cuajo las invisibles legañas de incredulidad. Tragué saliva.

—No creo que sepáis de lo que estáis hablando. Debe de haber un error.

A punto estaba de explayarse cuando un silbido a nuestras espaldas le hizo pegar un respingo. Era su jefe, que de aquel modo alertó su relajada precaución. Mi confidente enmudeció de golpe, se cubrió de nuevo con la gorra y no sé bien si por cautela o por miedo pero puso freno a su inicial propósito. Al percibir mi decepción, masculló sin mover los labios siquiera:

—Si deseáis saber algo más, os aconsejo que pidáis una audiencia al gobernador Castro. Es un hombre soberbio y déspota y dudo que os la otorgue, pero merece la pena intentarlo ya que solo él puede ayudaros en todo Puerto Rico.

Se alejó dejando que un millón de preguntas sin respuesta quedasen adheridas a la punta de mi lengua. Me hubiese gustado agradecerle la información pero no lo hice, no fuese encima a involucrarle con posibles represalias. ¿Era posible que el tal Oller se nos hubiese adelantado? Incapaz de asimilar aquello, corrí en busca de Balmis para contárselo.

Si la indignación del doctor fue sonada al saberlo por mí, no fue nada comparado con la vejación que sufrimos cuando al fin se nos presentaron dos secretarios del gobernador con la orden de aposentarnos y una carta de citación firmada por el mismo hombre al que había hecho mención el aduanero. ¡Castro nos citaba para una semana más tarde! El enojo se transformó en cólera cuando definitivamente fuimos conducidos a nuestro hospedaje.

Soñábamos desde hacía más de un mes con sábanas limpias, una cama digna y agua suficiente para asearnos, pero… ¿cómo era capaz el gobernador de darnos alojamiento en semejantes dependencias? Mejor hubiese hecho ignorando el mandato regio que le ordenaba recibirnos como a insignes invitados que vapulearnos de semejante manera. Su desidia inicial se hizo insulto según recorrimos aquella casucha destartalada, sin solería, con esteras a modo de puertas y con apenas una docena de catres cuajados de chinches como único mobiliario. ¡Si en España los establos tenían mejor aspecto! Sin embargo, al darnos la vuelta para quejarnos, nos dimos cuenta de que los enviados del gobernador ya habían desaparecido.

Disimulando mi decepción y consciente ya de que al menos una noche tendríamos que dormir allí, intenté animar a todos los que formábamos la expedición filantrópica. Balmis, con el ceño un poco más fruncido de lo habitual, apretó los puños y salió a las calles colindantes a pasear, pensar y serenar su furia. Allí quedamos los demás haciendo camas, barriendo el terrazo e intentando adecentar lo inadecentable al son de una cancioncilla de las que disipan los malos augurios. Porque si habíamos llegado hasta allí cruzando un océano, haría falta mucho más que la simple precariedad de un aposento para amilanarnos.

Al anochecer, mientras el equipo de cirujanos, practicantes y enfermeros terminaban de preparar lo más parecido a una sala de vacunación, yo acomodé a los niños de dos en dos a falta de catres suficientes para todos. La idea de dormir juntos les divirtió. Solo hubo un hombre que no se dejó embaucar por la aparente serenidad sembrada y fue precisamente nuestro director, que a su regreso pasó la noche en blanco dibujando una huella en la tierra del suelo del corredor con sus silenciosos paseos de ida y vuelta. Su enojo no sería fácil de aplacar.

Aquella mañana me levanté con bastante dolor de cuello y las piernas un tanto hinchadas ya que, a falta de un miserable catre, mal dormía sentada en una mecedora junto a los dos vacuníferos. Benito dormía plácidamente, ya olvidada la decepción de no haber sido recibido como le hubiese gustado. Como cada mañana, antes de nada conté los granos que había desarrollado y comprobé que el fatídico día en que sería despojado del tesoro que albergaba en cada una de sus pústulas había llegado. Tenía un total de veintidós granos en su justo punto y listos para poder transmitir su salvador líquido a todo el que estuviese dispuesto a recibirlo. Pero… ¿quién sería el premiado?

Una vez me hube enjuagado la cara, salí con la esperanza de que alguien hubiese acudido a nuestro encuentro, pero la decepción fue inmediata. Aquella polvorienta calleja seguía desierta. A las dos horas de infructuosa espera, tuve que admitir que nadie a excepción de otros dos de mis galleguitos serían los siguientes vacunados. Al ir a seleccionarlos me encontré con la sorpresa de que Salvany se me había adelantado. Con total tranquilidad, Benito miraba cómo José ahondaba en cada uno de sus volcancillos. Tragándome la tristeza quise animarle.

—¡Qué valiente eres, Benito! Así me gusta, ni un quejido. Ya eres casi un hombre.

El pequeño se irguió de orgullo. Estaba contento porque sabía que después de eso y una vez se le hubiesen caído las costras, por fin podría salir de nuevo a jugar con sus amigos. Bendita ingenuidad que le impedía suponer que aquello le convertía desde ese preciso momento en un lastre inútil para la expedición. Quise guardar para siempre un recuerdo de su sacrificio sellando una gota de su linfa entre una pareja de cristales que adorné con una pequeña cinta color carmesí. Así de mayor tendría un recuerdo claro de esa entrega. Sería una manera tangible de explicarle y recordar el porqué de nuestros motivos altruistas.

Después de terminar con Benito, Salvany me miró a la espera de que le proporcionara otro brazo sano para infectarlo. Aún esperanzada, salí corriendo a la calle, pero allí seguía sin haber ni un alma misericordiosa dispuesta a eludir la orden de alejamiento del gobernador de Puerto Rico y me vi obligada a robar tiempo al tiempo seleccionando a otros dos de nuestros custodios.

Después de aquello e incapaz de permanecer de brazos cruzados ante la injusticia a la que nos estaban sometiendo, decidí poner remedio a las dificultades de comunicación que teníamos: si no podía acceder a los más altos dignatarios, lo intentaría con los indígenas del lugar. Porque al fin y al cabo ellos eran hombres y mujeres tan capaces de recibir nuestra medicina como cualquier otro. Si después de haberlo intentado, aún no los conseguíamos vacunar, al menos zarparíamos rumbo a nuestro siguiente destino con la conciencia tranquila.

Con ese fin pedí a Balmis permiso para contratar a unos traductores que me ayudasen a elaborar unos pasquines en sus propios idiomas. En ellos les explicaba, con la misma simpleza que a mis niños, en qué consistía la vacuna y qué beneficios les traería. Al empezar, los traductores me aseguraron que sería un trabajo en balde porque solo el cinco por ciento de la población sabía leer. Fue entonces cuando José, siempre rondándome disimuladamente, se ofreció a ayudarme a ilustrar las palabras con sus dibujos y me pareció una idea genial. La sencillez de sus esquemas no tardó en estimular la curiosidad de los indígenas, que nada más verlos clavados en los árboles de las plazuelas y mercados se acercaron con cierta timidez a analizarlos.

Los traductores, apostados en lugares estratégicos, aprovechaban el interés para terminar de convencerlos, y por fin la desconfianza que en un principio nos demostraron empezó a desaparecer.

Cuando al día siguiente nuestra calle empezó a ser tímidamente transitada solo sentí que no se me hubiese ocurrido antes. No fueron muchos los que se pusieron en la cola, pero nos bastaron para recuperar la seguridad en nosotros mismos y lo consideramos un triunfo cuando supimos que algunos incluso habían venido de aldeas circundantes.

Pero si de verdad todos estaban vacunados como nos dijo el aduanero, ¿por qué acudían? ¿Estábamos quizá vacunando por partida doble? Fue precisamente una mujer en el mercado la que me habló de un muchacho del poblado de Yubucoa que al parecer había sido vacunado por Oller y aun así había caído enfermo. Le conocían como el Porrongo. Si aquello era verdad, nos bastaría para convencer al gobernador del posible fracaso de Oller. Solo teníamos que probarlo.