2. Un filántropo en la torre de Hércules

Se diría que su ojo, al que ilumina la esperanza,

también brilla eterno en la otra orilla.

CÉSAR ANTONIO MOLINA,

La torre de Hércules

Como cada mañana después de una noche de vigilia, me dispuse a salir a la caleta en cuanto mi reemplazo llegó. Al olor del desayuno, los niños se despabilaron por completo asaltando a las dos monjas que sobre una gran bandeja traían las viandas. Era lógico el entusiasmo, ya que tan solo un día al mes el panadero nos honraba con aquellos bollos preñados aún humeantes. Tomé uno para el camino. Necesitaba airearme antes de acostarme y había dejado de chispear. Después de caminar un largo trecho, me senté alejada de todo y de todos a los pies de la torre de Hércules. Allí sobre una piedra cubierta de mullido musgo me sentía más cómoda que en ningún otro sitio y es que aún no había logrado encontrar un verdadero lugar donde enraizar definitivamente. Un hogar donde envejecer el día que no pudiese seguir trabajando con los niños.

El batir de las olas contra la costa meció mi particular momento, ese de verdadera y gratificante soledad. Arriba, el faro parecía velar por mi sosiego tanto o más que por el de la seguridad de todos los navíos que frente a aquella costa pasaban.

La rutina me impulsó a sacar de la faltriquera el libro que dejé a medio leer la noche anterior, no por falta de interés sino por las constantes demandas de los pequeños que siempre rondaban mi sinvivir.

Apenas tiré de las diminutas gafas que pendían del cordel que me servía de marcapáginas, cuando alguien vino a importunarme sentándose a mi lado. Suspiré resignada ante la imposibilidad de concentrarme. De soslayo pude distinguir por su uniforme a qué se dedicaba el recién llegado. Cuello y puños anchos de un rojo intenso que resaltaban en contraste con el azul marino de su casaca y unas elegantes botas negras con doble vuelta en su desembocadura. Los brocados, botonaduras, galones e insignias lo catalogaban como cirujano-médico.

Incómoda por su descaro, mantuve clavada la vista en el libro para evitar la suya. Fingiendo leer dirigí mi mirada al suelo. Ante la pulcritud de su calzado a pesar del barrizal, pensé que debía de ser sumamente maniático. Fue él quien por fin rompió el eterno silencio.

—¿Qué leéis?

Sin levantar la vista del libro le contesté:

—La práctica política y económica de expósitos.

—Rara lectura para una dama. ¿Es así que os interesa la obra de Tomás Montalvo?

Me extrañó tanto que conociese al autor, que al fin logró captar mi atención.

—¿Le conocéis?

—Lo he leído. Pero… ¿qué puede aprender la rectora de una inclusa tan versada en los problemas que la acucian del hombre que procuró mejorarlas hace cien años?

Comprendí que no estaba allí por casualidad. Aquel hombre sabía muy bien con quién hablaba; no era así en mi caso. Cerré el libro definitivamente.

—Poco, pero para mí es un gran consuelo comprobar que hay personas influyentes preocupadas por los más desfavorecidos.

Apretó el mentón.

—¿De verdad creéis que Montalvo podría haber comprendido el fondo del problema sin haberlo siquiera respirado? Dejando la burocracia a un lado, siempre he creído que la mejor manera de involucrarse con una desdicha es vivirla en primera persona y no a través de la redacción de escritos caducos.

Asentí.

—Quizá, pero aunque a pie de campo no estén los legisladores, los ministros o los reyes, necesito creer que hay alguno con conciencia.

Despacio, el recién llegado sacó una caja de rape y tapándose un agujero de la nariz inhaló profundamente. Al cerrarla pude distinguir en su tapa los esmaltes del escudo de armas de la Escuela de Cirujanos de Cádiz. Pensé en que debía de ser otro de tantos, que embaucados por la Ilustración francesa habían adoptado sus costumbres. Como no añadía nada, continué:

—Cada vez que despido a uno de mis jóvenes por haber cumplido ya la edad permitida, albergo la esperanza de que con el tiempo los encontraré por las callejas de La Corana convertidos en hombres y mujeres capaces de salir adelante sin haberse visto obligados a recurrir a la mendicidad, al robo o a la prostitución; pero tristemente no es así.

Suspiré.

—El doctor Montalvo al menos parece haber pensado en ello. Porque decidme, ¿qué culpa tienen ellos de la pobreza de sus padres o la deshonra de sus madres?

Guardándose de nuevo la caja, el estirado doctor al fin se decidió a intervenir.

—¿No son huérfanos acaso?

Agradecí la pregunta, porque por muy escueta que fuese, al menos rompía mi monólogo.

—Eso es lo que todos creen, pero he podido comprobar que en su inmensa mayoría tienen padres que los abandonaron a su suerte en los campos, a la vereda de los caminos o las puertas de las parroquias e inclusas. La miseria que padecen los convierte en una dura carga imposible de soportar y siempre es más fácil mirar a otro lado.

Rascándose bajo la lazada de la coleta, me contradijo.

—No los culpéis, pensad en que esos padres probablemente esperan que allí donde los dejan tendrán una vida más digna de lo que ellos pueden ofrecerles. Ya sabéis, ojos que no ven corazón que no siente.

Me indigné.

—No hay más que asomarse a nuestro patio cuando salen a jugar para ver la realidad, pero… ¡siempre es más fácil delegar responsabilidades!

De repente mi acompañante pareció interesarse más por mí que por los niños.

—¿Y a vos? ¿No os pesa el yugo con que os cargan esos desalmados?

Intenté recuperar la compostura eludiendo mi enojo.

—Yo los defino como desesperados antes que desalmados. Por eso, y porque al contrario que sus progenitores me niego a enterrar a esas criaturas en el ostracismo, me alegro cuando alguien los recuerda. No conozco al tal Montalvo, pero siempre le estaré agradecida.

Aquel hombre me miró fijamente. Los profundos surcos de sus arrugas exaltaban la dureza de sus rasgos. Tenía dos zanjas en la frente, un delta en el entrecejo y una mueca de tristeza entre el prominente mentón y su grueso labio inferior.

—Vuestras palabras suenan a rebeldía. No conseguiréis paliarla hasta aceptar que la vida no suele ser justa.

Aquel desconocido no me entendía.

—Señor, mi enojo no es por la injusticia sino por el empeño con que muchos la disfrazan.

Insistió.

—Ponedme un ejemplo.

—¿Habéis oído hablar de la nueva ley aprobada para los expósitos?

Acariciándose de nuevo la lazada negra de su gruesa coleta intentó hacer memoria.

—Creo haber leído algo en la Gaceta de Madrid. Si mal no recuerdo, el erario real se compromete a darles manutención y educación según sus habilidades. Así como vos decís, al menos, al salir de la inclusa siempre podrán ganarse la vida eludiendo la mendicidad.

Negué con la cabeza.

—Suena hermoso, ¿verdad? Pero es pura utopía porque ¿queréis saber cuál es la realidad? —Como no contestó, seguí—: La verdad es que una vez en casa, son pocos los que nos abandonan criados y sanos por su propio pie. Los recién nacidos solo salen del hospicio puntualmente para aliviar el exceso de leche de alguna madre recién parida que se ofrece de nodriza, para ser bautizados o camino del cementerio en unas pequeñas cajitas que el mismo enterrador nos trae de vuelta una vez los ha tirado en la zanja para reutilizar a los pocos días.

Tomé aire.

—Eso los pequeños, porque a los que consiguen cumplir los ocho, estamos obligadas a ponerlos a trabajar de inmediato. Y es que nuestros administradores lo único que buscan es reducir los costes de una miserable comida al día. Así, los niños salen al amanecer de la inclusa para cumplir con un jornal de doce horas diarias. La mayoría llegan de noche cerrada, con el estómago crujiéndoles y las manos desolladas para caer exhaustos en sus catres y poder descansar unas horas antes de comenzar de nuevo. ¿Y todo para qué? —No esperé respuesta—. Para dedicar dos terceras partes de su jornal a su propia manutención. Ya veis, a cambio el erario público apenas les da un jergón cuajado de chinches para descansar.

Me miró incrédulo.

—¿Qué sucede con el sobrante?

—Que estamos obligadas a guardarlo en nuestras arcas para entregárselo el día que definitivamente nos dejen. Así, según esa ley tendrán para comenzar con el oficio que hubiesen aprendido.

Me contestó convencido.

—Según lo explicáis, no está mal planteado.

Me encogí de hombros.

—Sería aceptable si al menos pudiesen soportarlo con salud, pero están malnutridos y solo tres de cada diez superan la década de vida. ¡Si ni siquiera tienen alimentos en el cuerpo que los sustente en los juegos! ¿Cómo van a poder aguantar una jornada de doce horas?

—Os veo muy negativa.

—La impotencia me corroe las entrañas a diario. ¡Tanta ilustración y tan poca dignidad! Es como si las teorías de Voltaire, Diderot o Montesquieu, que tanto calan en la Europa actual, aquí estuviesen silenciadas. ¡Hay tan pocos que de veras entiendan y acaten libremente sus pensamientos!

Me interrumpió chistando.

—Vuestra valentía al vociferar no es más que un arrojo inconsciente. ¿O es que no recordáis que aún vivimos gobernados por una monarquía? Aquí los ideales de la Revolución francesa intentan entrar de la mano de Godoy pero para la mayoría son palabras del diablo y no conviene propagarlas sin una extremada cautela.

Mirando a un lado y otro, bajó la voz antes de continuar:

—Os aseguro, señora, que sé de qué me habláis, porque si algo he hecho es precisamente leer todos los libros prohibidos hasta hace muy poco de estos maestros. ¿Qué tenéis en contra de la Ilustración? Para mí es el movimiento base que en realidad ha impulsado mi próxima expedición, aunque nadie lo reconozca a viva voz. ¿Es una moda? No lo sé, lo cierto es que por primera vez parece valorarse por encima de cualquier superchería la expresión del saber humano y se estimula la divulgación de este conocimiento por toda la tierra.

Negué, convencida ya totalmente de que aquel era uno más de los ilustrados que a los ojos de todos vitoreaban al rey Carlos IV mientras que a escondidas menospreciaban el absolutismo.

—Lo que digáis, pero no me negaréis, si conocéis a algún gabacho, que los franceses a los españoles nos desprecian. Nos miran como a sus atrasados vecinos y nos tachan de ignorantes. Desconocen la humildad a pesar de haber basado en ella su revolución en contra de los poderosos. Porque, decidme, ¿en qué puede beneficiar todo este movimiento a un huérfano que solo sirve para lo que nadie quiere hacer? En nada. Me niego a brindárselos a los explotadores. ¿Sabéis acaso lo que hacen con ellos en el lazareto de Mahón?

El doctor, sin entender aún mi ofuscación, me contestó:

—No sé, pero intuyo que me lo vais a contar.

Preferí ignorar su desaire.

—Los acercan a los infectados más allá de los límites seguros para sujetar la larga vara que los sacerdotes usan con el fin de darles la comunión. Recurren a ellos porque nadie más quiere allegarse tanto a la muerte. Como supondréis, los pequeños son reemplazados cada tres meses por defunción de sus antecesores. El haber comido caliente durante el tiempo de ese trabajo es el único aliciente que la tierna vida les deja. Yo, en cambio, en vez de utilizarlos procuro tratarles con la dignidad que se merecen.

—¿Por eso acompañáis a los alguaciles a recoger a los niños de las calles? ¿Para vigilar que no los maltraten?

A pesar de haber pasado un rato agradable de conversación, empezaba a incomodarme con sus preguntas. Sabía que se refería al último niño que había ingresado y decidí hacer oídos sordos, pero insistió:

—¿Qué tal está?

Le contesté a desgana.

—Sano y ya bautizado.

—Os encargasteis vos de ello.

Asentí.

—Ayer mismo el párroco del hospital le dio las aguas benditas.

—¿Cómo le llamasteis?

Durante un segundo, dudé si contestar.

—Podría haberle llamado como el santo del día en que lo encontramos, pero preferí llamarle Benito.

Abrió los ojos.

—¿Cómo le apellidasteis?

—Ha sido inscrito en la partida de bautismo como Benito Vélez, que era el apellido de su madre.

—Pensé que quizás hubierais pensado en adoptarlo. ¿No se os ha pasado esa idea nunca por la cabeza?

Aquel hombre me arrancaba las confesiones más profundas sin el menor esfuerzo.

—Por extraño que parezca, procuro no encariñarme demasiado con ningún niño del hospicio en particular. De hacerlo, me pasaría la vida llorando sus muertes. Es la única manera de no sufrir demasiado. Además, si quiero seguir siendo rectora y contable no puedo permitirme ese capricho. Creo que todos los niños se merecen lo mismo.

—Tenéis un corazón grande.

—No tanto ha de ser cuando solo aporto una gota de agua en este océano de miseria.

—Ya es más que nada.

Me encogía de hombros cuando un hombre vestido de enfermero acudió corriendo al parque gritando el nombre del cirujano. Fue la primera vez que lo escuché. Francisco Xavier Balmis, disconforme, le contestó desde lejos.

—¡Qué es ahora!

—Uno de los niños que trajimos de Madrid. Tiene fiebre alta y me temo que no podremos vacunarlo. Solo nos quedan cuatro para seguir y eso nos preocupa.

Con un ademán, Balmis se dio por enterado y despidió al enfermero. Suspiró. Pensó un segundo y me miró fijamente.

—Como veréis yo también sufro el agobio de los que me rodean. El tiempo apremia y no me es posible dilatar más esta conversación. Iré directo al grano. No estoy aquí por casualidad, pregunté a las monjas y me indicaron dónde encontraros.

Su tono había cambiado drásticamente.

—Vos me diréis.

Sacó un libro del bolsillo interior de la chupa y me lo tendió. Solo tuve tiempo de leer el título en voz alta.

—Tratado histórico y práctico de la vacuna de la viruela.

Fruncí el ceño. ¿Por qué la casualidad siempre me traía la viruela de la mano? De repente recordé el nombre del descubridor y no pude más que demostrarle mi escepticismo.

—Os lo agradezco, pero hace un tiempo que leí el tratado del doctor Eduard Jenner y no me creo que pueda prevenir tan fácilmente esta temida enfermedad. Se contagia solo por el contacto, asesina en apenas una semana desde el primer síntoma y es muy sañuda por el dolor que causa, las calenturas que da y el empeño que tiene en tatuar su recuerdo en la piel de todo el que consigue sobrevivirla a través de las cicatrices que dejan sus miles de purulentos granos por dentro y fuera del cuerpo. Creo que la teoría de Jenner es una oda a la esperanza que a muchos les llega tarde.

Balmis sonrió al comprobar que no se dirigía a una ignorante. Me contestó como si hablase desde el púlpito del aula magna de la universidad de Medicina.

—No es que lo crea: es una teoría probada. Solamente hacía falta que alguien se detuviese a observar y este resultó ser Jenner. Fue el primero en darse cuenta de que las ordeñadoras de algunos pueblos del condado de Gloucester en Inglaterra, por alguna extraña razón y sin temor alguno, en cuanto se enteraban de que había una epidemia de viruela en un pueblo cercano se presentaban voluntarias para cuidar a los enfermos. Y es que jamás se contagiaban al haber pasado la enfermedad que aparte de unas manchas como quemaduras en las muñecas, dedos, axilas y cerca de las articulaciones, después de supurar se secaban y caían dejando una diminuta cicatriz. El Cowpox virus.

Sonreí al oír el anglicismo; sin duda procuraba impresionarme con su conocimiento del inglés a pesar de que España llevase un tiempo en guerra contra Inglaterra y no estuviese bien visto. Yo misma tuve que cambiarme el apellido Sendal por el de Cendala para no ser acusada de enemiga. Continuó con su particular panegírico.

—Después de mucho observar, Jenner llegó a la deducción de que solo el pus que mana de las pústulas azuladas de las ubres de las vacas en contacto con las agrietadas manos de las mujeres que las estrujaban a diario pudo haberlas hecho inmunes a la viruela, y lo más curioso es que después de experimentar con el mismo pus de los caballos o el de las cabras, solo el de las vacas resultó efectivo. Desde entonces los granjeros, en vez de curar a sus vacas untándolas con sulfato de zinc o cobre a la espera de que vuelvan a tener tanta leche como antes, las venden a alto precio para la experimentación.

No pude más que mostrar un cierto sarcasmo.

—Del pezón de la vaca a la mano de las mujeres. ¿Me estáis hablando del principio de una cadena?

—¿Qué es si no una epidemia?

—No es lo mismo, una epidemia no pasa de animales a hombres o viceversa.

Sonrió.

—Eso hoy en día, mi querida señora, únicamente lo creen los ignorantes, y vos sin duda no lo sois. ¿O es que de verdad creéis que la peste no la propagan las ratas? Es muy sencillo pensar que los animales solo se contagian entre sí, al igual que los hombres. Pero una vez que ha estallado una epidemia, hay que buscar el foco de su inicio y este puede surgir de cualquier lugar en la naturaleza.

Me fastidió su despreciable vanidad, pero tenía que reconocer que aquel hombre era mucho más versado que yo. A punto estaba de levantarme dando por zanjada la conversación cuando comprendí que no era prepotencia, sino una manera odiosa de ser.

—¿Estáis diciendo de verdad que confiáis en un experimento sin aparente explicación en un mundo en el cual últimamente se critica a la Iglesia por creer sin ver?

Me atravesó con la mirada.

—Señora, no comparéis una cosa con la otra. Nosotros experimentamos con lo que tenemos, algo que no sucede con la fe. Otra cosa muy distinta es que tardemos en encontrarle un porqué a un hallazgo fortuito.

Dudé antes de negar en silencio. Balmis prosiguió:

—El caso es que Jenner ha conseguido demostrarlo inyectando el virus de la viruela humana a varias personas previamente vacunadas. Probada su efectividad, hoy pensamos en cómo hacer partícipe de este grandioso remedio a todo el mundo.

Por mucho entusiasmo que intentase transmitir, yo no terminaba de creérmelo.

—¿De verdad que nadie se queda en el camino? No será como el remedio que lady Montagu trajo de Asia cuando era mujer del embajador inglés en Turquía. Es tan peligroso que muchos mueren al probarlo. Dicen que allí en la lejana China llevan siglos practicando esta cirugía, pero yo no termino de entenderlo a la vista de los funestos resultados. Hacedme caso, doctor, un mal tan grande nunca se podrá paliar tan fácilmente.

Sonrió con sarcasmo.

—Lo creáis o no, ese ha sido el único sistema viable para preservar de la viruela al hombre, y es que allí desde hace mucho prefieren prevenir antes que curar y en muchos casos lo consiguen. La variolización, aunque os parezca extraño, es muy común en India y China. Desde tiempo inmemorial la practican variando en muy poco su metodología según la región y creencias.

Incapaz de estarse quieto, se quitó las gafas para limpiarlas con el encaje de las puñetas de su camisa. Rebuscando en mi faltriquera le tendí un pañuelo para que continuase sin demora.

—Unas veces restriegan la linfa de un enfermo en un pequeño rasguño que el preceptor se ha abierto con anterioridad en cualquier lado del cuerpo. En India, por ejemplo, suelen hacerlo en el ombligo, los tobillos o las palmas de la mano. En China en cambio, en vez de restregarlo directamente, inhalan por la nariz las costras de pus secas y machacadas en forma de polvo. Para ello se valen de un fino tubo de plata. Y es que en muchas ocasiones mezclan sus ancestrales métodos curativos con otras supersticiones. ¡Fijaos que incluso diferencian los sexos! Los hombres inhalan por la fosa izquierda mientras que las mujeres lo hacen por la derecha.

Abrí los ojos sorprendida de que un hombre tan docto creyese semejantes pamplinas. Pero él insistió ante mi expresión.

—No seáis escéptica. Cosas más raras se han visto. He estado en Nueva España investigando y os sorprenderíais del poder que unas sencillas infusiones o emplastos pueden tener sobre ciertas enfermedades. La solución de lady Montagu no tiene nada que ver con la que hoy nos propone Jenner. La primera inoculaba viruela humana; la segunda, Cowpox.

Me santigüé.

—¿Pretendéis decirme que un mal animal puede terminar con un mal humano?

Me replicó con una pregunta.

—¿Por qué no ha de ser, si estos también nos enferman?

Bajé la voz.

—No lo digáis muy alto si no queréis que os acusen de atentar contra las leyes naturales.

Se carcajeó.

—¡Menos mal que no habéis dicho contra las leyes de Dios!

Le miré sorprendida e incapaz de diferenciar las unas de las otras. Balmis continuó.

—El caso es que hace ya siete años que Jenner vacunó al primer niño sano con el pus de una mujer contagiada de Cowpox. Se llamaba James Phips, y como era de esperar solo le salieron unas pequeñas pústulas que no le causaron ningún mal. Después le inoculó pus de la viruela humana y no enfermó.

—Anomalías de la naturaleza. Yo también soy inmune y no sé por qué.

De repente lo pensé: había pasado media infancia ordeñando vacas en el caserío de mis abuelos. Balmis debió de ver algo extraño en mi expresión.

—¿Y cómo sabéis que lo sois?

Las palabras fluyeron de mi boca sin posibilidad de retenerlas.

—Porque cuando quedé viuda y madre huera en solo un mes, la acaricié una y mil veces y no la padecí.

Me miró sorprendido. Bajando la vista continué:

—Estuve junto a mi marido y mi hijo en todo momento, aplicándoles todos los remedios que conozco. Los sangré, purgué, les sometí a una dieta a base de caldo, infusiones y atole. Les apliqué calor, linimentos o sahumerios de azufre, fumaria o adelfa, pero eso y nada fue lo mismo porque según un barbero sufrían de viruela hemorrágica; la más asesina de todas las que él conocía. Ni siquiera pude aliviarlos de las jaquecas, dolores de huesos y calenturas.

Tragué saliva para contener la impotencia.

—Como un cúmulo de pesadillas infinitas, esas llagas purulentas se reproducían día a día cubriéndoles el cuerpo y las entrañas. Durante esos once días, relegada a los pies de sus camas pasaba las horas leyendo todo lo que cayó en mis manos sobre aquel mal. Supe de la tal lady Mary Montagu, de Jenner e incluso de unas curanderas que en un pueblo llamado Jadraque, muy cerca de Guadalajara, infectaban a los niños levemente de viruela para protegerlos de la mortal enfermedad a cambio de una moneda de plata. Pero para mi desesperanza ya era tarde; de nada servía ahora comprar un poco de viruela que los preservase de la enfermedad.

Llegados a este punto poco me faltó para derrumbarme. Intenté recuperar la compostura y agradecí que Balmis no demostrase la más mínima compasión. El silencio que sobrevino a esta confesión que acababa de transmitir a un perfecto desconocido me calmó, hasta que él rompió el momento.

—No os culpéis, porque la variolización, venga de donde venga, tampoco es un método infalible. De todos modos, sabiendo esto, no podéis negaros a lo que estoy dispuesto a pediros. Creo que no hay nadie más capacitada para colaborar con la mayor empresa filantrópica de nuestros tiempos. Media Europa está ya vacunada de brazo en brazo gracias a la cadena de inoculados que Jenner comenzó, pero necesito seguir con su labor cruzando a otros continentes. Porque ¿de qué serviría su descubrimiento si no consigue salvaguardar a toda la humanidad?

Alcé la cabeza expectante mientras se contestaba a sí mismo.

—De nada, ya que siempre quedaría algún recóndito lugar donde un enfermo contagiara a otro y ese otro viajaría para enfermar a otros mil generando otra mortal pandemia. Si Jenner descubrió el método para salvaguardarnos a todos, yo voy más allá y me propongo divulgarlo a todos los rincones del mundo sin excepción. ¡Quiero salvar al mundo y nunca podré conseguirlo sin esos pequeños!

Sonaba a soberbia, pero por primera vez no parecía a la defensiva y su tono de voz era amistoso. No se anduvo por las ramas.

—En vuestra casa tengo a diez niños que me traje del hospicio de Madrid. Ellos son los primeros de nuestra cadena. He tenido que recurrir a vuestra casa de misericordia para alojarlos, porque el convento de los agustinos donde yo me hospedo no disponía de más celdas libres. Uno de esos pequeños es ese al que el enfermero se ha referido hace un momento. Todos me han servido como los mejores soldados de un ejército arriesgando su vida por una buena causa y, cumplida su misión, me puedo enorgullecer de devolverlos al hospicio del que los saqué sin lamentar una sola baja. Ahora me veo en la obligación de reclutar más niños para mis huestes.

No sabía a qué se refería, pero fuera lo que fuese sonaba muy mal, al tratarse de huérfanos que se jugaban la vida por un ideal que a todas luces ni siquiera conocían.

—No me habléis de soldados, porque estos ni son mercenarios ni cobran o se alistan voluntariamente conscientes de lo que les puede ocurrir. ¿Creéis en serio que un niño entiende de sus intereses, de los de la sociedad en general o de los de la medicina? Un niño es como un animal desvalido y mucho más un expósito que carece de una mirada atenta que vele por él. Sus necesidades y querencias solo están fijadas en comer cuando les crujen las entrañas, vestirse cuando les castañetean los dientes o dormirse cuando se sienten incapaces de mantener abiertos los párpados. Esos diez niños de los que me habláis solo os han acompañado por obligación. ¿Habéis pensado acaso en el miedo a la inseguridad que han debido de padecer al seguiros? ¿Acaso ha habido alguien en este viaje que los haya calmado, informado o acunado en su desconfianza a la hora de intervenirlos?

Se encogió de hombros.

—Ninguno se ha quejado porque de nada les ha faltado.

Me enfurecí.

—¿Estáis seguro?

—Acompañadme y lo veréis.

Le seguí sin rechistar.