11. Implorando en secreto
¿Para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿A quien promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN,
Epístola a don Gaspar de Jovellanos
Mi querido José me acompañó a enfrentarme de nuevo con el gobernador Castro, ya que más de la mitad de los que nos había mandado no servían. Aquel emperifollado se entrelazó el pelo de la atusada guedeja que a modo de rulo adornaba el culmen de su oreja antes de contestarnos.
—Creo que el obispo Arizmendi dispone de algún niño más que ha localizado en las listas de empadronamiento.
Era como si estuviese esperándonos de antemano y, a pesar de su habitual despotismo, se mostró insólitamente amistoso.
—¡Informad a vuestro superior de que ya tenemos fecha! El día 28 a las doce de la mañana me encontraré esperándole en la sala de vacunación de la plaza de armas junto al doctor Oller, el obispo y el obispo auxiliar de Michoacán para que supervisen y debatan todo lo que quiera. Allí mismo, después de aclarado todo, os entregaremos a los cuatro niños que me demandáis siempre que…
El silencio se hizo eterno, mientras pegaba un sorbo a la copa de vino que tenía a su lado.
—… siempre que inmediatamente después y de una vez por todas desaparezcáis para siempre de mis territorios. ¡No veo el momento de verlos zarpar!
Las carcajadas de los presentes en la sala de reuniones le secundaron en el insulto.
José me apretó la mano con fuerza rogándome prudencia. Tragué saliva, inspiré hondo y le contesté con todo el respeto que un instante antes nos había negado.
—Allí estaremos, señor gobernador. Porque si algo compartimos vuestra ilustrísima y nosotros son las ganas de perdernos de vista.
Las carcajadas continuaban cuando abandonamos la sala. Al comunicárselo a Balmis eludiendo los detalles más desagradables no pareció sorprenderse en absoluto. Con la boca muy pequeña nos dio las gracias. ¡Por fin! Era la primera vez, y es que poco a poco se había acostumbrado a que tanto José como yo le sirviésemos sin reservas. Salvany, aparte de ayudante, como diplomático de ingenio. Yo, además de madre custodia de nuestros niños, como buscadora de infantes, convencedora de padres, seleccionadora y contable. Todo aquello no me importaba porque prefería trabajar a enterrarme en la ociosidad, pero al menos esperaba un leve reconocimiento por su parte.
El lado positivo de todas las trabas a las que nos enfrentábamos era que indiscutiblemente me habían unido mucho más a José. Ahora en vez de eludirnos el uno al otro, buscábamos sin cesar la manera disimulada de evitar a Balmis porque era como si envidiase nuestra amistad, como si en cierto modo se sintiese celoso. ¿Celoso? Yo misma me sorprendí de que aquella palabra brotase de mis pensamientos.
El día 28 por la mañana, mientras Pedro del Barco terminaba de avituallar el María Pita, nos dirigimos ufanos a la plaza de armas. Frente a la puerta del consultorio de Oller nos esperaba una muchedumbre. Entramos con cierta precaución, ya que sentimos cómo cada uno de los presentes nos escrutaba con la mirada. Era tanta la expectación que habíamos levantado que me sentí como un bufón de feria apunto de sorprender con su cómica actuación.
La inseguridad se me enganchó en la tráquea y el corazón me empezó a latir desbocado. Mirando a derecha e izquierda supe que los dos hombres que me acompañaban no parecían advertir la trampa en la que nos estábamos metiendo. ¡Es que no intuían que en vez de juzgar, éramos nosotros los que íbamos a ser juzgados!
Junto al gobernador estaban sus incondicionales amigos, incluido Arizmendi, el obispo encargado de facilitarnos más niños. Tras ellos, en silencio y como aguardando órdenes, estaba perfectamente formada una legión de indígenas. Al reconocer las caras de los veintinueve que la componían tuve una desagradable corazonada. Balmis y Salvany no parecieron darse cuenta, pero yo sí los recordaba. Eran los pocos niños, mujeres y hombres que habíamos conseguido convencer en el mercado para que volviesen a vacunarse ante la posibilidad de que la primera vacuna de Oller pudiese ser falsa.
Sin saludarnos siquiera, Castro se adelantó tomando a uno de los más pequeños de la mano y poniéndolo frente a Balmis.
—¿Lo reconocéis?
Al ver que Balmis negaba le susurré al oído.
—Dice doña Isabel de Cendala que es uno de los niños que vacunamos recientemente.
Castro sonrió y sin ningún cuidado procedió a arrancarle la camisa.
—Según creo, vuestra vacuna produce unas pequeñas pústulas en el cuerpo que al tiempo desaparecen. ¿Las veis por algún lugar?
Inconsciente aún de la pantomima en la que estábamos, Balmis se puso las gafas para rastrear la piel del pequeño. Le miró la boca, axilas, manos y tronco sin hallar el más leve indicio de granos. Negó mientras el gobernador le increpaba con una sonrisa de malicia.
—Decidme, doctor. ¿Qué significa esto? Este niño ya había sido vacunado por Oller y la primera vez las tuvo. Hace nada que lo fue por vos y ahora no presenta ningún síntoma. ¿No es eso un signo claro de que la primera vacuna fue efectiva y de que ya era inmune cuando vos le pusisteis las manos encima?
Balmis asintió con pesadumbre aunque se resistió a ceder.
—Eso es en este niño, pero ¿quién nos asegura que los demás también son inmunes?
Oller habló por primera vez señalando al resto de los presentes.
—¡Toda la sala! ¡Ni uno solo de los que habéis vacunado después de mí ha tenido el más leve síntoma! Y para más probároslo os diré que hemos encontrado al Porrongo.
Salió el mencionado para ponerse al lado de Oller.
—¿Sabéis quién es este joven, Balmis?
Se encogió de hombros.
—¡Es aquel de Yabucoa! Vos mismo asegurasteis al gobernador que después de vacunarlo enfermó de viruela. ¿Veis acaso alguna profunda cicatriz de la enfermedad en su cuerpo?
Ante la triste evidencia de nuestra desafortunada acusación, el silencio de Balmis obligó a Salvany a reaccionar.
—Señorías, perdonadnos por el excesivo celo, pero eso no significa nada. Necesitaría inocular a uno de los presentes con linfa de la viruela humana para comprobarlo del todo. Si de verdad está vacunado, no la contraerá. Así es como lo hacía Jenner.
Subiéndose las puñetas de la camisa, el obispo Arizmendi nos ofreció el brazo sin el menor temor. Se hizo el silencio y procedimos a inocularle la mortal enfermedad.
Salimos de allí entre abucheos y acompañados por los cuatro niños que nos faltaban para zarpar. El obispo se había permitido prometerles ciertas prebendas en nuestro nombre sin ni siquiera decírnoslo. Entre la espada y la pared, acepté pagarles los cincuenta pesos que me demandaban por cada uno. El coste era alto, mucho más de lo que podríamos habernos permitido, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que a cualquiera de los miembros de la expedición nos faltaba tiempo para echar mano a nuestras bolsas en el caso de que faltase una moneda. Y es que la balanza entre la generosidad y la falta de peculio solía equilibrarse cuando abundaba la inexistencia de almas caritativas a las que recurrir.
A la promesa de devolverlos sanos y salvos desde Venezuela una vez nos hubiesen servido en nuestro propósito no pude comprometerme sin hablar antes con Balmis. Al verme dubitativa, las madres se abrazaron a sus hijos plañendo y llorando. Fue el mismo Balmis el que al ver de nuevo la angustiosa escena me dio la solución con cierto desprecio.
—Doña Isabel, por Dios, calladlas ya de una vez; decidles que no tardarán mucho en verlos de nuevo.
Le miré sorprendida.
—¿Es que a estos los vamos a devolver?
Suspiró con aire de superioridad.
—A ver, doña Isabel, contad. Si de aquí nos llevamos a seis niños, sumados a los veintiún gallegos harán un total de veintisiete criaturas. Si aún nos faltan otros dos puertos por tocar antes de llegar a México, decidme, ¿cuántos pequeños tendremos antes de alcanzar el continente?
Inmediatamente caí en la cuenta. De ninguna manera podría hacinar en el sollado de la María Pita a los gallegos, portorriqueños, venezolanos y cubanos.
—¿De verdad tendremos para reenviarlos?
Balmis asintió sin molestarse en mirar los libros de contabilidad. Preocupada por la veracidad de aquella afirmación, fui incapaz de contradecirle y prometí a las madres el regreso de sus retoños cerrando el trato. Y es que desde que asumí las responsabilidades de la intendencia, cada vez que las cuentas no cuadraban o los alimentos, vestimentas, medicinas, vendas o ungüentos se gastaban, era yo la que se veía obligada a transmitir las malas noticias. Algo que eludí con los problemas que habíamos tenido añadidos. Cada noche me sentaba a sumar, restar y suspirar ante aquel gran libro de tapas negras y aún no había informado al director de que en Puerto Rico la privación de caridad ajena me había obligado a gastar cuantiosas sumas que teníamos destinadas a otros puertos.
De los 8700 pesos fuertes que la real hacienda asumía para sueldos al principio de la expedición, apenas quedaba nada. De los 850 doblones que nos dieron para habitación, la mayoría lo destiné al pago del préstamo de los niños, y de seguir así se me acabarían las ideas para sustentarnos.
Al terminar cerré aquel maldito libro de contabilidad para coger su gemelo. Busqué la página donde anotaba los nombres de los niños que con nosotros venían, sus ingresos, motivos y altas de la enfermería, las curas practicadas y sus evoluciones. Lo hacía tan meticulosamente que recordaba hasta los dientes de leche que cambiaban y cuándo. La última página era la dueña de las defunciones y todos los días la abría en momentos de desconsuelo para asegurarme de que solo había dos nombres inscritos en ella. Solo habíamos perdido a dos niños en el transcurso de aquel complicado viaje; como Salvany me decía, estábamos muy por debajo de lo vaticinado por muchos y eso debía enorgullecemos.
Mojando la pluma en el tintero y con trazo disperso escribí el primer nombre: Manuel Antonio Rodríguez, de cinco años de edad e hijo de Juan y Rosa. Juan Ortiz, de once, e hijo natural de María. Cándido Santos, de cuatro años e hijo de Manuel y María. Y por último José Fagoso, que carecía de filiación. Como parecía el más débil de todos, había pedido a mi Benito que cuidase especialmente de él cuando yo no estuviese presente. Él se creció orgulloso de haber sido el depositario de esa responsabilidad.
Terminado el trabajo, dejé mi particular cuaderno de bitácora junto a su gemelo. Cerré los libros de nombres y cuentas y suspiré agotada. Aquel soplo fue el que me sirvió para apagar la vela de la palmatoria que como yo flameaba a punto de agotar su mecha. Con los ojos cerrados procuré disipar los oscuros pensamientos y sonreír convenciéndome a mí misma.
—No te preocupes, Isabel. Mañana Dios proveerá. Lo peor ya pasó.
A la espera de que las barcazas nos fuesen recogiendo en la playa para llevarnos al María Pita, me senté sobre un arcón a la sombra de un árbol a bordar las iniciales del nombre de cada uno de los recién llegados en sus uniformes. Así evitaría que unos y otros confundiesen sus prendas dando lugar a discusiones.
Concentrada en mi labor, se acercó Gutiérrez a meter su nariz en el bastidor. Fue entonces cuando supe que su padre era uno de los más reconocidos bordadores de la corte y con todo el esfuerzo de un padre diligente le había pagado los estudios de medicina. Por extraño que pareciese después de tanto tiempo conviviendo los unos con los otros, no había día que no descubriésemos algo nuevo los unos de los otros. Me sorprendió la maestría con la que enhebraba la aguja, y es que como todos los hijos de los artesanos había mamado el oficio.
Y así entre unos y otros quehaceres pasó fugaz la desesperanza de los diez días que aún tuvimos que esperar ya embarcados en el puerto de San Juan a que los vientos soplasen a favor. A lo lejos escuchábamos las mofas de aquellos que desde la costa se reían de nuestro fracaso al no haber contraído el obispo la viruela. ¡Como si le deseásemos algún mal! Al revés, nos alegramos por él y por poder partir habiendo certificado definitivamente lo que ellos aseguraban.
Por fin el día 12 de marzo las velas se desplegaron, las anclas se levaron y las maderas crujieron. Nos movíamos, dejando atrás el dibujo en la mar de una estela de sinsabores.