13. El complaciente virrey

¡Madre divina del alado niño!,

oye mis ruegos, que jamás oíste

otra tan triste, lastimosa pena

como la mía.

JOSÉ CADALSO,

Poema a Venus

De camino hacia Caracas solo pensaba en una cosa: mi reencuentro con José. Al llegar me alojaron con los niños en una residencia diferente a la de Salvany, por lo que no podría verle hasta la cena que aquella noche había organizado el virrey para darnos la bienvenida.

Contra todo pronóstico se me presentaba una ocasión para estrenar el maravilloso vestido que me había regalado la gobernadora de Maracaibo y no iba a desperdiciarla. Con mucho cuidado lo saqué de su envoltorio y me lo puse. Me estaba perfecto, como hecho a la medida. Maquillé un poco mis mejillas, me deshice del delantal y del gorro de puntillas que llevaba siempre para faenar con los niños, y ayudada por unas tenacillas me ricé el pelo en un recogido que arrancaba en cascada de lo más alto de mi cabeza. Sueltos únicamente quedaban los dos mechones de siempre a ambos lados de mi rostro, tapándome las orejas.

Solo fui consciente de mi espléndido aspecto cuando Benito vino a colocarme una rosa de China a un lado del recogido. Sus ojos relucían observándome. No necesitó decirme nada porque su abrazo casi me parte en dos. Me dejé llevar por aquella extraña sensación, imaginando la expresión de José al verme.

Al entrar, la sala estaba concurridísima. Un montón de damas charlaban al tiempo que se abanicaban; otros caminaban saludando aquí y allá con sus mejores galas; y los más observaban con aire de displicencia a quien aparecía por la puerta principal.

Fue precisamente doña Concepción de Bolívar quien acudió presta a mi encuentro con una copa de coñac en la mano. Elogió el vestido que me había regalado su amiga y apenas transcurridos tres minutos de una conversación bastante insulsa —durante la cual miraba a cualquier lugar menos a mi persona— me dejó con la palabra en la boca para ir a saludar a otro matrimonio que acababa de llegar.

Procurando disimular mi incómoda soledad, comencé a pasear en busca de los míos entre la multitud. Al salir al jardín, bajo un cenador e iluminados por decenas de bujías, pude distinguir en un corro a mi querido Salvany. Sentí que Balmis estuviese a su lado porque aquello me impediría demostrar una vez más mis verdaderos sentimientos. Mis pasos se aceleraron hacia el grupo sin importarme en absoluto la inconveniencia de que allí no hubiese una sola mujer.

Por sus uniformes, eran todos médicos-cirujanos menos el que debía de ser el máximo representante de la autoridad en Venezuela. Al acercarme, fue José quien suavizó nuestro ansiado encuentro precipitándose a presentarme a nuestro anfitrión. Don Manuel de Guevara y Vasconcellos, el gobernador y capitán general de Venezuela, me sonrió. Al hacerle una reverencia me tomó la mano para besarla. Le escoltaban dos hombres a los que tampoco conocía. El primero era don Andrés Bello, rector de la Universidad de Chile, que a sabiendas de nuestra llegada había venido a conocernos. El segundo resultó ser un licenciado y antiguo amigo de Balmis, que atendía al nombre de José Domingo Díaz. Era un cordobés de Encinas Reales, que años atrás, mientras estudiaba la diplomatura en Cádiz, tuvo el privilegio de contar a Balmis entre sus profesores.

Hechas las presentaciones pertinentes, alumno, profesor y demás presentes prosiguieron con la conversación que yo había entrecortado. Fue el gobernador el primero en reiniciarla.

—Desde hace medio siglo, la viruela nos ha atacado sin tregua. Los viejos aún recuerdan cómo aquí en Caracas mató hace casi cuarenta años a ocho mil almas dejándola gravemente despoblada. Pero lo peor fue que la epidemia se extendió cebándose en poblaciones como Pecaya, Cagua, Turmero.

El licenciado le interrumpió:

—Los que más reciente la tienen son los habitantes de Cumaná, Montalbán y Valencia, que aún la padecen. Arraigado el brote más mortal en los valles de Aragua, dicen que ni las zanjas dan ya más de sí para enterrar a los muertos. Ni siquiera en los degredos[5] tienen ya un lugar libre donde acostarlos.

Por no quedarme al margen quise intervenir en la conversación.

—¿Y no han tratado de conseguir el remedio antes de nuestra llegada, como en Puerto Rico?

Mi pregunta no debió de ser muy acertada porque todos se miraron entre sí. Fue el licenciado el que me contestó.

—¡Claro que sí! Hace dos años y por encargo del gobernador intenté traer la vacuna entre vidrios desde Cádiz pero desgraciadamente el calor del viaje la malogró. Por otro lado, he tratado de buscar vacas enfermas que nos proporcionasen la linfa fresca, pero todo ha resultado imposible. Desgraciadamente para nuestra causa, el ganado venezolano está sano como un roble.

A mi lado y aprovechando que todos fijaban su atención en el licenciado, Salvany me acarició la mano disimuladamente. Sin vocalizar siquiera susurró:

—Estás preciosa.

No me atreví a mirarle; le correspondí apretando la suya antes de separarla. Era la primera vez que me tuteaba. El licenciado pegó un trago a su copa antes de proseguir.

—Siento reconoceros que sí he conseguido erradicar el brote en la isla Margarita y en la Guayana con un poco del fluido que vuestro rival Oller me cedió en Puerto Rico. Pero no os preocupéis por eso, porque al contrario que Oller creo que lo mejor es trabajar en equipo para alcanzar la gloria.

Ante esta respuesta Balmis suspiró satisfecho, y es que por fin dábamos con un médico tan amante de la filantropía como nosotros. Quiso intimar aún más con él.

—Soy consciente de que no somos los primeros en intentarlo porque a mis oídos han llegado antiguas historias. ¿Conocisteis vos al marqués del Socorro cuando estuvo aquí de gobernador?

El licenciado asintió, lo que dio pie al doctor para continuar.

—Yo lo conocí hará un cuarto de siglo en Cádiz y vivió en primera persona aquí en Venezuela el brote al que el gobernador se ha referido antes. Corría si mal no recuerdo el año de 1766 y fue tan mortal que acabó con la vida del treinta y seis por ciento de la población. Fue entonces cuando el marqués se dispuso a conseguir como fuese un remedio. Años antes había oído hablar en las Canarias de un reconocido médico de Garachico, llamado Juan Antonio Perdomo, que estaba virolizando a gentes con éxito. En total creo recordar que fueron sesenta y cuatro personas las que se sometieron a su inoculación.

Salvany, sumamente callado y concentrado en hacerme intuir sus sentimientos sin palabras ni gestos que lo delatasen, quiso intervenir.

—Vistos los resultados, el marqués del Socorro lo trajo a Venezuela. Lo malo fue que Perdomo cobraba diez pesos macuquinos, una cantidad demasiado alta para los más pobres. La filantropía no tenía cabida en su esencia.

No pude creer lo que contaba.

—¿De verdad que no murió nadie?

—Solo una mujer que estaba enferma al someterse a la intervención —me contestó el licenciado—. Y lo cierto es que resulta extraño si de verdad inoculaba viruela humana. Pero eso nunca lo sabremos porque no quiso enseñar a nadie su método.

Salvany se mostró escéptico.

—Según decían en Barcelona, era un ilustrado avanzado; sus técnicas eran ocultas, poseía todos los libros prohibidos de los filósofos franceses y hacía constantes críticas a la religión católica. Por ello acabó condenado a varios años de presidio por la Santa Inquisición de Las Palmas. Hubiese querido conocerle cuando pasamos por allí, pero murió hace cuatro años. ¡A saber, vistos sus éxitos, si el primer descubridor de la vacuna no fue Jenner sino este Perdomo! ¡Allá él con su secretismo, pues se lo llevó a la tumba sin compartirlo! Porque cuántas veces el primero en saber de algo no es reconocido como se merece.

El gobernador rio a carcajadas.

—Ahí tenéis a Colón y a Américo Vespucio. ¿Por qué estos lugares son conocidos como las Américas en vez de las Colombias, por ejemplo?

El licenciado apuró la copa.

—Porque Colón en realidad nunca fue consciente de la grandiosidad de lo descubierto ni trazó sus primeros mapas; pero cosas más raras se han visto por estos lares. Fijaos: la primera vez que practiqué una cesárea, todos quedaron boquiabiertos al ver cómo la madre y el hijo vivían. ¿Imagináis cómo es posible que no conociesen una técnica tan antigua?

—Y tanto, creo haber leído que ya los antiguos egipcios la practicaban, pero los conocimientos se han perdido en más de una ocasión por la débil memoria de los hombres.

El gobernador se carcajeó de nuevo.

—Más que por ser desmemoriados yo diría que por malintencionados.

Aún más separado de mí, Salvany bromeó:

—Sea como fuere, ya veo, licenciado, que vos no perdéis el tiempo; si no es erradicando viruelas es atendiendo a parturientas.

—Tengo que reconoceros que no he sido el único —contestó este satisfecho por el elogio—. Los doctores José Domingo Díaz y La Roche me han ayudado a llevar la vacuna a los lugares más difíciles y al enterarse de vuestra llegada también han venido a recibiros.

Como si estuviesen al tanto de la conversación, los aludidos salieron de entre el gentío y me esquivaron para tender la mano al jefe y al segundo de nuestra expedición. Pese a estar presente, no fui presentada, pero tampoco me importó porque de algún modo empezaba a sentirme incómoda al ver cómo un grupo de mujeres me señalaba para cuchichear sobre mi inconveniente presencia a solas entre tanto varón. ¡Si supieran que desde hacía meses viajaba sin carabina con ellos!

Aproveché el despiste para separarme del grupo. Di una vuelta por entre los comensales, sentí de nuevo la fría soledad aun rodeada por ese centenar de almas y finalmente decidí desaparecer. Gracias a la algarabía de los fuegos artificiales que comenzaron a lanzar, pude salir del palacio pasando del todo desapercibida.

La luna llena iluminaba mi calmo paseo cuando oí otros pasos que me seguían apresurados. Asustada por si fuese algún ladrón, me di la vuelta para descubrir que era Salvany.

—¿Qué pasa, José? ¿Acaso no te entretiene la conversación de los demás médicos?

Sujetándome de la cintura me obligó a detener el paso.

—Se apagó en cuanto desapareció el lucero que nos iluminaba. ¡Cómo estás de hermosa!

—Simplemente he disfrazado un poco lo que ya conoces.

Me tomó de ambas manos y me atrajo hacia sí.

—Isabel, tengo que decirte algo antes de que te enteres por otros. Porque… nadie te lo ha dicho aún, ¿verdad?

Aquella confesión me puso en alerta de inmediato.

—¿Qué es lo que tienen que decirme?

Dejando a un lado la timidez y los formalismos, no dudó en abrazarme fuertemente.

—Me voy, Isabel.

No entendía nada. ¿A qué se refería? Fuera lo que fuese me daba igual porque quería sentir el calor de su cuerpo sobre el mío.

—No digas tonterías. Si acabas de llegar. Te he echado de menos.

Cerré los ojos y le apreté aún más contra mí hasta que fue él quien me separó con cuidado para proseguir. Allí en la penumbra y a escasos centímetros de su pecho vi cómo su nuez tragaba saliva antes de continuar.

—Nos han informado de que en Santa Fe la viruela está haciendo estragos y no consiguen terminar con el brote que apareció hará ya dos años. El mismo virrey, don Antonio Amar y Borbón, nos ha escrito desesperado nada más saber de la muerte de su médico, el doctor Lorenzo Vergés, a manos de la misma enfermedad que intentaba erradicar. Nos solicita ayuda encarecidamente y por la urgencia que aquellas gentes parecen tener, el doctor Balmis y yo hemos acordado dividir en dos la expedición. Me acompañarán Julián Grajales como ayudante, el practicante Rafael Lozano y el enfermero Basilio Bolaños. El resto continuaréis al lado de Balmis.

No lo encontraba tan dramático.

—Creo que después de haber soportado nuestra primera separación en Puerto Cabello, podré enfrentarme a otra ausencia parecida.

Suspiré aferrándome de nuevo a su delgado cuerpo y aprovechó para besarme apasionadamente.

—¿Cuánto tiempo tendré que esperar esta vez para verte de nuevo?

Su sobria expresión me asustó.

—No lo sé, un año, dos, media vida —musitó—. Después de Santa Fe tenemos la intención de dirigirnos al Perú y llegar si podemos a Buenos Aires y quién sabe si terminaremos en la Tierra del Fuego. ¿Lo entiendes ahora? De lo único que no hemos hablado el doctor Balmis y yo es de reencontrarnos. A partir de ahora la expedición se bifurca para siempre y ahora somos dos los que estamos al mando de esta aventura.

Me apretó contra sí.

—Eso quiere decir que quizá no nos volvamos a ver nunca.

¡Cómo era posible! «Nunca» era una palabra que no debería existir en el diccionario. Necesitaba un plazo, un día, una hora o un año por muy distante que estuviese para seguir manteniendo viva la llama de mi ilusión. No lo pensé dos veces.

—Esta vez quiero ir contigo.

Besándome en la frente, me contestó de inmediato.

—No puedes.

Me aguijoneó la angustia.

—¿Porqué?

Una voz a nuestras espaldas me dio la respuesta.

—Porque el pequeño Benito seguirá junto al resto de los niños rumbo a México y es allí exactamente donde se os necesita, ¿o vos preferís abandonar al niño por este hombre?

»Pensadlo. Si me seguís, tendréis todas las facilidades para adoptarlo; si no, allá vos con las consecuencias porque siempre podré escribir a las autoridades eclesiásticas de La Coruña desprestigiándoos por vuestra dejadez. No me será difícil frustrar vuestros deseos más secretos por muy altruistas que sean».

¿Cómo podía ser tan cruel? Me estaba poniendo entre la espada y la pared. O mi ángel preferido o el hombre que había logrado despertar en mí un amor que ya pensaba extinto. Separándonos los dos, le acribillé con la mirada.

—¡Doctor Balmis, nadie os ha dado vela en este entierro! ¡Tenéis el don de la inoportunidad! ¿Acaso nos estabais espiando?

Sin añadir nada más, dio una calada al puro que llevaba y se fue.

Esperamos en silencio a que se alejase para abrazarnos de nuevo. Ya nada me importaba porque intuía que no tendría muchas más oportunidades para hacerlo. Esta vez me aferré a él queriendo fundirme entre sus brazos. Desde tan cerca podía olerle y aspiré profundamente con la esperanza de poder guardar un poco de su aroma para siempre en mi recuerdo.

Oí su voz susurrándome en el oído.

—No lo pienses más, Isabel. Esto es lo mejor para los dos. Mi particular sacrificio conlleva una vida huraña y solitaria. Una vida parecida a la de ese hombre.

Ante tanta sumisión no pude ocultar mi enojo.

—¿Parecida a la de él? ¿De verdad quieres seguir los pasos de ese malnacido? Además, ¿quién te crees que eres para elegir por mí? Nadie, José. Hace mucho que esta mujer sabe sacarse las castañas del fuego, dirige su vida y elige por sí misma y nadie en absoluto va a cambiar eso. Me oyes, ¡nadie! ¡Ni siquiera tú!

En un segundo pensé en mi pequeño, lo imaginé solo en el mundo abandonado por segunda vez a un destino angustioso y decidí cuidarle doblegándome a lo indiscutible. José insistió.

—Compréndelo, me dirijo a tierras hostiles y no puedo pedirte que me acompañes.

Procurando serenarme le contesté:

—Ni falta hace que me lo pidas porque al igual que tú antepones la ciencia, yo he decidido quedarme al lado de Benito para siempre. Si sois incompatibles no hay nada más que hablar. Siempre nos quedará la esperanza de que las cosas cambien. Prométeme al menos que te cuidarás y me escribirás. Hazlo al hospital de México. Allí preguntaré en cuanto lleguemos. Quién sabe, la vida es larga y quizá…

Dejé inconclusa la frase porque ni yo misma lo creía. Salvany me apartó delicadamente de él para alejarse con mirada vidriosa.

Los fuegos artificiales de nuevo iluminaron la calle y fue entonces, al verle de espaldas, cuando recordé la debilidad de su figura, carácter y porte. Mi fugaz enamoramiento fue tan apasionado que incluso había borrado este defecto. Comprendí entonces que José estaba totalmente entregado a su causa. A pesar de ser aún joven, hacía tiempo que había renunciado a formar una familia porque la práctica de la medicina era su vida, aliento y verdadero amor.

En realidad, tan solo seis meses atrás, yo misma jamás hubiera reconocido la posibilidad de que el amor irrumpiese de nuevo en mi vida, y sin embargo, ahí estaba de nuevo vapuleada por otro de los desengaños que el destino me deparaba, y obligada por las circunstancias a solapar mis más secretos deseos con trabajo y entrega. Yo, como mi querido José, no salvaría vidas pero tenía mucho más empuje.

Una pregunta me asaltó: ¿me había enamorado de Salvany, o en realidad había sido un enamoramiento del amor en sí? Envidiaba a aquellas mujeres que paseaban por las calles del brazo de un hombre y, por muy dura que quisiese ser, no podía dejar de reconocer que añoraba los lejanos días en los que yo también tenía un hombro en el que apoyarme. De todos modos, tampoco me quedaban muchas alternativas, ni siquiera me había dejado la opción de elegir. En cambio, Benito me llamaba a todas horas.

A partir de aquella noche procuré evitar del todo a Salvany, ya que su simple presencia me oprimía el pecho. Podía comprender que la vocación de José me hubiera vencido en aquella lidia, pero había una pregunta que me atormentaba constantemente: ¿por qué él ni siquiera se había planteado un regreso, un después, un posible reencuentro? Lo más curioso fue que, a partir de entonces y en vez de regodearse en mi desesperanza, Balmis empezó a mostrarse mucho más afable. Con más frecuencia de la habitual venía a ver a los niños e incluso me preguntaba por su estado y salud, cosa que antes no parecía importarle en absoluto.

Consolidada la junta de vacunación en Caracas, la dejamos en manos de los practicantes y protomédicos que habíamos formado durante aquellos días. En las páginas de mi libro de vacunados llegué a anotar un total de 2064 nombres.

Para la siguiente travesía, y según calculé, necesitaríamos media docena de infantes para ir holgados en los plazos de transmisión de la vacuna. Sentada en un banco al borde de un bonito estanque cuajado de nenúfares, seleccioné a Ignacio de Jesús Aroche, a Juan Bautista Madera, a José Toribio Balsa, a los hermanos Bartolomé y Andrés Díaz y a José Celestino Núñez.

El viaje de regreso a la costa fue un suplicio y la extinción definitiva de la brasa de mi amor un verdadero martirio. Y todo porque por mucho que abrazase a mis niños en general y a Benito en particular, un vacío inmenso parecía haberse apoderado de mis entrañas. Quizá pareciese egoísta pero seguía sin poder renunciar a los dos tipos de amor que un hijo y un hombre me podrían dar. ¿Por qué hacerlo si tantas mujeres en el mundo los tenían a la vez? ¿Por qué elegir si precisamente la conjunción de ambos era para mí lo más cercano a la felicidad? Podía dejar por la imperiosa necesidad del momento que Balmis dirigiese mi vida, pero si algo aborrecía era el conformismo de una existencia manipulada, y tarde o temprano volvería a tomar las riendas de mis deseos.

La noche de aquel 8 de mayo la pasé en vela pensando en lo que dejaba atrás. José definitivamente se dirigiría a Cartagena de Indias camino de Santa Fe y desde allí trazaría una ruta pendiente de determinar aún y según la necesidad hacia el sur de América. Guarecida por la penumbra miraba su barco abarloado al María Pita. Según se balanceaba, el San Luis me pareció de lo más endeble.

Al amanecer, abordándonos, vinieron a despedirse de mí Manuel Grajales, Rafael Lozano y Basilio Bolaños. A este último le entregué a los dos niños que llevarían con ellos para iniciar su particular cadena de vacunaciones. Fue él quien excusó a Salvany.

—Doña Isabel, mi director me ha dicho que me despida por él eje vos y los pequeños. Ya sabéis, «adiós» es una palabra que nunca le ha gustado pronunciar.

Me encogí de hombros decepcionada. A muy pocos metros de distancia, en el barco de al lado, José seguía apoyado en la tapa de regala de la borda contraria a la nuestra. Debía de estar escuchándonos pero no hizo ni el más mínimo movimiento. ¿Era pesadumbre, vergüenza o simple cobardía? El caso es que así llevaba desde el amanecer, como una estatua de sal extasiada mirando al infinito. Grité a propósito para cerciorarme de que lo oía:

—¡Decidle de mi parte que un hasta luego me basta, siempre y cuando sea verdadero su propósito de reencuentro!

Cuando el San Luis soltó amarras de la amura de estribor del María Pita y poco a poco fue distanciándose, noté como si me faltase el resuello.

A un cuarto de milla, al fin José se movió en dirección al castillete de proa. Desde allí me lanzó un beso al aire. Solo le pude corresponder haciendo como si lo alcanzara y guardándomelo junto al pecho. Esa fue nuestra sencilla despedida. Un adiós que yo transformé en un hasta luego por no acotar en el tiempo nuestro ansiado e incierto reencuentro.