Siete
Mientras la señora Green examinaba a Marianne, Joya bajó hasta el arroyo y arrojó al agua la cadena del niño. Cuando regresó al campamento, el doctor lo buscó e intentó dispararle con un revólver de culata nacarada, pero erró el tiro. Joya lo derribó de un puñetazo. Cuando la señora Green y Marianne salieron del granero, encontraron al doctor tendido de espaldas sobre la hierba, junto al manzano donde habían azotado a Precioso. Joya estaba de pie junto a él, pasando el pulgar por el filo del cuchillo, y la tribu en pleno se había congregado en un círculo amplio, estupefacta y recelosa, alrededor de la figura postrada del chamán.
—Todavía no lo he matado —le dijo Joya a Marianne—. Quería pedirte tu opinión.
—Las gachas se están quemando —dijo la señora Green, y volvió al lado del fuego.
—Tu madre adoptiva te ha abandonado —dijo el doctor Donally. Las gafas oscuras estaban destrozadas en el suelo y él parpadeaba a la fresca luz matinal.
—¿Un destripamiento público? —le dijo Joya a Marianne, pero ella le arrebató el cuchillo.
—Míralos, todos observando. Ten cuidado, ellos lo respetan.
—Escúchala —aprobó Donally—. No es ninguna tonta.
—Tú cállate.
Era como una parodia de la justicia, sólo que la audiencia no tenía la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo, o a quién había que temer.
—Deja que se vaya —dijo Marianne—. Ponlo en el asno y échalo de aquí. No conviene que lo mates.
—¿Es prudente dejarlo suelto?
—Quizá las fieras podrían comérselo y hacer el trabajo por nosotros, dentro del orden natural.
—Estarás completamente solo sin mí —le dijo el doctor a Joya—. Totalmente solo para siempre.
Joya le dio un puntapié. El chico apareció rojo como una rosa, con los brazos cargados de hojas de enredadera y de flores de limismaquia púrpura, colmadas de semillas emplumadas; comprendió en seguida la situación, y loco de alegría, derramó las frutas blandas y grises por encima de su padre.
—Veo que irónicamente has cubierto su desnudez con tu chaqueta de boda, Joya —dijo Donally.
—No permitiré que uses ese nombre que me fue dado por amor. —Joya guardó el cuchillo con aire decidido—. Pero puedes irte, así no tendrás que nombrarme de ningún modo.
El chico danzó hacia atrás cuando Donally se ponía de pie, esparciendo una nube de flores purpúreas.
—Vean cómo trata a su más viejo amigo —declamó ante la salvaje concurrencia.
—Ellos pensarán lo que yo les diga que piensen. Ése es mi privilegio.
—Una vez que me haya ido, no hay duda de que empezarás a seguir mis consejos; pero serás un esquimal que intenta conducir un tren, serás impotente.
—Tienes barro de la cabeza a los pies pero no dejaré que te laves; vete como estás.
—¿Permites que me lleve mis libros?
—Los quemaré.
—¿Mis drogas?
—Envenenaré el arroyo más cercano con ellas y todos los peces morirán.
—¿Mi hijo?
—Si quiere, puede irse. Si no, puede quedarse.
—¡Pero qué magnánimo! —exclamó Donally, con desagrado.
Johnny trajo el asno ya ensillado y Donally lo montó con su viejo élan. Se inclinó y se despidió en un tono tan profético y alto que todos en el campamento pudieron oírlo.
Ella tendría un parto pésimo que culminaría con un nacimiento monstruoso, y por último él los abandonaría en circunstancias de un increíble horror.
Tendría que haber destellado un relámpago pero no fue así.
—Márchate —dijo Joya. Estaba desarreglado y sucio. No se había preocupado en trenzar debidamente los mechones que le caían en greñas sobre los hombros, y estaba descalzo y andrajoso aunque, como siempre, reluciente de cristales, oro y piedras preciosas, el Príncipe de las Tinieblas pero ningún caballero, y rodeado de silencio. El asno de Donally bajó la cabeza y mordisqueó la hierba; Donally abandonó el aire profético e imploró una vez más, con voz pueril, en un susurro confidencial: —Permite que eche una última ojeada a mi obra maestra.
—Pienso que no —dijo Joya.
Marianne temía que uno u otro de los del grupo se adelantara en defensa del mago, que un hombre levantara el rifle y disparara contra Joya, o que una mujer le arrojara una piedra, pero nadie se movió.
Donally sacó la flauta de un bolsillo interior y empezó a tocar una música dulce y penetrante, como si ésta fuera su última e irresistible carta. Joya le arrebató la flauta de los labios y la partió sobre la rodilla. Donally alzó las manos con aire petulante y suspiró.
—Sepárame de ti —dijo—. Expúlsame. Expulsa el arte, expulsa la cultura, expulsa el ingenio y el humor.
Los ojos de Johnny estaban fijos en Joya, quizá tratando de aprender alguna secreta fórmula de expulsión. Marianne pensó: «Nunca confiaré en Johnny». Un olor a gachas chamuscadas flotó en el aire; la señora Green, observando nerviosamente desde el fuego, había olvidado revolverlas.
—Vigila que nadie me dispare por la espalda —le dijo Joya a Johnny. Un instante después, Johnny tomó el rifle y cubrió a la multitud. Joya palmeó el anca del asno y recogió la brida; Marianne fue con ellos, pero el hijo de Donally había perdido interés en lo que estaba ocurriendo y se alejó sin volver la cabeza. El asno movía las orejas acucharadas y pisaba delicadamente por entre las zarzas del suelo.
—Quemaré la serpiente, viva o muerta, y tu máscara y capa de plumas —dijo Joya—. Será como si nunca hubieras existido.
—No estés tan seguro —dijo el doctor—. He dejado mi marca. ¿Y de verdad te establecerás y plantarás jardines? Serás un idiota esclavo de la naturaleza, cultivarás venenos, jamás serás libre.
—En cuanto al futuro, me es indiferente. Quizás ella pueda pensar algo de tanto en tanto.
Llegaron a la ruta verde y se quedaron mirándose uno a otro, con una repentina y última incertidumbre: ¿a quién guardaban fidelidad ellos tres? Pues entre aquel hombre joven y el preceptor, había un extraño lazo de años; entre la joven y el marido, la perpleja atracción de un sentimiento de fatalidad, y entre la joven y el mago, el vínculo de un lenguaje común. Y Marianne y Joya tenían además en común la pérdida de un padre.
—Venid conmigo los dos —dijo Donally—. Os tomaré bajo mi protección. Iré a los Profesores y les diré que sois mi hijo y mi nuera, rescatados de la inocencia arbórea del bosque. Y entonces os tratarán con aquel respeto reverente y algo circunspecto que los sabios de la Francia del siglo dieciocho reservaban para los hurones y los iroqueses.
Joya escondió la cara entre las manos al enfrentarse a esa posibilidad nueva, extraordinaria, que lo dejaba mudo. Por último, dijo: —No puedo evitarlo, soy incorruptible.
—Marianne, ven conmigo tú sola. Considera terminadas tus investigaciones sobre la vida y costumbres de las tribus salvajes.
«¡Así que eso es lo que he estado haciendo!», pensó Marianne.
Joya la observaba por entre los dedos. Atrapada por el brillo de los ojos de ambos, ella vaciló.
—Aún no —contemporizó—. Todavía no están terminadas.
El rostro de Donally se inundó de una furia tan diabólica y funesta que se le cubrió de tantos colores como la máscara.
—Bien; en tal caso —dijo—, te has cavado tu propia tumba.
Con esto, se alejó. Era tan enorme que empequeñecía a la bestia que tenía debajo, y la distancia lo redujo sólo muy lentamente a un tamaño aceptable. Marianne se sentó en el terraplén mientras Joya permanecía de pie, impasible, en medio del camino hasta que Donally desapareció al volver una curva. En ese momento, el hijo del doctor se adelantó precipitadamente pasando junto a Marianne, y siguió terraplén abajo hasta detenerse jadeando en medio de un deslizamiento de guijarros.
—¿Por dónde?
Joya señaló con el dedo. El muchacho se lanzó como una bala escarlata o una bola roja impulsada enérgicamente sobre un tapete verde, en la dirección que su padre había tomado, hasta que también él desapareció. Luego de una pausa Joya se echó a reír, sacudiendo la cabeza con perplejidad.
—La sangre tira de uno —sugirió Marianne en una tentativa de explicación—. ¿Podremos vivir solos en el bosque?
Hasta que habló, no tenía idea de que diría esto; cuando comprendió que ella y Joya estaban, en cierta forma, relacionados el uno con el otro, sintió un dolor, pues la idea de su propia autonomía podía, de hecho, no ser cierta, sino una convicción mantenida por la pasión. De todos modos, ¿no podía esa convicción servirle lo mismo que una certeza probada? Cuando advirtió que había comenzado a pensar con los mismos tortuosos aforismos que Donally pintaba en la pared, se sintió avergonzada y clavó los ojos en la verde alfombra de hierbas.
—¿Cómo viviríamos?
—En las ruinas. O en una cueva.
—¿Y tendrías el bebé totalmente sola? ¿Le cortarías el cordón, lo lavarías y todo eso, si me mataran? ¿Qué harías si me hirieran? ¿Y sin nadie que te trajera cosas para comer, y los Parias disparándote flechas? ¿Y mis hermanos buscándome con armas y lazos corredizos porque yo los traicioné?
Ella no pudo pensar en ninguna respuesta inmediata y se encogió de hombros.
—Ahora regresemos.
—¿A hacer qué?
—Comer.
—¿Y luego?
—Seguir.
—¿Adónde?
—Hacia el mar.
—¿Y luego?
—Hablas demasiado —dijo él. El medallón de San Cristóbal era un anillo de cielo en su garganta.
—San Cristóbal era el santo patrono de los viajeros, cuando había cosas así —dijo ella, con una voz falsamente alentadora.
—Hay más fantasmas en la carretera que en ninguna otra parte, como los fantasmas de las máquinas que funcionan solas. A ver, ¿qué hiciste con tu anillo?
—No lo sé. Se me cayó.
—¿Cómo puedes esperar que confíe en ti?
Joya reconstruía el mundo sólo con imaginería, y a Marianne le costaba mucho entenderlo. Cuando regresaron, cumplió todas las promesas que había hecho a Donally. Quemó los libros, vació los frascos de drogas, quemó las hierbas y destruyó cada una de las reliquias que el doctor había dejado atrás. La serpiente era, en realidad, una serpiente muerta y embalsamada. La sacó de la jaula, la abrió con un cuchillo, y el serrín cayó delante de todos, antes de que la quemaran. Los libros se abrieron y ennegrecieron entre las llamas, como cuervos atrapados, y el manto de plumas se elevó y se fue volando. Todo cuanto quedaba de Donally era polvo y cenizas. La hosca perplejidad de los miembros de la tribu transformaba el silencio en algo nuevo y terrible.
—Pronto te harán la señal contra el mal de ojo cuando te vean —dijo Marianne.
—Entonces ejerceré mi autoridad —replicó él.
—Está fuera de sí —dijo la señora Green, como si el motivo fuese tan simple—. No sabe lo que hace.
—Ellos creen que te he embrujado —concluyó Marianne—. Nos estás poniendo en peligro.
Joya llenó un saco con las ollas y cacharros de Donally, y lo llevó al arroyo, donde todo siguió el camino de la cadena. La hoguera estaba aún humeando en el momento en que la tribu se puso en marcha, alrededor del mediodía, cuando Joya ya había acabado la limpieza. Dondequiera que fuera ese día, tenía un hermano a cada lado y parecían una guardia de corps. Precioso, demasiado enfermo para cabalgar, yacía en la carreta, estirado y vendado al lado de la señora Green, gimiendo a cada sacudida y delirando de tanto en tanto; pero la señora Green se sentía feliz de tener de nuevo otro niño. Marianne caminaba junto a ellos y se negaba a subir a la carreta y salir del lodo. El viento se hizo fresco, limpio y vivificante; traía blancas ráfagas de gaviotas que emitían misteriosos gritos por encima de ellos.
—¿Cómo es el mar, señora Green?
—Un montón de agua vacía que se mueve arriba y abajo dos veces al día. Por lo demás, es como cualquier otro lugar. Pero está demasiado lejos para que lleguemos hoy a la aldea de pescadores. Hemos partido tan tarde a causa de los caprichos de Joya. Tendremos que acampar en algún sitio del camino.
Llegaron a un canal de piedra erosionada que tenía a ambos lados unos edificios de piedra bajos y grises, con varias habitaciones suficientemente sólidas. Arbustos y árboles crecían ahora donde habían estado las vías. Había una habitación llena de planchas oxidadas y con un reloj clavado en la pared; el cristal del reloj parecía colgar casi desprendido de una esfera envuelta en telarañas. La puerta de la habitación yacía sobre las piedras rotas del pavimento, pero el techo estaba todavía firme. Llegó la noche; la confusión entre necesidad y deseo, contra la que había sido advertida, estaba consumiendo a Marianne. Si sólo lo deseaba, la situación era bastante simple y podía resolverla perfectamente, mientras continuase despreciándolo. Pero si lo necesitaba, la situación era totalmente distinta e incluía una constelación de posibilidades miserables, y cada una indicaba que, quisiéralo o no, ella cambiaría. Como resultado de esa irritante confusión, clavó las uñas en la espalda de Joya con tal insensata vehemencia, que le abrió profundamente la piel, como si tratara de arrancarle el cuadro de la espalda. Humedeció las puntas de los dedos en los surcos profundos, llenos de sangre, y se volvió para probarla; sabía casi igual que cualquier otra; ningún sabor especial.
—¿Qué más esperabas? —preguntó Joya.
Yacía tan inmóvil como el reloj que no había funcionado durante más años de los que él había vivido, o los que había vivido su padre antes que él, pero Marianne sabía que no estaba durmiendo. Se preguntó si él esperaba que alguien se acercase inadvertidamente y lo acuchillara durante la noche. Pero nada se movió; sólo las ramitas secas crujían donde habían corrido los trenes. Se mantuvo en un lado del colchón, y tampoco durmió; apretó las manos contra el vientre y trató de sentir la forma del niño allí dentro, que tejía su carne y su sangre sacándolas de ella en la noche artificial del útero; y ella nada podía hacer. Después de un largo rato, Joya se levantó y se vistió. Ella esperó hasta que él llegó a la puerta, antes de decir: —¿Adónde vas?
Joya se sobresaltó visiblemente a la luz incolora de las estrellas. Marianne le vio el blanco de los ojos.
—¿Adónde vas?
—Al mar.
—¿A qué distancia está?
—Detrás de la colina. He estado aquí antes.
Había refrescado mucho y se envolvió en pieles para salir con él, pero los dos iban descalzos. Pasaron junto a las tiendas de piel y los fuegos apagados, de varas negras, y pasaron sobre los cuerpos estirados de los perros dormidos. Azul estaba de guardia en las afueras del campamento, pero dormía bajo una manta con los brazos alrededor de una joven.
—Sorprendido con las manos en la masa, robando su miel particular —dijo Joya, e iba a despertarlo, pero Marianne le puso una mano sobre el brazo y lo detuvo, pues los jóvenes dormidos le parecieron una imagen tan hermosa y pacífica que nada bajo la luna que los contemplaba querría dañarlos. Aunque esto podía no ser lo que ella creía realmente; quizá deseara en el fondo que los Parias o los Soldados o las bestias salvajes llegaran en manada, y asolaran el campamento dormido, y este repentino acceso de sentimentalismo sólo fuera una pantalla con la que ocultaba sus verdaderos motivos. Se preguntó si era el motivo que Joya le imputaba; o si era también el motivo de él, pues se encogió de hombros, y dejaron la pareja ilícita tal como la habían encontrado.
Joya marchaba delante de ella sobre los montículos de hierba. Ella sólo podía verlo borrosamente, como una sombra, cuando subía por la ladera de la colina, y luego la silueta de él contra el cielo. Lo siguió y descubrió que la hierba acababa y comenzaban las dunas. Nunca antes había visto o tocado arena, y cogió un puñado. Tenía un olor seco y artificial. Los pasos de ella resbalaban y susurraban en la arena. Las dunas exudaban un pálido resplandor; las formas bajas, redondeadas, en las que crecía aquí y allá un poco de hierba áspera, sugerían formas de vida que en cualquier momento podían convertirse en un gigante elemental de voluptuosidad desconocida. La fina costra de la arena se desmenuzaba bajo los pies descalzos de ella; cardos espinosos, tan pequeños que no podía verlos en la oscuridad, le pinchaban los pies. Joya volvió a aparecer en la cresta de una duna, tintineando. Cuando ella llegó junto a él, vio el mar.
Acolchados bancos de arena resplandeciente se extendieron ante Marianne, pues la marea estaba baja, y había dejado al retirarse, en la línea de la marea alta, justo debajo de ellos, montones de algas que llegaban a los tobillos, enormes extensiones de conchas sucias grandes como manos, pedazos de madera y todo tipo de desechos marinos. Joya corrió duna abajo a través de la playa y hacia las distantes ondulaciones del mar, donde se movía la pequeña luna nueva. Se detuvo en el sitio en que las olas pequeñas rompían con sonidos secretos. Con menos ímpetu, Marianne lo siguió. Delante y alrededor de ellos estaban todas las maravillas de la costa, a las que Marianne apenas podía dar nombre, aunque una vez se había dado nombre a todas las cosas, escrupulosamente. Los abanicos, las frondas, las cintas, las coronas, las guirnaldas y las trallas de algas habían estado una vez divididas en diferentes grupos, como las algas pardas, gigantes, rojas, etcétera. La esponja bolso, la esponja rojo-sangre, la esponja pecina y la esponja migaja; los gusanos de las velas, los gusanos de carnada, los gusanos tubiformes. Los suaves corales y las anémonas de mar conocidos como dedos de muerto y cabellera de serpientes, los cuernos globulares, la anémona margarita, el coral de copa, los pinos marinos, los robles marinos. La familia de los equinodermos de piel espinosa que incluye las estrellas quebradizas, las estrellas plumosas, los cohombros de mar de bocas de finas agallas, y los lirios marinos con diez brazos plumosos ondulando en el mar. Y miríadas de otros nombres.
Al perder el nombre, las cosas pasaron por un proceso de increación y revirtieron al caos, existiendo sólo para sí mismas en un mundo no-estructurado, donde no eran formalmente conocidas, convirtiéndose en un margen constantemente ampliado de materia indiferenciada y anónima que circundaba los puestos avanzados del hombre, quien ya no se familiarizaba con estas cosas, o las convertía en auténticas dentro de su propia experiencia mediante el regalo de un nombre. Joya y Marianne caminaban a lo largo de la playa de esa bahía inmensa y despoblada, no como si estuvieran explorándola o descubriéndola, sino como visitantes que han llegado demasiado tarde, sin una presentación, que no saben si serán bienvenidos, pero, que a pesar de todo están resueltos a enfrentarse a las consecuencias.
Se encaminaron así hacia la cuña de tierra que se proyectaba mar adentro, en el extremo de la medialuna de arena. Marianne pisaba las huellas bien delineadas de Joya, ya llenas de agua. Si abandonaban la tribu, se convertirían en Parias y tendrían una vida anónima, en el peor de los casos; en el mejor, podrían iniciar una nueva subespecie de hombre, que viviría en cuevas secretas, acompañado sólo por el peligro de la muerte, mostrando una conveniente indiferencia por el mundo exterior, de donde venía la leche materna. Esta educación racional y sin miedo evitaría misterios tales como el que ahora la forzaba a caminar detrás de la figura de la playa, oscura como un negativo de fotografía, y que le impedía volver sola al hogar. Por tanto, quizá fuera incapaz de enseñar a los hijos de él cómo ser absolutamente indiferentes, algo de lo que ella no era capaz, y todo el plan se desmoronó en la nada. Marianne empezó a hablar con considerable amargura.
—Eres la cosa más extraordinaria que he visto en toda mi vida. Ni siquiera en fotografías había visto nada igual a ti; tampoco he leído tu descripción en los libros, tú con tus alhajas, pinturas, pieles, cuchillos y armas, como una versión fálica y diabólica de las bellezas femeninas de otras épocas. Lo que más me gustaría sería conservarte en formol, en un enorme frasco, en la repisa de la chimenea de mi tranquila habitación, donde pudiera mirarte e imaginarte. Y ése es el mejor de los lugares para ti, obra de arte transeúnte. Como el buen doctor te educó muy por encima de tu condición, bien podrías ser una pieza de exhibición para asombro de intelectuales, como cualquier otra cosa. Tú, tú no eres nada sino el furioso invento de mis noches virginales.
Él le concedió una sola sonrisa extraña pero no dijo una palabra de respuesta; llegaron a la punta de la bahía mientras Marianne proseguía hostigándolo tan astutamente como podía. Pero calló cuando vio lo que estaba más allá del final de la playa.
Había una ciudad devorada por el tiempo y hundida hasta las orejas en el mar; las torres, cúpulas y techos estaban tan confundidos con sus propias sombras y reflejos que todo parecía suspendido en el aire, entre las nubes de la noche y las estrellas menguantes. Mucho tiempo atrás el mar había arrancado sólidos bloques de una explanada, aunque pesaban toneladas y habían estado trabados unos con otros; luego el agua se arremolinó en las calles abandonadas, mordisqueando, engullendo, tragando y digiriendo piedra, ladrillo, estuco, metal y cemento. Ahora, unos peces indiferentes nadaban en dormitorios donde los espejos sumergidos ya no reflejaban rostros, sólo una laberíntica danza de ruinas y naufragios; los peces entraban en los hornos desaparecidos en el mar y volvían a salir, crudos; los peces cruzaban boquiabiertos el salón de baile, las tiendas y el hotel de este pueblo que había sido una vez un balneario, un centro de recreo. El viento se había calmado durante la noche y las olas no hacían más ruido que la respiración de los dos.
Prominente entre los minaretes, chapiteles y cascos de hierro forjado que sobresalían de las aguas, había un enorme reloj cuyas manecillas estaban detenidas en las diez, aunque, por supuesto, ya no era posible decir si esto significaba las diez de la mañana o de la noche. Este reloj estaba sostenido por una monstruosa figura de yeso, apoyado en los brazos y sobre el vientre abultado, y que parecía emerger de la laguna en puntas de pie como el genius loci, pues el pedestal que la soportaba estaba completamente sumergido. Era la figura de una mujer exuberantemente dotada, apenas vestida con un traje de baño que cubría escasamente los sobresalientes bultos de unos senos montañosos, en cuya sombreada hendidura habían anidado unos pájaros marinos; y la totalidad de la figura estaba salpicada de excrementos blancos. A la luz del día la prenda de vestir de la mujer aún conservaba rayas del alegre azul con que había sido pintada, y la piel estaba todavía manchada aquí y allá de un rosa vivo, pero la noche desteñía los colores. La cabeza, que llevaba una exuberante cabellera rizada, larga hasta los hombros, estaba echada hacia atrás en un éxtasis erótico, y aunque parcialmente desgastados por los vientos marinos, el rostro desplegaba unos gigantescos labios crispados en una sonrisa amplia, gozosa, que descubría un bonito juego de dientes de yeso. Antaño, los ojos brillaban, pues les habían puesto bombillas de color azul en las cuencas, y bombillas de diferentes colores habían circundado el reloj, pero esto era ahora sólo un recuerdo del que nadie tenía memoria. Cerca de esta figura, la parte superior de una rueda de tamaño gigantesco sobresalía del mar vanidoso y sereno.
Más allá del pueblo anegado el terreno se elevaba, y un acantilado se alzaba allí a tales alturas que pasarían muchos siglos antes de que el mar lo abatiese; aunque con el transcurso del tiempo así sucedería, porque las olas rompían contra él. Los grises caballos marinos que ahora parecían tan inactivos, se volverían violentos con las tormentas equinocciales; cargarían sobre los acantilados no sólo con su propio ímpetu sino también con proyectiles ocultos, cantos rodados, guijarros, y la desgastadora arena; conducirían el aire delante de ellos y lo arrojarían contra el acantilado; incluso el aire era un enemigo, pues liberado por el mar estallaba arrancando trozos del acantilado. Las olas socavarían los acantilados hasta que, finalmente, la cumbre se derrumbaría.
Pero ese día estaba muy lejos en el futuro, y sobre el acantilado brillaba una torre blanca como un dedo luminoso que señalaba el cielo. Era un faro. La luz estaba apagada como los ojos de la mujer, pero allí continuaba, aunque ya no había marinos azotados por las tormentas que agradecieran los útiles destellos; sin embargo, aún inútil, era intransigente. Para Marianne, se parecía a la torre blanca en la que había nacido, y se sintió muy conmovida porque, a pesar de que ninguna de las dos torres despedía ya una luz útil, ambas servían aún para avisar y prevenir posibles peligros. Así, esa torre vislumbrada en la oscuridad, simbolizó y clarificó su resolución; abomina del naufragio, decía el faro, teme a la sinrazón. Utiliza tu ingenio, decía el faro. Se enamoró de la integridad del faro. No se le ocurrió que su compañero podría considerarla como más representativa de la cultura del difunto reloj, ni tampoco hubiera comprendido cómo tal cosa era posible, porque la psicología de los proscritos era para ella un libro cerrado, y además Joya nunca había aprendido a escribir.
Se hizo muy oscuro cuando las estrellas fueron desapareciendo una a una. Detrás, la marea empezaba a avanzar lentamente, sobre la playa descubierta; por curiosidad, quiso preguntarle a Joya si la impúdica portadora del reloj quedaba totalmente oculta con la marea alta, pero descubrió que no podía quebrar el mágico pentágono de su continuo y negro silencio. Joya regresó por el mismo camino por el que habían llegado y la condujo hasta las dunas; el extremo de la bahía ocultó a la ciudad en el mar, o al mar en la ciudad, y pronto estuvieron lejos del agua que avanzaba. Él se arrodilló y se puso a cavar un lecho en la arena.
—¿Qué demonios estás haciendo ahora?
—Cavar un pozo, meterme en él y dormir.
Se acostó medio enterrado en la arena como un zorro negro metido en la tierra, y ella se sentó junto a él. Le miró los párpados cerrados, que temblaban con el paso de los sueños, y de pronto sintió tanta ternura y preocupación por él que se incorporó de un salto y huyó corriendo hasta que dos o tres médanos los separaron. En otros tiempos, el crecimiento de los distritos urbanos había extendido dedos de casas pequeñas detrás de las dunas; Marianne se sentó a contemplar el cemento erosionado que se hundía en el follaje, un crecimiento horrible pero natural, como si las ruinas hubieran sido el proyecto primitivo, y los hombres y mujeres hubieran vivido allí en una etapa necesaria pero intermedia de la ejecución del gran proyecto. Era imposible determinar dónde empezaban las casas y terminaban los árboles. Cuando vio una insinuación de movimiento en una de las casas en ruinas, pensó que los ojos la engañaban y, cuando vio un león que saltaba a través de una ventana abierta, pensó que estaba dormida y soñando.
Nunca hasta entonces había visto un león. Tenía exactamente la misma apariencia que en las fotografías; aunque la oscuridad desteñía los colores del animal, le vio la melena y la cola con una borla en la punta que se movía de un lado a otro cuando la bestia salía del límite de la sombra y se volvía hacia la duna. Se detuvo a olfatear el aire, gruñó suavemente y reanudó el sinuoso camino por la arena. Marianne volvió inmediatamente al lugar en el que había dejado a Joya, aunque estaba ahora a bastante distancia, y la idea de que jugaba al escondite con un león, quizá para morir junto a su propio esposo, le parecía completamente absurda, aun cuando sentía que se le encogía el corazón al pensar en la zarpa terrible, inocente, arrancando la piel del esposo, y junto con ella, la vida.
El león llegó hasta Joya antes que ella. Marianne subió una cresta de arena y vio el perfil franco y noble del león que se inclinaba y rozaba la figura oculta con la melena que le pendía de la abovedada cabeza. El mundo dejó de girar y el mar de moverse; la playa era ahora el hogar del león, y ella y el hombre eran intrusos que sólo podrían sobrevivir imitando la inmovilidad de la arena misma, un silencio petrificado que intentara engañar a la bestia devoradora con la pretensión de la inexistencia. Los ancestros de estos leones habían venido de ultramar en jaulas, para deleitar e instruir a los niños de los tiempos civilizados; ella lo miró y fue instruida. Los ojos del león brillaban más fijamente que las llamas de las velas, y Joya debía de sentir la presencia tibia, cercana y amorosa; ésta era una de las muertes más seductoras. El animal examinó al hombre minuciosamente con la nariz y la lengua. La cola se sacudía nerviosa de un lado a otro.
Luego el león levantó la cabeza y bostezó inmensamente, víctima de un infinito aburrimiento. Joya yacía como había yacido delante del fuego; si la bestia lo hubiese mordido no hubiera encontrado carne dentro de las ropas, así que el león lo olió una vez más y se alejó despacio, indiferente. Regresó al bosque con una gracia milagrosa y furtiva; las articulaciones y músculos se le movían suelta y pausadamente bajo la piel; el animal se tomó su tiempo, que era muy lento.
Marianne esperó a que el león desapareciese entre las dunas, y luego esperó un poco más, pero Joya aún no se movía. Esperó todavía más hasta que vio que la arena tenía un brillo pálido, y mirando detrás de ella vio en el cielo algunos indicios de la aurora y algunos celajes. Entonces fue hacia él. Estaba tan oscuro como una estatua calcinada pero tenía los ojos abiertos; ella recordó cuadros de los antiguos egipcios, que pintaban las figuras de los fallecidos con los ojos abiertos, para que así pudiesen ver el camino al otro mundo.
—Gitano es una corrupción de la palabra egipcio —le dijo con una voz fría para mantener la distancia.
—La familia de mi madre, los Lee, eran gitanos, o lo que fuera eso, antes de la guerra. Comerciaban con chatarra, al menos eso decía mi padre, y tuvieron una maravillosa sorpresa con la cantidad de chatarra que les proporcionaba la guerra, hasta que se dieron cuenta de que no quedaba nadie con quien comerciar, y se disgustaron. ¿Eres real o te estoy soñando, o vino un león y me lamió la cara?
—Vino un león. Yo lo vi.
—Tienen que estar criándose en el bosque. Al principio eran muy pocos, pero pronto serán un peligro cotidiano. A menudo me pregunto qué se sentirá siendo a la vez la presa y el cazador, y yacer entre la maleza con pavor estático, escuchando mis propios pasos intrépidos. Me lamió la cara y se fue.
—Sí. Fue extraordinario.
No hubo posibilidad de evitarlo, Marianne se arrodilló al lado de él y lo abrazó. Pero cuando intentó meterle la lengua en la boca, él la apartó de un empujón. En el bosque el león rugió como un trueno dulce.
—No creo que haya aurora esta mañana —dijo él.
—Ya ha comenzado. Todo está bien.
Pero, uno a uno, él se quitó los anillos que llevaba en los dedos y los enterró profundamente en la arena. Luego, los pendientes.
—¿Por qué haces eso?
—Regresa. Regresa y vete a dormir.
—¿Y tú?
—Déjame solo.
—¿Tú quieres que me coma el león?
—Se ha marchado. No te hará daño.
—Me iré, si tú quieres —dijo ella pérfidamente.
—No mires atrás.
Ella se tendió detrás de una duna y lo espió. Él volvió a bajar andando hasta el borde del agua. Ella fue detrás de él. La luz era fría y escasa, prometiendo un día de lluvia y nubes. Él se quitó del cuello las cadenas y los amuletos, y los dejó al alcance de la pleamar, que primero los alejó playa adentro, y luego los mantuvo brevemente a flote. En seguida una ola grande, la séptima ola, cayó sobre ellos, y todo desapareció en el corazón del mar. Solo sobre la hoz de arena, Joya se veía tan diminuto e intrascendente como una conchilla arrojada por el mar. Se internó en el agua.
Caminaba lentamente pero la pleamar lo atrajo hacia los cambiantes pechos del agua, y el reflujo de una ola lo hizo tropezar, pero él perseveró. El pelo le flotó sobre el agua, y pronto sólo la cabeza era visible, como si la hubiesen cortado poniéndola sobre una interminable bandeja de plata acanalada. Ella se precipitó a través de la playa, se quitó la chaqueta arrojándola sobre la arena, saltó dentro del agua helada y atrapó a Joya. Él se debatió con una fuerza considerable.
Perdieron pie y lucharon en la contienda del agua y el aire. Él maldijo, jadeó y trató de hundirla y ahogarla, pero ella era demasiado ágil para él, y de todos modos el agua lo venció; se atragantó y cayó agotado. La pleamar los empujó hacia la playa, y Marianne arrastró a Joya por el pelo, a través de la arena, hasta que estuvieron fuera del agua. Él se había desmayado. Tenía la piel mojada y fría como la de una criatura marina. Se echó encima de él, lo cubrió y le dio calor hasta que él salió del desmayo, gimió y golpeó a Marianne con extraordinaria violencia, arrojándola lejos. Se arrastró y vomitó una buena cantidad de agua. Marianne recordó que estaba embarazada, y gritó con furia.
—Es la segunda vez que me golpeas. ¿Cómo pudiste, en un momento semejante? Si alguna vez vuelves a hacerlo, algo terrible te ocurrirá.
—Te dije que no miraras.
Hacía un frío cruel. Marianne encontró la chaqueta seca y se envolvió en ella. Joya estaba temblando y llorando, pero ella dejó que se levantara sin ayuda, tambaleándose, pues lo aborrecía apasionadamente. Él parecía más resentido por la horrible indignidad del rescate que por ninguna otra cosa. La noche había terminado y Joya se alejó de vuelta al campamento; Marianne lo siguió más tarde, tiritando y murmurando rencorosamente. En el campamento estaban encendiendo los primeros fuegos.
Marianne entró en el cuarto con palancas de la estación, se quitó la ropa mojada y se tumbó. Estaba exhausta y entumecida de frío. Sorprendida, vio que la señora Green le traía unas gachas y permanecía de pie con los brazos en jarras mientras ella comía.
—¿Qué pasó? —le preguntó la señora Green—. Él tiene un aspecto espantoso.
Marianne comió plácidamente otra cucharada, antes de responder.
—Joya trató de ahogarse. Cuando yo lo saqué del mar, me golpeó. Mire el cardenal.
Ella mostró el hombro ostentosamente.
—Oh, Dios mío —dijo la señora Green—. Y tú, además, esperando familia.
—Será culpa de él si aborto —dijo ella vanidosamente, y repitió estas palabras en voz más alta cuando vio que él se acercaba a la puerta. Le chorreaba agua del pelo y la ropa empapada se le adhería al cuerpo, el macilento superviviente de un naufragio con los ojos momentáneamente ciegos como perlas. La señora Green se irguió delante de Marianne, protegiéndola, pero él sólo traía un pedazo de papel en la mano.
—Ella tendrá que leerlo en voz alta, para mí.
Dejó la nota en la mano de Marianne y se sentó. La joven se alejó para que ninguna parte de ella pudiera tocarlo, y examinó el mensaje; eran sólo unas pocas palabras garrapateadas en el dorso de una de las tarjetas de visita de Donally. La tarjeta estaba arrugada y sucia de polvo.
—El doctor dice «SALVADME». —Ella había esperado algún tipo de aforismo gnómico. Se sintió decepcionada. Joya se echó una manta por encima de la cabeza y tosió.
—Sécate —dijo la señora Green—. Tu salud es tan precaria.
—Él quiere que lo rescaten, ¿ves? —dijo Joya pesadamente. Estaba tan empapado que se movía como en cámara lenta, como si hubiera permanecido un tiempo en el fondo del mar.
—De todos modos, ¿cómo conseguiste esta nota?
—La trajo el hijo de él. Apenas entró empezó a comer gachas de la olla con los dedos y dijo que los Soldados habían sorprendido al padre y lo habían cargado de hierro; resultado del poder persuasivo del pico de oro del doctor. Pero el muchacho pudo escapar, tal vez volando.
—Son mentiras —dijo Marianne—. Y tú lo sabes.
Joya empezó a secarse lentamente con las mantas.
La señora Green se detuvo y le tocó la frente.
—Tienes fiebre.
—Estoy ardiendo —dijo él—. Tiene que haber algo malo en el mar.
Aunque le corrían gotas de agua por los brazos, parecía crepitar de fiebre; Marianne sintió el calor de esta fiebre y no supo qué hacer.
—¿Espera que lo rescate después de haberlo expulsado?
—Así parece —dijo Marianne.
—¿Realmente estoy ardiendo? —preguntó él, como si no pudiera confiar en la evidencia de sus propios sentidos.
—Lo estás.
—Tengo que hablar con mis hermanos.
—Quédate aquí y no te muevas —dijo la señora Green.
Marianne sintió un movimiento debajo del corazón, como un pez que salta en una charca. Se clavó las uñas en las palmas para irritar y contrariar su propia ternura, pero a pesar de todo dijo: —No vayas.
—Es más fácil decirlo que hacerlo; no soy nada excepto los impulsos inmediatos de mi conciencia…
De todos modos, los hermanos vinieron a buscarlo. Johnny, Bendigo, Jacob y Azul, pues Precioso estaba todavía demasiado lastimado para moverse. La habitación se oscureció con la presencia de ellos; se quedaron de pie alrededor del colchón como tres árboles jóvenes, hermosos y anónimos.
—Levántate —dijo Johnny—. Ella te embrujó. Fue ella la que hizo que lo echaras. No puedes mantener tus manos lejos de ella, ¿verdad? Te está devorando. No eres el hombre que eras.
—Está enfermo —dijo la señora Green.
—Está demasiado enfermo para ir detrás de ese charlatán —dijo Marianne.
—No tiene tiempo para estar enfermo —replicó Johnny—. Tiene trabajo que hacer. Tú cállate, perra.
—No me callaré —gritó ella. Ante esto, para sorpresa de Marianne, Johnny retrocedió atemorizado e hizo la señal contra el mal de ojo. Marianne conoció el principio de una sensación de poder.
—Pero tengo que levantarme y me levantaré —dijo Joya—. Iré a buscar a mi preceptor aunque esto es probablemente una trampa para engañarme, y seré asesinado y vosotros conmigo, Johnny, Jacob y también Bendigo y Azul, en quien ni siquiera se puede confiar como centinela; espero ser capaz de llevaros a todos conmigo. Y todos juntos nos zambulliremos maravillosamente en la nada, nosotros…
—Tú te quedarás conmigo y cuidarás de tu hijo.
—¿Qué? —exclamó Johnny.
—Lo que oyes —dijo la señora Green con alegría.
—Ahora dejadme solo para que me pinte la cara y me adorne la cabeza y busque una ventana para mirar hacia afuera…
Los Lee eran Antiguos Creyentes. La señora Green, como hipnotizada, retomó el hilo de la fantástica frase.
—… y los perros pequeños vinieron y se lo comieron todo excepto las palmas de las manos.
—Si te vas detrás de Donally, te abandonaré.
—Mira si me importa.
El hijo del doctor apareció comiendo pan. Las aventuras de los últimos días le habían reducido la chaqueta a jirones.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó a Joya, como continuando una conversación comenzada en algún otro sitio.
—Pintarme la cara. Ve a buscarme los potes de pintura y observa cómo me vuelvo una pesadilla.
Johnny les hizo un gesto a los otros y desaparecieron tan repentinamente como habían venido. El hijo de Donally también fue a buscar entre las posesiones de Joya y Marianne, hasta que encontró las pinturas.
—Cuando los Soldados te vean venir, pensarán que eres la encarnación del diablo montando un caballo negro.
—Ellos son los diablos, con las caras de cristal. No es posible escapar a las consecuencias de la propia apariencia.
—Ésa no es la verdadera apariencia de ninguno de vosotros.
—Pero es verdadera en la medida en que uno de nosotros quiera creerlo.
—Tú no eres un ser humano, en absoluto. Eres un problema metafísico.
—Las bestias salvajes no quieren comerme, y el mar no quiere ahogarme; ¿qué otra conclusión puedo sacar?
—El león no tenía hambre y fui yo quien te rescató del mar. Las balas te matarán; además, pienso que ya te estás muriendo.
Como si fuera una apostilla, una sangre espesa y oscura le manó a Joya de la comisura de la boca. Se palmeó los labios con la mano y la sangre le corrió entre los dedos, y hacia abajo por la muñeca. La señora Green lo limpió con un trapo. Luego el niño trajo los potes de pintura y un trozo de espejo mellado, y dejó todo en el suelo. La señora Green tomó la mano del niño.
—Lo mejor es dejar a un hombre y a la esposa solos en un momento como éste.
La pintura roja estaba hecha de grasa mezclada con arcilla de ese color, la blanca con grasa y tiza, y la negra con grasa y hollín. Joya apoyó el espejo cuidadosamente contra la pared y se acuclilló delante, hundiendo los dedos en las diferentes grasas. Había una pesada lentitud en todos sus movimientos; se untó el negro alrededor de los ojos en torpes manchas. Ella se sentó, erguida, con los brazos alrededor de las rodillas, disgustada y distante.
—¿Anoche saliste a buscar algo que te matara?
Él no respondió y ella supo que era verdad.
—¿Qué harás si todo esto es cierto y efectivamente rescatas a Donally y lo traes de vuelta a casa?
—Me convertirá en el hombre-tigre —dijo Joya. Marianne creyó ver en sus ojos el nacimiento de la ambición.
—Si te quitara la camisa creo que vería que ese Adán ha aceptado, al fin, la manzana tatuada.
—Cuando dormía, esta mañana, soñé que había estado cavando mi propia tumba y me desperté y descubrí que un león me besaba la cara. Anoche me abrazó un león. El león, el rey de las bestias.
Se pintó los pómulos de rojo.
—¿Estoy comenzando a tener un aspecto suficientemente terrorífico?
—No para mí.
—Para mí tampoco. Quizá ya no sea tan hábil como antes. Yo mismo me asustaba como un tonto.
—Has tirado todos tus talismanes y amuletos. ¿Qué harás sin ellos?
—Pronto lo averiguaré, ¿no?
Ella le vio en el espejo la cara pintada; sueño y realidad se fundían con tal violencia que rió histérica y repitió una y otra vez: —No eres tú mismo esta mañana; no eres tú mismo esta mañana.
Cuando él terminó de pintarse, trajo las botas de un rincón, y se las puso.
—Has olvidado adornarte la cabeza.
—Hoy no lo haré.
—Ya no eres un salvaje perfecto, no prestas atención a los detalles. No impresionas. ¿Qué será de ti?
—Apenas puedo ver —dijo él—. Bésame antes de que me marche.
—No —gritó ella, disgustada—. Tu máscara me ha alejado demasiado de ti para que pueda respetarte.
—Bésame.
—Asesino —dijo ella.
Joya dio media vuelta y arremetió contra Marianne, cayendo pesadamente sobre ella, golpeándole la cara. Esta vez Marianne lo golpeó salvajemente, tirándolo al suelo, donde quedó tendido.
—Ésta es la tercera vez —dijo ella con malévola satisfacción—. Te lo advertí. Ahora no te queda ni una esperanza. Tú sabías que yo sería tu muerte.
A él le llevó algún tiempo recobrar el aliento y al fin se marchó, tambaleándose y con paso inseguro. Ella pensó: «Lo he destruido», y se sintió complacida, porque la maravillosa y desafiante construcción de texturas y colores que había vislumbrado por primera vez en la aldea tranquila, se había desvanecido como si fuera una ilusión que no podía sustentarse a sí misma en los rayos blancos del faro. Se levantó y arrojó los potes de pintura a la zanja de malezas entre los andenes de la estación. Tiró luego el espejo temiendo ver en él la cara de Joya, la cara primitiva y extraordinaria que él había dejado allí, pues tenía que estar en alguna parte; observó contenta cómo el espejo se rompía. Se sentía pesada y le dolían los pechos. Entró en la habitación grande que una vez fuera sala de espera, y encontró a la señora Green cortando carne. La cuchilla resbalaba hábilmente en el trozo enrojecido, y Marianne sintió náuseas.
—Hoy no podremos ver a los pescadores —dijo la señora Green—. Nos quedaremos hasta que vuelva Joya.
—¿Usted cree que volverá? —preguntó Marianne, sorprendida.
—No lo sé —dijo la señora Green, y las lágrimas le resbalaron en silencio por las mejillas—. No tendría que haber expulsado al doctor; debió matarlo sin más rodeos y terminar así con el asunto. Fuiste tú quien impidió que Joya matara al doctor, tú, muchacha malvada. Fuiste tú.
Marianne se irguió y salió al andén. Jen estaba sentada allí, balanceando los pies por encima del borde.
—¿Por qué tienes la cara magullada? —le preguntó Jen—. ¿Joya ha empezado a golpearte?
—Sí —dijo Marianne.
—Entonces, te alegrará no volver a verlo.
—Sí —dijo Marianne, pero entonces descubrió que ella también estaba llorando. Fue hasta el final del andén, donde acababan las piedras del pavimento, y cruzó un terreno poblado de arbustos. Alcanzó a ver una compañía pequeña en la distancia, cinco o seis figuras brillantes que se movían muy lentamente al paso de los caballos. No estaban a más de una milla.
Era difícil correr porque el terreno arenoso estaba erizado de espinas, hierbas duras, cardos y plantas secas y afiladas que le laceraban los pies. El día era de un color gris ceniciento. Sintió un agudo dolor en un costado y se detuvo a descansar, pero en seguida echó a correr otra vez. Tenía que correr. Corrió hasta que no pudo continuar, y los jinetes estaban todavía lejos; gritó tan alto como pudo. La voz se le quebró pero llegó claramente a los jinetes, y el hijo de Donally se volvió —Marianne vio el destello de la chaqueta escarlata— y quizá le dijo algo a Joya, que inmediatamente giró la cabeza. Le alcanzó las riendas del caballo a Johnny, desmontó, y caminó lentamente hacia ella; Marianne sintió que vivía un presente sin continuidad, un momento que separaba nítidamente el pasado del futuro, y completamente distinto de ambos; sintió el sudor que le goteaba columna abajo, y cada hoja de hierba y partícula de tierra bajo los pies.
Se sentía extremadamente feliz al ver que podía atraer a Joya con un hilo invisible. Pero cuando Joya estuvo bastante cerca como para que ella le viera los colores borroneados de la cara, vio también que él estaba haciendo la señal contra el mal de ojo. De repente, ella reconoció el gesto.
—La llamaban la señal de la cruz —dijo ella—. Se transmitió entre los Antiguos Creyentes.
—¿Me has vuelto a llamar sólo para darme esta información inútil?
Cuando él se acercó un poco más, ella le deslizó un dedo por la mejilla, y miró la pintura debajo de la uña.
—¿Sabes?, ni siquiera quise mucho a mi hermano.
Él se sobresaltó, tocado en un punto débil.
— Y cuando soñaba con eso, cosa que hacía bastante a menudo, sólo me acordaba de ti.
Él levantó los ojos y se miraron con una sorpresa maravillada, como miembros disfrazados de una conspiración que nunca habían aprendido una señal de reconocimiento, pues no les parecía posible, ni aun deseable, que la evidencia de los sentidos fuera correcta, y que ellos pudieran encontrar en el otro alguna pista que los ayudara a vivir en ese mundo hostil. Además, él estaba tan cambiado, había caído tanto desde aquella magnificencia engendrada por la sofisticación y la falta de oportunidades; y también ella había cambiado, envuelta en harapos y macilenta por el insomnio y la preñez, y además, sucia.
No había sol ese día. Cuando él volvió al grupo, la pequeña compañía de hombres fue desapareciendo entre los arbustos y Marianne sintió que ella también desaparecía, desvaneciéndose en el peligroso interior. Cuando ya no vio a Joya, le sorprendió descubrir que su propio cuerpo le parecía extraño. Las manos y los pies eran extrañas extensiones que difícilmente podían pertenecerle, y los ojos le parecían gelatina amorfa. Y ella no podía pensar.
Bajó sola hasta la playa buscando el lugar en el que Joya había enterrado los anillos, pero la marea estaba alta y lamía las dunas. El mar era marrón a la luz del día, una inmensa pradera de color de león. No llegó hasta el faro, pero observó el mar, que cambiaba de continuo, y siempre era exactamente igual. Vio a lo lejos un barco de pesca con una vela negra, pero no alcanzó a distinguir ninguna figura humana a bordo. Se quedó allí hasta que comenzó a oscurecer, y no pudo pensar en nada durante todo el día. La señora Green saludó inescrutablemente el retomo de Marianne; removía el guisado que había en la olla con una enorme cuchara metálica.
—Yo lo haré —dijo Marianne.
La vieja abandonó la cuchara con una risa amarga.
—No lo harás volver porque le prepares la comida, ¿sabes? —dijo—. A eso le llaman magia compasiva. Y si vuelve, traerá consigo al doctor, más fuerte que nunca.
Ella estaba resignada, como de costumbre. Ya había empacado para hacer su propia mudanza si era necesario. Removió el guiso. Jen y una multitud de niños subieron al techo de la estación, para ver si llegaban los jinetes. En el interior, el fuego se reflejaba en un espejo empañado y rajado que había en la pared; allí también estaba Marianne, de pie, irreconocible para ella misma, inclinada sobre la olla. En el vapor aparecieron unas visiones: hombres, mujeres y niños con caras de leones y caballos; el hombre cubierto de cicatrices que ella había matado en la carretera le hizo una reverencia; el rostro casi olvidado de la niñera sonreía burlón y triunfante pues, en cierto sentido, se había cumplido su profecía; por último se encontró con el padre, que se fundió poco a poco con la imagen del faro ciego y luego desapareció en las burbujas que subían lentamente. Jen vino a tirarle de la manga.
—Los he visto, los he visto.
—¿Viene Joya con ellos?
—Está demasiado oscuro.
La comida estaba casi lista. Marianne hizo girar la cuchara y por fin entró el hijo de Donally. La habitación se había llenado de humo y el niño se materializó como una aparición que salía de la olla. Ella creyó que él se había pintado de rojo, pero era sangre lo que lo cubría de la cabeza a los pies; estaba desnudo hasta la cintura, y la chaqueta había desaparecido. Entró en la habitación, con cautela.
—¿Dónde están los otros? —le preguntó la señora Green.
—Atendiendo a los caballos.
Marianne se inclinó sobre el fuego y pellizcó un trozo de carne. Estaba hecha.
—¿Es ésa la sangre de Joya? —le preguntó al niño.
El niño sofocó un gemido y se echó a llorar. Marianne cayó al suelo y la comida se derramó. Los perros se peleaban por encima de la carne que nadaba en el jugo del suelo, mientras la señora Green la ayudaba a llegar a la otra habitación. Se echó sobre el colchón donde dormiría sola en el futuro.
—Vete —dijo, pero el niño se quedó y encendió una lámpara pequeña. Afuera, se oía un rumor de pasos precipitados.
—Te diré lo que ellos van a hacer; van a empacar y marcharse deprisa porque vienen los Soldados, y Johnny habla de dejarte atrás para que los Soldados te encuentren.
—Oh, no —dijo ella—. No se librarán de mí con tanta facilidad. Me quedaré y los asustaré tanto que harán lo que yo diga.
—¿Qué, serás reina?
—Seré la dama-tigre y los regiré con vara de hierro.
Después de una pausa, él continuó: —Se dividieron para rastrear los alrededores y Joya y yo nos metimos directamente en un nido de Soldados, en un bosque pequeño. Así que le dispararon en el estómago, y aunque luego vinieron los otros y ahuyentaron a los Soldados, todo había terminado para Joya.
—¿Cómo?
—Rápida pero dolorosamente. Johnny y los demás oyeron el ruido y vinieron dando alaridos.
—¿Dónde estaba tu padre?
—No se lo vio por ninguna parte.
—Así que todo fue inútil, o bien era una trampa.
—De eso no sé nada —dijo el niño. Radiante, como si acabara de darse cuenta, continuó—: Pero pienso que tienen que haber matado a mi padre de un disparo. Pienso que sí.
Poco después, continuó: —Oh, era una confusión horrorosa, y Johnny y los demás parecían unos poseídos. Sólo había dos Soldados; Joya y yo nos movíamos con cuidado por ese bosque pequeño, que olía a pino, y las balas salieron del bosque; cayó al suelo y los otros vinieron. No sé siquiera si era una emboscada, o si sólo habían salido a cazar palomas.
—¿Cómo estás tan cubierto de sangre?
—Se retorcía y se mordía los labios para no hacer ruido, por si acaso había más Soldados, y yo lo sujeté, supongo que para que se estuviese quieto. Nadie más tenía tiempo para ayudarlo, él juraba y maldecía, y los otros estaban agrandando un pozo, listos para arrojarlo dentro, pero yo lo abracé y sentí cómo se marchaba. Yo estaba sujetándolo, y de pronto él ya no estaba allí, así que le puse unos guijarros en los párpados para cerrarle los ojos. Y ya no hubo nada más.
El niño parecía extrañamente sorprendido por la rapidez y facilidad con que Joya se había apartado de la vida; miró a Marianne interrogativamente y rió, con una risilla tonta. Las puntas del cabello se le habían convertido en púas rígidas de sangre seca.
—Nada más —dijo, y volvió a callar.
* * *