Cuatro

Tal como el agresor había predicho, el dolor desapareció bastante pronto; pero el deseo de venganza de Marianne aumentó, pues estaba más cruelmente herida en el orgullo que en el cuerpo, y, además se sentía atrapada y sin ninguna esperanza. En una agonía de desesperación, se quedó tendida sobre el colchón en la alcoba de la señora Green, negándose a comer y a hablar. La luz del sol se desvaneció en la pared desteñida. La señora Green apareció al fin con la lámpara y se desvistió para acostarse. La mecha se ladeaba y oscilaba pero la que parecía oscilar era la señora Green.

—Ésta es la última noche que dormirás conmigo —dijo la señora Green, intermitentemente visible—. Desde mañana tendrás que dormir con Joya. Así es el mundo.

Marianne se incorporó de un salto, con los ojos fríos despidiendo chispas.

—Esto no es más que un mal sueño —dijo—. Esto no pasa, no pasó ni pasará.

—Los hombres jóvenes siempre tienen alguna ventaja, querida —dijo la señora Green—. Y nosotras sólo tenemos lo que podamos sacarles.

Suspiró. Pero de todos modos, era una mujer complaciente y tranquila, como si tigres y lobos no merodearan por bosques donde antes no habían crecido árboles, y Marianne tuviera que aprender ahora a reconciliarse con todo, desde la violación hasta la mortalidad, exactamente como se lo había dicho su padre. La fotografía que tenía la señora Green relampagueó a la luz de la lámpara: una mujer que podría haber sido la madre de Marianne. Era posible también que la señora Green sintiera cierto placer porque el salvaje hijo adoptivo se casara tan por encima de su clase, placer y quizá la satisfacción de la venganza. Pensaba, evidentemente, que Marianne había aprendido la lección y que ya no trataría de huir, pues, a la mañana siguiente, después de haberle servido el desayuno, la dejó sola, mientras ella se iba a inspeccionar el campamento. Marianne, por cierto, no intentaría escapar aunque aquel día fuese el de la boda, pues sabía que unos cazadores experimentados irían detrás de ella, y quizá la someterían a nuevas humillaciones y la devolverían al maloliente castillo, a punta de revólver. Se encaminó directamente al estudio del doctor.

Al tiempo que descendía la escalera volvió a escuchar la curiosa música que la había acompañado durante los días de encierro; acordes y crescendos de un pequeño órgano venían de la capilla en la que vivía Donally, y la música sonaba con tal violencia, que las gastadas piedras parecían estremecerse. Marianne nunca había escuchado antes música para órgano, pero podía darse cuenta de que el instrumento estaba desafinado. La fuga llegaba a su punto culminante. El lema de la noche anterior había sido borrado de la pared; en su lugar se leía: DESCONFÍA DE LAS APARIENCIAS, NUNCA OCULTAN NADA. Marianne abrió la puerta bruscamente y gritó: —¡Charlatán! —con todas sus fuerzas.

La voz se unió a la música y juntas resonaron en el techo abovedado, y juntas murieron. La habitación estaba casi totalmente a oscuras y las ventanas cubiertas con los cueros, a pesar de que afuera el sol resplandecía: otro día hermoso. Pero aquí, la triste oscuridad de la pequeña estufa incandescente ocultaba los alrededores del invisible organista. Al fin, Marianne vio que unos restos de color dorado destellaban débilmente sobre unos tubos; una vela ardía pegada al teclado de un pequeño órgano barroco, quizá de principios del siglo dieciocho o finales del diecisiete. Alcanzó a distinguir los rostros magullados de uno o dos querubines que adornaban la carcomida madera de roble. Donally despegó la vela, y sosteniéndola en alto, bajó de la tarima. El pelo áspero y tieso le rodeaba la cabeza como un halo de púas. No se había puesto las gafas y parecía amistoso y alegre, lo que inmediatamente hizo sospechar a Marianne. El hijo de Donally surgió agachado de entre las sombras, iluminado por la vela; jadeaba y era evidente que había estado manejando el fuelle del órgano.

—Vete y juega —le dijo el doctor con aire indulgente. El niño le echó una mirada asustada y se precipitó fuera de la habitación dando un portazo detrás de él. No llevaba el collar, aunque el círculo desollado del cuello no había cicatrizado aún, y parecía muy acobardado. Tenía un ojo negro.

—Quizás antes usted fue Profesor de Música —dijo Marianne, mirando el órgano de reojo, impresionada muy a su pesar, pues antes sólo había oído los sonidos marciales de la banda militar de su tío.

Donally no respondió; puso la vela en una mesa desvencijada y cubierta de libros en desorden, a cierta distancia del altar, y con un gesto le indicó a Marianne que se sentara en la silla. Ella rehusó. En su propia habitación al doctor le gustaba vestir un traje oscuro, pulcro, camisa blanca y corbata negra, ningún talismán, ninguna joya, nada de pieles o plumas. Encendió unas cuantas velas más, suficientes para que ella pudiera ver un poco alrededor: las musgosas columnas que sostenían el techo abovedado cubierto de telarañas, un mugriento jirón de bandera en un mástil dorado apoyado contra el altar, las águilas de bronce de un atril con una pátina verde brillante, las siluetas de unas figuras de cera y piedra en los nichos. Pero la débil llama pálida de las velas no hacía más que delinear las vastas áreas de sombra artificial, aunque Marianne podía escudriñar claramente los ojos de Donally. Eran grises veteados de verde, como cierto tipo de piedras, y con líneas rojas en el blanco de las órbitas. Marianne advirtió que se había depilado las cejas transformándolas en dos arcos regulares y finos, extraña vanidad para un hombre que vivía en ninguna parte.

—Explíqueme por qué tiene usted que casarme con ese patán que me violó ayer por la tarde cerca de lo que antes era la hora del té.

—Reflexiona, y trata de verle el lado bueno —dijo Donally, acariciándose la mitad purpúrea de la barba—. Quizá sea el hombre más hermoso que queda en el mundo.

—Usted mismo dijo que desconfiara de las apariencias; y esa belleza no lo hizo ni menos doloroso ni menos humillante. En realidad fue al revés.

—Viviendo como estás, entre los patanes, podrías ser la reina del muladar. ¿No conoces el significado de la palabra «ambición»?

Marianne sacudió la cabeza, impaciente.

—Vamos, vamos —le dijo Donally, alentándola—. Tiene que haber algo que quieras. ¿Poder? Yo puedo ofrecerte un poco de poder.

Sugirió la idea como si fuese una golosina deliciosa.

—Todo cuanto quiero es que mi padre esté vivo —dijo ella, vencida por la congoja; se derrumbó sobre la silla de Donally.

—Ánimo, jovencita. Cásate con el Príncipe de las Tinieblas. Verás que es hombre sutil y refinado. Aunque las ocasiones que ha tenido no han estado nunca a la altura de sus cualidades, hace lo mejor que puede.

Marianne miró los libros al pasar y vio nombres que recordaba del estudio de su padre: Teilhard de Chardin, Levi Strauss, Weber, Durkheim, etcétera, todos muy deteriorados. Él había estado leyendo algunos libros sobre temas sociales.

—¿De dónde viene usted? ¿Por qué está aquí? ¿Por qué no se quedó en el lugar al que pertenece editando textos o investigando? Quizás ha sido Profesor de Psicología, aunque sólo un literato loco puede llamar Príncipe de las Tinieblas a ese animal que usted custodia, pues el Príncipe de las Tinieblas era un caballero, según recuerdo.

—Yo estaba aburrido —dijo Donally—. Era ambicioso. Quería ver el mundo.

Una ráfaga hizo bailar las llamas de las velas; el olor de la cera caliente espesó el aire. Los ojos de Marianne se habían ido acostumbrando poco a poco a la penumbra y ahora alcanzaba a distinguir los pomos de las puertas y las guirnaldas talladas en el techo, junto con flores, querubines, endriagos, calaveras, relojes de arena y memento mori, todos cubiertos de polvo. Baúles, cofres y cajas estaban desparramados por todas partes, cubiertos de utensilios polvorientos y aún más libros que en el estudio de su padre. Donally tenía sin duda un carro especial privado para transportar todo aquello. Las malas hierbas amarillas florecían en las paredes, y en algún lugar goteaba la humedad.

— Y bien, aquí está usted al final del camino, metido en una ruina con una podrida biblioteca —dijo Marianne, malévola—. ¿Por qué nunca le enseñó a Joya a leer?

—Autodefensa, en primera instancia —explicó él vivamente—. En segundo lugar, quise mantenerlo en un estado de energía cruda.

—¿Qué? ¿Mantenerlo hermosamente salvaje?

—¿Cómo? Sí, exacto —dijo Donally. Parpadeó, y continuó acariciándose el pelo púrpura con la mano fina y blanca, contemplando ahora a Marianne como si él no hubiera sospechado nunca que ella fuera tan lista.

—Nuestro Joya es más salvaje que Bárbaro; la alfabetización borraría los contornos y ya nunca se sabría qué anda pensando.

Los olores de la cera caliente y de la abominable infusión que se calentaba en la pequeña estufa se combinaban para marear a Marianne, aunque la voz y la entonación de Donally le parecían tan familiares que casi la aliviaban. Pero todo lo que él decía era de una despiadada perversidad. Cuando Donally se movió, un suave perfume de verbena se le desprendió de la camisa, un aroma limpio y refrescante que despejó la cabeza de Marianne.

—¿Por qué hasta ahora sólo se ha comunicado conmigo con esas desagradables frases pintadas?

—Porque así nadie podía escuchar lo que yo estaba diciendo —replicó Donally—. Además, no hay demasiado que hacer por las noches, excepto acuñar un aforismo o dos.

—Tendría que haberme imaginado que usted era un hombre de muchos intereses.

—De vez en cuando toco alguna fuga. Y luego están mis otras habilidades; entiendo que son bastante extraordinarias.

— Y también cultiva el serpentárium —dijo ella—. Joya me habló de las serpientes, si no me lo he imaginado.

—Me pareció que el colapso de la civilización, en la forma en que los intelectuales como nosotros la entendíamos, podía ser un momento tan propicio como cualquier otro para amañar una nueva religión —dijo él modestamente—. Si no aceptan la serpiente como símbolo ya pensaremos en algo más adecuado cuando sea la ocasión. Todavía utilizo muchas cosas de la Iglesia Anglicana. Encuentro que son infinitamente adaptables. La religión es un recurso para dotar de discernimiento moral a un grupo privilegiado; ya me comprendes: muchos son los llamados pero pocos los elegidos; y urgidos así por la incoherencia, abandonaremos la indecente condición de barbarismo y aspiraremos a la de honesto salvaje, manteniendo algún tipo de comunidad. Permite que te lea una cita.

Pasó con rapidez las hojas de un libro marcadas con tiras de papel, y encontró el párrafo; tosió y leyó en voz alta:

—«La pasión que ha de tenerse siempre en cuenta es el miedo, del que proceden dos elementos muy generales: uno, el poder de los espíritus invisibles; el otro, el poder de los hombres a quienes esos espíritus ofenden».

—Mi padre tenía ese libro —dijo Marianne—. Sólo que a él no le gustaba mucho.

—Sin duda él aspiraba a lo mejor —dijo Donally—. No tenía que crear una estructura de poder ni fortificarla casi sin medios. El ritual y la tradición lo sustentaban; dos cosas que yo tengo que inventar. Pienso que la ceremonia de casamiento será más impresionante por la noche. Tengo preparado para ti un vestido aterrador. No tienes elección, ¿sabes? La boda o la hoguera.

Volvió a sonreírle; luego tomó la vela y caminó vivamente hacia el muro. Alzando la vela, iluminó un nicho en la piedra de modo que Marianne pudiese ver un sonriente esqueleto medieval que enarbolaba un estandarte de piedra con la divisa: TE VERÁS COMO ME VEO. Marianne esbozó una sonrisa ligera y pálida y se precipitó fuera del cuarto acompañada por la educada cadencia de las carcajadas del doctor.

Fuera, bajo la brillante luz del sol, unos niños desnudos jugaban en la terraza y la rosaleda. Marianne salió por la puerta principal y todos contuvieron el aliento, dispersándose; pero la nieta de la señora Green escapó tan deprisa que tropezó y rodó de cabeza hasta el pie de las escaleras, donde quedó tendida, aullando, sobre una alfombra de hierbas altas. Marianne bajó la escalera, puso a la niña de pie y le sacudió la tierra de las arrugas del abdomen desnudo. Jen la miraba ceñuda.

—Espero que Joya llegue a enseñarte lo que es bueno —dijo—. Espero que te golpee con los puños después de que se case contigo.

—Las noticias viajan aquí muy deprisa —comentó Marianne—. ¿Quién te dijo que se casa conmigo?

—Espero que te tenga en una jaula, como a esa serpiente —dijo la niña—. Y yo vendré y meteré un palo entre los barrotes.

Le echó a Marianne una malévola mirada de través, y de pronto dejó de interesarle. Se metió en la boca un sucio pulgar y se alejó distraídamente por entre los rosales, donde los otros niños estaban jugando a algo nuevo. Las rosas marchitas, demasiado abiertas, desparramaban pétalos por todas partes; en este marco romántico los niños apedreaban al tonto, acurrucado bajo un arbusto de rosas blancas que sacudido por los frecuentes impactos de las piedras nevaba pétalos sobre él. Se protegía los ojos con las manos.

—¡Puedo veros! —gruñó Marianne, con una ferocidad incontenible, apartando las ramas espinosas y fulminando a los niños con la mirada. Una vez más se dispersaron, y el tonto cayó de bruces sollozando.

Atravesando la pradera en la que pastaban poneys y caballos, Marianne se encaminó al río. Las bestias alzaron la cabeza y sacudieron hacia ella los hocicos aterciopelados. La amabilidad de aquellos ojos la reconfortó, pero la rara belleza del valle la entristecía; los estandartes de salicaria color púrpura, que caían desde el techo como una cascada a la luz del sol, parecían las banderas triunfantes de la naturaleza misma, que proclamaba sus derechos sobre el edificio. Caminó un trecho río arriba, hacia el sitio en que desaparecía en el bosque, y allí vio a Precioso. Había entrado a caballo en el río, para darle de beber. No llevaba mucha más ropa que los niños.

Él no vio a Marianne. El pelo negro le caía sobre la mejilla, ocultando las marcas del tatuaje; entrelazaba los dedos en la crin negra del animal y cantaba entre dientes una tonada; repetía la frase tritónica una y otra vez, casi como si hubiese olvidado que estaba cantando. Los huesos no eran aún una estructura inamovible bajo la suave piel del rostro, y las piernas de adolescente, delgadas y bronceadas, colgaban golpeando contra los flancos del potrillo. Precioso no había terminado de crecer. Se alejó río abajo; el caballo apartaba las cañas en el agua oscura; Marianne se quedó sin aliento porque el jinete parecía recién creado por las manos de la naturaleza misma, un animal más débil que algunos y menos ágil que otros, pero, en conjunto, el más ventajosamente organizado de todos, la esencia pura de un hombre en su estado más inocente, más estrechamente relacionado con el río que con ella misma. Precioso tenía los ojos cerrados, tal vez estaba soñando; pero ella no podía concebir qué soñaban los Bárbaros, a no ser que ella interviniera en uno de esos sueños.

—Yo creía que las cosas entre los Bárbaros eran más sencillas —se dijo Marianne a sí misma, y de pronto se sintió sola.

—¿Por qué se quedó usted? Dígame la verdadera razón —le dijo a la señora Green, más tarde, cuando estaban solas en la cocina y la señora Green calentaba agua en una cacerola negra de hierro para lavar a Marianne. La mujer probó la temperatura del agua con el codo y sonrió amablemente mirando la superficie ondulante, a la que emergían pequeñas burbujas.

—Llevo en el corazón la huella de los tacones de sus botas —dijo.

—Yo los vi por primera vez cuando aún era una niña. Los vi entrar cabalgando en la aldea, y todos tenían tanto miedo, y uno de ellos mató a mi hermano, pero ya entonces comprendí que un jinete tenía poco que hacer contra un soldado disciplinado.

—Oh, ellos nunca triunfan del todo, pero en realidad tampoco necesitan hacerlo, ¿no crees? Sólo un poco de pillaje para traer lo que nos hace falta. Harina y cosas así.

—El miedo es la mayor arma, así es que tienen que caracterizarse para no parecerse a ninguna otra cosa, para no parecer hombres.

—Ah, sí —dijo la señora Green—. Una carnavalada extraña. Colorida. Será mejor que te laves aquí y yo me quedaré junto a la puerta para que no entre nadie. No querrás, digamos, que Johnny te encuentre completamente desnuda.

Marianne colocó el caldero de agua sobre la mesa y se lavó brazos y piernas. La señora Green le dio un trozo de jabón que había guardado en secreto en el fondo de un baúl, para una ocasión como ésta. Los Bárbaros no hacían jabón y raramente les parecía necesario. Mientras Marianne se lavaba los brazos, la luz de la cocina se eclipsó; alzó los ojos y vio al niño medio tonto, que libre de la cadena, y sentado en el alféizar de la ventana, le hacía gestos y muecas. Marianne ahogó un grito. La señora Green se sintió ultrajada y corrió al patio. Marianne se envolvió en la falda y la siguió; el niño rodaba por el suelo del patio y la señora estaba intentando separarle los dedos, fuertemente cerrados en un puño.

—Es para la joven Profesora —dijo el niño—. Es un regalo de boda.

—Aquí estoy —dijo Marianne, arrodillándose junto a él.

El niño se tranquilizó inmediatamente y se sentó. La cadena y el collar colgaban amenazantes de la perrera, pero alguien le había untado con grasa la llaga del cuello. El niño soltó una risa sofocada y se estremeció; ocultando la cara tras la mano agarrotada, apretó el contenido del otro puño en la mano de Marianne. El prometido regalo era unos pocos tallos de hierba y unos ajados pétalos de rosa.

—Gracias —dijo Marianne, mirándole los ojos escurridizos.

—Fue lo mejor que pude conseguir en estas circunstancias —dijo él. Tenía una voz tan fina como la de su padre y articulaba con una precisión sorprendente.

—Tu padre te molerá a palos si te encuentra suelto.

—Él dijo que podía; se enojó con Joya porque me cortó el collar, pero dijo que yo podía andar suelto porque hoy es un día especial, y Joya me puso grasa en la llaga porque dijo que hoy es el día de su boda.

—Bueno… —dijo la señora Green, indecisa, mirándolo con perplejidad—. No puedes andar espiando por las ventanas, ¿sabes? Quédate acostado en la perrera como un buen chico y te daré de comer.

El niño entró en la perrera a gatas, suspirando, y se sentó sobre un montón de paja sucia.

—¿Podré tomar luego un trozo de pastel de bodas?

—En estos tiempos no hay pasteles de boda; no ha habido pasteles de boda durante años y años y años. ¿Dónde demonios has oído hablar de pasteles de boda?

—No lo sé —dijo el niño—. En algún sitio.

Suspiró otra vez, ruidosamente, y empezó a masturbarse. Escandalizada, la señora Green chasqueó dos veces la lengua, y llevó a Marianne de prisa a la cocina. Marianne terminó de lavarse en el agua que ya se estaba enfriando.

—Él no es ningún idiota —comentó Marianne—. Ciertamente no es más idiota que cualquier otro que se hubiese pasado la vida atado a una cadena.

—Era tan gracioso de pequeño, babeando y esas cosas. Y esos ataques, igual que el padre, terribles ataques, espumarajos por la boca y el rechinar de dientes. Odio pensar qué pasará dentro de uno o dos años con las muchachas y esas cosas… Salen y juegan, bromean con él; es repugnante; y entonces Donally lo golpea de un modo espantoso, como si la culpa fuera del niño.

Ayudó a Marianne a secarse y luego subieron al dormitorio, donde la mujer encendió el fuego. Una enorme caja de metal había sido depositada en el suelo mientras ellas estaban fuera.

—¿Está ahí mi vestido de boda?

—Supongo que sí, querida.

—¿Y cuándo empieza la ceremonia?

—Alrededor de la medianoche.

La señora Green sacó un peine y con una mueca de reprobación, empezó a peinar a Marianne. Marianne, subrepticiamente, había estado recortándose las puntas con un pequeño cuchillo, por miedo a los piojos.

—Es un desastre que una joven lleve el pelo tan corto. ¿Por qué demonios te lo hicieron?

—Me lo hago yo misma.

La señora Green miró fijamente a Marianne.

—Eres un ser extraño, ¿no? Era imposible que te adaptaras a tu gente.

Marianne se sentó en el colchón abrazándose las rodillas y contemplando lo que ocurriría en el futuro inmediato, pues ella no podía cambiarlo.

—Abra la caja, señora Green; déjeme ver el vestido.

La señora Green levantó la chirriante tapa del cofre metálico y apartó grandes cantidades de fino papel amarillo que se le deshacía en polvo entre los dedos. Luego sacó un vestido de novia como los que Marianne sólo había visto en fotografías anteriores a la guerra. Marianne dejó la cama y se acercó lentamente a la caja mirando lo que había dentro con asombro y cierta aversión.

El vestido tenía un corpiño de raso, ahora todo resquebrajado, unas angostas mangas blancas terminadas en punta sobre el dorso de la mano, y una interminable falda de tul amarilleado por el tiempo. Había también muchos metros de velo de tul y una pequeña guirnalda de perlas artificiales. El baño se había desprendido de la mayoría de las perlas, que ahora eran sólo unos glóbulos de cristal blanco. La señora Green extendió el vestido sobre la cama, con expresión de aturdimiento. Marianne tomó el dobladillo de la falda entre los dedos y la tela se deshizo en polvo, como había ocurrido con el papel. Había sombras de moho en los pliegues de la voluminosa falda, y todo olía a humedad y decrepitud.

—¡Qué perfectamente ridículo! —dijo Marianne. No pudo contener la risa, y la señora Green también rió, aunque con cierto tono de desasosiego.

—Oh, quedarán impresionados —dijo la mujer—. Ellos creen que los Profesores se ponen cosas así en la intimidad del hogar, ¿sabes?

—Es demasiado grande para mí.

—Nadie se dará cuenta. No hay nada con qué compararlo. El conjunto será impresionante.

—Es horrible y espantoso —dijo Marianne—. Y, probablemente, lleno de microbios, además.

—Bueno, de eso no sé nada —dijo la señora Green. Titubeó al acercarse a la puerta—. Tengo que irme, querida, tengo que preparar una gran comida para después.

—Festejos —sugirió Marianne fríamente—. Regocijos.

—Tú haz sólo lo que se te dice, ponte ese vestido y espera —replicó la señora Green, que de pronto había perdido la paciencia—. Vendré a buscarte cuando sea la hora.

Marianne oyó que ponía el tronco contra la puerta y supo que estaba otra vez encerrada. Retrocedió hasta la chimenea, lejos del vestido; no podía dejar de mirarlo. A medida que la habitación fue oscureciéndose, el vestido empezó a brillar con una luz de luna, y parecía extender alrededor filamentos de tul, como un cultivo de hongos que echase al aire las esporas, una palpable infección blanca, los virus de las pestes, nominados de acuerdo con los rótulos de los tubos de ensayo en los que habían sido cultivados, y que podrían sobrevivir durante años bajo las malezas de una ciudad muerta, anidando invisiblemente en cajas de Pandora parecidas a ese cofre metálico, salpicado de rótulos chamuscados de parajes extranjeros, de la época en que los parajes extranjeros eran algo más que imaginaciones, pues ya no existía París, donde la diosa Razón fuera fugazmente adorada.

Miraba de lejos el vestido, ahora una imagen terrorífica. Alguna mujer joven lo había llevado puesto para una boda a la vieja usanza, con pastel, vino y discursos; poco después el cielo abriría un paraguas de fuego. Marianne se apretó contra la pared, boca abajo sobre las tablas del piso, cerró los ojos y apretó los puños intentando forzarse a sí misma a entrar en un estado de ecuanimidad, defendiéndose así de ese anacronismo que se desmoronaba. Cuando la habitación estuvo bastante a oscuras, y el vestido era todavía visible y relucía con la luminosidad de la escarcha blanquecina o el resplandor verde del lucero de la tarde, la señora Green entró deprisa con una lámpara.

Estaba arrebolada y sin aliento. Traía consigo el olor penetrante de la grasa quemada y la carne asada. Tenía el delantal manchado de salpicaduras y el rodete medio deshecho.

—Tendrías que haberte puesto el vestido —dijo con sequedad.

Levantó el vestido, delicadamente, y se acercó a Marianne con el paso pesado e inexorable de una anciana obstinada. Marianne comprendió que no había nada que hacer, y que no podía escapar a la prueba; comenzó a desabotonarse la falda, mecánicamente. Temblaba y sudaba, pero la pasión que la dominaba era siempre la cólera y no el miedo, y pronto se convirtió en una muñeca muda, furiosa y dócil. El corpiño de raso se le deslizó sobre la piel con una sensación viscosa y helada, y las faldas ondularon extendiéndose ampliamente como un lago derramado sobre el piso. La señora Green se movía rápidamente alrededor con alfileres y horquillas, hasta que, por último, el velo lo cubrió todo, aun el rostro de Marianne. Estaba ahora muy cambiada: un pálido bulto de tela vieja que se desintegraba poco a poco con cada movimiento. El corpiño crujió y se resquebrajó.

—Tendrán que casarme muy deprisa o saltarán las costuras y no habrá más vestido —dijo Marianne.

La señora Green se retiró a un extremo del dormitorio y miró de arriba abajo la figura amarillenta, vagarosa y espectral de Marianne. El velo se agitó en ondas amenazantes; Marianne lo sujetó extendiendo una mano blanca, pequeña y viva.

—Muy hermoso no es, ¿verdad? —observó la señora Green—. Nadie podría decir de mí que soy supersticiosa, pero aun así…

Marianne descubrió una mancha en la manga de raso donde la primera novia había derramado algo, vino tal vez. Y quizás esta joven había sido feliz cuando llevaba el vestido y derramó el vino. El duro enojo de Marianne empezó a derretirse un poco; se sentía triste.

—¿Quién piensa usted que lo llevó antes? —preguntó, y tímidamente acarició el raso con el dedo índice, casi como si pidiera al vestido que la perdonase por tenerle tanta aversión.

—Ese camino lleva a la locura —sentenció la señora Green—. Oh, diablos, eres un espectáculo. Y qué espectáculo. Él ya tiene la habitación lista, velas por todas partes, flores, la serpiente en la pequeña jaula, la exhibe ahí, ¿sabes?

—¿Es una serpiente fálica esta noche?

—De eso no sé nada —respondió la señora Green.

Se quitó el delantal sucio y se desabotonó el vestido. Debajo llevaba una decente enagua de cuello cerrado, confeccionada con tela de sábana. Sacó del baúl un vestido limpio e idéntico al primero y se lo puso alisando con los dedos las marcas de los dobleces. Se hizo el rodete con la habilidad que da la larga costumbre, y enseguida estuvo lista, aunque se la veía triste en el fondo.

—Trabajé para los Profesores hasta ser mayor que tú ahora, y siempre pensé que eran unos sujetos despiadados —dijo de repente—. Sé buena con mi Joya, sé amable.

—¿Amable? —exclamó Marianne, desconcertada—. ¿Amable?

—Ya ves —dijo la señora Green con una victoriosa melancolía—. No entiendes nada.

—Ayer mismo me saltó encima con una brutalidad inconcebible; tiene las manos de un carnicero y los ojos, como espejos trucados, pueden ver hacia afuera pero no dejan ver dentro. No tenemos nada en común, ¡y ahora usted me pide que sea amable!

—No entiendes —repitió la señora Green—. Bien, ahora tienes que mostrarte altiva, pues ellos piensan que eres poco común. Aunque quizá ya pareces bastante altiva, tal como eres.

Marianne levantó las voluminosas faldas desdeñosamente. Las comisuras de la boca de la señora Green bajaron en señal de desaprobación, pero de todos modos compadecía a Marianne, y esto ofendió a la joven más que ninguna otra cosa.

La antigua capilla estaba repleta de salvajes envueltos en harapos y pieles. Los aros, broches y collares de cristal, metal y hueso, reflejaban la luz de los centenares de velas adheridas a las obras de cantería, tantas velas que el recinto parecía estar en llamas; absolutamente todo era visible: las banderas, el órgano, las tallas, el atril, el altar cubierto de velas y rosas, la efigie de mujer con una túnica celeste hecha de cera coloreada que se había derretido con el curso de los años y le daba la apariencia de una hidrópica. Alguien había recogido todas las rosas del jardín y las había traído a la capilla; estaban esparcidas en hacinas moribundas. La atmósfera, una mezcla de cuerpos sin lavar, rosas y velas, tenía la solidez del queso. Parecía que todos los miembros de la tribu estaban allí presentes, todos perfectamente inmóviles y en silencio; los bebés silenciosos contra el pecho de sus madres y los niños abrazados a las faldas y mirando a través del bosque de piernas aquella aparición de otro mundo que llevaba un vestido tan viejo como los infortunios de la tribu y se abría paso entre ellos delicadamente. Tan pronto como apareció Marianne, un susurro de telas indicó que toda la concurrencia, excepto Joya y sus hermanos, hacían la señal contra el mal de ojo.

Marianne estaba preparada para lo inesperado; aun así, la grotesca apariencia de Donally la tomó por sorpresa. Estaba postrado sobre el altar como un pájaro ridículo. Llevaba puesta una máscara tallada en madera y pintada con manchas azules, verdes, púrpura y negras, puntos de color rojo oscuro y rayas carmesíes, que le ocultaba toda la cara menos la hirsuta barba bicolor. Una túnica tejida con plumas de pájaros lo cubría de pies a cabeza. En los brazos llevaba una jaula de plástico y alambre, como aquellas en que se ponía a las cotorras australianas antes de la guerra. La jaula estaba adornada con flores de plástico resquebrajadas por el tiempo y medio derretidas, además de cintas y plumas, de modo que la víbora que presumiblemente estaba dentro no pudiera ser vista. Marianne se preguntó si Donally concluiría la ceremonia aplicándole la serpiente al pecho, como el áspid de Cleopatra. Por un rato no pudo librarse de esa negra fantasía; descubrió que le transpiraban las manos y se las enjugó furtivamente en la falda de tul. La textura de los juncos del suelo bajo los pies desnudos le pareció la sensación más antigua del mundo, tan arcaica como el sabor del agua fría.

Los hermanos estaban juntos, de pie detrás de Donally. Eran completamente Bárbaros, tal como ella los había visto la primera vez: la encarnación de una pesadilla. Todos tenían pintado un círculo negro alrededor de los ojos, y manchas blancas en la frente y la boca y rojas en las mejillas. El pelo largo era una masa de trenzas y rizos intrincados, como las pelucas de los faraones egipcios. Se habían engalanado con joyas, algunas de piedras preciosas y oro, sacadas trabajosamente de lo más profundo de las ruinas, deslucidas o repulidas en parte. Los tres más jóvenes parecían llevar algunas piezas sueltas de armadura, pero Joya vestía una rígida chaqueta escarlata entretejida con hilos de oro, que quizás alguna vez había pertenecido a un obispo. Parecía tener la extraña magnificencia de un rey antediluviano o un sultán preadamita. Donally había estado desvalijando museos, sin duda; tal vez había sido Profesor de Historia.

Había galones de oro y plumas entre los cabellos de Joya, y de las orejas le colgaban unos largos pendientes de plata tallada. El mundo de las tinieblas se había hecho explícito en los contornos alterados de su rostro. Era una obra de arte, una obra creada, no concebida, un fantástico dandy de la vacuidad cuya verdadera naturaleza había sido sometida a la belleza ajena y terrible de un gesto retórico. En él cuerpo y apariencia estaban separados. No era más, voluntariamente, que un lenguaje de señas. Se había convertido en lo que quedaba de la idea de un héroe; y ella misma había sido obligada a personificar lo que ellos recordaban de una novia. Pero aun cuando ella sabía bien que sólo personificaba esta idea, ignoraba hasta qué punto Joya personificaba la otra idea, o si se había convertido en ella, pues las líneas de la exótica figura expresaban todas el más arrogante desprecio, y era imposible decir si ese desprecio formaba o no parte del guión.

—Amadísimos míos —comenzó a decir Donally con voz profunda—. Nos hemos congregado…

Y podría haber utilizado el libro de plegarias de la Iglesia Anglicana o cualquier otra cosa, pues dijera lo que dijese nunca tendría sentido para la congregación salvaje que sólo prestaba atención a la entonación melodiosa y hierática de la voz de Donally. La voz brotaba tras la máscara con una misteriosa vacuidad, y la tribu suspiraba. Ahora Marianne estaba tan cerca de la jaula que podía ver que la serpiente moteada dormía apaciblemente. Los hermanos se mantenían de pie, tan inmóviles como figuras pintadas en la pared de una cueva, y observaban a la joven. Marianne se alegró de que el velo le ocultase la cara. Un niño se aburrió o se asustó, y empezó a llorar; una mujer trató, sin éxito, de que callara, y luego lo tomó de la mano para llevárselo afuera. Cuando la puerta se abrió, una ráfaga de aire entró de pronto y levantó el velo, que flotó sobre Donally y cayó sobre la frente de madera y los hombros emplumados como una repentina nevada.

Por un momento la irritación interrumpió el curso de la oratoria del doctor. Apartó el velo bruscamente, descubriendo parte del rostro de Marianne. Luego Joya tuvo que inclinarse y desposarla con el primer anillo que encontró en su propio dedo índice, un anillo de sello que guardaba el mechón de pelo de algún muerto. Le quedaba a ella tan holgado en el cuarto dedo de la mano izquierda, que Joya se lo encajó en el pulgar magullándole la articulación; levantó los ojos y la miró con aspereza, como si esta parte gratuita del simbolismo lo irritase más allá de lo razonable. Alcanzó a ver la cara de Marianne desde un nuevo ángulo, medio en sombras; los discos pardos y opacos de los ojos se le abrieron de pronto, y por primera vez le transmitieron a ella un mensaje, un repentino destello horrorizado de reconocimiento. Dejó caer la mano de Marianne como si le quemase. Mientras tanto, la ceremonia continuaba.

Marianne advirtió que Donally había incorporado al ritual una parte de su propia invención, quizá derivada de un estudio de la cultura de los pieles rojas. Extendió los brazos y movió la cabeza de madera, emulando el pavoneo de una serpiente alada. El hermoso plumaje parecía ya plumas, ya escamas. Los miembros de la tribu rompieron filas todos a un tiempo y se agitaron sobre el altar y alrededor de Marianne para ver con más claridad lo que iba a ocurrir. Joya había cerrado los ojos, unas gotas de sudor le bajaban por la pintura de la frente. Sacó de pronto el cuchillo y le ofreció la hoja a Marianne como para que se apuñalase a sí misma. Marianne retrocedió. Los ojos de Joya se abrieron repentinamente; hizo una mueca y trató de sujetarle la mano. Ella se debatió y luchó; quiso gritar, pero el velo se le metió en la boca y la amordazó. Las garras de Donally le apretaron el brazo y al fin ella dejó de luchar, mirando, impotente, cómo Joya le acercaba la hoja del cuchillo a la muñeca y le hacía un pequeño tajo en el que asomaban unas pocas gotas de sangre. Ella había esperado algo mucho peor. Apenas le dolía. Hubo una tremenda ráfaga de suspiros de alivio cuando todos vieron qué roja era la sangre de Marianne.

Joya le tendió el cuchillo a Johnny, que le hizo un corte en la muñeca, como el que Joya había hecho a Marianne. Joya temblaba tanto que el cuchillo le desgarró la piel y la sangre manó a borbotones, vigorosamente, sobre la piel morena. Marianne advirtió que Joya estaba conteniendo un ataque de risa histérica mientras Donally se inclinaba ceremoniosamente para juntar las dos heridas y que ambas sangres se mezclaran. Una buena cantidad salpicó el vestido de Marianne. Cumplido el ritual y cuando Joya paraba la sangre con la mano libre, Donally saltó en el aire, dando un grito y se arrojó al suelo entre los juncos, balbuceando y echando espuma por la boca.

Rodaba y se agitaba como un río tumultuoso, barbotando una incoherente espuma de sonidos. La tribu se apretó contra las paredes para dejarle espacio. Muchos niños se echaron a llorar mientras los padres contemplaban la escena con los ojos desorbitados de miedo y angustia. El ataque comprendió diversas variaciones barrocas, como si estuviera tocando el órgano, y se prolongó hasta que las velas estuvieron a medio consumir. Durante todo ese tiempo, la serpiente continuó durmiendo, incluso cuando Donally rodó y chocó contra la jaula, por lo que Marianne se preguntó si sería una serpiente de verdad o sólo una piel rellena.

Agotado y exhausto, Donally yació sobre un montón de plumas que se habían desparramado por el suelo; había una sensación de igual agotamiento en la habitación, como si la tribu lo hubiera acompañado en aquel doloroso encuentro con el caos. Cuando por fin se quedó quieto, terminadas las últimas contracciones, la tribu salió lentamente en fila, hasta que en la habitación sólo quedaron la novia, el novio, los hermanos y la señora Green. Los hermanos permanecían de pie, aunque ahora en posición de descanso, rascándose o bostezando.

—Mi pobre Jen —dijo la señora Green—. Estuvo llorando mucho.

—Alcánzame una venda antes de que me desangre —dijo Joya.

La señora Green encontró un pañuelo y le envolvió la muñeca.

—Hay un banquete —añadió él, sin quitar los ojos del vendaje—. Un banquete de bodas.

El arqueopterio caído en el suelo se recompuso rápidamente.

La mesa de la cocina estaba cubierta de pan blanco, trozos de carne y jarras del primitivo licor que ellos mismos elaboraban. Marianne probó un poco y lo escupió. Los perros y los niños peleaban en el suelo entre ellos, por algún bocado, mientras Marianne se sentaba a un extremo de la mesa, cuidadosamente compuesta, erguida, el velo echado hacia atrás de modo que todos pudiesen verle la cara, y Joya se sentaba al otro extremo. Joya alimentaba a un cachorro de perro con la comida de su propio plato y bebía. La chaqueta roja dorada le caía desde los brazos en angulares pliegues esculturales; parecía un rey de baraja. Cuando sintió que Marianne lo miraba, volvió el rostro, y se aferró con tanta fuerza al borde de la mesa que los nudillos se le pusieron más blancos que su propia pintura blanca.

Donally revoloteaba alrededor de la mesa esparciendo plumones y plumas, sonriendo, charlando y bromeando; había dejado la máscara en la capilla, y la hechicería junto con la máscara. Creó, como del aire, un cuadro festivo, y ante su benigna presencia, los Bárbaros se transformaron en simples labradores que a la luz de una gran fogata celebraban una boda cualquiera en una época cualquiera. El humor era basto y espeso. Más tarde hubo música. Donally tocaba el violín, y un hombre viejo, la armónica. Dos o tres niños tenían birimbaos que tañían con sus propios dientes. Hubo baile. Los hermanos brillaban como fuego oscuro, y los brillantes trozos de metal con los que estaban adornados lanzaban coruscantes reflejos de luz, que se movían sobre las paredes. Pero el mayor de los hermanos permanecía sentado, como perdido para siempre en las cavidades escarlatas de la chaqueta. Era una estructura de color, y la chaqueta abierta sólo hubiese revelado el forro de la espalda, sin ningún cuerpo dentro.

—Tienes que irte a la cama —le dijo la señora Green a Marianne—. Toma un trago más. Tienes que ir a donde duerme Joya.

—¿Vendrán todos conmigo a comprobar que se haga justicia?

La señora Green miró de cerca a la joven y sacudió la cabeza, asombrada.

—No, querida, te dejarán tranquila. ¿Qué esperas, una procesión?

—Estoy preparada para cualquier cosa —dijo Marianne.

Joya había encontrado una habitación en lo alto de la casa, en la parte más vieja. Luego de atravesar un arco bajo, al final de un largo corredor sobre la capilla, Marianne vio que estaban en una torre. Una escalera de caracol subía y subía, los peldaños estaban gastados en los bordes por el tiempo, y eran muy empinados; Marianne se pegó a la pared, buscando alguna seguridad, mientras seguía a la goteante lámpara de la señora Green. No había ninguna otra luz. Habitaciones que aun los Bárbaros dejaban totalmente vacías se abrían a ambos lados de la escalera, llenas de un aire frío y enrarecido; la tela se le estremeció bajo los pies, y sintió que las paredes se volvían húmedas y mohosas. De tanto en tanto, tocaba con las manos un macizo de plantas rezumantes. Los pies desnudos tropezaban con toda clase de objetos húmedos e invisibles. Subieron más y más; la lámpara sólo revelaba una piedra negra, delante, detrás y a los lados.

—Este lugar no puede ser muy seguro si hay viento —observó Marianne.

—Ah, pero es muy íntimo —dijo la señora Green—. En eso le doy la razón.

Marianne casi podía sentir el viento debajo de los pies. Era como subir hacia la luna. Por fin llegaron a una puerta pequeña, tan baja que Marianne tuvo que inclinarse, y entraron en la habitación de Joya. Al parecer, él prefería el aire libre, pues una buena parte del techo había caído y dejaba al descubierto una inmensa extensión de cielo espléndido, nocturno, azul, tachonado por un puñado de estrellas. La señora Green dejó la lámpara sobre un cajón de madera que se apoyaba contra la pared, y cuando la llama se aquietó, Marianne vio que la mitad de los alrededores eran ya bosque.

Una baya, llevada por el viento o caída del pico de un pájaro, había echado raíces en un rincón y se había convertido en un acebo pequeño pero fuerte que extendía unas vigorosas ramas de las que Joya colgaba la colección de collares que no llevaba en el momento, varias prendas de ropa y una cantidad de cuchillos. El suelo estaba cubierto de escombros, tejas y una inquieta marca de hojas muertas de muchos años, pero habían despejado un espacio suficientemente grande como para hacer sitio a un colchón lleno de pieles a modo de primitivo tálamo nupcial y para el cajón en el que había unos pequeños potes, un cuenco con agua, una toalla, un peine de escasas púas, y una navaja de afeitar. La vieja chimenea funcionaba otra vez, pues habían puesto dentro algunas varas de madera seca. Por un capricho del azar el grueso cristal del arqueado ventanuco había permanecido intacto, y Joya lo había frotado hasta dejarlo limpio. A través del cristal, Marianne vio la pálida curva de la luna creciente por encima del bosque. Lejos de la cocina y las habitaciones donde se celebraba la fiesta, el viento suspiraba y murmuraba alrededor del techo, y ella alcanzaba a oír el pesado golpeteo de los ratones en las paredes.

La señora Green tomó fuego de la lámpara y encendió la chimenea. Marianne se bañó la muñeca herida con el agua ferozmente fría; su propia sangre o la de Joya, no podía saber cuál, se arremolinaba en pálidas líneas, pero la herida misma se había cerrado. La señora Green le quitó el velo y lo dobló.

—Quémelo —dijo Marianne.

—Incendiará la chimenea.

—¡Quémelo!

La señora Green se encogió de hombros y arrojó bruscamente el velo en el hogar, donde en seguida se encendió y se extinguió, en una incandescente red de cenizas. Marianne salió con alegría de las ruinas del vestido, y también lo quemaron. La falda desapareció subiendo por la chimenea en grandes harapos flameantes, que luego descendieron ennegrecidos mientras los pequeños globos de cristal que una vez habían sido perlas, rodaban acá y acullá por entre las llamas, como insectos perturbados. Todo desapareció al fin, y la señora Green atizó los restos irreconocibles con una vara. Marianne temblaba de frío. Vio que la señora Green había extendido uno de sus propios camisones sobre la cama, una voluminosa mortaja de franela con una cinta alrededor del cuello. Marianne se lo puso.

—La mezcla de sangres, no me habían hablado de eso. No sabía que lo iban a hacer. Me trastornó, ¿sabe?, sí, de verdad. ¿Quién cree ser él?

—En realidad fue muy impresionante.

—Oh, seguro. Pero se puede ir demasiado lejos. Creí que iba a matarme, cortarme en pedazos, freírme y repartirme entre la tribu en porciones rituales.

—¿De veras? —dijo la señora Green, pasmada—. Oh, eso no podría suceder aquí, no mientras dominen los Bradley.

Marianne tomó una manta de la cama, la dejó caer al lado del fuego, y se arrodilló calentándose las manos frías en las llamas.

—Joya está borracho —dijo ella.

—Oh, sí —dijo la señora Green, como si se tratara de algo inevitable—. Y además está de un humor espantoso. Mi pobre muchacho, mi pobre muchacho tiene un talento crónico para la infelicidad.

—No se ponga sensiblera, vieja tonta. En las bodas, las madres se ponían siempre así, en otro tiempo; siempre se ponían sentimentales, era una tradición.

Marianne se dio cuenta de pronto que había conjurado accidentalmente el fantasma de su propia madre, que había muerto por amor a un único hijo varón, y se quedó en silencio, manoseando los flecos de la manta, de piel de conejo o gazapo. A los cuatro años, había tenido un conejo en una jaula, y lo había alimentado con hojas de amargón. Entonces aún no habían llegado los Bárbaros, y vivía encerrada en una segura torre blanca, con la sinrazón al otro lado del alambre de espino, una comunidad racional que cuando el conejo murió, lo abrieron para averiguar el porqué.

—Mi madre siempre amó más a mi hermano —le dijo Marianne vagamente a la señora Green, que estaba a su lado contemplando el fuego, el rostro surcado por preocupaciones inimaginables. Marianne se le acercó en busca de consuelo, aunque no sabía cómo la señora Green podría consolarla, excepto repitiendo ciertos viejos refranes acerca del comportamiento humano que quizá tuvieran alguna aplicación.

La mecha de la pequeña lámpara se hundió bajo la grasa y la llama se extinguió. El resplandor de la chimenea llenó el cuarto. La puerta se cerró de golpe y el cuarto, que parecía apoyarse sobre la casa en un equilibrio inestable, se estremeció como si estuviese a punto de soltar amarras y arrojarse desde lo alto de la torre. Joya había llegado. Arrastraba detrás la chaqueta escarlata, que estaba ya muy sucia. La tiró sobre un montón de escombros. Ignoró la presencia de la novia y de su madre adoptiva, y fue a hundir la cara en el cuenco; se sacudió esparciendo alrededor una cascada de gotas y luego se secó con la toalla. Marianne pensó que el agua podía haberle lavado todos los rasgos junto con la pintura, y que él levantaría hacia ella un liso huevo de carne, sin ojos, pero en realidad, era él mismo nuevamente, si esto era él mismo, aunque inquieto y de mal humor. Emanaba ansiedad. La señora Green se puso de pie nerviosamente.

—Me voy, entonces —dijo.

Joya no dijo nada. Se quitó los pendientes de plata de las orejas y los dejó caer al suelo. Marianne se enderezó, erizada; alguna especie de carga eléctrica llenó el aire, él echaba chispas de antagonismo y ella empezaba a divertirse. Las hojas muertas se movieron en el suelo. La señora Green sacó un tizón del fuego para alumbrarse en el camino de descenso; echó una ojeada ansiosa a los dos jóvenes, que se miraban ferozmente, funestamente, y resoplando y bufando, salió de la habitación. La puerta se cerró detrás de ella con un sonido reverberante, y un collar cayó del árbol. Marianne decidió iniciar una ofensiva.

—Qué farsa —dijo ella, con la voz más desagradable que pudo encontrar—. Qué grotesco.

Joya gruñó y trató de reavivar la lámpara, pero fracasó. Acompañado por el leve tintineo de las joyas se acercó al fuego, e ignorando a Marianne, se sentó con las piernas cruzadas sobre la manta, totalmente encorvado. Trató de desenredar los intrincados vellones de la melena pero tenía los dedos torpes, y las tiras de cuero se habían trabado como cerrojos oxidados.

—Péiname —ordenó, y ella se sintió feliz al ver una hostilidad intensa en el rostro de él.

Marianne tomó el peine de encima del cajón de madera, se arrodilló con cierto aire de mofa, y empezó a desatar la miríada de trenzas. Pero no podía negar que él tenía un aspecto maravillosamente exótico, con una línea negra en el rabillo de los ojos, ojos de párpados extraordinariamente pesados. Así que continuó con la tarea, y la tensión disminuyó; era una acción totalmente fuera del tiempo, algo que ella nunca hubiese creído posible para sí misma; a medida que sentía el peso seco y brillante del interminable cabello oscuro, que le resbalaba entre los dedos, la repetición e intimidad de sus propios movimientos y la rareza de los sucesos del día fueron combinándose de tal modo que casi la calmaron. Los ojos le escocían a causa del humo acre de la madera, y las hojas satinadas del árbol del rincón brillaban como espejos, arriba, en el cielo, por encima del mundo, y entonces sintió una arrobada perplejidad. Se dio cuenta de que estaba muy cansada.

Cuando acabó de deshacer las trenzas, continuó peinando mecánicamente la asombrosa cascada negra, áspera y dura como pelo de caballo, y él se estremeció como reconociendo la involuntaria sensualidad que hacía que la mano de ella se moviese más y más lentamente, con un ritmo más y más lánguido. El anillo se le salió del pulgar y rodó por el suelo; ese débil tintineo fue suficiente para despertarla y, deliberadamente, rodeó con los brazos el cuello del hombre, y apretó la cara de él contra su pecho, porque no podía esperar por más tiempo a que algo ocurriera.

También él había estado deseando que algo ocurriera. Como si durante todo ese tiempo hubiese esperado a que ella lo abrazara, la tomó inmediatamente por las muñecas, y la echó hacia atrás, hasta que ella estuvo extendida sobre la manta, con los brazos inmovilizados contra el suelo, detrás de la cabeza. El hombre moreno se arqueó sobre ella y dijo: —Te odio.

Marianne no estaba ni sorprendida ni sobresaltada. Podía haber anticipado algo parecido, y si él hubiese dicho cualquier otra cosa, ella se habría horrorizado, no habría sabido qué hacer. Ahora, en cambio, esperó tranquilamente a que él la soltara. Le inspeccionó la joya dura, de sangre seca, en el interior del antebrazo, y el pendiente de esmalte azul, un medallón de San Cristóbal, ahora un adorno secular a no ser que él lo usara para viajar, que le colgaba del cuello entre una masa fluctuante de cuentas de vidrio.

—Te odio —repitió Joya, con voz suave.

Un búho ululó y un caballo relinchó; afuera y muy débilmente Marianne oyó a una mujer que chillaba, y que luego reía.

—¿Por qué? —preguntó con curiosidad.

—Porque, porque, porque…

La soltó y volvió a sentarse, muy derecho, como si nunca se hubiese movido, cubriéndose la cara con las manos. Ella se frotó las muñecas.

—¿Por el odio tradicional que data del tiempo de los refugios profundos?

Él sacudió la cabeza.

—¿Porque soy más inteligente que tú?

Picado, él replicó: —Yo creo que eso es lo más improbable —y calló otra vez.

—Estás borracho —dijo Marianne, con enfado—. Vete a la cama, anda, cuéntamelo por la mañana.

—Venga ya —dijo él—. Tú sabes leer, léeme algo. Te he visto antes, antes de que me rescataras.

Se echó el cabello hacia atrás, como presentándole la cara en una bandeja, una cara que en ese momento era de una belleza desolada, tan alejada del modelo original y tan pavorosa como una enorme deformidad. Marianne sintió que se le encogía el corazón y lo reconoció, aunque él había cambiado por completo.

—Eras mucho más joven entonces —dijo ella—. Y te parecías más a Precioso que a ti mismo.

—Yo tenía quince años, sí.

—Era mi hermano el que mataste.

—Supongo que sí.

—Lo recuerdo todo perfectamente.

—Te has disfrazado de un modo muy astuto, ¿verdad?, cortándote el pelo y todo lo demás. ¿Quién habría pensado que yo pudiese reconocerte? A menos que lo que pensé fuese cierto, que esa niña que me miraba con tanta severidad sería mi muerte.

Marianne retrocedió hasta encontrarse con los enjoyados brazos del árbol.

—Qué ojos de hielo tienes —dijo él.

Sacó el cuchillo de su cinturón y se lo arrojó. Marianne lo atrapó por la empuñadura. Joya se tiró de espaldas en la manta, se abrió la camisa de un tirón y le ofreció el pecho desnudo.

—¿Me matarás ahora o más tarde? —preguntó.

—Cuando tú prefieras —le respondió Marianne, impaciente.

Dejó caer el cuchillo al suelo, pues no tenía ningún deseo de matarlo; después del primer sobresalto de sorpresa tampoco tenía ningún deseo de venganza; sólo una colérica inquietud, como si él hubiera irrumpido en el sitio más íntimo de sí misma, y hubiese robado la posesión que ella más ambiguamente apreciaba. Su propia memoria ya no era sólo suya, él la compartía. Nunca lo había invitado a ese lugar. Aun así, lo que sucedió en un Día de Mayo bajo el balcón de ella, parecía tener muy poco que ver con cualquiera de los dos, pues ella era ahora una persona diferente, que estaba representando el recuerdo de una novia. Y desde el momento en que ella y el asesino encarnaban ahora una novia y un novio, la única acción válida era que se metieran en la cama, de acuerdo con el ritual prescrito. Salió de la sombra de las ramas interiores, nuevamente serena.

—Tú no crees en vuestra propia magia pero sí en la de otros —dijo ella con una voz muy cruel—. No creo que seas nada inteligente.

Él se sentó en el suelo, y se encogió, a la defensiva.

—Tengo miedo de lo que no conozco —dijo él—. Eso a mí me parece razonable.

—Bueno, no necesitas tener miedo de mí. Me hiciste sangrar dos veces, no, tres veces ya; eres más fuerte que yo, y hasta ahora más poderoso…

Entonces, decir esas palabras acuñadas por la razón (no importa cuán toscamente acuñadas) a aquel bulto de oscuridad, encogido junto al fuego agonizante en la penumbra del cuarto, le pareció una tarea tan inútil que dejó de hablar en medio de la frase; se recogió el enorme camisón y fue con paso majestuoso hacia la cama. Se acostó entre las mantas. El heno crujió debajo de ella.

—Esta pequeña tendría más o menos la edad de Jen, miraba hacia abajo como si fuese una función dispuesta para su provecho, y yo pensé: «Si así miran a la muerte, cuanto antes se vayan todos, mejor».

Marianne cerró brevemente los ojos.

—Por favor, para. Por favor, ven a la cama.

—Mi muerte —repitió él suavemente.

—Estás muy supersticioso y muy borracho —dijo ella con severidad, y decidida a poner fin a todo aquello—. De todos modos, sólo estoy en tu cama por accidente. Es tu buena fortuna si este accidente te sirve como centro de tus culpas morales.

Joya se puso a chillar de risa, tosió durante unos pocos minutos, y se sentó, resentido, con una furia miserable.

—Ella no arría la bandera —dijo, dirigiéndose al árbol—. Continúa utilizando su perspicacia hasta el mismísimo final.

Se puso lentamente de rodillas y extendió los brazos hacia Marianne.

—Guíame de la mano. Guíame hasta los portones del paraíso.

—¿Por qué me haces pasar por esta prueba de imaginería?

—¿No acostumbraban usar guantes negros en los funerales? Donally debe de haberme mostrado una fotografía. Siempre pienso en la muerte como llevando guantes negros, pero nadie los usa ya.

—¿Vas a venir a la cama o vas a dormir en el suelo?

—Guíame. Vamos.

Marianne comprendió que nunca dormiría aquella noche, a menos que ella misma lo trajera a la cama. Pero vio, con irritación y algo perturbada, que él parecía ahora una figura casi infinitesimal junto al fuego, al otro lado de un centenar de millas de tablas inseguras, y montones de escombros como en un campo de batalla. La habitación se iba oscureciendo cada vez más. Se levantó del colchón, de mala gana. Las corrientes de aire jugaban atravesando la habitación a ras del suelo, y soplaban sobre el camisón haciéndolo ondear. En cualquier momento todo el cuarto podía salir volando, y alejarse dando vueltas a través de la noche; o quizás estaba inflándose como un globo enorme, para convertirse en un mundo redondo, él en un polo y ella en el otro. Le pareció que tardaba horas en cruzar el suelo, y cuando por fin llegó al lado de él, se tomaron de la mano con un alivio aterrorizado casi idéntico. Ella tiró de él hasta enderezarlo, en un resonante tintineo de joyas.

—Talismanes y amuletos para mantener alejadas a las bestias, a los demonios y a las enfermedades —dijo él—. Para desviar las flechas de los Parias y las balas de los Profesores, y quién sabe qué más.

Se apoyó en el hombro de Marianne y desparramó collares y cadenas por el suelo. Hacía ahora mucho frío. Los anillos le cayeron de los dedos como granizo brillante, y ella lo llevó hacia la cama. Las ropas siguieron a las joyas; fue dejando detrás un rastro de ropas hasta quedar tan desnudo como en el día en que nació. Salieron de la última luz roja del fuego entrando en las sombras crecientes; cuando ella tuvo al hombre bajo las mantas, ya no podía distinguir dónde terminaban las tinieblas y empezaba el cuerpo de él.

—Estoy demasiado borracho para montarte —le dijo él.

—Uno tiene que estar agradecido por las pequeñas clemencias —contestó Marianne groseramente.

Joya rió con un deleite que parecía genuino.

—Chistoso —reconoció—. No muy agudo pero, de todas formas, chistoso. Una broma. Nosotros no tenemos tiempo para practicar ese tipo de cosas.

Así alcanzaron una tregua. Él le echó los brazos alrededor, quizá buscando calor, tal vez en busca de tranquilidad si no de reconciliación, pero, en todo caso, ambos se durmieron inmediatamente agradeciendo que la habitación hubiese recobrado sus dimensiones ordinarias. Pero tan pronto como la noche empezó a enrollar su pesada alfombra, y el alba se filtró a través del techo, Marianne abrió los ojos y encontró que él ya estaba despierto, e inclinado sobre ella la miraba valorándola y conjeturando. Marianne pensó: «Tal vez mi padre tenía razón, tal vez el caos es más aburrido que el orden». Esperó estar soñándolo, pero uno no sueña la sensación de calor de otro cuerpo. El calor de él se difundía sobre ella.

—Pensé que dormirías hasta tarde —dijo ella.

—Otra vez te equivocas —contestó él—. Tuve una pesadilla. De cualquier modo, habitualmente sueño hasta que rompe el día.

—¿Qué sueñas?

—Fuegos y cuchillos.

—Yo nunca sueño —dijo Marianne con aspereza—. O si lo hago, no recuerdo nada.

—Entonces, tú eres la afortunada. Sin embargo, quizá mientas.

Marianne se movió inquieta bajo la absoluta intensidad de la mirada de él, y al fin admitió:

—Bueno…, cuando era pequeña soñaba con los Bárbaros, y eso me perturbaba, pero nunca hasta el punto de transpirar y gemir. No a menudo, por lo menos. Y, además, no me daba miedo.

—Algunas veces sueño que soy un invento de los Profesores; ellos proyectan sus miedos hacia afuera, sobre nosotros, para que así los miedos no se queden en las aldeas infectándolas, y así, ¿entiendes?, ellos pueden vivir en paz. Las noches que tengo esos sueños despierto al campamento entero con mis gritos.

El alba llegaba al interior de la habitación por dos caminos, entrando a raudales a través del techo y más tímidamente a través de la ventana. Ellos yacían sobre el angosto colchón e involuntariamente, por una compulsión que nada tenía que ver con la voluntad, la razón o el deseo, ella advirtió que se movía acercándose más y más a él. Joya era una piedra curiosamente formada y atractiva; era un objeto que la atraía. Le examinó los agujeros horadados en las orejas. Había leído palabras tan frías en los libros del estudio del padre, había observado allí diagramas de segmentos de líneas, clavados con flechas bajo una corona de palabras congeladas en lenguas muertas; había oído la voz amable de su padre hablando de cosas que pasaban entre hombres y mujeres, y que ella no podía asociar con el anciano calvo y el fantasma de la madre; ahora, ella yacía lejos de la torre blanca del padre, con un hermoso extraño junto a ella, completamente desnudo.

—¿Por qué estás llorando?

—Estaba pensando en mi padre.

Como si Joya absorbiera toda la atmósfera, a Marianne le era difícil respirar. Nada de lo que había visto o había sufrido por él pudo impedir que se moviera, acercándose más; un pájaro bajó volando a través del techo y se posó sobre una rama, por encima de una sarta de perlas. Agitó las alas y emitió un hilo de canto ondulante. A Marianne le asombraba que la habitación contuviese al mundo o que el mundo fuese sólo la habitación; puso los brazos alrededor de Joya y lo acarició. Los movimientos asustaron al pájaro, que se alejó volando. Buscando la zona complementaria de ella, Joya levantó hasta la cintura de Marianne los abundantísimos pliegues del camisón de su madre adoptiva. Ella se lo quitó por la cabeza y lo arrojó lejos para poder estar más cerca de él, o mejor dicho, de la mágica fuente de atracción que era la carne morena de Joya. Y si hubiese en el mundo alguna otra cosa, ella estaba segura de que no era real.

—Te ha dado su mejor camisón; siempre me dijo que la enterrara con él.

Si la noche anterior la cara de él había sido una construcción de pintura y sombras, ahora volvía a ser totalmente de hueso; sus ojos no transmitían ningún mensaje. Quizás estaba tratando de hacerse amigo de ella o quizás estaba intentando conocerla. Esa vez no hubo dolor. El misterioso deslizamiento de superficies de carne dentro de ella no tenía ninguna relación con cualquier cosa que ella hubiese oído, leído o experimentado. No había esperado sensaciones tan extremas de placer o desesperación. Si Joya estaba sorprendido por la respuesta de ella, lo ocultó, pero cuando se retiró más tarde, permaneció sobre ella, cubriéndola, clavándole la misma mirada calculadora, como si intentara ver las fibras de la membrana y el músculo detrás de los ojos de Marianne, o aun algo más interior. Yacían abrazados de esta manera cuando la puerta se abrió de pronto, y la señora Green entró trayendo un plato en las manos. Puso el plato en el cajón que sostenía el cuenco de agua, y se inclinó a recoger la ropa de Joya, esparcida por el suelo.

—Me alegra mucho que os estéis llevando tan bien —dijo, echándoles una mirada. En la voz de la mujer había una cálida alegría. Marianne se desconcertó y metió la cara ruborizada entre las pieles, pero Joya parecía impasible. Se apartó lentamente de Marianne, aceptó a su madre adoptiva un puñado de anillos y los deslizó en sus propios dedos, uno en cada dedo, dos en algunos. Era plena mañana y la habitación se había convertido en una burbuja deslumbrante de sol y aire. La señora Green señaló el plato.

—Os he traído algo de desayuno —dijo—. Pensé que sería agradable. Está bien, ya sabes.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Marianne, intrigada, emergiendo de entre las pieles.

La señora Green se puso las manos sobre las caderas. El rostro blanco, suave, adquirió una expresión tan inescrutable como la de cualquier Bárbaro.

—Bajó cautelosamente esta mañana temprano, algo impropio de él, vino a la cocina y me entregó una pequeña botella de brebaje, diciéndome que se lo diera a la pareja feliz, como la llamó, y que así tendrían muchos hijos, ¿sabes? Debe de haber pensado que estoy reblandecida, querido. Le di un poco del brebaje al cachorro de la perra marrón, y empezó a correr en círculos hasta que cayó muerto.

Marianne sintió tanto frío que creyó que el sol se había ocultado, y volvió a deslizarse entre los brazos de Joya, pero la señora Green y Joya estallaron en carcajadas.

—Está perdiendo la sutileza, pobre viejo desgraciado —dijo Joya—. Está envejeciendo.

—Supongo que hubiera dicho que la jovencita te había envenenado.

—Quizá.

Mientras Marianne los miraba fijamente, tratando de descubrir por qué estaban tan divertidos, la señora Green se agachó y tiró de las pieles que los cubrían.

—Míralo. ¿No es un joven precioso? Si yo tuviera treinta años menos…

—Cuarenta años —dijo Joya—. No exageremos.

Empujó a Marianne a un lado, echó los brazos alrededor del cuello de la vieja y la besó riendo. Marianne los observaba, reclinada sobre un codo, con más indiferencia que nunca; de pronto entrevió un extraordinario dibujo en la espalda de Joya, bajo el río negro de los cabellos, un dibujo de tantos colores como la Viperus berus enjaulada de la habitación de Donally. Al principio pensó que era un síntoma de alguna enfermedad extraordinaria, sin duda relacionada con los ataques de tos, y extendió la mano para tocarlo, pero Joya se había vuelto hacia el cuenco de gachas y la apartó otra vez. Sacó con los dedos un poco de la sustancia gris y viscosa y le dijo a Marianne:

—Mírame con atención, y si me hincho y muero no comas nada, pero ve directamente con Johnny y dile que te cuide.

—No le tomes el pelo.

Joya comió, no murió y le pasó la comida. Ella no quería comer y dejó el cuenco sobre el piso.

—Dame la camisa —dijo él—. Será mejor que me levante, ya que he vivido para ver otro día.

Camino de la puerta, la señora Green le arrojó la camisa.

—¿Va a estar ella conmigo hoy o qué va a hacer? Tendremos que buscar una ocupación.

—Hará lo que quiera.

La señora Green asintió y salió de la habitación; el portazo hizo caer otro pedazo del techo de la estancia y todos los pájaros del mundo cantaron en el exterior.

—No te pongas la camisa aún… date la vuelta. No, acuéstate otra vez. Boca abajo.

Él levantó las cejas pero obedeció. Marianne separó las cortinas negras de la melena, y deslizó las manos hacia abajo, incrédulamente, sobre la ornamentada longitud de la espalda. Joya tenía la figura de un hombre al lado derecho, una mujer a la izquierda, y tatuado a lo largo de la espina dorsal, un árbol con una serpiente enroscada en el tronco. El complicado dibujo era azul, rojo, negro y verde. La mujer le ofrecía al hombre una manzana roja; entre las hojas verdes, en la copa del árbol, crecían más manzanas rojas que colgaban sobre los hombros de él, y las raíces negras se retorcían y terminaban en la parte alta de las nalgas de Joya. Las figuras eran rígidas y naturales; Eva tenía una sonrisa pérfida. Las líneas de color estaban trazadas con obsesiva precisión sobre la piel brillante de poros cerrados que subía y bajaba con la respiración de Joya, y por tanto parecía que la lengua bífida de la serpiente salía y entraba rápidamente, y que un viento suave movía las hojas del árbol, un efecto que el creador tenía que haber previsto.

—Ah, sí —dijo Joya—. Tengo entendido que es muy impresionante.

Se puso la camisa y cubrió la desfiguración grotesca que a ella le fascinaba. Aun el desayuno de bodas de gachas envenenadas le parecía menos interesante que esa ceñida prenda íntima de colores.

—Nunca puedes quitarte toda la ropa —dijo—. O estar por completo a solas, con Adán y Eva allí continuamente.

—Lo que está fuera de la vista está fuera de la mente —dijo Joya—. Yo nunca lo he visto. Él lo llamó su obra maestra; lo hizo cuando yo tenía quince años.

—¿Fue muy doloroso?

—Le llevó quince días y yo estuve delirando la mayor parte del tiempo, pero las agujas no me envenenaron la sangre porque la señora Green me cuidó. Si bien el verde es, en realidad, el peor, el que más duele. Te darás cuenta de la cantidad enorme de verde que hay en el cuadro.

Se levantó y se puso los pantalones. Luego las botas. La camisa encubridora. Luego escogió collares de entre el montón que había sobre el tapete. Estaba juntando su yo diurno.

—Quería pintarme el juicio Final sobre el pecho, pero yo no quería nada que pudiera ver constantemente.

—¿Es muy aficionado a la Biblia?

—Cuando se lo presiona, habla de la verdad poética que hay en la leyenda de la caída del hombre.

—¿Por qué le permitiste que te mutilara así?

—¿Lo ves como una mutilación? —Él estaba trenzándose el pelo.

—Es monstruoso. Es antinatural —pero ella estaba mintiendo otra vez. El tatuaje le parecía un paisaje peligroso e irresistible, una tersa incognita o la espalda de la luna.

—De vez en cuando hace que me quite la camisa, ronda a mi alrededor admirándome y dice: «Ajá, hum, qué genio era yo entonces». Pienso que le gustaría desollarme y poner mi piel en la pared; creo que realmente le gustaría. Podría hacer conmigo un manto de ceremonias y llevarme en ocasiones especiales. Una vez tatuó completamente a una niña con rayas de tigre y dijo que sería la Dama Tigre. Pero ella murió, fue un fracaso.

—¿Por qué le permitiste que te atacara así con sus agujas?

—No tenía demasiadas alternativas. Yo era sólo un crío.

—No me gusta este lugar —dijo Marianne, con desaprobación—. No me gusta en absoluto.

Se sentó erguida, formal y remilgada, con las manos alrededor de las rodillas y las pieles como un mantón alrededor de los hombros. Él la miró con algo parecido a la nostalgia, como si ella fuera una vieja fotografía.

—Pobre cría —dijo—. Y allí estaba yo entonces, asustado de ti.

—Por favor, ¿puedes marcharte y dejarme sola? —dijo Marianne, pues él se le aparecía ahora con la atracción horrible de los deformados, y ella necesitaba tiempo para pensarlo.

Joya le dedicó a Marianne la más vil de las sonrisas, acompañada de un gruñido, se detuvo como reflexionando, y volvió a donde ella yacía. Le besó los pechos y la boca durante varios minutos y luego la dejó sola, acompañada solamente por el recién despierto e insatisfecho deseo, otra indignidad que ella, vengativamente, sumó a la cuenta.

Donally había escrito en la pared: LA MEMORIA ES LA MUERTE. Marianne estudió la frase durante un largo rato, mientras la pared misma temblaba por un ataque furioso descargado en la habitación vecina sobre el órgano barroco, que estaba sufriendo una toccata adecuada para tirar la casa abajo. Ella pensó en pedirle a Donally que le tatuara este aforismo en la frente, donde Joya pudiese verlo a cada momento, o también que le tatuara MEMORIA en uno de los pechos y MUERTE en el otro. Pero después lo pensó mejor, cuando recordó que Joya nunca había aprendido a leer.