Capítulo 12

Sofía

 

Me despierto con un humor de perros, me paso toda la noche sin parar de revivir, una y otra vez, el baile del sábado y la sensación que me invadió cuando me besó el cuello. No dejo de pensar en el odioso del modelo y que sentiría a su lado si me dejase llevar por lo que dicta mi corazón y no por el miedo. Pero después de escuchar todas las lindezas del chico, sé que solo me partirá el corazón y no estoy dispuesta a pasar por eso otra vez.

Al salir de la oficina, aunque sé que no me dejarán acceder hasta las cuatro de la tarde, me voy directa al orfanato para evitar pasar por casa, lo que menos me apetece es verlo, ya que no soy capaz de sacármelo de la cabeza en toda la semana.

No consigo disfrutar de la compañía de los niños, y en especial la de Aurora, mi mente sigue a lo suyo, fantasea a todas horas con Oliver. Al final me obligo a centrarme en los niños y en hacerlos disfrutar, bastante tienen con crecer sin una familia que les dé amor.

En mitad del salón común y con la ayuda de los más pequeños, movemos todos los muebles, los arrinconamos junto a las paredes para conseguir espacio suficiente donde poder correr. Al igual que hacía con los niños de Santander, me invento unas olimpiadas, algo que a simple vista parece una tontería, pero que hace que los más pequeños disfruten.

Me hago con vendas de la sala de enfermería, son necesarias para las carreras de equipos, serán por parejas y estarán unidos por las muñecas. A los mayores los uno por los pies, pero con los pequeños no me fio de que pierdan el equilibrio y se lastimen. Al final, gracias a la alegría de ellos, consigo disfrutar del resto de tarde.

De camino a casa recibo un mensaje de Hugo, me avisa de que pasará unos días en casa de Carla, que cada vez el acercamiento es más fructífero y no desea desaprovechar la oportunidad. Me alegro por mi amigo, sé que está enamorado de la chica y que haría cualquier cosa por ella, en parte siento envidia de ella, a mí me encantaría poder encontrar a un hombre que se desviva por mí al igual que hace Hugo por ella. Aunque creo que jamás lo tendré, no sé por qué, pero no consigo encontrar a un hombre decente y para el único que conozco ya está pillado.

Accedo lo justo a Slava, cada vez que lo hago mi amigo cibernético no está en línea y sin él, el juego no tiene gracia. Es cierto que me río bastante en el chat grupal de la tribu con mis compañeros, pero es más de lo mismo, mostrarnos estampadas que les hacemos al enemigo y alguna que otra burrada por parte de ellos en referencia a las mujeres de la tribu rival.

Evito toda la semana cruzarme con Oliver, no estoy segura de cómo reaccionará mi cuerpo al verlo. Aunque si soy sincera, me muero por volver a sentirlo a mi lado, pero sobre todo de sentirme deseada, hacía muchos años que no lo sentía.

Sin darme cuenta ya estamos a viernes y sigo sin verlo, quién diría que hemos estado solos los dos en el apartamento. Empiezo a frustrarme al saber que tampoco él hace porque nos encontremos, aunque sea en la puerta del baño como la primera vez. Sopeso todo lo que me ha contado Hugo estos días, que es el típico hombre que si la primera vez no consigue lo que busca en las mujeres, pasa página y se pone a otra cosa.

Me siento como una estúpida por perder mis maravillosos minutos pensando en alguien para el que solo fui un baile, pero nada más. Enojada hasta límites insospechados, pido la primera ronda de chupitos de tequila nada más llegar al garito al que me obligan a ir, por mí me habría marchado directa a casa nada más salir de la oficina, pero Hugo se empeña en ir a tomar algo con el resto de amigos. Para cuando quiero darme cuenta, estoy tan borracha que a partir de ese momento pierdo la noción de todo.

 

 

La garganta me quema conforme asciende la arcada. Abro los ojos de golpe y tengo que volver a cerrarlos, no puede ser cierto, no puedo haber cometido tal locura. Intento ser lo más silenciosa posible al levantarme, con la mano me cubro la boca para evitar potar en mitad del cuarto de Oliver. Tras la correspondiente visita al inodoro paso por la ducha.

Instalada en mi cuarto hago por recordar lo sucedido anoche y por qué acabé en su cama desnuda. Nada, no me viene nada a la memoria. Tengo que plantearme dejar de beber, ya que después cometo locuras de las que no recuerdo nada.

No transcurre ni una hora cuando Hugo accede, lo hace sin ni siquiera llamar antes de entrar, menos mal que se me ha ocurrido vestirme antes de tenderme en la cama. Para mi desgracia, me comenta los planes que tiene preparados para los siguientes tres días. Empieza a cansarme esto de no tener decisión propia, ahora mismo lo que deseo es quedarme en casa y si la vergüenza me lo permite, hablar con Oliver y aclarar qué pasó entre nosotros ya que sola soy incapaz de recordarlo.

Ni haciéndome la remolona ni diciéndole que no me encuentro bien, me libro de irme con ellos a pasar el fin de semana fuera. Mi mal humor incrementa al ver la encerrona que me tiene preparada.

—Prefiero quedarme en casa —le sugiero separándolo del resto—. No quiero que Fran piense que tiene una oportunidad porque no es así.

El traicionero de mi amigo me ignora.

—No pienso dejarte sola con Oliver en casa, a saber qué organiza este fin de semana.

Pienso en los días pasados.

—Pero ¿esta semana si has podido dejarme a solas con él?

—Durante la semana no suele hacer gran cosa, lo peor son los fines de semana. Hazme caso, lo conozco y he presenciado más de una orgia suya.

Reticente pero sin ánimo de ver cómo el modelo prefiere a otras antes que a mí, me instalo en la parte trasera del coche. Sonrío a Fran cuando accede pero poco más. La mente la tengo ocupada, deseo esclarecer los hechos de anoche.

A mitad de trayecto Hugo recibe una llamada, al escuchar su voz algo dentro de mí se activa y la sensación es tan placentera que debo obligarme a mentir cuando mi amigo me pregunta sobre las supuestas orgias de Oliver. 

—No entiendo que le ven. Hay que estar desesperada para acostarse con él—. Me siento fatal por lo que digo ya que no lo siento.

Vuelvo a cabrearme con mi amigo al comprobar que la casa solo dispone de dos cuartos. Fran, al ver mi gesto torcido, entiende que no pasará nada entre nosotros y decide instalarse en el sofá, cosa que le agradezco de corazón.

Nada más sacar el equipaje del coche y los alimentos, sin tan siquiera probar bocado, me retiro al cuarto que ocuparé los siguientes días. Doy gracias por haber tenido la genial idea de traer el ordenador conmigo. El resto del fin de semana me dedico en exclusiva a pasear por la playa y jugar a Slava. Lo que menos me apetece es hacer de carabina de mis amigos y mucho menos estar a solas con Fran, que cada vez que tiene la oportunidad intenta lanzar la caña, ¿es qué no sé da cuenta de que no va a pescar nada?

A mi regreso a la ciudad compruebo entristecida que Oliver no sale a recibirme. Si ocurrió algo entre nosotros el viernes por la noche, tampoco tuvo que ser memorable para él, ya que no hace nada por recordármelo.