II
La vida depende en absoluto del acto de respirar. Respirar es vivir.
Por más que puedan estar en desacuerdo sobre pormenores de teoría y terminología, orientales y occidentales admiten estos principios fundamentales.
Respirar es vivir, y no hay vida sin respiración.
No solamente los animales superiores basan la vida y salud en el respirar, sino que hasta las formas más inferiores, incluso las plantas, deben al aire su existencia.
El niño al nacer hace una larga y profunda inspiración, la retiene un momento para extraer de ella las propiedades vitales, y la exhala en un lento vagido; así principia su vida en la tierra.
El anciano da un débil suspiro, cesa de respirar y acaba su vida.
Desde el suave soplo del niño hasta el último suspiro del moribundo, se desarrolla una larga historia de continuas respiraciones.
La respiración puede considerarse como la más importante función del cuerpo, porque de ella dependen indudablemente las demás.
El hombre puede vivir algún tiempo sin comer menos, sin beber; pero sin respirar, sólo vive pocos minutos.
No solamente el hombre depende de la respiración para vivir, sino que también y en gran parte de los correctos hábitos de respirar, que son los que le han de dar vitalidad perfecta e inmunidad contra las enfermedades.
Un gobierno inteligente de la facultad de respirar prolonga nuestros días sobre la tierra dándonos mayor resistencia, mientras que la respiración descuidada tiende a acortar nuestros días, decrece nuestra vitalidad y nos coloca en condiciones favorables a ser presa de muchas dolencias y graves enfermedades.
El hombre, en su estado natural, no tuvo necesidad de que le dieran instrucciones para respirar, y de la misma manera que el animal inferior y el niño, respiraba natural y debidamente, según los designios de la Naturaleza; pero en esto también ha sufrido la influencia modificadora de la civilización.
Ha contraído costumbres y actitudes perniciosas en el caminar, pararse y sentarse, que le han despojado del primitivo derecho de una respiración correcta y natural.
Ha pagado muy cara la civilización.
En la actualidad, el salvaje respira naturalmente, a no ser que lo hayan contaminado los hábitos del hombre civilizado.
El porcentaje de los hombres civilizados que respiran correctamente es muy reducido y el resultado puede observarse en los pechos hundidos, en los hombros caídos y en el espantoso aumento de las enfermedades del aparato respiratorio, incluyendo el terrible monstruo de la tuberculosis, la plaga blanca.
Eminentes autoridades afirman que una generación de normales respiradores regeneraría a la humanidad y que la enfermedad seria tan rara que al manifestarse la mirarían con extrañeza.
Si se estudia el asunto se observará que la relación entre la respiración natural y la salud es evidente y explicable, sea que lo consideremos desde el punto de vista oriental u occidental.
Las enseñanzas occidentales demuestran que la salud física depende esencialmente de una respiración correcta.
Los instructores de Oriente no sólo admiten que sus hermanos occidentales tienen razón, sino que también sostienen que además del beneficio físico derivado de una respiración normal, es posible acrecentar la energía mental del hombre, su felicidad, el dominio de sí mismo, claridad de visión, moralidad y aun su perfeccionamiento espiritual, penetrándose de la ciencia de la respiración.
Muchas escuelas de filosofía oriental se han fundado sobre esta ciencia; y las razas occidentales, una vez hayan adquirido su conocimiento, obtendrán, dado su espíritu práctico, grandes resultados.
La teoría de Oriente, unida a la práctica de Occidente, dará frutos de gran trascendencia.
Esta obra tratará de la ciencia yogui de la respiración, que incluye todo cuanto conocen el fisiólogo e higienista occidental y además el aspecto oculto del asunto.
No sólo señala el camino de la salud física, de acuerdo con la llamada respiración profunda por los científicos occidentales, sino que también penetra en las fases menos conocidas de la cuestión, mostrando cómo el yogui indo gobierna su cuerpo, aumenta su capacidad mental y desarrolla el aspecto espiritual de su naturaleza por la cuidadosa práctica de la ciencia de la respiración.
El yogui realiza una serie de ejercidos por cuyo medio obtiene el dominio de su cuerpo y lo capacita para enviar a cualquier órgano o parte del cuerpo mayor corriente de energía vital o prana, fortaleciendo y vigorizando de este modo la parte u órgano que desea.
Está familiarizado con todo lo que su hermano científico occidental conoce sobre los efectos fisiológicos de una respiración correcta; pero sabe también que en el aire hay algo más que oxígeno y nitrógeno y que la simple oxigenación de la sangre no es el único fenómeno que se produce al respirar.
Conoce algo acerca del prana que sus hermanos de Occidente ignoran y está al corriente de la naturaleza y manera de manipular este gran principio de energía; está perfectamente informado de sus efectos en el cuerpo y la mente humana.
Sabe que la respiración rítmica lo puede colocar en vibración armónica con la naturaleza y favorecer el desenvolvimiento de sus poderes latentes, y que rigiendo su respiración no sólo puede curarse a sí mismo y a los demás, sino también desterrar el temor, las preocupaciones y emociones siniestras, de modo que mejore en tercio y quinto las cualidades armónicas de su carácter.
Esta enseñanza es el objeto de la presente obra. Queremos dar en pocos capítulos explicaciones concisas e instrucciones que podrían ocupar volúmenes.
Esperamos despertar en las mentes del mundo occidental la noción del valor de la ciencia de la respiración.