CERRO CARIDAD
Mi nombre es Peregrino; tengo dos amigos.
No me toque. Sienta cómo se agita el aire con mi aleteo y trate de entender: soy de carne.
Uno de mis amigos se esconde más allá, donde empiezan los pinos; es Lykos. Piense en un lobo europeo, más grande y más peludo que los lobos grises que tienen en Estados Unidos. Hace tres mil años su pelaje era negro azabache; ahora se le puso canoso, como mi plumaje. Mi otro amigo lleva a cabo su tarea muy lejos de aquí, en una cueva en uno de los picos más bajos de la cordillera de la Cascada. Los lejanos antepasados de los indios pies negros llamaron a ese pico Cerro Caridad debido a los buenos refugios, las fuentes, las zonas de pasto dulce y los vientos templados. Si usted viera a mi amigo, lo tomaría por un mono sin cola, un simio africano. Para divertirnos, él y nosotros, después de descubrir la India, lo llamamos Hanuman. También él ha encanecido; fue el primero de nosotros en comprender que estábamos envejeciendo. Ya sabíamos que podíamos morir: una vez fuimos cuatro.
No me voy a parar en su muñeca; encontraría fría nuestra carne. Me gusta este brazo de su silla y me agrada observar los últimos rayos de sol sobre su cara, doctor, aunque me doy cuenta de que usted necesita desviar la mirada de él como nunca me ha pasado a mí.
Me resalta difícil hablar. Conozco bien su lenguaje pero mi garganta tiene que esforzarse para emitir sonidos humanos. Sea paciente conmigo.
Lo hemos observado durante cinco veranos: nos gustan estas colinas que usted llama Vermont; nos gustan los jóvenes que vienen en el verano con sus carpas, y también la forma en que usted utiliza su propia versión del método socrático para despertar sus mentes. ¿Es una escuela socrática, no es cierto?
En cierto modo: los persigo con la lógica. Quiero que conozcan la fantasía y la verdad objetiva, para que valoren las dos y entiendan sus diferencias. Usted me llama «doctor», pero ya hace quince años que me retiré de la profesión. Será difícil, Peregrino, convencerme de que no eres el sueño de un viejo que se quedó dormido al sol.
Tal vez se sienta más convencido cuando Lykos venga a descansar a sus pies y le hable con una voz mejor que la mía.
No podemos conocer nuestro origen. Mientras la ciencia de ustedes se iba conformando, nosotros escuchábamos, a nuestro modo. Ustedes pudieron explorar —con microscopios, telescopios, matemáticas, métodos ingeniosos— como nunca pudimos nosotros. Lo que pensamos acerca de nuestro origen es una imitación de la forma de especular que tienen ustedes. Puesto que, por lo que sabemos, no existe nada semejante a nosotros en ningún lugar de la Tierra, salvo en lo que hace a nuestros tres cuerpos, y puesto que nuestra carne tiene muy poco en común con la de cualquier ser nacido en la Tierra, pensamos que es posible que hayamos surgido de... supongamos que de gérmenes traídos por un meteorito que cayó en la península Ibérica hace tres mil años: este polvo viviente desconocido logró (suponemos) hospedarse en un cuerpo terrestre y crecer hasta que cada parte, al mismo tiempo que retenía el plan originario, se transformó en nuestra sustancia, cualquiera que sea, con su larga vida, impropia de la Tierra, su excelente memoria y sus poderes parcialmente idénticos a los humanos: razonamiento, imaginación y afectividad. (Aunque es cierto que, a veces, pensamos de una forma que no le puedo explicar.) Y suponemos que ese polvo penetró en los cuerpos ya desarrollados de un halcón peregrino, un lobo, un mono y una serpiente. Adoptamos esta hipótesis porque no tenemos otra mejor. Tal vez cuando muramos y los expertos de ustedes nos examinen, podrán dar otra explicación muy distinta, pero esperamos vivir un poco más todavía; y además, nos parece que los sabios de ustedes, enfrentados con su propia tecnología desbocada, con la decadencia de la responsabilidad política y social y, sobre todo, con los horrores de la superpoblación humana, tienen bastante en que aplicar sus energías durante mucho tiempo —si es posible todavía hablar de mucho tiempo para cualquier ser de este planeta—, como para molestarse por tres criaturas extrañas, «imposibles», que sólo pueden observar, reflexionar y concluir (si tenemos tiempo) cierta tarea.
Ni siquiera estamos seguros de si el trato con nosotros carecerá de peligros para su especie. Esta es una nueva inquietud que nos transmitió la ciencia que ustedes desarrollaron. Nunca mantuvimos mucho contacto físico con la vida animal de la Tierra: nos perturba; nuestros sentidos se estremecen. Podemos amarlos, pero preferimos no tocarlos. (No se preocupe si no entiende esto: nos afecta más a nosotros que a usted.) Nuestro único alimento son las hojas de algunas plantas. El contacto que mantuvimos con la vida animal, casi siempre accidental, no dañó, que nosotros sepamos, a ninguna de las partes, pero nunca estamos del todo seguros; por eso prefiero que no me toque. Es muy probable que se trate de una precaución innecesaria, pero es mejor eso que causarle algún daño.
El cuarto de los nuestros fue asesinado por paisanos aterrorizados. Lo aplastaron con piedras y palos: habrán sentido una mezcla de ira sagrada y de temor frente a su forma serpentina. Sucedió en el siglo XII del calendario cristiano. Sin embargo, vimos a hombres de la época actual impulsados ciegamente a destruir las formas que encuentran demasiado ajenas a su estrecho esquema humano y por lo tanto odiosas.
Ofis había almacenado en su memoria el conocimiento del gran mundo que se agitaba bajo los pastos. Durante siglos había escuchado también las cosas humanas, debajo de los pisos, detrás de las paredes, en los setos de los jardines, más allá de las fogatas de los campamentos. Todo lo que nos transmitió está a salvo en la memoria infalible de Hanuman y en el registro escrito que está elaborando en Cerro Caridad, pero Ofis murió antes de que diéramos comienzo a ese registro, de modo que el resto de lo que sabía es irrecuperable.
Si usted llegara a sentir el deseo de convencer a los otros de nuestra existencia, incluso a esos eruditos que hay entre ustedes, llenos de buenas intenciones e incapaces de hacernos daño de propia mano, le pido que no lo haga. No nos atrevemos a mostrarnos. Vine a verlo asustado, y lo estoy todavía pese a lo que sabemos de usted. Me disculpará, pero estamos demasiado acostumbrados al hábito de los hombres de disparar primero y después ir a ver qué fue lo que cayó bajo la bala.
En cada generación de hombres buscamos a esos pocos a quienes podríamos aproximarnos en caso de necesidad. Hace mucho que empezamos a hablar. Trescientos cincuenta años atrás Lykos quiso socorrer a una mujer que se había perdido en el bosque y la única manera que encontró para aplacar su temor fue la de hablar con su dulce voz humana. ¡Ay, su bondad! La pobre volvió a su casa tambaleándose, asombrada por la maravilla sagrada, creyéndola una experiencia cierta de la presencia de Dios. Pero cometió el error de comentarlo y terminó quemada por bruja, de acuerdo con la urgente recomendación del entonces Arzobispo de Colonia. Más de una vez he visto cómo la bondad humana se extiende para salvar a una mariposa nocturna de la llama y la mano asusta al hermoso y atolondrado insecto, que se precipita directamente hacia su muerte.
Ahora recurrimos a usted porque estamos realmente necesitados de ayuda. Lo que nos amenaza les parecería trivial a la mayoría de los de su raza, suponiendo incluso que lograran aceptar el hecho de nuestra existencia. Sabemos que usted no pensará así, pero podría muy bien vacilar por otros motivos. Tiene, pues, derecho a saber más sobre nosotros, ya que venimos a pedirle ayuda. Permítame que continúe hablando de nosotros.
En su momento, exploramos todas las regiones que se extienden entre los polos, salvo los mares. Yo volé a las islas más lejanas; conozco las capas superiores de la atmósfera (¡qué limpia fue en un tiempo!). Lykos y Hanuman recorrieron durante siglos las junglas, las praderas, las estepas, la tundra y los campos y las pasturas que están bajo el dominio del hombre. Viajaban a todas partes con Ofis, mientras vivió. Nunca encontramos a otros de nuestra especie. ¿En el mar? Es posible: no podemos ir allí. Una parte del polvo que (tal vez) nos dio origen pudo haber caído en él. Yo desperté a la vida conciente en un pedazo de terreno cerca de la desembocadura de lo que hoy recibe el nombre de Guadalquivir, y la primera cosa hermosa que vi, y me maravilló, fue el juego de la luz de la tarde sobre las aguas del Atlántico; la primera música de la que tuve conocimiento fue el contrapunto entre el viento y el mar. Creo que fue después de mi... —¿debería decir nacimiento?— que al sur de ese lugar creció una ciudad que los romanos conocían con el nombre de Gades (la Cádiz actual). Sí, puede ser que algunos de los nuestros estén en el mar. Pero pienso que es sumamente improbable que hayan descubierto la comunicación como lo hicimos nosotros. Para ellos, la humanidad no puede ser más que una fracción de la lluvia mortal que cae lentamente a través de los espacios verdes hasta el fango. Si la contaminación del mar que lleva a cabo su raza amenaza con destruirlos, no tendrán defensa ni salvación.
Sin embargo, no hemos encontrado otros. La esperanza de hallarlos no se ha desvanecido del todo, pero es muy débil: el de ustedes es un mundo enorme. Sólo los hombres embrutecidos por la impaciencia o la indiferencia pueden creer que es pequeño; sólo un ignorante digno de lástima puede creer que ya fue explorado.
Le diré algo más acerca de aquel primer momento de lucidez. Me encontré como una mente sin lenguaje, conocimiento ni memoria, en posesión de un cuerpo alado que podía volar sin tener que aprender a hacerlo, una vista y un oído agudos, y descubriendo el placer de jugar carreras con el viento. Con el olfato nació el hambre (en nada semejante al de un halcón) y picoteé algunas hojas, atraído por uno y otro aroma, hasta que aprendí la manera de aplacarlo. Pero aunque mi mente estaba vacía y expectante, tenía una carga de curiosidad como la de ningún otro animal salvo, lo comprendo ahora, el hombre. Sin lenguaje, tradición ni guía, sin concepto de comunicación, observaba el maravilloso y continuo fluir de la vida a mi alrededor, y era capaz de establecer comparaciones y deducciones elementales, partir de pequeñas observaciones para llegar a otras más amplias, combinarlas, y no olvidarme de nada. No sé cuánto tiempo viví en esta especie de infancia, pero supongo que sólo unos pocos años. La estaba enseñando a mi mente a hacer lo que mi cuerpo había podido hacer sin enseñanza: volar.
Aunque vi la redondez de la tierra y sentí la invitación de las distancias, no volé más allá de los Pirineos durante ese primer tiempo, ni me adentré en los océanos. Distancias cortas, sobre África del Norte, eso sí —¡qué verde era entonces!— pero siempre volvía. Creo que sabía que me iba a marchar, pero primero necesitaba comprender mejor esa región en la que había comenzado mi existencia consciente.
Fui muchas veces testigo de cómo la vida mata la vida. Eso me hizo tímido, ya que me mostraba la imagen de la muerte como algo siempre en movimiento, seguido generalmente por la desaparición en una boca hambrienta o la putrefacción. Descubrí que la mayoría de los seres de mi propio tamaño o más pequeños se apartaba de mí. Los halcones tan asustados como cualquiera de los otros. Mi olor, supongo, o alguna otra cosa que sienten por percepciones que han escapado hasta ahora a los estudios de ustedes, doctor. ¿Mi olor le molesta?
No. Es almizclado y extraño, pero me resulta agradable.
Bien. Los mosquitos lo estaban molestando hace un rato; no los volverá a sentir mientras yo esté aquí.
Un día —yo era todavía muy joven, si puedo emplear esa palabra— estaba volando sobre aquellas colinas del norte y vi a Lykos atravesando un cerro sobre el que se había depositado una delgada capa de nieve. A su lado iba Hanuman. Eso me dio la pauta de que eran algo fuera de lo común. Había visto lobos, feroces animales predatorios, pero los monos eran animales de las zonas cálidas del sur, nunca vistos en esas colinas y mucho menos en compañía de un enorme lobo negro. Cuando bajé en vuelo rasante y volví asombrado, los dorados ojos de Lykos se movieron para seguir mi vuelo y Hanuman se agachó y le puso afectuosamente el brazo sobre el lomo. Después, el mono se puso de pie y me hizo señas con el brazo, como había visto que hacían los seres humanos para llamar a otros. Yo descendí más aún, sobreponiéndome al miedo. ¡No había olor a lobo o a mono, sino mi propio olor!: el olor a hoja y a humus que sentía cuando limpiaba mis plumas o deslizaba mi cabeza bajo el ala. Me posé junto a ellos sin miedo, y la pequeña Ofis se deslizó de su cómoda montura en el denso pelaje del cuello de Lykos. Éramos cuatro.
Los tres estaban ya muy adelantados en el uso del lenguaje privado que todavía empleamos para comunicarnos entre nosotros. Adquirimos los lenguajes humanos más tarde, cuando los necesitamos. (La historia de su desarrollo desde lo que fueron hace tres mil años es uno de los tesoros que salvaguardó para ustedes ese registro que está elaborando Hanuman.) Yo me puse al día en poco tiempo con ese idioma privado que tenemos, ya había aprendido el amor en el momento en que Hanuman me había tocado.
No tenemos sexo. Los cuerpos de Lykos y de Hanuman tienen una conformación masculina pero carecen de deseo sexual, un sentimiento que sólo podemos entender como observadores; Ofis tenía forma femenina. Pero fue sólo una cuestión de azar: suponemos que en su vagabundeo el polvo entró en cualquier cuerpo cercano dispuesto a hospedarlo. Yo no sé qué sexo tenía mi cuerpo antes de transformarse, y no tiene importancia. Si es cierto que nos reproducimos por esporas, ¿sería posible (sólo estoy soñando en voz alta en este momento) si es que morimos de viejos, que nuestros cuerpos se sequen y esparzan los gérmenes de nuestra sustancia en el aire? ¿Lo asusta la idea?
No, Peregrino.
Conocemos el amor en términos de devoción o experiencia compartida y de ternura (en este sentido nos es posible amar a la raza humana, y lo hacemos), y el placer de la cercanía, de la acción de tocarnos uno a otro a veces sin palabras. Nuestros cuerpos podrían parecerle fríos, pero nosotros nos comunicamos calidez recíproca... ¿Puede usted imaginar a un ser humano parado en la habitación donde mi cuerpo se convierte en polvo viviente?
Puedo imaginarlo sin angustiarme.
¿Puede imaginarse a usted mismo en el lugar de esa persona?
Eso es más difícil.
Yo mismo no lo desearía. Los seres humanos deberían vivir. Pienso que mi ciclo vital está todavía lejos de agotarse. Cuando llegue la muerte, tal vez haya algún humano inválido, alguien condenado a morir... pero dejemos esto. Si nuestra sustancia llegara a penetrar, sólo el marco, la imagen externa sería humana; y los seres humanos deben vivir como seres humanos.
Este es el mundo de ustedes. Ustedes no pueden ser como nosotros, ni nosotros tan variados, adaptables, arrojados, hermosos, incluso felices como podrían ser muchos de ustedes si aprendieran a vivir; si solo empezaran a pensar mejor y en menos cosas y no en más y cada vez con más ansiedad. Pienso que también nosotros deberíamos vivir, unos pocos, si fuera posible, si estuviéramos seguros de que nuestra sustancia no resulta perniciosa para la vida natural en la Tierra. Pero del mismo modo en que no tenemos el potencial de ustedes para el mal, tampoco tenemos totalmente desarrollado el potencial que tienen ustedes para hacer el bien. Son ustedes los que deben convertirse en el pueblo de la Tierra, si es que pueden... los buenos agricultores, los músicos y los guardianes de la viña.
Nuestros grandes viajes empezaron inmediatamente después de aquel encuentro en la ladera de la montaña. Cruzamos los Pirineos en la primavera de un año que ustedes llaman el siglo IX antes de Cristo. Viajamos a nuestras anchas a través de los bosques que más tarde se convertirían en la Galia, a lo largo de la costa norte de Europa, de las riberas del Báltico y llegamos al enorme continente asiático. Pasaron años y llegamos al Pacífico. Recorrí las costas volando en todas direcciones, viví los techos, el humo, los campos de una civilización estupenda ya en esa época. Pero entonces no nos entretuvimos en informarnos en detalle sobre ella, porque queríamos conocer el mundo en una visión de conjunto. Descubrí la región de la niebla en donde el mayor de los océanos se reduce a las dimensiones de un estrecho que separa los continentes, y guié a mis amigos en esa larga travesía. Hanuman, con la ayuda de Lykos, construyó una balsa. Esperamos hasta que el invierno redujo el estrecho a unos pocos kilómetros y cruzamos, ayudados y amenazados a la vez por la furiosa corriente y los témpanos flotantes. Durante una parte del trayecto Lykos nadó, arrastrando la balsa.
Lykos no corría peligro de hundirse: podemos soportar el frío a una temperatura que sería mortal para ustedes, y nuestra carne es mucho más liviana que la de ustedes y flota mejor. Pero le tenemos mucho miedo al océano, ya que no tuvimos modo de informarnos suficientemente sobre él. Ese día se nos presentaba como una amenaza y una oscuridad completas. Mientras volaba, yo esperaba poder advertirlos de la proximidad de cualquier cetáceo horrible o de cualquier forma que se recortara en aquel caos gris... ¡pero esa niebla, esa niebla eterna! Nos ayudaba ocultándonos, es cierto, pero hacía inútil el poder de mi vista. Bueno, el hecho es que logramos nuestro propósito y que regresamos más tarde sin problemas. Para mí, por supuesto, las barreras de los océanos significan menos que las divisiones de un tablero de ajedrez. En ese viaje —estábamos en el siglo VIII antes de Cristo, según los cómputos de ustedes— exploramos toda la costa de América del Norte, desde Terranova hasta lo que ustedes convirtieron en la Zona del Canal, y llegamos hasta el Cabo de Hornos, con muchos años de aprendizaje sobre una selva nueva, después volvimos a subir por los Andes, y finalmente tocamos nuevamente Alaska. Décadas después volvimos cerca de nuestro lugar de origen.
Estudiamos la mayoría de las agrupaciones y culturas humanas que encontramos, evitando el contacto porque conocíamos los riesgos. En esos siglos en que llevamos a cabo nuestra exploración sólo aparecimos como rápidas sombras captadas con el rabillo del ojo de un hombre, puntos alados entrando y saliendo de las nubes.
Recuerde, doctor: tres mil años no es mucho tiempo. Antes de que nuestras mentes despertaran, Mohenjo-Daro había sido sepultado y olvidado bajo el fango de una construcción posterior. El Gran Ziggurat de Babilonia se había construido más de mil años antes de nuestro despertar, pero nosotros conocimos esa ciudad en nuestra época: Ofis en sus sótanos, Hanuman como una sombra huidiza sobre los techos, a medianoche, Lykos paseó por sus malolientes callejuelas, escuchando voces humanas mientras los perros retrocedían temblando, sin sufrir daño.
Conocimos Grecia y sus pocos siglos ilustrados: volé sobre Creta, sobre todas las islas griegas. Podemos decirle que Helena era de veras hermosa, que el corazón de Aquiles se partió cuando murió su amigo. Yo presencié el incendio de Troya, que tiñó de negro el cielo... sólo una de las innumerables guerras que presenciamos, todas ellas sucias, vanas e innecesarias. Esa sólo importa porque un poeta le puso música. Y efectivamente, Odiseo, fecundo en ardides, partió de allí en su viaje de retorno al hogar... pero de eso sólo conozco, como usted, lo que narró una voz mejor que la mía.
En un viaje muy posterior pasamos por Antioquia y por Tiro y proseguimos hasta llegar a una impresionante marea humana —Alejandría—, donde oímos los dialectos ya familiares de Grecia y Roma. Seguimos por la costa hacia el oeste y llegamos a las legiones que sitiaban Cartago. Según el calendario de ustedes, eso ocurría en el 146 a. C.
Esa noche, Lykos y Hanuman fueron a rondar por los campamentos y escucharon las maldiciones, los lamentos, la conversación de los soldados, a veces profunda, la charla de los acompañantes y los esclavos, los rezongos de los jugadores de dados, el chirrido de las ruedas, las escupidas, los resoplidos, los vómitos, el gemido de los látigos. Sonidos nocturnos no muy diferentes de lo que volvimos a escuchar en 1346 en el sitio de Calais; ni muy diferentes, anciano, de lo que escuchamos en el verano de 1863, en las afueras de Vicksburg. Si hubiéramos estado presentes, creo que habríamos escuchado la misma mezcla de humor negro, obscenidades ingenuas, paciencia, desesperación inútil y fatiga en las trincheras de Verdún o antes del comienzo de la batalla de Monte Cassino. Eso mismo oiríamos, tal vez con tonos más histéricos, allí donde estén los soldados de la guerra venenosa, ciega e inacabable que el gobierno de ustedes lleva a cabo en Vietnam.
Tratamos de entenderlo.
Volé sobre Cartago. Nos habíamos vuelto bastante sofisticados por entonces con respecto a los hechos humanos. Supe lo que iba a ocurrir. Adivinamos que el predominio de Roma era inevitable, aunque más no fuera por la pesada obstinación romana, y esta ciudad era el centro vital del enemigo. Habíamos escuchado murmuraciones y verdades sobre el atrabiliario Catón de ochenta años; el viejo predicador del odio estaba ya muerto —también odiaba a los griegos— pero su odio todavía se hacía sentir donde las legiones pudieran oírlo. En seis días Cartago fue reducida a cenizas y humo. Antes de buscar un aire más puro escuché los gritos, y di un vistazo a las acostumbradas diversiones humanas. Sin embargo, se dijo que no hubo mucha risa entre los oficiales romanos, y, si es que le interesa saberlo, es muy probable que Escipión Emiliano haya llorado, para la crónica, por este resultado de su excelente estrategia.
Hartos de los hombres, hartos sobre todo de sus desilusiones personales, seguimos vagabundeando hasta llegar a la jungla africana —nuestro tercer largo viaje allí— y observamos de nuevo, en la vida de las tribus salvajes, los intentos de organización de los hombres. Eran junglas vírgenes, como lo son todavía hoy algunas de ellas. Una vez Lykos (que está viniendo hacia nosotros desde el bosque de pinos) cayó en una trampa preparada por los pigmeos y nos fue imposible terminar de rescatarlo antes de que llegaran; yo me precipité entre ellos y les desgarré las caras hasta que huyeron, balbuceando algo sobre brujería. Nunca recuerdo haberte visto más hermoso, Peregrino.
¡Deja que te cure esa pata, Lykos!
Puedo caminar en tres, doctor. Nuestras heridas cicatrizan; nuestra carne de sangre verde no se ha infectado nunca. Pero es cierto que nos curamos mucho más lentamente que cuando éramos jóvenes. La bala hace doler, y allí, en la articulación, supongo que puede obstaculizar el acomodamiento del hueso. Sin embargo, señor... el contacto con nuestra carne...
¡Oh! Tú no crees en eso, ¿verdad? Después de todo el tiempo que han pasado en la Tierra sin hacer daño. Permíteme al menos extraer la bala y entablillar la pata; para mí es algo muy simple.
Pero tenga cuidado, doctor... por el contacto...
¿Después de tres mil años sin haber hecho nunca daño? Déjame seguir las indicaciones de mi sentido común. Además, yo soy... bastante viejo. En realidad, no tiene importancia. Descansa aquí, iré a buscar lo que necesito...
¿No irá a llamar por teléfono a otros?
No, Lykos; estoy seguro. Es honesto.
¿Todavía no le has hecho el pedido?
No, pero le dije que vinimos a hacerlo.
Todavía estamos a tiempo, Peregrino. Podríamos dejarle creer que lo que vinimos a solicitar era esta ayuda quirúrgica.
Eres demasiado tímido, Lykos. Tenemos que hacer el pedido.
Hay algo en su cara... Me parece que debe de tener cáncer. Es posible... Quédate quieto. Haz todo lo que te ordena...
¿Dolió mucho?
No, usted es muy eficiente y muy rápido. Pero le sugiero, doctor, que evite el contacto con la sangre verde que está saliendo en el lugar donde se alojaba la bala. Déjala que se seque; enseguida se coagula. Trate de no tocarla cuando ponga las tablillas.
Esto es una asquerosa bala calibre 22. ¿Qué sucedió?
Algún cazador. Estaba seguro de estar escondido pero debo de haberme descuidado, y me desvié. No sé qué habrá pensado.
Si es que es capaz de pensar. Ahora las tablillas. Le va a doler, ya sabe...
Me he sentido peor... Ahora cicatrizará. Su bondad es como la primavera en medio del invierno. Peregrino, continúa con lo que le estabas diciendo. ¡Hmm, esos pigmeos! Realmente me enojé.
Sí, expresaste tus pensamientos con bastante atrevimiento. Bien, doctor, fue después de haber presenciado la decadencia y prácticamente la muerte de la sabiduría en lo que ustedes llaman la temprana Edad Media que Hanuman empezó a trabajar en su registro. Ese terrible colapso, desde el siglo cuarto en adelante, ese oscurecimiento total de la cultura occidental durante algo así como mil años, nos reveló con toda claridad qué fácil resulta para una sociedad tan imperfectamente desarrollada, en un equilibrio tan precario como la de ustedes, permitir que su luz desaparezca. Tal vez existe una fatiga mental recurrente en las culturas humanas, consecuencia de los breves períodos de actividad y esfuerzo. Ustedes se mueven con gran impulso por un tiempo, y después... se abandonan; la abdicación de la inteligencia como fuerza rectora, si es lo bastante abarcadora desemboca, naturalmente, en la ruina de casi todo.
Dentro de nuestras limitaciones, nos pareció que podíamos funcionar como conservadores de la historia. Pensamos que un registro detallado, escrupulosamente objetivo, de todo lo que sabíamos, de todo lo que habíamos observado desde afuera como espectadores, podía ser algún día de valor para ustedes, una guía de conducta. No cabe duda que, si es verdad que una cultura que olvida la historia está condenada a repetirla, la proposición inversa también debería ser cierta.
Limita esa afirmación, Peregrino... Imagino que el doctor estará de acuerdo. Ninguna cultura hasta ahora olvidó su historia porque ninguna poseyó realmente más que fragmentos de ella. Con esa aclaración, supongo que el viejo adagio puede ser bastante cierto. Me imagino que un adecuado conocimiento de la historia que sirva como una guía confiable nunca fue patrimonio más que de un puñado de sabios. Algunos hicieron todo lo que podían por transmitirlo, pero, ¿quién lee? La inmensa mayoría de los hombres simplemente ignoran hasta su propio pasado. Retazos tragados a los apurones en la escuela —si es que pueden ir a la escuela—; generalizaciones simples y populares, en su mayor parte falsas y dañosas.
Debo admitir que es cierto, Lykos.
Lykos es más pesimista que yo, quizá por el mismo hecho de que su amor por la humanidad es más profundo.
Tal vez. Ni se le ocurra pensar que dude del valor de nuestro registro. Sólo me pregunto si estos volubles seres de corta vida encontrarán alguna vez la inteligencia suficiente para usarlo.
Él y yo hablamos en forma parecida, doctor; también pensamos en forma muy parecida. Pero Lykos piensa en la intimidad, como todos los seres concientes. Debería habernos conocido hace más o menos cien años para descubrir en cuántos aspectos somos... personas. Ofis era la humorista del grupo: tenía en su forma de hablar un algo dulce y punzante que hasta lograba hacer sonreír a Hanuman. Él, en cambio, es todo pensamiento, meditación, lógica, filosofía... y ternura. Sus manos han cambiado visiblemente con esa interminable escritura: las dos se han agrandado un tanto —escribe con ambas— y tiene profundos surcos negros en el dedo mayor y en el pulgar.
Empezamos nuestro registro en el siglo que ustedes conocen como el noveno de la era cristiana. Teníamos la esperanza de entregarlo en el momento en que ustedes hubieran empezado a dar muestras, como sociedad de seres inteligentes, de un comportamiento más acorde con esa inteligencia. En las circunstancias actuales ya no podemos esperar mas, incluso tal vez hayamos esperado demasiado, y contado demasiado con el poder de los individuos y las minorías humanas, a menudo brillantes. El registro no está acabado. Hanuman sólo pudo abarcar una pequeña parte de este siglo veinte de ustedes... Lykos, tengo la garganta cansada.
Continuaré yo, en mi tono rezongón. ¿Está usted seguro, doctor, de que estamos a salvo de interrupciones? No estoy preparado para encontrarme con nadie que no sea usted.
Todos los muchachos se fueron al pueblo a ver una película y no regresarán hasta después del anochecer. Escucharán los dos coches. Nadie viene a visitarme aquí, y si alguien lo hace, esa puerta tiene un pestillo suelto que cerré: pueden abrir con sólo empujar y meterse después en un armario o debajo de mi cama.
Yo también estoy domesticado. (Peregrino, no siento el rechazo cuando me acaricia la cabeza).
(Me parece bien. Siempre fuiste un cachorrito sentimental.)
Ese era el lenguaje privado de ustedes, ¿no?
Sí; le estaba diciendo al viejo Bollo de Plumas que me agrada su tacto. De repente concebimos la idea de ese registro, pero nos llevó años encontrar un lugar resguardado para trabajar. Por fin encontramos una gruta en las estribaciones de los Alpes Dináricos: la entrada era más amplia de lo que hubiéramos deseado, pero hicimos lo que pudimos con barricadas de haces de leña. Parecía lo suficientemente alejada: el hervidero de Italia estaba a más de cien kilómetros de distancia cruzando el Adriático. Alrededor de nuestra gruta había una desolación total; aquí y allá, senderos de cabras, a seis kilómetros de distancia, un camino de montaña utilizado, pero muy poco, por carros y jinetes. Desde nuestro acantilado veíamos los techos lejanos de una aldea de campesinos, pero nos protegía de ella no sólo nuestra altura sino también horribles desfiladeros, densos bosques, rocas derrumbadas. Colaboraban los osos, las bestias que tienen mi misma forma y, además, la tontería del lugar, con su creencia en vampiros, brujas y toda clase de fantasmas. Nadie se aventuraba solo muy lejos, incluso de día, y es imposible que más de dos hombres juntos no hagan ruido. Nuestro sendero secreto resultó fácil para Hanuman; yo tuve bastante dificultad en algunos puntos de la escalada, de modo que estaba seguro que ningún otro lobo lo intentaría y que los hombres se acobardarían a menos que algo muy urgente los impulsara. Ofis conocía muchos accesos laterales pero prefería montar en mi cuello... aquel peso insignificante...
Vuelve a lo que estabas contando, Lykos. Sí. Esa gruta nos sirvió durante quinientos años. Hanuman desarrolló el plan completo de su obra; no nos apremiaba ningún sentimiento de urgencia inmediata en esos siglos, sólo, en su sentido amplio, la conciencia de la precariedad de todas las cosas vivas. No podíamos estar seguros de que la civilización europea recuperaría sus fuerzas o su virtud, pero en esa época teníamos nuestra propia perspectiva. Estábamos en contacto con el resto del mundo, con los continuos fracasos de los seres humanos, con sus restablecimientos, con sus avances a ciegas. Por supuesto, Peregrino era el mejor informante de Hanuman, ya que viajaba a todos los lugares a los que podían llevarlo sus alas. Teníamos noticias de los aztecas, los mayas, los incas, los pueblos primitivos, los grupos tribales y las civilizaciones jóvenes de la zona norte de este continente, China, los mongoles, la India, la población aislada de Australia, la experiencia humana en la jungla, la sabana y la costa del África. En nuestro registro hay más de lo que se puede aprender en cualquier otra parte sobre los maravillosos viajes que llevaron a los hombres a las islas del Pacífico. No hay lugar del mundo desde el Ártico hasta la Patagonia donde Peregrino no haya escuchado en la oscuridad la conversación de los hombres. Yo mismo hice muchos viajes, primero con Ofis, y luego solo.
A menudo Hanuman dejaba su obra para venir conmigo, porque era el mejor ladrón de todos nosotros. En esos siglos, los monasterios eran casi nuestra única fuente de pergamino, vitela y otros materiales para escribir. Hanuman hacía tinta con goma y hollín, y fabricaba plumas de bambú mucho antes de que Europa tuviera algo mejor que la pluma de ave. Teníamos que robar los papeles: robar en los escritorios de los pobres monjes era a menudo más fácil que obtener lo que necesitábamos de sótanos u otros lugares de almacenamiento y resultaba más divertido. En los anales de los monasterios de Europa oriental entre los siglos IX y XIV se encuentran ocasionalmente confusas referencias a robo de material de escritura por obra del Demonio: si es así, hay que tomar al Demonio en el sentido de Pickwick. Después, teníamos la dura tarea de llevar nuestro botín hasta la gruta, por caminos secretos. Hanuman escribía en ese entonces en el compacto y casi rígido latín del siglo de Augusto, y lo hacía casi sin dejar márgenes, con una escritura apenas más gruesa que las patas de un ciempiés. Sin embargo, nuestra voracidad por ese material precioso era insaciable, porque Hanuman —siempre la inteligencia rectora de nuestro grupo, en comparación con quien los demás somos sólo torpes aficionados— no quería dejar fuera un solo dato que pudiera ser de importancia para los hombres y se obligaba a transcribirlos todo en un orden perfecto, como para que el registro pudiera ser usado por cualquier erudito humano con habilidad para leer y coraje para soportar la verdad.
El producto de nuestro saqueo debía ser transportado casi siempre sobre mi lomo. Hubo veces en que me escapé por un pelo. Otras en que me quedó resentida una pata, pero bien valía la pena. Y pensar que esa parte, el producto de quinientos años de afanes, fue totalmente destruida.
Fue en el año 1348; en el mes de mayo. Ofis había muerto doscientos años atrás. Yo estaba viajando por Francia, en dirección al sur, donde la guerra de los cien años ya había levantado un verdadero monumento a las querellas de los príncipes: ruina y desolación. Y al bajar por el valle del Ródano oí que los hombres hablaban de aquella otra plaga, la Peste, que, como bien sabíamos, estaba asolando Avignon en aquel momento. Mi mente estaba habitada por la idea de muerte cuando Peregrino me encontró y me dio la noticia de nuestro propio desastre.
Un joven que había salido muy valientemente a cazar solo, había sufrido una caída e ido a parar a un lugar desde el que podía ver la entrada de nuestra gruta. Absorto como estaba en su tarea, Hanuman no se había dado cuenta de su presencia hasta que el joven cayó y comenzó a proferir gritos de dolor. Entonces, desde atrás de la barricada de arbustos, Hanuman lo observó mientras, no muy maltrecho, se acercaba trepando y cojeando: había salvado su arco y su cuchillo de caza pero había perdido las flechas en la caída. Sangraba, estaba rengo y lastimado, y buscaba un refugio, porque el cielo se agitaba, amenazando tormenta. Hanuman se quedó inmóvil en la barricada hasta que el joven apartó parte de la misma y entró en la gruta; entonces se ocultó mejor y le gritó con voz humana:
—¡Vete! ¡Vete!
Tenía la secreta esperanza que si lograba asustar al muchacho tendría la oportunidad de poner fuera de peligro el registro antes de que vinieran otros a inspeccionar el lugar.
El joven cazador se asustó, como era de suponer, y se precipitó fuera de la gruta —con la pluma de Hanuman y la tira de pergamino en la que había estado trabajando— y trató de establecer de dónde venía la voz. Fue entonces que su vista aguda descubrió la cara de Hanuman, al apartar algunas matas el viento de la tormenta. Escapó aullando, tropezando y agitándose, loco de terror, por la pendiente. Y mientras Hanuman oía como se esfumaba el alarido de su retirada, el viento desencadenó una tremenda lluvia, un demoledor aguacero que iba durar toda la noche hasta la mañana siguiente. Pero incluso si hubiera tenido un lugar seco adonde llevarlo, Hanuman piensa que nunca habría podido poner a salvo el registro: era demasiado grande, y por otra parte, esa gente era más animosa de lo que suponía.
Volvieron por la mañana, sin esperar que terminara la lluvia; llegaron con un sacerdote, aceite, antorchas y una docena de hombres con lanzas, flechas y hachas. A cincuenta metros de distancia, en una espesa excrescencia en la parte más elevada, Hanuman escuchó el monótono zumbido de un exorcismo en latín macarrónico, plegarias en dialecto, aullidos y golpes de metal para expulsar a Satanás. Escuchó cómo lo describía, dos o tres veces, el asustado (y muy orgulloso) joven, como alguien de dos veces el tamaño de dos hombres altos, con una nariz llameante que echaba fuera todo el hedor del infierno, y una voz que convertía en leche la sangre de un hombre.
Después se produjo un verdadero incendio y el humo espeso y los pedazos ennegrecidos de inestimable pergamino flotaron en el viento húmedo y se dispersaron por la ladera de la colina.
Hanuman salió a un claro donde acostumbraba a encontrarnos; fue allí donde encontró a Peregrino, que me vino a contar. Cuando los tres estuvimos otra vez juntos...
No lloramos, doctor. Nos reunimos y... descansamos. Como habíamos hecho después de la muerte de Ofis, nos fuimos a los bosques más espesos, y yo me tendí donde Hanuman pudiera reclinarse sobre mí, con Peregrino en sus brazos. Descansamos. Dejamos a un lado pensamiento, memoria, pena, todo menos nuestra mutua confianza y nuestra consoladora cercanía: porque esto, junto con nuestro conocimiento precario pero perfectible de la ley natural, constituye el único aspecto de la vida que nunca nos engañará ni nos traicionará. Después de esa época de retiro, recobramos ánimos para considerar cómo recomenzar el registro desde el principio.
Volvimos a este continente. Otra balsa de cañas y ramas sólidamente entrelazados por Hanuman con la torpe ayuda que yo podía proporcionar; un nuevo cruce de ese canal dominado por la niebla: el último. No creo que pudiera nadar en él ahora, arrastrando una balsa. Antes del cruce, Peregrino había pasado revista a toda la extensión que va de Alaska hasta las sierras del sur. De los muchos lugares apropiados, Cerro Caridad nos pareció el mejor para nuestras necesidades.
Ubicado en su cumbre plana, uno se halla en el centro de una vasta concavidad, en cuyo fondo se encuentra el jade verde de las cimas de los árboles. Éstos pueblan un valle con tantos ángulos, tan quebrado e interrumpido por elevaciones menores y estribaciones de los picos más altos, que apenas si se lo puede llamar valle. Hay pequeños lagos y arroyos. Un río corre bajo la tierra y nunca pude cerciorarme del lugar en que emerge, si es que lo hace. Y alrededor de la cumbre, donde los vientos nunca son violentos, se alzan los gigantes cubiertos de nieve: parecería que un grito puede alcanzarlos, aunque el más próximo, dice Peregrino, está a una distancia de treinta y seis kilómetros. En los últimos diez o quince años, por supuesto, el aire no estuvo todo lo límpido que antes era, pero nosotros nos acordamos.
Sabíamos que los hombres nunca irían allí para llevar a pastar al ganado, y mucho menos para desbrozar la tierra o cultivarla: poco era lo que había, incluso para las cabras. Pero para nosotros había muchísimo: las agujas del pino del oeste y el alerce son nuestro alimento. Trajimos con nosotros las semillas de hierbas europeas a las que nos habíamos acostumbrado y se aclimataron bien. También crece el mirto, que nos encanta, en las zonas descampadas cerca de nuestra gruta. En particular, hay un pequeño prado justo debajo de donde estamos: en realidad, se trata de una ancha excrescencia de roca, ligeramente inclinada, de modo que durante siglos se ha acumulado sobre ella tierra suficiente para sostener plantas pequeñas y pastos salvajes, aunque no árboles. Para nosotros es el prado más hermoso del mundo. Nos hemos preocupado por él y lo hemos cuidado como nuestro jardín desde 1377. Probablemente recuerde que fue el año en que murió Eduardo VI de Inglaterra, uno de los grandes príncipes cuya obra maestra fue la guerra de los Cien Años. Y un hombre que lo sirvió como soldado, valet, enviado, encargado de tareas políticas varias, y en comparación con el cual (en mi opinión) Eduardo y casi todos los otros monarcas de la historia europea no fueron mucho más que escuerzos disfrazados, estaba entonces llegando a los cuarenta... un amigo suyo, creo, Geoffrey Chaucer. (Espero me disculpará por haberme deslizado a inspeccionar sus libros un par de meses atrás, cuando no había nadie y usted había dejado sin cerrar la puerta, como ahora.) Sí, ese pequeño prado ha sido nuestro jardín por cerca de seiscientos años.
Los indios pasaban cerca muy de tanto en tanto, usando un claro más abajo en la ladera de la montaña para campamentos nocturnos en sus viajes a través de la zona. Serían viajes importantes porque no les gustaban y temían la oscura foresta de la parte inferior y los terribles pasos de las alturas. Oyéndolos, nos enteramos de que cuando llegaban a este lugar que llamaban Cerro Caridad se sentían seguros. «Caridad» es la traducción más cercana que se nos ocurre, pero el término original tenía algunas connotaciones sobrenaturales, porque se creían en presencia de un espíritu bien dispuesto que garantizaba a los viajeros protección mientras se cuidaran bien de no aprovecharse de la buena acogida para quedarse más tiempo. Más tarde, lamento decirlo, esta leyenda benigna se contaminó con el extraño mito del Espíritu del Lobo. Si, como espero, pasamos juntos las próximas horas, doctor, puede usted preguntarme acerca de esa época.
La entrada de nuestra gruta es oscura. Contribuimos a completar la obra de la naturaleza. La gruta en sí es una inmensa fisura ubicada justo debajo de la montaña. Hay una galería principal, que corre hacia el interior unos cien metros, y galerías laterales. Al final de una de ellas se halla una piscina que recibe agua dulce de la lluvia y que alimentó nuestra contemplación durante siglos. En otra, la luz del día entra a través de una grieta que hay en el flanco oeste de la colina, a unos diez metros por encima del piso de la gruta: allí está nuestra biblioteca y también nuestro registro; allí trabaja Hanuman, con sol durante un rato a la tarde. En las horas de oscuridad usa velas que él mismo fabrica con bayas de laurel y otros materiales. En algunas estaciones del año tiene la compañía de la luna.
Un desprendimiento de rocas —creemos hace unos mil años, por lo menos— cerró la parte inferior de la entrada a la gruta; la superior puede clausurarse, si queremos, con una roca artificial que fabricamos, muy bien disimulada para el que tuviese el arrojo de trepar por un peñasco abrupto que hay debajo de la saliente de la colina para contemplarla, aunque no demasiado resistente. Por lo que sabemos, los indios nunca subieron a examinarla. Tal vez hayan sentido que era una invasión del lugar en que moraba el espíritu. Un buen espeleólogo, o incluso un boy-scout emprendedor, la descubriría en el acto.
El papel volvió a ser un problema. Nos costó unos cuantos años de experimentos y complicaciones inventar un método para fabricarlo nosotros mismos con avena. En el siglo XIV podíamos sentir todavía que teníamos mucho tiempo. Hoy en día, en Cerro Caridad, se pueden encontrar pequeños claros donde crece espontáneamente un extraño tipo de avena; claro que la hemos ayudado un poquito, por razones sentimentales. Naturalmente, cuando las colonias españolas de California fueron lo suficientemente estables como para proveernos de papel, enseguida pusimos manos a la obra, con los rápidos dedos de Hanuman y mis silenciosos pies, y disfrutamos del juego casi tanto como en los viejos tiempos. Pero los anticuarios y posiblemente los químicos pueden interesarse algún día en el estudio del papel que fabricamos: todavía ahora es flexible y, si se tiene cuidado, se lo puede tomar en la mano con toda tranquilidad. Y la tinta de Hanuman, en la mayoría de los casos, se destaca con tanta precisión como antes.
Hay grandes cantidades, doctor, porque Hanuman estaba decidido a extraer de su memoria cada página del relato perdido, mientras trabajaba con la constante afluencia de nuevos hechos de los cuales le informaba Peregrino después de sus vuelos por otros continentes. Yo, por mi parte, volvía con más noticias del mundo indígena de América del Norte y del Sur. Usted comprende la Importancia de esto, doctor, considerando el poco interés que los pioneros blancos tuvieron por la historia de otro pueblo que no fuera el de ellos.
Los siglos XIX y XX están profusamente documentados, y me atrevo a decir que todos los hechos importantes pueden encontrarse en los registros humanos. Sin embargo, Hanuman desea continuar su relato hasta el presente, aunque más no sea porque tenemos la esperanza de que haya cierto valor en un punto de vista de hace tres mil años.
Doctor, creo que lo estamos fatigando demasiado. Parecería como si usted...
¡Adelante, por favor!
Déjame seguir a mí, Lykos. No nos preocupamos mucho, doctor, cuando la Unión del Pacífico llegó a Portland... fue hace mucho tiempo. El camino que unió Eugene con Boise nos asustó, pero...
Quieren llegar al Cerro Caridad.
Si, doctor. Hubiéramos tenido que aprestarnos para escapar hace unos setenta años, cuando el vehículo sin caballos empezó a sacar de circulación los establos. Pero nuestra previsión es sólo un poco mejor que la humana; y como ustedes, tenemos esa manera, esa manera humana, de imaginar que el mal momento va a pasar.
Hace varios años, un sendero que atravesaba la parte sur de nuestra concavidad en las montañas fue ensanchado y cubierto de alquitrán. Ahora asfaltarán una prolongación, una autopista panorámica, hasta la cumbre plena de Cerro Caridad. La cima va a ser convertida, como dicen, en una playa de estacionamiento con una capacidad estimada en ochocientos coches. En nuestro jardín habrá un hotel, que los planificadores han denominado ya, en sus copias heliográficas, Posada de la Atalaya, el Hogar de la Visión Creativa.
¡Cristo! Déjenme pensar... Tengo algo de dinero.
Lo suficiente para lo que está pensando, doctor. Quédese sentado, por favor: calma, tranquilo. Permítame que le explique qué es lo que esperamos. Algo mucho más modesto. Los trabajos de esa inmundicia no comenzarán hasta el próximo verano, y tal vez ni siquiera entonces. Algunos ecólogos ya están en plan de lucha. No pueden ganar —demasiadas cosas más urgentes requieren sus esfuerzos y sus fondos, y las sumas del hotel son grandes— pero lo demorarán y eso nos dará tiempo. ¿Usted no podría remodelar un poco esta casa?... Tal vez hacer un sótano más grande, algunas otras cosas... para tener un lugar en que ocultarnos y guardar nuestros registros por diez o quince años...
Si, sí, lo que sea, todo lo que tenga. Por Dios, debo escribir un testamento para que los muchachos queden dueños del lugar. ¡Qué estúpido fui en descuidar este asunto por tanto tiempo!, pero me canso con facilidad, me desanimo...
Por favor, doctor, descanse mientras termino. Claro que debemos darles participación a los jóvenes en esto, claro que sí. Vamos a necesitar su ayuda, pero... ¿Usted comprende, no? Si el secreto de nuestra existencia se conoce demasiado pronto, el esfuerzo de Hanuman por completar la historia resultará inútil. Incluso en el mejor de los casos, suponiendo que nadie deseara destruirnos en forma inmediata, ser aplastados por las buenas intenciones de la gente sería tan mortal como... como que el Pentágono intentara que les contara todas las buenas noticias de la estrategia militar rusa y china...
Un momento, Peregrino. Eso me enferma.
Perdón, doctor. Fue un ejemplo idiota... ¿Puedo proseguir?
Sí.
Nos dirigimos a usted, y sólo a usted, en primer término, porque no teníamos a nadie más. Usted comprende: sus estudiantes... siempre hay cambios en los grupos, cada verano, y no podemos seguirlos, estudiarlos. Ya se lo he dicho, a usted lo hemos estudiado mucho tiempo antes de atrevernos a acercarnos. De modo que, ahora, ¿podría usted decirnos en cuáles de esos jóvenes podemos confiar, quiénes guardarían el secreto? Usted los conoce, nosotros, no.
Confíen en todos ellos.
Pero...
Esta es la única parte de mi conocimiento humano que ustedes deben aceptar. Confíen en todos ellos, Peregrino. ¡Oh... maravilloso, incluso si lo he soñado! ¡Conocer el pasado, hacer de él una guía más veraz! Poder hacer algo... y no sólo rezar mientras el tiempo pasa...
Peregrino...
Está muerto. Su corazón no pudo soportar la alegría.
Sí, eso era alegría... Oigo los coches.
No escribió el testamento, Lykos: no se quedarán con este lugar.
Encontrarán algún modo de ayudarnos.
Pero... y si...
Entonces, ya sabes lo que sucederá. Pero debemos dejar de esperar la perfección, Peregrino, y creo que esta generación es algo nuevo sobre la Tierra: son los primeros en comprender que pueden perder su mundo —su mundo, Peregrino— y el corazón me dice que son demasiado buenos para dejar que desaparezca. Ven conmigo. Vamos a ir ahora a su encuentro y confiaremos en todos.