orlando henríquez

NACIMIENTO ULTIMO

El zumbido de máquina que gira produce un malestar en todo mi ser. Sé que estoy girando yo mismo a una velocidad uniforme y veo, sin necesidad de usar los ojos corporales, refulgentes lucecitas de colores que se unen para explotar en un sonoro chisporroteo, convirtiéndose al final en un hermoso arco iris.

Giran y giran los colores y me siento sumergido en ellos, como parte de los mismos. Y lo más curioso es una continua picazón en la parte interna del cerebro, sin que encuentre medio posible de rascarme. Algo realmente muy extraño. Me parece también flotar en una especie de enorme masa líquida y para colmo el zumbido metálico se mantiene en tono prolongado, como un continuo aullido sin variante; todo ello me impide coordinar bien las ideas.

A pesar de todo, lo que me sucede me parece vagamente familiar. Incluso el olfato funciona maravillosamente, pues no me es difícil sentir la atmósfera impregnada de un fuerte olor a desinfectante, precisamente la clase que soy afecto a usar en mis experimentos.

Tengo ahora la impresión de haber dejado de girar y hace presa en mí la seguridad de estar rodeado de paredes de vidrio, tras las cuales noto perfectamente superficies blancas... blancas... Lo que no puedo explicarme es la naturaleza de esas también blancas sombras que pasan con velocidad vertiginosa, gigantescas, y que por breves momentos se inclinan sobre mí, como muros de tamaño colosal, emitiendo a veces sonidos tan terríficos que semejan un conjunto de truenos restallando uno tras otro.

Ignoro cómo he venido a parar aquí. No podría explicar lo que ha sucedido. Una de las pocas cosas que persiste en mi recuerdo es este profundo y lacerante dolor en mi cerebro.

Siento la impresión de que lo estuvieran cortando en partes infinitesimales con un bisturí electrónico. Claro que tal idea me hace reír —internamente, por supuesto— y me convence que no es más que exageración producida por la debilidad extrema que ha hecho presa de mi cuerpo entero, haciendo así que pierda la seriedad de científico, norma de todos los que nos dedicamos al estudio de la genética y de la cirugía aplicada a tal ciencia. Y al mencionar mi profesión no puedo menos que felicitarme de tener a mi lado, aprendiendo con tesón admirable, a un magnífico grupo de muchachos siempre hambrientos de saber y tan empapados en mis teorías que da gusto trabajar con ellos. Allí está Mario, por ejemplo, convertido a mi juicio en el más perfecto cirujano de cerebros; gracias a mis enseñanzas, y quien ha colaborado conmigo en demostrar que en determinada región cerebral se encuentra una minúscula zona en donde reside toda la sabiduría que un ser humano puede asimilar en toda su existencia y capaz de ser incrustada en otro que comience a formarse, valiéndose para ello de los genes apropiados. También está allí Renán, aventajado alumno con quien he logrado obtener, en mi laboratorio, el desarrollo de un óvulo humano fecundado, a quien previamente Mario y yo insertamos la microscópica partícula cerebral que con antelación habíamos seleccionado.

Infortunadamente no hemos logrado todavía hacer sobrevivir el feto más allá de dos semanas, pero ya les he explicado que ello se debe a defectos mecánicos en la matriz artificial que hemos inventado; defectos que de acuerdo con mis nuevos diagramas no darán más problemas en nuestra próxima prueba, lo que hará posible el desarrollo de un tipo de seres humanos producidos científicamente, formados desde su primera hasta la última etapa embrionaria en tubos de ensayo y matrices artificiales. Día llegará, de acuerdo con mis teorías, en que la parte microscópica de un cerebro intelectual potente, insertado dentro del óvulo ideal dará origen a una nueva raza de superhombres poseedores de capacidades intelectuales plenamente desarrolladas gracias a la acumulación de conocimientos prenatales heredados, que se conservarán potencialmente intactos y con capacidad de aumentarse con la más sorprendente precocidad.

...Este dolor infernal no desaparece... Ha disminuido un poco gracias al delicioso calorcito que desde hace un momento estoy sintiendo, pero no termina la impresión de tener mil bisturíes destrozándome el cerebro... Eso me hace recordar que la última vez en que estuve con mis alumnos, mientras diseccionábamos un cerebro humano, sentí una dolorosa punzada en el lado izquierdo de mi pecho, como si fuera una protesta del corazón cansado de palpitar, y caí de bruces víctima de un desmayo. Cosas de la vejez. No recuerdo absolutamente nada de lo sucedido durante ese intervalo. Tengo apenas noción de una obscuridad completa. De una sensación de dejar de ser. Un vacío perfecto. Después... un raro conjunto de impresiones dolorosas imposibles de definir, acompañadas de zumbido de máquina, luces iridiscentes, sombras blancas moviéndose a mi lado y destacándose sobre un fondo también blanco.

...Ahora siento que de nuevo vuelven oleadas de sangre circulando con normalidad por todo mi cuerpo, como si estuviese transformándose mi ancianidad en repentina juventud...

No me explico la razón de no poder apartar de mis labios ese característico sabor a líquido amniótico del cual me encuentro saturado, quizá por tanto manipularlo día a día...

...Este mi nuevo vigor me empuja a hacer algo... ¡A trabajar! A trabajar de nuevo en busca del sueño dorado de la humanidad: el humano cerebro superdotado, con sabiduría heredada, hijo de tubos de ensayo y probetas algún día alguien habrá de triunfar...

He intentado incorporarme y no puedo. Trataré de sumirme en el torbellino de mis ideas... Recordar a Mario y su bisturí... Renán y los óvulos fecundados... centrífugas y matrices plásticas... Aunque quizá preferible es no pensar y optar por dormir... Así dormido dejaré de sentir ese dolor que lacera... ese dolor inmenso y situado allí en el sitio en donde el cerebro acumula el tesoro de sus conocimientos... Además: ¿Qué me importa el resto del mundo si aquí puedo reposar largamente?...A dormir... Nueve meses pasan ligero.

MÉXICO