alicia suárez
"Savia joven en sus venas y calor en sus entrañas..."
La voz se había amalgamado con el viento. Había sido un susurro suave y misterioso. Antes del sueño, sólo un instante antes, el hombre ha traído el líquido verde, translúcido.
—Bebe.
Samantha ha estado mirando la noche. Ha percibido el insondable desasosiego que produce la negrura, en el silencio, tras los cristales. Ha abierto la ventana entonces.
El fresco aliento de la brisa roza la piel de los hombros, estremece su garganta. La brisa lleva el aroma de la flor, la corteza y los pastos húmedos. Y el olor de cosas ancestrales. El olor del polvo de las ruinas, del brote primigenio.
Samantha no conoce el olor del Tiempo.
¿Qué sensación es aquella que ha cruzado las vastedades de todos los mundos para latir en sus entrañas?
Despertó repentinamente y se prendieron sus pupilas a aquellas otras profundas pupilas brillantes de triunfo.
Era la media tarde.
—Leonard...
Ella tenía ojos dorados. Los descubrió de pronto tan dorados como la tarde en que se habían encontrado bajo el sol y él había advertido que no eran verdes, sino del color del oro.
"¿Recuerdas... recuerdas ese atardecer...?"
No, aún no. Aún no.
—Leonard.
—Todo está bien ahora, querida. Dime como te sientes.
—Bien. Me siento maravillosamente bien. ¿Qué ha sucedido? Oh, Leonard... abre la ventana, quieres?
El hombre caminó hacia el amplio ventanal y dejó que la esencia de la tarde perfumada penetrase en el cuarto. Después observó el rostro de la mujer; las tersas mejillas arreboladas, la boca-capullo, rosada, perfecta.
—¿Sientes la fragancia de los azahares, Samantha? Han florecido los naranjos... Has estado inconsciente un largo tiempo; cuando aún no había flores en las copas de los naranjos. Ahora... ahora yo te hablaré de ella. Hablaré de su cuerpo como el tuyo, de sus ojos embriagados de sol. Pronto, pronto será tan perfecta como una mujer. Y yo diré: toma, tómala Samantha, es para tí.
—Sí, recuerdo. Quiero verla, Leonard. Quiero...
—Iremos caminando por los campos primero. Sólo caminaremos sin dirigirnos hacia ningún lugar. Has permanecido allí quieta y en silencio. Has estado tan quieta, Samantha... Todo está aguardándote. Tu vestido, te pondrás tu vestido blanco...
—¿Vestido blanco?
—Hay un vestido para tí. Te verás bonita.
Dejando atrás la casa con sus recovecos frescos y silentes, y el perfume de los primeros capullos abiertos junto a las paredes blancas, se extendía el fecundo océano tierra siena ramificándose en polvorientos senderos semicubiertos de hierbas, desgajándose en madreselvas y rosas silvestres, desangrando gota a gota su savia preciosa en racimos morados, henchidos, brillantes.
Ellos avanzaban por el camino, los pies descalzos como un ritual de la primavera, las manos unidas, latiendo las palmas calientes. El albo vestido se había enjoyado con la verde sangre de los tallos jóvenes, con el trémulo desgarro de los pétalos rosados, amarillos, escarlata. Un fruto pequeño, tierno corazón del crepúsculo lila, dejó tres manchas del color del vino y Samantha, Proserpina pálida de la media noche, emergida de mil párpados quietos, mil rojos segundos latiendo en las tinieblas, despojóse de la túnica vestal y se hundió en la fragante alfombra florida. De pie en lo alto de la colina, Leonard la vio ascender, los largos muslos elásticos hendiendo el aire, el sol último centelleando en los cabellos. Allí, el aire golpeando el rostro, el torso del hombre y su cuello y sus brazos. La brisa perfumada de naranjos y jazmines, perfumada de madera y mar y follaje y muros y raíces. La brisa sabiendo a duraznos roza las manos de Samantha; acaricia su pecho, aletea en su cintura.
Un susurro, un leve deshojar de la boca-capullo.
—Es la esencia del estío.
—Sí, el verano ya está en el aire, Samantha.
Leonard tomó su mano y descendieron lentamente.
Llegaron al gran taller con el cielo obscurecido y los susurrantes árboles atrás, desdoblándose en sombras afiladas. La puerta ancha, sólida como el portal de una fortaleza, se echó hacia un lado y los oídos se aguzaron instintivamente para acusar el chirrido. Leonard movió su brazo. Junto a la pared, mágicamente, lo elevó y la luz se esparció de pronto; y pareció que hubiese tardado cinco segundos más en llegar a los rincones.
—Oh... —dijo Samantha.
Allí estaban los cromos y los aceros azules. Las ruedas enormes y pequeñas, las ruedas dentadas, lisas, sencillas, extrañas. Los cables blancos, rojos, negros, amarillos. Y los frascos, los frascos de cristal y los tubos conteniendo líquidos y cosas desconocidas. Y estaban los muebles con los misterios tras sus puertas.
—¿Ha estado aquí... ha estado aquí todo esto mientras yo dormitaba fuera de la vida...?
Samantha quiso recordar algo de la inconsciencia y fue como un humo blanco y denso que se negara a expandirse, permaneciendo tras sus doradas pupilas petrificado y estático.
Ella se volvió hacia Leonard y él habló muy suavemente. Ella miró sus labios que se entreabrían apenas para dejar pasar las palabras.
—Tú has estado en este lugar, Samantha. Te he necesitado para crearla y por eso has yacido allí, en la camilla. Por las noches, cuando yo trabajaba.
Había dos camillas. Samantha se acercó, los párpados cubrieron sus pupilas y pudo entonces oír el ronroneo de las máquinas. El arrullo, el tintinear, el golpeteo, el rodar de las máquinas sudando aceite. Y pudo imaginar las manos, las largas manos de piel dorada, vigorosas y sensitivas, trabajar sobre su cuerpo copiando sus miembros, sus manos, su rostro.
Después, ambos salieron y caminaron cruzando las sombras de los árboles. Leonard se detuvo al pie de la escalinata y Samantha le escuchó ya en el porche:
—Es una noche muy hermosa. Como aquella noche que supe iba a construirla y reí, reí...
Samantha temió esa noche.
El viento aulló como un cachorro de fiera descubriendo un juego nuevo.
"Savia joven en sus venas y calor en sus entrañas... — ha escuchado la voz enfebrecida. El temor ha subido a su garganta. ¿Qué iría a ocurrir ahora o después, en algún momento en la casa, con aquella "mujer"?
Era como si no fuese un robot. Un ser humano, un perfecto ser humano.
Samantha temió por ella.
—¡Samantha — dijo Leonard a sus espaldas. Y aspiró el aire y olió el polvo de las ruinas y el húmedo interior de las ánforas sepultas y el moho en las paredes de las piedras cubriendo a los muertos en la tierra profunda. — Pronto estará lista, pronto... ¿Sientes el olor del Tiempo?
No, ella no ha percibido el olor del Tiempo. Se ha estremecido. Casi creyó que los largos dedos amasadores de seres-perfectos-con-vida-no-humanos, hubiese rozado sus hombros. Pero sólo la brisa ha jugado sobre su piel.
Pensó en la robot que aguardaba en el taller, y bebió el líquido verde que sabía a menta fresca.
"Cocinará por mí, lavará por mí; pero yo cortaré las flores y sumergiré sus tallos en los jarrones de cristal, yo lo haré... ella atenderá también a la odiosa señora Brand; la atenderá por mí."
Si al menos pudiese recordar la noche en que Leonard había pensado en la robot y había reído...
Algo susurró Leonard y ella creyó adivinar:
—Savia joven, savia joven, savia joven...
—Zzzrrrrrrrh... rrrrr... zzziiiiiibbb...
Aun zumban las máquinas y ronronean. Samantha está muy quieta en su camilla. Las máquinas parecen rodar y girar en su cabeza. Quizás sólo se escuchan dentro de su cráneo.
Leonard no está allí.
"Regresará pronto..."
Parece lógico si se piensa que pronto estará allí, entre las máquinas.
Ahora Samantha gira la cabeza y no alcanza a distinguir la otra camilla con el bulto inmóvil. Está obscuro.
"Habrá que convivir con ella, tratarla bien."
Claro. Está tan obscuro todo...
Se incorpora lentamente, con cierta dificultad. En la otra camilla... No puede verla pero allí está, allí, a unos pasos. Y ella... necesita tocarla. Los cabellos, la línea del cuello y los hombros...
La mano desciende, desciende, se detiene; desciende otra vez y roza la superficie de la camilla. Ahora, las dos manos palpan frenéticas la blancura semimullida.
"¡Se ha ido, la robot se ha ido...!"
Qué extraño es estar allí, de pie en el taller, en la obscuridad...
La puerta, la puerta se ha abierto y la luz se expande. Y los pasos y las voces.
—...fue perfecto, todo perfecto querida.
—¿Se acostumbrará?
—Sí. El último paso — Leonard descubrió el pequeño objeto azulado en el hueco de su mano y presionó los botones.
Samantha, tres manchas del color del vino en su vestido blanco, no-Proserpina-naciente-de-la-tierra-hacia-el-verano los vio, el hombre sonriendo, la mujer de ojos dorados, mejillas tersas, boca-capullo, largos miembros elásticos...
—Esta tarde vendrá la señora Brand. Oh, querida, esa mujer es insoportable; es tan... tan...
—Sí, sí, lo es.
—¿La atenderás tú, verdad Samantha?
Algo se quebró dentro de Samantha, en su cráneo, con un estallido colosal que eclipsa el sonido de las máquinas. Algo comenzó a funcionar coa la precisión de un reloj; algo que, mientras por la amplia puerta llega el olor del verano y el de todos los anteriores veranos que ella no alcanza a percibir, le obliga a responder:
—Sí, señora.
BRASIL