7
En la sala de control, Radu trató de contarles a los pilotos el sueño que había tenido. Comenzó a hacerlo dos veces, y se interrumpió otras tantas, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Volvió a intentarlo, buscando torpemente conceptos para los que carecía de lenguaje.
—Caminaba por un sendero —dijo—. Era muy preciso. Cada curva era un ángulo recto, pero... —Vaciló, seguro de que Vasili y Ramona se reirían de él—. Cada vez que encontraba un nuevo sendero, pensaba que era perpendicular a los demás. Nunca ascendía, el terreno era completamente llano... —Se interrumpió nuevamente. No estaba transmitiendo información sino su propia tensión y confusión, y ésa no era la mejor manera de hacer que los pilotos le creyeran. Además, él sabía mejor que nadie que los sueños eran imágenes. Lo que necesitaba comprender era qué significaban esas imágenes—. Eso sucedió durante seis segmentos. Pero cuando llegué al séptimo, oí a Laenea. Entonces desperté.
Ninguno de los dos pilotos habló. Vasili se había puesto terriblemente pálido. Miró a Ramona. Ella miró a Radu y su serenidad se vio alterada por un acceso de shock. Inclinó la cabeza, apretando el puente de la nariz entre el pulgar y el índice como si se sintiera muy cansada.
—Tal vez interpreté mal las direcciones extra —dijo Radu rápidamente.
—Las direcciones no —dijo Ramona-Teresa—, las dimensiones.
—¿Siete de ellas?
—Siete dimensiones espaciales en teoría, seis en la práctica, hasta hoy.
—La séptima no existe, Ramona —dijo Vasili.
Ramona se las ingenió para sonreír.
—Es verdad —reconoció ella—, y no existirá hasta que alguien la perciba.
—Eso no es más que mierda filosófica; si estuviese ahí alguno de nosotros la hubiera descubierto; yo mismo la he buscado.
—Ah —dijo Ramona—, ¿has detectado un efecto en la prueba?
—Las pruebas son aburridas —dijo Vasili.
Ramona se echó a reír.
—Esto es muy duro para tu orgullo, y también para el mío, puedes creerme.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Radu con desesperación—. No es otra dimensión lo que estamos buscando, sino la nave de Laenea.
—Él ni siquiera comprende lo que esto significa —dijo Vasili a Ramona visiblemente disgustado.
—¿Si encontramos la nave perdida? Creo que sí —dijo Radu.
—La nave perdida no..., la séptima.
Radu frunció el ceño.
—Se puede navegar nuestra galaxia con cuatro —dijo Vasili—; la gente que percibe cuatro es fácil de encontrar; aquellos de nosotros que percibimos la quinta y la sexta somos muy raros, y no nos preocupamos demasiado porque la sexta sólo alcanza el vacío espacio intergaláctico... La séptima abrirá el universo.
—Ni siquiera hemos terminado de explorar los sistemas que se encuentran a nuestro alcance —dijo Radu—. ¿Qué diferencia hay si podemos llegar a Andrómeda o sólo a la mitad de camino?
—Seríamos ilimitados... Podríamos rastrear la historia de un quásar, los físicos experimentales podrían ponerse al día con sus teorías, las posibilidades son inimaginables. —Vasili se volvió lentamente hacia el espacio exterior—, Y tal vez hasta podríamos descubrir qué es exactamente lo que estamos haciendo aquí.
—Está bien —dijo Radu débilmente a la espalda de Vasili. Sabía que debía sentirse excitado por la idea de un logro tan extraordinario en el campo del conocimiento, pero sólo se sentía muy cansado y abrumado por los acontecimientos—. Está bien. Entiendo.
—No, en realidad no lo entiende —dijo Vasili sin mirarle—, y, de todos modos, no es más que una coincidencia.
—¿De verdad? —dijo Ramona. Miró a Vasili mientras respiraba de la mascarilla. Él la miró, apartó la mirada y se movió inquieto—. ¿Eso es lo que quieres creer, por tu orgullo?
Vasili se colocó su mascarilla de oxígeno y permaneció en silencio.
—Lo que acaba de describir —le dijo Ramona a Radu —es una completa representación del plan para un primer vuelo de entrenamiento, en el cual el instructor lleva al nuevo piloto a lo largo de la intersección del hiperplano con una sola dimensión a la vez. —Hizo una pausa para recobrar el aliento—. Primero se orienta al nuevo piloto con las tres dimensiones normales, luego se introduce la cuarta, la quinta y la sexta si pueden percibirlas. —Hizo otra pausa para que sus palabras surtieran el efecto deseado—. Hasta donde puedo decirlo, suponiendo la progresión habitual, y relacionando su percepción del tiempo con mi percepción de la distancia, usted ha recibido un rastro preciso de la ruta que hemos estado siguiendo.
—Yo... —Radu sacudió la cabeza.
—Sí —dijo Ramona—, a nosotros también nos cuesta trabajo aceptarlo.
—¿Y qué? —dijo Vasili, gesticulando hacia los grandes cristales que permitían contemplar el espacio—, ¿Acaso él puede mirar ahí fuera y enseñarnos el camino hacia la séptima dimensión? —Su tono era belicoso—. ¿Puede percibir siquiera la cuarta?
—No —dijo Radu—. No puedo ver nada.
—Aún estamos siguiendo su plan de vuelo, pero estamos cerca del lugar donde deberían haber girado para volver al punto de partida, de modo que ¿qué hacemos cuando lleguemos allí?
—Aún no lo sé —dijo Radu—. Por favor, no hagan girar la nave. Aún no es el momento.
Vasili gritó:
—¡El tiempo no significa nada en tránsito!
—Para mí sí —dijo Radu.
Radu miró hacia el espacio buscando cualquier cosa, algo en esa masa gris e informe. Estaba tan hastiado de ella que los relámpagos de color imaginario aumentaron su intensidad. Deseó que, si tenía que sufrir alucinaciones, fuesen agradables.
—Tendré que girar —dijo Vasili—. Nos dirigimos directamente a una anomalía.
Una de las brillantes alucinaciones centelleó, no en un extremo del campo visual de Radu sino en el centro, y esta vez permaneció en ese lugar.
Parpadeó, esperando que se desvaneciera como las otras que había tenido.
En cambio, la alucinación se hizo más grande y, al mismo tiempo, su sustancia se unió, los colores se intensificaron y se engrosaron, entrelazándose y separándose como las hebras de un tapiz.
—¿Me ha oído? —gritó Vasili—. Si Miikala y Laenea han seguido este camino, entonces se han ido, para siempre, ¡y nosotros también nos perderemos!
Radu permaneció completamente inmóvil, temiendo que cualquier movimiento, cualquier mirada rápida pudiera desvanecer su visión.
—¡Ramona! —gritó Vasili.
—Sí, gira la nave, ¡rápido!
—No, Vasili, ¡no lo haga!
El piloto más joven alejó la nave de la superficie brillante y agrietada. Radu embistió. Apartó a Vasili de su camino golpeándole con el hombro a modo de ariete y lanzándole contra la cubierta. Los controles estaban calientes bajo sus manos. Los movió contra el impulso de la nave y la sacudida penetró en la gravedad artificial.
Radu se tambaleó y estuvo a punto de caer. La enorme mancha, teñida de un profundo color, más ancha y más alta que la nave, se abrió para recibirles. Se convirtió en una burbuja de jabón, transparente, brillante, una aurora que resplandecía con más intensidad que aquellas de los resplandecientes cielos de Twilight. Era un sólido fulgor de fuego.
Radu dirigió la nave directamente hacia él.
Vasili lanzó un alarido.
La nave de tránsito se estremeció. Radu esperaba que en cualquier momento el fuselaje se abriera y dejara escapar el aire hasta extinguir todos los sonidos. Pero la nave atravesó la aurora y la aurora pasó a través de la nave. Radu había imaginado el paso a través de las dimensiones pero no podía describirlo, los colores le invadían y pasaban a través de su piel, su carne y sus huesos. Temblaba como si le estuvieran tocando. Sentía que podía salir y contener todo el universo en sus brazos, en toda su extensión.
En ese momento comprendió lo que los pilotos sabían sobre tránsito.
Radu se dejó caer en el asiento del piloto, aturdido y confuso. Todo lo que le rodeaba, máquinas y personas, estaban cubiertos de luz y sombras. Se frotó los ojos, pero las sombras no desaparecieron.
Vasili se puso de pie, se acercó a Radu y le cogió de la pechera de la camisa.
—¿Qué es lo que ha visto? ¡Dígame lo que ha visto!
Radu le miró la mano, fascinado por las múltiples imágenes, temeroso y exultante al mismo tiempo. Extendió la mano para que Vasili aflojara la presión, pero tan pronto como le hubo tocado, el joven piloto apartó la mano con una maldición. Radu quería sentir pena por él, quería sentir ira hacia él, pero no podía despertar su atención.
—Maldita sea, dígame...
—Vasili, Radu —dijo Ramona suavemente—, ahí...
Estaba señalando hacia el exterior.
«No lo bloquees esta vez —pensó Radu—, No te convenzas de que no puedes ver nada.»
Se volvió lentamente y miró a la dirección que señalaba Ramona.
Un grupo de imágenes como los trozos de un espejo roto; ante ellos se veía el brillo irregular de otra nave de tránsito.
Ramona se hizo cargo de los controles. Guio la nave en dirección a la otra.
Vasili lanzó una maldición y trató de apartar a Radu del asiento del piloto.
Radu permaneció inmóvil, poniendo a prueba sus cambiantes percepciones. Miró a Vasili, buscando la verdadera imagen entre la multitud de reflejos similares.
—Le diría lo que he visto si pudiera hacerlo —dijo—. Por favor, tiene que creerme. Pero aún no lo sé.
—¡No le creo!
—Basta, los dos —dijo Ramona tajantemente—; hay que prepararse para el acoplamiento.
Ramona realizó un acoplamiento ruidoso y torpe; las dos naves se unieron y los amarres coincidieron y se mantuvieron mientras el impulso y la inercia se combinaban para producir un giro extraño.
Sin detenerse a hacer las correcciones necesarias, Ramona corrió hacia la esclusa neumática. Ignorando a Vasili, Radu corrió tras ella.
Chocó contra una pared, lastimándose un hombro. Los ojos se le llenaron de lágrimas, fragmentando aún más las múltiples visiones. Sacudió la cabeza, frotando la manga de la camisa contra sus ojos.
La esclusa neumática comenzó su ciclo. Siguió corriendo a través del pasillo.
Ramona saltó a la otra nave. Radu vaciló. Los pasos del piloto reverberaban en el aire. La siguió.
Ella no se detuvo en la cámara de sueño que estaba a oscuras. Pero Radu lo hizo. Las luces de los sensores y los instrumentos proyectaban un débil resplandor.
Radu se inclinó sobre una de las cámaras. Todo lo que sabía era que registraba actividad.
—Ramona, el miembro de la tripulación se encuentra con vida —dijo.
Ella continuó su camino.
—Laenea...
Radu quería gritar, pero su nombre salió solamente en un débil murmullo.
Siguió a Ramona al salón de la tripulación. Ella se detuvo tan súbitamente que Radu estuvo a punto de arrollarla; luego Ramona dio algunos pasos vacilantes y volvió a detenerse. Un cuerpo yacía sobre el sofá. La sábana que lo cubría oscurecía sus formas.
Radu vio a un hombre vivo, a un hombre muerto, a un hombre agonizante. Jadeó, contemplando atentamente la transición a las cenizas.
Ramona apartó la sábana y miró en silencio el cuerpo de Miikala.
En su expresión había una gran pena, ni repulsión, ni temor ni sorpresa: ella no podía ver lo que Radu había visto. El cuerpo de Miikala era la realidad para ella.
Radu solamente era capaz de conferir sentido al resto de las imágenes como una proyección del pasado, del futuro, como si las dimensiones de espacio y tiempo se hubiesen vuelto igualmente accesibles para él.
Radu no estaba sorprendido y apenas podía sentirse repelido, porque en Twilight había visto muertes peores que ésa. Tratando de no cerrarse completamente a lo que había aprendido a ver, pero sabiendo que debía simplificarlo o volverse ciego, Radu proyectó gradualmente cada sombra en una realidad simple que eligió lo mejor que pudo.
El proceso era parecido a sumergir un cubo de tres dimensiones en una hoja de papel de dos dimensiones, algo así como cambiar el foco de visión desde una distancia muy lejana a una muy próxima.
Lentamente regresó a un mundo donde las sombras no destruían los objetos, un mundo menos opresivo para sus sentidos. Pero ya no era lo que había sido antes. Y Radu dudaba de que alguna vez volviera a serlo.
Ramona se arrodilló junto a Miikala y le tocó la garganta, buscando, seguramente no una pulsación, sino calor, cualquier signo de vida.
Radu deseó poder tocarla, cogerle la mano, abrazarla sin causarle daño, porque aquí ella sólo encontraría tristeza.
Aun cuando Miikala se hubiera suicidado, Radu sabía que Laenea no permitiría que un miembro de la tripulación despertara cuando pasara el efecto del anestésico, para morir solo y de una manera horrible.
Pasó junto a Ramona y se dirigió a la sala de control.
Laenea yacía en el asiento del piloto y una mano colgaba hacia el suelo, con la mascarilla de oxígeno sobre el rostro y los instrumentos brillando delante de ella. Radu se acercó, aterrorizado, temiendo contemplar nuevamente la transición a huesos y cenizas.
—¿Laenea?
Su voz se quebró.
La mano de Laenea se movió.
Radu se sobresaltó ante el sonido que hacían las puntas de sus dedos al rozar la cubierta.
Y luego ella se estiró, y se quitó la mascarilla y bostezó. Apartó el pelo hacia atrás, del mismo modo en que lo había hecho durante los pocos días que habían estado juntos, cuando él la observaba despertando de un sueño profundo.
—Laenea...
Ella se puso de pie, girando para enfrentarse a él, con su larga cabellera enmarañada.
—¡Radu! —Ella miró a su alrededor aún medio dormida y confusa—. Estaba soñando contigo... ¡Aún estoy soñando, debo de estarlo!
—No, es real. Hemos venido a buscarte.
Radu comenzó a sonreír; ella rio con fuerza, su maravillosa, abierta risa de placer y sorpresa; la sonrisa de Radu se convirtió en una risita absurda, gorjeando de alegría.
Se echaron uno en brazos del otro, en un abrazo prolongado e incrédulo. A ninguno de los dos le preocupaba que uno fuese piloto y el otro no.
—¿Cómo es que estás aquí? —Ella tocó la base de su garganta, donde hubiese terminado la cicatriz en caso de haber tenido una—. No eres un piloto y sin embargo estás despierto... y vivo...
—No sé cómo explicarlo. Me desperté en tránsito. Sabía que tu nave tenía problemas.
—¿Problemas...? Pero... —Se quedó sin aliento, cogió la mascarilla e inhaló con fuerza—. Lo siento, todavía no estoy acostumbrada.
—Declararon perdida tu nave. Pero... algo... me sucedió en tránsito. Yo sabía que tú estabas aquí, y viva.
—¿Cómo pudieron declarar perdida la nave? No ha estado aquí mucho tiempo. Quiero decir que no parece que haya estado aquí mucho tiempo.
Laenea volvió a colocarse la mascarilla, todavía no era capaz de conservar el aliento y pronunciar frases largas, como los pilotos más experimentados.
—Tu nave está retrasada dos semanas, y eso después de que ellos concedieran el máximo de tiempo para el viaje.
Ella meneó la cabeza.
—Supongo que comprendes lo difícil que es mantener la noción del tiempo aquí.
—Me lo han dicho. Repetidamente.
—Sólo me senté para tratar de analizar las cosas que estaban pasando y buscar la forma de regresar a casa —dijo ella—. Supongo que me quedé dormida. Después de que Miikala... —Su voz se desvaneció y miró por encima del hombro de Radu—. No has podido venir aquí solo, seguramente...
—No. Convencí a los pilotos para que me ayudaran. Vasili y Ramona-Teresa...
—¡Ramona! ¿Está aquí? ¿Dónde?
—Estaba conmigo... en la otra sala.
—Oh, no...
—¿Qué sucede?
—Miikala está ahí.
—Lo sé. Vi... ¿Tú ves las cosas de forma diferente aquí?
Ella ignoró su pregunta.
—Radu, Miikala y Ramona eran amantes, eran amantes incluso antes de convertirse en pilotos.
Laenea corrió hacia la otra sala.
Radu fue tras ella.
«Por supuesto», pensó él. Se sentía avergonzado, apenado y estúpido. Todas las claves volvieron a él, ahora que ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto. Hasta ahora las había ignorado y ya era demasiado tarde. Había abandonado a Ramona con su tristeza.
Ella estaba arrodillada junto al sofá, mirando a Miikala. Laenea se arrodilló a su lado y la abrazó. Radu permaneció impotente junto a ellas.
—¿Qué sucedió? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿A qué se refería él cuando dijo que estaban experimentando con un novato en la nave? ¿Perdió la esperanza cuando se perdieron? Oh, maldita sea.
Laenea se inclinó sobre ella.
—Se suponía que era simplemente un vuelo de entrenamiento, eso es verdad. Entramos en tránsito... ¡Oh, Ramona, cuánto lo siento!
—Lo sé, querida.
Ramona hablaba suavemente, con los ojos cerrados y las lágrimas mojando sus largas pestañas negras.
—Pero al terminar el viaje, cuando él dijo que debíamos regresar, fue como si me dejase los controles de un avión que nunca despegó.
Ramona-Teresa se volvió con una expresión de sorpresa.
—¿Tú lo viste? ¿Tú, Laenea? ¿Por primera vez?
—Se lo enseñé a él, y también pudo verlo. Así fue como sucedió. De modo que entramos en eso, para ver cómo era. Yo vi... yo sentí... —Se interrumpió—. No encuentro las palabras adecuadas. Él sólo había empezado a enseñarme.
—Ni siquiera Miikala tenía las palabras adecuadas para lo que tú has hecho —dijo Ramona.
Su voz se quebró y su compostura, finalmente, se derrumbó. La piloto independiente y segura ocultó el rostro contra el hombro de Laenea y te muchacha la abrazó, meciéndola tiernamente. Radu sabía de qué modo la posibilidad de la alegría podía intensificar la tristeza; la alegría no significaba absolutamente nada cuando uno estaba solo.
—Él estaba estático, Ramona —explicó Laenea—, Me explicó lo que significaría la séptima dimensión. La exploramos un breve trecho. Pensé que él simplemente estaba cansado. Pero luego tuvo... un ataque. No lo sé. Traté de reanimarlo... —Apartó la mirada de Ramona y contempló el cuerpo de Miikala—. Sé que nunca sintió ningún dolor. Pero aún estaría vivo si yo no...
—¡No puedes saberlo! —dijo Ramona con rabia. Se enjugó las lágrimas que bañaban sus mejillas con el dorso de la mano y luego habló con más calma—. Tal vez fue la séptima lo que le mató, pero tú no debes culparte por ello, tú... debes pensar que éste no es un mal sitio ni un mal momento para que un piloto muera. —Se interrumpió con la voz a punto de quebrarse—. Eso es lo que me diré a mí misma.
Ramona comenzó a llorar nuevamente y Laenea no aflojó su brazo.
—Vamos —dijo Laenea—. Salgamos de aquí.
Alejó a Ramona del cuerpo de Miikala, de regreso a la sala de control y al asiento del piloto.
—Estoy bien —dijo Ramona—. Estaré bien.
—¿Entraste en la séptima dimensión?
Radu se sobresaltó. Vasili se hallaba en las sombras de la escotilla, y los ángulos marcados de su rostro resaltaban bajo los haces de luz.
—Sí —dijo Laenea simplemente.
—¡Estás mintiendo! —gritó Vasili y se marchó.
Laenea le miró cuando se marchaba.
—Estamos en ella —dijo con voz tranquila, como si él aún pudiera oírla—. Siempre lo estamos.
Para Radu, por primera vez, Laenea era un piloto. Podía ver el cambio en su aspecto y en sus modos. Luminosa y serena, Laenea miró a Radu y le acarició la mejilla.
Ésa era, temió Radu, la última caricia entre ellos. Nada de lo que había hecho o visto podía superar la desarmonía esencial entre pilotos y seres humanos ordinarios.
Radu cubrió la mano de Laenea con la suya. Le besó la palma y luego la soltó suavemente. Ella le miró durante un largo momento, asintió con un leve gesto de la cabeza, y se apartó de él, mientras Radu hacía lo mismo.
—Vamos —dijo Laenea—. Regresemos a casa.
Título original: Transit
Traducción de Gerardo Di Masso