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Alguna decepción era necesaria, pero Ramona-Teresa tenía tanta antigüedad que, para cuando Vasili, Radu y Orca consiguieron plaza en el transbordador y regresaron a la Estación Tierra una nave la esperaba para llevarla a casa para el viaje que había solicitado. Cualquiera de la tripulación, y casi todos los demás pilotos, hubieran tenido que esperar un viaje programado, pero ésta era una cortesía para Ramona-Teresa, que ella nunca antes había exigido. Hubiese sido rechazada, naturalmente, si los administradores hubieran sospechado lo que pensaba hacer realmente con la nave. Y seguramente hubiesen sospechado algo si hubieran tenido conocimiento del material extra que Vasili le pedía a un amigo en la sección de planificación del equipo X.
A Radu le hubiese gustado que Vasili no formara parte de la expedición. Pero Ramona le había elegido porque, de todos los pilotos, era el mejor.
Abordaron la nave de tránsito y despegaron de la Estación Tierra. Vasili comenzó a calcular un curso al punto de tránsito que había iniciado el entrenamiento de Laenea; Radu acompañó a Orca a su cámara de sueño. Ella ya la había preparado. Radu la abrazó, memorizando la presión de sus brazos alrededor de su cuerpo, el tacto de sus manos fuertes sobre su espalda. Ella le besó en la garganta, en el borde de la mandíbula. Su pulso se aceleró contra la ligera presión de sus labios. Ella nunca le había besado antes, y Radu sólo tuvo tiempo para preguntarse, no para preguntar, si ella estaba transmitiéndole algo más que un simple mensaje de despedida.
Ella se apartó lentamente, deslizando las manos por su espalda y sus flancos y cogiéndole los antebrazos.
—Buena suerte —dijo.
—Estoy contento de no estar completamente solo —dijo él.
—Yo no tendré problemas al estar profundamente dormida, pero... —Orca se encogió de hombros, se metió en su cubículo y se acostó—. Cuídate ahí fuera.
Se acomodó, colocándose la mascarilla sobre la boca y la nariz, e inspiró profundamente. Muy pronto, sus pupilas se dilataron y sus párpados se cerraron.
Radu desató sus zapatos rojos, se los quitó y los colocó debajo del cubículo. Los cubículos eran de tamaño estándar, de modo que ella parecía muy pequeña en su interior. Radu sintió el súbito impulso de buscar una manta para cubrirla con ella. En cambio, cerró la tapa y se incorporó.
Ramona-Teresa entró en la habitación cuando la alarma automática comenzó a sonar.
—Está dormida —dijo Radu.
—En relación a los instrumentos, usted también lo está.
Ella abandonó la habitación. Radu no interpretó su brusca partida como un insulto; Ramona, también, debía prepararse para tránsito. Ni ella ni Vasili podían correr el riesgo de ver perturbado su biocontrol o su concentración.
Los segundos pasaron vertiginosamente. Radu reflexionó por última vez en lo que iba a hacer, en lo que estaba tratando de hacer. No era mejor que un juego en el que la muerte era una solución posible, un juego del que no conocía todas las reglas. Pero el precio de la victoria era muy alto, y ya era demasiado tarde para abandonar la competición.
Giró para mirar el puerto justo en el momento en que el espacio oscuro y estrellado se tornaba de un color gris plateado. Dejó de moverse, dejó de respirar esperando los cambios que comenzarían a producirse si su extraña habilidad sólo había sido temporal. Pero, igual que la vez anterior, no sucedió absolutamente nada. Regresó a la sala de control.
Los pilotos se habían colocado sus tanques de oxígeno y sus mascarillas inhalatorias. Vasili estaba observando algo que pasaba por su campo visual... algo invisible, en lo que a Radu concernía. Ramona-Teresa miraba hacia el infinito.
—Voy a seguir el plan de vuelo proyectado por Miikala —dijo Vasili —tan cerca como pueda. —Respiró profundamente. Cuando volvió a hablar, el sarcasmo tiñó su voz—, Y luego supongo que querrá hacerse cargo de la navegación.
—Aún no lo sé —dijo Radu tranquilamente.
—No tendrá mucho tiempo para decidir lo que quiere hacer, porque el de ellos fue un viaje muy corto —dijo el piloto—, y no podemos viajar indefinidamente, o no tengo necesidad de decirle lo que ocurrirá.
Volvió a respirar de su mascarilla de oxígeno.
—Tal vez eso fue lo que les sucedió a ellos.
—Sigo tratando de hacerle comprender cómo funciona esto —dijo Vasili con tanta furia que tuvo que interrumpirse para volver a respirar—. No hay problema si conoces tu punto de partida y tu destino, o tu punto de partida y una ruta familiar; pero no puedes seguir indefinidamente sin salir y echar un vistazo, porque te pierdes.
Volvió la espalda a Radu y comenzó a trabajar en la zona interfacial entre la computadora de la nave y la computadora que había liberado del equipo de exploración.
—Esperemos hasta encontrar el final del plan de vuelo de Miikala antes de preocuparnos por lo que debemos hacer, Vaska —dijo Ramona débilmente, y luego a Radu—, y si percibió a Laenea estando dormido, sugiero que trate de dormir y ver qué sucede.
—Creo que eso es lo que debería hacer —convino Radu.
Vaciló un momento mirando hacia el paisaje gris. Sentía un rechazo irracional a aceptar el consejo de Ramona, por más sensato que fuese. Si se dormía y no soñaba con Laenea, para él significaría que ella estaba muerta.
En la sala de la tripulación, se quitó las botas y se acostó en el sofá. Dio varias vueltas tratando de encontrar una posición cómoda, pero, después de un rato, abandonó cualquier intento de dormir. Se levantó.
Después de todo lo que había sucedido en los últimos días, debía sentirse agotado, pero estaba completamente despierto, alerta y nervioso. En tránsito, aún se sentía reacio a entregarse al sueño normal.
Apoyó los codos en el borde de una tronera y contempló el paisaje gris. Carecía de forma y de textura; solamente su imaginación lo vestía de las brillantes luces que percibía con su visión periférica.
Tal vez pudiera ver más si prolongaba la mirada; tal vez era la privación sensorial la que creaba lo que los pilotos veían.
Pero no lo creía.
No obstante, de forma gradual e imperceptible, el denso gris mitigaba su ansiedad. Bostezó y sintió la errabundia de su atención, el estado mental ligeramente distraído que sólo provocaba el sueño. Respiró lenta y regularmente, profundas inhalaciones con la mínima concentración posible. Dejó que sus pensamientos conscientes se esfumaran. Los sonidos de su cuerpo, su respiración serena, los fuertes y lentos latidos de su corazón, se confundían con las tenues vibraciones de los motores de la nave. Era demasiado esfuerzo volver al sofá o luchar con el letargo que le invadía. Se sentó, deslizando las manos por la fría superficie del cristal y las pequeñas manchas de color en la pared. Se acurrucó en la cubierta con la espalda apoyada en un confortable rincón, con la mejilla apoyada en el brazo, y se quedó dormido.
Radu sentía frío. Temblaba de un modo incontrolable y sus dedos de manos y pies perdían toda capacidad de sensación mientras luchaba por abrirse camino en medio de una tormenta de nieve. Caminando sobre una superficie que era plana y tediosa, se movía lentamente con los brazos extendidos. Sólo podía ver hasta donde llegaban sus manos. Pero no encontraba ningún obstáculo, ni árboles, ni maleza, ni irregularidades del terreno, y tampoco había ningún sonido, incluso sus pisadas estaban amortiguadas.
La tormenta continuaba, pero alcanzó a descubrir un sendero debajo de la nieve.
Radu rompió todas las reglas que había aprendido acerca de la supervivencia en lugares inhóspitos. Estaba perdido y debería permanecer inmóvil, pero estaba caminando dificultosamente sobre la nieve profunda y siguiendo un sendero casi obstruido. Debía quedarse inmóvil en un lugar para que le encontrasen.
Para que le encontrasen: se echó a reír.
Los segundos eran la única medida de la distancia que había cubierto, y sin detenerse a pensar en ello continuó su camino. El sendero giraba en un ángulo recto. Radu lo siguió.
En la segunda curva, se detuvo.
Sabía lo fácil que resultaba desorientarse cuando uno estaba perdido. Sin un punto de referencia, distancia y dirección carecían de significado. Volvió la vista hacia el sendero pero no pudo ver en qué lugar había girado, y el sendero se estaba cubriendo rápidamente de nieve.
No había forma de probarlo, ninguna forma siquiera de demostrárselo a sí mismo, pero en su mente estaba seguro de que este tercer sendero discurría perpendicularmente a los otros dos. No obstante, la tierra seguía siendo monótonamente chata y las únicas dimensiones que le quedaban eran arriba y abajo.
Cogió a regañadientes el tercer sendero. Era sólido y seguro y no experimentó ningún cambio notable en la gravedad y la nieve continuaba cayendo desde «arriba».
Cuando apareció el cuarto sendero, perpendicular a los otros tres, casi tuvo éxito en encontrarlos todos muy divertidos. Cuando era más joven y estudiaba las matemáticas elementales, había conseguido conquistar la geometría tridimensional por la fuerza bruta. Las cuatro dimensiones espaciales le habían llevado a un empate; podía manipular las fórmulas pero no visualizar lo que representaban. Las cinco dimensiones le habían tendido una emboscada, dejándole tan magullado que ni siquiera ambicionaba la venganza. No obstante, se adentró en un quinto sendero, que nuevamente discurría perpendicularmente a los otros, y navegó por él fácilmente.
¿Hasta dónde continuaría esto? Él había oído hablar, aunque nunca las había estudiado, de unas geometrías con infinitas dimensiones.
Su cuerpo se estaba cansando. Su cerebro comenzaba a jugarle malas pasadas, con sonidos y luces imaginarios. Radu deseaba un atisbo mínimo de realidad, aunque sólo fuese el leve sonido de los copos de nieve al caer.
Creyó oír a alguien que le llamaba en medio del silencio.
—¿Laenea?
No obtuvo respuesta.
Al mismo tiempo, la nevada se hizo menos copiosa y pudo ver la siguiente curva.
Corrió hacia el sexto sendero y continuó caminando.
Era tan largo que comenzó a pensar que había cometido un error. Las depresiones en la superficie plateada de la nieve eran tan débiles que temió haberse perdido y estar siguiendo una ilusión. Pero se había mantenido atento a una próxima curva. No había visto ninguna y en ciertos ángulos delante de él la senda era completamente visible. En Twilight había sido un buen rastreador cuando había sido necesario. El sendero estaba ahí. La nieve se había amontonado profusamente y su marcha se volvió más lenta, cansándole más que antes. Suponía que había estado caminando durante cinco horas. Se preguntó si realmente había viajado todo ese tiempo desde el punto de vista de los pilotos, y en caso de ser así, si ellos podían decirlo. Tal vez había sido el responsable de que la nave se perdiera.
Extrañamente, esa posibilidad no pareció molestar a Radu.
La nieve era traicionera. Resbaló y cayó sobre manos y rodillas. Luchó por ponerse de pie, demasiado deprisa, y volvió a caer pesadamente. De espaldas sobre la nieve podía oír los latidos cada vez más acelerados de su corazón. El sonido llenaba sus oídos y brillantes luces explosionaron delante de sus ojos. Gritando, se tapó los ojos con los brazos.
Radu se obligó a tranquilizarse. Volvió a recobrar el control de su cuerpo y se obligó a recordar dónde estaba y qué estaba haciendo. Levantando cautelosamente la cabeza, se irguió apoyándose en los codos. Abrió los ojos y vio la siguiente curva; la curva que lo conducía a la séptima dimensión.
Se puso de pie con evidente esfuerzo y observó el séptimo sendero. No sabía cuántos otros senderos encontraría; y lo peor era que ignoraba con cuántos tendría que enfrentarse.
La voz volvió a llamarle. A pesar de la nieve y del peso del silencio, la voz de Laenea llegó hasta él, clara y próxima.
Radu se incorporó de un salto, completamente despierto, con las manos extendidas delante de él.
Parpadeó lentamente, regresando a la sala de la tripulación. Temblando, trastabilló hasta la pared y miró a los dos pilotos que le observaban desde la puerta.
—¿Me han llamado? —preguntó estúpidamente.
—No —contestó Ramona—, fue usted quien nos llamó.
—Estamos cerca del final del vuelo, no tenemos otro sitio adonde ir, salvo regresar al punto de partida o al espacio normal —dijo Vasili.
El absurdo reloj mental de Radu se tambaleó y chirrió y le dijo que había estado durmiendo casi tanto como había caminado en el sueño. Relacionando el tiempo del sueño con el tiempo real, o el tiempo tan real como nunca lo había sido durante el tránsito, él estaría volviendo al sexto sendero, el más largo de todos.
—Sigamos adelante.
—¿Hasta dónde?
Radu se encogió de hombros.
Vasili sonrió y se alejó.