1

Radu Dracul cerró suavemente la puerta y se alejó de Laenea Trevelyan, a quien había conocido durante muy poco tiempo pero a la que había amado durante mucho más.

No tenía sentido despertarla, y tampoco prolongar sus despedidas. Nada de lo que él y Laenea pudieran decirse supondría ninguna diferencia. La brutal experiencia les había enseñado la razón por la que los pilotos estelares jamás se mezclaban con la tripulación. El cambio al que se sometían los volvía incompatibles con los seres humanos ordinarios.

Laenea era un piloto y Radu era un ser humano normal y corriente. Él tenía en su poder documentos del comité de selección de pilotos, que le había rechazado, para demostrar que nunca sería otra cosa.

De modo que Radu Dracul cerró las puertas, colgó el bolso de su hombro y se marchó.

Entró en el ascensor. La caja ascendió suavemente hacia la superficie del mar. En el ascensor no había nadie más, una circunstancia que agradeció. Se sentía incapaz de mostrarse cortés y mucho menos de participar de los gestos de la convención social.

Se sintió más solo de lo que jamás había estado desde la epidemia que asoló su mundo natal. Después de aquella plaga, se había acostumbrado de tal modo a estar solo que la soledad ya no le preocupaba; y en Twilight había tenido sus sueños. Todo aquello había cambiado. La realidad había superado a los sueños, satisfaciéndolos para luego hacerlos pedazos.

Fuera, en la oscuridad, el viento del mar acarició el rostro marcado de cicatrices de Radu y agitó su pelo. El olor del combustible de los cohetes impregnaba la brisa, aunque no tan intensamente como para destruir su frescura. Los vientos penetrantes, y para él extraños, de la Tierra le hicieron añorar dolorosamente los profundos bosques y la atmósfera cristalina de su mundo natal.

Sintió que debía escapar de la estación de lanzamiento y de la Tierra.

Un vehículo aguardaba la llegada de pasajeros en los carriles del perímetro, pero Radu decidió caminar. Disponía de mucho tiempo para llegar a la oficina de control antes de que el siguiente transbordador espacial despegara hacia la Estación Tierra. Echó a andar por la senda reservada a los peatones.

Las desnudas superficies de metal brillaban bajo los poderosos haces de luz. Radu se desplazó desde áreas profusamente iluminadas hacia zonas umbrías que sólo recibían la luz de la luna. La larga caminata reconfortó su espíritu. Le ayudaba a pensar, aunque sabía perfectamente que no se le ocurriría ninguna idea mágica que permitiera que él y Laenea continuaran siendo amantes. Nada le ayudaría a hacerlo, pero el hecho de caminar a paso vivo, estirando los músculos, era mucho mejor que permanecer sentado en la puerta del transbordador, esperando y dejándose encerrar en círculos mentales. Además, necesitaba el ejercicio. Estaba acostumbrado a desplegar una actividad física muy superior a la que desarrollaba como miembro de la tripulación de la nave.

Se pasó las manos por el pelo y sus dedos se humedecieron con el rocío o la espuma del mar. Eso le produjo una súbita imagen de Laenea, con su larga cabellera oscura brillando mientras caminaban juntos a través de la niebla, abrazados, envueltos en la capa de terciopelo de ella.

El largo paseo le ayudó. Los vehículos de pasajeros pasaron junto a él varias veces, moviéndose en silencio sobre sus carriles magnéticos. En el centro de la estación de lanzamiento, las brillantes luces se desvanecían entre las nubes de vapor que emanaban del combustible superrefrigerado.

La oficina de control se encontraba en un complejo de edificios en un extremo de la zona de aterrizaje. Radu reservó una plaza en el siguiente vuelo a la Estación Tierra y luego pidió el horario de tránsito. Numerosos vuelos incluían comodidades para miembros de la tripulación. Cuando Radu estaba a punto de subir a una nave que viajaba hasta Nueva Snoqualmie, una colonia semejante a Twilight, advirtió que la nave estaba pilotada.

Maldijo en voz baja. La última cosa que Radu deseaba en ese momento era viajar en compañía de un piloto. Pero sólo unas pocas de las naves automatizadas disponibles ofrecían puestos para la tripulación. Como las naves automatizadas aún constituían la mayoría numérica, esto suponía una coincidencia de su mala fortuna.

Ninguno de los otros destinos le atraía especialmente. Considerando que una de las excusas de Radu para abandonar Twilight era que su mundo natal necesitaba las divisas que él ganaría, eligió el vuelo automatizado que pagaba más. Le dotaría de tripulación en sus paradas de salida, y luego, si podía, se trasladaría a otro vuelo que fuese aún más deprisa. Deseaba viajar lo más cerca posible de los límites del espacio explorado. Tenía, naturalmente, formularios para misiones exploratorias, pero también las tenían prácticamente todos los demás miembros de tripulación que había conocido. Se apuntaban a esos viajes por curiosidad, por la excitación, por el dinero. Radu tenía muy poca antigüedad y pasaría mucho tiempo antes de que le asignaran una misión de esa naturaleza.

En lugar de una aprobación electrónica, la respuesta a su pregunta fue personal.

—Radu, ¿cómo estás?

El miembro de la tripulación cuya imagen translúcida se formaba delante de sus ojos era la de un navegante del espacio normal con las credenciales para preparar una nave automatizada para el tránsito. Atnaterta parecía mucho más viejo que la última vez que Radu le había visto. Para Radu eso había sido unas pocas semanas atrás, pero la duración subjetiva podía ser mucho mayor para Atna. Las arrugas de su rostro de ébano parecían más profundamente esculpidas, y se le veía agotado de un modo que jamás podía solucionarse con el sueño del tránsito. Su pelo se estaba poniendo gris desde un color tan negro como el de su piel y sus ojos. Radu confiaba en su capacidad y en su experiencia. Estaba contento de verle.

—Estoy bien, Atna.

Hubiera sido muy complicado responder a una pregunta puramente social con la verdad desnuda.

La respuesta de Atna tardó un momento en llegar a Radu desde la Estación Tierra luego de ser retransmitida por un satélite.

—¿Puedes coger el próximo transbordador? Necesitamos un tercero.

—Sí, ya tengo la reserva.

Nuevamente, la extraña pausa impuesta por los límites de la velocidad de la luz.

—Bien. Te pondré en el orden del día.

Una nota de aprobación convirtió el aire en pequeñas letras iluminadas.

—Gracias, Atna.

—Es bueno tenerte con nosotros.

Cortó la transmisión.

La treta de la mente de Radu que siempre le permitía saber qué hora era en cualquier lugar que estuviese, no le ayudó a descubrir cuándo saldría el sol. Dirigiendo la mirada hacia el este, buscó algún vestigio de luz, un falso amanecer. En los pocos días que había permanecido en tierra nunca había visto el sol. Nunca había estado en el exterior cuando era de día. Pero hasta ahora no se había dado cuenta ni le había preocupado en absoluto. Le hubiese gustado ver la Tierra iluminada por su sol, pero se marcharía muy pronto. Tal vez nunca regresaría.

Subió al transbordador y se preparó para el despegue.

La fuerza de la aceleración le aplastó en su asiento, nuevamente hacia la Tierra. Pero el transbordador despegó, como siempre lo había hecho, y aunque no dejaba atrás ni su herida ni sus recuerdos, le llevaba hacia un lugar donde estaría lo bastante ocupado como para olvidarse por un tiempo de ambas cosas.

* * *

Apresurándose a través de la Estación Tierra desde el transbordador hacia el muelle de tránsito, impulsándose a través de la caída libre en los corredores centrales de la antigua estación, y deteniéndose el tiempo justo para exhibir su tarjeta de identificación, Radu se las ingenió para alcanzar la nave de Atna antes de que despegara. Entró en su campo de gravedad autónomo.

Se detuvo en la sala de control el tiempo suficiente para recobrar el equilibrio y para saludar. El anciano se incorporó para saludarle. Atna era casi tan alto como Radu pero mucho más delgado. Su piel había comenzado a adquirir la suavidad papirácea de la senectud.

—Me alegra tenerte a bordo —dijo Atna. Retrocedió sin despegar las manos de los hombros de Radu y sonrió—. Pero me temo que otra vez has llegado en mal momento.

—No importa —dijo Radu.

Estaba acostumbrado a no disponer casi de autoridad y a desarrollar las tareas de mantenimiento de la nave.

—Ah, Orca —dijo Atna—. Ven, quiero que conozcas a Radu.

Radu se volvió. No había oído la llegada del otro miembro de la tripulación, debido a que ella caminaba suavemente con sus zapatos rojos con suelas de goma. Como muchos miembros de tripulación, la muchacha vestía de un modo extravagante. Llevaba pantalones plateados, una blusa del mismo color y una chaqueta con lentejuelas con un dibujo que semejaba las escamas de un pez: plateado, bronce dorado y cobre rojizo. Su piel, resaltada por su pelo corto, rubio y fino, tenía un suave bronceado y sus ojos eran negros. Las manos eran grandes en proporción al resto del cuerpo.

Radu volvió a mirar sus manos sin ocultar su sorpresa. Ella era una buceadora.

—Hola —dijo ella, extendiendo la mano. Chocaron sus muñecas y la membrana transparente entre sus dedos se oscureció contra el puño negro de la camisa de Radu.

—Radu Dracul, de Twilight —dijo él.

—Orca, de las islas Iarmony, en la Tierra. —La muchacha sonrió—. Me temo que mi nombre es imposible de pronunciar fuera del agua.

Radu no tenía tiempo de preguntarse qué hacía una buceadora en la tripulación de la nave. Atna les envió a ambos a terminar de acondicionar la nave para el tránsito. Mientras Orca comprobaba por última vez los motores y Radu cerraba todos los semiinteligentes, Atna se alejó suavemente de la estación espacial. Luego Radu y Orca prepararon sus cámaras de sueño y se abrazaron, como lo hacían siempre todos los miembros de la tripulación, para despedirse.

—Que duermas bien —dijo Orca, y se encerró en su cubículo.

Radu subió a su caja corporal, se acostó y cerró la tapa. La nave flotaría suavemente hacia su punto de tránsito y se detendría el tiempo suficiente para que Atna interrumpiera las funciones cerebrales del ordenador de navegación y se sumiera en un profundo sueño. Luego la nave se desvanecería, sumergiéndose en tránsito. Pero tránsito era algo que Radu sabía que nunca vería.

Percibió el aroma dulce y familiar del anestésico y se quedó instantáneamente dormido.

Cuando despertó, Radu recordó con cariño los sueños que había tenido. Había soñado con Twilight, y con su clan, y con los breves días, el tiempo que él podía contar en horas, que él y Laenea habían pasado juntos. Todo parecía tan fantástico como los propios sueños.

Luego despertó por completo y recordó que su hogar se encontraba muy lejos y que toda su familia había muerto a causa de la epidemia, una epidemia que a él sólo le había dejado el rostro lleno de cicatrices. Recordó que él y Laenea se encontraban, para siempre, más allá de toda posibilidad de encuentro.

Radu abrió la tapa de su cubículo y se levantó.

Alguien le tocó el brazo.

Radu se sobresaltó con violencia.

—Lo siento.

El piloto que se hallaba junto a él era pequeño y de aspecto frágil, con pelo negro muy fino y una piel transparente. Radu recordaba haber visto su fotografía y, por supuesto, conocía la reputación de Vasili Nikolaievich. Había sido la primera persona que se había convertido en piloto sin haber servido en la tripulación. Y era un excelente piloto.

—Me... me he sobresaltado —dijo Radu.

Le hubiese sorprendido encontrar a Vasili Nikolaievich en cualquier circunstancia, y mucho más en una nave que se suponía que era automatizada. Generalmente, los administradores enviaban a Vasili en vuelos importantes que requerían viajes rápidos: misiones diplomáticas o emergencias.

—No esperaba encontrarme con un piloto, y siempre soy el primero en despertar.

—Esta vez también lo ha sido, pero pensé que podría necesitar ayuda.

A diferencia de los demás pilotos que Radu había conocido, Vasili llevaba la camisa abotonada hasta arriba. Cubría todo el pecho del piloto salvo el extremo de la cicatriz, donde su corazón natural había sido extirpado para reemplazarlo por una máquina giratoria sin latidos.

—Se supone que ésta es una nave automatizada —dijo Radu. Inmediatamente lamentó haber utilizado un tono grosero, pero lo último que deseaba ver era a un piloto. Se frotó el rostro con ambas manos, como si tratara de borrar los últimos vestigios del sueño de tránsito—. Se supone que ésta es una nave automatizada —repitió. Era inusual que fuese asignado a un vuelo tan tarde; para que este piloto fuese enviado debían concurrir circunstancias excepcionales—. ¿Qué ha sucedido? ¿Nos han desviado? ¿Se trata de un vuelo de emergencia?

—Lo ignoro —dijo el piloto—. Nadie dijo que lo fuera.

—¿No lo preguntó? —Radu echó un vistazo a su alrededor. Solamente las cámaras que albergaban a sus compañeros estaban en funcionamiento. La nave no llevaba personal médico ni pasajeros.

—No —dijo el piloto.

—¿Llevamos medicinas en la carga? ¿Equipo hospitalario?

—No llevamos carga de ninguna naturaleza —dijo el piloto—. Cambiaron todo el módulo para que fuese vacío.

—Pero, ¿por qué?

—Ya se lo he dicho. No lo sé. Y, para serle sincero, no me importa demasiado. —El piloto frunció el ceño—. Mi solicitud era para un vuelo de exploración y los administradores me incluyeron en esta misión militar, y no hay ninguna otra misión del equipo X en los próximos seis meses.

—Tal vez no se trate de una misión militar —dijo Radu.

—¿Con un equipo X? —La risa de Vasili fue sarcástica—. Mire, yo sólo he venido porque pensé que podría necesitar una mano. La tripulación suele necesitar ayuda después de un viaje largo. Pero usted no, ¿verdad?

El momentáneo acceso de excitación de Radu se desvaneció rápidamente. Sintió que le debía a alguien, en alguna parte, la misma clase de riesgo que Laenea y los otros habían corrido en la misión humanitaria a Twilight durante la epidemia. Pero este viaje era igual a todos los demás, no se trataba de un rescate heroico ni peligroso, sólo el transporte de cinco bienes frívolos para el beneficio de los administradores de tránsito.

—No, no necesito ayuda —le dijo al piloto y, después de una larga pausa, añadió—: Gracias.

Se sentó para calzarse las botas y simuló demorarse en una zona muy gastada de su calcetín derecho. Sus manos estaban temblando, no porque se hubiese sobresaltado o porque hubiese pensado, ni por un solo momento, que se encontrara en una misión peligrosa o importante. Estaba temblando porque el piloto estaba muy cerca de él. Su corazón latía deprisa. Trató de controlar su pulso. Sabía que su falta de control persistiría mientras Vasili Nikolaievich se quedara junto a él.

A pesar del peligro, su reacción adversa ante Laenea sólo le había producido pena, no temor. Pero si su intimidad le había sensibilizado ante cualquier piloto, él tendría que abandonar la tripulación. Y eso sí le atemorizaba.

El silencio se hizo más denso. Radu no alzó la vista. El piloto se volvió y se alejó de la habitación.

Radu dejó escapar el aliento que, inconscientemente, había estado reteniendo. Oyó al piloto que llegaba a la sala de la tripulación, pasaba al corredor y continuaba hacia la cabina del piloto. La puerta se abrió para cerrarse luego sólidamente.

Sin prestar atención a su calcetín gastado, Radu se calzó las botas y se puso de pie. Su ritmo cardíaco se normalizó lentamente. Se enjugó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Nunca había oído de ningún miembro de una tripulación que le respondiera a un piloto del modo en que él lo había hecho. Pero los pilotos tampoco hablaban de su incompatibilidad con otros seres humanos. Ellos se mantenían apartados, eso era todo. Y tal vez ello impedía que la gente común reaccionara en su presencia.

Radu examinó los otros habitáculos. Atna y Orca aún no habían alcanzado un estado de inminente conciencia, de modo que les dejó solos. Se alejó en silencio a través del salón y pasó junto a la cabina del piloto para llegar a la sala de control.

Una vez allí, se quedó atónito.

Un mundo color verde esmeralda y cubierto por manojos de nubes colgaba encima de ellos. La nave había salido de tránsito con una precisión imposible para una nave automatizada e inusual para una que fuese pilotada. La mayoría de las naves retornaban al espacio normal en la región correcta, más o menos, muy próximas a otra inmersión, pero lo bastante alejadas como para que la tripulación tuviera que viajar en el tiempo real a velocidades sublumínicas, durante una semana o un mes, para escapar del aburrimiento, aun con drogas de tránsito. Eran demasiado tóxicas para cualquier uso que no fuese dormir a través del tránsito.

En ocasiones, una nave salía a la superficie en un punto tan alejado de su curso que debía sumergirse otra vez. Y, en otras ocasiones, las naves tomaban una ruta errónea y nadie de la tripulación sabía dónde se hallaban. Al menos eso era lo que todo el mundo suponía que les sucedía a las naves que se extraviaban en el espacio; no había ninguna evidencia real de que no permanecieran en tránsito para siempre, y había cierta evidencia teórica de que eso era precisamente lo que sucedía con ellas.

Radu volvió a mirar el mundo brillante que pendía encima de ellos, impresionado a su pesar por la pericia del piloto. La reputación de Vasili Nikolaievich era merecida.

Sintiendo curiosidad por los cambios en el vuelo, Radu solicitó el diario de navegación. No sólo habían renunciado a la carga y tomado un piloto, sino que su destino también era nuevo: Ngthummulun. Radu hubiese podido no preocuparse por echarle un vistazo. No tenía idea de cómo se pronunciaba.

La carta de navegación indicaba una breve parada aquí y una ruta directa de regreso a la Tierra. Las bonificaciones ofrecidas por un viaje rápido eran tan jugosas que ello explicaba fácilmente los cambios de último momento y la nueva misión de Vasili. Las bonificaciones de la tripulación, que eran lo bastante generosas para sorprender a Radu, serían apenas una fracción de la cantidad que la autoridad de tránsito obtendría. Sin embargo, Radu no deseaba regresar. Naturalmente, podía regresar sin aterrizar; podía trasladarse inmediatamente a otra nave. Pero este inesperado cambio en el curso de la nave convirtió en una tontería su repentina partida.

Radu maldijo en silencio. Tenía poca antigüedad incluso para quejarse, como si lamentarse le hiciera algún bien.

El beneficio potencial había causado la alteración, de eso no había ninguna duda. Pero la carta de navegación no mencionaba qué carga o qué misión merecían el coste extra del vuelo.

Regresó a la sala y preparó una jarra de café. Era una tarea que no le correspondía, pero disfrutaba haciéndola, y no comprendía por qué razón se asignaba como una especie de castigo. Preparó también un cocido que todos podían sazonar a gusto.

Al oír un ruido corrió hacia la sala donde dormían Atna y Orca. Atnaterta trataba de incorporarse.

—Atna, espera, deja que te ayude.

Radu le cogió por el hombro y el brazo y le ayudó a abandonar su cámara de sueño. El navegante estaba temblando intensamente. Radu le abrazó, le frotó la espalda y, unos momentos después, el anciano respondió con un breve abrazo. El temblor remitió lentamente.

—Gracias —dijo el anciano—, ya estoy despierto.

Parecía más cansado y viejo que antes de que comenzara el viaje. Atna cogió su grueso jersey y se enfundó en él. Siempre tenía frío cuando estaba en una nave.

Radu le ayudó a llegar al salón, le sirvió un poco de café y se sentó delante de él.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué hay un piloto en la nave?

Atna extendió los dedos sobre la superficie de la taza, disfrutando de su calidez.

—Nos enviaron a Vaska cuando estábamos a punto de llegar a tránsito. Pensaban ordenarle a alguna nave que se hiciera cargo del alistamiento, de modo que... me ofrecí como voluntario. Espero que no te moleste.

Radu se encogió de hombros. No tenía sentido enfadarse; el mal ya estaba hecho.

—¿Por qué? —preguntó—. Atna sonrió y dijo:

—Ngthummulun es el mundo donde nací, así que supongo que se trata de simple egoísmo. No compramos muchos artículos del mundo exterior, de modo que las naves no suelen venir aquí. No he estado en mi casa desde hace mucho tiempo.

—¿Por qué nos dirigimos hacia allí? —Radu trató de memorizar cómo se pronunciaba el nombre del planeta.

—No estoy seguro —dijo Atna—. Pero como no se trata de una emergencia, creo saberlo. Tal vez pueda mostrártelo.

Radu sentía curiosidad por saber más, pero oyó el ruido de la tapa de una cámara de sueño. Atna hizo un gesto de levantarse.

—Yo la ayudaré —dijo Radu—. Acaba tu café.

—Está bien. Gracias.

Radu abrió la cámara de sueño de Orca. La muchacha se movió, volviendo al estado consciente. Radu la cogió suavemente de la mano, temiendo que pudiera herirse las delicadas membranas natatorias. Pero cuando ella cerró los dedos la delgada piel se plegó. Radu la ayudó a incorporarse. Ella sonrió y deslizó los brazos alrededor de la cintura de Radu, abrazándolo estrechamente mientras él masajeaba su espalda y sus hombros para que desaparecieran los calambres. Sus largos y delgados músculos de nadadora se tensaron y relajaron bajo sus manos.

Ella suspiró profundamente.

—Gracias —dijo.

Se separó de él y se frotó los ojos con los puños, luego peinó sus cabellos cortos y pálidos con los dedos. El pelo volvió exactamente a su lugar.

—Bienvenida —dijo Radu.

—¿Cómo ha despertado Atna?

—Bastante bien. Parece cansado, pero creo que estará bien.

Le habló del cambio de rumbo de la nave, del piloto y del mundo natal de Atna.

—Cada vez que le veo, el tránsito le ha afectado un poco más. —Orca sacudió la cabeza, desechando la preocupación, y sonrió—. Me alegro de que finalmente haya decidido tomarse unas vacaciones.

Orca toleraba el sueño del tránsito tan bien como cualquier otra persona que Radu hubiera conocido. Se desperezó sensualmente.

—¿Es comida eso que huelo? Me muero de hambre.

—Muy pronto estará lista.

Regresaron al salón, donde Atna terminaba de beber su taza de café.

Todo lo que se refería a Orca —sus prominentes caninos, su andar elástico, sus caderas estrechas y sus pequeños pechos y sus grandes ojos y manos—, todos sus rasgos pertenecían a un extremo u otro de la escala normal, de modo que, salvo por las membranas natatorias, Radu era incapaz de decir qué era inherente y qué deliberadamente alterado. No obstante, le fascinaba. Cualesquiera que hubiesen sido los factores que habían formado a Orca, se combinaban en un ser de gracia etérea. No era bella según las definiciones clásicas, pero era impresionante. De alguna manera, Radu se sentía incómodo al encontrarla tan atractiva, porque sentía que estaba traicionando a Laenea.

—Hola, Atna.

Orca besó al navegante en las mejillas y le dio unos golpecitos en la mano. Radu puso otra taza sobre la mesa. Orca bebió el café con evidente placer.

Se oyó el chasquido del intercomunicador. «Una hora para la comprobación preorbital.» La voz de la computadora no revelaba la urgencia implícita en el mensaje. La tripulación tenía trabajo para más de una hora.

Radu se puso rápidamente de pie, pensando. Es bueno saber siempre qué hora es si no prestas atención.

* * *

El agua salpicaba y veteaba la superficie de Ngthummulun en miles de ríos y millones de lagos que exhibían infinitos matices de verde con azul, gris azulado y plateado. Ngthummulun disponía de primitivas instalaciones de aterrizaje, de modo que el vehículo de carga debía ser bajado de la nave manualmente. Atna le había confiado los controles a Radu, y Radu estaba nervioso. Vasili había dicho claramente que esperaba la carga de regreso a través de la primera ventana de lanzamiento. Eso significaba que no podía haber aterrizajes abortados ni segundos intentos.

Radu condujo el vehículo cerca de la superficie, sumergiéndolo en un ángulo rápido y profundo. El colorido paisaje de la tierra se encogía y se extendía ante sus ojos. Todos los matices de verde y azul, como pequeñas manchas, se convirtieron en manchas más grandes y luego, cuando el vehículo se aproximaba a la tierra, y el horizonte se aplanaba y recudía, la pequeña nave se cubrió de una película de espuma de color y los bordes se convirtieron en líneas borrosas e iguales. La pista de aterrizaje apareció súbitamente, una violenta cuchillada, un cañón oscuro.

—Eres muy bueno —dijo Atna—, Muy bien.

El vehículo se deslizó entre los árboles. Radu redujo la velocidad y aterrizó con la misma suavidad con que lo había hecho siempre en el simulacro de vuelo. Frenó el vehículo accionando los motores en posición invertida. Vaciló por un momento, inclinándose sobre los controles con el cuerpo en tensión. Luego se apoyó en su sillón y dejó escapar el aire.

—Muy bien —dijo Atna—. No podrías haberlo hecho mejor si tuviésemos gravedad.

—Gracias —dijo Radu.

La postergada tensión se adueñó de él. Hasta ese momento, la conducta despreocupada de Atna le había impedido percibir de qué forma estaba siendo puesto a prueba. No había cometido ningún error. Si la carga estaba lista, el vehículo regresaría rápidamente a la nave. Radu se sentía más feliz por haber complacido a Atna que por haberse ajustado exactamente al horario de Vasili.

Radu abrió la escotilla. El aire caliente y húmedo le envolvió inmediatamente. Las regiones tropicales siempre le habían sorprendido con la fuerza de sus climas. Saltó a la pista y miró hacia atrás, preparado para darle la mano a Atna. Pero el anciano se movió con insospechada agilidad. Echó un vistazo al bosque lluvioso y aspiró profundamente el aire de su mundo natal.

Un gran camión terrestre se acercó hacia ellos, levantando con las ruedas surtidores de agua de cada charco. Atna se quitó el jersey. Radu sintió la tentación de quitarse la camisa, pero no llevaba nada debajo y tal vez no fuese apropiado.

Cuando el camión terrestre se detuvo, Atna saludó a sus ocupantes cariñosamente y en una lengua que Radu jamás había escuchado antes. Atna le presentó a sus amigos y todos comenzaron a hablar el lenguaje estándar.

—¿Qué traéis a bordo? —preguntó Atna.

—Wyunas —dijo la jefa del grupo de carga—. La primera cosecha.

Atna se echó a reír.

—De modo que de eso se trataba. Enviar un mensaje de prueba, alquilar un piloto, desviar una nave... —Volvió a reír alegremente.

La jefa del grupo también rio.

—Supongo que pensaron que debían comenzar con bombos y platillos.

—Al principio me sorprendió, no me molesta confesarlo.

—Tuvimos un buen clima de crecimiento y una cosecha temprana. En Tierra hay mucha gente de vacaciones, y este primer cargamento es para ellos, siempre y cuando la nave pueda entregarlo en el plazo fijado.

—Lo hará, con Vaska pilotándola... Pero la entrega inmediata se comerá los beneficios —dijo Atna amargamente.

Su amiga sacudió la cabeza.

—Si venden las wyunas por lo que esperan, el coste de la nave y el piloto será comparativamente insignificante.

Atna la miró con curiosidad.

—No te muestres tan escéptico... espero que tengan razón —continuó—. Necesitamos el dinero. —Estrechó la mano del anciano—. Me alegra verte en casa, Atna. ¿Quieres que te acompañe a la ciudad?

—Gracias, sí.

—Bien. Manos a la obra entonces.

Ella le palmeó la mano y luego, en compañía de los demás miembros del grupo, abrió la escotilla de carga y comenzaron a trasladar pequeñas cajas con el signo «frágil» desde el camión terrestre a la nave.

—¿Qué son las wyunas? —preguntó Radu.

—Ven. Tal vez pueda enseñártelo.

Atna le guio hasta la vegetación que bordeaba el campo. Un sendero atravesaba un terreno cenagoso entre enormes helechos. Radu subió una pequeña colina en la margen de un estrecho valle. El sendero se tornaba progresivamente más seco y los árboles eran más pequeños, pero la vegetación superaba su altura. Rozó un grueso tronco y le cubrió una fina lluvia de gotas.

Atna miró hacia un claro a través de las ramas de los árboles.

—Bien —dijo—. Este huerto no ha sido cosechado.

Apartó las hojas de los helechos y se hizo a un lado.

Fue como si hubiesen atravesado un bosque invernal después de una tormenta de nieve. Las ramas desnudas de los árboles brillaban como si fuesen diamantes. Radu siguió a Atnaterta hacia el bosque de hielo hasta que quedaron rodeados de negro y plata. Las hojas caídas estaban cenagosas y putrefactas en el suelo, pero la corteza de los árboles exhibía miles de esferas transparentes, todas con intrincados dibujos internos, con recovecos y remolinos, formados por lo incierto de su crecimiento. Cada una de las esferas era ligeramente diferente, como un copo de nieve o una huella digital.

Los árboles cantaban, tan delicadamente que su murmullo de campanillas era inaudible en cualquier lugar salvo entre los brillantes cristales.

Atna cogió varios del extremo de una rama y se los entregó a Radu. Los cristales descompusieron la luz del sol en cientos de minúsculos arcos iris.

—¿Son semillas?

Atna se echó a reír.

—Para serte sincero son más parecidas a verrugas. Verrugas de árbol. Es algo que no tenemos intención de mencionar prematuramente en la publicidad. No son infecciosas, naturalmente... el organismo que las aloja debe estar especialmente adaptado y sensibilizado o las wyunas no crecerán. Pero «verruga de árbol» no es un nombre estéticamente agradable.

—Tienes razón. «Wyuna» es mejor. ¿Pero qué son?

—Son nuestra cosecha en metálico. Necesitábamos una, de modo que la inventamos.

Radu asintió. Twilight exportaba las maderas duras que crecían en sus frondosos bosques. Pero Ngthummulun era un producto de la Tierra. Había nacido como un planeta muerto. Todo lo que crecía en él había sido traído de la Tierra, o había evolucionado manualmente.

—Quiero decir, ¿qué hacen?

Radu imaginaba alguna complicada función electrónica que sólo podía obtenerse mediante la manipulación enzimática de la materia hasta conseguir formas demasiado delicadas y precisas como para ser creadas por la tecnología mecánica.

—¿Hacer? No hacen nada. Son joyas, si quieres. Son decorativas. Esa es la clase de artículos que tiene éxito en el comercio terrestre.

—Oh.

Radu se sentía ligeramente decepcionado. Los componentes electrónicos eran idénticos entre sí. Debía haber pensado en eso. Cada wyuna era única: el éxito recompensaba esa cualidad en el comercio terrestre. La mayoría de los productos importados eran meramente decorativos. La madera que el mundo natal de Radu exportaba era hermosa pero podía emplearse con fines útiles. Aun así, por lo que Radu sabía, una vez que llegaba a Tierra era tallada para hacer chucherías insignificantes.

Alzó una de las joyas hacia la luz para captar un último reflejo de sus colores espectrales. Luego la bajó y extendió la mano hacia Atna, para devolverle las wyunas.

Atna le miró inexpresivamente. Radu le tocó un brazo.

—¿Atna? ¿Te encuentras bien? ¿Qué sucede?

—¿Qué? —Atna levantó la vista, retrocedió unos pasos, sacudió la cabeza y volvió a mirar las joyas—. No —dijo—. Consérvalas. —Su voz sonaba distante—. Puedes darles algunas a Orca y a Vaska si lo deseas. En Tierra serán una curiosidad. Durante algunos días.

—Está bien. Gracias. —Radu metió las joyas orgánicas en un bolsillo—. ¿Estás seguro de que todo está bien?

—Sí.

Era hora de regresar al campo de aterrizaje; Radu sentía que los minutos fluían gradualmente hacia el momento del despegue. Cuando estuvieron nuevamente en el bosque, los pálidos helechos volvieron a ocultar el huerto.

Atna caminaba en silencio, mirando el suelo y con los hombros encorvados. Incluso sus pisadas eran silenciosas. La luz del sol que se filtraba a través del follaje teñía de verde y oro su piel oscura. En el borde de la pista, entre semillas y tocones, Atna se detuvo. El vehículo de carga había sido llevado nuevamente hasta el extremo de la pista de aterrizaje, preparado para despegar.

—Adiós, Atna.

Se abrazaron como lo hacían todos los miembros de una tripulación cuando partían. Atna apoyó la cabeza en el hombro de Radu y le abrazó con fuerza, y Radu frotó la espalda del anciano, como si le estuviera ayudando a despertarse. Cuando Atna se separó, dejó las manos apoyadas en los hombros de Radu como si no deseara que se fuera.

—Algo no funciona bien —dijo Radu.

—No te marches —dijo Atna—. No vuelvas a Tierra. Algo está a punto de suceder.

Radu frunció el ceño, curioso, confundido.

—Estás en peligro.

—¿En peligro? ¿Qué...?

—En el huerto. Vi... no puedo explicarte lo que pasó. Tú no creciste aquí, no lo comprenderías. Soñé..., tuve una visión. Temo por ti.

Radu le miró inexpresivamente.

—Yo no...

—Algo va a pasarle a la nave y tú eres parte de ella —dijo Atna con desesperación—. Estás en medio de todo. Creo que, tal vez, eres eso.

Radu sacudió la cabeza.

—¡No te marches!

—Pero debo regresar a la nave.

—Sé que debes llevar la carga de regreso, pero Ngthummulun tiene un transbordador. Puedo enviar por ti. Y por Orca. Dile que hay un hermoso lugar para nadar, un lago de aguas profundas en las montañas...

—Es imposible. —Radu se alejó—. La nave no puede volar sin tripulación.

—Vaska puede llevar la nave desde su órbita hasta un punto de tránsito. Después ya no importa. No creo que vuelva a salir nunca más.

—Estoy de acuerdo en advertir a Orca, pero ¿abandonar al piloto?

—Puedes decírselo si quieres. Pero no te prestará atención. Los pilotos nunca piensan que pueden fracasar. No puedo salvarle. No puedo salvar la carga. Tú y Orca sois los únicos a los que puedo advertir.

—Pero sabes que es imposible.

—Al menos dale a Orca la posibilidad de decidir por sí misma. ¿Le contarás lo que te he dicho?

—¡Ella tampoco tendrá otra alternativa!

—Radu, por favor, díselo.

—¡Está bien! —Presa de la confusión, su voz sonó muy dura. Se arrepintió inmediatamente de su rudeza—. Atna, debo marcharme.

Atna dudó.

—¿Estás seguro?

La tensión había desaparecido de su voz.

—Sí.

—Entonces, adiós.

Se abrazaron nuevamente, brevemente y sin intensidad. Atna se comportaba como si Radu ya estuviese muerto, como si ya se hubiese perdido en el espacio.

Se volvió y se internó en el bosque sin decir una palabra.

* * *

Después de un viaje aburrido, Radu se acopló sin problemas, posando suavemente el vehículo de carga en sus amarres con un ruido seco y satisfactorio que reverberó a través del fuselaje de la nave. Relajó la presión que había mantenido sobre los controles. Los nudillos estaban blancos y sentía húmedas las palmas de las manos.

Había querido acoplarse perfectamente, pero no sabía por qué era tan importante. ¿Para demostrar que no le preocupaban las visiones de Atna? ¿Para alardear? Y si fuese así, ¿ante quién? ¿Orca? ¿Vasili?

—Apresúrese —dijo el piloto por la radio—. Quiero dejar la órbita inmediatamente.

Divertido a pesar de sí mismo, Radu comprendió que el piloto apenas habría notado algo tan trivial como un acoplamiento de manual en el espacio normal.

* * *

Radu se dirigió a regañadientes a la sala de control para hablar con Vasili. El piloto estaba en su asiento, observando la pantalla de la computadora a medida que cambiaba de colores y ondas delante de él.

—Algo no funciona bien, Vasili Nikolaievich —dijo Radu—. Atna me dijo algunas cosas muy extrañas. Estoy preocupado...

Vasili se echó a reír, interrumpiéndole.

—¿Quiere decir que le leyó las líneas de la mano?

—Bueno..., yo no lo diría de ese modo.

—La gente de Ngthummulun siempre anda diciendo que es capaz de adivinar el futuro.

—Pero él piensa que la nave estará en peligro si regresamos a tránsito.

—Olvídelo.

—Me pidió que se lo dijera a usted.

—He dicho que lo olvide —dijo Vasili, visiblemente molesto—. No significa nada.

—Está bien. —Radu acarició las wyunas que llevaba en el bolsillo, extrajo una y se la ofreció al piloto—. Atna me dijo que le entregara una de estas joyas, si la quiere.

Vasili la miró con desinterés.

—Gracias, pero no uso ninguna clase de joyas. ¿Puede averiguar cuánto le falta a Orca? Nos encontramos cerca de un punto de tránsito.

Sintiendo que se había estado comportando como un estúpido desde que se había despertado, Radu dejó la wyuna en el bolsillo y se marchó.

Radu subió a la sala de motores. Las notas altisonantes de los motores de tránsito en descanso sonaban juntas a su alrededor. La luz ambarina de una pantalla de información brillaba más allá de unos bancos de datos. Se dirigió hacia allí.

—¿Orca?

—Un segundo.

Arrodillada junto a una de las redes de datos, examinando sus intersticios, Orca observaba la pantalla que colgaba en el aire junto a ella. Estaba reparando una conexión rota. La información que estaba leyendo le pareció a Radu como una fila de números claveteados a lo largo de una maraña de cables de color anaranjado. Desde su punto de vista, los números eran descendentes.

Radu observó en silencio, hasta que Orca se sentó sobre sus talones con un suspiro, apartó las manos de la red y se estiró. El conjunto de datos desapareció.

—Un buen acoplamiento —dijo alegremente.

—Gracias —dijo Radu, muy satisfecho de que ella lo hubiese notado.

—¿Cómo está Atna?

—Te envía esto.

—De modo que ésta es la razón por la que estamos aquí —dijo Orca. Examinó con interés las pequeñas gemas—. Son más hermosas de lo que Atna contaba. Gracias. Pero ¿cómo está él?

—Tenía mucho mejor aspecto después de aterrizar...

Después de lo que Vasili había dicho, le pareció innecesario, incluso estúpido, contarle a Orca los temores que alentaba Atna. Aunque se lo había prometido.

—He estado preocupada por él —dijo Orca. Alzó una ceja, preguntando en silencio por la ambigüedad en el tono de Radu.

—Está preocupado por nosotros —dijo Radu. Porque él lo había prometido.

—¿Por qué?

—Tuvo... una premonición, supongo..., de que algo le sucederá a la nave cuando nos encontremos en tránsito. Quiere que nos quedemos.

Orca encerró las wyunas en sus manos enmarañadas, las agitó haciendo que produjeran su peculiar sonido y las miró intensamente.

—Estaba muy apesadumbrado —dijo Radu—. Me obligó a prometerle que os lo contaría a ti y a Vasili Nikolaievich. El piloto no le dio ninguna importancia al asunto. —Orca no respondió—. Si quieres quedarte...

Ella le tocó la mano sin mirarle y Radu calló. La miró, confundido por su reacción. Dos arrugas verticales marcaron su frente y luego desaparecieron. Se escuchaban las pulsaciones de los motores y el tacto de las wyunas le recordó a Radu el bosque de Ngthummulun.

Orca inspiró hondo, expulsó el aire y cerró los puños.

—Está bien —dijo—. Está bien. ¿Qué decías?

—¿Quieres descender a Ngthummulun?

—No. ¿Y tú?

Radu negó con la cabeza.

—Entonces ¿estás de acuerdo con Vasili en que no hay nada que deba preocuparnos del sueño de Atna? —preguntó a la chica.

—Al contrario. Los sueños de Atna son tan reales como este mundo. Son otro nivel de la realidad. Otra forma de percibir las cosas. Creo que no lo estoy explicando correctamente. No creo que lo comprendas en este idioma. Si estuviésemos debajo del agua... —Orca se encogió de hombros en un claro gesto de impotencia.

—Te quedas en la nave.

—No encuentro ninguna resonancia en su percepción. No siento ninguna amenaza. Para mí, quiero decir.

—Debí suponer que lo desecharías.

—No... Y yo debí suponer que lo tomarías más seriamente.

Radu tembló súbitamente.

—Lo siento —dijo Orca, en respuesta a su silencio—. No pretendía insultarte.

—No, yo tampoco lo he tomado como un insulto. Es sólo que no puedo...

Nuevamente, ella esperó que él terminara su pensamiento; nuevamente, él no consiguió hablar.

—El marco de referencias de Atna es absolutamente diferente del mío, y supongo que también del tuyo —dijo Orca—. Pero he aprendido a tomarle en serio.

Regresaron juntos a la sala de la tripulación para informar al piloto, para realizar los últimos preparativos para tránsito y para disponerse a dormir, porque de ello dependían sus vidas. En una de las troneras, Orca se detuvo y echó un vistazo a Ngthummulun.

—Además —dijo—, este lugar tiene un millón de lagos y ningún océano. Muy pronto tomaré mis vacaciones en una bañera.