ROMANCE DEL ECUADOR, por Brian Aldiss

No, no es un cuento de Las mil y una noches, sino un malicioso relato fantástico del más destacado representante (junto con Bailará) de la ciencia ficción británica.

Amigos, hace mucho tiempo, en el antiguo y frondoso mundo tropical, vivía un muchacho cuyo nombre era Kahlin. Dos extrañas cosas le sucedieron en su vida.

La primera de ellas fue que, cuando todavía era muy joven, y sus brazos lisos como las pequeñas ramas, su casa fue destruida por una erupción volcánica. Tan grande fue la explosión que pudo ser oída por todos los hombres y animales del mundo. La tierra saltó en pedazos que, surcando los aires, fueron a caer al otro lado de los mares, a más de trescientos kilómetros de distancia, donde hoy forman una cordillera.

El volcán destruyó la casa de Kahlin y mató a sus padres y a sus hermanos pequeños.

Kahlin se asustó tanto que corrió y corrió hacia el norte, lejos de la erupción. Finalmente, sus piernas le llevaron hasta un estrecho istmo, bordeado a ambos lados por acantilados que caían perpendicularmente hasta el mar.

El muchacho oyó un grito horrible. Se acercó hasta el borde del acantilado más próximo y se asomó. Dos jóvenes gacelas habían caído y se sostenían peligrosamente sobre un saliente algunos metros más abajo. Cada esfuerzo que hacían por volver a subir ponía en peligro su asidero en el saliente. Comprendió que estaban condenadas a resbalar y caer.

Kahlin, que era un muchacho compasivo, se quitó el turbante y lo utilizó como cuerda para descender hasta las gacelas. Cogió a aquellas pobres criaturas bajo los brazos y trepó con ellas hasta ponerlas a salvo.

Los animales estaban exhaustos. Aquella noche les improvisó un refugio al otro lado del istmo, y se acostó entre ellas, contemplando con lástima sus rostros. Una de las gacelas era blanca, la otra parda. Las rodeó con sus brazos y se quedó dormido.

En el calor de la noche, creyó oír, a lo lejos, el estruendo del mar. Se despertó al amanecer y descubrió que las gacelas se habían convertido en dos jóvenes mujeres. Estaban desnudas junto a él, con los ojos cerrados, una morena, la otra blanca. Todavía las tenía abrazadas y su corazón latía con fuerza, su respiración se hacía más rápida mientras contemplaba su belleza.

Las dos muchachas se despertaron y le miraron, la blanca con ojos azules, la morena con ojos de ámbar.

Kahlin, que había oído que estas cosas sucedían en los cuentos de hadas, cubrió su desnudez y les dijo a las muchachas:

—¡Qué hermosas sois las dos! Quizá fuerais dos princesas a las que un gran hechicero convirtió en animales. ¿Es así?

Las muchachas se incorporaron y ocultaron parte de su desnudez. Negaron que fuera cierto lo que Kahlin acababa de decir.

—Siempre fuimos animales, y vivíamos tan felices como los animales. Es el encanto de tu amor lo que hace que nos veas como muchachas. Eres tú quien está hechizado, no nosotras.

—Entonces, ¿cómo me veis a mí? —preguntó.

—Como un hermoso antílope.

Resopló con disgusto, pero las muchachas le dijeron dulcemente:

—Te amamos tal y como te vemos, y deberías estar contento de ser amado según nuestra interpretación. En verdad, si te viéramos como tú te ves, no podríamos amarte.

Kahlin, que era un muchacho sensato, vio la fuerza de este argumento, y puesto que el mundo era joven, con el corazón aún derretido, hizo el amor a las dos muchachas, a la morena y a la blanca, con igual pasión.

Después, las muchachas se levantaron y se fueron a bañar al mar, permaneciendo bajo una cascada mientras una lavaba el pelo a la otra, el pelo rubio y el negro. Tejieron faldas de hierbas antes de regresar junto a Kahlin.

Le miraron con sus grandes ojos de gacela y le dijeron:

—Ahora ha llegado el momento en que debes elegir a una de nosotras. No está bien que poseas a las dos. Debes elegir a mi hermana o a mí para ser tuya, para ser tu compañera en este mundo hasta el último ocaso, mientras la hermana rechazada sigue su camino.

Kahlin se enfureció y juró que no podía elegir entre ellas. Insistieron. Él se arrojó sobre la hierba en un arrebato de ira, golpeando la tierra, jurando que amaba a las dos, a aquella cuyo pelo era como el ala de un cuervo y a aquella cuyo pelo era como la miel.

—Pero tenemos que vivir en distintas partes del mundo —dijo una hermana—. La pálida en el norte, la oscura en el sur.

Aun así juró que amaba a las dos con la misma intensidad y que se moriría si una de ellas le dejaba. Cayó el crepúsculo, y aún estaban discutiendo.

La luna surgió como una concha lavada en las azules playas del cielo y, finalmente, las muchachas llegaron a un acuerdo. Le dijeron a Kahlin:

—Vemos que nos aprecias a las dos. Pues bien, ya que nos salvaste a las dos de la muerte en el acantilado, haremos un trato contigo. Podrás gozar de ambas, pero tendrás que pagar un precio, y ese precio será tu paz de espíritu. Siempre tratarás de decidir a cuál amas más, si a la morena o a la blanca.

—Os amaré a las dos igual.

Las muchachas negaron con sus cabezas y desaprobaron con sus dedos, uno blanco y otro oscuro.

—Eso es imposible. Puesto que somos distintas, debes amarnos de distinta manera. ¿No sabes que ésa es una de las grandes verdades secretas del compañerismo humano, la causa de todas sus angustias y también de su felicidad? Hay una configuración del amor que se ajusta a las necesidades de cada configuración de la personalidad.

Él las abrazó fuertemente, gritando:

—No hay ninguna diferencia entre vosotras, excepto que una es morena y la otra blanca. ¿Cómo puedo elegir entre los muslos de marfil y los muslos de oro?

Las muchachas le sonrieron, después se sonrieron entre ellas y le dijeron:

—Sólo porque nos ves como hembras, tu amor te hace ciego a nuestras diferencias, que son muchas. Pero vivirás para verlas. Tu ceguera no te protegerá mucho tiempo.

—Las mujeres habláis demasiado —dijo Kahlin, dando palmadas—. Aceptaré los términos de vuestro trato y os amaré a las dos.

Así pues, las sedujo con mimos para que se acostaran con él. Kahlin no tuvo que insistir mucho.

La luna se ocultó. Surgió y se ocultó muchas veces, experimentando su pequeña pero mágica fase de cambios, un poco como un carillón que el viento hace sonar. Y con cada luna, Kahlin enriquecía en experiencia.

Vio que era verdad lo que las muchachas le habían dicho. Diferían mucho en sus naturalezas. Apenas podía creerlo. En su primer brote de amor, había estado ciego a sus personalidades.

Pero si, en un principio, habían sido como los personajes de un sueño profundo, ahora, lentamente, se habían vuelto humanas, con todos sus defectos y contradicciones.

Una de las mujeres era extremadamente apasionada y deseaba estar siempre junto a Kahlin, sin perderle de vista. La otra mujer era más fría y casual en su comportamiento, importunando a Kahlin de modo que, alternativamente, le enfurecía y le deleitaba.

Una de las mujeres era buena cocinera y se pasaba muchas horas junto al fuego, preparando, con infinita paciencia, manjares exquisitos que apenas podían aplacar el apetito. La otra mujer cocinaba desinteresadamente, aunque, de vez en cuando, se afanaba en proporcionar un gran festín, que comían hasta que les dolía el estómago.

Una de las mujeres no era muy aficionada a la limpieza, era perezosa y se pasaba la mayor parte del tiempo acostada con los dedos de los pies encogidos, charlando y riendo. La otra mujer era tan pulcra y limpia como un gato, y se pasaba los días intentando tenerlo todo increíblemente ordenado.

Una de las mujeres era muy inteligente, hacía ingeniosos y divertidos comentarios, y reprendía a Kahlin por su ignorancia. La otra mujer no era inteligente y repetía todo lo que Kahlin decía en sincera admiración por su talento.

Una de las mujeres era más activa por el día, y saltaba de la cama con los primeros rayos del sol, invitando a Kahlin y a su hermana a levantarse. La otra mujer era una criatura de la noche, y cobraba vida tras el ocaso, cuando parecía brillar con una luz especial.

Una mujer era franca con todas las cosas, la otra más bien falsa, llena de pequeños secretos asombrosos.

Una mujer se pintaba y se adornaba; la otra era una negada para esas cosas.

Una mujer tenía un don para la música y bailaba maravillosamente; la otra era incapaz de cantar una sola nota pero diseñaba finos vestidos para los tres.

Una mujer olía a almizcle, la otra a madreselva.

A una mujer le gustaba hablar de los temas prohibidos, y miraba a los hombres con ojos ardientes, mientras la otra hacía de sí misma un secreto, y no le gustaban los amigos de Kahlin.

Una mujer cuidaba mimosamente a un mono que le tiraba a Kahlin de las orejas, mientras la otra adoraba a tres gatos.

Una mujer parecía no estar nunca contenta, mientras la otra carecía de sentido crítico.

Una mujer se dejaba el pelo largo, mientras la otra lo llevaba siempre corto.

Con el paso de los años, una mujer se volvió sorprendentemente gorda, mientras que la otra se volvió sorprendentemente delgada.

Pero, del mismo modo, también Kahlin se hizo viejo, y su pelo se volvió de color gris. Su paso ya no era tan seguro como el de antes, ni su mirada ten aguda.

Cada uno de sus días trabajaba para las dos mujeres, y sentía su amor dividido entre la mujer morena y la blanca. Por fin, se levantó y les dijo:

—Aunque aún me queden fuerzas, sé que mis días están contados. Deseo volver a mis orígenes, regresar a las montañas donde viví con mis padres antes de que el volcán hiciera erupción. Podéis venir conmigo, o podéis quedaros, lo dejo a vuestra elección.

En parte, ésta era su manera de ponerlas a prueba, pues pensaba que quizá sólo una —la mujer blanca o la morena —le seguiría en su viaje.

Así pues, viajó sin mirar atrás. Podía oír cómo alguien caminaba tras él, pero se resistió a girarse para ver quién era. Atravesó el istmo donde había salvado a las dos gacelas, la parda y la blanca, pero habían pasado ya tantos años, que cruzó el lugar antes de recordarlo.

Avanzó con paso pesado y, al final, llegó a las montañas donde había nacido. Mientras subía por las laderas de la última colina, escenas del lejano pasado surgieron ante sus ojos. Recordando a sus padres con cariño, comprendió entonces, por primera vez, lo distintos que habían sido siempre su padre y su madre, tal y como lo eran ahora sus dos mujeres. Sólo su amor infantil, con su inevitable ceguera, le había hecho ver a sus padres como dos dioses iguales.

—Así que he cosechado un grano de conocimiento —se dijo a sí mismo en voz alta—. ¿De qué me ha servido viajar todos estos años?

Pero se respondió que un grano de perspicacia era, en realidad, mejor que nada.

Entonces Kahlin llegó a la cima de la colina. Ante él apareció un maravilloso paisaje, como jamás lo había visto. Extendiéndose de horizonte a horizonte, escarpadas laderas vestidas de selva descendían hasta un vasto lago donde se reflejaba el cielo. Sintió que ese lago se ensanchaba hasta la eternidad, mecido en el fondo de las laderas circundantes. Ni una simple barca o un velero cruzaba aquella silenciosa superficie. El lago era como los mismos cielos, sin la menor ola.

Kahlin permaneció durante mucho rato contemplando ese paisaje, y sólo entonces comprendió que aquél era el enorme cráter del volcán que había destruido a sus padres, a sus hermanos y a muchas otras familias. Ahora, en el curso de los continuos procesos de la naturaleza, el lugar de la muerte se había vuelto fértil.

Kahlin se giró. Sus dos esposas estaban tras él, la blanca y la morena. Las abrazó con cariño.

—Mirad la isla que hay en el centro de este nuevo lago —les dijo—. Podemos construir una barca y navegar hasta la isla. Allí viviremos los tres el resto de nuestras vidas.

Pero las mujeres le dijeron:

—Antes debemos hablar contigo. Hace mucho tiempo, los tres hicimos un trato. Accediste a amarnos a costa de tu paz de espíritu. Sabíamos entonces, como lo sabemos ahora, que ningún hombre puede amar a dos mujeres y estar en paz consigo mismo. Durante cada uno de tus días, nuestras diferencias te han torturado. Pues bien, ahora te liberamos de tu pacto. A menudo has sido injusto y cruel, es cierto; una o dos veces perseguiste a otras mujeres, incluso nos pegaste, te enfadaste, e hiciste un montón de cosas horribles. Vomitaste en nuestra comida. Todas esas cosas ahora te las perdonamos, primero, porque entendemos que esos defectos están en la naturaleza del hombre, y, segundo, porque a pesar de esos defectos, intentaste amarnos sinceramente.

Kahlin miró a una y a otra con recelo.

—Entonces, estoy libre del pacto, ¿no es así? ¿De qué nuevo truco se trata ahora? ¿Qué es lo que sigue?

Las mujeres, la blanca y la morena, sonrieron entre ellas, y le dijeron:

—Creemos que ya has aprendido esta lección, que, de acuerdo con nuestras distintas naturalezas, tienes que amarnos de distinta manera. Sin embargo, considerando tu limitación como hombre, reconocemos que has actuado bien. Por ello te dejamos libre y te ofrecemos una nueva oportunidad.

Entonces las mujeres le besaron, cada una en una mejilla.

—Sólo has de llevar a una de nosotras a la isla del lago —dijeron—. La elegida permanecerá junto a ti durante el resto de tus días. En cuanto a la otra, no has de volver a pensar en ella.

Empezaron a dar vueltas a su alrededor, sonriendo misteriosamente, y mientras caminaban, se despojaban de sus ropas, pues, incluso en la vejez, sus cuerpos seguían siendo hermosos, el moreno y el blanco, con menos arrugas que en sus rostros. Y le miraban, la blanca con ojos azules, la morena con ojos de ámbar.

—¿A cuál de nosotras eliges, Kahlin? —le preguntaron.

Apartó la vista de ellas, en dirección hacia el lago que se extendía a lo lejos, hacia la isla deshabitada, hasta la azul distancia.

—Realmente —dijo —hacen falta tres personas para construir una barca, particularmente si dos de ellas son mujeres. Haríais mejor en venir las dos conmigo. Viviremos los tres juntos en la isla.

Las miró un momento, y después empezó a descender la escarpada ladera hacia la destellante agua. Las dos mujeres le siguieron, agitando sus manos y protestando.

—Pero podrías ser libre, podrías ser libre...

En la orilla del agua, construyeron una pequeña barca, e hicieron una vela con hojas de palmera entrelazadas. Aquella noche durmieron en la playa y, a la mañana siguiente temprano, antes de que el sol se asomara por el borde del gran cráter para dispersar el rocío, se levantaron y lanzaron la barca hacia la isla.

Las dos mujeres estaban de pie junto a él, rodeándole con sus brazos, mientras le atormentaban diciendo:

—Así que después de todos estos años, a pesar de no haber tenido paz contigo mismo, aún eres incapaz de decidir a cuál de nosotras amas más, si a la del pelo como la miel o a la del pelo como el ala de un cuervo. ¡Realmente, eres un hombre extraño! Ahora tendrás que cargar con las dos el resto de tu vida.

La misteriosa isla flotaba cerca. Kahlin no pudo evitar sonreír, aunque más que fijar su atención en las tormentosas mujeres a su lado, su vista se perdía en los lejanos árboles que se asomaban más allá de las nebulosas aguas.

Porque tenía un secreto. Mientras que, siendo joven, las había amado porque creía que eran casi idénticas, con el paso de los años había aprendido a amarlas más por sus diferencias.

Título original: Romance of the Equator

Traducción de Alberto Manzano