La larga marcha
Javier Garda Sánchez
En sus sueños más dulces no había chicas lascivas, ni se pegaba soberanos atracones de marisco, que tanto le gustaba, ni siquiera se complacía torturando lentamente a su jefe de la oficina, un sádico autoritario que demasiado a menudo conseguía amargarle la existencia. No, en sus sueños más dulces y emotivos él iba en bici de carreras, ascendía empinadas montañas con las cunetas llenas de público que lo aclamaba, y así llegaba desde atrás luego de haber sufrido un ligero desfallecimiento al inicio de aquel puerto onírico e infernal: remontando uno a uno a sus rivales, que le habían tomado bastantes metros de delantera. Así, también en su sueño rebasaba al odiado jefe, a algunos familiares, a compañeros del trabajo, a su portera, que tampoco le parecía un anacronismo vestida con culotte y maillot. Incluso a su suegra, que tantos años lo martirizó con sus reproches, pero a la que ahora, desde que ya no estaba, había llegado a echar de menos. Porque, como se decía en el argot de la bici, aquella fiera le daba caña.
Paco, otrora llamado La Ardilla o El Ardilla por algunos colegas del club cicloturista al que pertenecía —calificativo que se debía a sus cualidades de escalador cuando estaba en forma, a lo que sin duda contribuía su escaso peso y una innata capacidad de sufrimiento—, llevaba un par de años desanimado y, como él decía a modo de excusa, con «la moral pocha». Había engordado la friolera de diez kilos y, claro, cuando ahora cogía la bici y soplaba un considerable viento de cola, iba como una moto. El sobrepeso y su experiencia obraban portentos. Cuesta arriba, cuando alguien le pegaba un demarraje seco o le hacía ir a tirones en un terreno sinuoso, obligándole a cambiar frecuentemente de desarrollo, era otro cantar, mucho más amargo y mortificante. Ya no se sentía El Ardilla, sino un torpe elefante que a duras penas lograba mantener la rueda de quien cerrase el grupo de turno.
Por desgracia, no era el de antes. Los años, la buena vida y la pereza lo habían llevado a una situación curiosa y por cierto desagradable: se engripaba a la menor de cambio, a diferencia de antes, época en la que, cuanto más se machacaba con la bici, más sano se sentía. Pero durante el pasado invierno, a pesar de todo, tuvo fuerza de voluntad para retomar viejas costumbres: salir a rodar algún rato en días alternos. Primero en llano y luego, aunque le costaba bastante, atreviéndose con un puertecillo que había no lejos de la localidad donde vivía. Como siempre hizo: primero subió el puertecillo lentamente, dosificándose. Días después, de modo gradual, exigiéndose más y más. Así hasta desvencijarse él solito. Porque solo así podía alcanzar un nivel verdaderamente competitivo.
Y esa era la palabra clave: «competitivo». Su familia no lo entendía. Teniendo un trabajo estable y no viéndose obligado a ganarse la vida montando en bicicleta, como esos muchachos que empiezan llenos de ilusión, entrega y expectativas, ¿a qué castigarse tanto?
«Competitivo», en su particular código de valores, podía traducirse por «ser capaz de machacar a sus compañeros del club cicloturista», los domingos por la mañana, en las salidas que se organizaban. Porque, como el que no quiere la cosa, tales salidas, en principio excursiones en bici de intenciones casi bucólicas, desde siempre fueron demenciales y feroces escabechinas larvadas. Los del club, o al menos los que podían permitirse tal lujo, salían a entrenar en secreto varias tardes por semana. A veces incluso por las noches. Más de uno, «compitiendo», había llegado a tomar sustancias para «mejorar el rendimiento» o, también, para «propiciar una rápida recuperación». Puras y simples sesiones de canibalismo sobre ruedas.
Allí, domingo a domingo, se trajinaban lides de honor y quedaban venganzas pendientes, lo cual hacía que cada cual procurase mejorar en la medida de lo posible para, en cuanto llegase el momento clave de la próxima salida del grupo y, aunque en principio todo fuesen bromas, chistes y pacíficos propósitos de la enmienda, se montara la gran batalla semanal en el preciso instante en el que aparecían las primeras rampas del recorrido.
La verdad es que El Ardilla estaba ya un poco harto de toda esa historia. Total, tanto esfuerzo y privaciones para apenas nada. Porque siempre había sobresaltos con los que no contaba. El típico chavalote que aparecía por el club, se apuntaba a la salida de rigor y le daba un repaso en las cuestas. «Juventud, divino tesoro…!», se lamentaba entonces con una paternal sonrisa en los labios, pero en el fondo de su corazón pensaba: «Pedazo de cabrón, como te descuides un par de semanitas verás el ocho que voy a hacerte aquí mismo…». Así no podía seguir, decidió un buen día. Pero salir a rodar solo era aburrido, y muy peligroso por los coches. Por eso no rompió su vinculación con el club. Le daba morbo, a qué engañarse.
Como esa marcha cicloturista de alta montaña a la que se había apuntado, y que le traía de cabeza desde hacía más de un mes. Entrenó como un poseso. Era larga y muy dura. Ciento sesenta y cinco kilómetros, con cuatro puertos, tres de ellos de primera categoría. Pero el problema no era tanto la dureza de la marcha sino el ritmo despiadado al que, lo sabía a la perfección, se iba a rodar. Uno siempre puede decir aquello de «pienso ir a mi aire» y tal, pero no. Luego se contagia de ese delirio colectivo, y pasa lo que pasa. Ahora ya no había vuelta atrás: el pique con los elementos más «competitivos» del club se declaró en toda su virulencia. Lo grave es que iba a ir lo más selecto y peleón del club, con él de veterano y punto de referencia. Algunos se la tenían jurada de años atrás. Otros, sencillamente, de apenas dos o tres semanas, en las que El Ardilla ya les dio canela. Y otro problema añadido a esa marcha era que el «pique» era extendible a un club rival, sito en la localidad de al lado, con los que solía haber refriega en las carreteras en cuanto se juntaban. Parece que ahora andaban como tiros, y esa certidumbre lo traía angustiado.
Llevar a cabo una de tales marchas con cierta serenidad, o rodando en solitario, no constituía ningún problema para alguien con experiencia. Pero iba a haber guerra, lo sabía, y eso lo cambiaba todo. Para empezar, y desde que supo que iba a ir a la marcha, sentía los nervios en el estómago. Conciliaba mal el sueño y hasta digería penosamente los alimentos, cosa que nunca le había ocurrido. Por haber participado en otras marchas similares de años anteriores, cuando se encontraba mejor de forma, sabía que eran devastadoras. Uno se «picaba en su amor propio», y ¡ya estaba montado el exterminio! Vivía sumido en un estado de absoluta alteración desde varias semanas antes y, eso mismo, a la hora de la verdad, le privaba de una buena parte de sus fuerzas. Eran, sí, como aquella Larga Marcha de los comunistas chinos de Mao, de la que leyó un libro hacía tiempo.
Mogollón de chinos pedaleando sin parar. Mogollón de problemas y adversidades que solo podían superarse con la tenacidad propia de los orientales. Además, esas marchas requerían un cierto espíritu no únicamente combativo, sino mesiánico, religioso. Constituían revoluciones privadas que cada cual libraba contra sus propios límites y miedos. En alguna marcha se vio junto a cientos y cientos de hombres como él, de todas las edades y aspectos, pero a los que unía una similar predisposición al sufrimiento. Y todo, a diferencia de lo que alguna gente le había dicho, no por obtener algún trofeo o diploma, sino por superarse a sí mismos. En cierta ocasión, en los Pirineos, bajo un sol de justicia, corrió, sufrió y agonizó durante cerca de diez horas junto a casi tres mil cicloturistas. Unos llegaron con horas de adelanto sobre su propio tiempo, y otros horas después, pero en el fondo todos estaban hermanados en esa peripecia de índole acaso veladamente comunista, en el sentido de mística, iniciática. Un proceso de ascesis, purificación y despanzurramiento colectivo. Y todos, sin excepción, llegaban a meta no solo exhaustos y deshidratados, y eso quien no se había retirado en plena marcha o había sido evacuado por los servicios médicos que, a veces, no daban abasto, con los ojos rasgados del cansancio. Tal que chinos en plena guerra civil revolucionaria. Incapaces de articular palabra, rotos física y anímicamente, se palpaban con fraternal cariño cruzando torpes onomatopeyas, igual que harían aquellos bravos soldados de la revolución maoísta.
El Ardilla afrontó hecho un mar de nervios la semana previa a la marcha. Cada día repasaba una y otra vez su bicicleta, limpiándola con un mimo tan exagerado que su esposa le dijo un par de ocasiones:
—Ya le gustaría a una ser tratada así de vez en cuando…
Y se lo había dicho con retintín, de manera insinuante y hasta sexy. En esos momentos El Ardilla vacilaba. Era verdad: ponía tanto esmero en el cuidado de su bici que, de ser volcado en el cuerpo de su mujer tan higiénica y meticulosa patología, la habría llevado, teniendo en cuenta lo apasionada que podía ser, a cotas de placer inimaginable. Pero precisamente ese tipo de pensamientos eran los que debía evitar a toda costa, al menos con una marcha tan próxima. Y ella, como si viera el percal, le apretaba las clavijas del deseo y, justo en esos días previos en los que toda su atención se centraba en la inminente marcha cicloturista, parecía ofrecerse con especial deleite. Seguramente, pensaba El Ardilla al poco, eran alucinaciones suyas. Como las tentaciones del diablo a Cristo. «Todo esto te daré…»
Pero no, él iba a machacar a esos insolentes jóvenes del club, como los grandes campeones veteranos a los que, cuando todo el mundo creía muertos en vida, parecen resucitar de entre sus cenizas. Entonces, llegando de menos a más y de detrás adelante, realizan gestas épicas y hazañas inigualables.
«Aahhhhhggggg», así se dormía en las noches previas. Plácida y a la vez inquietantemente. Recién evitada la última sugerencia de su esposa —ese pie en el lecho, ese suspiro en la oscuridad, ese beso demorado, esa mirada líquida o esa mano olvidada en zonas de su cuerpo que por lo general no existían, como las ingles, los riñones, el vientre, alto, medio y bajo— volvía a verse en sueños, victorioso en lo alto de las cumbres, entre mares de sudor y pavorosas muecas de los rivales, rendidos ante su empuje animal.
Aunque sabía que en la marcha iba a marcar un tiempo intermedio, quería el diploma de oro. Nada de plata o bronce. Y, sobre todo, deseaba ver hundidos y destrozados a esos osados que le habían provocado veladamente: «A ver si eres tan Ardilla como dicen…» Se iban a enterar.
Aun sin haber alcanzado un nivel óptimo de forma, se sentía más o menos satisfecho. Entrenó con esmero, se había cuidado al máximo, incluso cayendo en ciertas bobadas que creía ya superadas: atiborrarse de salvado durante su ya de por sí liviano desayuno, para ir al lavabo con frecuencia y perder rápido ese par de kilos que juzgaba en todo punto necesariamente prescindibles para sentirse bien el día de la marcha; tomar ginseng por un tubo; realizar ejercicios de yoga, según el método del Mahatma Mahareshi Maeshu: «Puedo hacerlo y lo haré, puedo hacerlo y lo haré…».
Y luego, a punto de caer en las dulces garras del sueño, repetirse igual que un lorito: «Soy dúctil como una pluma, soy dúctil como una pluma…».
Al despertar, excitado y sudoroso, estaba convencido de ser capaz de ascender esos puertos de primera a una media de diez o trece kilómetros por hora. Sí, ya sabía que los ciclistas profesionales esos mismos puertos, en carrera, los subirían a casi treinta, pero él no vivía de esto. Él, como los dos mil quinientos treinta y siete participantes en la marcha, solo vivía para esto.
Igual que en eventos anteriores de tal guisa, a mitad de semana empezó a obsesionarle el tiempo. ¿Y si llovía? Qué horror. Se recordó a sí mismo en otra marcha de características similares: una burrada de kilómetros y varios puertos a superar. Entonces no se sintió paquidermo reptante, abotargado, sino algo a medio camino entre crustáceo y lamelibranquio: como mejillón pegado a la roca del asfalto, como ostra silenciosa y neutra en el corazón del océano, pues llevaba tamaño trancazo encima que no sabía ni quién era. Y aquellos últimos puertos pasados ya a un ritmo patético, entre gente que le animaba diciendo:
—¡Venga, que ya falta poco…! —cuando aún restaban cuatro o cinco interminables kilómetros, y él iba en zigzag, o más exactamente de cuneta a cuneta, casi ciego de dolor, pero impulsado por una fuerza salvaje y mayor, diríase que igual a la que empuja a algunos ciclistas profesionales en las etapas memorables y antropófagas del Tour o una de las grandes vueltas de tres semanas, que habían constituido su auténtica religión desde que poseía uso de razón, si alguna vez la tuvo para otra cosa que no fuese ir en bici forzando el organismo hasta un extremo en el que incluso llegaba a asustarse, al pensarlo después.
Y fue justo tres días antes de la larga marcha cuando su mujer le vino con aquella historia de que el sábado, o sea la noche anterior a la prueba, debían asistir a una cena, compromiso ineludible al que de hecho acudían con gusto cada año por estas mismas fechas, solo que por estas mismas fechas otros años él no había decidido participar en ninguna marcha, y por lo tanto podía dedicarse a disfrutar de los susodichos ágapes.
Viendo que era imposible no asistir si no quería tener un serio problema conyugal de secuelas impredecibles, transigió, aunque pensando que se comportaría de modo recatado en la comida y sobre todo en la bebida. Porque, se lo enseñaron sus experiencias en la bici, así como la comida se quema relativamente rápido al hacer kilómetros, la bebida es un veneno que cuesta mucho eliminar del todo. Da flojera de piernas, aturde durante demasiadas horas y, lo que es peor, amedrenta psicológicamente a cualquiera. Tras una de esas traidoras bacanales pantagruélicas, uno va en bici tocado sin remedio. Vencido de antemano. Aparte de que, aunque se mantenga en secreto, parece que los colegas lo sepan por instinto y decidan ir a muerte ese día, precisamente ese día, atacando de modo enloquecido y sin tregua en cada tramo del recorrido, como suelen hacer los corredores jóvenes en sus carreras, que por algo son jóvenes.
A sus retortijones de estómago en las horas previas a la cena del sábado —tenía miedo del miedo— se sumó un malestar incierto, pero no por ello menos crónico e intranquilizador. Prácticamente amenazaba a su mujer, la pobre, espetándole que no pensaba comer más que lo justo. Como un gorrión. Picoteando, vamos. Lo suyo iba a ser una abstinencia camuflada y apenas oculta por el decoro social pertinente. Una huelga de hambre a medias. Ella le decía a todo que sí. Mientras, El Ardilla seguía dándole vueltas a lo que, preveía, iban a ser los pormenores de la jornada siguiente, pletórica de heroicas gestas y, tampoco lo dudaba, sufrimientos indecibles. Estaba tan excitado con ello que hasta tuvo cagarrinas. Y ahí empezó su verdadera preocupación. Ya conocía de sobra qué significaba tener el estómago suelto en situaciones así. Diarrea en la víspera de una marcha, según regla aritmética del cicloturismo, suponía pajarón descomunal a mitad de recorrido. No solo el cuerpo, sino sobre todo el coco no estaban en su sitio. Prefirió no pensar.
En la cena, con los amigos de siempre, se animó sin darse cuenta. Y lo hizo, cómo no, mientras hablaban de ciclismo, de bicis y de gestas mil. ¡Qué tiempos, aquellos idos! Copa por aquí, incluso una caladita al cigarro por allá, pese a que hacía más de tres años que oficialmente había dejado de fumar. Pero la copa invariablemente llena. ¿Quién le atendía tan diligentemente en esos avituallamientos? El caso es que siempre había rioja a punto de echárselo al coleto. Estaba tan bueno, tanto, que se decía: «Un trago más, solo uno». Y risas.
De pronto, proveniente de dos flancos de la mesa, oyó idéntico comentario: «Mañana lloverá, dicen».
Cierta considerable amargura, pero acompañada de una tibia bocanada de tranquilidad, se hizo fuerte en su pecho. A partir de ese instante ya no recordó nada.
Lo siguiente fue la oscuridad de su alcoba y el calor del cuerpo de su mujer, pequeño y frágil, pero lleno de un fuego que casi había olvidado a fuerza de rehuirlo inconscientemente.
Él se había depilado con diligencia las piernas, lo que a ella le provocaba una risa considerable. Ella, tras hacerle cosquillas, le colocó, en medio de bromas, una patita entre las suyas. Y, que recordase, por primera vez en su vida le llamó por el apodo con el que cariñosamente le conocían en el club. Solo que dijo: «Mi Ardilla» en un momento determinado y comprometedor.
El Ardilla ya no era un crío para estas cosas. De hecho, con poco se conformaba. Mejor calidad que cantidad, fue su lema desde siempre. En ciclismo, igual: «Cuando realizas un ataque, tiene que ser definitivo. Al rival, o lo aniquilas o acabará destrozándote en cuanto pueda recuperarse». Pero es que también a su mujer parecía ocurrirle algo anormal aquella noche, precisamente aquella noche, horas antes de la marcha. ¡Y él que había quedado con los colegas a una hora temprana en la plaza del ayuntamiento! Se consoló, mientras pudo, pensando que al menos dormiría profundamente cuatro horas.
No contaba con esa patita, ni con el beso que le dio en el cuello, un auténtico bocado en la paletilla, mientras frotaba su cuerpo menudo y ávido contra un aterrorizado Ardilla, que gimoteaba suplicando: «Mañana, cariño, mañana…».
Ni mañana ni leches. La patita era la patita. Esa y no otra era su etapa del Tour, esa su larga marcha. Fue épico, en efecto. Hubo gritos apenas amortiguados, pues los niños dormían un tabique más allá, y hasta arañazos en su espalda tensa. Como cuando eran novios y él disputase sobre el cuerpo de ella un imaginario y rabioso sprint en la meta de los Campos Elíseos de París, jugándoselo todo a una carta.
No fueron cuatro puertos hors-categoríe, sino dos, aquella noche loca. Dos polvos como dos catedrales, ¡y en apenas unas horas! Aunque el último fue realizado por El Ardilla con síntomas de desfallecimiento y entre estertores, como quien insinúa un demarraje pero en realidad solo está asustando o probando al contrario. Poca savia le quedaba ya, tan poca que cayó roque y hasta con leves temblores en un sueño viscoso, incierto, lleno de luz, incluido podio y flores.
En algún momento de ese sueño se veía a sí mismo incapaz de subir una pendiente de nada, pese a que utilizaba un piñón que más parecía una paellera, entre el pitorreo de sus colegas.
Dolorido, se irguió con un sobresalto cuando sonó el despertador, a la hora fijada para levantarse. Pudo oír nítidamente el golpeteo de la lluvia sobre el tejado, y varios truenos voraginosos que inmisericordes resquebrajaban los cielos. Pensó en sus colegas y en los cientos de chinos que, pese al tiempo, realizarían la larga marcha. Y con alivio pensó: «Que se jodan».
Habría otras ocasiones para la solidaridad en ruta, para la lucha y para la modesta, anónima gloria. El Ardilla aún miró de soslayo a su mujer, que ahora le recordaba a una marmota. Al pensar en la noche reciente, algo se contrajo en su estómago. Si ella lo deseaba, en un rato podía volverse mimoso como un koala. Más duros eran el Tourmalet o el Galibier.
Ya puestos…
Y se durmió.