El caballo
Carlos Casares
No me gustó que tuvieras cara de caballo. Me recordaste a un compañero de escuela, un infeliz al que llamábamos Pepito Percherón, que se cagaba cada vez que el maestro le daba con la vara en la palma de la mano, y al que yo le tenía rabia, no porque se cagara, sino porque era feo y con cara de caballo, como tú. Le tenía rabia y un día estuve dándole patadas en las espinillas durante más de una hora, arrimado él contra una pared, en el callejón de La Perrera, llorando sin moverse y yo pegándole sin parar. Todavía hoy siento vergüenza por aquel episodio, que me hace sentir miserable y del que me consuelo pensando que todos los niños son muy crueles con los niños, no porque sean malos o atravesados, sino porque son niños.
Fue gracias a ti que descubrí a Charlie Gaul, elegante sobre la bicicleta, con el cabello rubio bien peinado y aquellas gafas oscuras de marca que le sentaban fantástico, como a un actor de cine o como a Porfirio Rubirosa, por ejemplo, que también lucía unos lentes como aquellos, que le quedaban muy bien. Si de repente empecé a fijarme en ti, fue por puro azar, por una cuestión patriótica que me sucedió con la madre de unos amigos franceses, Jean Marie y Elsa, con los que pasaba unos días de verano cerca de París, en una casa moderna y luminosa, un chalet de cemento y cristal diseñado por Josep Lluís Sert. Su madre, Marie, que era una mujer bella y elegantísima, parecida a Lauren Bacall, seguía el Tour de Francia todos los días a través de la radio, y yo con ella.
Hasta entonces, te lo digo sin animosidad, el ciclismo no me había interesado nunca, como tampoco me interesaba el fútbol. El primero, lo tuyo, me parecía vulgar y un poco ridículo, sobre todo por la indumentaria de los corredores, con aquellos culottes que deformaban las piernas, ya de por sí bastante feas por el tipo de desarrollo muscular que impone el esfuerzo y la forma del pedaleo sobre la bicicleta. El segundo, simplemente me parecía detestable por bruto y por el sudor. Si te digo la verdad, una de las cosas que nunca le perdoné a mi admirado Nabokov fue precisamente que de joven jugara al fútbol. Y Rafael Alberti, si no fuese porque lo detesté siempre por ripioso y comunista, me bastaría el poema a Platko, el portero del Barcelona, para incluirlo en la lista de los mierdosos.
Pues en París sucedió que un día, mientras el pelotón iniciaba la subida al Tourmalet y tú te lanzaste, como una exhalación hacia la cumbre (la frase no es mía, sino del locutor), pasando a todos los contrarios con una facilidad y una ligereza de mariposa (asimismo dijo el comentarista), como si ellos llevasen plomo en las piernas y tú tuvieses un motorcito camuflado en el tubular de la bicicleta, el hombre de la radio empezó a cantar la gesta que estabas realizando con tal entusiasmo que dijo que eras como un águila. Hasta ese momento, te lo confieso sinceramente, yo no tenía idea de quién eras, no formabas parte de mi vida, no sabía cómo eras, ni si tenías cara de caballo, más bien te imaginaba como un joven alto y fornido, de pecho atlético, ancho en los hombros y estrecho en la cintura, y muslos redondeados y poderosos, de un color moreno tostado.
Cuando el locutor dijo que estabas escribiendo una de las páginas más gloriosas de la historia del Tour, Marie, la madre de Jean Pierre, sacudió el cigarrillo sobre el cenicero de cristal que tenía colocado sobre el brazo del sillón donde estaba sentada, y dijo con cara de asco, un asco displicente y distinguido: «¡Ce pauvre espagnol à la figure de cheval n’est pas un aigle, mais un vulgaire gitan!». Luego añadió en voz baja: «¡Oh, la colère des pauvres!». No me gustó el comentario, que encontré impertinente y ofensivo, incluso deliberado, como si pretendiese humillarme, a pesar de que Marie y yo teníamos una magnífica relación amistosa, sobre todo cuando hablábamos de literatura o de pintura, especialmente de Maurice de Vlaminck, el pintor que más nos gustaba a los dos y que varias tardes habíamos ido a ver juntos al Jeu de Pomme, después de comer en La Coupole.
Me adelanto a decirte que mi tipo no es la gente morena, sino la aria, es decir, el tópico ese de la gente de cabello rubio, los ojos azules y la piel blanca, de leche, con tal de que no tenga ni ronchas ni granos, sino esa tersura de mármol que con frecuencia se encuentra entre los nórdicos de la aristocracia o la burguesía urbana, no entre los que proceden de los slot o los herrgård del campo, que por muy alta prosapia que tengan detrás, desde generaciones, no pasan de ser como manzanas coloradas, sanas y saludables, pero campesinas, al fin y al cabo, gentes de caza y pesca, muy de andar por el bosque, de montar a caballo, pero torpes y macizos, supervivientes de una clase destinada a desaparecer o a alquilar sus palacios a los turistas.
Digo esto de los rubios porque me gustan, como se deduce de lo dicho, más que los morenos, aunque entre estos últimos hay también algunas excepciones. Detesto en primer lugar el moreno latino, esa especie de tipo que yo llamo el delgado nacional y que solo se ve en España, en ninguna otra parte de Europa. Suele ser un birulillas con aspecto de hambriento, sin separación o marca entre el pecho plano y la cintura, sobre la que se anuda generalmente un cinto de cuero con casi doble vuelta, y que tiene una cara cetrina, entre famélica y estúpida, dominada por unos pómulos oscuros y pilosos y por un bigote ridículo, esa raya fina formada por una línea negra de tres o cuatro pelos trazada un centímetro por encima del labio.
Hay también otro moreno arabizado, de ojos negrísimos, como escarabajos de azabache, nariz aguileña y pómulo disparado hacia arriba, como zapato de punta requichada. Este suele tener pinta de macho y homme à femmes, de los que hacen estragos en cualquier corazón femenino. Me gusta más, pero tampoco es mi tipo, no porque sea feo o vulgar, sino porque lo encuentro agresivo, incluso vicioso, con aspecto depravado, mismamente como si no tuviese más que un coño en la cabeza. De estos he conocido a unos cuantos. Pululaban hace años por los clubes de Palma y de Marbella, siempre con alguna mujer madura al lado, rubias de frasco embadurnadas de crema, con la piel carbonizada por horas y horas de exposición al sol al borde de las piscinas o en la playa. Un desperdicio.
El caso fue que aquel día, cuando Marie hizo el comentario sobre le pauvre espagnol, me dio de repente un pálpito patriótico que a mí mismo me sorprendió, pues nunca me he sentido español en el sentido pleno de la palabra, es decir, que como le ocurre a esas personas que nacen con cuerpo de hombre y alma de mujer, yo siempre me tuve por francés de alma, quiero decir que me hubiera gustado ser francés, asunto imposible desde el punto de vista físico, por otra parte, ya que yo nací en Orense, pero posible si pensamos en términos d’esprit. Entonces me dirigí a Marie y le dije que tú eras grande, el mejor, un águila de verdad, el más fuerte, el único capaz de derrotar a los demás de una forma rotunda, humillándolos como estaba ocurriendo aquella tarde, según refería a gritos el locutor, cuando subías tú solo el Tourmalet.
Hablé por boca de ganso, naturalmente. No era yo, pues hasta aquel día ni sabía quién eras tú, como te dije, ni tenía la más remota idea de cómo eras ni había escuchado nunca tu nombre. Naciste de mi orgullo herido, de mi condición de habitante avergonzado de un país en el que multaban a las muchachas extranjeras que se ponían en bikini en nuestras playas, o en el que llamaban maricones a los homosexuales o mariquitas o sarasas, o en el que los curas expedían certificados de buena conducta y los cabos de la Guardia Civil avisaban de que en el pueblo, como fue mi caso, te lo juro, había gente que compraba demasiados libros. Notaba toda aquella mierda española pegada a mi piel francesa, como si fuera mía toda la mierda de España, como si yo mismo me hubiera cagado, con perdón, igual que aquel niño al que le pegaba patadas en la escuela.
Marie me miró extrañada y distante, con aquella frialdad superior de clase y de raza, sorprendida tal vez de que yo me sintiese aludido, nosotros que hablábamos siempre como cómplices de nuestras pasiones comunes, de Vlaminck y de Chagall, de Valéry, de Sartre y de Simone de Beauvoir, de Nelson Algren, de Albert Camus y de María Casares, de Gérard Philipe. El rostro de Marie seguía inmutable, sin dejar traslucir ni el más insignificante de sus sentimientos, pero sus labios y su boca, aun sin articular palabra, delataban su asombro y su incomprensión: yo tan vulgar, que me sentía aludido por aquellas frases dedicadas a un pobre ciclista español con aspecto de gitano. Fue esta última la única palabra que oí, quizás la única que salió de sus labios en aquel momento.
Casi al mismo tiempo alargó la mano hacia el revistero de madera (diseño de Rietveld), que tenía a su izquierda, cogió un ejemplar de Le Nouvelle Observateur, lo abrió con rapidez, pero sin furia, tal vez solo con una contundencia hecha de desdén y, sin decir nada, me mostró tu foto. ¡Qué desastre, hijo! Primero, la cara de caballo, aquella quijada saliente y aquellos pómulos de hambre heredada, como si fueses un punto intermedio entre la mula y el hombre. ¡Y las cejas! Dos matas oscuras y pobladas, unidas sobre la parte superior de la nariz como si formasen una sola, igual que un turco o un agareno o un marroquí inculto y feo. ¡Y los dientes! Enormes y trampeados como un grupo de menhires torcidos. De las piernas prefiero no hablar.
Fue entonces cuando descubrí a Charlie Gaul. Estaba a tu lado, un poco más atrás, sentado con elegante desgana sobre la bicicleta, con aquellas gafas ray ban tan bien puestas, el pelo rubio, la cara labrada por el esfuerzo, no por siglos de hambre como la tuya, la nariz perfecta, las cejas insinuadas, casi invisibles, marcando como una leve transición de ensueño entre el ojo y la frente despejada, no estrecha y arrugada por el sol inclemente de la meseta como ocurría contigo, sino mimada por el frío de su tierra, aunque te parezca una contradicción, porque has de saber, ciclista del carajo, que el frío conserva mejor que el sol, que amojama y seca la piel y la envejece. Déjame que te diga que Charlie Gaul me pareció guapísimo.
Al día siguiente recorté su foto de la revista. Pronto tuve más. No las desempaqueté hasta que llegué a Madrid. Entonces las puse por las paredes, siempre para sorpresa de muchos de mis amigos, que no podían entender que de repente me gustase el ciclismo, a mí, tan reacio a cualquier deporte que no fuese el tenis, y para desesperación de otros, que no entendían aquella especie de culto a un noble bruto, aquel cachas con aspecto de leñador del bosque, probablemente inculto. Ni a unos ni a otros nunca les hice caso. De manera que me dediqué a seguir todas las carreras ciclistas, desde las clásicas hasta las grandes rondas, lo mismo el Tour que el Giro, un poco menos la Vuelta, pero sin desentenderme de ella completamente, sobre todo cuando corría Charlie Gaul.
Me he acordado de ti hoy, tantos años después, cuando el ciclismo, o mejor dicho Charlie Gaul, se han borrado, si no de mi memoria, al menos de mi corazón. Esta noche, sentado ante la chimenea, en la soledad de este viejo caserón familiar, con la nostalgia avivada por el fuego y la melancolía azuzada como un perro por el repicar furioso de la lluvia en los cristales, me he puesto a revolver entre papeles y carpetas. Allí estaba Charlie Gaul repetido cientos de veces, bello como un dios pagano, tan lejos de mí, sin embargo, ahora que la vida y el tiempo no me permiten esperar nada, a no ser la llegada apresurada de la muerte, que veo cada mañana en el espejo, avanzando veloz sobre la blancura creciente de mi rostro afilado y destruido como la cara famélica y amarilla de un judío en un campo de concentración. He mirado algunas fotos y he deslizado mis dedos sin carne, solo piel y huesos, sobre la imagen de tu compañero, tu rival. Nada, ni el cosquilleo de una hormiga insignificante en alguna zona milagrosamente viva de mi vientre, nada.
Entonces apareciste tú, águila, caballo, cetrino nacional, en el recorte de una entrevista publicada en Le Monde por aquellos años, cuando te conocí en casa de Marie. Ignoro qué motivo me llevó a recortarla y a guardarla en esta carpeta azul, entre las fotos del luxemburgués. Desdoblé con trabajo las hojas, mis dedos tiemblan y se mueven como juncos azotados por el viento, y empecé a leer. De pronto me encontré con una frase. Traduzco: «El Tour no vale para mí lo que vale un hombre, el más pequeño, el más pobre, el más tonto de todos». ¿Dijiste tú esto, ciclista? ¿Por qué no lo recuerdo? ¿Por qué, cuando lo leí entonces, seguí pensando que eras una mierda de tío, una birria, un gitano horroroso, una mula? ¿Por qué tuve que convertirme en esta miseria amarilla que mete miedo a quien lo observa para darme cuenta de que no eras tan feo, cabroncísimo infinito, ciclista del carajo, caballo sin gracia ni elegancia? Te llevaré conmigo hasta el final, que ya escucho retumbando al otro lado del vendaval alocado de esta noche, casi a la puerta de esta vieja casa en la que me pudro. Lástima que ya no sea aquel corazón que se encabritaba de gozo cada vez que veía una foto de Charlie Gaul.