4
—Me revientan las fiestas —dijo Wilt la noche del jueves—, y si hay algo que es aún peor que las fiestas, son las fiestas universitarias, y las fiestas de botella son las peores de todas. Llevas una botella de borgoña decente y acabas bebiendo el matarratas de otro.
—No es una fiesta —dijo Eva—, es una barbacoa.
—Aquí dice «Vente, vente y vente con Sally y Gaskell el jueves 9 noche. Trae tu propia ambrosía o prueba fortuna con el ponche de los Pringsheim.» Si ambrosía no significa agua de sentina argelina, me gustaría saber lo que significa.
—Yo creía que era eso que toma la gente para ponerse calentorra —dijo Eva.
Wilt la miró con repugnancia.
—Has aprendido unas cuantas expresiones muy selectas desde que te relacionas con esa gente. Ponerse calentorra. No sé quién te ha metido a ti…
—Tú no, desde luego. Eso seguro —dijo Eva y se dirigió al baño.
Wilt se incorporó en la cama y examinó la tarjeta. Aquella animalada tenía la forma de una… ¿De qué demonios tenía forma? En fin, era rosa y se abría y dentro había todas aquellas palabras ambiguas. Vente y Vente y Vente. Como alguien le tocara a él, le iban a oír. ¿Y lo del Ponche Pringsheim? ¿Cómo sería aquello? Un grupo de catedráticos fumando porros y hablando de sistemas de manipulación de datos de carácter teórico o de la influencia del hegelianismo pre-Popper en el panorama dialéctico contemporáneo, o algo igualmente ininteligible, y utilizando joder y coño de vez en cuando para demostrar que eran humanos, a pesar de todo.
—Y tú, ¿qué haces? —le preguntarían.
—Bueno, yo, en realidad, estoy dando clases en la Escuela de Artes y Oficios.
—¿En la Escuela de Artes y Oficios? Es terriblemente interesante —mirando por encima del hombro hacia objetivos más estimulantes, y Henry acabaría la velada con alguna mujer horrorosa que estaba convencida de que las Escuelas de Artes y Oficios cumplían una función real y que se daba una importancia excesiva a las tareas de tipo intelectual y que había que orientar a la gente de modo que estuviese socialmente coordinada y que eso era lo que estaban haciendo las Escuelas de Artes y Oficios, ¿no?
Wilt sabía muy bien lo que estaban haciendo las Escuelas de Artes y Oficios. Pagando a gente como él 3.500 libras al año por mantener tranquilos durante una hora a los instaladores de gas.
—¿Y qué coño me pondré? —preguntó.
—Tienes una camisa mejicana que compraste en la Costa del Sol el año pasado —dijo Eva desde el cuarto de baño—. No has tenido oportunidad de ponértela desde entonces.
—Y no pienso ponérmela ahora —murmuró Wilt, revolviendo en un cajón en busca de algo indescriptible que demostrase su independencia.
Al final se puso una camisa a rayas con unos vaqueros.
—¿No pensarás ir así? —le dijo Eva, saliendo del baño básicamente desnuda.
Tenía la cara embadurnada de polvo blanco y los labios color carmín.
—Vaya por Dios —comentó—. Martes de carnaval con anemia perniciosa.
Eva le apartó de un empujón y siguió.
—Voy de Gran Gatsby —proclamó—, y si tú tuvieses un poco de imaginación se te ocurriría algo mejor que ponerte una camisa a rayas y unos vaqueros.
—Da la casualidad que el Gran Gatsby era un hombre.
—Bravo por él —dijo Eva, y se puso el pijama amarillo limón.
Wilt cerró los ojos y se quitó la camisa. Cuando salieron de casa llevaba una camisa roja con vaqueros, mientras que Eva, a pesar de que era una noche calurosa, insistió en ponerse el impermeable nuevo y el sombrero de paño.
—La verdad es que podríamos ir andando —dijo Wilt.
Fueron en coche. Eva no estaba dispuesta a bajar por la Avenida Parkview con sombrero de paño, impermeable de cinturón y un pijama amarillo. De camino pararon en una licorería donde Wilt compró una botella de tinto de Chipre.
—No creas que voy a probar esa basura —dijo—, y será mejor que cojas las llaves del coche ahora. Si resulta tan horroroso como creo que va a ser, me volveré temprano a casa andando.
Lo era. Peor. Wilt con la camisa roja y los vaqueros desentonaba mucho.
—Querida Eva —dijo Sally, cuando la encontraron por fin, hablando con un hombre que llevaba un taparrabos hecho con un paño de cocina que anunciaba quesos irlandeses—, estás preciosa. Los años veinte te sientan bien. Y así que éste es Henry. —Henry no se sentía Henry en absoluto—. En traje de época también. Henry, éste es Rafael.
El hombre del taparrabos examinó los vaqueros de Henry.
—Vuelven los cincuenta —dijo lánguidamente—. Supongo que tenía que suceder.
Wilt, mirando fijamente una forma de queso, intentó sonreír.
—Sírvete tú mismo, Henry —dijo Sally, y se llevó a Eva a conocer a las mujeres más libres y liberadas que estaban sencillamente muriéndose de ganas de conocer a nena globos.
Wilt pasó al jardín y puso la botella en la mesa y buscó un sacacorchos. No había ninguno. Por último examinó un gran cubo que tenía un cucharón. Media naranja y trozos de melocotón machucado flotaban en un líquido púrpura. Se sirvió en un vaso de papel y lo probó. Sabía, tal como había supuesto, a sidra con alcohol metílico y zumo de naranja. Miró a su alrededor contemplando el jardín. En un rincón cocinaba un hombre que llevaba gorro de cocinero y un suspensorio masculino. Estaba quemando salchichas en una parrilla sobre un fuego de carbón. En otro rincón del jardín había una docena de personas tumbadas formando un círculo, oyendo las cintas de Watergate. Había parejas dispersas hablando afanosamente y una serie de individuos de pie, solos, con aire desdeñoso y distante. Wilt se reconoció como uno más de ellos y eligió a la chica menos atractiva basándose en la teoría de que sería capaz de meterse en la boca del lobo y volver a salir ileso. Acabaría emparejado con ella de todos modos.
—Hola —saludó, dándose cuenta de que incurría en un tono americano al que ya había sucumbido Eva.
La chica le miró imperturbable y se alejó.
—Qué encanto —dijo Wilt, y terminó lo que le quedaba en el vaso.
Diez minutos y dos vasos después estaba hablando de Lectura Rápida con un hombre gordo y bajito que parecía profundamente interesado en el tema.
Eva estaba en la cocina cortando pan francés mientras Sally estaba allí a su lado con un vaso en la mano hablando de Lévi-Strauss con un etíope que acababa de regresar de Nueva Guinea.
—Siempre he pensado que L-S se equivocaba en lo que se refiere al problema de las mujeres —decía Sally, estudiando lánguidamente el trasero de Eva—, quiero decir que menosprecia la similitud básica…
De pronto dejó de hablar y miró por la ventana.
—Perdona un momento —dijo, y corrió a librar al Dr. Scheimacher de las garras de Henry Wilt.
—Ernst es tan afable —dijo cuando volvió—, que nadie sospecharía que obtuvo el premio Nobel de espermatología.
Wilt se quedó plantado en medio del jardín y terminó su tercer vaso de ponche. Se sirvió el cuarto y fue a escuchar las cintas de Watergate. Llegó a tiempo de oír el final.
—Captas mucho mejor la personalidad de Tricky Dick[1], cuadrafónicamente —decía uno al disolverse el grupo.
—Con los niños muy dotados hay que establecer una relación especial. Roger y yo hemos descubierto que Tonio responde mejor a un enfoque estructuralista.
—Es todo pura filfa. Considera, por ejemplo, lo que dice sobre los quasars…
—La verdad es que no puedo ver qué tiene de malo la sodomía…
—Me da igual lo que piense Marcuse de la tolerancia. Lo que yo digo es que…
—A menos dos-cincuenta de nitrógeno…
—Bach tiene sus momentos, creo yo, pero tiene también sus limitaciones…
—Hemos cogido esa casa en St. Trop…
—Yo aún sigo creyendo que Kaldor tenía la solución…
Wilt terminó su cuarto vaso y se puso a buscar a Eva. Ya estaba harto. Le detuvo el grito del hombre del gorro de cocinero:
—¡Ya están las hamburguesas! ¡A por ellas!
Wilt se acercó tambaleante. Se sirvió dos salchichas, una hamburguesa quemada y una masa de ensalada de col fresca en un plato de papel. No parecía haber cuchillos ni tenedores.
—El pobre Henry parece tan solo… —dijo Sally—. Voy a trasvasarle.
Salió y cogió a Wilt del brazo.
—Qué suerte la tuya, tener a Eva. Es la nena más nenita.
—Tiene treinta y cinco años —dijo beodamente Henry—, treinta y cinco nada menos.
—Es maravilloso encontrar un hombre que dice lo que piensa —dijo Sally, cogiendo un trozo de hamburguesa del plato de Henry—. Gaskell es que nunca dice nada de una forma clara y directa. A mí me encanta la gente realista.
Y tras decir esto se sentó en la hierba y tiró de Henry, obligándole a sentarse con ella.
—Yo creo que es terriblemente importante para dos personas decirse la verdad —continuó, partiendo otro trozo de hamburguesa y poniéndoselo en la boca a Henry.
Luego se lamió los dedos lentamente y le miró con ojos muy abiertos. Wilt, incómodo, masticó el trozo de hamburguesa y lo tragó por fin. Sabía a carne quemada con un regusto de Lancôme. O un aroma.
—¿Por qué dos? —preguntó él, enjuagándose la boca con ensalada de col fresca.
—¿Por qué dos qué?
—Por qué dos personas —dijo Wilt—. ¿Por qué es tan importante para dos personas decirse la verdad?
—Bueno, quiero decir que…
—¿Por qué no tres? ¿O cuatro? ¿O un centenar?
—Un centenar de personas no pueden tener una relación. No una relación íntima —dijo Sally—, una relación significativa.
—Yo no conozco muchas dos que puedan tenerlas tampoco —dijo Wilt.
Sally hundió los dedos en la ensalada de col fresca de Henry.
—Oh, pues claro que sí. Tú y Eva tenéis una relación real entre vosotros.
—No muy a menudo —dijo Wilt.
Sally se echó a reír.
—Oh, nene, tú eres un nene verdad.
Y se levantó y fue a por dos vasos más.
Wilt examinó dubitativo su vaso. Estaba ya muy borracho.
—Si yo soy un nene de verdad, ¿qué clase de nena eres tú, nena? —preguntó, esforzándose por instilar en el último nena algo más que una sombra de desprecio.
Sally se le arrimó culebreante y le cuchicheó al oído:
—Soy una nena cuerpo —le dijo.
—Eso ya lo veo —dijo Wilt—. Tienes un cuerpo muy bonito.
—Es la cosa más bonita que me han dicho en mi vida —dijo Sally.
—En ese caso —dijo Wilt, cogiendo una salchicha ennegrecida— debes de haber tenido una niñez muy triste.
—De hecho lo fue, sí —dijo Sally, quitándole la salchicha de los dedos a Henry—. Por eso necesito ahora tanto amor.
Y se metió en la boca la mayor parte de la salchicha, la fue sacando luego muy despacio y le arrancó la punta de un mordisco. Wilt terminó la ensalada de col fresca, acompañándola con Ponche Pringsheim.
—¿Verdad que son todos horrorosos? —dijo Sally, mientras llegaban gritos y risas del rincón del jardín donde estaba la parrilla.
Wilt alzó la vista.
—De hecho lo son, sí —dijo—. ¿Quién es el payaso ese del suspensorio?
—Ése es Gaskell. ¡Es tan infantil! Le gusta jugar con cosas. Allá en los Estados Unidos le encanta, sencillamente, montarse en las locomotoras de los trenes y va a los rodeos y las navidades pasadas insistió en vestirse de Santa Claus y bajar a Watts a llevarles regalos a los niños negros de un orfanato. No le dejaron, por supuesto.
—Si fue con el suspensorio, no me sorprende lo más mínimo —dijo Wilt.
Sally se echó a reír.
—Tú debes de ser Aries —dijo—, no te importa decir lo que sea.
Y se puso de pie y levantó a Wilt.
—Voy a enseñarte la habitación de los juguetes que tiene —le explicó—. Es tan chistosa…
Wilt posó el plato y entraron en la casa. Eva estaba en la cocina pelando naranjas para una macedonia y hablando de ritos de circuncisión con el etíope, que le cortaba plátanos en rodajas. En el salón había varias parejas bailando vigorosamente, espalda con espalda, al ritmo de un LP de la Quinta de Beethoven puesto a 78 revoluciones.
—¡Dios mío! —suspiró Wilt, mientras Sally cogía una botella de vodka de un aparador.
Subieron al piso de arriba y siguieron luego un pasillo hasta un pequeño dormitorio lleno de juguetes. Había un tren eléctrico instalado en el suelo, un punch de boxeo, un oso de felpa enorme, un caballo de balancín, un casco de bombero y una muñeca hinchada tamaño natural que parecía una mujer auténtica.
—Ésa es Judy —dijo Sally—. Tiene un coño de verdad. Gaskell es un maníaco del plástico.
Wilt pestañeó.
—Aquí están —prosiguió Sally— los juguetes de Gaskell. Nene pubertad.
Wilt contempló la habitación revuelta y movió la cabeza.
—Parece que estuviese compensando una infancia perdida.
—Oh, Henry, qué perceptivo eres —dijo Sally, desenroscando el tapón de la botella de vodka.
—Qué coño voy a ser perceptivo, es algo evidente.
—Oh, claro que lo eres. Lo que pasa es que eres terriblemente modesto, eso es lo que pasa. Modesto y tímido y varonil.
Y bebió un trago de la botella y se la pasó a Wilt. Él bebió imprudentemente un trago y tuvo problemas para tragarlo. Sally cerró la puerta con pestillo y se sentó en la cama. Alzó una mano y atrajo a Wilt hacia sí.
—Jódeme, nene Henry —dijo, y se alzó la falda—. Móntame, querido. Dale hasta gastármelo.
—Eso —dijo Wilt— iba a ser un poco difícil.
—Oh. ¿Por qué?
—Bueno, por una parte sería imposible; y, en realidad, ¿por qué iba a hacerlo?
—¿Quieres una razón? ¿Una razón para joder?
—Sí —dijo Wilt—. Sí que la quiero.
—Razón es traición. Siente libremente.
Tiró de él hacia sí y le besó. Wilt no se sentía en absoluto libre.
—No seas tímido, nene.
—¿Tímido? —dijo Wilt, tendiéndose de costado—. ¿Tímido yo?
—Claro que lo eres. Está bien, ya sé que la tienes pequeña. Eva me lo dijo.
—¿Pequeña? ¿Qué quieres decir con eso de que la tengo pequeña? —gritó furioso Wilt.
Sally le miró sonriendo.
—Da igual. Da igual. Qué importa. Sólo tú y yo y…
—Pues claro que importa —farfulló Wilt—. ¿Así que mi mujer dice que la tengo pequeña? Ya le enseñaré yo a esa zorra estúpida quién la tiene pequeña. Voy a enseñarle…
—Enséñame a mí, nene Henry. Enséñame a mí. A mí me gustan pequeñas. Anda, no te hagas de rogar.
—No es cierto —masculló Wilt.
—Demuéstralo, querido —dijo Sally, culebreando contra él.
—No lo haré —replicó Wilt, levantándose.
Sally dejó de culebrear y le miró.
—Lo que pasa es que tienes miedo —dijo—. Te da miedo ser libre.
—¿Libre? ¿Libre? —gritó Wilt, intentando abrir la puerta—. ¿Estar encerrado en una habitación con la mujer de otro hombre es libertad? Debes de estar de broma.
Sally se bajó la falda y se incorporó.
—¿No lo harás?
—No —dijo Wilt.
—¿Eres un nene esclavitud? Puedes confesármelo. Estoy acostumbrada a nenes esclavitud. Gaskell es…
—Por supuesto que no —dijo Wilt—. Y no me interesa lo más mínimo lo que sea Gaskell.
—Tú quieres que te la chupe, ¿es eso? ¿Quieres que te la chupe?
Y se apartó de la cama y se acercó a él. Wilt la miraba con ojos desorbitados.
—No me toques —gritó, pues se vio de pronto como un gran pirulí—. No quiero saber nada de ti.
Sally se detuvo y le miró fijamente. Ya no sonreía.
—¿Por qué no? ¿Porque la tienes pequeña? ¿Es ése el motivo?
Wilt retrocedió y se apoyó en la puerta.
—No, no es eso.
—¿Porque no tienes el valor de seguir tus instintos? ¿Porque eres psíquicamente virgen? ¿Porque no eres un hombre? ¿Porque no puedes tomar a una mujer que piensa?
—¿Que piensa? —gritó Wilt, azuzado por la acusación de que no era hombre—. ¿Que piensa? ¿Tú piensas? ¿Tú sabes algo? Preferiría hacerlo con esa muñeca mecánica de plástico antes que contigo. Tiene más atractivo sexual en el dedo meñique que tú en todo tu cuerpo podrido. Yo, cuando quiero una puta, la pago.
—Pero qué dices tú, mierdecita —chilló Sally, y se lanzó sobre él.
Wilt la esquivó lanzándose a un lado y tropezó con el punch de boxeo. Luego tropezó con un motor de juguete y salió lanzado hacia el centro de la habitación. Cuando se desplomó en el suelo, Sally cogió la muñeca y avanzó hacia él.
En la cocina, Eva había terminado la macedonia y había preparado el café. Era una fiesta encantadora. El señor Osewa le había explicado cómo era su trabajo de funcionario de subdesarrollo de cuestiones culturales en la UNESCO y le había explicado también lo gratificante que le resultaba. El doctor Scheimacher la había besado dos veces en la nuca, al pasar, y el hombre del taparrabos de quesos irlandeses se había apretado contra ella con mayor firmeza de lo absolutamente necesario para coger la salsa de tomate. Y a su alrededor, por doquier, había gente terriblemente inteligente, toda la mar de abierta y franca. Era tan refinado todo… Se sirvió otro trago y miró a su alrededor, buscando a Henry. No se le veía por ninguna parte.
—¿Has visto a Henry? —preguntó a Sally cuando ésta entró en la cocina con una botella de vodka y un poco sofocada.
—La última vez que le vi estaba sentado con una muñequita muy elegante —dijo Sally, sirviéndose una cucharada de macedonia—. Oh, Eva, querida, eres absolutamente una nena Cordon Bleu.
Eva se ruborizó.
—Espero que esté pasándolo bien. Henry no es que sea demasiado simpático en las fiestas.
—Nena Eva, sé sincera. Henry no es demasiado simpático y punto.
—Es sólo que… —empezó Eva, pero Sally le dio un beso.
—Eres demasiado buena para él —dijo—. Tenemos que encontrarte alguien realmente maravilloso.
Mientras Eva tomaba su bebida, Sally buscó a un joven con una fronda de pelo cayéndole por la frente, que estaba echado en un sofá con una chica, fumando y mirando al techo.
—Christopher, precioso —dijo—. Voy a robarte un momento. Quiero que atiendas a alguien por mí. Entra en la cocina y camélame a la mujer de los globos grandes y el horrendo pijama amarillo.
—Oh Dios. ¿Por qué yo?
—Querido, ya sabes que eres completamente irresistible. Eres el más sexy. Hazlo por mí, nene, por mí.
Christopher se levantó del sofá, entró en la cocina y Sally se echó junto a la chica.
—Christopher es un sueño —dijo.
—Es un gigoló —dijo la chica del sofá—. Un puto.
—Querida —dijo Sally—, ya es hora de que nosotras las mujeres los tengamos.
En la cocina, Eva dejó de servir café. Se sentía deliciosamente borracha.
—No debes hacerlo —dijo muy apurada.
—¿Por qué no?
—Estoy casada.
—Me gusta. Me gusta.
—Sí, pero…
—No hay peros, querida.
—Oh.
Arriba, en la habitación de los juguetes, Wilt, que se recuperaba lentamente de los ataques combinados a su organismo del Ponche Pringsheim, el vodka, su anfitriona ninfomaníaca y la esquina del aparador contra el cual había caído, tenía la sensación de que pasaba algo terrible. No era sólo que la habitación diera vueltas, que tuviera un chichón en el cogote o que estuviera desnudo. Era más bien la sensación de que algo con todas las cualidades menos atractivas de una ratonera o una prensa de tornillo, o una almeja hambrienta, se hubiera adosado implacablemente a lo que él siempre había considerado hasta entonces la más íntima de sus partes. Wilt abrió los ojos y se encontró mirando fijamente un rostro sonriente, aunque un poco hinchado. Cerró los ojos de nuevo, esperó contra toda esperanza, los abrió de nuevo, se encontró con que la cara seguía allí, e hizo una tentativa de incorporarse.
Fue una tentativa muy imprudente. Judy, la muñeca de plástico, inflada a mayor presión de la normal, se resistía.
Wilt cayó de espaldas al suelo, con un graznido. Judy le siguió. Su nariz chocó con la de Henry, sus pechos con el tórax de Henry. Con una maldición, se puso de costado y estudió el problema. Incorporarse quedaba descartado. Provocaría una castración. Tendría que intentar alguna otra cosa. Hizo girar más la muñeca y se colocó encima, pero comprobó que al pesar sobre ella aumentaba la presión sobre lo que quedaba de su pene y que si quería contraer gangrena, aquél era el mejor medio de lograrlo. Así que se giró precipitadamente y tanteó buscando una válvula. Tenía que haber alguna en alguna parte, si pudiera encontrarla… Pero si la había, estaba bien escondida; y, tal como iban las cosas, no podía perder mucho tiempo buscándola. Tanteó el suelo a su alrededor, buscando algo que poder utilizar como una daga, algo afilado; y, por último, arrancó un trozo de vía de tren y lo hundió en la espalda de su asaltante. Hubo un chirrido de plástico, pero la sonrisa hinchada de Judy siguió intacta y sus indeseadas atenciones tan implacables como siempre. La acuchilló una y otra vez, pero sin resultado. Wilt soltó la daga improvisada y consideró otros medios. Estaba poniéndose ya frenético, consciente de una nueva amenaza. No era ya que estuviese sujeto a la elevada presión aérea de la muñeca. Crecían sus propias presiones internas. El Ponche Pringsheim y el vodka empezaban a producir sus efectos. Con la desesperada idea de que si no se libraba pronto de ella estallaría, Wilt agarró la cabeza de Judy, la inclinó hacia un lado y hundió los dientes en su cuello. O, mejor, lo habría hecho si la atmósfera por centímetro cuadrado de la muñeca se lo hubiese permitido. Así que en vez de morder, salió bruscamente rebotado y se pasó los dos minutos siguientes intentando localizar el diente falso que había perdido en el intento.
Tras localizarlo y colocárselo de nuevo, se apoderó de él el pánico. Tenía que librarse de aquella muñeca. Tenía que hacerlo. Habría una navaja de afeitar en el cuarto de baño, o unas tijeras. Pero, ¿dónde demonios estaba el cuarto de baño? Daba igual, estuviera donde estuviera lo encontraría, qué demonios. Con cuidado, con muchísimo cuidado, dio vuelta a la muñeca, poniéndola boca arriba y luego se colocó sobre ella. Después, fue subiendo poco a poco las rodillas, hasta quedar a horcajadas sobre ella. Lo único que necesitaba ya era algo en que apoyarse para ponerse de pie. Se estiró, y se agarró al borde de una silla con una mano mientras con la otra alzaba del suelo la cabeza de Judy. Unos instantes después, estaba de pie. Apretando contra sí la muñeca, se dirigió a la puerta y la abrió. Atisbó por el pasillo. ¿Y si le veía alguien? Al diablo con eso. A Wilt ya no le importaba lo que la gente pensara de él. ¿Hacia dónde quedaría el cuarto de baño? Giró hacia la derecha y, atisbando frenético por encima del hombro de Judy, enfiló pasillo abajo.
Abajo, Eva estaba pasándolo maravillosamente. Primero Christopher, luego el hombre del taparrabos de los quesos irlandeses, y, por último, el doctor Scheimacher, habían hecho todos tanteos e insinuaciones y habían sido rechazados. Era un cambio tan grande respecto a la falta de interés de Henry… Demostraba que aún seguía siendo atractiva. El doctor Scheimacher había dicho que era un interesante ejemplo de esteatopigia latente; Christopher intentó besarle los pechos y el hombre del taparrabos le había hecho una propuesta de lo más extraordinario. Y Eva había pasado por todo esto manteniéndose enteramente virtuosa. Su enorme vivacidad, su insistencia en bailar y, sobre todo, su costumbre de decir en tono un algo estrepitoso «Oh, no seas tan calentorro», en los momentos en que ellos mostraban más ardor, había tenido un efecto notablemente disuasorio. Ahora estaba sentada en el suelo del salón mientras Sally y Gaskell y el hombre barbudo del Instituto de Investigaciones Ecológicas discutían sobre la intervención de papeles sexualmente intercambiables en una sociedad demográficamente restrictiva. Se sentía extrañamente emocionada. La Avenida Parkview y Mavis Mottram y su propio trabajo en el Centro Comunitario Armonía parecían pertenecer a otro mundo. Había sido aceptada por gente que volaba a California o a Tokio a dar conferencias y a reuniones en la cumbre tan despreocupadamente como tomaba ella el autobús para ir al centro. El doctor Scheimacher había comentado que tenía que tomar el avión para Nueva Delhi por la mañana, y Christopher acababa de regresar de una misión fotográfica en Trinidad. Sobre todo, había una aureola de importancia que envolvía cuanto estaban haciendo, un hechizo del que carecía por completo el trabajo de Henry en la escuela. Ay, si pudiera conseguir que Henry hiciera algo interesante y aventurero. Pero Henry era tan prosaico… Había cometido un error casándose con él. Sí, no cabía duda. A él, lo único que le interesaba eran los libros, pero la vida no podía encontrarse en los libros. Como decía Sally, la vida era para vivirla. La vida era gente y experiencia y diversión. Henry nunca sería capaz de comprenderlo.
Wilt podía ver muy poco en el cuarto de baño. No podía ver, desde luego, modo alguno de librarse de la muñeca. Su intento de cortarle el cuello a aquel artefacto bestial con una cuchilla había concluido en un fracaso, debido fundamentalmente al hecho de que la cuchilla en cuestión era una Wilkinson de hoja compacta. Tras fracasar con la cuchilla había probado con champú como lubricante pero, aparte de que, incluso a sus ojos displicentes, parecía como si hubiese excitado a la muñeca hasta niveles claramente frenéticos de anhelo sexual, el champú no había servido de nada. Por último había vuelto a iniciar una búsqueda de la válvula. Aquel artilugio condenado tenía alguna por alguna parte, si pudiese encontrarla… Con este propósito atisbó en el espejo de la puerta del armarito de las medicinas, pero el espejo era demasiado pequeño. Había uno grande encima del lavabo. Wilt bajó la tapa del inodoro y se subió laboriosamente encima. De ese modo podía tener una visión amplia de la espalda de la muñeca. Cuando estaba tanteándola se oyeron pasos en el pasillo. Wilt dejó de tantear y se quedó inmóvil allí sobre la tapa del inodoro. Alguien intentó abrir la puerta y comprobó que estaba cerrada. Los pasos retrocedieron y Wilt lanzó un suspiro de alivio. Bueno, ahora, por fin podría encontrar la válvula.
Y en aquel momento se produjo el desastre. El pie izquierdo de Wilt pisó en el champú que había goteado en la tapa del inodoro, se deslizó hacia un lado y Wilt, la muñeca y la puerta del armarito de las medicinas a la que el primero intentó sujetarse se mantuvieron un instante en el aire. Mientras caía en la bañera seguido de la cortina de la ducha y su soporte, Wilt lanzó un último grito desesperado. Hubo luego un pop que recordaba los de los corchos de las botellas de champán y Judy, respondiendo a la presión de los setenta kilos de Wilt cayendo desde algo más de un metro de altura a plomo en la bañera, le expulsó. Pero a Wilt le daba igual ya. Estaba desmayado en todos los sentidos. Tenía sólo una vaga conciencia de gritos en el pasillo, de alguien que echaba abajo la puerta, de rostros que asomaban a mirarle y de risas histéricas. Cuando volvió en sí estaba echado en la cama de la habitación de los juguetes. Se levantó y se vistió y bajó por la escalera arrastrándose y salió por la puerta principal. Eran las tres de la madrugada.