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Era uno de los días especiales de Eva Wilt. Eva tenía días normales, días especiales, y días de «esos». Los días normales eran sólo días en que nada iba mal: lavaba los platos y pasaba el aspirador por la habitación de la entrada y limpiaba los cristales de las ventanas y hacía las camas y echaba Vim en el baño y limpiaba con Harpic el inodoro y se acercaba hasta el Centro Comunitario Armonía y ayudaba a hacer fotocopias o a ordenar ropa vieja para la venta benéfica y, en términos generales, desarrollaba actividades útiles y volvía luego a casa a almorzar y se iba a la biblioteca y tomaba el té con Mavis o Susan o Jean y hablaban de la vida y de lo poquísimo que Henry le hacía el amor últimamente, aunque fuese de modo rutinario, y cómo ella había perdido su oportunidad al rechazar a un empleado de banca que ahora era director, y volvía a casa y le hacía la cena a Henry, y salía a su clase de yoga o de arreglo floral o de meditación o de cerámica y, por último, se metía en la cama con la sensación de que había logrado hacer algo.
En días de «esos» nada iba bien. Las actividades eran exactamente las mismas pero cada episodio quedaba mancillado por algún pequeño desastre, como que se le quemase un fusible de la aspiradora o se le atascase el desagüe de la fregadera con un trozo de zanahoria de modo que cuando Henry llegaba a casa se veía saludado por el silencio o sometido a una exposición totalmente injustificada de todas sus faltas y defectos. Cuando era uno de «esos» días, Wilt solía sacar el perro para un amplio paseo con parada en el Ferry Path Inn y pasar una noche inquieta levantándose al cuarto de baño, anulando con ello las virtudes limpiadoras del Harpic que Eva había espolvoreado en el inodoro y proporcionándole una buena excusa para enumerar sus defectos una vez más por la mañana.
—¿Qué coño quieres que haga? —le había dicho él después de una de aquellas noches—. Si tiro de la cadena gruñes porque te despierto y si no lo hago, por la mañana dices que está horroroso.
—Bueno, lo está, y de todos modos no tienes por qué quitar todo el Harpic de los lados. Y no digas que no. Te he visto. Procuras recorrerlo todo bien con el chorro para quitar el Harpic. Lo haces aposta.
—Si tirase de la cadena se iría todo de cualquier modo y además te despertaría —le dijo Wilt, consciente de que tenía la costumbre de limpiar el inodoro de Harpic con el chorro.
Le fastidiaba aquella cosa.
—¿Y por qué no puedes esperar hasta por la mañana, vamos a ver? En realidad tienes que levantarte de noche —continuó ella previendo la respuesta evidente de él— porque te has estado atiborrando de cerveza. Sales a pasear un poco a Clem, no a hincharte de cerveza en esa taberna asquerosa.
—Mear o no mear, he ahí la cuestión —dijo Wilt sirviéndose sus cereales All-Bran—. ¿Qué quieres que haga, a ver, que me haga un nudo en el chisme?
—Yo iba a notar muy poco la diferencia si lo hicieses, desde luego —dijo Eva con amargura.
—Pero yo sí iba a notarla, y mucho, no te quepa duda.
—Yo me refería a nuestra vida sexual, lo sabes muy bien.
—Ah, te referías a eso —dijo Wilt.
Pero esto fue «uno de esos días».
En «uno de sus días especiales» sucedía algo inesperado en la vida de Eva que inyectaba en la rutina diaria un sentido nuevo y despertaba en ella las esperanzas aletargadas de que de algún modo cambiase de pronto todo para mejor, y el cambio persistiese. Era en esas esperanzas en lo que se basaba la fe de Eva en la vida. Eran el equivalente espiritual de las actividades triviales que la mantenía ocupada y a Henry sometido. En esos «días especiales» el sol brillaba más, y también el suelo del recibidor y la propia Eva estaba más alegre y tarareaba «Algún día vendrá mi príncipe» mientras limpiaba la escalera con Hoover. En esos «días especiales» Eva salía al encuentro del mundo con una cordialidad desarmante y despertaba en los demás las mismas esperanzas que tanto la emocionaban a ella. Y en tales días Henry tenía que prepararse él la cena y, por prudencia, mantenerse alejado de la casa el máximo tiempo posible. Las esperanzas de Eva Wilt exigían un espectáculo algo más fortificante que la visión de Henry Wilt después de una jornada laboral en la Escuela.
Era esas noches cuando más cerca estaba Wilt de decidirse verdaderamente a asesinarla y al diablo las consecuencias.
Aquel día concreto, Eva iba camino del Centro Comunitario cuando se encontró con Sally Pringsheim. Fue uno de esos encuentros completamente fortuitos, consecuencia del hecho de que Eva iba a pie en vez de ir en bicicleta, y además por Rossiter Grove, en vez de bajar directamente por la Avenida Parkview, por donde había kilómetro y medio menos de camino. Sally salía en aquel momento por el portón de su casa en un Mercedes con matrícula P, que indicaba que era nuevecito. Eva percibió el hecho y sonrió correspondientemente.
—Qué curioso que te encuentre así de casualidad —dijo alegremente cuando Sally paró el coche y abrió la puerta.
—¿Quieres que te lleve? Voy al centro a buscar algo sencillito para ponerme esta noche. Gaskell tiene un profesor sueco que viene de Heídelberg y vamos a llevarle a Ma Tante’s.
Eva Wilt subió al coche muy contenta. Calculaba mentalmente el coste del coche, de la casa, el significado de «buscar algo sencillito» para ir a cenar a Ma Tante’s (donde según le habían dicho un cóctel de gambas costaba 95 peniques) y el hecho de que el Dr. Pringsheim agasajase a profesores suecos cuando venían a Ipford.
—Iba andando al centro —mintió—. Henry se ha llevado el coche y hace un día tan agradable…
—Gaskell se ha comprado una bicicleta. Dice que es más rápida y que así además se mantiene en forma —dijo Sally, condenando así a Henry Wilt a otra desdicha más.
Eva tomó nota mentalmente de que debía procurar que Henry comprase una bicicleta en la próxima subasta de la policía para que fuese al trabajo pedaleando, lloviese o nevase.
—Yo había pensado —continuó Sally— acercarme hasta Modas Felicidad a probarme un poncho de shantung. No sé lo que son pero me han dicho que están muy bien. La mujer del profesor Grant va allí y dice que es donde tienen el mejor surtido.
—Estoy segura de ello —dijo Eva Wilt, cuya relación con Modas Felicidad había consistido en mirar el escaparate y preguntarse quién demonios podría permitirse vestidos de cuarenta libras. Ahora ya lo sabía. Fueron hasta el centro y dejaron el coche en el edificio de aparcamiento. Eva había acumulado ya por entonces muchísima más información sobre los Pringsheim. Procedían de California. Sally había conocido a Gaskell haciendo autostop por Arizona. Estudió en la Estatal de Kansas pero lo había dejado para incorporarse a una comuna. Había habido otros hombres en su vida. Gaskell no podía soportar los gatos. Le producían la fiebre del heno. El movimiento de liberación de las mujeres significaba algo más que quemar el sostén. Significaba aceptar plenamente la superioridad de las mujeres sobre los hombres. El amor estaba muy bien si no te dejabas atrapar por él. El abono natural estaba bien visto y la tele en color mal. El padre de Gaskell había tenido una cadena de tiendas, lo que era sórdido. El dinero era práctico y Rossiter Grove era un latazo. Sobre todo joder tenía que ser, tenía que ser, sin lugar a dudas, divertido.
Eva Wilt recibió esta información con un sobresalto. En su círculo «joder» era una palabra que usaban los maridos cuando se chafaban un dedo con el martillo clavando un clavo. Cuando la utilizaba Eva, lo hacía en el aislamiento del cuarto de baño y con un tono anhelante que la privaba de su crudeza y que evocaba una virilidad espléndida, de modo que un buen «joder» se convertía en la más lejana y abstracta de sus esperanzas, algo que no tenía nada que ver con las esporádicas chapuzas matutinas de Henry. Y si la palabra «joder» estaba reservada a la soledad del cuarto de baño, el «acto» de joder era aún más remoto. Sugería una actividad casi ininterrumpida, un acontecimiento que era a la vez casual y satisfactorio, que añadía una nueva dimensión a la vida. Eva Wilt salió tambaleante del coche y siguió a Sally a Modas Felicidad en un estado de conmoción.
Si «joder» era divertido, comprar con Sally Pringsheim fue una revelación. Se caracterizaba por una actitud tan resuelta que resultaba verdaderamente sobrecogedora. Mientras que Eva hubiese tarareado y lanzado exclamaciones entre dientes, Sally seleccionaba y una vez hecha la selección seguía revisando las estanterías, desechaba las cosas que no le agradaban dejándolas colgadas en las sillas, cogía otras, las miraba y decía «ésta quizá sí», con una actitud de aceptación cansina que resultaba contagiosa, y dejaba la tienda con un montón de cajas que contenían doscientas libras de ponchos de shantung, abrigos de verano de seda, bufandas y blusas. Eva Wilt había gastado setenta en una especie de pijama muy ancho amarillo y un impermeable con solapas y cinturón que, según Sally, era puro Gatsby.
—Ahora sólo te falta el sombrero y ya está —dijo mientras cargaban las cajas en el coche.
Compraron el sombrero, un sombrero de paño, y luego tomaron café en la Mombasa Coffee House donde Sally se apoyó vehemente en la mesa, fumando un purito largo y fino y habló de Contacto Corporal en voz tan alta que Eva se dio cuenta de que las mujeres de varias mesas próximas habían dejado de hablar y estaban escuchando, más bien con desaprobación.
—A mí las tetillas de Gaskell me vuelven loca —decía Sally—. Y a él le vuelve loco también que se las chupe.
Eva bebía su café preguntándose qué haría Henry si a ella se le ocurriese chuparle las tetillas. No se volvería loco de gusto precisamente, y además Eva estaba empezando a lamentar haberse gastado setenta libras. Eso sí que le pondría loco pero no de gusto. Henry no era partidario de las tarjetas de crédito. Pero estaba disfrutando demasiado para permitir que el pensamiento de la reacción de Henry le estropease el día.
—Yo creo que las tetas son muy importantes, desde luego —continuaba Sally.
Dos mujeres de la mesa contigua pagaron la cuenta y se fueron.
—Supongo que deben de serlo —dijo Eva Wilt inquieta—. Yo nunca he utilizado mucho las mías.
—¿De veras? —dijo Sally—. Tendremos que hacer algo para arreglar eso.
—No creo que se pueda hacer mucho en ese sentido —dijo Eva—. Henry nunca se quita el pijama y luego yo con el camisón por medio…
—No me digas que lleváis cosas en la cama. Oh, pobrecilla. Y camisones. ¡Dios mío, qué humillante para ti! Quiero decir que es típico de una sociedad dominada por el macho, toda esa diferenciación de ropas. Debes de padecer carencia táctil, claro. Gaskell dice que eso es tan malo como la deficiencia vitamínica.
—Bueno, lo que pasa es que Henry está siempre cansado cuando llega a casa —le dijo Eva—. Y yo salgo mucho.
—No me sorprende —dijo Sally—. Gaskell dice que la fatiga masculina es un síntoma de inseguridad fálica. ¿Henry la tiene grande o pequeña?
—Bueno, depende —dijo Eva con voz ronca—. Unas veces es grande y otras veces no.
—Yo prefiero de largo a los hombres que la tienen pequeña —dijo Sally—, porque se esfuerzan mucho más.
Terminaron el café y volvieron al coche hablando del pene de Gaskell y de su teoría de que en una sociedad sexualmente indiferenciada la estimulación de las tetillas tendría un papel cada vez más importante en el desarrollo en el marido de una conciencia de su naturaleza hermafrodita.
—Ha escrito un artículo sobre eso —dijo Sally mientras se dirigían ya hacia casa—. Se titula «El hombre como madre». Se publicó el año pasado en Chupar.
—¿Chupar? —dijo Eva.
—Sí, es una revista que edita la Asociación de Estudios para una Sexualidad Indiferenciada, de Kansas. G ha trabajado mucho para ellos sobre temas de conducta animal. Hizo allí su tesis sobre Cambio de papeles en las ratas.
—Eso parece muy interesante —dijo vacilante Eva.
No entendía muy bien lo que podía ser aquello pero, fuese lo que fuese, resultaba impresionante y, desde luego, los esporádicos artículos de Henry sobre las Escuelas de Artes y Oficios y la Literatura no podían compararse con las monografías del doctor Pringsheim.
—Oh, no sé. Es todo tan obvio en realidad… Si pones a dos ratas macho juntas en una jaula, el tiempo suficiente, una de ellas se ve obligada indefectiblemente a desarrollar tendencias activas y la otra pasivas —dijo Sally cansinamente—. Pero Gaskell se puso absolutamente furioso. Él creía que debían alternar. G es así. Yo le expliqué que eso era una estupidez. Le dije: «G, querido, las ratas son prácticamente indiferenciadas en realidad. En fin, vamos, dime ¿cómo puedes esperar que sean capaces de hacer una elección existencial?» ¿y sabes lo que me dijo? Pues dijo: «Nena púbica, las ratas son el paradigma. No olvides eso y nunca te equivocarás demasiado. Las ratas son el paradigma.» ¿Qué piensas tú de eso?
—Yo creo que las ratas son más bien horrorosas —dijo Eva sin pensarlo.
Sally se echó a reír y le puso una mano en la rodilla.
—Oh, Eva, querida —murmuró—, eres tan adorablemente realista… No, no te llevo a la Avenida Parkview. Te vienes conmigo a casa a tomar una copa y a comer. Me muero de ganas de verte con ese pijama amarillo puesto.
Giraron hacia Rossiter Grove.
Si para el doctor Pringsheim el paradigma eran las ratas, Impresores Tres era el paradigma para Henry Wilt, aunque de un género distinto. Representaban todo lo más difícil, grosero y decididamente horroroso de las clases de la Escuela de Artes y Oficios y, para empeorar aún más las cosas, aquellos tipos pensaban que eran unos literatos ya que sabían leer y, por ejemplo, pensaban que Voltaire era un idiota porque hacía que todo le saliese mal al pobre Cándido. Impresores Tres, que iba después de Ayas de Guardería, y durante su período de sustituciones, despertaba en él lo peor de sí mismo. Despertaba también lo peor de Cecil Williams que era quien debería haberla dado.
—Es la segunda semana que se pone malo —le dijeron a Wilt.
—No me sorprende —dijo Wilt—. Vosotros sois capaces de poner malo a cualquiera.
—Tuvimos un tipo que fue y se gaseó. Se llamaba Pinkerton. Nos tuvo un curso y nos hizo leer ese libro, Judas el Oscuro. Un libro bastante deprimente. Todo sobre ese bobo de Judas.
—Tenía idea de que lo era, sí —dijo Wilt.
—Al curso siguiente el amigo Pinky no volvió. Bajó hasta la orilla del río, metió un tubo por el escape y se gaseó.
—No puedo decir que se lo reproche, desde luego —dijo Wilt.
—Pues yo sí. En teoría tenía que darnos ejemplo.
Wilt contempló sombríamente a sus alumnos.
—Estoy seguro de que pensaba precisamente en eso cuando se metió el tubo en la boca —dijo—. Y ahora, si os ponéis a leer en silencio, a comer en silencio y a fumar de modo que nadie pueda veros desde el edificio de la Administración, tengo trabajo que hacer.
—¿Trabajo? Tú, tío, tú no sabes lo que es trabajar. Lo único que haces es estarte sentado todo el día a una mesa y leer. ¿Llamas trabajo a eso? Una mierda es trabajo eso, y encima te pagan por ello…
—Cállate —dijo Wilt con sorprendente violencia—. Cierra la bocaza, imbécil.
—¿Quién me va a obligar, a ver? —preguntó el impresor.
Wilt intentó controlar su genio y por una vez le resultó imposible. Había algo increíblemente arrogante en Impresores Tres.
—Yo —gritó.
—¿Tú y quién más? Tú no serías capaz de hacer cerrar la boca ni siquiera a un ratón, ni aunque te pasaras un día entero intentándolo.
Wilt se levantó.
—Ahora vas a ver, mocoso de mierda… —gritó.
—He de decirte, Henry, que esperaba que supieses contenerte mejor —dijo el jefe del Departamento de Humanidades una hora después, cuando Wilt había dejado ya de sangrar por las narices y la enfermera de la escuela le había puesto una tirita en la ceja.
—Bueno, no era mi clase y además me sacaron de quicio burlándose del suicidio de Pinkerton. Si Williams no hubiese estado enfermo no habría sucedido —explicó Wilt—. Está siempre enfermo cuando tiene que dar Impresores Tres.
El señor Morris cabeceó con desánimo.
—Me da igual quienes sean. No puedes andar agrediendo por ahí a los alumnos…
—¿Agrediendo a los alumnos? Nunca he tocado…
—Está bien, pero utilizaste un lenguaje ofensivo. Bob Fenwick estaba en la clase de al lado y oyó que llamabas a ese Allison mocoso de mierda y subnormal malintencionado. ¿No es lógico que te diera un golpe?
—Supongo que sí —dijo Wilt—. No debería haber perdido el control. Lo siento.
—En ese caso olvidaremos lo sucedido —dijo el señor Morris—. Pero piensa que no voy a poder conseguir que te asciendan a profesor titular si andas estropeando tu expediente pegándote con los alumnos.
—Yo no me pegué con nadie —dijo Wilt—. Él me pegó a mí.
—Está bien, esperemos que no se le ocurra ir a la policía y acusarte de agresión. Es el tipo de publicidad que menos podríamos desear.
—Basta que no me mandéis más a Impresores Tres —dijo Wilt—. Ya estoy harto de animales.
Bajó por el pasillo y recogió el abrigo y la cartera en la Sala de Profesores. Le parecía tener la nariz de un tamaño doble del normal y le dolía abominablemente la ceja. Camino del aparcamiento se cruzó con varios miembros del cuerpo docente, pero ninguno le preguntó qué había pasado. Henry Wilt salió inadvertido de la Escuela y entró en su coche. Cerró la puerta y se quedó sentado allí varios minutos viendo cómo trabajaban las perforadoras en el nuevo bloque. Arriba, abajo, arriba, abajo. Clavos en un ataúd. Y un día, un día inevitable, él estaría en su ataúd, siempre inadvertido, siempre profesor auxiliar (grado dos) y completamente olvidado por todos salvo algún tipejo de Impresores Tres que recordaría siempre el día que le había pegado a un profesor de Humanidades un puñetazo en la nariz y no le había pasado nada por hacerlo. Era muy probable que presumiese de ello con sus nietos.
Wilt puso el coche en marcha y salió a la vía principal lleno de odio hacia Impresores Tres, la Escuela de Artes y Oficios, la vida en general y él mismo en particular. Ahora comprendía por qué los terroristas estaban dispuestos a sacrificarse por el triunfo de una causa. Si tuviese una bomba y una causa, también él habría saltado en pedazos y habría hecho saltar a todo transeúnte desde allí hasta Kingdom Come sólo para demostrar por un glorioso aunque breve instante que era una fuerza efectiva. Pero no tenía ni bomba ni causa. Así que condujo temerariamente hasta casa, dejando aparcado el coche delante del número 34 de la Avenida Parkview. Luego abrió la puerta de entrada de su casa y entró.
Percibió un olor extraño en el vestíbulo. Una especie de perfume. Almizcleño y dulzón. Posó la cartera y miró en el cuarto de estar. Evidentemente Eva estaba fuera. Entró en la cocina, puso la tetera al fuego, se palpó la nariz. Podría examinarla detenidamente en el espejo del baño. Iba ya por mitad de la escalera y consciente de que aquel perfume poseía ciertas características claramente miasmáticas, cuando se detuvo bruscamente. Eva Wilt estaba a la puerta del dormitorio ataviada con un asombroso pijama amarillo de pantalones enormemente acampanados. Tenía una pinta horrorosa, y para empeorar aún más las cosas fumaba un cigarrillo largo y fino en una boquilla larga y fina y tenía la boca pintada de un rojo brillante.
—Nene Pene —murmuró con voz ronca, balanceándose—. Ven aquí. Voy a chuparte las tetillas hasta que te corras oralmente.
Wilt dio vuelta y huyó escalera abajo. La muy zorra estaba borracha. Era uno de sus días mejores. Sin esperar a retirar la tetera del fuego, Henry Wilt salió por la puerta principal y volvió a meterse en el coche. No estaba dispuesto a quedarse allí a que le chuparan las tetillas. Ya había tenido bastante por aquel día.