3

Eva Wilt bajó la escalera y buscó a Nene Pene sin demasiado entusiasmo. En primer lugar no quería encontrarle y en segundo no tenía ganas de chuparle las tetillas, y finalmente sabía que no debería haber gastado setenta libras en un impermeable y un pijama de playa que habría podido conseguir por treinta en Blowdens. No los necesitaba y no podía imaginarse bajando por la Avenida Parkview vestida como el Gran Gatsby. Además se sentía un poco mareada.

Sin embargo, Henry había dejado la tetera al fuego o sea que debía de estar en alguna parte. No era propio de Henry salir y dejarse la tetera en el fuego. Miró en el salón. Había sido el cuarto de estar hasta aquel mismo día a la hora de comer en que Sally le llamó salón a su cuarto de estar. Miró en el comedor, e incluso en el jardín, pero Henry se había evaporado, llevándose el coche y las esperanzas de Eva de que el chuparle las tetillas aportara un nuevo sentido a su matrimonio y pusiese fin a su carencia de contacto corporal. Por último renunció a seguir buscándole y se sirvió una buena taza de té y se sentó en la cocina preguntándose qué demonios habría podido inducirla a casarse con un cerdo machista como Henry Wilt que no habría identificado un buen polvo aunque se lo sirviesen en una bandeja, y cuya idea de una velada refinada era un curry de pollo deshuesado en el Nueva Delhi y una representación de El rey Lear en el Teatro Municipal. ¿Por qué no se habría casado ella con alguien como Gaskell Pringsheim, que agasajaba a profesores suecos en el Ma Tante’s y que comprendía la importancia de la estimulación clitórica en el contexto de una penetración interpersonal verdaderamente satisfactoria? Otras personas aún la encontraban atractiva. Patrick Mottram, por ejemplo, y John Frost, que le daba clases de cerámica, y Sally había dicho que era encantadora. Eva estaba sentada allí, mirando al espacio, que era el espacio que había entre el escurridor de los platos y la batidora Kenwood que le había regalado Henry por Navidad, y pensaba en Sally y cómo la había mirado tan extrañamente cuando se ponía su pijama color limón. Sally se había quedado en la puerta del dormitorio de los Pringsheim, fumando un cigarro y observando sus movimientos con un cálculo sensual que había hecho enrojecer a Eva.

—Querida, tienes un cuerpo tan bonito… —le había dicho mientras Eva se giraba rápidamente y se embutía precipitadamente los pantalones para que no se le viera el roto que tenía en las bragas—. No puedes dejarlo desperdiciarse.

—¿Crees que de verdad me sientan bien?

Pero Sally estaba mirándole los pechos detenidamente.

—Nena globos —murmuró.

Eva Wilt tenía unos pechos prominentes y Henry, en uno de sus muchos malos momentos, había dicho una vez algo sarcástico acerca de que las campanas del infierno hacían din-don por ti pero no por mí. Sally parecía valorarlos más y había insistido en que Eva se quitase el sostén y lo quemase. Habían bajado a la cocina y habían tomado tequila y habían puesto el sostén en un plato con una rama de acebo y Sally lo había rociado con coñac y le habían prendido fuego. Tuvieron que sacar el plato al jardín porque olía horrorosamente y soltaba mucho humo, y se habían echado en la hierba entre risas mientras se consumía. Pensando en el episodio, Eva lamentaba haberlo hecho. Era un buen sostén de soporte doble, destinado a dar confianza a la mujer donde la necesita, como decían los anuncios de la tele. De todos modos, Sally había dicho que se lo debía a sí misma como mujer libre y, después de haberse tomado dos copas, Eva no estaba con ánimos de discutir.

—Tienes que sentirte libre —había dicho Sally—. Libre para ser. Libre para ser.

—¿Libre para ser qué? —dijo Eva.

—Tú misma, querida —cuchicheó Sally—. Tu yo secreto.

Y la había tocado tiernamente allí donde Eva Wilt, si hubiera estado sobria y menos emocionada, habría negado tercamente tener un yo. Habían vuelto a entrar en casa y habían almorzado, una combinación de más tequila, ensalada y queso fresco que Eva, cuyo apetito era casi tan omnívoro como su entusiasmo por las nuevas experiencias, le pareció insatisfactoria. Lo había insinuado, pero Sally había desdeñado la idea de tres buenas comidas al día.

—No es aconsejable una elevada ingestión de féculas desde el punto de vista de las calorías —dijo—. Y además, lo importante no es cuánto ingieres, sino qué. Sexo y comida, querida, son muy parecidos. Un poquito muchas veces, es mejor que un mucho pocas.

Luego le había servido a Eva otro tequila, había insistido en que tomara un mordisquito de limón antes de beberla y le había ayudado a subir hasta el piso de arriba, hasta el dormitorio grande de la cama grande y el espejo grande en el techo.

—Es la hora de la TT —dijo bajando las lamas de las persianas.

—¿Té té? —murmuró Eva—, pero si acabamos de hacer el din din.

—Terapia Táctil, querida —dijo Sally y la empujó suavemente a la cama.

Eva Wilt miró hacia arriba y contempló su imagen en el espejo. Una mujer grandota, dos mujeres grandotas con pijama amarillo, echadas en una cama grande. Una cama grande color carmesí; dos mujeres grandotas sin pijama amarillo en una cama grande color carmesí; cuatro mujeres desnudas en una cama grande color carmesí.

—Oh Sally, no Sally.

—Querida —dijo Sally y silenció oralmente su protesta.

Había sido una experiencia sorprendentemente nueva, aunque sólo parcialmente recordada. Eva se había quedado dormida antes de que hubiera concluido la Terapia Táctil y se había despertado una hora después y se había encontrado a Sally vestida del todo, de pie junto a la cama con una taza de café.

—Oh, qué mal me siento —dijo Eva, aludiendo tanto a su condición moral como a su condición física.

—Bebe esto y te sentirás mejor.

Eva había tomado el café y se había vestido mientras Sally explicaba que la depresión inhibitoria poscontacto era una reacción perfectamente natural a la Terapia Táctil, al principio.

—Verás como desaparece por sí sola después de las primeras sesiones. Probablemente te desmorones y llores y chilles y luego te sientas tremendamente liberada y aliviada.

—¿Tú crees? Yo es que no sé, la verdad.

Sally la había llevado a casa en coche.

—Henry y tú tenéis que venir a nuestra barbacoa el jueves por la noche —le dijo—. Sé que a nene G le gustará conoceros. Le gustarás. Es un nene pecho. Se volverá loco contigo.

—Te digo que estaba borracha —dijo Wilt en la cocina de los Braintree, sentándose, mientras Peter Braintree le abría una botella de cerveza—. Borracha y con aquel pijama amarillo increíble y fumando un cigarrillo en una boquilla larga.

—¿Y qué decía?

—Bueno, si quieres que te lo diga: «Ven aquí…» No, es demasiado. He tenido un día absolutamente horroroso en la escuela. Morris me dijo que no han aprobado mi ascenso. Williams se puso malo otra vez y perdí un período libre. Uno de esos gamberros de Impresores Tres me atizó un puñetazo en los morros y vuelvo a casa y me encuentro con una mujer borracha que me llama nene pene.

—¿Te llamó qué? —dijo Peter Braintree, mirándole fijamente.

—Ya me has oído.

—¿Que Eva te llamó nene pene? No lo creo.

—Bueno, pues date una vuelta por allí y ya verás lo que te llama —dijo Wilt con amargura—. Y no me eches a mí la culpa si te arranca oralmente las tetillas, de paso.

—Dios santo. ¿Te amenazó con hacerte eso?

—Con hacerme eso y más —dijo Wilt.

—No parece propio de Eva. Desde luego que no.

—Tampoco parecía ella, desde luego. Disfrazada con aquel pijama de playa amarillo. Tendrías que haber visto de qué color era. A su lado, resultaría opaco un botón de oro. Y se había embadurnado la boca con un lápiz de labios color escarlata horroroso y estaba fumando… lleva seis años sin fumar. Y luego todo aquel rollo de nene pene y chuparme las tetillas. Y oralmente, además.

Peter Braintree movió la cabeza.

—Es una expresión indecente —dijo.

—Es un acto absolutamente indecente también, pienso yo —dijo Wilt.

—Bueno, he de admitir que todo resulta muy extraño —dijo Braintree—. Sabe Dios lo que haría yo si Susan llegase a casa y empezara a insistir en chuparme las tetillas.

—Harías lo que hice yo. Largarte de casa —dijo Wilt—. Y de cualquier modo, no son sólo las tetillas, además. Maldita sea. Llevamos doce largos años casados. Es algo tarde ya para empezar a perder el tiempo con lo de la oralidad. El caso es que ella está metida ahora en el tinglado ese de la liberación sexual. Vino anoche a casa de la clase de arreglo floral de Mavis Mottram parloteando sobre estimulación clitórica y opciones sexuales abiertas, a rueda libre.

—¿A rueda libre qué?

—Las opciones sexuales. Puede que no lo haya entendido bien. Sé que lo de opciones sexuales figuraba en alguna parte. Aunque la verdad es que yo estaba medio dormido.

—¿Y de dónde demonios habrá sacado ella todo eso? —preguntó Braintree.

—Una yanqui condenada llamada Sally Pringsheim —dijo Wilt—. Ya sabes cómo es Eva. Quiero decir, que puede olfatear los camelos intelectualoides a un kilómetro de distancia, y se lanza a ellos como un escarabajo pelotero a un muladar. No puedes imaginarte cuántas «ideas modernísimas» he tenido que soportar. En fin, la mayoría de ellas logro aguantarlas. Tengo que dejarla seguir con esas cosas y yo ir tranquilamente a lo mío, pero en eso de participar oralmente mientras ella parlotea sobre el movimiento de liberación de las mujeres, bueno, para eso conmigo que no cuente.

—Lo que no comprendo de la libertad sexual y de la liberación de las mujeres es por qué tienes que volver al parvulario para liberarte —dijo Braintree—. Parece predominar la loca idea de que tienes que estar apasionadamente enamorado todo el tiempo.

—Simios —dijo malhumorado Wilt.

—¿Simios? ¿Qué pasa con los simios?

—Pues todo ese cuento del modelo animal. Si lo hacen los animales, tienen que hacerlo los humanos. El imperativo territorial y el mono desnudo. Lo pones todo cabeza abajo y en vez de aspirar a avanzar, retrocedes un millón de años. Vuelta al orangután. El igualitarismo del mínimo común denominador.

—No entiendo bien qué tiene que ver todo eso con el sexo —dijo Braintree.

—Ni yo tampoco —dijo Wilt.

Bajaron hasta el Pig in a Poke y se emborracharon.

Wilt no llegó a casa hasta pasada la media noche; Eva estaba dormida. Se metió furtivamente en la cama y allí se quedó en la oscuridad pensando en elevados índices de estrógeno.

En Rossiter Grove, los Pringsheim volvían de Ma Tante’s cansados y aburridos.

—Los suecos son lo último —dijo Sally, mientras se desvestía.

Gaskell se sentó y se quitó los zapatos.

—Ungstrom es un buen tío. Su mujer acaba de dejarle por un físico de baja temperatura de Cambridge. Normalmente no está tan deprimido.

—Podrías haber prescindido de mí. Y, hablando de mujeres, he conocido a la mujer menos liberada que he visto en mi vida. Se llama Eva Wilt. Tiene unos globos como melones.

—No —dijo el doctor Pringsheim—. Si hay algo que no necesito en este momento son esposas no liberadas con los pechos grandes.

Se metió en la cama y se quitó las gafas.

—La tuve hoy aquí.

—¿La tuviste?

Sally sonrió.

—Gaskell, querido, tienes una mente repugnante.

Gaskell Pringsheim se sonrió miopemente en el espejo del techo. Estaba orgulloso de su mente.

—Te conozco, querida —dijo—. Conozco esos pequeños hábitos tuyos tan raros. Y ya que tocamos el tema de los hábitos, ¿qué son todas esas cajas que hay en el cuarto de huéspedes? ¿No habrás estado de nuevo gastando dinero? Ya sabes que nuestro presupuesto de este mes…

Sally culebreó en la cama.

—A la mierda el presupuesto —dijo—. Lo devolveré todo mañana.

—¿Todo?

—Bueno, todo no, pero casi todo. Tenía que impresionar un poco a la nena globuda.

—No tienes por qué comprar media tienda sólo por…

—Gaskell, querido, si me dejaras terminar —dijo Sally—. Es una maníaca, una maníaca compulsiva, obsesiva, bella y encantadora. No puede estarse sentada medio minuto sin tener que ordenar y limpiar y pulir y frotar y lavar.

—Eso es precisamente lo que necesitamos, una mujer maníaca compulsiva por la casa todo el tiempo. ¿Qué falta hacen dos?

—¿Dos? Yo no soy maníaca.

—Tú eres bastante maníaca para mí —dijo Gaskell.

—Pero ésta tiene globos, nene, globos. En fin, les he invitado a la barbacoa del jueves.

—¿Por qué demonios lo has hecho?

—Bueno, si no me compras un lavaplatos, como te he pedido cien veces, tengo que conseguirme uno. Un lavaplatos maníaco compulsivo y encantador con globitos.

—Dios mío —dijo Gaskell con un suspiro—, qué zorra eres.

—Henry Wilt, eres un cerdo —dijo Eva a la mañana siguiente.

Wilt estaba incorporado en la cama. Se sentía muy mal. Le dolía la nariz aún más que el día anterior, le dolía la cabeza y había pasado la mayor parte de la noche erradicando el Harpic del inodoro. No estaba de humor para que le despertaran y le dijeran que era un cerdo. Miró el reloj. Eran las ocho en punto y tenía Albañiles Dos a las nueve. Se levantó de la cama y se encaminó al cuarto de baño.

—¿Oíste lo que dije? —preguntó Eva, levantándose también.

—Oí —dijo Wilt, y vio que ella estaba desnuda.

Eva Wilt desnuda a las ocho en punto de la mañana era una visión casi tan sorprendente como Eva Wilt borracha, fumando y vestida con un pijama amarillo limón a las seis en punto de la tarde. Y menos excitante, incluso.

—¿Para qué demonios andas así por ahí?

—Puestos a preguntar, ¿qué es lo que te ha pasado en la nariz? Supongo que te emborracharías y te caerías. Parece toda roja e hinchada.

Está toda roja e hinchada. Y ya que lo preguntas, no me caí. Ahora, por amor de Dios, quítate de en medio. Tengo una clase a las nueve.

La apartó de un empujón, entró en el cuarto de baño y se miró la nariz. Tenía una pinta horrorosa. Eva le siguió al cuarto de baño.

—¿Qué te pasó, si no te caíste? —Inquirió.

Wilt extrajo espuma de un aerosol y se la esparció cautelosamente por la barbilla.

—¿Eh? —dijo Eva.

Wilt cogió la navaja de afeitar y la puso bajo el grifo de agua caliente.

—Tuve un accidente —masculló.

—Con una farola, supongo. Ya sabía yo que habías andado bebiendo.

—Con un impresor —dijo Wilt, confusamente, y comenzó a afeitarse.

—¿Con un impresor?

—Para ser exacto, me atizó un puñetazo en las narices un aprendiz de impresor particularmente belicoso.

Eva le contempló en el espejo.

—¿Quieres decir que te pegó un estudiante en clase?

Wilt asintió.

—Supongo que tú le pegarías después.

Wilt se cortó.

—No, desde luego que no —dijo, retocándose la barbilla con un dedo—. Mira lo que me he hecho por tu culpa.

Eva ignoró su queja.

—Pues deberías haberlo hecho. No eres un hombre. Deberías haberle respondido.

Wilt posó la navaja.

—Y hubiese ido a la cárcel. Me hubieran llevado a juicio por agredir a un estudiante. Eso es lo que yo llamo una idea inteligente.

Y cogió la esponja y se lavó la cara.

Eva se retiró al dormitorio, satisfecha. No habría ya ninguna mención de su pijama amarillo limón. Había logrado apartar el pensamiento de su pequeña extravagancia y le había inculcado a Henry una sensación de agravio que le mantendría ocupado, por el momento. Cuando terminó de vestirse, Wilt había tomado un cuenco de cereales All-Bran, bebido media taza de café y se había metido ya en el embotellamiento de tráfico de la zona de giro. Eva bajó al piso de abajo y se preparó el desayuno y luego comenzó la rutina diaria de lavar los platos y fregar y limpiar el baño y…

—Compromiso con un enfoque integrado —dijo el doctor Mayfield— es un elemento esencial de…

El Comité Conjunto para el mejor desarrollo de las Humanidades estaba reunido. Wilt culebreó en su asiento y deseó ardientemente que no lo estuviese. El artículo del doctor Mayfield «Contenido cerebral y plan de estudios no-académicos» no tenía para él el menor interés y, además, estaba expuesto en frases tan retorcidas y con un ardor tan monótono que a Wilt le costaba muchísimo trabajo mantenerse despierto. Miró por el ventanal las máquinas que estaban excavando para el nuevo bloque de administración. El trabajo que se desarrollaba allí poseía una realidad que estaba en manifiesta contradicción con las peregrinas teorías que el doctor Mayfield estaba exponiendo. Si aquel hombre creía realmente que podía instilar Contenido Cerebral, fuese esto lo que fuese, en Instaladores de Gas Tres, era que estaba loco. Peor aún, su condenado artículo iba a provocar inevitablemente una discusión cuando llegase el turno de preguntas. Wilt miró a su alrededor. Allí estaban todas las diversas facciones, la nueva izquierda, la izquierda, la vieja izquierda, el centro indiferente, la derecha cultural y la derecha reaccionaria.

Wilt se clasificaba con los indiferentes. En años anteriores había pertenecido políticamente a la izquierda y culturalmente a la derecha. En otras palabras, se había opuesto a la bomba, había apoyado el aborto y la abolición de la enseñanza privada y se había opuesto a la pena capital, ganándose así cierta reputación de radical, mientras que, al mismo tiempo, abogaba por una vuelta a la artesanía del carretero, del herrero y del tejedor que había hecho mucho por socavar los esfuerzos del personal docente de la escuela para instilar en sus alumnos una valoración positiva de las posibilidades que proporcionaba la tecnología moderna. El tiempo así como la grosería intransigente de Yeseros habían cambiado todo esto. Los ideales de Wilt se habían evaporado, siendo sustituidos por la convicción de que el hombre que decía que la pluma era más poderosa que la espada debería haber intentado leer El molino del Floss a Mecánica del motor Tres antes de abrir la bocaza. En opinión de Wilt, la espada tenía mucho más a su favor.

Mientras el doctor Mayfield seguía perorando, mientras seguía después el turno de preguntas con sus discusiones ideológicas, Wilt examinaba el agujero de la cimentación del nuevo edificio. Constituía, sin duda, un depósito ideal para un cadáver. Y había algo inmensamente satisfactorio en el hecho de saber que Eva, que había sido toda su vida tan insoportable, fuese a soportar una vez muerta el peso de un edificio de hormigón de varias plantas. Además su descubrimiento resultaría prácticamente imposible y su identificación quedaría descartada. Ni siquiera Eva, que presumía de tener una constitución fuerte y una voluntad aún más fuerte, podría conservar su identidad en el fondo de la cimentación del nuevo edificio. El problema sería conseguir, en primer término, meterla en aquel agujero. Los somníferos parecían un elemento preliminar razonable, pero Eva dormía perfectamente y no creía en ninguna clase de pastillas. «No puedo entender por qué no —pensó Wilt lúgubremente—. Estando como está dispuesta a creer en casi todo lo demás.»

Interrumpió su ensueño el señor Morris, que ponía punto final a la reunión.

—Antes de que se vayan todos ustedes —dijo— hay un tema más que quiero mencionar. El jefe del Departamento de Ingeniería nos ha pedido que demos una serie de conferencias de una hora a los Bomberos Aprendices del Curso de Bocadillos. La materia será este año Problemas de la Sociedad Contemporánea. He hecho una lista de temas y de profesores que pueden desarrollarlos.

El señor Morris repartió los temas al azar. A Major Millfield le adjudicó Medios y sistemas de comunicación y democracia participatoria, asunto del que nada sabía y que le interesaba aún menos. A Peter Braintree le correspondió El nuevo brutalismo en arquitectura, sus orígenes y características sociales, y Wilt acabó recibiendo Violencia y desintegración de la vida familiar. Pensó que, en términos generales, había tenido bastante suerte. El tema se correspondía con sus preocupaciones del momento. El señor Morris estaba, evidentemente, de acuerdo.

—Me pareció que le gustaría abordar el asunto después del pequeño incidente de ayer con Impresores Tres —dijo, cuando salían.

Wilt sonrió lánguidamente y fue a dar Ajustadores y Torneros Dos. Les dio a leer Shame y se pasó la hora tomando notas para su conferencia. Oía a lo lejos el estruendo de las máquinas perforadoras. Y se imaginaba a Eva en el fondo de uno de aquellos agujeros mientras vertían el hormigón. Con su pijama amarillo limón. Era un pensamiento agradable, y le ayudaba a preparar sus notas. Escribió un título: «Asesinato de esposas: disminución de su incidencia tras la introducción de las leyes del divorcio».

Sí, podría hablar de aquello a Bomberos Aprendices.