Geneviève de Nanterre

Claude no me miró mientras regresábamos a la rue du Four. Caminaba tan deprisa que casi pisó a un barrendero que recogía estiércol y desperdicios. Béatrice se esforzaba por seguirla. Es más pequeña que Claude, que sale a su padre en el tamaño. Otro día me hubiera reído al ver a mi antigua dama de honor trotar detrás de su ama como un perrito. Hoy no me he reído.

Renuncié a tratar de mantenerme a la altura de mi hija y caminé a un paso más tranquilo con mis damas. Nos dejaron muy atrás enseguida, y dificultaron mucho la tarea del lacayo enviado para acompañarnos a la rue des Cordeliers y regresar luego con nosotras. Iba y venía corriendo entre los dos grupos, pero sin atreverse a pedir a Claude que caminara más despacio, ni a mí que me apresurase. Habló, es cierto, con Béatrice, pero no sirvió de nada: al llegar a la porte Saint–Germain, las habíamos perdido de vista.

—Déjalas —tranquilicé al lacayo cuando regresó junto a nosotras—. Ya no están lejos de casa de todos modos.

A mis damas se les escaparon exclamaciones de asombro. Sin duda tenía que parecerles extraño. Durante todo un año había mantenido a Claude estrechamente vigilada y ahora, en cambio, la dejaba que se perdiera de vista precisamente cuando el hombre del que la protegía se había presentado en la casa que visitábamos. ¿Cómo podía haber concertado Claude semejante encuentro bajo nuestros propios ojos? No acababa de creérmelo, pese a que había reconocido a Nicolas des Innocents en el instante mismo en que lo vi tumbado en el suelo, la cara magullada y ensangrentada. El espectáculo me horrorizó y tuve que quedarme muy quieta para que Claude no me viera estremecerme. Tampoco ella se movió, como para ocultar lo que sentía. Y así nos quedamos, la una al lado de la otra, como piedras, mirándolo desde arriba. Sólo Béatrice se movía de aquí para allá, como una abeja libando de flor en flor. Fue un alivio decirle que bajase a atender al herido.

Estaba cansada de pensar en Claude. Estaba cansada de preocuparme por lo que pudiera pasarle, cuando era tan evidente que a ella no le importaba. Por un momento tuve incluso la tentación de arrojarla en brazos del pintor y dar por zanjado el problema de una vez por todas. Claro está que no podía hacerlo, pero permití que Béatrice y ella se perdieran de vista, casi con la esperanza de que Claude tomara la iniciativa.

Al llegar a casa, el mayordomo me dijo que Claude estaba en su habitación. Subí a mi cuarto, mandé llamar a Béatrice, y pedí que una de mis damas ocupara su sitio junto a Claude.

Béatrice, nada más entrar, cayó de rodillas junto a mi silla y empezó a hablar antes de que yo pudiera decir una palabra.

—Madame, vuestra hija afirma que no sabía nada de la presencia de Nicolas des Innocents en la rue des Cordeliers. La sorprendió tanto como a nosotras verlo allí abajo y en aquel estado. Jura por Nuestra Señora que no ha tenido ningún contacto con él.

—¿Y tú la crees?

—Es imposible que lo haya tenido; de lo contrario lo sabría. He estado con ella todos estos meses.

—También de noche? Tendrás que dormir.

—Nunca me duermo antes que ella. Me pellizco para estar despierta —jamás he visto tan abiertos los ojos de Béatrice—. Y cuando se duerme le ato un cordón de seda al tobillo, para enterarme si se levanta.

—Claude sabe deshacer nudos —estaba más bien divirtiéndome con la angustia de Béatrice. Sin duda temía perder su puesto.

—Madame, no ha visto a Nicolas. Os lo juro —se buscó en la manga y sacó un trozo de papel. Tenía manchas de sangre, al igual que la manga y el corpiño de Béatrice—. Mirad, quizá esto nos explique lo que ha pasado. El pintor me lo dio para entregárselo a mademoiselle.

Cogí el papel y lo desdoblé con cuidado. La sangre ya estaba seca.

Mon amour:

Ven a mí: la habitación encima de Le Coq d’Or, junto a la rue Saint–Denis. Cualquier noche, tan pronto como puedas.

Ça c’est mon seul désir.

Nicolas

El grito que lancé me desgarró la garganta. Béatrice retrocedió asustada, apartándose de mí como si yo fuera un jabalí a punto de atacar. Mis damas se pusieron en pie a trompicones.

No pude evitarlo. Ver mis palabras –porque supe al instante que eran un eco suyo– escritas en un trozo de papel ensangrentado, con una letra muy vulgar, por algún borracho que reía con desdén en una taberna, era más de lo que podía soportar.

Claude pagaría por ello. Si yo no podía conseguir mon seul désir, me aseguraría de que tampoco ella realizara el suyo.

–Ve a lavarte el vestido –le dije a Béatrice, estrujando el papel–. Está impresentable.

Me miró fijamente, se recogió la falda con manos temblorosas y se puso en pie.

Cuando se hubo marchado les dije a mis damas:

–Venid a cambiarme de traje y a peinarme. Voy a ver a mi señor.

Durante el último año no había dicho una palabra a mi esposo sobre la actitud rebelde de la mayor de nuestras hijas. Sabía cuál sería su respuesta: arrojarme a la cara mis propias palabras y acusarme de no cuidar bien de Claude. No es que esté muy unido a Claude o a sus otras hijas –aunque quizá sienta cierta debilidad por Jeanne–, pero la primogénita es su heredera, para bien o para mal. Hay ciertas cosas que se esperan de ella, y es responsabilidad mía prepararla. Si Jean supiera la verdad –que Claude, en lugar de conservar la virginidad para su esposo, preferiría perderla con un artista de París–, me pegaría a mí, no a ella, por no haberle enseñado a obedecer.

Pero ahora tenía que romper el silencio. Lo que me proponía hacer con Claude requería su consentimiento: precisamente el consentimiento que el padre Hugo me había desaconsejado pedir para mí un año antes.

Jean estaba en su cámara con el mayordomo, repasando las cuentas de la casa. Es una tarea que me corresponde a mí, pero de la que Jean prefiere ocuparse, como de todo lo demás. Hice una profunda reverencia ante la mesa donde estaban sentados.

–Monseigneur, me gustaría hablar con vos. A solas.

Jean y el mayordomo alzaron la cabeza y fruncieron el ceño al unísono, como si fueran marionetas dirigidas por el mismo titiritero. Por mi parte, mantuve los ojos fijos en el cuello de piel de la túnica de Jean.

–¿No podéis esperar? El mayordomo ha estado fuera y acabamos de sentarnos.

–Lo siento, monseigneur, pero es urgente.

Al cabo de un instante, Jean le dijo al mayordomo:

–Espera fuera.

El otro asintió con un gesto de cabeza, pero dio la sensación de haber dormido mal y de tener tortícolis. Me alcé al levantarse él. Después de dirigirme una breve reverencia, nos dejó solos.

–¿De qué se trata, Geneviève? Estoy muy ocupado.

Tendría que andarme con pies de plomo.

–Se trata de Claude. Se prometerá el año que viene, como es lo adecuado, y decidiréis pronto, o quizá lo hayáis decidido ya, quién será su señor y esposo. He empezado a prepararla para su nueva vida, enseñándola a comportarse y vestirse, a llevar a los criados y las cuestiones relacionadas con la casa, a atender a los invitados y bailar. Progresa adecuadamente en todas esas cosas.

Jean no dijo nada pero golpeó repetidamente la mesa con un dedo. Su silencio me obliga con frecuencia, al tratar de llenarlo, a utilizar más palabras de las necesarias. Luego se limita a mirarme, y todo lo que he dicho parece no tener más valor que las bromas de un bufón en el mercado.

Empecé a pasear de un extremo a otro de la habitación.

–Existe un terreno, sin embargo, en el que necesita más dirección de la que puedo darle. No ha asimilado de verdad los principios de la Iglesia, ni el amor a Nuestra Señora y a Nuestro Señor Jesucristo.

Jean agitó la mano. Conozco bien ese gesto de impaciencia, lo he visto cuando la gente le habla de cosas que no le interesan. La indiferencia de Claude hacia la Iglesia quizá sea consecuencia de la de su padre: siempre ha descartado que tenga importancia para su alma, y sólo le preocupa por su influencia sobre el Rey. Para él los sacerdotes no son más que hombres con quienes hay que hacer tratos, y el momento de la misa, una ocasión de reunirse y hablar de asuntos de la Corte.

–Para una aristócrata es importante tener una fe sólida –dije con energía–. Nuestra hija ha de ser pura de espíritu, no sólo de cuerpo. Cualquier noble auténtico esperará eso de ella.

Jean frunció el ceño, y temí haber ido demasiado lejos. No le gusta que se le recuerde que algunos no le consideran un auténtico aristócrata. Me vino entonces a la memoria el desconsuelo que sentí cuando mi padre me anunció que contraería matrimonio con Jean le Viste. Mi madre se había encerrado en su habitación y lloraba, pero, por mi parte, tuve buen cuidado de no mostrar lo que sentía al verme ligada a un hombre cuya familia había comprado su elevación a la aristocracia. Mis amigas se mostraron amables, pero sabía que se reían a mis espaldas y que me compadecían: pobre Geneviève, un peón en la partida de su padre con la Corte. Nunca supe qué ventajas obtuvo mi padre entregándome a Jean le Viste. Desde luego, mi marido salió beneficiado: el apoyo de mi familia paterna fue decisivo para él. Fui yo quien perdió. Había sido una chica alegre, no muy distinta de Claude a su edad. Pero años de convivencia con un hombre tan frío acabaron con mis sonrisas.

–Concretad –dijo Jean.

–Claude está inquieta y puede ser difícil en ocasiones –expliqué–. Creo que le haría bien retirarse a un convento hasta sus esponsales.

–¿Un convento? No quiero una hija monja.

–Por supuesto que no. Pero una estancia allí la ayudará a conocer el valor de la misa, las oraciones, la confesión, la comunión. Ahora masculla en lugar de rezar, el sacerdote dice que no es sincera cuando se confiesa, y no estoy segura de que se prepare bien cuando recibe la sagrada comunión.

Jean no parecía nada convencido y recurrí a algo más cercano a la verdad.

–Hay un desenfreno en ella que ningún marido aprobaría. Temo que pueda perjudicarla. El convento la calmará. Hay uno a las afueras de París, en Chelles, donde estoy segura de que las monjas podrán ayudarla.

Jean se estremeció.

–Nunca me han gustado las monjas; ni que mi hermana se hiciera monja.

–No se trata de que nuestra hija profese. Allí estará segura y no podrá hacer ninguna de las suyas. Los muros son muy altos.

No debería de haber dicho aquello último. Jean se irguió en el asiento y, sin querer, tiró al suelo un documento.

–¿Acaso Claude ha salido sola?

–Por supuesto que no –dije, inclinándome para recoger lo que se había caído. Jean lo alcanzó antes que yo, con crujidos en las rodillas–. Pero creo que le gustaría. Cuanto antes se case, mejor.

–¿Por qué no la vigiláis más de cerca, en lugar de encarcelarla con unas monjas?

–La vigilo con el mayor cuidado. Pero en una ciudad como París abundan las distracciones. Y así completaremos de paso su educación religiosa.

Jean tomó una pluma de ave e hizo una señal en el papel.

–La gente pensará que no podéis controlar a vuestra hija, o que tenéis que ocultarla porque hay algo que no marcha como debiera.

Quería decir que quizá estuviera embarazada.

–No está mal visto que una dama pase una temporada en un convento antes de sus esponsales. Lo hizo mi abuela, y también mi madre. Y Claude podrá visitarnos de cuando en cuando, en algunas de las fiestas, la Asunción de Nuestra Señora, el día de Todos los Santos, el comienzo del Adviento, de manera que la gente vea que todo marcha como es debido –no conseguí borrar el desprecio de mi voz.

Jean se limitó a mirarme.

–O podemos adelantar los esponsales, si lo preferís –dije enseguida–, en el caso de que hayáis concluido las conversaciones con la familia del elegido. Hacedlos ahora mejor que la primavera próxima. Quizá la fiesta no sea tan magnífica con menos tiempo para los preparativos, pero eso carece de importancia.

–No. No parecería correcto precipitar tanto la boda. Y los tapices no estarán listos hasta Pascua.

Los tapices de nuevo. Tuve que morderme los labios para no escupir.

–¿Es realmente necesario que los tapices estén colgados para los esponsales? –traté de parecer despreocupada–. Podríamos celebrarlos en San Miguel, de vuelta de D’Arcy, y más adelante, cuando estén listos, dar los tapices a Claude como regalo de boda.

–No –Jean abandonó la pluma y se puso en pie–. Los tapices no son un regalo de boda; si lo fueran tendrían que lucir también el escudo de armas del esposo. No; son para celebrar mi posición en la Corte. Quiero que mi nuevo yerno vea en ellos las armas de Le Viste y recuerde la familia con la que se casa. De manera que no se le olvide nunca –fue hasta la ventana y miró hacia el exterior. El tiempo había sido bueno antes, pero estaba empezando a llover.

Guardé silencio. Jean contempló mi expresión glacial.

–Podríamos adelantar los desposorios un mes o dos –dijo para aplacarme–. ¿No hay un día de febrero que esté indicado para ese fin?

–La fiesta de San Valentín.

–Sí. Podríamos celebrarlos entonces. Léon le Vieux me dijo el otro día que el taller de Bruselas se ha retrasado un poco en la confección de los tapices. Lo enviaré para presionarlos y adelantar dos meses la entrega; eso les hará trabajar más. Nunca he entendido por qué se tarda tanto en hacer unos tapices. No es más que tejer, después de todo. Trozos de hilo que se meten y se sacan: hasta las mujeres lo hacen –se apartó de la ventana–. Enviadme a Claude antes de llevárosla al convento.

Le hice una reverencia.

–Sí, mi señor –al erguirme lo miré directamente a los ojos–. Gracias, Jean.

Hizo un gesto de asentimiento y, aunque no llegó a sonreírme, su expresión se suavizó. Es un hombre duro, pero a veces me escucha.

–¿Con quién se casará, monseigneur? –pregunté.

Agitó la cabeza.

–Eso es asunto mío y no os concierne. Preocupaos más bien de la novia.

–Pero…

–Puesto que no me disteis un hijo, he de elegirlo yo –se volvió entonces de espaldas, y el momento de ternura se perdió. Me estaba castigando por haberle dado sólo hijas. Sentí deseos de llorar, pero ya no me quedaban lágrimas.

Cuando regresé a mi cuarto hice llamar de nuevo a Béatrice. Se presentó con un vestido de brocado amarillo que me pareció demasiado alegre, pero que, al menos, no estaba manchado con la sangre del artista.

–Prepara el equipaje de Claude –le dije–. Sólo su ropa más sencilla y ninguna joya. Os llevo a las dos de viaje.

–¿Adónde, madame? –Béatrice parecía asustada, y con razón. Nueve meses en el convento serían un castigo también para ella. Y sin embargo aún le tenía cariño.

–No te preocupes –respondí–. Cuida bien de Claude y serás recompensada.

Mandé venir a un lacayo y le dije que preparase mi carruaje, además de enviar un mensajero por delante para anunciar nuestra visita. A continuación hice que Claude fuese a ver a su padre. Me apetecía sobremanera deslizarme hasta la puerta de mi esposo y escuchar, pero sería impropio de mí y me atareé en cambio con mis preparativos personales: quitarme la ropa que me había puesto para Jean y sustituirla por el sencillo vestido de lana oscura que había usado el Viernes Santo, además de retirar las joyas que llevaba en el pelo y de sustituir la cruz con piedras preciosas por otra de madera.

Se oyeron unos golpes en la puerta y entró Claude. Tenía los ojos enrojecidos y me pregunté qué le habría dicho Jean. Como había pedido a mi esposo que no le dijera adónde la llevaba, no podía ser ése el motivo de sus lágrimas. Vino directamente hacia mí y se arrodilló.

–Lo siento, mamá. Haré cualquier cosa que me pidáis –advertí miedo en su voz, y algo de sumisión, pero por debajo de todo aquello quedaba la rebeldía. En lugar de mantener los ojos bajos en señal de respeto, me miró de reojo, de la manera que he visto hacerlo a los pájaros cuando están bajo la zarpa de un gato, buscando la manera de escapar.

A las monjas no les faltará trabajo con ella.

Las acompañé en el coche. A las dos les sorprendió verlo: esperaban trasladarse a caballo, porque creían probablemente que íbamos a Nanterre, a casa de mi madre. No fuimos en esa dirección, sin embargo: una vez cruzado el Sena por el puente de Notre Dame, giramos hacia el este y abandonamos París más allá de la Bastilla. Claude se sentó lo más lejos que pudo de mí, con Béatrice apretada entre las dos. Hablamos poco. Mi coche no está pensado para viajes largos, tan sólo para trayectos cortos dentro de la ciudad. Las sacudidas fueron frecuentes y a veces me pregunté si las ruedas resistirían. No pude dormir, aunque Claude y Béatrice lo lograron a medias una vez que se hizo de noche y no pudieron contemplar los campos que iban quedando atrás.

Cuando llegamos a los muros de la ciudad casi amanecía. Pronto se rezarían laudes. Claude no había estado nunca en Chelles, y no reaccionó cuando nos detuvimos delante de la puertecita situada en el alto muro. Béatrice, sin embargo, la reconoció al instante y se irguió, el rostro demudado, mientras me apeaba y tocaba la campana junto a la puerta.

–Madame… –empezó, pero la hice callar con un gesto de la mano.

Sólo cuando una figura femenina abrió la puerta y Claude vio, a la luz de la antorcha, el paño blanco que le enmarcaba el rostro, comprendió de repente.

–¡No! –exclamó, retrocediendo todo lo que pudo hacia el otro lado del coche. No le hice caso y hablé en voz baja con la monja.

Luego oí un ruido y Béatrice exclamó:

–Madame, ¡se ha escapado!

–Id y traedla –les dije en voz baja a los mozos que estaban secando el sudor de los caballos. Uno de ellos dejó caer su trapo y corrió camino adelante hacia la oscuridad, más allá de la antorcha. Ésa era la razón de que hubiera traído a Claude en coche: si hubiésemos utilizado caballos podría haberse alejado al galope. El lacayo regresó a los pocos minutos, con Claude en brazos. Mi hija se había abandonado como un saco de grano y ni siquiera se mantuvo en pie cuando el criado trató de dejarla en el suelo a mi lado.

–Llévala dentro –dije.

Mientras la monja mantenía bien en alto la antorcha, hicimos nuestra triste entrada en el convento.

Se llevaron a Claude, y Béatrice la siguió como un pollito que ha perdido a su madre. Por mi parte pasé a la capilla con las monjas para rezar laudes, poniéndome de rodillas con una presteza que tenía olvidada desde hacía algún tiempo. A continuación me reuní con la abadesa para tomar un vaso de vino antes de dormir brevemente. Siempre duermo mejor en el estrecho camastro de paja que en mi gran cama de París con las damas a mi lado.

No vi a Claude antes de marcharme, pero mandé buscar a Béatrice, que me pareció extenuada y apagada. Su reverencia fue menos enérgica de lo habitual y comprobé que había tenido problemas con el cabello: de ordinario mis damas se turnan para peinarse unas a otras y en Chelles, además, no hay espejos. Me alegré de que hubiera cambiado el vestido de brocado amarillo por algo más discreto. Paseamos por el claustro y luego por el huerto central, donde las monjas plantaban y escardaban, cavaban y ataban. No soy jardinera pero aprecio el placer sencillo que proporcionan el color y el aroma de una flor. Quedaban aún algunos narcisos abiertos, jacintos, algunas violetas que empezaban a florecer y la vinca–pervinca. Tallos nuevos de espliego, romero y tomillo asomaban de las distintas matas, y la menta nueva crecía muy junta. En aquel huerto tranquilo, iluminado por el sol matutino, con las monjas que se afanaban en silencio a mi alrededor, al pensar en la campana que pronto repicaría para el rezo de tercia, sentí una punzada de envidia ante la idea de que Claude se iba a quedar allí cuando yo no podía hacerlo. Había pensado en el convento de Chelles como un castigo para ella a la vez que como un lugar para protegerla y educarla. Pero también era un castigo para mí saber que mi hija tendría lo que me estaba vedado.

–Contempla este huerto, Béatrice –dije, apartando mis pensamientos–. Es como el Paraíso. Como el cielo en la tierra.

Béatrice no respondió.

–¿Dónde estabas durante laudes? Sé que se rezan temprano, pero llegarás a acostumbrarte.

–Atendía a mademoiselle.

–¿Qué tal se encuentra?

Béatrice se encogió de hombros. De ordinario no recurriría a un gesto tan descortés. Estaba enfadada conmigo, aunque, por supuesto, no podía decirlo.

–No ha hablado desde que llegamos. Tampoco ha comido, aunque la verdad es que no se ha perdido gran cosa.

Es verdad que las gachas del convento están poco espesas y el pan, duro.

–Se acostumbrará con el tiempo –dije amablemente–. Éste es el mejor sitio para ella, no lo dudes. La estancia aquí le será beneficiosa.

–Espero que tengáis razón, madame.

Me erguí al máximo.

–¿Acaso desapruebas mi decisión?

Béatrice inclinó la cabeza.

–No, madame.

–Estará mucho más contenta para la fiesta de la Purificación.

Béatrice se sobresaltó.

–La Purificación pasó hace ya tiempo.

–Me refiero a la próxima.

–¿Vamos a quedarnos aquí hasta entonces? –Béatrice había alzado la voz.

Sonreí.

–El tiempo pasa más deprisa de lo que piensas. Y si las dos sois buenas y os portáis bien, las dos –repetí, para que lo entendiera–, concertaré tu boda cuando acabe, si así lo deseas.

El rostro de la pobre Béatrice se dividió: boca triste pero ojos esperanzados.

–Sabes que aquí te cuidarán bien –dije–. Muéstrate alegre con Claude, obedece a la abadesa y todo irá bien.

La dejé en aquel huerto lleno de encanto, y me arranqué de allí para subir a mi carruaje y emprender el largo viaje de vuelta a la rue du Four. Confieso que lloré un poco mientras veía pasar los campos, y de nuevo cuando alcanzamos la puerta de París. No quería volver a la rue du Four. Pero tenía que hacerlo.

Ya en casa, hablé con los mozos antes de que se llevaran a los caballos y les di dinero para que no contasen a nadie dónde habíamos estado. Nadie excepto ellos y Jean sabía el paradero de Claude: ni siquiera les había dicho a mis damas dónde íbamos. No quería que Nicolas des Innocents se enterase y molestara a las monjas. Aunque había tenido cuidado, no estaba del todo tranquila, y deseé que el pintor se alejara lo más posible. No me fiaba nada de él. Me había fijado en su forma de mirar a mi hija mientras yacía ensangrentado en el suelo; Jean nunca me había mirado así. Los celos hicieron que me diera un vuelco el corazón.

Mientras cruzaba el patio tuve una idea y regresé a toda prisa a los establos.

–Salgo otra vez –les dije a los sorprendidos mozos–. Llevadme a la rue des Rosiers.

Léon le Vieux también se sorprendió: pocas veces lo visita una aristócrata, y menos aún sola. Se comportó con gran amabilidad, sin embargo, y me invitó a instalarme cómodamente junto al fuego. Ha prosperado mucho: tiene una casa excelente, llena de alfombras, lujosos arcones y bandejas de plata. Conté dos criadas, si bien fue su esposa quien nos trajo vino dulce y me hizo una profunda reverencia. Parecía razonablemente feliz y en su vestido había seda tejida con la lana.

–¿Cómo os va, dame Geneviève? –me preguntó Léon mientras nos sentábamos–. ¿Y Claude? ¿Y Jeanne y la pequeña? –nunca olvida interesarse por todas mis hijas. Siempre me ha sido simpático, aunque temo por su alma. Su familia se ha convertido, pero él, sin embargo, no es como nosotros. Busqué con la mirada algún signo que me lo confirmara, aunque sólo vi un crucifijo en la pared.

–Necesito vuestra ayuda, León –dije, tomando un sorbo del vino–. ¿Habéis tenido noticias de mi esposo?

–¿Sobre los tapices? Sí, esta mañana. Hacía los preparativos para encaminarme a Bruselas cuando habéis llegado.

–He de pediros algo. Quizá os resulte incluso ventajoso. Enviad a Nicolas des Innocents a Bruselas en representación vuestra.

Léon se quedó con el vaso de vino a mitad de camino hacia la boca.

–Es una petición inesperada. ¿Puedo preguntaros por qué, dame Geneviève?

Quería compartirlo con alguien. Léon es un hombre discreto; podía hablar con él sin que nuestra conversación se convirtiera en la comidilla del día siguiente. De manera que le conté todo lo que le habla ocultado a Jean: cómo Claude y Nicolas habían estado juntos por vez primera en la cámara de mi marido, todo lo que había hecho para mantenerlos a distancia y el encuentro en la rue des Cordeliers.

–La he llevado a Chelles –terminé–, donde permanecerá hasta sus esponsales. Nadie sabe que está allí excepto vos, Jean y yo. Por eso hemos adelantado la ceremonia, que será inmediatamente antes de Cuaresma y no después de Pascua. Pero no me fío de Nicolas. Lo quiero lejos de París durante algún tiempo, hasta que tenga la seguridad de que no va a encontrar a mi hija. Vos tenéis tratos con él: decidle que vaya a Bruselas en vuestro lugar.

Léon le Vieux escuchó impasible. Cuando terminé movió la cabeza.

–No debí dejarlos solos –murmuró.

–¿A quiénes?

–No tiene importancia, dame Geneviève. Haré lo que me pedís. No lo considero, además, un sacrificio: el viaje a Bruselas en esta época no me resultaba nada conveniente –dejó escapar un gruñido–. Esos tapices parecen causar muchos problemas, ¿no es cierto?

Suspiré y contemplé el fuego.

–Es cierto: ¡más de los que se merece ningún tapiz!