Nicolas des Innocents
No esperaba volver a ver ni los tapices ni los dibujos. Cuando pinto una miniatura o un escudo, o diseño vidrieras, sólo los veo mientras trabajo en ellos. Lo que sucede después no me atañe. Como tampoco vuelvo con el pensamiento, sino que paso a pintar otra miniatura, o la portezuela de otra carroza, o una Virgen con el Niño para una capilla, o un escudo de armas. Lo mismo me sucede con las mujeres: monto a una y lo disfruto, luego encuentro a otra y hago lo mismo. No vuelvo la vista atrás.
No; no es del todo cierto. Hay una que recuerdo, una en la que pienso todo el tiempo, aunque no haya llegado a tenerla.
Los tapices de Bruselas me acompañaron durante mucho tiempo. Me acordaba de ellos a ratos perdidos: al ver un ramillete de violetas en un puesto del mercado de la rue Saint-Denis, al oler una tarta de ciruelas a través de una ventana abierta, al oír cantar vísperas a los monjes de Notre Dame, o al mascar el clavo que sazonaba un guiso. En una ocasión, cuando estaba con una mujer, me pregunté de repente si el león de El Tacto se parecía demasiado a un perro, y mi verga se marchitó bajo los dedos de la moza como una lechuga mustia.
Aunque la mayoría de los trabajos los olvido enseguida, recordaba en cambio muchos detalles de los cartones: las largas mangas color naranja de la criada en El Oído, el mono que tira de la cadena que lleva al cuello en El Tacto, la ondulación del pañuelo de la dama, agitado por el viento en El Gusto, la oscuridad en el espejo detrás del reflejo del unicornio en La Vista.
Había demostrado algo con aquellos dibujos. Léon le Vieux me trataba con más respeto, casi como si fuésemos iguales, sin marcar tanto las diferencias entre un comerciante acomodado y un pintor de tres al cuarto. Aunque todavía pintaba miniaturas, empezó a conseguirme encargos para tapices de otras familias nobles. Astutamente se reservó las pinturas que había hecho de las seis damas, excusándose ante Jean le Viste por no devolvérselas, aunque eran propiedad de monseigneur. Se las mostró a otros nobles, que hablaron de ellas con otros, y de las conversaciones nacieron peticiones para más tapices. Diseñé algunos más con unicornios: a veces solos en los bosques, otras cuando los cazaban, en ocasiones con una dama, aunque siempre cuidaba que fueran diferentes de las damas de Le Viste. Léon estaba encantado.
—Fíjate en lo entusiasmada que está la gente, y ha bastado con los dibujos pequeños —decía—. Espera a que contemplen los tapices colgados en la Grande Salle de Jean le Viste: tendrás trabajo para el resto de tus días.
Y dinero para el bolsillo de Léon, podría haber añadido. De todos modos estaba contento: si las cosas seguían así, no tendría que pintar más escudos ni portezuelas de carruajes.
Un día fui a casa de Léon a hablar de un nuevo encargo de tapices: no de unicornios, sino de halconeros en plena cacería. Léon ha sacado partido de sus encargos. Tiene una buena casa junto a la rue des Rosiers, con una habitación reservada exclusivamente para los negocios. Repartidos por toda ella hay hermosos objetos de tierras lejanas: bandejas de plata con extrañas letras grabadas, cajas de filigrana para especias procedentes de Levante, gruesas alfombras persas, arcones de madera de teca con incrustaciones de madreperla. Al mirar a mi alrededor, comparé todo aquello con mi sencilla habitación encima de Le Coq d’Or y fruncí el ceño. Probablemente Léon ha estado en Venecia. Probablemente ha estado en todas partes. Algún día, antes de que pase mucho tiempo, también habré ganado lo suficiente para poseer cosas igual de hermosas.
Mientras hablábamos sobre el encargo esbocé las alas y la cola de un halcón. Luego abandoné el carboncillo y me recosté en el asiento.
—Quizá me marche con el buen tiempo, una vez que haya terminado este dibujo. Estoy cansado de París.
Léon le Vieux también se recostó en el asiento.
—¿Dónde?
—No lo sé. Una peregrinación, quizá.
Léon alzó los ojos al cielo. Sabe que no voy mucho a la iglesia.
—Hablo en serio —insistí—. Al sur, a Toulouse. Quizá haga, incluso, todo el camino hasta Santiago de Compostela.
—¿Qué esperas encontrar cuando llegues allí?
Me encogí de hombros.
—Lo que se encuentra siempre en una peregrinación —no le dije que no había hecho ninguna—. Pero eso es algo sobre lo que no sabéis mucho los de vuestra clase —añadí, para tomarle el pelo.
Léon no se molestó en responder a aquella pulla.
—Una peregrinación es un viaje largo para una recompensa posiblemente pequeña. ¿Has pensado en eso? Considera todo el trabajo al que vas a renunciar para ir y ver…, bueno, muy poco. Una insignificante parte del todo.
—No os entiendo.
—Esas reliquias que vas a ver. ¿No atesora Toulouse una astilla de la cruz de Nuestro Salvador? ¿Qué cantidad de cruz se ve en un trocito de madera? Quizá lo veas y te lleves una desilusión.
—No me llevaré una desilusión —insistí—. Me sorprende que no hayáis hecho ninguna peregrinación, siendo como sois un buen cristiano —extendí el brazo y cogí una de las cajas de plata para especias. La filigrana estaba inteligentemente trabajada para crear una puerta con goznes y una cerradura—. ¿De dónde procede esto?
—De Jerusalén.
Alcé las cejas.
—Quizá debiera ir allí.
Léon rió a carcajadas.
—Eso me gustaría verlo, Nicolas des Innocents. Tiens, hablas de viajar. Los caminos entre París y Bruselas ya están expeditos y me han llegado noticias sobre tus tapices gracias a un mercader que conozco. Pasó por el taller de Georges a petición mía.
Léon y yo llevábamos meses sin hablar de los tapices. A comienzos de Adviento los caminos estaban demasiado mal para hacer sin problemas el viaje de París a Bruselas. Léon no sabía nada de Georges y su taller, y yo había renunciado a preguntarle. Dejé la caja para especias.
—¿Qué ha contado?
—Terminaron los dos primeros después de Navidad y empezaron los dos siguientes para Epifanía: los dos más largos. Pero van con retraso. Han tenido enfermos en la casa.
—¿Quiénes?
—Georges le Jeune y uno de los tejedores de fuera que han contratado. Ya están mejor, pero se perdió tiempo.
Me tranquilicé al oír que no se trataba de Aliénor, y mi reacción me sorprendió. Empuñé el carboncillo y dibujé la cabeza y el pico del halcón.
—¿Qué le parecieron los tapices?
—Georges le mostró los dos primeros: El Oído y El Olfato. Mi conocido dijo que eran muy hermosos.
Añadí un ojo a la cabeza del halcón.
—¿Y los dos que hacen ahora? ¿Hasta dónde han llegado?
—Estaban tejiendo el perro sentado en la cola del vestido de la dama en El Gusto. Y en À Mon Seul Désir han llegado a la criada. Por supuesto, sólo se ve una estrecha tira del trabajo que están haciendo —sonrió—. Una mínima parte del conjunto.
Traté de recordar los detalles de los cartones. Durante mucho tiempo me los sabía tan bien que podía dibujarlos con los ojos cerrados. Me sorprendió haberme olvidado del perro sentado en el vestido de la dama.
—Léon, mostradme las pinturas. Quiero verlas.
Léon rió entre dientes.
—Llevabas algún tiempo sin pedírmelo —dijo, mientras se sacaba las llaves del cinturón y abría el arcón de teca. Sacó los diseños y los colocó sobre la mesa.
Busqué el perro de El Gusto y empecé a calcular cuánto tardarían en llegar al rostro de la dama. El rostro de Claude.
Llevaba meses sin verla. No había vuelto a entrar en la casa de la rue du Four desde mi regreso de Bruselas durante el verano. No tenían nada nuevo que encargarme y la familia se había trasladado a su castillo cerca de Lyon. A finales de septiembre oí que habían regresado, y a veces me apostaba por los alrededores de Saint–Germain–des–Prés, con la esperanza de vislumbrar a Claude. Un día la vi en la rue du Four con su madre y sus damas de honor. Al pasar ella, empecé a caminar, manteniéndome a la misma altura, al otro lado de la calle, con la esperanza de que mirase en mi dirección y me viera.
Así sucedió. Se detuvo entonces, como si se hubiera hecho daño en un pie. Las damas la fueron dejando atrás, hasta que en la calle, a mi altura, sólo quedaron ella y Béatrice. Claude hizo un gesto a su dama para que siguiera adelante y se arrodilló como para ajustarse el zapato. Dejé caer una moneda cerca de donde se había detenido y di unos pasos para recogerla. Al arrodillarme a su lado, nos sonreímos. No me atreví a tocarla, de todos modos: un hombre como yo no toca en la calle a una muchacha como ella.
—Quería verte —susurró Claude.
—Y yo a ti. ¿Vendrás a mi casa?
—Lo intentaré, pero…
No pudo terminar la frase ni decirle yo dónde me alojaba, porque Béatrice y el lacayo que les daba escolta se acercaron corriendo.
—¡Marchaos —susurró Béatrice— antes de que os vea dame Geneviève!
El lacayo me agarró y me alejó de Claude, que me fue siguiendo con la vista, todavía rodilla en tierra.
Después de aquello la vi una o dos veces desde lejos, pero apenas podía hacer nada. Era una aristócrata, sencillamente: no se me podía ver con ella por la calle. Aunque anhelaba tenerla en mi cama, dudaba de que pudiera burlar la vigilancia de las damas de honor. Estuve con otras mujeres, pero ninguna me satisfizo. Todas las veces terminaba con la sensación de no haberme vaciado del todo, como una jarra de cerveza a la que todavía le queda un sorbo en el fondo. Contemplar ahora a la dama en El Gusto hizo que sintiera lo mismo. No era suficiente.
Léon extendió el brazo para recoger las pinturas.
—Un moment —dije, reteniendo À Mon Seul Désir, la mano sobre la dama inmóvil, con las joyas entre los dedos. ¿Se las ponía o se las quitaba? No siempre estaba seguro.
Léon chasqueó la lengua y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿No queréis mirarlos? —pregunté.
Léon se encogió de hombros.
—Ya los he visto.
—En realidad no os gustan, aunque habléis tan elogiosamente de ellos ante otras personas.
Léon recogió la caja de especias con la que yo había estado jugueteando y la volvió a colocar en el estante con las demás.
—Son buenos para los negocios. Y harán que la Grande Salle de Jean le Viste sea digna de las fiestas que allí se celebren. Pero no; no me seducen tus damas. Prefiero cosas útiles: bandejas, armarios, candelabros.
—Los tapices también son útiles: cubren paredes desnudas y hacen las habitaciones más cálidas y luminosas.
—Es cierto. Pero, por lo que a mí respecta, prefiero que los dibujos sean puramente decorativos, como éste —señaló, colgado de una pared, un tapiz de pequeñas dimensiones que era sólo de millefleurs, sin figuras ni animales—. No quiero damas en un mundo de ensueño, aunque a ti te parezcan reales.
Ojalá lo fueran, pensé.
—Tenéis un espíritu demasiado práctico.
Léon ladeó la cabeza.
—Así es como sobrevivo. Así es como he sobrevivido siempre —empezó a recoger las pinturas—. ¿Vas a dibujar algo, sí o no?
Dibujé muy deprisa: halcones que atacaban a una garza mientras caballeros y damas presenciaban la escena, con perros que corrían más abajo, todo ello para ser completado con millefleurs. Había diseñado ya tapices suficientes para que todo aquello me resultase fácil. Gracias al huerto de Aliénor, podía incluso dibujar con precisión las millefleurs.
Léon me contemplaba con interés. La gente lo hace con frecuencia: para ellos, dibujar tiene algo de mágico, es un espectáculo de feria. Para mí siempre ha sido fácil, pero la mayoría de la gente que coge el carboncillo dibuja como si empuñara un cabo de vela.
—Has aprendido mucho en estos meses —dijo.
Me encogí de hombros.
—También yo sé tener espíritu práctico.
Aquella noche soñé con una tira de tapiz en la que estaba tejido el rostro de Claude, y al despertar comprobé que había tenido una polución, algo que llevaba algún tiempo sin sucederme. Al día siguiente encontré una excusa para ir a Saint–Germain–des–Prés: un amigo que vive por allí podría contarme más cosas sobre cetrería. Podría, por supuesto, haber preguntado a alguien de la rue Saint Denis, pero así recorrería la rue du Four y vería la casa de los Le Viste, cosa que llevaba algún tiempo sin hacer. Los postigos de las ventanas estaban cerrados, aunque apenas había pasado el Domingo de Resurrección y no era probable que la familia hubiera salido ya camino de Lyon. Aunque esperé, nadie entró ni salió.
Tampoco encontré a mi amigo, y regresé sin prisa hacia el centro. Al cruzar las murallas de la ciudad por la porte Saint–Germain y abrirme camino entre los puestos del mercado que la rodea, vi una cara conocida, una mujer que fruncía el ceño mientras miraba unas lechugas tempranas. Ya no estaba tan gorda.
—Marie–Céleste —la llamé por su nombre sin saber que lo recordaba.
Se volvió y me miró sin sorprenderse mientras me acercaba.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Ver tu sonrisa.
Marie–Céleste gruñó y se volvió hacia las lechugas.
—Ésta tiene manchas por todas partes —le dijo al que las vendía.
—Busca otra, entonces —le respondió el hortelano con un encogimiento de hombros.
—¿Haces la compra para los Le Viste?
Marie–Céleste empezó a revisar las demás lechugas, la boca convertida en una línea adusta.
—Ya no trabajo allí. Deberías saberlo.
—¿Por qué no?
—Tuve que marcharme para dar a luz a mi hija, ésa es la razón. Claude iba a hablar en mi favor, pero cuando regresé había otra chica en mi puesto y la señora no quiso saber nada.
Oír el nombre de Claude me hizo temblar de deseo. Marie–Céleste me miraba indignada y traté de pensar en otra cosa.
—¿Qué tal está la niña?
Sus manos dejaron de moverse por un momento. Luego empezó otra vez a revisar las lechugas.
—Se la di a las monjas —cogió una lechuga y la agitó.
—¿A las monjas? ¿Por qué?
—Necesitaba volver a trabajar para mantener a mi madre, que está demasiado vieja y enferma para cuidar de un bebé. No podía hacer otra cosa. Y luego resultó que tampoco tenía un empleo al que volver.
Me callé, pensando en una hija entregada a las monjas. No era lo que deseaba para la descendencia que pudiera tener.
—¿Cómo se llama?
—Claude.
La abofeteé con tanta fuerza que se le escapó la lechuga de la mano.
—¡Oye! —exclamó el vendedor—. ¡Si la dejas caer, la pagas!
Marie–Céleste se echó a llorar. Recogió su cesto y se alejó corriendo.
—¡No la dejes en el suelo! —gritó el del puesto.
Recogí la lechuga —se le caían las hojas— y la tiré encima de las demás antes de correr tras ella. Cuando la alcancé, Marie–Céleste tenía la cara roja de correr y de llorar al mismo tiempo.
—¿Por qué le pusiste ese nombre? —grité, cogiéndola del brazo.
Marie–Céleste agitó la cabeza y trató de soltarse. Empezó a reunirse un grupo de curiosos: en un mercado todo es espectáculo.
—¿Vas a pegarle otra vez? —se burló una mujer—. Si es así, aguarda a que venga mi hija para que sepa lo que le espera.
Aparté a Marie–Céleste de los mirones y la llevé hasta un callejón. Los vendedores habían echado allí sus basuras: coles podridas, restos de pescado, estiércol de caballo. Una rata salió corriendo cuando empujé a mi presa más allá del montón de residuos.
—¿Por qué le has puesto ese nombre a mi hija? —le pregunté en voz más baja. Era extraño utilizar la palabra hija.
Marie–Céleste me miró con gesto de cansancio. Su rostro blancuzco era como un bollo con dos pasas clavadas, y los cabellos oscuros se le escapaban, lacios, de la cofia. Me pregunté por qué había querido alguna vez llevármela a la cama.
—Le dije a Claude que lo haría —respondió—. Le agradecí mucho que se ofreciera a interceder en mi favor. Pero luego no lo hizo; cuando hablé con dame Geneviève juró que mademoiselle no le había dicho nada. La señora pensó que la había dejado plantada y perdí el empleo. Así que a la niña le puse Claude para nada, después de todo lo que había hecho por mademoiselle de pequeña. Por suerte he conseguido otro trabajo en la rue des Cordeliers. Los Belleville. No son tan ricos como los Le Viste, pero no tengo motivo de queja. En ocasiones invitan incluso a las damas de la familia Le Viste.
—¿Las Le Viste van a tu casa?
—Ya me encargo de que no me vean cuando lo hacen —Marie–Céleste había acabado por serenarse. Miró a su alrededor en el callejón y esbozó una sonrisa—. Nunca pensé que acabara otra vez contigo en un callejón.
—¿Quiénes van de visita? ¿Sólo dame Geneviève, o la acompañan sus hijas?
—De ordinario Claude va con ella —dijo Marie–Céleste—. Hay una hija de la misma edad con la que se lleva bien.
—¿Van a menudo?
Marie–Céleste arrugó la frente como la anciana en la que se convertirá algún día.
—¿Qué más te da?
Me encogí de hombros.
—Simple curiosidad. He trabajado para monseigneur Le Viste, como sabes, y me preguntaba cómo son las mujeres de su familia.
En el rostro de Marie–Céleste apareció una sonrisa maliciosa.
—Imagino que quieres venir y verme allí, ¿no es eso?
Me quedé boquiabierto, sorprendido de que coqueteara conmigo después de todo lo sucedido. Pero, por otra parte, podía serme útil. Sonreí y le quité una pluma del hombro.
—Tal vez.
Cuando adelantó el brazo y me puso la mano en la entrepierna, noté que me excitaba muy deprisa, y de repente su rostro se me antojó menos blancuzco y más rosado. Marie–Céleste retiró la mano con la misma rapidez, sin embargo.
—Se me hace tarde. Ven un día a verme —me describió la casa de la rue des Cordeliers.
—Quizá vaya cuando os visiten las Le Viste —añadí—. Así podré echar una ojeada para satisfacer mi curiosidad.
—Como quieras. De hecho sé que vienen pasado mañana. Se lo he oído decir a mi señora.
Era demasiado fácil. Una vez que Marie–Céleste se alejó, balanceando el cesto mientras se alejaba, me pregunté por un momento qué era lo que esperaba sacar de aquello, aparte de un placer momentáneo entre las piernas. Pero no lo pensé mucho tiempo. Quería ver a Claude le Viste y eso me bastaba.
Por supuesto era demasiado fácil. La generosidad de Marie–Céleste no llegaba a tanto.
La casa de los Belleville carecía, sin duda, del esplendor de la morada de los Le Viste. Tenía dos pisos y cristales en algunas de las ventanas, pero la rodeaban otras casas y algunas de las vigas se estaban pudriendo. La estudié mientras esperaba a Marie–Céleste al otro lado de la calle, preguntándome si vería entrar a Claude. No sabía cómo me iba a ser posible tener un tête–á–tête con ella. Estarían cerca su madre y Béatrice, así como las damas de la casa. Y no había que olvidar a Marie–Céleste: quizá tuviera que montarla sólo para librarme de ella. Carecía de plan, excepto el de estar atento y verlo todo. Y, por lo menos, trataría de hablar un momento con Claude para concertar otra cita. Había pagado incluso a un individuo para que me escribiera una nota: Claude sería capaz de leerla, a diferencia de mí. El escribano sonrió al escuchar mis palabras, pero las había escrito. Las personas hacen casi cualquier cosa por una moneda o dos.
Marie–Céleste abrió la puerta principal, se asomó y me hizo señas. Crucé la calle corriendo y me metí en la casa. Me hizo atravesar una habitación, luego otra decorada con tapices —aunque estaba demasiado oscura para verlos bien—, y después seguimos en dirección contraria a través de la cocina, donde el cocinero, inclinado sobre una olla puesta al fuego, me fulminó con la mirada.
—No hagáis ruido o habrá problemas —gruñó.
No recordaba si Marie–Céleste había hecho ruido cuando se me abrió de piernas por vez primera, pero le seguí la corriente, y le sonreí con intención antes de salir por la puerta de atrás.
—Idiota —murmuró el otro.
No tuve tiempo de entender la advertencia que se escondía detrás de aquella palabra. Al poner el pie en el jardín trasero, oí un ruido a mi espalda y recibí un golpe tal en la cabeza que vi las estrellas. Me tambaleé, y ni siquiera pude volverme para tratar de reconocer a mi agresor antes de que una patada me derribase. Luego seguí recibiendo golpes en el costado y en la cabeza. Conseguí mirar pese a la sangre que me cegaba y vi a Marie–Céleste cruzada de brazos.
—Cuidado con la colada —le dijo al individuo que seguía oculto para mí. Pero ya era demasiado tarde: la sábana colgada detrás de ella estaba salpicada de sangre.
Recuperé el aliento lo bastante para quejarme antes de que el otro me pateara de nuevo.
Todo estaba extrañamente silencioso, a excepción del ruido de los golpes y del de los zapatos de Marie–Céleste al aplastar la tierra cuando se apoyaba en un pie o en otro. Me había hecho un ovillo, tratando de protegerme el vientre y recibía los golpes en la espalda. Después de una o dos patadas en la cabeza, perdí el conocimiento unos instantes. Al volver en mí oí un gemido muy agudo, como de un conejo pillado en una trampa. ¿Por qué hacía aquel ruido Marie–Céleste?, pensé.
—Cállate —dijo ella entre dientes, y entonces me di cuenta de que el ruido lo hacía yo.
—Pégale en los huevos —le dijo Marie–Céleste a mi atacante—. Que no vuelva a dejar embarazada a nadie.
El agresor me buscó las rodillas con otra patada para que cambiara de postura y quedara boca arriba. Mientras se preparaba para el golpe de gracia cerré los ojos. Luego oí el crujido de unos postigos. Abrí los ojos y vi el rostro de Claude asomado al alféizar de una ventana muy por encima de donde yo estaba. Sus ojos claros estaban muy abiertos. Era como una franja de tapiz.
—¡Arrêtez! —gritó Marie–Céleste. Su esbirro hizo una pausa, miró hacia arriba y se marchó en un abrir y cerrar de ojos. Nunca hubiera creído que se podía desaparecer tan deprisa. Le vi lo bastante de la cara, sin embargo, para reconocer al mayordomo de Le Viste. Que me anduviera con cuidado, claro que sí. Siempre me había odiado: lo suficiente, al parecer, para arriesgar su posición privilegiada. Se trataba de eso o de que había puesto los ojos en Marie–Céleste.
—¿Qué ha sucedido? ¿Eres tú, Marie–Céleste? —llamó Claude desde arriba—. Y —sobresaltada— ¿Nicolas?
Otros rostros aparecieron junto al de Claude: los de Geneviève de Nanterre, Béatrice, madame y mademoiselle de Belleville. Era tan extraño ver sus cabezas apiñadas mirándome desde lo alto —como pájaros en un árbol contemplando un gusano— que volví a cerrar los ojos.
—¡Oh, mademoiselle, un individuo ha atacado a monsieur! —exclamó Marie–Céleste—. No sé de dónde ha salido, ¡sólo lo he visto cuando se le echaba encima!
De repente sentí el dolor de los golpes por todas partes. Gemí en contra de mi voluntad. Sentí el sabor de la sangre.
—Voy a bajar —dijo Claude.
—No, no lo harás —respondió su madre—. Béatrice, ve tú y ayuda a Marie–Céleste a atenderlo.
Cuando abrí los ojos todas las cabezas habían desaparecido, excepto la de Claude. Me miraba. Completamente inmóvil. Nos sonreímos. Contemplar su rostro era como ver el cielo azul entre las hojas de un árbol. Luego desapareció de repente, como si la hubieran apartado de la ventana.
—No te atrevas a decir nada —susurró Marie–Céleste—. Habías venido a verme y ese individuo trató de robarte.
Seguí tumbado sin moverme. No ganaría nada contando a Béatrice lo que realmente había pasado: si lo hacía, Marie–Céleste podría decirle que teníamos una hija y ella se lo contaría a Claude. No quería que Claude lo supiera.
Béatrice apareció con un cuenco de agua y un trozo de tela. Se arrodilló a mi lado, me puso la cabeza en el regazo y empezó a limpiarme la sangre de la cara. El simple movimiento del cuello me mareaba y tuve que cerrar los ojos.
Cuando Marie–Céleste volvió a contar que un individuo me había atacado para robarme, Béatrice no dijo nada. Aquello asustó mucho a Marie–Céleste, que empezó a tejer un relato cada vez más complicado, con rencillas y bolsas de dinero y amigos de hermanos y palabras violentas. Acabó metiéndose en un lío terrible.
Finalmente Béatrice la interrumpió:
—¿Cómo entró el ladrón en la casa? Tenía que conocer a alguien.
Marie–Céleste trató de dar nuevas explicaciones, pero acabó por descubrir que las palabras eran su enemigo y se calló como si alguien le hubiera metido un trapo en la boca.
Cuando Béatrice me abrió la túnica y me pasó el paño húmedo por los hombros y el pecho, gemí e hice muecas de dolor. Mis gritos soltaron de nuevo la lengua de Marie–Céleste.
—No entiendo qué hacía ese hombre…
—Ve a buscar agua limpia —le interrumpió Béatrice—. Que esté tibia.
Cuando Marie–Céleste se apresuró a entrar en la casa alguien debió de aparecer en el umbral detrás de mí, porque Béatrice volvió la cabeza.
—Preguntad si tienen árnica. De lo contrario, un puñado de margaritas o caléndulas secas en agua tibia ayudará.
La persona que escuchaba hizo un movimiento y se marchó.
—¿Era Claude? —pregunté. Apenas podía mover los labios.
Como Béatrice no respondía, abrí los ojos y los alcé hasta los suyos, marrones, que ocupaban tanto sitio en su rostro insignificante.
—No —dijo—. Era la hija de la casa.
No supe si mentía. Volví la cabeza y escupí dos dientes. Pasaron rozando la falda azul de muaré de Béatrice y rebotaron sobre el suelo.
—¿Qué habéis hecho para recibir semejante paliza? —preguntó Béatrice en voz baja—. Fuera lo que fuese, probablemente os lo merecíais.
—Béatrice, metedme la mano en el bolsillo.
Las cejas, pintadas y arqueadas, le crearon arcos todavía más pronunciados en la frente.
—Por favor. Tengo algo ahí que quiero que entreguéis.
Béatrice vaciló, pero luego metió la mano en mi jubón y sacó la nota. Estaba manchada de sangre.
—Dádsela a Claude.
Béatrice miró hacia atrás.
—Sabéis que no puedo hacer eso —susurró.
—Sí, sí que podéis. Claude querría que lo hicierais. Sois su dama, ¿no es cierto? Debéis hacer lo que es mejor para ella —la miré fijamente. Las mujeres han dicho con frecuencia que los ojos son lo que más les gusta de mí. Menos mal que nunca han mencionado los dientes.
El rostro de Béatrice se dulcificó, la barbilla metida en el cuello, las ventanas de la nariz dilatadas. No dijo nada, pero se guardó la nota en la manga.
Marie–Céleste regresó enseguida con un cuenco que olía a flores. Cerré los ojos y dejé que Béatrice y ella me lavaran. En otra ocasión habría disfrutado con las atenciones de dos mujeres, pero ahora estaba tan dolorido que sólo quería dormir y olvidarme de los golpes. Madame de Belleville apareció un momento para ordenar que unos criados me llevaran a casa. Estaba quedándome dormido cuando su voz se hizo áspera para dirigirse a Marie–Céleste.
Estuve tres días en la cama antes de poder moverme con normalidad. Tenía rígidas las articulaciones, los ojos morados, la nariz hinchada y una costilla rota, de manera que un dolor agudo me atravesaba de parte a parte cuando trataba de moverme. Guardé cama y bebí cerveza, aunque sin comer nada, y dormí la mayor parte del tiempo, aunque por la noche permanecía despierto maldiciendo los dolores que me asaltaban.
Tenía la esperanza de que apareciese Claude. Al cuarto día oí pasos en la escalera, pero no fue ella quien abrió la puerta, sino Léon le Vieux, que se quedó en el umbral examinando mi habitación, fría y sucia: la criada de Le Coq d’Or no había subido aún ni a encender el fuego ni a llevarse la comida que me había traído el día anterior. De ordinario Léon no me visita, sino que envía un mensajero que me lleve a su casa. Me esforcé por incorporarme.
—Te has portado mal, ¿no es eso?
Empecé a protestar, pero renuncié enseguida. Léon parecía saberlo todo: no tenía sentido mentirle. Volvía tumbarme.
—Me dieron una buena paliza.
Léon rió entre dientes.
—Descansa ahora. Tienes que ponerte bien pronto; por tus sufrimientos te voy a mandar de peregrinación.
Me quedé mirándolo.
—¿De peregrinación? ¿Dónde?
Léon sonrió.
—No al sur, sino al norte. A ver una reliquia en Bruselas.