Georges de la Chapelle
Supe, tan pronto como lo vi, que no me iba a gustar. De ordinario no juzgo tan deprisa; eso se lo dejo a mi esposa. Pero, nada más entrar con Léon le Vieux, examinó mi taller como si fuera una sórdida callejuela de París en lugar de la rue Haute que da a la place de la Chapelle: un emplazamiento perfectamente respetable para un lissier. Luego, con su túnica bien cortada y ajustadas calzas parisienses, no se molestó en mirarme a los ojos, sino que contempló a Christine y a Aliénor mientras se movían por la habitación. Demasiado seguro de sí, pensé. Sólo nos traerá problemas.
Me sorprendió que hubiera venido. Llevo treinta años en este oficio y nunca he encontrado un artista que venga desde París para verme. No hace ninguna falta: sólo necesito sus dibujos y un buen cartonista como Philippe de la Tour para ampliarlos. Los artistas no le sirven de nada a un lissier.
Léon no me había anunciado que fuera a traer consigo al tal Nicolas des Innocents, y además llegaron antes de lo esperado. Estábamos todos en el taller, preparándonos para cortar el tapiz que acabábamos de terminar. Ya había retirado el cartón que se coloca debajo del tapiz y lo estaba enrollando para guardarlo con otros diseños de mi propiedad. Georges le Jeune retiraba el último de los carretes. Luc barría el trozo de suelo donde íbamos a colocar el tapiz cuando lo separásemos del telar. Christine y Aliénor cosían, para cerrarlas, las últimas aberturas entre colores. Philippe de la Tour volvía a enhebrar la aguja de Aliénor cada vez que mi hija la dejaba caer, y le buscaba en el tapiz más ranuras que cerrar. No se le necesitaba en el taller, pero sabía que era el día del corte y encontraba razones para quedarse.
Cuando Léon le Vieux apareció en una de las ventanas que dan a la calle, mi mujer y yo nos levantamos de un salto y Christine corrió a abrirle la puerta. Nos sorprendió descubrir que lo acompañaba un desconocido, pero una vez que Léon presentó a Nicolas como el artista que había hecho los dibujos para los nuevos tapices, asentí con la cabeza y dije:
—Sed bienvenidos, caballeros. Mi esposa traerá alimentos y bebida.
Christine se apresuró a cruzar la puerta que unía el taller con la casa, situada detrás. Tenemos dos casas unidas, una donde comemos y dormimos, y otra que nos sirve de taller. Las dos tienen ventanas y puertas que dan a la calle por delante y al huerto por detrás, con el fin de que los tejedores dispongan de buena luz para trabajar.
Aliénor se puso en pie para seguir a Christine.
—Dile a tu madre que traiga queso y ostras —le dije en voz baja, mientras se marchaba—. Manda a Madeleine a comprar unos bollos. Y sírveles cervezas dobles, no pequeñas —me volví hacia los recién llegados—: ¿Acabáis de llegar? —le pregunté a Léon—. Os esperaba la semana que viene, para la fiesta de Corpus Christi.
—Llegamos ayer —dijo Léon—. Los caminos no estaban mal: muy secos, a decir verdad.
—¿Bruselas es siempre tan tranquila? —dijo Nicolas, quitándose trocitos de lana de la túnica. Se cansaría pronto de hacerlo si se quedaba una temporada; la lana se nos pega a todos los que trabajamos en el taller.
—Algunos dicen que la animación es ya excesiva —respondí fríamente, molesto porque hubiera hablado de manera tan desdeñosa—. Aunque la tranquilidad es mayor aquí que en los alrededores de la Grand–Place. No necesitamos estar muy cerca del centro para nuestro trabajo. Supongo que en París tenéis otras costumbres. Sabemos algo de lo que sucede allí.
—París es la mejor ciudad del mundo. Cuando regrese no volveré a marcharme.
—Si os gusta tanto, ¿por qué habéis venido? —preguntó Georges le Jeune. La franqueza de mi hijo me pareció excesiva, aunque en realidad no podía criticarlo por hablar así. Yo quería preguntarle lo mismo a Nicolas. Cuando una persona es descortés me apetece pagarle con la misma moneda.
—Nicolas ha venido conmigo debido a la importancia del encargo —intervino Léon muy diplomáticamente—. Cuando veáis los diseños, os daréis cuenta de que son efectivamente muy especiales y que quizá necesiten alguna supervisión.
Georges le Jeune resopló.
—No necesitamos niñera.
—Os presento a mi hijo, Georges le Jeune —dije—. Y a Luc, mi aprendiz, que sólo lleva dos años con nosotros, pero hace muy bien las millefleurs. Y éste es Philippe de la Tour, que prepara los cartones a partir de los dibujos de los artistas.
Nicolas no ocultó su desconfianza al mirar a Philippe, cuyo rostro, normalmente pálido, enrojeció visiblemente.
—No estoy acostumbrado a que otros cambien lo que yo he hecho —dijo Nicolas con tono despectivo—. Por eso he venido a esta odiosa ciudad: para tener la seguridad de que mis dibujos se tejen tal como están.
Nunca había oído a un artista tan interesado en su trabajo, aunque, sin duda, le faltaba información: los dibujos originales siempre cambian cuando los cartonistas los transforman, sobre tela o papel, en cuadros más grandes para que los tejedores los sigan mientras hacen los tapices. Está en la naturaleza de las cosas que lo que parece bien cuando es pequeño cambie al hacerlo grande. Hay que llenar huecos, se han de añadir figuras, o árboles o animales o flores. Eso es lo que un cartonista como Philippe hace bien: cuando amplía los dibujos rellena los espacios vacíos de manera que el tapiz esté completo y animado.
—Debes de estar acostumbrado a diseñar tapices y a los cambios que se les han de hacer —dije. No le di el tratamiento de monsieur: podía ser un artista parisiense, pero yo dirijo un buen taller en Bruselas y no tenía necesidad de humillarme.
Nicolas frunció el ceño.
—En la Corte se me conoce…
—Nicolas disfruta de una excelente reputación en la Corte —interrumpió Léon—, y a Jean le Viste le han satisfecho sus dibujos —Léon lo dijo demasiado deprisa, y me pregunté en qué se basaba en realidad la reputación de Nicolas en la Corte. Tendría que mandar a Georges le Jeune al gremio de pintores para enterarme. Alguien habría oído hablar de él.
Cuando regresaron las mujeres con la comida ya estábamos preparados para cortar el tapiz. El día en que se retira es una fecha importante para un tejedor, porque significa que una pieza en la que se ha trabajado mucho tiempo —en este caso ocho meses— está lista para separarla del telar. Como siempre se trabaja con una tira de la anchura de una mano, que luego se enrolla sobre sí misma en un eje de madera, nunca vemos la obra completa hasta que se termina. Trabajamos además por el revés, y únicamente vemos el derecho si se introduce un espejo por debajo para controlar lo que hacemos. Sólo cuando se corta el tapiz para separarlo del telar y se extiende boca arriba sobre el suelo conseguimos abarcarlo en su totalidad. Entonces se guarda silencio y se contempla lo que se ha hecho.
Ese momento es algo parecido a comer rábanos recién cogidos después de meses de nabos viejos. A veces, cuando el cliente no paga por adelantado y los tintoreros, los mercaderes de la lana y de la seda y los proveedores de hilo dorado empiezan a querer cobrar un dinero que no tengo, o cuando los tejedores que he contratado se niegan a trabajar si no ven antes el dinero, o cuando Christine no dice nada pero la sopa está más aguada, en esas ocasiones sólo el recuerdo de que un día llegará el momento del silencio hace que siga trabajando.
Habría preferido que Léon y Nicolas no estuvieran presentes para el corte. Ninguno de los dos se había destrozado la espalda sobre el telar durante todos aquellos meses, ni se había cortado los dedos con el hilo dorado, ni había padecido dolores de cabeza por mirar tan fijamente la urdimbre y la trama. Pero, como es lógico, no podía pedirles que se fueran, ni dejarles ver que me molestaba su presencia. Un lissier no manifiesta cosas así ante los mercaderes con los que tiene que regatear.
—Comed, por favor —dije, señalando con un gesto de la mano las bandejas que habían traído Christine y Aliénor—. Vamos a retirar este tapiz del telar y luego podemos hablar del encargo de monseigneur Le Viste.
Léon asintió con la cabeza, pero Nicolas murmuró:
—Comida de Bruselas, ¿eh? ¿Para qué molestarse?
De todos modos se acercó a las bandejas, cogió una ostra, echó la cabeza hacia atrás y la sorbió. Luego se relamió y sonrió a Aliénor, que dio la vuelta a su alrededor en busca de un taburete para Léon. Reí para mis adentros; mi hija terminaría a la larga por sorprenderlo, pero aún no. Nicolas no era tan listo después de todo.
Antes de proceder al corte, nos arrodillamos para rezar a San Mauricio, patrón de los tejedores. Luego Georges le Jeune me pasó unas tijeras. Cogí un puñado de hilos de la urdimbre, los tensé y procedí a cortarlos. Christine suspiró con el primer tijeretazo, pero nadie hizo ya el menor ruido hasta el final.
Cuando hube terminado, Georges le Jeune y Luc desenrollaron el tapiz del eje inferior. Les correspondía el honor de cortar el otro extremo de la urdimbre antes de llevarlo al espacio barrido. Les di mi consentimiento y le dieron la vuelta, de manera que se viera la obra terminada. Luego nos quedamos todos quietos y miramos, excepto Aliénor, que volvió a la casa para traer cerveza a los muchachos.
La escena del tapiz era la Adoración de los Magos. El cliente de Hamburgo había pagado con esplendidez, y utilizamos por igual hilo de plata y de oro entre la lana y la seda y, cuando era posible, habíamos enlazado los colores, con abundancia de matices en el sombreado. Esas técnicas hacen que el tapiz lleve más tiempo, pero yo sabía que el cliente iba a darse cuenta de que la obra terminada merecía el dinero pagado. El tapiz era soberbio, aunque fuese el lissier mismo quien lo dijese.
Pensaba que Nicolas se limitaría a echarle una breve ojeada o a adoptar un aire desdeñoso y a decir que el dibujo era malo o la factura de pésima calidad en comparación con los talleres de París. Lo que hizo, en cambio, fue cerrar la boca y examinarlo con detenimiento, lo que me hizo verlo con más benevolencia.
Georges le Jeune fue el primero en hablar.
—La túnica de la Virgen es excelente —dijo—. Cualquiera juraría que es terciopelo.
—Ni la mitad de buena que el sombreado rojo que sube y baja por las calzas verdes del joven rey —replicó Luc—. Muy llamativos, el rojo y el verde juntos.
El sombreado rojo era, en efecto, excelente. Le había permitido hacerlo a Georges le Jeune, y el resultado era muy bueno. No es fácil tejer líneas finas de un color en otro sin difuminar los dos. Las manchas de color tienen que ser precisas: basta una fuera de sitio para que se note y se eche a perder el efecto de sombra.
Georges le Jeune y Luc tienen por costumbre elogiarse mutuamente lo que hacen. Después encuentran también los fallos, por supuesto, pero antes de nada tratan de ver las cosas buenas del otro. Es una muestra de generosidad por parte de mi hijo alabar a un aprendiz cuando podría limitarse a decirle que barriera el suelo o que trajera una madeja de lana. Pero trabajan codo con codo durante meses, y si se llevaran mal el tapiz sufriría, como nos sucede a todos. Quizá el joven Luc esté todavía aprendiendo, pero todo hace pensar que llegará a ser un excelente tejedor.
—¿No se hizo en Bruselas una Adoración de los Magos para Charles de Bourbon hace unos años? —dijo Léon—. La vi en su casa de París. El rey joven también llevaba calzas verdes en aquel tapiz, si no recuerdo mal.
Aliénor, que cruzaba el taller con unas jarras de cerveza, se detuvo al oír las palabras del mercader y, en el repentino silencio que se produjo, todos oímos el ruido de la cerveza al derramarse sobre el suelo. Abrí la boca para hablar, pero la cerré de nuevo. Léon me había pillado, y sin tener que hacer un esfuerzo especial.
La Adoración de los Magos de la que hablaba se había tejido en otro taller de Bruselas, y Charles de Bourbon compró después el cartón original para evitar que se copiara el tapiz. Yo había admirado las calzas verdes del rey y las había utilizado para este trabajo, contando con que era muy poco probable que la familia de Charles de Bourbon viera el tapiz de mi cliente de Hamburgo. Conocía bien al otro lissier, y podría sobornar al Gremio para que pasara por alto mi plagio. Aunque a veces nos robamos encargos, hay cuestiones en las que los lissiers de Bruselas practicamos la lealtad mutua.
Pero me había olvidado de Léon le Vieux, que ve la mayoría de los trabajos que entran y salen de París y nunca se olvida de los detalles, sobre todo uno tan memorable como calzas verdes realzadas con sombreado rojo. Había infringido una regla al copiarlas y Léon podría utilizarlo durante el regateo: imponer sus condiciones para los tapices de Le Viste sin posibilidad de que yo las rechazara. De lo contrario podría decir a los Bourbon que se había copiado su dibujo, lo que haría que se me impusiera una fuerte multa.
—¿No queréis una ostra, monsieur? —Christine le ofreció una bandeja a Léon, Dios la bendiga. Es una esposa lista. No podía reparar el daño hecho, pero sí, al menos, tratar de distraer al factótum de Jean le Viste.
Léon le Vieux se la quedó mirando.
—Las ostras no me sientan bien, madame, pero gracias de todos modos. Quizá un pastel, si no es molestia.
Christine se mordió los labios. Era la manera de Léon de hacer que incluso Christine se sintiera desconcertada en su propia casa y de conseguirlo sin dejar de mostrarse muy cordial. Tan imposible quererlo como despreciarlo. Ya he trabajado antes con él —admira las millefleurs de nuestro taller y nos ha traído varios encargos— pero no puedo decir que sea amigo mío. Resulta demasiado reservado.
—Venid al interior de la casa, donde podamos extender los dibujos —les dije a él y a Nicolas, incluyendo a Philippe con el gesto, porque quería que también él los viera. Georges le Jeune hizo intención de seguirnos. Le dije que no con la cabeza—. Luc y tú quedaos aquí y empezad a desvestir el telar. Limpiad los plegadores de los restos de la urdimbre. Vendré después a verlo.
A Georges le Jeune se le notó el gesto de abatimiento antes de volverse hacia el telar. Christine lo siguió con los ojos y luego frunció el ceño en mi dirección. Le devolví el gesto. Sin duda a mi mujer le preocupaba algo. Más tarde me diría lo que fuera: nunca se lo calla.
Precisamente en aquel momento Nicolas des Innocents preguntó:
—¿Qué es lo que hace?
Contemplaba a Aliénor que se había acuclillado junto al tapiz y lo recorría con las manos.
—Revisa su trabajo —respondió Philippe, ruborizándose otra vez. Tiene una actitud protectora hacia Aliénor, como corresponde a un hermano.
Conduje a nuestros huéspedes a donde Christine y Madeleine habían instalado, sobre caballetes, la mesa larga en la que comemos. El interior de la casa estaba más oscuro y más cargado de humo, pero quería que los jóvenes siguieran con su trabajo sin distraerse a causa del nuevo encargo. Léon empezó a desenrollar los lienzos, y Christine sacó vasijas de barro y jarras para sujetar las esquinas. Mientras las colocaba vi que miraba de reojo los diseños. Más adelante daría su opinión, cuando estuviéramos a solas.
—Attendez: no es así como hay que verlos —dijo Nicolas, que procedió a reorganizar el conjunto. Prefería no mirar mientras se afanaba, de manera que me volví de espaldas a los vislumbres de rojo y azul que ya me habían llegado y contemplé en cambio la habitación, esforzándome por verla con los ojos de aquellos parisienses. Supongo que están acostumbrados a un lujo mayor: más grande el hogar de la chimenea, incluso una habitación separada para cocinar, más madera tallada, más cojines en las sillas, más bandejas de plata, en lugar de peltre, como parte de la decoración, más tapices en las paredes. Es curioso: hago tapices para otros pero no poseo ninguno. Son demasiado caros: un lissier se gana bien la vida pero no se puede permitir comprar lo que produce.
Quizá Nicolas espera que mi mujer y mi hija vistan lujosamente, se adornen el pelo con joyas y tengan criadas que atiendan a todas sus necesidades. Pero no presumimos de nuestra riqueza como hacen los de París. Mi mujer posee joyas pero están guardadas. Nuestra criada Madeleine es útil, pero a Christine y a Aliénor les gusta hacer ellas mismas las tareas de la casa, sobre todo a Aliénor, siempre deseosa de demostrar que no necesita ayuda. Si quisieran, Christine y Aliénor podrían no coser los tapices. Podrían conservar la suavidad de los dedos y dejar que otros se llevaran los pinchazos de la aguja. Pero prefieren ayudar en el taller. Christine sabe cómo vestir un telar, y sus brazos son tan fuertes como los de un hombre a la hora de estirar los hilos de la urdimbre. Si me falta un tejedor, está en condiciones de ocuparse de las partes más sencillas, aunque el Gremio no se lo permitiría durante más de un día o dos.
—Ya está —dijo Nicolas. Me volví y fui a situarme junto a Philippe.
Las primeras palabras que se dicen cuando se negocia con el representante del cliente no son de alabanza. Nunca permito que sepan lo que pienso de los diseños. Empiezo por los problemas. Philippe también sabe ser cuidadoso con las palabras. Es un buen muchacho; ha aprendido mucho de mí en el arte del regateo.
Miramos durante algún tiempo. Cuando por fin hablé, conseguí que no se me notara la sorpresa. De eso hablaría más tarde con Christine. Logré, en cambio, parecer indignado.
—No ha dibujado nunca tapices, ¿verdad? Lo que ha preparado son cuadros, no dibujos. Estos tapices no tienen argumento y les faltan figuras; todo lo que vemos es a una dama en el centro, como en los cuadros de la Virgen y el Niño, y espacios vacíos en el resto.
Nicolas empezó a decir algo, pero Léon le interrumpió.
—¿Es todo lo que se os ocurre? Miradlos otra vez, Georges. Puede que no volváis a ver otros diseños parecidos.
—¿De qué se trata, entonces? ¿Cuál se supone que es el argumento?
Aliénor apareció en el umbral entre la cocina y el taller, una jarra vacía en cada mano.
—Los tapices cuentan cómo la dama seduce al unicornio —dijo Nicolas, cambiando de pie el peso del cuerpo para volverse hacia Aliénor. El muy estúpido—. También están los cinco sentidos —señaló con la mano—. Olfato, oído, gusto, vista y tacto.
Aliénor cruzó hasta el barril, situado en una esquina.
Seguimos mirando los diseños.
—Hay muy pocas figuras —dije—. Cuando las hagamos del tamaño de los tapices quedará mucho espacio por rellenar. Tendremos que diseñar un campo lleno de millefleurs.
—Que es por lo que se os conoce y el motivo de que os eligiera para este encargo —replicó Léon—. Tendría que ser sencillo para vosotros.
—No es tan sencillo. Habrá que añadir otras cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Nicolas.
Miré a Philippe, porque pensé que iba a hablar: sería tarea suya que aquellos diseños se pudieran utilizar, sería él quien llenara los espacios vacíos. Pero no dijo nada. Es un muchacho tímido y tarda en hablar. Pensé que daba muestras de prudencia, pero enseguida noté que el muy tonto tenía una expresión extraña y que contemplaba los cuadros como si estuviera viendo a la mujer más hermosa de Bruselas.
No lo niego, las mujeres de los tapices eran… Moví la cabeza para aclarármela. No iba a permitirles que me sedujeran.
—Más personas, más animales, más plantas —dije—. ¿Eh, Philippe?
Philippe arrancó sus ojos de las figuras.
—Bien sûr.
—¿Qué les añadirías, además de personas y animales?
—Ah; pues quizá árboles, para darle estructura. O un emparrado con rosas.
—No permitiré que se toquen mis dibujos —dijo Nicolas—. Son perfectos tal como están.
Un estrépito considerable nos anunció que a Christine se le acababa de caer una bandeja de ostras. No la recogió, sino que se quedó mirando a Nicolas, indignada.
—¡Tampoco voy a permitir yo que se diga una blasfemia así en esta casa! Ningún ser humano dibuja nada perfecto; sólo Dios en su poder es capaz de hacerlo. Vos y vuestros diseños están tan llenos de faltas como cualquier obra humana.
Sonreí para mis adentros. Nicolas no había tardado mucho en tropezarse con el genio de mi mujer. Al cabo de un momento hizo una inclinación de cabeza.
—Lo siento, madame, no era mi intención ofender.
—Deberéis pedir perdón a Dios, no a mí.
—De acuerdo, Christine —dije—. Más valdrá que empieces a coser el dobladillo de la Adoración. Tendremos que llevar cuanto antes el tapiz al Gremio.
Hacer el dobladillo podía haber esperado, pero si Christine seguía con nosotros, quizá obligara a Nicolas des Innocents a arrodillarse para decir sus oraciones delante de ella. Aunque pudiera resultarnos entretenido, no nos serviría de ayuda en el regateo.
Christine me miró indignada, pero obedeció. Aliénor se acuclilló en el sitio donde a su madre se le había caldo la bandeja y empezó a palpar el suelo en busca de las conchas de las ostras. Philippe hizo ademán de ayudarla, pero le apreté el codo para impedirlo. Sus ojos fueron y vinieron de mi hija a los dibujos. Vive cerca y a menudo ayuda a Aliénor en casa; ha estado pendiente de ella desde que eran niños. Ahora trabaja a menudo conmigo en los diseños. A veces me olvido de que no es hijo mío.
—Explicadme el tamaño de los tapices —le dije a Léon le Vieux.
Léon procedió a hacerlo y fui sumando mentalmente.
—¿Qué hay del hilo de oro o de plata? ¿Seda veneciana? ¿Lana inglesa? ¿Cuántas figuras en cada tapiz? ¿Qué densidad han de tener las millefleurs? ¿Cuánto azul? ¿Cuánto rojo? ¿Uniones mediante ensamblajes? ¿Sombreado? —a medida que Léon respondía a cada cuestión, yo modificaba la duración y el costo del trabajo.
—Los puedo hacer en tres años —dije cuando terminamos—. Costará cuatrocientas livres tournois y me quedo con los dibujos.
—Monseigneur quiere que estén terminados para el Domingo de Ramos del año 1492 —respondió Léon muy deprisa. Siempre funciona de ese modo, como si estuviera varios pasos por delante en sus pensamientos—. Pagará trescientas livres tournois por los tapices y los dibujos, que conservará; quiere cartones totalmente terminados que pueda colgar en sustitución de los tapices, si se los lleva consigo en algún viaje.
—Imposible —dije—. Sabéis que es imposible, Léon. Son menos de dos años. No puedo tejerlos tan deprisa por tan poco dinero. De hecho vuestra oferta es insultante. Será mejor que propongáis semejante trato en otro sitio —era efectivamente insultante; me traía más cuenta olvidarme de las calzas verdes que trabajar por aquella paga miserable.
Aliénor se levantaba ya con la bandeja de ostras. Movió ligeramente la cabeza en mi dirección. Está pendiente de mí, pensé, igual que su madre. Aunque no tiene el genio tan fuerte. No se lo puede permitir.
Nicolas des Innocents seguía tirándole los tejos. Mi hija, por supuesto, no se daba cuenta.
—Podéis utilizar el doble de operarios y hacerlos en la mitad de tiempo —dijo Léon.
—No es tan sencillo. En el taller sólo caben dos telares horizontales en el mejor de los casos, e incluso con el doble de trabajadores sigo estando solo para ocuparme de ellos. Un trabajo como éste no se puede apresurar. Y además hay encargos que acepté mucho antes de que me hablarais de este otro.
Léon agitó una mano para desechar mis débiles argumentos.
—Renunciad a los otros trabajos. Os las arreglaréis. Miradlos, Georges —señaló con la mano los dibujos—. Como veis es un encargo importante, quizá el más importante que se le ha ofrecido nunca a este taller. No querréis que un pequeño detalle como el tiempo que os lleven impida que lo aceptéis.
Nicolas pareció complacido. Léon no prodigaba los cumplidos.
—Lo que veo —dije— son dibujos hechos por una persona que no sabe nada de tapices. Habrá que realizar muchos cambios.
Léon habló amablemente por encima de las palabras que farfullaba Nicolas.
—Quizá algunos cambios hagan el encargo más atractivo.
Dudé. Las condiciones eran tan malas que no estaba seguro de poder regatear. Un trabajo así podía arruinarnos.
—¿Qué tal prescindir del hilo de oro? —sugirió Philippe—. La dama no es realeza, ni tampoco es la Virgen, aunque junto con el unicornio nos recuerde a Nuestra Señora y a Su Hijo. Sus vestiduras no tienen que ser doradas.
Lo miré enfadado. Hablaba ahora, cuando no quería que lo hiciera. Era yo quien tenla que regatear, no él. De todos modos, quizá tuviera razón.
—Si —dije—. El hilo dorado es costoso y difícil de usar. Tejer con él lleva más tiempo.
Léon se encogió de hombros.
—Prescindamos del hilo dorado. ¿Qué se ahorra con eso?
—Y del ensamblado —añadí—. No es una técnica fácil entretejer colores, y el trabajo lleva más tiempo, aunque el resultado sea más delicado al final. Si no ensamblamos los colores y nos limitamos a coserlos, ahorraremos algún tiempo. Si monseigneur Le Viste quiere lo mejor, tendrá que pagar más o darnos más tiempo.
—No hay más tiempo —dijo Léon—. Quiere disponer de los tapices en la Pascua de 1492, para un acontecimiento importante. Y no es una persona paciente; nunca aceptaría tus pobres excusas.
—En ese caso ni hilo de oro ni colores ensamblados. La elección es vuestra.
Observé a Léon mientras pensaba. Tiene un rostro hermético que no revela nada. Por eso es tan bueno para el trabajo que hace: esconde sus pensamientos hasta que lo tiene todo claro, y cuando habla es difícil disentir.
—De acuerdo —dijo.
—Todavía no he aceptado el encargo —dije—. Hay más cosas que discutir. Philippe, lleva los diseños al taller junto con Nicolas. Me reuniré después con vosotros. Aliénor, ve a ayudar a tu madre a coser el dobladillo.
Aliénor puso mala cara. Le gusta escuchar los regateos.
—Ve con tu madre —repetí.
Solos en la habitación Léon y yo, serví más cerveza y nos sentamos a beber. Ahora que no teníamos a nadie pendiente de nuestras palabras, podía pensar seriamente en la oferta de Léon.
Aquella noche fui a pasear con Christine por la Grand–Place. A la entrada nos paramos a admirar el ayuntamiento, con su torre tan esbelta. A Georges le Jeune y a Luc les gusta subir hasta lo más alto para disfrutar con la vista. Durante toda mi vida han estado construyendo ese edificio, pero todavía me sorprende cuando lo veo. Hace que me sienta orgulloso de vivir en Bruselas, por mucho desdén con que nos mire Nicolas des Innocents.
Pasamos por delante de las casas de los gremios que flanquean la plaza: los sastres, los pintores, los panaderos, los cereros y los carpinteros; los arqueros, los barqueros. Había movimiento en las casas, aunque fuese de noche. Los negocios no se detienen cuando se va la luz. Saludamos con inclinaciones de cabeza y sonrisas a vecinos y amigos, y nos detuvimos delante de L’Arbre d’Or, que alberga al gremio de los tejedores. Varios lissiers me rodearon para preguntarme por la visita de Léon le Vieux, los dibujos, las condiciones y el porqué de que le hubiera acompañado Nicolas des Innocents. Esquivé sus preguntas como un rapaz que juega a tú la llevas.
Al cabo de un rato seguimos adelante: a Christine le apetecía ver la catedral de San Miguel y Santa Gúdula al atardecer. Mientras caminábamos por la rue de la Montagne mi mujer dijo lo que yo sabía que llevaba queriendo decir toda la tarde.
—Deberías haber permitido que Georges le Jeune asistiera a tus tratos con Léon.
Otra esposa podría haberlo formulado como una tímida pregunta. La mía no: dice lo que piensa. Al ver que no le contestaba siguió hablando.
—Georges le Jeune es un buen chico y un buen tejedor. Le has enseñado bien. Pero si ha de sucederte en el taller, también necesita estar al tanto del asunto del dinero: el regateo, las condiciones aceptadas. ¿Por qué lo mantienes al margen?
Me encogí de hombros.
—Todavía seguiré siendo el lissier durante mucho tiempo. No hay prisa.
Christine torció el gesto.
—Georges, el pelo se te está volviendo gris. Tu hijo ya es un hombre y podría casarse si quisiera. Un día el taller será suyo. ¿Quieres que vaya a la ruina y que destruya todo lo que has construido? Has de…
—Ya está bien, Christine —nunca he pegado a mi mujer, aunque sé de algunos maridos que lo habrían hecho si fuera la suya.
Christine no añadió una palabra más. Pensaría en lo que me había dicho: no me quedaba otro remedio, porque sin duda volvería a plantearlo. Algunos hombres no escuchan a sus mujeres, pero yo a ella sí. Sería un estúpido si no lo hiciera: Christine se crió como hija de tejedor cerca de Notre Dame du Sablon, y sabe casi tanto como yo sobre la manera de llevar un taller.
Caminamos en silencio hasta que las torres gemelas de la catedral se recortaron ante nosotros en la oscuridad creciente.
—¿Qué tal se entendieron Bruselas y París acerca de los dibujos? —pregunté para disminuir la tensión.
Christine resopló.
—Ese Nicolas des Innocents tiene muy buena opinión de sí mismo. Philippe se las vio y se las deseó para convencerlo de que habrá que hacer algunos cambios. Tuve que intervenir una o dos veces: Philippe es un buen zagal, pero no está a la altura de un gallito de París.
Reí entre dientes.
—He de irme. Me están esperando en Le Vieux Chien para celebrar la terminación del tapiz.
—Attends, Georges —dijo Christine—. ¿Qué habéis decidido, Léon le Vieux y tú? ¿Has aceptado el encargo?
Pegué una patada a un trozo de boñiga.
—No he dicho que sí, pero tampoco he dicho que no. Quizá no tenga elección, debido al problema con las calzas verdes. Léon podría ir a la familia Bourbon y decir que he copiado su dibujo.
—No lo has copiado, sólo has tomado prestado un detalle. El Gremio te apoyará —se detuvo en seco, la falda balanceándose—. Dime, ¿vamos a hacer esos tapices, sí o no?
No deberíamos. Toda mi experiencia como lissier me decía que no: poco dinero, trabajo excesivo para el taller, pérdida de otros encargos y un esfuerzo descomunal para terminarlos a tiempo. Si no calculaba bien las cosas, el taller podía irse a pique.
—Sí —dije, con un nudo en el estómago—. Los haremos. Porque no he visto nunca dibujos tan hermosos —ya está, pensé. He dejado que las damas me seduzcan.
Christine se echó a reír, un sonido agudo, como de un cuchillo al caer al suelo. Creo que sintió alivio.
—Nos traerán suerte —dijo—. Ya verás.